Nr. 43, 3. März 1878

Los trabajadores de Europa en 1877.

Por Frederick Engels.

I.

El año pasado ha sido uno lleno de acontecimientos y fecundo para la clase obrera de Europa. En casi todos los países se han realizado grandes progresos en cuanto a la organización y extensión de un partido obrero; la unidad, amenazada en un momento por una secta pequeña pero activa, ha sido prácticamente restablecida; el movimiento obrero se ha ido abriendo paso cada vez más hacia el primer plano de la política cotidiana, y, signo seguro de triunfo próximo, los acontecimientos políticos, cualquiera que fuese el giro que tomaban, siempre resultaban, de una u otra manera, favorables al progreso de ese movimiento.

En su mismo comienzo, el año 1877 fue inaugurado por una de las más grandes victorias jamás alcanzadas por los trabajadores. El 10 de enero tuvieron lugar las elecciones trienales, por sufragio universal, para el Parlamento alemán (Reichstag); elecciones que, desde 1867, han dado al Partido Obrero alemán la oportunidad de contar sus fuerzas y hacer desfilar ante el mundo sus bien organizados y siempre crecientes batallones. En 1874, cuatrocientos mil votos correspondieron a los candidatos del trabajo; en 1877, más de seiscientos mil. Diez candidatos obreros fueron elegidos el día 10, mientras que otros veinticuatro tuvieron que ser sometidos a votación en las elecciones complementarias que tuvieron lugar quince días después. De estos veinticuatro, sólo unos pocos resultaron efectivamente elegidos, al unirse todos los demás partidos contra ellos. Pero el hecho importante seguía siendo que en todas las grandes ciudades y centros industriales del Imperio el movimiento obrero había avanzado a pasos agigantados, y que todos estos distritos electorales caerían seguramente en sus manos en la siguiente votación de 1880. Berlín, Dresde, la totalidad de los distritos manufactureros sajones y Solingen habían sido conquistados; en Hamburgo, Breslau, Núremberg, Leipzig, Brunswick, en Schleswig-Holstein y los distritos manufactureros de Westfalia y el Bajo Rin, una coalición de todos los partidos apenas había bastado para derrotar a los candidatos obreros por escasas mayorías.

El socialismo democrático alemán era una potencia, y una potencia en rápido crecimiento, con la que de ahora en adelante todas las demás potencias del país, gobernantes o no, tendrían que contar. El efecto de estas elecciones fue enorme. La clase media fue presa de un pánico completo, tanto más cuanto que su prensa había presentado constantemente a la socialdemocracia como reduciéndose a la insignificancia. La clase obrera, exaltada por su propia victoria, continuó la lucha con renovado vigor y en todos los campos de batalla disponibles; mientras que los trabajadores de otros países, como veremos, no sólo celebraron la victoria de los alemanes como un triunfo propio, sino que fueron estimulados por ella a nuevos esfuerzos para no quedarse atrás en la carrera por la emancipación del trabajo.

El rápido progreso del Partido Obrero en Alemania no se obtiene sin sacrificios considerables por parte de quienes toman una parte más activa en él. Las persecuciones gubernamentales y las sentencias de multa, y más a menudo de prisión, caen sobre ellos como granizo, y hace tiempo que han tenido que resignarse a pasar la mayor parte de sus vidas en prisión. Aunque la mayoría de estas sentencias son por períodos cortos, de un par de semanas a tres meses, las condenas largas no son en modo alguno de imposición rara. Así, para proteger el importante distrito minero y manufacturero de Saarbrucken de la infección por el veneno socialdemócrata, dos agitadores han sido condenados recientemente a dos años y medio cada uno, por haberse aventurado en este terreno prohibido. Las elásticas leyes del Imperio ofrecen abundantes pretextos para tales medidas, y donde no son suficientes, los jueces se muestran en su mayoría bastante dispuestos a estirarlas hasta el punto requerido para una condena.

Una gran ventaja para el movimiento alemán es que la organización sindical trabaja codo a codo con la organización política. Las ventajas inmediatas ofrecidas por la organización sindical atraen a muchos hombres, de otro modo indiferentes, al movimiento político, mientras que la comunidad de acción política mantiene unidos y asegura el apoyo mutuo a los sindicatos, de otro modo aislados.

El éxito obtenido en las elecciones al Parlamento alemán ha animado a nuestros amigos alemanes a probar suerte en otros campos electorales. Así, en dos de los Parlamentos estatales, en los Estados más pequeños del Imperio, han logrado elegir a trabajadores, y también han penetrado en buen número de Concejos Municipales; en los distritos manufactureros sajones, muchas ciudades están gobernadas por un Concejo socialdemócrata. Estando restringido el sufragio en estas elecciones, no puede esperarse un gran resultado; sin embargo, cada escaño ganado ayuda a demostrar a los gobiernos y a la clase media que de ahora en adelante tendrán que contar con los trabajadores.

Pero la mejor prueba del rápido avance de la organización consciente de la clase obrera está en el creciente número de sus órganos periódicos en la prensa. Y aquí tenemos que traspasar las fronteras del «Imperio» de Bismarck, pues la influencia y la acción de la socialdemocracia alemana no están limitadas en modo alguno por ellas. El 31 de diciembre de 1877 se publicaban en lengua alemana, en total, no menos de setenta y cinco periódicos al servicio del Partido Obrero. De éstos, en el Imperio alemán 62 (entre ellos 15 órganos de otros tantos sindicatos), en Suiza 3, en Austria 3, Hungría 1, América 6; 75 en total, más que el número de órganos obreros en todas las demás lenguas juntos.

Después de la batalla de Sedán, en septiembre de 1870, el Comité Ejecutivo del Partido Obrero alemán dijo a sus electores que, por los resultados de la guerra, el centro de gravedad del movimiento obrero europeo se había desplazado de Francia a Alemania, y que los trabajadores alemanes quedaban así investidos de una misión más elevada y de nuevas responsabilidades que exigían de su parte renovados esfuerzos. El año 1877 ha demostrado la verdad de esto, y ha demostrado, al mismo tiempo, que el proletariado de Alemania no ha sido en modo alguno inferior a la tarea de dirección temporal que se le ha impuesto. Cualesquiera que hayan sido los errores cometidos por algunos dirigentes —y son tanto numerosos como múltiples— las masas mismas han marchado adelante resueltamente, sin vacilaciones y en la dirección correcta. Su conducta, organización y disciplina forman un marcado contraste con la debilidad, irresolución, servilismo y cobardía tan característicos de todos los movimientos de la clase media en Alemania. Pero mientras la clase media alemana ha cerrado su carrera hundiéndose en una adulación más que bizantina de «Guillermo el Victorioso» y entregándose, atada de pies y manos, a la voluntad caprichosa del único Bismarck, la clase obrera marcha de victoria en victoria, impulsada y fortalecida incluso por las mismas medidas que el gobierno y la clase media urden para suprimirla.

The Labor Standard.
Nr. 44, 10. März 1878

Tan grande como fue el efecto de las elecciones alemanas en el propio país, fue mucho mayor en el extranjero. Y en primer lugar, restableció aquella armonía en el movimiento obrero europeo que había sido perturbada, durante los últimos seis años, por las pretensiones de una secta pequeña pero extremadamente activa.

Aquellos de nuestros lectores que hayan seguido la historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores recordarán que, inmediatamente después de la caída de la Comuna de París, surgieron disensiones en el seno de la gran organización obrera, que condujeron a una escisión abierta en el Congreso de La Haya de 1872 y a la consiguiente desintegración. Estas disensiones fueron causadas por un ruso, Bakunin y sus seguidores, que pretendían la supremacía, por medios lícitos o ilícitos, sobre un cuerpo del que no formaban sino una pequeña minoría. Su principal panacea era una objeción de principio a toda acción política por parte de la clase obrera; hasta tal punto que, a sus ojos, votar en una elección era cometer un acto de traición contra los intereses del proletariado. Nada, salvo la revolución violenta y directa, admitían como medio de acción. Desde Suiza, donde estos «anarquistas», como se llamaban a sí mismos, habían echado raíces primero, se extendieron a Italia y España, donde, durante un tiempo, dominaron realmente el movimiento obrero. Fueron más o menos apoyados, dentro de la «Internacional», por los belgas, quienes, aunque por motivos diferentes, también se declararon a favor de la abstención política. Después de la escisión mantuvieron una apariencia de organización y celebraron congresos, en los que un par de docenas de hombres, siempre los mismos, pretendiendo representar a la clase obrera de toda Europa, proclamaban sus dogmas en su nombre. Pero ya las elecciones alemanas de 1874, y la gran ventaja que el movimiento alemán experimentó por la presencia de nueve de sus miembros más activos en el Parlamento, habían sembrado elementos de duda en medio de los «anarquistas». Los acontecimientos políticos habían reprimido el movimiento en España, que desapareció sin dejar apenas rastro; en Suiza el partido favorable a la acción política, que trabajaba codo a codo con los alemanes, se hacía más fuerte cada día y pronto superó en número a los pocos anarquistas en una proporción de 300 a 1; en Italia, después de un intento infantil de «revolución social» (Bolonia, 1874) en el que ni la sensatez ni el coraje de los «anarquistas» se mostraron ventajosamente, el verdadero elemento obrero comenzó a buscar medios de acción más racionales. En Bélgica, el movimiento, gracias a la política abstencionista de los dirigentes, que dejaba a la clase obrera sin ningún campo para la acción real, había llegado a un punto muerto. De hecho, mientras la acción política de los alemanes los conducía de éxito en éxito, la clase obrera de aquellos países donde la abstención estaba a la orden del día sufría derrota tras derrota, y se cansaba de un movimiento estéril en resultados; sus organizaciones caían en el olvido, sus órganos de prensa desaparecían uno tras otro. La porción más sensata de estos trabajadores no podía dejar de sentirse impresionada por este contraste; la rebelión contra la doctrina «anarquista» y abstencionista estalló tanto en Italia como en Bélgica, y la gente comenzó a preguntarse a sí misma y a los demás,

por qué, en aras de un estúpido dogmatismo, habrían de verse privados de aplicar los propios medios de acción que se habían revelado como los más eficaces de todos.  
Tal era el estado de cosas cuando la gran victoria electoral de los alemanes zanjó todas las dudas, superó todas las vacilaciones. No era posible resistencia alguna frente a un hecho tan obstinado. Italia y Bélgica se declararon a favor de la acción política; los restos de los abstencionistas italianos, llevados a la desesperación, intentaron otra insurrección cerca de Nápoles; una treintena de anarquistas proclamó la «revolución social», pero la policía se encargó rápidamente de ellos. Todo lo que consiguieron fue el descalabro completo de su propio movimiento sectario en Italia. Así, la organización anarquista, que había pretendido regir el movimiento de la clase obrera de un extremo a otro de Europa, quedó reducida de nuevo a su núcleo original, unos doscientos hombres en el distrito suizo del Jura, donde, desde el aislamiento de sus recovecos montañosos, siguen protestando contra la herejía victoriosa del resto del mundo y defendiendo la verdadera ortodoxia tal como la estableció el emperador Bakunin, ya difunto. Y cuando en septiembre pasado se reunió en Gante, Bélgica, el Congreso Socialista Universal —congreso que ellos mismos habían convocado—, se encontraron en minoría insignificante, frente a los delegados de las grandes organizaciones obreras de Europa, unidas y unánimes. El Congreso, al tiempo que rechazaba enérgicamente sus ridículas doctrinas y sus arrogantes pretensiones, y establecía el hecho de que se rechazaba únicamente a una pequeña secta, les extendió, al final, una generosa tolerancia.  
Así, tras cuatro años de lucha intestina, se restableció la completa armonía en la acción de la clase obrera de Europa, y la política proclamada por la mayoría del último Congreso de la Internacional quedó plenamente vindicada por los acontecimientos. Se recuperó así una base sobre la cual los obreros de los distintos países europeos podían volver a actuar firmemente unidos y prestarse ese apoyo mutuo que constituye la fuerza principal del movimiento. La Asociación Internacional de los Trabajadores se había vuelto imposible a causa de las numerosas leyes represivas en Alemania y Francia, que prohibían a los obreros de esos países entrar en vínculo internacional alguno de esa índole. Los gobiernos podrían haberse ahorrado todo ese esfuerzo. El movimiento de la clase obrera había superado no sólo la necesidad, sino incluso la posibilidad de un vínculo formal semejante; pero la obra de la gran organización proletaria no sólo se ha cumplido plenamente, sino que sigue viviendo, más poderosa que nunca, en el vínculo mucho más fuerte de la unión y la solidaridad, en la comunidad de acción y de política que anima ahora a la clase obrera de toda Europa, obra que es enfáticamente propia y la más grandiosa. Hay abundante diversidad de opiniones entre los obreros de los distintos países, e incluso entre los de un mismo país considerado por separado; pero ya no hay sectas, ni más pretensiones de ortodoxia dogmática y supremacía doctrinal, y existe  

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un plan de acción común trazado originariamente por la Internacional, pero ahora universalmente adoptado porque en todas partes ha surgido, consciente o inconscientemente, de la lucha de las necesidades del movimiento; un plan que, adaptándose libremente a las condiciones cambiantes de cada nación y cada localidad, es no obstante el mismo en todas partes en sus rasgos fundamentales, y asegura así la unidad de propósito y la congruencia general de los medios aplicados para obtener el fin común: la emancipación de la clase obrera por la clase obrera misma.  

The Labor Standard.  
Nr. 45, 17 de marzo de 1878  

III.  

En el artículo precedente ya hemos esbozado los principales hechos de interés vinculados a la historia del movimiento de la clase obrera en Italia, España, Suiza y Bélgica. Aún queda algo por contar.  

En España, el movimiento se había extendido rápidamente entre 1868 y 1872, cuando la Internacional se jactaba de tener más de 30.000 miembros cotizantes. Pero todo esto era más aparente que real, fruto más de la excitación momentánea provocada por el estado político inestable del país que de un verdadero progreso intelectual. Implicada en la insurrección cantonalista (republicana federalista) de 1873, la Internacional española fue aplastada junto con ella. Durante algún tiempo subsistió en forma de sociedad secreta, de la cual, sin duda, aún queda un núcleo. Pero como no ha dado nunca otra señal de vida que el envío de tres delegados al Congreso de Gante, nos vemos forzados a concluir que esos tres delegados representan a la clase obrera española de manera muy similar a como antaño los tres sastres de Tooley-street representaban al pueblo de Inglaterra. Y cada vez que una conmoción política dé a los obreros españoles la posibilidad de volver a desempeñar un papel activo, podemos predecir con seguridad que el nuevo arranque no vendrá de esos vocingleros «anarquistas», sino del pequeño núcleo de obreros inteligentes y enérgicos que en 1872 permanecieron fieles a la Internacional y que ahora aguardan su oportunidad en lugar de jugar a la conspiración secreta.  

En Portugal, el movimiento se mantuvo siempre libre de la mancha «anarquista» y procedió sobre la misma base racional que en la mayoría de los demás países. Los obreros portugueses contaban con numerosas secciones de la Internacional y sindicatos obreros; celebraron un congreso muy exitoso en enero de 1877 y tenían un excelente semanario: «O Protesto» (La Protesta). Sin embargo, también ellos se vieron obstaculizados por leyes adversas, restrictivas de la prensa y del derecho de asociación y  

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Los obreros de Europa en 1877  

de reunión pública. Pese a todo, siguen luchando y ahora están celebrando otro congreso en Oporto, que les brindará la ocasión de mostrar al mundo que la clase obrera portuguesa toma la parte que le corresponde en la grandiosa y universal lucha por la emancipación del trabajo.  
Los obreros de Italia también se ven muy obstruidos en su acción por la legislación burguesa. Una serie de leyes especiales dictadas bajo el pretexto de reprimir el bandolerismo y las extensas organizaciones secretas de bandoleros, leyes que otorgan al gobierno inmensas facultades arbitrarias, son aplicadas sin escrúpulo a las asociaciones obreras; sus miembros más destacados se ven sometidos, igual que los bandoleros, a vigilancia policial y a destierro sin juez ni jurado. Sin embargo, el movimiento avanza y, lo que es mejor signo de vida, su centro de gravedad se ha desplazado de las venerables pero semimuertas ciudades de la Romaña a las activas localidades industriales y manufactureras del norte, cambio que ha asegurado la preponderancia del verdadero elemento obrero sobre la horda de intrusos «anarquistas» de origen burgués que antes llevaban la delantera. Los clubes obreros y los sindicatos, constantemente disueltos por el gobierno, renacen siempre bajo nuevos nombres. La prensa proletaria, aunque muchos de sus órganos son efímeros a causa de las persecuciones, multas y penas de prisión contra los editores, resurge con nuevos bríos después de cada derrota y, a pesar de todos los obstáculos, cuenta con varios periódicos de antigüedad relativamente dilatada. Algunos de esos órganos, en su mayoría efímeros, profesan aún doctrinas «anarquistas», pero esa fracción ha renunciado a toda pretensión de regir el movimiento y se extingue gradualmente, junto con el partido mazziniano o republicano burgués, y cada palmo de terreno que pierden esas dos facciones es otro tanto ganado por el verdadero e inteligente movimiento de la clase obrera.  

En Bélgica, asimismo, el centro de gravedad de la acción obrera se ha desplazado, y esa acción misma ha experimentado un cambio importante como consecuencia. Hasta 1875, ese centro se situaba en la parte francófona del país, incluida Bruselas, que es mitad francesa y mitad flamenca; el movimiento estuvo, durante ese período, fuertemente influido por las doctrinas proudhonianas, que también mandan la abstención de toda injerencia política, sobre todo de las elecciones. No quedó entonces más que huelgas, generalmente reprimidas con intervención sangrienta del ejército, y reuniones en las que se repetían constantemente las viejas frases hechas. Los trabajadores se hartaron de ello y el movimiento entero cayó gradualmente adormecido. Pero desde 1875, las ciudades manufactureras de la parte de habla flamenca entraron en la lucha con un mayor y, como pronto se demostraría, nuevo espíritu. En Bélgica no existe ninguna ley fabril que limite las horas de trabajo de mujeres o niños; y el primer clamor de los votantes fabriles de Gante y sus alrededores fue por protección para sus esposas e hijos, a quienes se hacía sudar quince y  

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Friedrich Engels  

más horas al día en las fábricas de algodón. La oposición de los doctrinarios proudhonianos, que consideraban tales bagatelas muy por debajo de la atención de hombres ocupados en un revolucionarismo trascendente, fue inútil y gradualmente superada. La reivindicación de protección legal para los niños fabriles se convirtió en uno de los puntos del programa obrero belga, y con ello se rompió el hechizo que hasta entonces había convertido en tabú la acción política. El ejemplo de los alemanes hizo el resto, y ahora los obreros belgas, como los de Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Hungría, Austria y parte de Italia, se están constituyendo en un partido político, distinto y opuesto a todos los demás partidos políticos, y encaminado a la conquista de su emancipación mediante cualquier acción política que la situación requiera.  

La gran masa de los obreros suizos —su porción germanoparlante— llevaba algunos años integrada en una «Confederación Obrera» que a finales de 1876 contaba con más de 5.000 miembros cotizantes. Junto a ella existía otra organización, la «Sociedad Grütli», formada originariamente por radicales burgueses para difundir el radicalismo entre obreros y campesinos; pero gradualmente las ideas socialdemócratas penetraron en esta asociación vastamente extendida y acabaron conquistándola. En 1877, ambas sociedades entablaron una alianza, casi una fusión, con el fin de organizar un partido político obrero suizo; y actuaron con tal vigor que hicieron aprobar, mediante voto nacional, la nueva ley fabril suiza, la más favorable a los trabajadores de cuantas leyes fabriles existen. Están organizando ahora una supervisión vigilante para asegurar su debida ejecución frente a la malquerencia ruidosamente proclamada de los propietarios de fábricas. Los «anarquistas», desde su superior punto de vista revolucionario, se opusieron, por supuesto, violentamente a toda esta acción, denunciándola como un acto de traición atroz a lo que ellos llaman «la Revolución»; pero como son a lo sumo doscientos y, aquí como en todas partes, no son más que un Estado Mayor de oficiales sin ejército, esto no supuso diferencia alguna. El programa del partido obrero suizo es casi idéntico al de los alemanes, demasiado idéntico incluso, al haber adoptado hasta algunos de sus pasajes más imperfectos y confusos. Pero la mera redacción del programa importa poco, con tal que el espíritu que domina el movimiento sea del tipo adecuado.  

Los obreros daneses entraron en liza hacia 1870 y al principio progresaron con gran rapidez. Mediante una alianza con el partido de los pequeños propietarios campesinos, entre los cuales lograron difundir sus puntos de vista, alcanzaron una influencia política considerable, tanta que la «Izquierda Unida», de la que el partido campesino formaba el núcleo, tuvo durante varios años la mayoría en el parlamento. Pero había más apariencia que solidez en ese rápido crecimiento del movimiento. Un día se descubrió que dos de los dirigentes habían desaparecido después de malversar el dinero recaudado para fines del partido de

los trabajadores. El escándalo causado por esto fue extremo, y el movimiento danés aún no se ha repuesto del desánimo que le siguió. En cualquier caso, si el partido de los trabajadores daneses está procediendo ahora de una manera menos ostentosa que antes, hay sobradas razones para creer que está reemplazando gradualmente la efímera y aparente dominación sobre las masas, que ahora ha perdido, por una influencia más real y más duradera.

En Austria y Hungría la clase obrera tiene que contender con las mayores dificultades. La libertad política, en lo que atañe a la prensa, las reuniones y las asociaciones, está allí reducida al nivel más bajo compatible con una monarquía constitucional de farsa. Un código de leyes de una elasticidad inaudita permite al Gobierno obtener condenas incluso contra la expresión más moderada de las demandas e intereses de la clase obrera. Y sin embargo, el movimiento allí, como en todas partes, prosigue incontenible. Los centros principales son los distritos manufactureros de Bohemia, Viena y Pest. Se publican periódicos obreros en los idiomas alemán, bohemio y húngaro. Desde Hungría el movimiento se ha extendido a Servia, donde, antes de la guerra, se publicaba un semanario en lengua servia, pero al estallar la guerra el periódico fue simplemente suprimido.

Así, dondequiera que miremos en Europa, el movimiento de la clase obrera está progresando, no sólo de manera favorable sino rápidamente, y lo que es más, en todas partes con el mismo espíritu. Se ha restaurado una completa armonía, y con ella un intercambio constante y regular, de un modo u otro, entre los trabajadores de los diferentes países. Los hombres que fundaron, en 1864, la Asociación Internacional de los Trabajadores, que mantuvieron en alto su bandera durante años de lucha, primero contra enemigos externos, luego contra enemigos internos, hasta que necesidades políticas más aún que las disputas intestinas provocaron la disgregación y un aparente retraimiento —esos hombres pueden exclamar ahora con orgullo: "La Internacional ha cumplido su obra; ha alcanzado plenamente su gran objetivo: la unión del proletariado del mundo entero en la lucha contra sus opresores".

The Labor Standard.
Nr. 46, 24 de marzo de 1878

IV.

Nuestros lectores habrán notado que en los tres artículos precedentes apenas se ha hecho mención de uno de los países más importantes de Europa: Francia, y ello por esta razón: en los países hasta ahora tratados, la acción de la clase obrera, aunque esencialmente una acción política, no está íntimamente mezclada con la política general o, por así decirlo, oficial. La clase obrera de Alemania, Italia, Bélgica, etc., no es aún un poder político en el Estado;

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Friedrich Engels

es un poder político sólo en perspectiva, y si los partidos oficiales en algunos de estos países —conservadores, liberales o radicales— tienen que contar con ella, es meramente porque su rápido progreso hacia adelante hace evidente que en muy poco tiempo el partido proletario será suficientemente fuerte como para hacer sentir su influencia. Pero en Francia es diferente. Los trabajadores de París, secundados por los de las grandes ciudades de provincia, han sido, desde la gran Revolución, un poder en el Estado. Han sido durante casi noventa años el ejército combatiente del progreso; en cada gran crisis de la historia francesa, descendieron a las calles, se armaron lo mejor que pudieron, levantaron barricadas y provocaron la batalla; y fue su victoria o su derrota la que decidió el futuro de Francia por años venideros. De 1789 a 1830, las revoluciones de la clase media fueron libradas por los trabajadores de París; fueron ellos quienes conquistaron la República en 1848 y, habiendo confundido esa República con la emancipación del trabajo, fueron cruelmente desengañados por la derrota que se les infligió en junio del mismo año; resistieron en las barricadas el golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851 y fueron derrotados de nuevo; barrieron en septiembre de 1870 el difunto Imperio que los radicales de la clase media eran demasiado cobardes para tocar. En marzo de 1871, el intento de Thiers de quitarles las armas con las que habían defendido París contra la invasión extranjera los forzó a la revolución de la Comuna y a la prolongada lucha que terminó con su sangrienta extinción.

Una clase obrera nacional que así, durante casi un siglo, no sólo ha tomado una parte decisiva en cada crisis de la historia de su propio país, sino que al mismo tiempo ha sido siempre la vanguardia de la Revolución europea, una clase obrera así no puede vivir la vida comparativamente recluida que sigue siendo la esfera de acción propia del resto de los trabajadores continentales. Una clase obrera como la de Francia está ligada a su historia pasada y por su historia pasada. Su historia, no menos que su reconocido y decisivo poder combativo, la ha mezclado indisolublemente con el desarrollo político general del país. Y así, no podemos ofrecer una retrospectiva de la acción de la clase obrera francesa sin adentrarnos en la política francesa en general.

Ya fuera que la clase obrera francesa estuviera librando su propia batalla o la batalla de la clase media liberal, radical o republicana, cada derrota que sufrió ha sido seguida hasta ahora por una reacción política opresiva, tan violenta como duradera. Así, a las derrotas de junio de 1848 y diciembre de 1851 sucedieron los dieciocho años del Imperio bonapartista, durante los cuales la prensa fue encadenada, el derecho de reunión y de asociación suprimido, y la clase obrera, en consecuencia, privada de todo medio de intercomunicación y organización. El resultado necesario fue que cuando

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Los trabajadores de Europa en 1877

llegó la revolución de septiembre de 1870, los trabajadores no tenían a otros hombres que poner en el gobierno que aquellos radicales de clase media que bajo el Imperio habían formado la oposición parlamentaria oficial y que, como era de esperar, los traicionaron a ellos y a su país. Tras el aplastamiento de la Comuna, la clase obrera, incapacitada por años en su poder combativo, tenía un único interés inmediato: evitar la repetición de otro reinado tan prolongado de represión, y con él la necesidad de volver a luchar no por su propia emancipación directa, sino por un estado de cosas que les permitiera prepararse para la lucha emancipatoria final. Ahora bien, en Francia hay cuatro grandes partidos políticos: tres monárquicos —los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas—, cada uno con un pretendiente al trono distinto; y el partido republicano. Cualquiera de los tres pretendientes que ascendiera al trono contaría en todos los casos con el apoyo de sólo una pequeña minoría del pueblo y, en consecuencia, tendría que recurrir únicamente a la fuerza. Así, el reinado de la violencia, la supresión de todas las libertades públicas y los derechos personales, que la clase obrera debe desear evitar, era el concomitante necesario de toda restauración monárquica. Por otra parte, el mantenimiento del gobierno republicano establecido les dejaba al menos la posibilidad de obtener tal grado de libertad personal y pública que les permitiera fundar una prensa de clase obrera, una agitación mediante reuniones y una organización como partido político independiente; y además, la conservación de la República les ahorraría la necesidad de librar una batalla separada por su futura reconquista.

Fue así otra prueba de la elevada inteligencia política instintiva de la clase obrera francesa el que, tan pronto como, el 16 de mayo pasado, la gran conspiración de las tres facciones monárquicas declaró la guerra a la República, los trabajadores, unánimemente, proclamaran que el mantenimiento de la República era su principal objetivo inmediato. No cabe duda de que al hacer esto actuaron como la cola de los republicanos y radicales de la clase media; pero una clase obrera que no tiene prensa, ni reuniones, ni clubes, ni sociedades políticas, ¿qué otra cosa puede ser sino la cola del partido radical de la clase media? ¿Qué puede hacer, para ganar su independencia política, sino apoyar al único partido que está obligado a asegurar al pueblo en general, y por tanto a los trabajadores también, aquellas libertades que admitirán una organización independiente? Algunos dicen que los trabajadores en las últimas elecciones deberían haber presentado sus propios candidatos; pero incluso en aquellos lugares donde podrían haberlo hecho con éxito, ¿dónde estaban los candidatos de la clase obrera, suficientemente conocidos entre los de su propia clase como para hallar el apoyo necesario? Pues el gobierno, desde la Comuna, se ha cuidado bien de arrestar, como partícipe en esa insurrección, a todo trabajador que se diera a conocer aunque fuera mediante la agitación privada en su propio distrito de París.

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Friedrich Engels

La victoria de los republicanos en las elecciones del pasado noviembre fue señalada. Fue seguida por triunfos aún más señalados en las elecciones departamentales, municipales y complementarias que la siguieron. La conspiración monárquica quizás no habría cedido a pesar de todo; pero su mano fue paralizada por la actitud inequívoca del ejército. No sólo había numerosos oficiales republicanos, especialmente en los grados inferiores, sino que, lo que fue más decisivo, la masa de los soldados se negó a marchar contra la República. Ése fue el primer resultado de la reorganización del ejército, mediante la cual se había abolido a los sustitutos comprados y el ejército se había transformado en una representación equitativa de los jóvenes de todas las clases. Así, la conspiración se vino abajo sin tener que ser quebrada por la fuerza. Y esto también fue en gran medida en interés de la clase obrera, la cual, demasiado débil aún tras la sangría de 1871, no puede desear despilfarrar de nuevo su mayor, su poder combativo, en luchas en beneficio de otros, o empeñarse en una serie de colisiones violentas antes de haber recuperado su plena fuerza.

Pero esta victoria republicana tiene aún otra significación. Prueba que desde 1870 la gente del campo ha dado un gran paso adelante. Hasta ahora, cada victoria de la clase obrera conseguida en París era anulada en muy poco tiempo por el espíritu reaccionario de los pequeños campesinos, que forman la gran masa de la población francesa. Desde principios de este siglo, el campesinado francés había sido bonapartista. La segunda República, establecida por los trabajadores parisinos en febrero de 1848, había sido cancelada por los seis millones de votos campesinos dados a Luis Napoleón en diciembre siguiente. Pero la invasión prusiana de 1870 ha sacudido la fe imperialista del campesinado, y las elecciones de noviembre pasado prueban que la masa de la población rural se ha vuelto republicana, y éste es un cambio de la máxima importancia. No significa sólo que, de ahora en adelante, toda restauración monárquica ha devenido imposible en Francia. Significa también la alianza próxima entre los trabajadores de las ciudades y el campesinado del campo. Los pequeños propietarios campesinos creados por la gran Revolución son propietarios del suelo, pero sólo de nombre. Sus fincas están hipotecadas a usureros; sus cosechas se consumen en el pago de intereses y costas legales; el notario, el procurador, el alguacil, el subastador amenazan constantemente a sus puertas. Su posición es por completo tan mala como la de los trabajadores, y casi tan insegura. Y si estos campesinos se vuelven ahora del bonapartismo hacia la República, muestran con ello que ya no esperan una mejora de su condición de aquellos milagros imperialistas que Luis Napoleón prometió siempre y jamás cumplió. La fe de los campesinos en los misteriosos poderes de salvación detentados por un "Emperador de los campesinos" ha sido rudamente disipada por el segundo Imperio. El hechizo está roto. El campesinado francés se halla por fin en un estado de ánimo suficientemente racional como para buscar las causas reales de la miseria crónica y los medios prácticos para abolirla; y una vez puestos a pensar, pronto deben descubrir que su único remedio reside en una alianza con la única clase que no tiene interés alguno en su actual condición miserable: la clase obrera de la ciudad.

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Los trabajadores de Europa en 1877

Así, por despreciable que sea el actual gobierno republicano de Francia, la instauración definitiva de la República ha dado por fin a los obreros franceses el terreno en el que pueden organizarse como partido político independiente y librar sus futuras batallas, no en provecho de otros, sino en el propio; el terreno, además, en el que pueden unirse con la masa hasta ahora hostil del campesinado y hacer así que las futuras victorias no sean, como hasta aquí, triunfos efímeros de París sobre Francia, sino triunfos definitivos de todas las clases oprimidas de Francia, acaudilladas por los obreros de París y de las grandes ciudades de provincia.

The Labor Standard.
Nr.47, 31. März 1878

V.

(CONCLUSIÓN.)

Queda aún por considerar otro importante país europeo: Rusia. No es que exista en Rusia un movimiento de la clase obrera digno de mención. Pero las circunstancias internas y externas en que Rusia se halla son de lo más singular y preñadas de acontecimientos de la mayor importancia para el futuro, no sólo de los obreros rusos, sino de los de toda Europa.

En 1861, el gobierno de Alejandro II llevó a cabo la emancipación de los siervos, la transformación de la inmensa mayoría del pueblo ruso, de labriegos adscritos a la tierra y sometidos a trabajo forzoso para su terrateniente, en libres propietarios campesinos. Este cambio, cuya necesidad era patente desde hacía mucho, se realizó de tal modo que no salieron ganando ni los antiguos terratenientes ni los antiguos siervos. Las aldeas campesinas recibieron parcelas de tierra que, en lo sucesivo, serían suyas, mientras que a los terratenientes había que pagarles el valor de la tierra así cedida a las aldeas y también, en cierta medida, el derecho que hasta entonces habían poseído al trabajo del campesino. Como los campesinos, evidentemente, no podían reunir el dinero para pagar a los terratenientes, intervino el Estado. Una parte de este pago se efectuó transfiriendo al terrateniente una porción de la tierra que hasta entonces cultivaban los campesinos por cuenta propia; el resto se pagó en forma de bonos del Estado, adelantados por éste y que los campesinos debían reembolsarle con intereses, en plazos anuales. La mayoría de los terratenientes vendió estos bonos y se gastó el dinero; así pues, están no sólo

más pobres que antes, sino que no encuentran trabajadores que labren sus fincas, pues los campesinos se niegan prácticamente a trabajar en ellas y a dejar sus propios campos sin cultivar. En cuanto a los campesinos, sus lotes de tierra no sólo se habían reducido en extensión con respecto a lo que antes tenían, y con frecuencia hasta un punto que, en las circunstancias rusas, resultaba insuficiente para mantener a una familia; estos lotes, en la mayoría de los casos, se habían tomado de las peores tierras de la finca, de pantanos u otros baldíos, mientras que la buena tierra, poseída hasta entonces por los campesinos y mejorada con su trabajo, pasaba a los terratenientes. En estas condiciones, los campesinos también empeoraban considerablemente con respecto a antes; pero, además, se esperaba de ellos que pagaran cada año al gobierno los intereses y parte del capital adelantado por el Estado para rescatarlos y, por encima, los impuestos que se les exigían aumentaban de año en año. Más aún, antes de la emancipación, los campesinos habían poseído ciertos derechos comunales sobre las tierras del dominio, de pastos para el ganado, de corta de madera para construcción y otros fines, etc. El nuevo ordenamiento les arrebató expresamente estos derechos; si querían volver a ejercerlos, tenían que pactarlo con su antiguo terrateniente.

Así, mientras la mayoría de los propietarios territoriales se volvían aún más endeudados, a consecuencia del cambio, de lo que habían estado antes, el campesinado quedaba reducido a una situación en la que no podía ni vivir ni morir. El gran acto de emancipación, tan universalmente ensalzado y glorificado por la prensa liberal de Europa, no había creado más que las bases y la necesidad absoluta de una revolución futura.

A esta revolución hizo el gobierno todo lo que estuvo en su mano por acelerarla —la corrupción que invadía todas las esferas oficiales y que anulaba cualquier capacidad para el bien que se les pudiera suponer, esta corrupción hereditaria seguía siendo tan mala como siempre y salió a la luz de forma flagrante en todos los departamentos públicos al estallar la guerra turca. Las finanzas del imperio, completamente desordenadas al final de la guerra de Crimea, fueron dejadas ir de mal en peor. Se contrató empréstito tras empréstito, hasta que no hubo otro medio de pagar los intereses de las viejas deudas que contraer otras nuevas. Durante los primeros años del reinado de Alejandro, el viejo despotismo imperial se había relajado un tanto; se había permitido a la prensa más libertad, se había establecido el juicio por jurados y se había autorizado a cuerpos representativos, elegidos por la nobleza, los ciudadanos de las ciudades y los campesinos respectivamente, a tomar cierta parte en la administración local y provincial. Incluso con los polacos se había practicado un cierto coqueteo político. Pero el público había entendido mal las benévolas intenciones del gobierno. La prensa se volvió demasiado explícita. Los jurados absolvían de hecho a presos políticos que el gobierno esperaba que condenaran contra toda evidencia. Las asambleas locales y provinciales, todas a una, declararon que el gobierno, con su acto de emancipación, había arruinado

el país y que las cosas no podían seguir así por más tiempo. Incluso se insinuó que una asamblea nacional era el único medio de salir de unos males que se volvían rápidamente insoportables. Y, por último, los polacos se negaron a dejarse engatusar con buenas palabras y estallaron en una rebelión que requirió todas las fuerzas del imperio y toda la brutalidad de los generales rusos para ser sofocada en torrentes de sangre. Entonces el gobierno volvió a cambiar de rumbo. La severa represión pasó de nuevo a ser la orden del día. Se amordazó a la prensa, los presos políticos fueron entregados a tribunales especiales compuestos por jueces designados a propósito, se hizo caso omiso de las asambleas locales y provinciales. Pero ya era demasiado tarde. El gobierno, habiendo mostrado una vez señales de miedo, había perdido su prestigio. La fe en su estabilidad y en su poder para aplastar absolutamente toda resistencia interna había desaparecido. Había brotado el germen de una futura opinión pública. No se podía devolver a las fuerzas a la anterior obediencia ciega a los dictados del gobierno. La discusión de los asuntos públicos, aunque fuera en círculos privados, se había convertido en un hábito entre las clases cultas. Y finalmente, el gobierno, con todo su deseo de volver al despotismo sin freno del reinado de Nicolás, seguía fingiendo mantener, ante los ojos de Europa, las apariencias del liberalismo iniciado por Alejandro. La consecuencia fue un sistema de vacilación e indecisión, de concesiones hechas hoy y retiradas mañana, para ser de nuevo a medias concedidas y a medias retiradas por turnos, una política que cambiaba de hora en hora y que ponía de manifiesto para todos la debilidad intrínseca, la falta de perspicacia y de voluntad de un gobierno que no era nada si no poseía una voluntad y los medios de imponerla. ¿Qué más natural que cada día aumentara el desprecio hacia un gobierno que, sabido desde hacía mucho que era impotente para el bien y al que sólo se obedecía por miedo, demostraba ahora que dudaba de su poder para mantener su propia existencia, que tenía al menos tanto miedo del pueblo como el pueblo de él? Sólo había un camino de salvación para el gobierno ruso, el camino abierto a todos los gobiernos cuando se enfrentan a una resistencia popular abrumadora: la guerra exterior. Y se decidió la guerra exterior; una guerra proclamada ante Europa como emprendida para liberar a los cristianos del prolongado mal gobierno turco, pero proclamada ante el pueblo ruso como llevada a cabo para conducir a sus hermanos de raza eslava de la servidumbre turca al seno del Santo Imperio Ruso.

Esta guerra, después de meses de derrota ignominiosa, ha llegado ahora a su fin mediante el aplastamiento igualmente ignominioso de la resistencia turca, en parte por traición y en parte por una superioridad numérica inmensa. Pero la conquista rusa de la mayor parte de Turquía en Europa no es sino el preludio de una guerra general europea. O bien Rusia, en la inminente Conferencia Europea (si es que dicha Conferencia llega a reunirse), tendrá que ceder tanto de las posiciones ahora

conquistadas, que la desproporción entre los inmensos sacrificios y los resultados insignificantes habrá de desencadenar un violento estallido revolucionario del descontento popular; o bien Rusia tendrá que mantener su posición recién conquistada en una guerra europea. Agotada ya en más de la mitad, como lo está, su gobierno no podrá hacerla superar una guerra tal —sea cual fuere su resultado final— sin importantes concesiones populares. Semejantes concesiones, en una situación como la antes descrita, significan el comienzo de una revolución. A esta revolución no puede escapar de ningún modo el gobierno ruso, aunque logre retrasar su estallido uno o dos años. Pero una revolución rusa significa algo más que un mero cambio de gobierno en Rusia misma. Significa la desaparición de un inmenso, aunque tosco, poder militar que, desde la Revolución Francesa, ha constituido la columna vertebral de los despotismos unidos de Europa. Significa la emancipación de Alemania respecto de Prusia, pues Prusia ha sido la criatura de Rusia y sólo ha existido apoyándose en ella. Significa la emancipación de Polonia. Significa el despertar de las nacionalidades eslavas más pequeñas de Europa oriental de los sueños paneslavistas fomentados entre ellas por el actual gobierno ruso. Y significa el comienzo de una vida nacional activa entre el propio pueblo ruso y, con ella, el surgimiento de un verdadero movimiento de la clase obrera en Rusia. En conjunto, significa un cambio tal en toda la situación de Europa que los obreros de todos los países deberán saludar con alegría como un paso gigantesco hacia su objetivo común: la emancipación universal del Trabajo.