Querida señora Marx:

He de pedirle mil disculpas por mi olvido, tan grande que, finalmente, el Moro la puso a usted en movimiento para extraerme el artículo en cuestión. No tenía yo, por lo demás, la menor idea de que fuese necesario para otra cosa que para conjurar un posible escándalo de parte del señor Pulszky, y por ello no me di ninguna prisa en devolverlo. Esta vez viene, empero, realmente adjunto.

El gordo filisteo Freiligrath se porta en verdad de una manera del todo vergonzosa y merece un castigo adecuado, para el cual espero que pronto se halle ocasión. Regocijante es, en esto, la guerra de Troya en torno a la importante cuestión de quién debe tener la cantata y quién el discurso de gala, y de si la cantata ha de ser primero y el discurso después. Aquí los filisteos se enfurecen mucho de que Lupus y yo no nos mezclemos en absoluto en los festejos schillerianos; ayer noche aún tuve un baile con tres entusiastas schillerianos. La gente no concibe en modo alguno cómo, en una ocasión tan hermosa para hacerse propaganda, puede uno no abrirse paso a codazos. Aquí quieren fundar un «Instituto Schiller», es decir, un club alemán en el que se leerá, se comerá, se beberá, se pronunciarán conferencias, se hará gimnasia, se representarán comedias, se hará música, y quién sabe cuántas cosas más se pretenderá hacer. Borchardt fue bastante tonto para acudir a la reunión preparatoria y hablar en contra (me incitó también a mí a que fuese, pero yo, precisamente por eso, me quedé fuera), y cuando se pasó a la votación, sólo votaron con él el pintor cojo Hoyoll y otro individuo, y Borchardt naturalmente sufrió un fracaso estrepitoso. Después suscribió cuatro libras y diez chelines para la historia, lo que le convierte en miembro por tres años. Pero no tienen ustedes idea de la erudición alemana que, de golpe, ha salido aquí a la luz del día con este motivo. Ahí hay un doctor Götze, un doctor Marcus, un doctor Dolch, un doctor Samelson, todos ellos sujetos de los que nunca antes se había oído hablar. Éstos y algunos judíos estéticos tienen todo el asunto en la mano, y la erudición vuelve a ser preceptor en casa de los judíos, a excepción del Samelson, que es un médico que desde hace cuatro años constantemente «se ha establecido en Manchester hace muy poquito». ¡Todo reclamo y chismorreo, y encima habría que participar en ello!

Como ve usted, yo mismo acabo cayendo en el chismorreo, y por eso lo mejor será que lo deje del todo. Salude cordialísimamente a las muchachas, y al Moro, no lo olvide.

Suyo,
F. Engels