Friedrich Engels  
Época franca  

|[i]| Época franca. |  

|[2]| La transformación de las relaciones de propiedad de la tierra bajo los merovingios y carolingios.  

La constitución de la marca se mantuvo hasta el final de la Edad Media como la base de casi toda la vida de la nación alemana. Después de mil quinientos años de existencia, acabó por perecer, poco a poco, por vías puramente económicas. Sucumbió ante los progresos económicos a los que ya no correspondía. Más adelante habremos de investigar su decadencia y ruina final; encontraremos que aún hoy perduran restos de ella.  

Pero si se mantuvo tanto tiempo, fue a costa de su significación política. Durante siglos había sido la forma en que se había encarnado la libertad de las tribus germánicas. Ahora se convertía en la base de una milenaria servidumbre del pueblo. ¿Cómo fue posible esto?  

Vimos que la más antigua comunidad abarcaba a todo el pueblo. A él pertenecía originariamente toda la tierra ocupada. Posteriormente, el conjunto de los habitantes de un gau, más estrechamente emparentados entre sí, se convirtió en propietario del territorio por ellos poblado, y al pueblo como tal sólo le quedó el derecho de disposición sobre las comarcas aún sin dueño. La población del gau, a su vez, cedió a las comunidades aldeanas —formadas asimismo por parientes más próximos— sus campos y bosques en marca, quedando entonces la tierra sobrante en poder del gau. Lo mismo hicieron las aldeas-madre al enviar nuevas colonias aldeanas dotadas con tierra de la antigua marca de la aldea originaria.  

El vínculo de sangre, sobre el que aquí como en todas partes descansaba toda la constitución del pueblo  

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cayó más y más en el olvido con el aumento de la población y el desarrollo ulterior del pueblo. ||[3]| Esto sucedió primero respecto al conjunto del pueblo. La ascendencia común se sintió cada vez menos como un parentesco de sangre real, el recuerdo de ello se fue debilitando, quedando sólo la historia y el dialecto comunes. En cambio, la conciencia del vínculo de sangre de los habitantes del gau se mantuvo, como es natural, más tiempo. El pueblo se redujo así a una confederación más o menos firme de gaus. En este estado parecen haberse encontrado los germanos en la época de las migraciones. De los alamanes lo cuenta expresamente Amiano Marcelino; en los derechos populares aún se trasluce por todas partes; entre los sajones perduraba esta fase de desarrollo aún en tiempos de Carlomagno, entre los frisones hasta la ruina de la libertad frisona.  

Pero la migración a suelo romano quebrantó también el vínculo de sangre del gau, y tuvo que quebrantarlo. Aunque la intención fuera el asentamiento por tribus y linajes, no pudo llevarse a cabo. Las largas marchas no sólo habían mezclado tribus y linajes, sino pueblos enteros. A duras penas pudo mantenerse aún el vínculo de sangre de las comunidades aldeanas particulares, las cuales se convirtieron así en las verdaderas unidades políticas de que se componía el pueblo. Los nuevos gaus en territorio romano fueron desde un principio, en mayor o menor medida, distritos judiciales arbitrarios —o condicionados por las circunstancias encontradas—, o al menos llegaron a serlo muy pronto.  

Con esto, el pueblo quedó disuelto en una asociación de pequeñas comunidades aldeanas, entre las que no existía ningún, o casi ningún, nexo económico, pues cada marca se bastaba a sí misma, producía sus propias necesidades y, además, los productos de cada una de las marcas vecinas eran casi exactamente los mismos. El intercambio entre ellas era, pues, casi imposible. Y semejante composición del pueblo a base de puras pequeñas comunidades que tienen intereses iguales, pero precisamente por ello carecen de intereses económicos comunes, hace de un poder estatal no surgido de ellas, que se les enfrenta como extraño y las explota cada vez más, una condición de la subsistencia de la nación.  

La forma de este poder estatal está a su vez condicionada por la forma en que se encuentran las comunidades en ese momento. Allí donde, como entre los pueblos arios de Asia y entre los rusos, surge en una época en que la comunidad aún cultiva el campo por cuenta colectiva o, al menos, lo asigna a las familias individuales sólo temporalmente, en que, por tanto, aún no se ha formado propiedad privada alguna sobre la tierra, el poder estatal aparece como despotismo. En los países romanos conquistados por los germanos, en cambio, encontramos, como hemos visto,  

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las parcelas individuales de campo y pradera ya como alodio, como propiedad libre de sus poseedores, sujeta únicamente a las cargas comunes de la marca. Ahora hemos de investigar cómo, sobre la base de este alodio, surgió una constitución social y estatal que —con la ironía habitual de la historia— acaba por disolver el Estado y, en su forma clásica, destruye todo alodio.  

Con el alodio no sólo estaba dada la posibilidad, sino la necesidad, de que la primitiva igualdad de la propiedad territorial se trocara en su contrario. Desde el momento de su establecimiento en el antiguo suelo romano, el alodio alemán se convirtió en lo que la propiedad territorial romana que yacía a su lado ya era desde hacía mucho tiempo: mercancía. Y es una ley inexorable de todas las sociedades basadas en la producción e intercambio de mercancías que en ellas la distribución de la propiedad se vuelva cada vez más desigual, la antítesis entre riqueza y pobreza se haga cada vez mayor, la propiedad se concentre cada vez más en pocas manos; una ley que, si bien alcanza su pleno desarrollo en la moderna producción capitalista, de ningún modo comienza a actuar exclusivamente en ella. Así, desde el momento en que surgió el alodio, propiedad territorial libremente enajenable, la propiedad territorial como mercancía, desde ese momento la aparición de la gran propiedad territorial fue sólo cuestión de tiempo.  

Pero en la época de que nos ocupamos, la agricultura y la ganadería eran las ramas de producción decisivas. La propiedad de la tierra y sus productos constituían, con mucho, la mayor parte de la riqueza de entonces. La demás riqueza mobiliaria existente seguía, por la naturaleza de las cosas, a la propiedad territorial, y se juntaba cada vez más en las mismas manos que ésta. La industria y el comercio habían decaído ya bajo la decadencia romana; la invasión germánica los aniquiló casi por completo. Lo que de ellos quedó fue ejercido en su mayor parte por no libres y extranjeros, y siguió siendo una ocupación despreciada. La clase dominante, que aquí, al surgir la desigualdad de la propiedad, se fue formando gradualmente, no podía ser sino una clase de grandes propietarios territoriales, y su forma de dominación política, una aristocracia. Así, pues, cuando veamos que en la génesis y desarrollo de esta clase intervienen múltiples palancas políticas, la violencia y el fraude, incluso de manera aparentemente predominante, no debemos olvidar que estas palancas políticas sólo sirven para fomentar y acelerar un proceso económico necesario. Veremos también, ciertamente, con igual frecuencia cómo estas palancas políticas entorpecen el desarrollo económico; esto sucede a menudo, y en cada caso en que los distintos interesados las aplican en direcciones opuestas o mutuamente cruzadas. |  

|[6]] ¿Cómo surgió ahora esta clase de grandes propietarios territoriales?  

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En primer lugar, sabemos que, también después de la conquista franca, se mantuvo en la Galia una multitud de grandes propietarios territoriales romanos, que hacían cultivar sus tierras en su mayor parte por colonos libres o adscritos, a cambio de una renta (canon).  

Pero además hemos visto cómo la monarquía, en todos los germanos que habían emigrado, se había convertido, a través de las guerras de conquista, en una institución permanente y en un poder real; cómo había transformado la antigua tierra del pueblo en dominio real, y cómo había incorporado igualmente las tierras del Estado romano a su propiedad. Durante las numerosas guerras civiles que surgieron de las particiones del reino, el patrimonio de la corona se acrecentó constantemente mediante confiscaciones masivas de los bienes de los llamados rebeldes. Pero tan rápidamente como crecía, se dilapidaba en donaciones a la iglesia y a particulares, francos y romanos, hombres del séquito (antrustiones) u otros favoritos del rey. Cuando, durante y por las guerras civiles, se formaron ya los comienzos de una clase dominante de grandes y poderosos, propietarios territoriales, funcionarios y jefes militares, su apoyo fue comprado también por los príncipes parciales mediante donaciones de tierras. Que todo esto fueron, en la inmensa mayoría de los casos, verdaderas donaciones, transmisiones a título de propiedad libre, hereditaria y enajenable, hasta que con Carlos Martel se produjo aquí un cambio, lo ha demostrado Roth de manera irrefutable*).  

*) P[aul] Roth, Geschichte des Beneficialwesens, Erlangen 1850. Uno de los mejores libros de la época anterior a Maurer, del que tomo prestadas no pocas cosas en este capítulo.  

Cuando Carlos empuñó el timón del Estado, el poder de los reyes estaba completamente quebrantado, pero el de los mayordomos de palacio no había ocupado ni mucho menos su lugar. ||[7]| La clase de magnates creada bajo los merovingios a costa de la corona favoreció por todos los medios la ruina del poder real, pero en modo alguno para someterse a los mayordomos, sus iguales en rango. Por el contrario. Toda la Galia estaba en manos, como dice Eginardo, de esos «tiranos que por doquier reclamaban para sí el dominio» (tyrannos per totam Galliam dominatum sibi vindicantes). Junto a los magnates seglares, lo mismo hacían los obispos, que en muchas comarcas se habían apropiado el señorío sobre los condados y ducados circundantes, y se veían protegidos por la inmunidad y la sólida organización de la Iglesia. A la descomposición interna del reino siguieron las invasiones de enemigos exteriores: los sajones penetraron en la Francia renana, los ávaros en Baviera, los árabes, por los Pirineos, en Aquitania. En semejante situación, el simple sometimiento de los enemigos interiores y la expulsión de los exteriores no podían bastar a la larga; había que encontrar un camino para vincular más firmemente a la corona a los magnates humillados, o a los sucesores que Carlos pusiera en su lugar. Y puesto que su poder se había basado hasta entonces en la gran propiedad territorial, la primera condición para ello  

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era una transformación total de las relaciones de propiedad de la tierra. Esta transformación es la obra principal de la dinastía carolingia. Se distingue, a su vez, por el hecho de que el medio escogido para unir el reino, para vincular para siempre a los magnates a la corona y fortalecer así a ésta, termina por producir la más completa impotencia de la corona, la independencia de los magnates y la disolución del reino.  

Para comprender cómo llegó Carlos a elegir este medio, hemos de examinar antes las relaciones de propiedad de la Iglesia en aquella época, las cuales, de todos modos, como elemento esencial de las relaciones agrarias de entonces, no pueden pasarse por alto aquí.  

Ya en la época romana poseía la Iglesia en la Galia bienes raíces no insignificantes, cuyos rendimientos se acrecentaban todavía por grandes privilegios en materia de impuestos y otras prestaciones. Pero la edad de oro de la iglesia gala no amaneció sino tras la conversión de los francos al cristianismo. Los reyes rivalizaban entre sí por ver quién hacía a la Iglesia las mayores donaciones de tierras, dinero, joyas, utensilios eclesiásticos, etc. Ya Chilperico solía decir (Gregorio de Tours): «Mirad cuán pobre se ha vuelto nuestro fisco; mirad cómo todas nuestras riquezas han sido transferidas a la Iglesia.» Bajo Gontram, favorito y siervo de los clérigos, las donaciones ya no tuvieron límites. Así fue como las tierras confiscadas a los francos libres acusados de rebelión fluyeron en gran parte a la propiedad de la Iglesia.

Así como los reyes, también el pueblo. Pequeños y grandes no acertaban a hacer bastantes donaciones a la Iglesia. «Una curación maravillosa de un mal real o supuesto, el cumplimiento de un deseo ardiente, por ejemplo, el nacimiento de un hijo, la salvación de un peligro, acarreaban una donación a la Iglesia cuyo santo se había mostrado auxiliador. Se juzgaba tanto más necesario tener siempre la mano abierta cuanto que, entre los encumbrados y los humildes, se difundía la opinión de que las donaciones a la Iglesia obraban la remisión de los pecados.» (Roth, pág. 250) A esto se añadió la inmunidad que protegía la propiedad de la Iglesia contra la violencia, en una época de incesantes guerras civiles, saqueos y confiscaciones. Más de un hombre humilde halló aconsejable ceder su propiedad a la Iglesia, siempre que le quedara su usufructo a cambio de un censo módico.

Todo esto, empero, no bastaba aún a los piadosos curas. Mediante amenazas de eterna pena infernal extorsionaban, literalmente, donaciones cada vez más cuantiosas, de suerte que Carlos el Grande todavía en 811, en el Capitular de Aquisgrán, se lo reprocha y, además, les echa en cara que «incitan a la gente al perjurio y al falso testimonio para acrecentar vuestra riqueza (la de los obispos y abades)». Se obtenían subrepticiamente donaciones ilegales, confiando en que ||[9]] la Iglesia, aparte de su fuero privilegiado, poseía aún medios suficientes para burlarse de la justicia. En los siglos VI y VII apenas transcurría un concilio galo que no amenazase con excomunión a cuantos impugnaran, de cualquier modo, las donaciones hechas a la Iglesia. Incluso las donaciones formalmente inválidas debían convertirse por esta vía en válidas; las deudas privadas de determinados clérigos debían ser protegidas contra el cobro. «Verdaderamente despreciables son los medios que vemos emplear para reavivar una y otra vez el afán de hacer donaciones. Cuando ya no surtían efecto las descripciones de las bienaventuranzas celestiales y de los tormentos infernales, se hacían traer reliquias de comarcas lejanas, se celebraban traslaciones y se construían nuevas iglesias; en el siglo IX esto era un verdadero ramo de negocio.» (Roth, pág. 254) «Cuando los enviados del monasterio de Saint-Médard de Soissons hubieron mendigado en Roma, con gran esfuerzo, el cuerpo de San Sebastián y robado además el de San Gregorio, y ambos fueron depositados en el monasterio, acudió tanta gente a los nuevos santos que la comarca quedó como cubierta de langostas y los que imploraban auxilio eran curados no individualmente, sino en rebaños enteros. La consecuencia fue que los monjes medían el dinero por celemines, de los que contaron 85, y que su provisión de oro ascendió a 900 libras.» (pág. 255.) El fraude, los juegos de manos, las apariciones de difuntos, en especial de santos, servían para estafar riquezas en provecho de la Iglesia; pero, por último, y principalmente, se recurrió a la falsificación de documentos. Ésta —dejemos hablar de nuevo a Roth— fue «practicada por muchos clérigos en grandiosa escala … este negocio empezó ya muy temprano … La extensión con que esta industria se ejercía se desprende del gran número de documentos falsificados que encierran nuestras colecciones. Entre los 360 diplomas merovingios que hay en ||[10]| Bréquigny, aproximadamente 130 son decididamente falsos. … El falso testamento de Remigio fue ya utilizado por Hincmaro de Reims para procurar a su Iglesia una serie de posesiones de las que nada dice el auténtico, pese a que éste nunca se perdió y a que Hincmaro conocía muy bien la falsedad del primero.» Incluso el papa Juan VIII pretendió adquirir la posesión del monasterio de Saint-Denis, cerca de París, mediante un documento que él sabía falso. (Roth, págs. 256 y sigs.)

Así, no puede sorprendernos que la propiedad territorial de la Iglesia, amasada mediante donaciones, extorsión, obtención fraudulenta, estafa, falsificación y otras industrias de presidio, adquiriese en pocos siglos proporciones colosales. El monasterio de Saint-Germain-des-Prés, hoy dentro del recinto de París, poseía a comienzos del siglo IX una propiedad territorial de 8.000 mansi o huesas, cuya superficie calcula Guérard en 429.987 hectáreas, con un rendimiento anual de 1 millón de francos = 800.000 marcos. Si ponemos a base el mismo promedio de 54 hectáreas de superficie y 125 francos = 100 marcos de ingreso por huesa, por la misma época los monasterios de Saint-Denis, Luxeuil y Saint-Martin de Tours poseían cada uno alrededor de 15.000 mansi, una propiedad territorial de 810.000 hectáreas y un ingreso de 1 1/2 millones de marcos. ¡Y esto después de la confiscación de los bienes de la Iglesia por Pipino el Breve! — Roth (pág. 249) estima que el total de los bienes eclesiásticos en la Galia, a fines del siglo VII, más bien superaba que no quedaba por debajo de un tercio de la superficie total.

Estas inmensas masas de bienes eran cultivadas, en parte, por tributarios no libres y, en parte, por tributarios libres de la Iglesia. Entre los no libres, los esclavos (servi) estaban originariamente sometidos a prestaciones ilimitadas a sus señores, por no ser personas jurídicas; pero también aquí parece haberse establecido pronto, para los esclavos asentados, una medida consuetudinaria de tributos y servicios. Las prestaciones de las otras dos clases de no libres, los colonos y los lites (sobre cuya diferencia jurídica no se conserva noticia de aquel tiempo), estaban, en cambio, fijadas y consistían en determinados servicios de mano y de tiro, así como en una parte determinada del rendimiento de la heredad. Tales relaciones de dependencia eran del tipo tradicional. En cambio, para los germanos era algo nuevo que hombres libres moraran en suelo ajeno al común o propio. Cierto que, en la Galia y en general en la región del derecho romano, los germanos encontraron con frecuencia a romanos libres como arrendatarios; pero que ellos mismos no necesitaran convertirse en arrendatarios, sino que pudiesen estar asentados en tierras propias, eso estaba asegurado por el reparto de tierras durante la conquista. Para que, pues, los francos libres pudieran llegar a ser tributarios de alguien, tenían que haber perdido de algún modo el alodio recibido en el reparto; tenía que haberse formado una clase propia de francos libres sin tierra.

Esta clase se formó por la concentración incipiente de la propiedad territorial, por las mismas causas de que ésta surgía: de una parte, por las guerras civiles y las confiscaciones; de otra, por las transferencias de tierras a la Iglesia, debidas en su mayor parte al apremio de las circunstancias de la época y al anhelo de seguridad. Y la Iglesia encontró pronto un medio especial para promover tales transferencias, dejando al donante no sólo su heredad en usufructo a cambio de un censo, sino dándole además en censo una parcela de tierras de la Iglesia. Estas donaciones se realizaban, en efecto, bajo doble forma. O bien el donante se reservaba el usufructo de la heredad durante su vida, de modo que ésta pasara a propiedad de la Iglesia ||[12]] sólo después de su muerte (donatio post obitum); en este caso era usual, y más tarde se consignó expresamente en las capitulares de los reyes, que el donante recibiera de la Iglesia el doble de la heredad donada en concepto de censo. O bien la donación surtía efecto de inmediato (cessio a die praesente), y entonces el donante recibía el triple de tierras eclesiásticas, junto con su propia heredad, en censo mediante una llamada precaria, documento expedido por la Iglesia que le transfería estas fincas, por lo general vitaliciamente, pero a veces también por tiempo más largo o más corto. Una vez creada la clase de libres sin tierra, también muchos de éstos entraron en semejante relación; las precarias que se les concedían parecen haber sido al principio otorgadas por 5 años, pero también aquí pronto se volvieron vitalicias.

No cabe poner en duda que ya en la época merovingia se desarrollaron en las propiedades de los grandes señores laicos relaciones muy semejantes a las de las tierras de la Iglesia, de suerte que también allí se asentaban tributarios libres, al lado de los no libres, a cambio de censo. Incluso bajo Carlos Martel debían de ser ya muy numerosos, pues de otro modo quedaría inexplicable, al menos en un aspecto, la revolución de las relaciones de propiedad territorial iniciada por él y concluida por su hijo y su nieto.

Esta transformación se basa en dos nuevas instituciones. En primer lugar, para vincular a los grandes del imperio a la corona, de aquí en adelante ya no se les regalaba, como regla general, la hacienda real, sino que se les otorgaba sólo vitaliciamente como «beneficio», y esto bajo determinadas condiciones que debían cumplirse so pena de confiscación. De este modo se convirtieron ellos mismos en tributarios de la corona. Y, en segundo lugar, para asegurar la prestación del servicio militar por los tributarios libres de los grandes, ||[13]| se transfirió a éstos una parte de las atribuciones de los condes de gau sobre los libres asentados en sus propiedades, nombrándolos «seniores» de éstos. De estos dos cambios, por el momento sólo tenemos que examinar el primero.

Al someter a los rebeldes pequeños «tiranos», Carlos —faltan los informes— habrá confiscado, según antigua usanza, su propiedad territorial, pero, en la medida en que después los restablecía en sus cargos y dignidades, se la habrá otorgado de nuevo, total o parcialmente, como beneficio. Con los bienes eclesiásticos de los obispos recalcitrantes aún no se atrevió a proceder del mismo modo; los deponía y entregaba sus puestos a personas adictas a él, de las cuales, por supuesto, muchas no tenían de clérigo más que la tonsura (sola tonsura clericus). Estos nuevos obispos y abades comenzaron entonces, a sus órdenes, a transferir grandes extensiones de tierras eclesiásticas a laicos mediante precarias; cosa que ya antes no carecía de ejemplo, pero que ahora se practicaba en masa. Su hijo Pipino fue bastante más lejos. La Iglesia estaba en decadencia, despreciado el clero, el papa acosado por los longobardos, y dependía únicamente de la ayuda de Pipino. Éste ayudó al papa, favoreció la ampliación de su dominación eclesiástica, le sostuvo el estribo. Pero se resarció, incorporando la parte con mucho mayor de los bienes de la Iglesia al dominio real, y dejando a los obispos y monasterios sólo lo necesario para su sostenimiento. Esta primera secularización en gran escala la aceptó la Iglesia sin resistencia; el Sínodo de Lestines la confirmó, aunque con una cláusula restrictiva que, sin embargo, nunca fue observada. Esta ingente masa de bienes puso al exhausto dominio real de nuevo sobre un pie respetable, y sirvió en su mayor parte para ulteriores concesiones, que de hecho pronto adoptaron la forma de beneficios ordinarios.

Añadamos aquí que la Iglesia supo reponerse muy pronto de este golpe. Apenas se hubo producido el arreglo con Pipino, los piadosos varones de Dios volvieron a sus viejas prácticas. Las dona||[14]|ciones llovieron de nuevo desde todas partes; los pequeños campesinos libres estaban continuamente en la misma precaria situación entre el martillo y el yunque, como desde hacía 200 años; bajo Carlomagno y sus sucesores las cosas les fueron aún mucho peor, y muchos se acogieron con casa y hacienda a la protección del báculo pastoral. Los reyes devolvían parte del botín a los monasterios favorecidos, a otros, sobre todo en Alemania, les regalaban enormes extensiones de tierras de la corona; bajo Ludovico Pío parecían haber vuelto para la Iglesia los benditos tiempos de Guntram. Los archivos de los monasterios son particularmente ricos en donaciones del siglo IX.

El beneficio, esta nueva institución que ahora hemos de examinar más de cerca, no era aún el feudo posterior, pero sí su germen. Era transferido desde un principio por el tiempo de vida común tanto del otorgante como del beneficiario. Si moría uno u otro, revertía al propietario o a sus herederos. Para renovar la relación existente tenía que efectuarse una nueva transferencia al beneficiario o a sus herederos. El beneficio estaba, pues, en la expresión posterior, sujeto tanto a la caída del trono como a la reversión. La caída del trono pronto cayó en desuso; los grandes beneficiarios se volvieron justamente más poderosos que el rey. La reversión trajo consigo ya temprano, no raras veces, la ulterior concesión del bien al heredero del anterior beneficiario. Un bien llamado Patriciacum (Percy) cerca de Autun, concedido como beneficio por Carlos Martel a Hildebrannus, permaneció en la familia de padre a hijo durante cuatro generaciones, hasta que el rey lo donó en 839 al hermano del cuarto beneficiario como propiedad plena. Otros ejemplos no son raros desde mediados del siglo VIII. [15]

El beneficio podía ser revocado por el otorgante en todos los casos en que se incurriera, en general, en confiscación de bienes. Y estos casos se dieron también bajo los Carolingios en abundancia y más que abundancia. Las sublevaciones en Alemania bajo Pipino el Breve, la conspiración de los turingios, las repetidas insurrecciones de los sajones condujeron a cada vez nuevas revocaciones, ya fuera de tierras de campesinos libres, ya de bienes y beneficios de los grandes. Lo mismo sucedió, a despecho de todas las disposiciones contractuales en contrario, durante las guerras internas bajo Luis el Piadoso y

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sus hijos. También ciertos delitos no políticos acarreaban confiscación.

Además, los beneficios podían ser revocados por la corona cuando el beneficiario descuidaba sus deberes generales de súbdito, p. ej., no entregaba al bandido que se hallaba en la inmunidad, no traía su arnés a la campaña, no respetaba las cartas reales, etc.

Pero, además, los beneficios eran transferidos bajo condiciones especiales, cuyo quebrantamiento traía consigo la revocación, la cual, naturalmente, no afectaba al resto del patrimonio del beneficiario. Así, p. ej., cuando se habían concedido antiguos bienes eclesiásticos y el beneficiario descuidaba pagar las cargas que pesaban sobre ellos a la iglesia (nonae et decimae). O cuando dejaba arruinarse el bien, caso en el que se solía fijar primero un plazo de advertencia de un año para que el beneficiario pudiera protegerse de la confiscación que de otro modo sobrevendría, mediante la mejora, etc. Además, la transferencia del bien también podía estar vinculada ||[16]| a determinadas prestaciones de servicios, y de hecho lo estuvo cada vez más a medida que el beneficio se fue desarrollando hacia el feudo propiamente dicho. Pero originariamente esto no era en absoluto necesario; tanto menos en lo que respecta al servicio de guerra; una multitud de beneficios se concedieron a clérigos de rango inferior, a monjes, a mujeres eclesiásticas y seglares.

Por último, no está en modo alguno excluido que la corona también haya concedido al principio tierras en precario, es decir, por un tiempo determinado o revocable. Algunas noticias sueltas y el proceder de la iglesia lo hacen verosímil. Pero esto cesó, en todo caso, pronto, ya que la concesión bajo las condiciones del beneficio se generalizó en el siglo IX.

En efecto, la iglesia —y de los grandes propietarios territoriales y beneficiarios hemos de suponer lo mismo—, la iglesia, que antes había transferido bienes a sus dependientes libres casi siempre solo como precarias a plazo, tuvo que seguir el impulso dado por la corona. No solo comenzó también a conceder beneficios, sino que este modo de concesión llegó a ser tan predominante que las precarias ya existentes se convirtieron en vitalicias y adoptaron insensiblemente la naturaleza del beneficio, hasta que en el siglo IX la primera forma de concesión se disuelve casi por completo en la última. En la última mitad del siglo IX, los beneficiarios de la iglesia, y asimismo los de los grandes seglares, deben de haber alcanzado ya una posición importante en el Estado; muchos de entre ellos deben de haber sido personas de posesiones considerables, fundadores de la baja nobleza posterior. De otro modo, Carlos el Calvo no habría tomado partido tan vivamente por aquellos a quienes Hincmaro de Laón había despojado de sus beneficios sin motivo. [17]

Vemos que el beneficio tiene ya muchas facetas que se reencuentran en el feudo desarrollado. A ambos es común la caída del trono como también

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la reversión. Al igual que el feudo, el beneficio solo está sujeto a revocación bajo determinadas condiciones. En la jerarquía social creada por los beneficios, que desciende desde la corona, pasando por los grandes beneficiarios —predecesores de los príncipes del imperio—, hasta los beneficiarios medianos —la nobleza posterior—, y de estos a los campesinos libres y no libres, que en su inmensa mayoría vivían en agrupaciones de marca, vemos el fundamento de la posterior jerarquía feudal cerrada. Si bien el feudo posterior es en todas circunstancias un bien de servicio y obliga al servicio de guerra para con el señor feudal, esto último no se da aún en el caso del beneficio, y lo primero no es en absoluto necesario. Pero la tendencia del beneficio a convertirse en bien de servicio ya está presente de forma inconfundible y gana cada vez más terreno en el transcurso del siglo IX; y en la misma medida en que esta se despliega libremente, el beneficio se desarrolla también hacia el feudo.

Pero en este desarrollo actúa todavía una segunda palanca: la transformación que experimentó la constitución de los Gaus y del ejército, primero bajo la influencia de la gran propiedad territorial, y después bajo la de los grandes beneficios, en los que la antigua gran propiedad territorial se había ido convirtiendo cada vez más a consecuencia de las incesantes guerras internas y de las confiscaciones y nuevas concesiones vinculadas a ellas.

Es comprensible que en este capítulo se trate solo del beneficio en su forma pura, clásica, en la que ciertamente fue solo una forma fugaz, que ni siquiera apareció en todas partes al mismo tiempo. Pero tales formas históricas de manifestación de relaciones económicas solo se las comprende cuando se las capta en ésta su pureza, y haber desprendido esta figura clásica del beneficio de todas las confusas adherencias es uno de los principales méritos de Roth.

Constitución de los Gaus y del ejército.

La revolución que acabamos de describir en el estado de la propiedad territorial no podía dejar de influir sobre la antigua constitución. Provocó en ésta cambios igualmente considerables, y éstos, a su vez, repercutieron sobre las relaciones de propiedad territorial. Dejamos de momento a un lado la transformación de la constitución general del Estado, y nos limitamos aquí a la influencia de la nueva situación económica sobre los restos, aún subsistentes, de la antigua constitución popular en el Gau y en el ejército.

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Bajo los Merovingios encontramos ya con frecuencia a condes y duques como administradores de bienes de la corona. Sin embargo, solo en el siglo IX hallamos indudablemente ciertos bienes de la corona vinculados al cargo de conde de tal manera que el conde en funciones percibía sus rentas. El antiguo cargo honorífico se había transformado en un cargo retribuido mediante dotación. Junto a esto, encontramos también, lo que bajo las condiciones de entonces se daba por supuesto, a los condes en posesión de beneficios reales que les habían sido asignados personalmente. De este modo, el conde se convertía en un poderoso terrateniente dentro de su condado.

Ante todo, está claro que la autoridad del conde tuvo que resentirse por el surgimiento de grandes propietarios territoriales por encima y al lado suyo. Hombres que bajo los Merovingios y los primeros Carolingios se habían burlado con harta frecuencia de las órdenes del rey, habían de mostrar aún menos respeto al mandato del conde. Sus colonos libres, confiados en la protección de poderosos terratenientes, descuidaban con igual frecuencia comparecer ante el tribunal a la citación del conde, o a su llamamiento al ejército. Ésta fue precisamente una de las causas que trajo consigo la introducción de la concesión a título de beneficio, en lugar de como alodio, y la posterior transformación paulatina de la mayor parte de la gran propiedad territorial, antes libre, en beneficio. [19]

Solo con esto no estaba aún asegurada la concurrencia de los libres asentados en los bienes de los grandes a las prestaciones estatales. Era preciso que se produjese un cambio ulterior. El rey se vio obligado a hacer responsables a los grandes propietarios territoriales por la comparecencia de sus colonos libres ante el tribunal, en el ejército y en los demás servicios estatales tradicionales, de la misma manera que hasta entonces el conde había respondido por todos los habitantes libres de su condado. Y esto solo pudo hacerse transfiriendo el rey a los grandes una parte de las facultades condales sobre sus colonos. El señor territorial o beneficiario debía hacer comparecer a sus hombres ante el tribunal, debían, pues, ser citados por su mediación. Debía conducirlos al ejército; por su conducto debía, pues, efectuarse su reclutamiento; debía, para poder responder continuamente por ellos, tener el mando y el derecho de disciplina de guerra sobre ellos. Pero el servicio de los colonos era y siguió siendo servicio al rey; al díscolo no lo castigaba el propietario territorial, sino el conde real; la multa correspondía al fisco real.

También esta innovación se remonta a Carlos Martel. Al menos, solo desde su tiempo encontramos la costumbre de que los grandes dignatarios eclesiásticos salieran personalmente a campaña, lo que, según Roth, solo se explica porque Carlos hizo marchar a los obispos al frente de sus colonos al ejército, para asegurarse de la comparecencia de estos últimos. Sin duda ocurrió lo mismo con los grandes seglares y sus colonos. Bajo Carlomagno aparece ya la nueva institución firmemente fundada y generalmente ejecutada.

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Pero con esto se había producido un cambio esencial también en la posición política de los colonos libres. Ellos, que antes eran jurídicamente iguales a su señor territorial, por mucho que dependieran económicamente de él, ||[20]| se convertían ahora también jurídicamente en subordinados suyos. El sometimiento económico recibía la sanción política. El señor territorial se convierte en señor, en seigneur; los colonos se convierten en sus homines; el «señor» se convierte en el superior del «hombre». La igualdad jurídica de los libres ha desaparecido; el «hombre» de más baja condición, cuya plena libertad había sufrido ya grave quebranto por la pérdida del patrimonio heredado, se acerca un escalón más al no libre. Tanto más se eleva el nuevo «señor» por encima del nivel de la antigua libertad común. La base de la nueva aristocracia, ya económicamente establecida, es reconocida por el Estado, se convierte en uno de los engranajes que cooperan regularmente en la maquinaria estatal.

Junto a estos homines integrados por colonos libres, había todavía otra clase. Eran los libres empobrecidos que habían entrado voluntariamente en una relación de servicio o de séquito con los grandes. Los Merovingios habían tenido su sequito en los antrustiones, los grandes de aquella época tampoco habrán carecido de séquito. Bajo los Carolingios, los hombres de séquito del rey se llaman vassi, vasalli o gasindi, términos que en las más antiguas leyes populares se emplean todavía para un no libre, pero que ahora han adoptado ya la acepción de un hombre de séquito, por regla general libre. Las mismas denominaciones son válidas para los hombres de séquito de los grandes, que ahora aparecen de manera general y que constituyen un elemento cada vez más numeroso e importante en la sociedad y en el Estado.

Cómo los grandes llegaron a tener tales hombres de séquito lo muestran las antiguas fórmulas contractuales. En una de ellas (formulae Sirmondicae 44) se dice, por ejemplo: «Puesto que es notorio a todos que no tengo de qué alimentarme ni vestirme, ruego a vuestra piedad (la del señor) que me permitáis encomendarme y ponerme bajo vuestra protección (mundoburdum — como si dijéramos tutela); de modo que… que vos estéis obligado a socorrerme con alimento y vestido según yo os sirva y lo merezca; y yo, mientras viva, esté obligado a prestaros servicio y obediencia a la manera de un hombre libre (ingenuili ordine); y que no tenga poder para sustraerme a vuestra potestad y señorío protector durante mi vida, sino que deba permanecer toda mi vida bajo vuestra potestad y protección.» Esta fórmula da cuenta completa del origen y naturaleza de la relación de séquito simple, despojada de toda mezcla extraña, y tanto más cuanto que representa el caso extremo de un pobre diablo totalmente arruinado. El ingreso en la asociación de séquito del senior se efectuaba como resultado de un libre acuerdo de ambas partes — libre en el sentido de la jurisprudencia romana y moderna, a menudo de modo muy semejante al ingreso de un obrero actual al servicio de un fabricante. El «hombre» se encomendaba al señor, y éste aceptaba su encomendación. Ésta consistía en el apretón de manos y el juramento de fidelidad. El acuerdo era vitalicio y sólo se disolvía por la muerte de uno de los dos contratantes. El hombre de servicio estaba obligado a todas las prestaciones de servicio compatibles con la condición de hombre libre que su señor quisiera encomendarle. A cambio, era mantenido por éste y recompensado a su discreción. La asignación de tierra no estaba en modo alguno necesariamente vinculada a ello, y de hecho no tenía lugar en todos los casos.

Esta relación fue, bajo los Karolinger, especialmente desde Karl der Große, no sólo tolerada, sino directamente favorecida y finalmente, al parecer, hecha obligatoria para todos los hombres libres comunes mediante un capitular del año 847 y reglamentada por el Estado. Así, el servidor sólo podía romper unilateralmente la relación con su señor si éste quería matarlo, golpearlo con un bastón, deshonrar a su mujer o a su hija, o quitarle su herencia (Capitular de 813). Y el servidor quedaba vinculado al señor tan pronto como había recibido de éste el valor de un sólido; de lo que se desprende una vez más cuán poco estaba entonces necesariamente ligada la relación de vasallaje a la concesión de tierras. Las mismas disposiciones repite un capitular del 816 con el añadido de que el servidor quedaba desligado si su señor quería reducirlo ilegalmente a la condición de no libre o si, pudiendo prestarle la protección prometida, no lo hacía.

Frente al Estado, el señor del séquito adquirió ahora los mismos derechos y deberes con respecto a sus hombres de séquito que el señor territorial o el beneficiario con respecto a sus colonos. Aquéllos seguían debiendo servicio al rey, sólo que también aquí se interponía entre el rey y sus condes el señor del séquito. Éste presentaba a los vasallos ante la justicia, los convocaba, los conducía en la guerra y mantenía entre ellos la disciplina militar; respondía por ellos y por su equipo conforme a las normas. Con ello, el señor del séquito adquirió un cierto poder punitivo sobre sus subordinados, y éste constituye el punto de partida de la jurisdicción que más tarde desarrollaría el señor feudal sobre sus vasallos.

En estas dos ulteriores instituciones, en el desarrollo del sistema de séquito y en la transferencia del poder condal, es decir, del poder estatal oficial, al señor territorial, al beneficiario de la corona y al señor del séquito sobre sus subordinados — colonos y hombres de séquito sin tierra —, reunidos pronto todos bajo los nombres de vassi, vasalli, homines, en esta confirmación y reforzamiento estatales del poder fáctico del señor sobre los vasallos vemos cómo el germen del feudalismo dado en los beneficios se desarrolla ya considerablemente. La jerarquía de los estamentos desde el rey hacia abajo, pasando por los grandes beneficiarios hasta sus colonos libres y finalmente los no libres, se convierte en un elemento reconocido de la organización estatal, que coopera con carácter oficial. El Estado reconoce que no puede subsistir sin su ayuda. Cómo se prestó realmente esa ayuda, habrá de verse, desde luego.

La distinción entre hombres de séquito y colonos sólo es importante al principio, para demostrar el doble origen de la dependencia de los libres. Muy pronto ambos tipos de vasallos se funden inseparablemente, tanto en el nombre como en los hechos. Los grandes beneficiarios adoptaron cada vez más la costumbre de encomendarse al rey, es decir, de convertirse en sus vasallos junto a sus beneficiarios. Los reyes encontraron de su interés hacerse prestar personalmente el juramento de fidelidad por los grandes, obispos, abades, condes y vasallos (Annales Bertiniani 837 y a menudo en el siglo IX), con lo cual la diferencia entre el juramento general de súbdito y el juramento especial de vasallaje pronto tuvo que borrarse. Así se transforman gradualmente todos los grandes en vasallos reales. Pero con ello, el lento desarrollo de los grandes propietarios territoriales hacia un estamento especial, hacia una aristocracia, quedó reconocido por el Estado, insertado en el orden estatal y convertido en una de sus palancas oficialmente activas.

Igualmente, el hombre de séquito del gran terrateniente individual se va integrando poco a poco en la masa de los colonos. Prescindiendo de la manutención directa en la corte señorial, que sólo podía tener lugar para un reducido número de personas, no quedaba otro medio de asegurarse hombres de séquito que asentarlos sobre el suelo, transfiriéndoles tierras en beneficio. Un numeroso séquito guerrero, condición principal de la existencia de los grandes en aquella época de luchas constantes, sólo podía obtenerse, pues, mediante la concesión de tierras a los vasallos. De ahí que los servidores sin tierra de la corte señorial vayan desapareciendo gradualmente ante la masa de los asentados en tierras del señor.

Pero cuanto más se insertaba este nuevo elemento en la antigua constitución, tanto más tenía ésta que ser sacudida. El viejo ejercicio directo del poder estatal por el rey y los condes fue dejando paso cada vez más a uno indirecto; entre los libres comunes y el Estado se interpuso el senior, al que aquéllos estaban personalmente ligados por fidelidad en medida creciente. El componente motor más eficaz de la máquina estatal, el conde, tuvo que pasar cada vez más a segundo plano, y así lo hizo en realidad. Karl der Große procedió aquí como solía proceder en todas partes. En un primer momento, como hemos visto, favoreció la preponderancia de la relación de vasallaje, hasta que los pequeños libres independientes casi desaparecieron; cuando luego salió a la luz el debilitamiento de su poder así provocado, intentó ponerlo de nuevo en pie mediante la intervención estatal. Esto pudo lograrse en muchos casos bajo un soberano tan enérgico y temido; bajo sus débiles sucesores, el poder de los hechos creados con su ayuda se abrió paso inconteniblemente.

El medio predilecto de Karl der Große era el envío de enviados reales (missi dominici) con plenos poderes extraordinarios. Allí donde el funcionario real ordinario, el conde, no podía poner coto al desorden creciente, un enviado especial debía hacerlo. (Fundamentar y desarrollar esto históricamente más adelante.)

Pero había también otro medio, y éste consistía en situar al conde en una posición tal que, también en medios materiales de poder, estuviera al menos al nivel de los grandes de su condado. Esto sólo era posible si el conde entraba también en las filas de los grandes terratenientes, lo que a su vez podía suceder por dos vías. Determinadas extensiones de tierra podían adjudicarse en las distintas comarcas al cargo de conde como dotación, de suerte que el conde de turno las administrara oficialmente y percibiera sus rentas. De ello se encuentran muchos ejemplos, sobre todo en documentos, y ya desde finales del siglo VIII; desde el siglo IX esta relación es completamente habitual. Tales dotaciones proceden naturalmente, en su mayoría, de los bienes fiscales reales, como ya en la época de los Merovinger encontramos con frecuencia a condes y duques como administradores de los bienes fiscales reales situados en su territorio.

Cosa curiosa, se encuentran también muchos ejemplos (incluso un formulario para ello) de obispos que dotan el cargo de conde con bienes de la Iglesia, naturalmente, dada la inalienabilidad de los bienes eclesiásticos, bajo alguna forma de beneficio. La generosidad de la Iglesia es demasiado conocida para admitir aquí otra razón que la amarga necesidad. Bajo la creciente presión de los grandes laicos vecinos, a la Iglesia sólo le quedaba la alianza con los restos del poder estatal.

Estas pertenencias vinculadas a los cargos de conde (res comitatus, pertinentiae comitatus) están al principio netamente separadas de los beneficios que se concedían personalmente al conde de turno. También éstos se otorgaban habitualmente y en abundancia; de modo que, sumando dotación y beneficios, los condados, originariamente cargos honoríficos, se convirtieron ahora en puestos muy lucrativos y, desde Ludwig der Fromme, fueron concedidos, como otras liberalidades reales, a personas a las que se quería ganar o de las que se quería asegurar. Así se dice de Ludwig der Stammler que quos potuit conciliavit, dans eis comitatus, et abbatias ac villas (Annales Bertiniani 877). La denominación honor, con la que antes se designaba el cargo en atención a los derechos honoríficos a él vinculados, adquiere en el transcurso del siglo IX exactamente el mismo significado que beneficium. Y con esto se operó necesariamente también una modificación esencial en la

carácter del oficio condal, justamente subrayado por Roth (pág. 408). En su origen, el señorío, en cuanto adquirió un carácter público, se modeló a imitación del oficio condal, y fue dotado de atribuciones condales. Ahora —en la segunda mitad del siglo IX— el señorío se había extendido tan universalmente que amenazaba con sobrepasar al oficio condal, y éste sólo podía mantener su posición de poder asumiendo cada vez más el carácter de un señorío. Los condes usurpaban cada vez más, y no sin éxito, la posición de un señor respecto a los habitantes de sus distritos (pagenses), tanto en lo concerniente a sus relaciones privadas como a las públicas. Exactamente como los demás «señores» a los pequeños vecinos, los condes trataban también de llevar a los habitantes libres del distrito de menores recursos, por las buenas o por las malas, a someterse como vasallos a ellos. Esto fue tanto más fácil cuanto que el mero hecho de que los condes pudieran abusar de su poder oficial es la mejor prueba de qué poca protección podía esperar el resto que quedaba de los libres comunes de parte del poder real y de sus órganos. Entregados por todos lados a la violencia, los pequeños libres tenían que alegrarse de encontrar un señor protector, incluso cediendo su alodio y recuperándolo como mero beneficio. Ya en el capitular del año 811 se queja Carlomagno de que obispos, abades, condes, jueces, centenarios llevan a los pequeños, mediante continuas vejaciones judiciales o repetidas levas militares, al extremo de transferirles o venderles su alodio; que los pobres se lamentan en voz alta del robo perpetrado contra su propiedad, etc. De esta manera, ya a finales del siglo IX, en la Galia la mayor parte de la propiedad libre había pasado a manos de la Iglesia, de los condes y de otros magnates (Hincmar, Annales Remenses, 869), y algo más tarde en algunas provincias ya no existía en absoluto propiedad territorial libre de pequeños libres (Maurer, Introducción, 212). Tan pronto como los beneficios se hicieron hereditarios, paulatinamente, con el creciente poder de los beneficiarios y el declinante de la corona, también los cargos condales lo fueron por costumbre. Si en la multitud de los beneficiarios reales vemos los gérmenes de la formación de la nobleza posterior, aquí vemos el germen de la soberanía territorial de los futuros señores territoriales surgidos de los condes de gau (Gaugrafen).

Mientras que el orden social y estatal se transformaba por completo, la antigua constitución militar, basada en el servicio de armas —tanto derecho como deber— de todos los libres, permanecía exteriormente la misma; sólo que, allí donde existían las nuevas relaciones de dependencia, el señor se interponía entre sus vasallos y el conde. Pero los libres comunes estaban, de año en año, menos capacitados para soportar la carga del servicio militar. Esta carga no consistía sólo en el servicio personal; el llamado a filas debía equiparse por sí mismo y mantenerse a sus propias expensas durante los primeros seis meses, hasta que, finalmente, las incesantes guerras de Carlomagno colmaron la medida. La carga se hizo tan insoportable que, para escapar de ella, los pequeños libres preferían en masa transferir no sólo el resto de su posesión, sino su propia persona y la de sus descendientes a los magnates, y en especial a la Iglesia. A tal extremo había reducido Carlos a los libres y belicosos francos, que preferían convertirse en colonos y siervos de la gleba para no tener que ir a la guerra. Esta fue la consecuencia de que Carlos se obstinara en mantener, incluso cuando a la gran masa de los libres se les había perdido total o en su mayor parte la propiedad de la tierra, una constitución militar fundada en la posesión territorial general e igual de todos los libres, y de llevarla hasta el extremo más riguroso.

Los hechos eran, sin embargo, más fuertes que la obstinación y la ambición de Carlos. La antigua constitución militar ya no podía mantenerse. Equipar y mantener al ejército a expensas del Estado era del todo imposible en aquella época de economía natural casi sin dinero ni comercio. Carlos se vio, pues, obligado a limitar la obligación de servicio de manera que el equipamiento y el mantenimiento del hombre siguiera siendo posible. Esto se hizo en el capitular de Aquisgrán del año 807, cuando las guerras se limitaban ya a combates fronterizos y la existencia del imperio parecía, en conjunto, asegurada. Ante todo, cada beneficiario real, sin distinción, debía presentarse. Luego, quien poseyera 12 mansos (mansi) debía comparecer armado, es decir, a caballo (la palabra caballarius, caballero, aparece en el mismo capitular). Los poseedores de 3 a 5 mansos estaban obligados. De cada dos poseedores de sendos 2 mansos, de tres de a un manso, de seis de media manso, debía presentarse uno y ser equipado por los demás. De los libres completamente sin tierra pero con bienes muebles por valor de 5 sólidos, debía igualmente salir el sexto hombre y recibir un subsidio de un sólido de cada uno de los otros cinco. Asimismo, la obligación de movilización de las distintas partes del país, que entraba en pleno vigor en estas guerras vecinas, se limitaba para guerras más lejanas, según la distancia, a la mitad hasta una sexta parte de la tropa.

Carlos trataba aquí, evidentemente, de adaptar la antigua constitución a la cambiada situación económica de los obligados al servicio, de salvar lo que aún era salvable. Pero tampoco esta concesión sirvió de nada; ya poco después se vio obligado, en el Capitulare de exercitu promovendo, a permitir nuevas exenciones. Este capitular, habitualmente fechado antes que el de Aquisgrán, es, por todo su contenido, indudablemente varios años posterior a éste. Eleva el número de mansos por el cual se debía presentar un hombre de tres a cuatro; los poseedores de media manso y los sin tierra aparecen como exentos del servicio, e incluso para los beneficiarios la obligación de presentación se limita a un hombre por cada cuatro mansos. Bajo los sucesores de Carlos, el mínimo del número de mansos que presentaba un hombre parece haberse elevado incluso a cinco.

Es digno de notarse que la presentación de los de doce mansos armados parece haber tropezado con las mayores dificultades. Por lo menos, el mandato de que debían comparecer con coraza se repite innumerables veces en los capitulares.

Así, los libres comunes desaparecían cada vez más. Si su paulatina separación de la tierra había empujado a una parte a la vasallidad de los nuevos grandes señores terratenientes, el temor a la ruina directa por el servicio militar empujó a la otra parte directamente a la servidumbre de la gleba. Con qué rapidez se produjo esta entrega a la servidumbre lo testimonia el poliptico (registro de la propiedad) del monasterio de Saint-Germain-des-Prés, que entonces se hallaba aún fuera de París. Fue compilado por el abad Irmino a principios del siglo IX y registra, entre los dependientes del monasterio: 2080 familias de colonos, 35 de lites, 220 de esclavos (servi), y en cambio sólo ocho familias libres. Ahora bien, la palabra colono designaba en aquella época en Galia, decididamente, a un no libre. El matrimonio de una mujer libre con un colono o un esclavo la sometía, como deshonrada (deturpatam), al señor (capitular del 817). Ludovico Pío ordena que colonus vel servus (de un monasterio de Poitiers) ad naturale servitium velit nolit redeat. Recibían azotes (capitulares de 853, 861, 864, 873) y a veces eran manumitidos (véase Guérard, «Irmino»). Y estos campesinos siervos no eran románicos, sino que, según el propio testimonio de Jakob Grimm (Geschichte der deutschen Sprache I, pág. [537]), que examinó los nombres, eran «casi exclusivamente francos, que superaban con creces a un pequeño número de romanos».

Un incremento tan enorme de la población no libre volvió a desplazar las relaciones de clase de la sociedad franca. Junto a los grandes terratenientes que por entonces se constituían rápidamente en un estamento propio, junto a sus vasallos libres, apareció ahora una clase de no libres que absorbía más y más al resto de los libres comunes. Pero estos no libres, en parte, habían sido ellos mismos libres aún, en parte eran hijos de libres; los que vivían en servidumbre hereditaria desde tres y más generaciones eran, con mucho, la minoría. Tampoco eran, en su mayoría, prisioneros de guerra importados de fuera, sajones, wendos, etc.; por el contrario, la mayoría eran francos y románicos nativos. Con tales gentes, que además empezaban a constituir la masa de la población, no era tan fácil de tratar como con siervos heredados o extranjeros. La servidumbre les resultaba aún desacostumbrada, los azotes que recibía incluso el colono (capitulares de 853, 861, 873) eran sentidos aún como una infamia, no como algo natural. De ahí las numerosas conjuraciones y sublevaciones de los no libres, e incluso de los vasallos campesinos. El mismo Carlomagno sofocó por la fuerza una sublevación de los dependientes del obispado de Reims. Ludovico Pío habla en el capitular de 821 de conjuraciones de los esclavos (servorum) en Flandes y Menapisco (en el alto Lys). En 848 y 866 hubo que sofocar sublevaciones de los hombres de servicio (homines) del obispado de Maguncia. Los mandatos de sofocar tales conjuraciones se repiten en los capitulares desde 779. La sublevación de los Stellinga en Sajonia debe también incluirse aquí. Fue, evidentemente, una consecuencia de esta actitud amenazadora de las masas no libres el que, desde finales del siglo VIII y principios del IX, las prestaciones de los no libres, incluso de los esclavos radicados, se fijaran cada vez más en una medida determinada e insuperable, y Carlomagno lo prescribiera en sus capitulares.

Este fue, pues, el precio por el que Carlos compró su imperio neorromano: la aniquilación del estamento de los libres comunes, que en la época de la conquista de Galia había abarcado a todo el pueblo franco; la escisión del pueblo en grandes terratenientes, vasallos, siervos de la gleba. Pero con los libres comunes cayó la antigua constitución militar, y con ambos cayó la monarquía. Carlos había destruido la única base de su propio dominio. Él todavía logró sostenerse; pero bajo sus sucesores salió a la luz lo que en realidad era la obra de sus manos.

[31] (Nota)
El dialecto franco.

Los lingüistas han tratado de manera extraña a este dialecto. Mientras Grimm lo dejaba desaparecer en francés y alto alemán, los modernos le dan una extensión que va de Dunquerque y Ámsterdam hasta el Unstrut, el Saale y el Rezat, si no hasta el Danubio y, mediante la colonización, hasta los Montes Gigantes. Mientras que incluso un filólogo como Moritz Heyne construye, a partir de un manuscrito del Heliand realizado en Werden, una lengua antigua bajo-franca que es un sajón antiguo casi puro, ligerísimamente teñido de franco, Braune asigna todos los dialectos auténticamente bajo-francos, sin más, ora al sajón, ora al neerlandés. Y, por último, Arnold restringe el territorio de conquista de los ripuarios a la región al norte de la cuenca de Ahr y Mosela, y hace que todo lo situado al sur y sudoeste fuese ocupado primero por alamanes, después exclusivamente por catos (a los que también incluye entre los francos), por lo que hablarían, pues, alamánico-cático.

Reduzcamos ante todo el territorio lingüístico franconio a sus verdaderas fronteras. Turingia, Hesse y la Franconia del Meno no tienen absolutamente ningún otro derecho a ser incluidos en él que el de haber estado comprendidos en la Francia en la época carolingia. La lengua que se habla al este del Spessart, del Vogelsberg y del Kahler Asten es cualquier cosa menos franconia. Hesse y Turingia tienen sus propios dialectos independientes, como están habitadas por tribus independientes; en la Franconia del Meno se ha formado una mezcla de población eslava, turingia y hesiana, entreverada con elementos bávaros y franconios, y ha desarrollado un dialecto aparte. Sólo si se toma el grado en que la mutación consonántica altoalemana ha penetrado en los dialectos como principal criterio de distinción, se pueden asignar esas tres ramas lingüísticas al franconio. Pero es precisamente este procedimiento, como veremos, el que causa toda la confusión en el juicio sobre la lengua franconia por parte de los no franconios.

| |[32]| Empecemos con los monumentos más antiguos y pongamos en primer lugar en la luz correcta el llamado antiguo bajo franconio de Moritz Heyne*). El manuscrito del Heliand, llamado Cottonsche, confeccionado en Werden y actualmente en Oxford, debe ser antiguo bajo franconio porque fue confeccionado en el monasterio de Werden, todavía en suelo franconio, pero justo en la frontera sajona. La antigua frontera tribal sigue siendo aquí aún hoy la frontera entre Berg y Mark; de las abadías situadas entre medio, Werden pertenece a Franconia, Essen a Sajonia. Werden está limitado en su más inmediata cercanía, al este y al norte, por localidades indiscutiblemente sajonas; en la llanura entre el Ruhr y el Lippe, la lengua sajona penetra en algunos puntos casi hasta el Rin. La circunstancia de que una obra sajona fuera copiada en Werden, y por cierto evidentemente por un franconio, y de que a este franconio se le escaparan de la pluma aquí y allá formas de palabras franconias, está aún muy lejos de ser suficiente para declarar la lengua de la copia como franconia. — Además del Heliand de Cotton, Heyne considera como bajo franconio algunos fragmentos de Werden que muestran el mismo carácter y los restos de una traducción de los Salmos, que según él se originó en la región de Aquisgrán, pero que Kern (Glosas en la Lex Salica) declara sin más como neerlandés. De hecho, tiene por un lado formas completamente neerlandesas, pero junto a ellas también genuinas formas renano-franconias, e incluso huellas de la mutación consonántica altoalemana. Evidentemente se originó en la frontera entre el neerlandés y el renano-franconio, aproximadamente entre Aquisgrán y Maastricht. Su lengua es considerablemente más moderna que la de los dos Heliand.

El Heliand de Cotton solo basta, sin embargo, para establecer indubitablemente algunas diferencias principales entre el franconio y el sajón a partir de las pocas formas franconias que aparecen en él.

I. En todos los dialectos ingvaeónicos, las tres personas del plural del presente de indicativo terminan igualmente, concretamente en una dental precedida de vocal; en sajón antiguo en -d, en anglosajón en -dh, en frisón antiguo en -th (que probablemente también está por -dh). ||[33]| Así, en sajón antiguo se dice hebbiad (nosotros tenemos, vosotros tenéis, ellos tienen); del mismo modo, de fallan, gewinnan, las tres personas son igualmente fallad, winnad. Es la tercera persona la que se ha apoderado de las tres, pero, nótese bien, con la pérdida de la n delante de -d o -dh, específicamente ingvaeónica y común igualmente a los tres dialectos mencionados. De todos los dialectos vivos, sólo el westfaliano ha conservado esta peculiaridad; allí se dice todavía hoy wi, ji, se hebbed, etc. Los demás dialectos sajones, así como el frisón occidental, ya no la conocen; distinguen las tres personas.

Los Salmos renanos occidentales, al igual que el alto alemán medio, tienen para la 1.ª persona del plural -n, para la 2.ª -t, para la 3.ª -nt. En cambio, el Heliand de Cotton presenta, junto a las formas sajonas, algunas veces formas de tipo completamente distinto: tholönd (ellos sufren), gornönd (vosotros os quejáis), y como imperativo marient (anunciad), seggient (decid), donde el sajón reclama tholöd, gornöd, märiad, seggiad. Estas formas no sólo son franconias, sino que son incluso el dialecto local auténtico de Werden, el bergués, hasta hoy. En el bergués, igualmente, hacemos iguales las tres personas del plural del presente, pero no a la manera sajona en -d, sino a la franconia en -nt. Frente al wi hebbed del Mark, se dice justo en la frontera wi hant, y de manera análoga al imperativo seggient arriba mencionado se dice seient ens, decid una vez. Braune y otros, a partir de la simple observación de que aquí, en el bergués, las tres personas se hacen iguales, han declarado sin más toda la región montañosa berguesa como sajona. ||[34]| La regla, ciertamente, ha penetrado desde Sajonia, pero, lamentablemente, se ejecuta a la manera franconia, y con ello prueba lo contrario de lo que debería probar.

La pérdida de la n ante dentales no se limita en los dialectos ingvaeónicos a este caso; es menos frecuente en el frisón antiguo, pero bastante extendida en el sajón antiguo y en el anglosajón: mudh (boca), kudh (conocido), us (nos), odhar (otro). El copista franconio del Heliand en Werden escribe, en lugar de odhar, dos veces la forma franconia andar. Los registros de tributos de Werden alternan las formas onomásticas franconias Reinswind, Meginswind, con las sajonas Reinswid y Meginswid. En los Salmos renanos de la margen izquierda, en cambio, se dice en todas partes munt, hunt, uns, sólo una vez las llamadas Glosas de Lipsius (extraídas del manuscrito perdido de estos Salmos) tienen farkutha (abominabiles) en lugar de farkuntha. Los monumentos salios antiguos han conservado asimismo la n en todas partes, en los nombres Gund, Segenand, Chlodosindis, Ansbertus, etc., lo cual no viene al caso. Los dialectos franconios modernos tienen en todas partes la n (única excepción en el bergués la forma os, uns).

II. Los monumentos lingüísticos a partir de los cuales se construye la gramática comúnmente llamada sajona antigua pertenecen todos al sudoeste de Westfalia: Münster, Freckenhorst, Essen. La lengua de estos monumentos muestra algunas divergencias esenciales no sólo respecto de las formas ingvaeónicas generales, sino también respecto de aquellas que se nos han conservado como auténtico sajón antiguo en nombres propios de Engern y Ostfalen; en cambio, coinciden notablemente con el franconio y el alto alemán antiguo. El más reciente gramático del dialecto, Cosijn, lo llama por eso directamente sajón antiguo occidental.

Dado que en esta investigación dependemos casi exclusivamente de nombres propios en documentos latinos, las diferencias de forma constatables entre el sajón occidental y el oriental sólo pueden ser poco numerosas; se limitan a dos casos, pero muy decisivos.

1) El anglosajón y el frisón antiguo tienen el genitivo plural de todas las declinaciones en -a. El sajón antiguo occidental, el franconio antiguo ||[35]| y el alto alemán antiguo, en cambio, en -o. ¿Cuál es entonces la forma correcta del sajón antiguo? ¿Acaso este dialecto abandonó aquí realmente la regla ingvaeónica?

Los documentos de Engern y Ostfalen dan la respuesta. En Stedieraburg, Horsadal, Winethahiisen, Edingahüsun, Magathaburg y muchos otros nombres, la primera parte del compuesto está en genitivo plural y tiene -a. Incluso en Westfalia, la -a no ha desaparecido del todo; el rol de Freckenhorst tiene una vez Aningera lö y Wernera holthüson, y la -a de Osnabrück es asimismo un antiguo genitivo plural.

2) De igual modo, el masculino débil en franconio, como en alto alemán antiguo, termina en -o, frente al gótico-ingvaeónico en -a. Para el sajón antiguo occidental también se fija el -o como regla; por tanto, otra desviación del uso ingvaeónico. Pero esto no vale en absoluto para el sajón antiguo en general. Ni siquiera en Westfalia se cumplía el -o sin excepción; el rol de Freckenhorst tiene ya, junto a -o, toda una serie de nombres en -a (Siboda, Uffa, Asica, Hassa, Wenda, etc.); los monumentos de Paderborn en Wigand dan casi siempre -a, sólo muy excepcionalmente -o; en los documentos ostfalianos -a domina casi en exclusiva; de modo que ya J. Grimm (Geschichte der deutschen Sprache) llega a la conclusión de que no puede desconocerse que -a y -an (en los casos oblicuos) eran la forma originariamente sajona común a todas las partes del pueblo. El avance de -o en lugar de -a tampoco se limitó a Westfalia. A principios del siglo XV, los nombres de varón ostfrisones de las crónicas, etc., tienen casi regularmente -o: Fokko, Occo, Enno, Smelo, etc., frente a -a todavía conservado en casos aislados del frisón occidental de épocas anteriores.

Puede darse, pues, por firme que ambas desviaciones del sajón occidental respecto de la regla ingvaeónica no son originariamente sajonas, sino que están provocadas por influencia foránea. Esta influencia se explica muy sencillamente por el hecho de que Sajonia occidental fue antes territorio franconio. Sólo después de retirarse el grueso de los francos, los sajones avanzaron paulatinamente más allá de Osning y Egge hasta la línea que aún hoy separa Mark y Sauerland de Berg y Siegerland. La influencia de los francos que permanecieron, fusionados ahora con los sajones, se muestra en esos dos -o en lugar de -a; y es también inconfundible aún en los dialectos actuales. ||[36]|

III. Una peculiaridad de la lengua renano-franconia que se extiende desde el Ruhr hasta el Mosela es la terminación de la 1.ª [persona] del presente de indicativo en -n, que se ha conservado mejor en el caso en que sigue una vocal: dat don ek (eso hago yo), ek han (yo tengo) (bergués). Esta forma verbal vale para todo el Bajo Rin y el Mosela, al menos hasta la frontera lorenesa: don, han. Esa misma peculiaridad se encuentra ya en los Salmos de la margen izquierda del Rin: biddon (yo pido), wirthon (yo llegaré a ser), aunque no de manera consecuente. La habla salia carece de esta -n; ya en el documento más antiguo dice allí: ec forsacho, gelöbo. Le falta igualmente al neerlandés. El sajón antiguo occidental se aparta aquí del franconio en la medida en que sólo conoce esa -n en una única conjugación (la llamada segunda débil): skawön (yo contemplo), thionön (yo sirvo), etc. Es completamente ajena al anglosajón y al frisón antiguo. Por tanto, podemos suponer que también esta -n es un resto franconio en el sajón antiguo occidental.
Aparte de los numerosos nombres propios conservados en documentos, etc., y de las glosas de la Lex Salica, a menudo desfiguradas hasta lo irreconocible, casi no tenemos restos de la habla salia. No obstante, Kern (die Glossen in der Lex Salica) ha eliminado un número considerable de esas deformaciones y ha restaurado el texto, en algunos casos seguro, en otros muy probable, demostrando que está escrito en una lengua que es la antecesora directa del neerlandés medio y moderno. Pero, naturalmente, este material así reconstruido no es utilizable sin más para la gramática. Además, sólo poseemos la breve fórmula de abjuración añadida al Capitular de Carlomán del año 743 y redactada probablemente en el Concilio de Lestines, por tanto en Bélgica. Y aquí tropezamos en seguida, al principio, con dos palabras característicamente franconias: Ec forsacho, yo renuncio. — Ec por ich sigue estando hoy muy extendido entre los franconios. En Tréveris y Luxemburgo eich, en Colonia y Aquisgrán éch, en el bergués ek. ||[37]| Si el neerlandés escrito tiene ik, se oye sin embargo bastante a menudo en la lengua popular, sobre todo en Flandes, ek. Los nombres salios antiguos Segenandus, Segemundus, Segefredus muestran unánimemente e por i.

*) Pequeña gramática del antiguo sajón y del antiguo bajo franconio, de Moritz Heyne. Paderborn 1873.

En el fráncico aparece ch por g entre vocales: esto se da también en otros monumentos (rachineburgius) y sigue siendo hoy una característica de todos los dialectos fráncicos desde el Palatinado hasta el mar del Norte. Sobre estas dos características principales del fráncico: e con frecuencia por i, y ch entre vocales por g, volveremos al tratar los distintos dialectos.

Como resultado de la investigación anterior, para la cual puede consultarse también lo dicho por Grimm en su Historia de la lengua alemana al final del primer tomo sobre el fráncico antiguo, nos es lícito establecer la tesis —hoy apenas discutida— de que el fráncico era ya en los siglos VI y VII un dialecto propio, que formaba la transición entre el alto alemán —por tanto, primeramente el alamánico— y el ingaevónico —por tanto, primeramente el sajón y el frisón—, y que se hallaba aún por completo en el grado gótico-bajoalemán de la mutación consonántica. Ahora bien, si se concede esto, con ello se reconoce también que los francos no eran una mezcolanza de tribus diversas, unidas por circunstancias exteriores, sino un tronco principal alemán propio, los iscaevones, que ciertamente acogieron en sí, en distintas épocas, elementos extraños, mas también tuvieron la fuerza de asimilarlos. E igualmente nos es lícito considerar probado que cada una de las dos ramas principales del tronco franco habló ya tempranamente un dialecto particular, que el dialecto se escindió en salio y ripuario, y que muchas de las peculiaridades separadoras de los antiguos dialectos perviven aún en el habla popular de hoy.

Pasemos ahora a estos dialectos aún vivos.

I. Sobre esto ya no hay duda alguna: el salio pervive en los dos dialectos neerlandeses, el flamenco y el holandés, y por cierto en su forma más pura en las regiones que son fráncicas desde el siglo VI. Después de que, en efecto, las grandes mareas de tempestad de los siglos XII, XIII y XIV destruyeran casi por completo Zelanda, formaran el Zuiderzee, el Dollart y el Jade, y con ello se quebrara, con la conexión geográfica ||[38]|| también la política entre los frisones, los restos de la antigua libertad frisona sucumbieron al empuje de los soberanos territoriales circundantes, y con ella, casi en todas partes, también la lengua frisona. En el oeste fue desplazada por el neerlandés, en el este y el norte por el sajón y el danés, o completamente suprimida, dejando en todos los casos fuertes huellas en la lengua invasora. La antigua Zelanda frisona y Holanda se convirtieron en los siglos XVI y XVII en núcleo y sostén de la lucha de independencia neerlandesa, como ya antes habían sido asiento de las principales ciudades comerciales del país. Aquí, pues, se formó preferentemente la lengua escrita neoneerlandesa, que acogió elementos, palabras y formas léxicas frisonas que deben distinguirse bien del fondo fráncico originario. Por otra parte, desde el este, la lengua sajona avanzó sobre territorios antaño frisonas y fráncicos. Trazar los límites exactos ha de dejarse a la investigación de detalle; puramente salios son solo las partes de habla flamenca de Bélgica, Brabante Septentrional, Utrecht, así como Güeldres y Overijssel, con excepción de las franjas orientales, sajonas.

Entre la frontera lingüística francesa en el Mosa y la sajona al norte del Rin confluyen salios y ripuarios. Sobre la línea divisoria, que también aquí ha de ser determinada solo en el detalle, hablaremos más abajo. Ocupémonos primeramente de las peculiaridades gramaticales del neerlandés.

En las vocales llama inmediatamente la atención que, de manera auténticamente fráncica, la i es reemplazada por e: brengen —traer—, kreb —pesebre—, hemel —cielo—, geweten —conciencia—, ben —soy—, stem —voz—. Esto es aún mucho más frecuente en el neerlandés medio: gewes —cierto—, es —es—, selver —plata—, blent —ciego—, donde el neoneerlandés presenta gewis, is, zilver, blind. Asimismo encuentro cerca de Gante dos lugares: Destelbergen y Desteldonck, con arreglo a lo cual todavía hoy se llama allí Destel al cardo. El neerlandés medio, surgido sobre suelo puramente fráncico, concuerda aquí exactamente con el ripuario, menos ya el neoneerlandés escrito, expuesto al influjo frisón.

Además, concorde de nuevo con el ripuario, aparece o en lugar de u ante m o n con consonante siguiente, aunque no tan consecuentemente como en neerlandés medio y ripuario. Junto a konst, gonst, kund, se registra en neoneerlandés kunst, gunst, kund; en cambio concuerdan en ambos lados ||[39]| mond —boca—, hond —perro—, jong —joven—, ons —nosotros—.

En discrepancia con el ripuario, la i larga (ij) se ha tornado ei en la pronunciación, cosa que no parece haber sido aún el caso en neerlandés medio. Pero este ei no se pronuncia como el ei altoalemán = ai, sino como genuinamente e + i, si bien no tan tenue como, por ejemplo, ej en daneses y eslavos. Poco se aparta de ahí el diptongo escrito no como ij, sino como ei. Correspondientemente, en lugar del altoalemán au aparece ou, ou(v).

La metafonía ha desaparecido de la flexión. En la declinación, singular y plural, en la conjugación, indicativo y subjuntivo, tienen la misma vocal radical. En cambio, la metafonía aparece en la formación de palabras en doble forma: 1) en la modificación, común a todos los dialectos posgóticos, de a por i en e, 2) en una forma propia del neerlandés, desarrollada solo más tarde. El neerlandés medio, al igual que el ripuario, conoce aún huus —casa—, graan —pardo—, raam —espacioso—, taan —seto—, plurales huuse, brune. El neoneerlandés solo conoce ya las formas huis, bruin, ruim, tuin, ajenas al neerlandés medio y al ripuario (ui = altoalemán eu). En cambio, eu en lugar de o breve (altoalemán u) se introduce ya en neerlandés medio: jeughet junto a joghet, neoneerlandés jeugd —juventud—; doghet —virtud—, dor —puerta—, kor —elección—, junto a las cuales existen las formas con eu, en neoneerlandés solo valen ya deugd, keur, deur. Esto concuerda enteramente con el eu desarrollado desde el siglo XII en francés septentrional para la o tónica latina. Sobre un tercer caso llama la atención Kern: neoneerlandés ei es metafonía de ê (ee). Estas tres formas de metafonía son desconocidas para el ripuario como para los demás dialectos, y constituyen una característica particular del neerlandés.

Ald, alt, old, olt, uld, ult se transforman en oud, out. Este tránsito se encuentra ya en neerlandés medio, donde todavía aparecen guldin, hulde, sculde junto a goudin, houde, scoude (debía), de modo que queda aproximadamente fijada la época en que se introdujo. Es asimismo peculiar del neerlandés, al menos frente a todos los dialectos germánicos continentales; en cambio, existe también en el dialecto inglés de Lancashire: gowd, howd, owd, por gold, hold, old.

En cuanto a las consonantes, el neerlandés no conoce g pura alguna (la g gutural ||[40]| italiana, francesa o inglesa). Esta consonante se pronuncia como una gh fuertemente aspirada, que en ciertas uniones fonéticas no se distingue de la ch profundamente gutural (suiza, neogriega o rusa). Vimos que esta transición de g a ch era ya conocida del salio antiguo. Se encuentra también en una parte del ripuario y de los dialectos sajones desarrollados sobre antiguo suelo fráncico, por ejemplo en la región de Münster, donde incluso, como también en la de Berg, la j en posición inicial, especialmente de palabras foráneas, suena en ciertas circunstancias como ch y se puede oír el Choseph, e incluso el dar Chahr (Jahr). Si M. Heyne hubiese tenido esto en consideración, se habría ahorrado en gran parte la dificultad de la frecuente confusión y mutua aliteración de j, g, y ch en el Heliand.

En posición inicial conserva el neerlandés en algunos lugares wr: wringen —retorcer—, wreed —horrible, duro—, wreken —vengar—. Un resto de ello permanece también en el ripuario.

Del frisón está tomado el debilitamiento del diminutivo -ken en -tje, -je: mannetje —hombrecito—, bierje —abejita—, halsje —cuellito—, etc. Pero también se conserva k: vrouken —mujercita—, hoedeken —sombrerito—. El flamenco conserva mejor la k, al menos en la lengua popular; el conocido mannequin de Bruselas se llama manneken pis. Del flamenco, pues, los franceses han tomado su mannequin, los ingleses mannikin. El plural de ambas terminaciones es -s: vroukens, mannetjes. Esta -s la reencontraremos en el ripuario.

Común con los dialectos sajones e incluso escandinavos tiene el neerlandés la elisión de d entre vocales, en particular entre dos e: leder y leer, weder y weer, neder y neer, vader y vaer, moeder y moer —madre—.

La declinación neerlandesa muestra completa mezcla de formas fuertes y débiles, de modo que, al faltar asimismo la metafonía de plural, las formaciones de plural neerlandesas solo en los más raros casos concuerdan incluso con las ripuarias o sajonas, y también aquí se presenta un signo muy palpable de la lengua.

Común al salio y al ripuario junto con todos los dialectos ingaevónicos es la desaparición de la marca de nominativo en er, der, wer: neerlandés hij, de (artículo) y die (pronombre demostrativo), wie.

Entrar en la conjugación nos llevaría demasiado lejos. Lo dicho bastará ||[41]| para hacer distinguir por doquier la lengua salia actual de los dialectos limítrofes. Una investigación más exacta de los dialectos populares neerlandeses sacará con seguridad a la luz aún muchas cosas importantes.

II. Fráncico renano. Con esta expresión designo todos los demás dialectos fráncicos. Si aquí no contrapongo al salio, según la vieja usanza, el ripuario, tengo para ello una muy buena razón.

Ya Arnold ha señalado que los ripuarios, en el sentido más estricto, ocupaban un distrito relativamente estrecho, cuya frontera meridional queda más o menos designada por los dos lugares de Reifferscheid, cerca de Adenau y cerca de Schleiden. Esto es correcto en la medida en que con ello se delimita también lingüísticamente el territorio puramente ripuario frente a los territorios ocupados por auténticos ripuarios tras otras tribus alemanas, o al mismo tiempo que ellas. Puesto que el nombre de bajo fráncico ha recibido ya otra acepción que incluye también al salio, no me queda para designar al grupo de dialectos estrechamente emparentados que se extiende desde la frontera lingüística salia hasta esta línea más que la designación de ripuario —en sentido estricto.

1. Ripuario. La línea divisoria de este grupo de dialectos frente al salio no coincide en modo alguno con la frontera holandesa-alemana. Al contrario, pertenece al salio en la orilla derecha del Rin la mayor parte del distrito de Rees, donde en la comarca de Wesel confluyen el salio, el ripuario y el sajón. En la orilla izquierda son salios el de Cléveris y el de Güeldres aproximadamente hasta una línea que se traza desde el Rin, entre Xanten y Wesel, hacia el sur hasta el pueblo de Vluyn (al oeste de Mörs) y de allí hacia el suroeste hacia Venlo. Una determinación más exacta del límite solo es posible in situ ||[42]|, pues a causa de la dilatada administración holandesa no solo de Güeldres, sino también del condado de Mörs, muchos nombres ripuarios se han conservado en los mapas con forma salio-neerlandesa.

Desde la zona de Venlo hacia arriba, la mayor parte de la margen derecha del Mosa parece ripuaria, de suerte que la frontera política no corta aquí en ninguna parte territorio salio, sino siempre ripuario, y esto se extiende hasta cerca de Maastricht. Nombres en -heim (no -hem) y en el específicamente ripuario -ich se presentan aquí en gran número sobre territorio holandés; más al sur aparecen ya los en -broich (holandés -broek), por ejemplo Dallenbroich cerca de Roermond; igualmente en -rade (Bingelrade cerca de Sittard, con Amstenrade, Hobbeirade y 6—7 más); el trecho de territorio alemán caído en poder de Bélgica a la derecha del Mosa es enteramente ripuario (cf. Krüllenberg, a 9 kilómetros del Mosa, con Kruisberg al norte de Venlo). Sí, a la izquierda del Mosa, en el llamado Limburgo belga, encuentro Kessenich cerca de Maaseyk, Stockheim y Reekheim en el Mosa, Gellik cerca de Maastricht, como prueba de que aquí no habita una población puramente salia.

Hacia Sajonia, la frontera ripuaria se dirige desde la zona de Wesel hacia el sudeste, a distancia creciente del Rin, pasando entre Mülheim an der Ruhr y Werden por el lado franconio —y Essen por el lado sajón— hasta la frontera de Berg y Mark, aquí todavía hoy el límite entre la provincia del Rin y Westfalia. Sólo la abandona al sur de Olpe, donde se encamina hacia el este, separando el Siegerland, como franconio, del Sauerland sajón. Más al este comienza pronto el dialecto hesiano.

La frontera meridional antes mencionada frente al dialecto que he designado como franconio medio coincide aproximadamente con los límites meridionales de los antiguos *Gaue* de Avalgau, Bonngau y Eiflia, y corre de allí hacia el oeste hasta lo valón, manteniéndose más bien algo hacia el sur. El territorio así circunscrito comprende el antiguo gran *Gau* de Ribuaria junto con partes de los *Gaue* colindantes al norte y al oeste.

Como ya se ha dicho, el ripuario coincide en muchos aspectos con el neerlandés, si bien de tal modo que el neerlandés medio le es más próximo que el neoneerlandés. Con éste, el neoneerlandés, coinciden la pronunciación ripuaria de ei = e + i y ou en lugar de au, el paso de i a e, que en ripuario, como en neerlandés medio, va mucho más lejos que en neoneerlandés: las formas del neerlandés medio *gewes*, *es*, *blend*, *selver* (Süber) son todavía hoy buen ripuario. Igualmente se transforma, y de modo consecuente, la u ante m o y con consonante siguiente en o: *jong*, *lomp*, *domm*, *konst*. Si esta consonante siguiente es una d o una f, éstas se convierten en algunos dialectos en g o k; por ejemplo *honk* por *Hund*, en plural *häng*, donde la suavización en g es un efecto posterior de la vocal final -e, desprendida.

Por el contrario, las relaciones de umlaut del ripuario están netamente separadas de las neerlandesas; en conjunto coinciden con las altoalemanas, y en algunas excepciones (p. ej., *hanen* por *Hähne*) con las sajonas.

La W en posición inicial se ha endurecido en fr, conservándose en *fangen*, *auswringen* (escurrir agua de un paño, etc.) y *fréd* (holandés *wreed*), con el significado de endurecido.

En lugar de *er*, *der*, *wer* se dice *hé*, *de*, *wé*.

La declinación se sitúa a medio camino entre la altoalemana y la sajona. Las formaciones de plural en -s son frecuentes, pero casi nunca coinciden con las neerlandesas; esta -s se convierte en -r en el altoalemán local, con justa memoria del desarrollo lingüístico.

El diminutivo -ken, -chen se transforma tras n en -schen, *männschen*; el plural lleva, como en neerlandés, -s (*männsches*). Seguiremos ambas formas hasta el interior de Lorena.

La r ante s, st, d, t, z se elimina; la vocal precedente permanece breve en algunos dialectos, en otros se alarga. Así, de *hart* se hace *hatt* (bergués), *haad* (coloniés). Con ello, por influencia altoalemana, st se convierte en scht: *Durst*, *doascht* (bergués), *döscht* (coloniés).

Asimismo, por influencia altoalemana, sl, sw, st, sp iniciales se han convertido en schl, etc.

Al igual que al neerlandés, al ripuario le es desconocida la g pura. Una parte de los dialectos situados en la frontera sálica, así como el bergués, presenta para la g inicial e interior igualmente gh aspirada, aunque más suave que la neerlandesa. Los demás tienen j. En posición final, la g se pronuncia en todas partes como ch, pero no la ch neerlandesa dura, sino la ch suave franco-renana, que suena como una j endurecida. El carácter esencialmente bajogermánico del ripuario lo atestiguan expresiones como *boven* por *oben*.

La mayoría de las consonantes mudas se encuentran por doquier en el primer estadio del desplazamiento consonántico. Sólo en el caso de r y de k interior y final, y a veces p, se ha producido el desplazamiento altoalemán para los dialectos meridionales; éstos tienen *lôsze* por *löten*, *lassen*, *holz* en lugar de *holt*, *rieh* en lugar de *rik* (reich), *Ech* en lugar de *ek* (ich), *pief* en lugar de *pipe* (Pfeife). Pero *et*, *dat*, *wat* y algunos otros permanecen.

No es esto siquiera una penetración consecuentemente llevada a cabo del desplazamiento altoalemán en tres casos, sobre los que se funda la delimitación habitual entre el franconio medio y el bajo. Pero con ello se desgarra arbitrariamente, y según una característica completamente casual aquí, un grupo de dialectos que, como se ha mostrado, forman un conjunto por determinadas relaciones fónicas, y que además se reconocen en la conciencia popular como pertenecientes entre sí.

Digo completamente casual. Los demás dialectos del alemán central, el hesiano, el turingio, el alto sajón, etc., se hallan, cada uno por sí, en un nivel en general determinado del desplazamiento altoalemán. Podrán mostrar algo menos de desplazamiento en la frontera con el bajo sajón, algo más en la frontera con el altoalemán, pero ello fundamenta a lo sumo diferencias locales. En cambio, el franconio del mar del Norte, del Mosa y del Bajo Rin no muestra desplazamiento alguno, y en la frontera con el alamánico muestra un desplazamiento casi del todo alamánico; entre ambos se hallan por lo menos tres niveles intermedios. El desplazamiento ha penetrado, pues, en el franconio renano, ya desarrollado de manera independiente, y lo ha desgarrado en varios fragmentos. La última huella de este desplazamiento no necesita en absoluto desaparecer en la frontera de un grupo de dialectos ya existente con anterioridad; puede extinguirse en medio de un tal grupo, y de hecho lo hace. En cambio, la influencia verdaderamente constitutiva de dialecto del desplazamiento cesa, como se mostrará, ciertamente en la frontera de dos grupos dialectales ya antes diferentes. ¿Y no nos han llegado, asimismo, y mucho más tarde, la schl, schw, etc., la scht final, de los altoalemanes? Esto —por lo menos lo primero— penetra aún profundamente en Westfalia.

Los dialectos ripuarios constituían un grupo firme mucho antes de que una parte de ellos aprendiera a desplazar la t, la k interior y final y la p. Hasta dónde pudo avanzar esta modificación dentro del grupo, fue y sigue siendo para el grupo puramente casual. El dialecto de Neuss es idéntico al de Krefeld y Mönchengladbach salvo en pequeñeces que un forastero no oye en absoluto. Pese a ello se pretende que el uno sea franconio medio y el otro bajofranconio. El dialecto de la comarca industrial berguesa se va transformando en gradaciones imperceptibles en el de la llanura renana sudoccidental. No obstante, se supone que pertenecen a dos grupos fundamentalmente distintos. Para cualquiera que esté en la comarca como en su casa, es manifiesto que aquí la erudición de gabinete constriñe los dialectos populares vivos, que ella poco o nada conoce, en el lecho de Procusto de características construidas a priori.

¿Y a dónde conduce esta distinción puramente externa? A que se arrojen los dialectos del sur del ripuario, bajo el llamado franconio medio, en el mismo saco que otros dialectos de los que, como veremos, distan mucho más que de los denominados bajofranconios. Y a que, por otra parte, se retenga una estrecha franja con la que no se sabe qué hacer, viéndose uno finalmente obligado a declarar un trozo como sajón, otro como neerlandés, lo que contradice abiertamente la realidad de estos dialectos.

Tomemos, p. ej., el dialecto bergués, que Braune, sin más, califica decididamente de sajón. Como vimos, forma todas las tres personas del plural del presente de indicativo iguales, pero a la manera franconia en la antiquísima forma -nt. Regularmente tiene o en lugar de u ante m e y con consonante siguiente, lo que según el mismo Braune es decididamente no sajón y específicamente bajofranconio. Coincide en todas las propiedades arriba aducidas con los demás dialectos ripuarios. Mientras que pasa insensiblemente, de aldea en aldea, de granja en granja, al dialecto de la llanura renana, está separado en la frontera westfaliana de modo tajante del dialecto sajón. Acaso en ninguna otra parte de Alemania se encuentre una frontera lingüística trazada de modo tan abrupto como aquí. ¡Y qué diferencia en la lengua! Todo el vocalismo aparece como trastocado; al agudo ei bajofranconio se contrapone sin transición el ai más abierto, como al ou el au; de los numerosos diptongos y resonancias vocálicas no coincide ni uno solo; aquí *seh* como en el resto de Alemania, allí *s-ch* como en Holanda; aquí *wi hant*, allí *wi hebbed*; aquí las formas duales usadas en plural *gei* y *enk*, vosotros y os, allí solo *i*, *ji* y *è*, *jü*; aquí el gorrión se llama en ripuario común *Masche*, allí en westfaliano común *Liining*. Sin hablar ya de otras particularidades específicamente propias del dialecto bergués, que también desaparecen súbitamente aquí en la línea fronteriza.

Al forastero, la peculiaridad de un dialecto se le presenta con más nitidez cuando el hablante no emplea el dialecto, sino el altoalemán más comprensible para aquél, cosa que entre nosotros los alemanes ocurre por lo general bajo fuerte influjo del dialecto. Pero entonces el habitante presuntamente sajón de la comarca industrial berguesa resulta absolutamente indistinguible para el no nativo del habitante de la llanura renana, que se supone debe ser franconio medio, salvo por la gh aspirada algo más dura allí donde el otro pronuncia j. Sin embargo, el bergués de Heckinghausen (de Oberbarmen, a la izquierda del Wupper) y el de Langerfeld, en la Marck, que vive apenas un kilómetro más al este, se diferencian también en el altoalemán local de la vida cotidiana mucho más entre sí que el de Heckinghausen y el de Coblenza, por no hablar ya del de Aquisgrán o Bonn.

Al propio franco renano, la penetración del desplazamiento de t y de k final le produce tan poca impresión de barrera lingüística, que, aun en territorio que le es perfectamente conocido, tendrá primero que reflexionar dónde se halla la frontera entre r y z, k y ch, y que al traspasar esta frontera lo uno le resulta casi tan familiar como lo otro. Esto se ve facilitado además por las numerosas palabras altoalemanas con sz, z, ch y t desplazadas que han penetrado en los dialectos. Un ejemplo contundente lo ofrece el antiguo reglamento judicial bergués del siglo XIV (Lacomblet, Archiv, I, pág. 79 y ss.) Aquí se encuentran *zo*, *uiss* (aus) *zween*, be-

zahlen; junto a ellos, en la misma frase, raramente, dat nutteste (nutzeste); asimismo Dache, redelich junto a reicket (reicht); Upiaden, upheven, hulper (Helfer) junto a verkouffen. En otro párrafo, pág. 85, aparecen alternando incluso zo y tho por zu. En suma, los dialectos de la montaña y de la llanura se entremezclan constantemente sin que al escribano le moleste lo más mínimo. Como siempre, esta última oleada con que la mutación consonántica altoalemana inunda el territorio franco es también la más débil y superficial. Ciertamente tiene interés señalar la línea hasta donde llega. Pero esta línea no puede ser una frontera dialectal; no es capaz de desgarrar un grupo autónomo de dialectos antiguos y estrechamente emparentados entre sí, ni de ofrecer el pretexto en virtud del cual se quiera asignar los fragmentos violentamente separados, en contradicción con todos los hechos lingüísticos, a grupos más lejanos.

2. Franco medio. De lo antedicho se desprende, por supuesto, que sitúo la frontera septentrional del franco medio considerablemente más al sur de lo que suele hacerse.

Basándose en el hecho de que la comarca franca media a la izquierda del Rin parece haber estado en posesión alamánica en tiempos de Clodoveo, Arnold se ve motivado a investigar los nombres de lugar de esa zona en busca de huellas de poblamiento alamánico, y llega al resultado de que hasta la línea Colonia–Aquisgrán se puede demostrar una población pre-franca, alamánica; siendo naturalmente las huellas más numerosas en el sur, y cada vez más escasas hacia el norte. Los nombres de lugar, dice, apuntan «a un avance temporal de los alamanes hasta más allá de la región de Coblenza y Aquisgrán, así como a una posesión más prolongada del Wetterau y de los territorios meridionales del Nassau. Pues los nombres con las terminaciones auténticamente alamánicas -ach, -brunn, -felden, -hofen, -ingen, -schwand, -Stetten, -wangen y -weiler, que no aparecen en ningún lugar del territorio puramente franco, se hallan dispersos desde Alsacia por todo el Palatinado, la Hesse renana y la Prusia renana, sólo que hacia el norte se vuelven cada vez más raros y van dejando paso cada vez más a los nombres preferentemente francos en -bach, -berg, -dorf, -born, -feld, -hausen, -heim y -scheid.» (Deutsche Urzeit, p. [140].)

Examinemos ante todo los nombres pretendidamente alamánicos de la comarca franca media. Las terminaciones -brunn, -Stetten, -felden, -wangen no me han aparecido en ninguna parte de este territorio en el mapa de Reymann (que utilizo aquí, dicho sea de una vez por todas). La terminación -schwand aparece una vez: Metzelschwander Hof, cerca de Winnweiler, y luego otra vez Schwanden al norte de Landstuhl. Así pues, ambas veces en el Palatinado franco superior, que por ahora no nos concierne. En -ach tenemos a lo largo del Rin: Kreuznach, Bacharach, Hirzenach cerca de Sankt Goar, Rübenach cerca de Coblenza (Ribiniacus del mapa de distritos de Spruner-Menke), Andernach (Antunnacum de los romanos), además Wassenach. Puesto que en toda la ribera izquierda del Rin era general en tiempos romanos la terminación céltica romanizada -acum —Tolbiacum Zülpich, Juliacum Jülich, Tiberiacum Ziewerich cerca de Bergheim, Mederiacum—, en la mayoría de estos casos podría a lo sumo indicar influencia alamánica la elección de la forma -ach en lugar de -ich. Sólo ese Hirzenach (= Hirschenbach) es incondicionalmente alemán, y éste se llamaba, según el mapa de distritos, antes Hirzenowe, Hirschenau, no Hirschenbach. Pero ¿cómo explicar entonces Wallach, que se encuentra entre Büderich y Rheinberg, justo en la frontera salia? Ése no es ciertamente alamánico.

En la región del Mosela también aparecen algunos -ach: Irmenach al este de Bernkastel, Waltrach, Crettenach cerca de Tréveris, Mettlach en el Sarre. En Luxemburgo: Echternach, Medernach, Kanach; en Lorena, sólo a la derecha del Mosela: Montenach, Rodelach, Brettnach. Incluso si quisiéramos conceder que todos estos nombres indican poblamiento alamánico, sólo señalarían uno muy disperso, que además no va más allá de la parte más meridional de la comarca franca media.

Quedan -weiler, -hofen e -ingen, que exigen un examen más detenido.

La terminación -weiler no es sin más alamánica, sino el villarium, villare provincial-latino, y se encuentra, a lo sumo de manera muy excepcional, fuera de las antiguas fronteras del Imperio romano. La germanización de villare a weiler no fue privilegio de los alamanes, sino sólo la predilección con que ellos aplicaron masivamente esta terminación también para nuevos asentamientos. Allí donde existían villana romanos, también los francos se vieron obligados a germanizar la terminación como wilare, más tarde weiler, o a eliminarla por completo. Probablemente hicieron ora lo uno, ora lo otro, así como seguramente también aquí y allá habrán dado a nuevos asentamientos nombres en -weiler, sólo que con mucha menor frecuencia que los alamanes.

Arnold no puede encontrar al norte de Eschweiler, cerca de Aquisgrán, y de Ahrweiler ninguna localidad de importancia en -weiler. Pero la importancia actual de los lugares no viene al caso; el hecho es que, en la ribera izquierda del Rin, los -weiler se extienden hacia el norte casi hasta la frontera salia (Garzweiler y Holzweiler no distan cinco millas de la localidad más próxima de habla neerlandesa en el ducado de Güeldres) y al norte de la línea Eschweiler-Ahrweiler los hay por lo menos veinte. Comprensiblemente, son más frecuentes cerca de la antigua calzada romana de Maastricht a Colonia pasando por Jülich; dos de ellos, Walwiller y Nyswiller, incluso en territorio holandés: ¿son también ésos asentamientos alamánicos?

Más al sur, en la Eifel, casi no aparecen; la hoja Malmedy (n.º 159 de Reymann) no registra ni un solo caso. También en Luxemburgo son raros; lo mismo en el bajo Mosela y hasta la cresta del Hunsrück. Por el contrario, en el alto Mosela aparecen con frecuencia a ambos lados del río, haciéndose cada vez más densos hacia el este, y al este de Saarlouis se van convirtiendo en la terminación dominante. Pero aquí comienza ya también la lengua franca superior, y nadie discute que aquí los alamanes habían ocupado el territorio antes que los francos.

Por lo tanto, para el territorio franco medio y ripuario, los Weiler demuestran tan poco poblamiento alamánico como los muchos -villers en Francia.

Pasemos a -hofen. Esta terminación no es ni mucho menos exclusivamente alamánica. Aparece en todo el territorio franco, incluida la actual Westfalia, ocupada más tarde por los sajones. En la orilla derecha del Rin, sólo unos pocos ejemplos: Wehofen cerca de Ruhrort, Meilinghofen y Eppinghofen cerca de Duisburgo, Benninghofen cerca de Mettmann, otro Eppinghofen cerca de Dinslaken, en Westfalia Kellinghofen cerca de Dorsten, Westhofen cerca de Castrop, Wellinghofen, Wichlinghofen, Niederhofen, dos Benninghofen, Berghofen, Westhofen, Wandhofen, todos en el Hellweg, etc. Hasta la época pagana se remonta Ereshofen en el Agger, Mortis villa, y ya la designación del dios de la guerra como Em muestra que aquí no hay alamanes concebibles; ellos se llamaban a sí mismos Tiuwäri, de modo que al dios no lo llamaban Em, sino Tiu, más tarde, con mutación, Ziu.

En la orilla izquierda del Rin, la cosa es aún peor con la ascendencia alamánica del -hofen. Ahí tenemos otro Eppinghofen al sudeste de Santen, es decir, quizá ya salio, y desde allí hacia el sur todo el territorio ripuario hierve de -hofen, junto a -hof y cortijos aislados. Pero si pasamos a territorio salio, la cosa empeora todavía más. El Mosa va acompañado, en ambas orillas, por -hofen a partir de la frontera lingüística francesa; para abreviar, vayamos directamente a la orilla occidental. Allí encontramos en Holanda y Bélgica por lo menos siete Ophoven; en Holanda, Kinckhoven, etc.; para Bélgica tomemos primero la hoja de Lovaina (n.º 139 de Reymann). Aquí hay Ruykhoven, Schalkhoven, Bommershoven, Wintershoven, Mettecoven, Heishoven, Engelmannshoven cerca de Tongeren; Zonhoven, Reekhoven, Konings-Hoven cerca de Hasselt, más al oeste Bogenhoven, Schuerhoven, Nieuwenhoven, Gippershoven, Baulershoven cerca de St. Truiden; y los más occidentales Gussenhoven y Droenhoven al este y nordeste de Tirlemont (Thienen). La hoja Turnhout (n.º 120) tiene por lo menos 33 -Hoven, la mayoría en territorio belga. Más al suroeste, los -hove (la -n del dativo se suprime aquí regularmente) recorren toda la frontera lingüística francesa: desde Heerlinkhove y Nieuwenhove cerca de Ninove —que es a su vez un -hove romanizado— (omito los eslabones intermedios, unos 10 contados) hasta Ghyverinckhove y Pollinchove cerca de Dixmuyden y Volckerinckhove cerca de Saint Omer, en la Flandes francesa. Tres veces aparece Nieuwenhove, lo que prueba que la terminación sigue viva en el pueblo. Junto a ello, numerosísimos cortijos en -hof. Después de esto, que se juzgue el pretendido carácter exclusivamente alamánico del -hofen.

Por último, -ingen. La designación de un mismo origen por medio de -ing, -ung es común a todos los pueblos germánicos. Como el asentamiento se hacía por linajes, esta terminación juega también en todas partes un papel importante en los nombres de lugar. Unas veces se une en genitivo plural con una terminación local: Wolvarad-inga-husun cerca de Minden, Snotingaham (Nottingham) en Inglaterra. Otras veces el plural solo sirve para la designación del lugar: Flissingha (Vlissingen), Phladirtinga (Vlaardingen), Crastlingi en la Frisia holandesa; Grupilinga, Britlinga, Otlinga en la antigua Sajonia. Estos nombres están hoy en día reducidos en su mayoría al dativo y terminan en -ingen, raramente en -ing. La mayoría de los pueblos conocen y utilizan ambas formas de uso; los alamanes, según parece, predominantemente la segunda, al menos hoy en día.*) Pero como ésta se da también entre francos, sajones y frisones, es muy arriesgado concluir inmediatamente un poblamiento alamánico a partir de la presencia de nombres de lugar en -ingen.

Los nombres que acabamos de citar prueban que los nombres en -ingas (nominativo plural) e -ingum, -ingon (dativo plural) no eran nada insólito tanto entre frisones como entre sajones, desde el Escalda hasta el Elba. Aún hoy, los -ingen no son ninguna rareza en toda Baja Sajonia. En Westfalia, a ambos lados del Ruhr, al sur de la línea Unna–Soest, se encuentran por sí solos al menos doce -ingen, junto a -ingsen e -inghausen. Y hasta donde llega el territorio franco, hasta allí encontramos también nombres en -ingen.

En la orilla derecha del Rin encontramos, primero en Holanda, Wageningen sobre el Rin y Genderingen en el IJssel (dejando a un lado todos los nombres posiblemente frisones), en la región bergische: Huckingen, Ratingen, Ehingen (inmediatamente detrás, en territorio sajón, Hattingen, Sodingen, Ummingen), Heisingen cerca de Werden (que Grimm deriva de la Silva Caesia de Tácito, que sería por tanto antiquísimo), Solingen, Husingen, Leichlingen (en el mapa de distritos Leigelingon, es decir, de unos 1000 años de antigüedad), Quettingen, y en el Sieg Bödingen y Röcklingen, sin contar dos nombres en -ing. Hönningen cerca de Rheinbrohl y Ellingen en el condado de Wied establecen la conexión con la comarca entre el Rin, el Lahn y el Dill, que, contando por lo bajo, suministra 12 -ingen. Proseguir hacia el sur no tiene sentido, pues aquí comienza el territorio que indiscutiblemente ha pasado por un período de poblamiento alamánico.

*) Rümmingen, cerca de Lörrach, se llamaba antes (764) Romaninchova, de modo que los -ingen suabos también son a veces de origen más reciente. (Mone, Urzeit des badischen Landes, I, p. 213). Los -kon y -kofen suizos son casi todos contracciones de -inghofen: Zollinchovun, Zollikhofen, Smarinchova Schmerikon, etc. Cfr. Friedrich Beust, historischer Atlas des Kantons Zürich, donde se encuentran a docenas en el mapa 3, que representa la época alamánica.

A la izquierda del Rin tenemos Millingen, en Holanda, aguas arriba de Nimega; Lüttingen, aguas abajo de Santen; otra vez Millingen aguas abajo de Rheinberg; luego Kippingen, Rödingen, Höningen, Worringen, Fühlingen, todas más al norte que Köln; Wesselingen y Köttingen cerca de Brühl. A partir de aquí los nombres en -ingen siguen dos direcciones. En la alta Eifel son raros; encontramos cerca de Malmedy, en la frontera lingüística francesa: Büllingen, Hünningen, Mürringen, Iveldingen, Eibertingen como transición a los muy numerosos -ingen de Luxemburgo y del alto Mosela prusiano y lorenés. Otra línea de conexión va por el Rin y los valles laterales (en la región del Ahr, 7-8), y finalmente por el valle del Mosela, también hacia la región aguas arriba de Trier, donde predominan los -ingen, pero separados primero por los -weiler y luego por los -heim de la gran masa de los -ingen alemánicos-suabos. Por consiguiente, si ||[52]] consideramos, como exige Arnold, «todas las circunstancias en su conexión», llegaremos a la conclusión de que los -ingen de la región alemana superior del Mosela son francos y no alemánicos.

Lo poco que necesitamos aquí de ayuda alemánica se aclara del todo apenas seguimos los -ingen desde la frontera lingüística franco-ripuaria cerca de Aachen hacia el territorio salio. Junto a Maaseyk, al oeste del Mosa, se halla Geystingen; más al oeste, cerca de Brée, Gerdingen. Luego encontramos, tomando de nuevo la hoja n.° 139, Löwen: Mopertingen, Vlytingen, Rixingen, Aerdelingen, Grimmersingen, Gravelingen, Ordange (por Ordingen), Bevingen, Hatingen, Buvingen, Hundelingen, Bovelingen, Curange, Raepertingen, Boswinningen, Wimmertingen y otros, en la región de Tongern, St. Truyen y Hasselt. Los más occidentales, no lejos de Löwen, son Willebringen, Redingen, Grinningen. Aquí parece interrumpirse la conexión. Pero si nos dirigimos al territorio que hoy habla francés pero que entre los siglos VI y IX fue disputado entre ambas lenguas, encontramos a partir del Mosa todo un cinturón de -ange afrancesados, forma que también corresponde en Lorena y Luxemburgo a -ingen: yendo de este a oeste: Ballenge, Roclenge, Ortrange, Lantremange, Roclange, Libertange, Noderange, Herdange, Oderinge, Odange, Gobertang, Wahenges; un poco más al oeste, Louvrenge cerca de Wavre y Revelinge cerca de Waterloo establecen la conexión con Huysinghen y Buisinghen, los primeros puestos de un grupo de más de 20 -inghen que se extiende al sudoeste de Brüssel desde Hai hasta Grammont a lo largo de la frontera lingüística. Y, finalmente, en la Flandes francesa: Gravelingen, Wulverdinghe (por tanto, exactamente el antiguo sajón Wolvaradinges-Msun), Leubringhen, Leulinghen, Bonninghen, Peuplingue, Hardinghen, Hermelinghen, cerca de St. Omer y hasta más allá de Boulogne Herbinghen, Hocquinghen, Velinghen, Lottinghen, Ardinghen, todos netamente separados de los nombres en -inghem (= -ingheim), aún más numerosos en la misma comarca.

Las tres terminaciones, pues, que Arnold considera específicamente alemánicas, resultaron ser igualmente francas, y el intento de demostrar a partir de estos nombres una colonización alemánica anterior a la franca en territorio franco medio debe considerarse fracasado. Quedando siempre admitida la posibilidad de algún elemento alemánico no muy fuerte en la parte más sudoriental de esta región.

De los alamanes nos lleva Arnold a los catos. Éstos, con exclusión de los ripuarios propiamente dichos, habrían ocupado el territorio al sur del Gau Ripuaria, es decir, el que llamamos franco medio y superior, después y al lado de los alamanes. También esto se fundamenta en los nombres de lugar hessianos que en esta comarca se encuentran junto a los alemánicos: «La coincidencia de los nombres de lugar a uno y otro lado del Rin hasta la frontera alemánica es tan notable y sorprendente, que sería un verdadero milagro si fuera casual, mientras que resulta de lo más natural en cuanto suponemos que los inmigrantes impusieron sus nombres de lugar nativos también a las nuevas sedes, como ocurre aún todos los días en América.»

Contra esta afirmación hay poco que decir. Tanto más contra la conclusión de que los ripuarios propiamente dichos nada tuvieron que ver con la colonización de todo el país franco medio y superior, y de que aquí sólo encontramos alamanes y catos. La mayoría de los catos que desde su patria emigraron hacia el oeste parecen haberse unido desde siempre (así ya los bátavos, cananefates y catuarios) a los iscaevones; ¿adónde habrían de dirigirse? En los dos primeros siglos de nuestra era, los catos sólo estaban unidos por la espalda, mediante los turingios, a los demás herminones; de un lado tenían a los queruscos ingaevones, del otro a los iscaevones, y delante a los romanos. Las tribus herminonias que más tarde aparecen unidas como alamanes provenían del interior de Germania, estaban separadas de los catos desde hacía siglos por turingios y otros pueblos, y les eran mucho más extrañas que los francos iscaevónicos, con quienes los ligaba una fraternidad de armas de varios siglos. La participación de los catos en la ocupación de la comarca en cuestión no se pone en duda, pero sí la exclusión de los ripuarios. Ésta ||[54]| sólo quedaría demostrada si aquí no aparecieran nombres específicamente ripuarios. Ocurre lo contrario.

Entre las terminaciones indicadas por Arnold como específicamente francas, -hausen es común a francos, sajones, hessianos y turingios; -heim se dice en salio -ham, -bach en salio y bajo ripuario -beek; de las demás, sólo -scheid es realmente característica. Es específicamente ripuaria, al igual que -ich, -rath o -rade y -siepen. Comunes a ambos dialectos francos son además -loo (-loh), -donk y -bruch o -broich (salio broek).

Scheid sólo aparece en la montaña y, por regla general, en lugares situados en la divisoria de aguas. Los francos han dejado esta terminación en todo el Sauerland westfaliano hasta la frontera de Hesse, donde ya sólo como nombres de montañas aparece hasta al este de Korbach. En el Ruhr, al antiguo -scheid franco se contrapone la terminación sajonizada -schede: Melschede, Selschede, Meschede y, muy cerca, Langscheid, Ramscheid, Bremscheid. Frecuente en la Bergisches Land, se encuentra hasta el Westerwald, pero no más al sur en la orilla derecha del Rin. En la orilla izquierda del Rin, en cambio, los -scheid comienzan, como es natural, sólo en la Eifel*); en Luxemburgo hay al menos 21, y son frecuentes en el Hochwald y el Hunsrück. Pero así como al sur del Lahn, también aquí en el lado oriental y meridional del Hunsrück y del Soonwald se les pone al lado la forma -schied, que parece una adaptación hessiana. Ambas formas, yuxtapuestas, se extienden hacia el sur a través del Nahe hasta los Vosgos, donde encontramos: Bisterscheid al oeste del Donnersberg, Langenscheid cerca de Kaiserslautern, una meseta Breitscheid al sur de Hochspeier, Haspelscheid cerca de Bitsch, el bosque Scheidwald al norte de Lützelstein y, finalmente, como puesto más meridional, Walscheid en la vertiente norte del Donon, aún más al sur que el pueblo de Hessen cerca de Saarburg, el extremo puesto de los catos según Arnold.

||[55]| Específicamente ripuario es además -ich, de la misma raíz que el gótico -ahva, agua, como -ach; ambos traducen también el belga-romano -acum, como lo prueba Tiberiacum, en el mapa del Gau Civiraha, hoy Ziewerich. En la orilla derecha del Rin no es muy frecuente; Meiderich y Lirich cerca de Ruhrort son los más septentrionales; de ahí se extienden a lo largo del Rin hasta Biebrich. La llanura de la orilla izquierda, desde Büderich frente a Wesel, está llena de ellos; por la Eifel llegan hasta el Hochwald y el Hunsrück, pero desaparecen en el Soonwald y la región del Nahe antes de que cesen -scheid y -roth. En la parte occidental de nuestro territorio, en cambio, continúan hasta la frontera lingüística francesa y más allá. Pasamos por alto la región de Trier, que tiene abundancia de ellos; en el Luxemburgo holandés cuento doce, y más allá, en la parte belga, Türnich y Merzig (Messancy — la grafía -ig no cambia nada; etimología y pronunciación son las mismas); en Lorena, Soetrich, Sentzich, Marspich, Daspich al oeste del Mosela; al este del Mosela, Kuntzich, Penserich, Cemplich, Oestrich, dos veces Kerprich, Hibrich, Hilsprich.

La terminación -rade, -rad, en la orilla izquierda -rath, sobrepasa también con mucho los límites de su antigua patria ripuaria. Llena toda la Eifel y el valle medio e inferior del Mosela, así como sus valles laterales. En la misma comarca donde -scheid se mezcla con -schied, aparecen en ambas orillas del Rin -rod, -roth junto a -rad y -rath, igualmente de origen hessiano. Sólo que en la orilla derecha, en el Westerwald, los -rod llegan más al norte. En el Hochwald, la regla es -rath en la vertiente norte y -roth en la vertiente sur.

Lo que menos ha avanzado es -siepen, con mutación consonántica -seifen. La palabra designa un pequeño valle de arroyo con fuerte pendiente, y se emplea aún generalmente con ese significado. A la izquierda del Rin no va mucho más allá de la antigua frontera ripuaria; a la derecha se encuentra en el Westerwald, a orillas del Nister, y aún en Langenschwalbach (Langenseifen).

Entrar en las demás terminaciones nos llevaría ||[56]| demasiado lejos. Pero, en todo caso, los innumerables -heim que acompañan al Rin desde Bingen aguas arriba hasta muy adentro del territorio alemánico, y que se encuentran por doquier donde se asentaron francos, podemos declararlos no catos, sino ripuarios. Su patria no está en Hesse, donde son raros y parecen haber penetrado más tarde, sino en el Sauerland y en la llanura del Rin en torno a Köln, donde aparecen junto a los demás nombres específicamente ripuarios en número casi igual.

El resultado de esta investigación es, pues, que los ripuarios, lejos de haber sido retenidos por la corriente de la inmigración hessiana en el Westerwald y la Eifel, por el contrario, inundaron ellos mismos todo el territorio franco medio. Y ello en dirección sudoeste, hacia la región del alto Mosela, con más fuerza que hacia el sudeste, hacia el Taunus y la región del Nahe. Esto lo confirma también la lengua. Los dialectos sudoccidentales, hasta Luxemburgo y la Lorena occidental, están mucho más cerca del ripuario que los orientales, sobre todo los de la orilla derecha del Rin. Aquéllos pueden considerarse como una prolongación del ripuario con mayor desplazamiento altoalemán.

Lo característico de los dialectos francos medios es, ante todo, la penetración del desplazamiento consonántico altoalemán. No del simple desplazamiento de algunas tenues a aspiradas, que se extiende a relativamente pocas palabras y no afecta al carácter del dialecto, sino del desplazamiento incipiente de las medias, que produce la peculiar mezcla medio y altoalemana de b y p, g y k, d y t. Sólo allí donde se muestra la imposibilidad de distinguir netamente b y p, d y t, g y k en posición inicial, es decir, aquello que los franceses entienden muy particularmente por accent allemand, sólo allí se hace perceptible para el bajo alemán la gran hendidura que la segunda mutación consonántica ha abierto en la lengua alemana. Y esta hendidura pasa entre el Sieg y el Lahn, entre el Ahr ]|[57]| y el Mosela. De acuerdo con ello, el franco medio tiene una g inicial que falta en los dialectos más septentrionales; en posición interior y final, sin embargo, pronuncia aún ch suave por g. Además, el ei y ou de los dialectos del norte pasan a ai y au.

*) En la llanura sólo encuentro Waterscheid, al este de Hasselt, en el Limburgo belga, donde ya antes observamos una fuerte mezcla ripuaria.

Algunas particularidades francas nada más: en todos los dialectos salios y ripuarios, Bach, sin desplazamiento Beek, es femenino. Esto vale también, por lo menos, para la mayor parte, la occidental, del franco medio. Como los innumerables arroyuelos del mismo nombre en los Países Bajos y en el Bajo Rin, también el luxemburgués Glabach (Gladbach, neerlandés Glabeek) es femenino. En cambio, los nombres de muchacha se tratan como neutros: no solo se dice das Mädchen, das Mariechen, das Lisbethchen, sino también das Marie, das Lisbeth, desde Barmen hasta más allá de Tréveris. — En Forbach, en Lorena, el mapa, originalmente levantado por franceses, muestra un «Karninschesberg» (Kaninchenberg). Es decir, el mismo diminutivo -sehen, plural -sches, que más arriba encontramos como ripuario.

Con la divisoria de aguas entre el Mosela y el Nahe y, a la derecha del Rin, con la región de colinas al sur del Lahn comienza un nuevo grupo de dialectos:

3. Alto fráncico. Nos hallamos aquí en una comarca que fue indiscutiblemente, en un primer momento, territorio de conquista alamana (prescindiendo de la ocupación anterior por vangiones, etc., de cuyo parentesco tribal y lengua nada sabemos) y donde también puede admitirse de buen grado una más fuerte mezcla de catos. Pero también aquí los topónimos, como no necesitamos repetir, señalan la presencia de elementos ripuarios nada desdeñables, sobre todo en la llanura del Rin. Y más aún la lengua misma. Tomemos el dialecto más meridional que puede determinarse y que posee a la vez una literatura: el palatino. Aquí volvemos a encontrar la imposibilidad general franca de pronunciar la g interior y final de otro modo que como ch suave.*) Se dice allí: Vöchel, Flechel, ge||[58]|lege (gelegen, situado), gsacht (gesagt, dicho), licht (liegt, yace) etc. Asimismo, la w general franca en lugar de b en interior de palabra: Büwe (Buben, muchachos), gläwe (glauben, creer) (pero i gläb), bleiwe (bleiben, quedar), selwer (selbst, mismo), halwe (halbe, mitad). El desplazamiento dista mucho de ser tan completo como parece; en los extranjerismos, sobre todo, se produce incluso un desplazamiento regresivo; es decir, la consonante sorda inicial no se desplaza un grado hacia adelante, sino hacia atrás: t se convierte en d, p en b, como se verá; d y p iniciales permanecen en el grado bajoalemán: dün (tun, hacer), dag (Tag, día), danze (tanzen, bailar), diir (Tür, puerta), dodt (tot, muerto); sin embargo, ante r: trinke (trinken, beber), trage (tragen, llevar), Paffliedli, peife (pfeifen, silbar), palz (Pfalz), parre (Pfarrer, párroco). Y puesto que d y p ocupan el lugar de la t y la pf altoalemanas, también en los extranjerismos la t inicial se desplaza regresivamente a d y la p inicial a b: derke (Türke, turco), dafel (Tafel, tabla), babeer (Papier, papel), borzlan (Porzellan, porcelana), bulwer (Pulver, pólvora). Además, el palatino, coincidiendo en esto solo con el danés, no tolera oclusivas sordas entre vocales: ebbes (etwas, algo), labbe (Lappen, trapo), schlubbe (schlupfen, deslizarse), schobbe (Schoppen, vaso de vino), Peder (Peter), dridde (dritte, tercero), rodhe (rathen, adivinar). Solo la k constituye una excepción: brocke (brocken, migas), backe (backen, hornear). Mas en los extranjerismos aparece g: musigande (Musikanten). También esto es un resto del grado fonético bajoalemán, que se ha extendido más mediante el desplazamiento regresivo; únicamente porque dridde, hadde permanecieron sin desplazar pudo Peter pasar a Peder, y las correspondientes t altoalemanas experimentar el mismo trato imparcial. Igualmente, en halde (halten, mantener), aide (alte, viejo), etc., la d permanece en el grado bajoalemán.

A pesar de la impresión de conjunto decididamente altoalemana para los hablantes del bajo alemán, el dialecto palatino dista, pues, mucho de haber adoptado la mutación consonántica altoalemana siquiera en la medida en que la conserva nuestra lengua escrita. Al contrario, el palatino protesta, mediante su desplazamiento regresivo, contra el grado altoalemán que, penetrado desde fuera, hasta hoy se revela como elemento extraño en el dialecto.

Ha llegado el momento de abordar un fenómeno que suele ser mal||[59]| conocido: la confusión entre d y t, b y p, e incluso g y k en aquellos alemanes en cuyo dialecto las medias han experimentado la mutación altoalemana. Dicha confusión no se produce mientras cada cual habla su dialecto. Al contrario. Acabamos de ver que, por ejemplo, el palatino distingue aquí con suma precisión, tanto que incluso desplaza regresivamente palabras extranjeras para adaptarlas a las exigencias de su dialecto. La t inicial extranjera se le convierte en d únicamente porque la t del alemán escrito corresponde a su d; la p extranjera se convierte en b porque a su p corresponde la pf del alemán escrito. En otros dialectos altoalemanes tampoco se mezclan las oclusivas sordas mientras se habla el dialecto. Cada uno de ellos tiene su propia ley de desplazamiento, rigurosamente aplicada. La cosa cambia en cuanto se habla la lengua escrita o una lengua extranjera. El intento de aplicar a éstas la ley de desplazamiento propia del dialecto en cada caso –intento que se hace involuntariamente– choca con el intento de hablar correctamente la nueva lengua. Con ello, las b y p, d y t escritas pierden todo significado fijo, y así pudo ocurrir que, por ejemplo, Börne se quejara en sus Cartas desde París de que los franceses no supieran distinguir entre b y p, porque se empeñaban en que su nombre, que él pronunciaba Perne, comenzaba con una P.

Pero volvamos al dialecto palatino. El demostrar que la mutación altoalemana le ha sido, por así decirlo, impuesta desde fuera y que hasta hoy sigue siendo un elemento extraño, sin haber alcanzado siquiera el grado fonético de la lengua escrita (sobrepasándola con mucho, alamanes y bávaros conservan en general uno u otro grado del antiguo alto alemán) –esta demostración basta por sí sola para dejar sentado el carácter predominantemente franco del palatino. Pues incluso en Hesse, situada mucho más al norte, la mutación se ha ||[60]| llevado a cabo, en conjunto, de manera más completa, con lo que el pretendido carácter predominantemente hessiano del palatino queda reducido a una medida más modesta. Para oponer, justo en la frontera alamana, entre alamanes rezagados, semejante resistencia a la mutación altoalemana, es necesario que, junto a los hessianos, a su vez esencialmente altoalemanes, haya habido por lo menos un número igual de ripuarios. Y su presencia queda además probada –aparte de por los topónimos– por dos rasgos generales francos: la conservación de la w franca en lugar de b en interior de palabra, y la pronunciación de la g como ch en interior y final de palabra. A ello se suman numerosos casos aislados de coincidencia. Con el palatino Gundach (guten Tag, buenos días) se llega hasta Dunkerque y Ámsterdam. Así como en el Palatinado a cierto hombre se le llama ein sichrer Mann, en todos los Países Bajos se dice een zekeren man. Handsching por Handschuh (guante) coincide con el ripuario Händschen. Incluso la g por j en Ghannisnacht (Johannisnacht) es ripuaria y, como vimos, llega hasta el Münsterland. Y el baten (mejorar, ser útil, de bat, mejor), común a todos los francos, incluidos los neerlandeses, se usa en el Palatinado: 's badd alles nix, es hilft Alles nichts –donde incluso la f no se ha desplazado a la tz altoalemana, sino que, en palatino, se ha suavizado a d entre vocales.

*) Todas las citas proceden de «Fröhlich Palz, Gott erhalts! Gedichte in Pfälzer Mundart» de K. G. Nadler, Fráncfort del Meno, 1851.

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Época franca

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Friedrich Engels