New Yorker Volkszeitung.  
Nr. 66, 17 de marzo de 1883  

Londres, 16 de marzo. El fallecimiento de Karl Marx ocurrió a las 3 de la tarde del miércoles 14 del corriente en Argenteuil, Francia. Desde hacía varias semanas Marx sufría de bronquitis, a lo que se sumó un absceso pulmonar y, finalmente, una hemorragia interna puso fin a su vida. Su muerte fue indolora y suave.

Friedrich Engels.

Borrador para el discurso ante la tumba de Karl Marx

Apenas hace 15 meses, la mayoría de nosotros nos congregamos en torno a esta tumba, que iba entonces a convertirse en la última morada de una mujer de corazón grande y noble. Hoy la reabrimos para recibir lo que queda de su esposo.

Karl Marx fue uno de esos hombres preeminentes que un siglo no produce muchos. Charles Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica en nuestro planeta. Marx es el descubridor de la ley fundamental según la cual la historia humana se mueve y se desarrolla, una ley tan simple y evidente que su mera enunciación basta casi para asegurar el asentimiento. No contento con ello, Marx también ha descubierto la ley que ha creado nuestro actual estado de sociedad con su gran división de clases de capitalistas y trabajadores asalariados; la ley según la cual esa sociedad se ha organizado, ha crecido hasta casi superarse a sí misma, y según la cual debe finalmente perecer como todas las fases históricas anteriores de la sociedad. Tales resultados hacen tanto más doloroso que se nos lo haya arrebatado en medio de su trabajo, y que, por mucho que hizo, dejara aún más sin concluir.

Pero la ciencia, aunque cara a él, distaba mucho de absorberlo por entero. Ningún hombre podía sentir una alegría más pura que él ante un nuevo progreso científico asegurado en cualquier parte, sin importar si era o no aplicable en la práctica. Mas él miraba la ciencia ante todo como una gran palanca histórica, como un poder revolucionario en el sentido más eminente de la palabra. Y como tal la empleaba, a tal propósito manejaba el inmenso saber especialmente en la historia en todas sus ramas de que disponía.

Pues era, en verdad, lo que él mismo se llamaba, un revolucionario. La lucha por la emancipación de la clase de los trabajadores asalariados de las cadenas del actual sistema capitalista de producción económica era su verdadero elemento. Y jamás existió combatiente más activo. El esfuerzo culminante de esta parte de su obra fue la creación de la Asociación Internacional de los Trabajadores, de la que él fue líder reconocido desde 1864 hasta 1872. La Asociación ha desaparecido, en lo que a apariencia externa se refiere; mas el lazo fraterno de unión de los trabajadores de todos los países civilizados de Europa y América está establecido para siempre, y continúa viviendo incluso sin ningún lazo externo y formal de unión.

Ningún hombre puede luchar por causa alguna sin crearse enemigos. Y él los tuvo en abundancia. Durante la mayor parte de su vida política fue el hombre mejor odiado y mejor calumniado de Europa. Pero él apenas reparó en la calumnia. Si algún hombre vivió dejando atrás la calumnia, ese fue él. Y al momento de su muerte podía mirar con orgullo a los millones de sus seguidores en las minas de Siberia igual que en los talleres de Europa y América; veía sus teorías económicas adoptadas como el credo indiscutido del socialismo universal, y si aún tenía muchos adversarios, apenas le quedaba un solo enemigo personal.

Discurso pronunciado en las exequias de Karl Marx

La Justice.  
Nr. 27, 20 de marzo de 1883

Discurso de Frédéric Engels

Apenas hace quince meses, la mayoría de nosotros estábamos reunidos en torno a esta tumba que iba a ser la última morada de una mujer de corazón grande y noble. Esta tumba la reabrimos hoy para depositar en ella los restos de su marido.

Karl Marx era uno de esos hombres como un siglo no cuenta sino unos pocos. Si Charles Darwin descubrió la ley que rige el desarrollo de la naturaleza orgánica en nuestro planeta, Marx descubrió la ley fundamental que rige la marcha y el desarrollo de la historia de la humanidad, ley tan simple y de tal evidencia que basta, por así decirlo, enunciarla para hacerla reconocer.

Marx también ha descubierto la ley que ha presidido la creación de la sociedad actual, cuya existencia reposa sobre su gran división en dos clases antagónicas: la clase capitalista y la clase asalariada. Tal es la ley según la cual esta sociedad se ha organizado primero, según la cual ha crecido, luego ha alcanzado hoy ese exceso de crecimiento del que morirá como han muerto todas las fases sociales anteriores.

Después de tales trabajos y tales resultados, la muerte de Marx es para el socialismo una pérdida tanto mayor cuanto que se nos lo arrebata en medio de su obra y que, aun habiendo producido mucho, deja inacabada una producción aún mayor.

Por muy cara que le fuese la ciencia, no lo absorbía, sin embargo, por entero. Ciertamente, nadie sintió jamás una alegría más plena que él al anuncio de un nuevo progreso científico, de aplicación práctica o de teoría pura. Pero, ante todo, veía en la ciencia una gran palanca histórica, una potencia revolucionaria en la más alta acepción de la palabra. Y es así, con esa meta ante los ojos, como manejó siempre los enormes recursos de erudición y de saber, sobre todo histórico, que poseía.

Sí, era, como le gustaba decir, un revolucionario. La lucha por la liberación de la clase asalariada, para que rompa las cadenas de la producción capitalista, tal fue su elemento. Y jamás hubo combatiente más activo. Esta parte de su obra se resume en el esfuerzo que la corona: la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores. De 1864 a 1872 fue su guía reconocido. Hoy la Internacional ha dejado de ser, pero el lazo de unión fraterna que había establecido entre los obreros de todos los países civilizados de Europa y América, ese lazo existe siempre, sin necesidad de ningún signo material y exterior.

Todo militante, todo hombre que defiende una causa tiene enemigos. Los enemigos no le faltaron a Marx. Durante la mayor parte de su vida política fue el hombre de Europa más odiado y más difamado. No prestó jamás atención a la calumnia, y jamás logró hombre alguno mejor que él matar la calumnia.

En la época de su muerte, podía contar con millones de hombres, desde las minas de Siberia hasta las comarcas más lejanas de Europa y América, que se proclamaban sus discípulos; veía sus teorías económicas convertidas en el Credo del socialismo universal, profesadas en las cátedras universitarias y proclamadas en la tribuna de los Parlamentos. Y si aún tenía adversarios, personalmente no tenía un solo enemigo.

Lo que fue Marx en su vida privada, para su familia y para sus amigos, no tendré fuerzas para expresarlo en este momento. Pero es inútil, puesto que todos vosotros lo sabéis, vosotros que habéis venido aquí a decirle un último adiós.

¡Adiós, Marx! Tu obra y tu nombre vivirán a través de los siglos.