Friedrich Engels
Karl Marx

Volks-Kalender.
Braunschweig 1878

[9o] Karl Marx.

El hombre que por primera vez ha dado una base científica al socialismo, y con ello a todo el movimiento obrero de nuestros días, Karl Marx, nació en Tréveris en 1818. Estudió primero derecho en Bonn y Berlín, pero pronto se consagró exclusivamente al estudio de la historia y la filosofía, y en 1842 estaba a punto de habilitarse como docente de filosofía, cuando el movimiento político surgido a raíz de la muerte de Federico Guillermo III lo lanzó a otra carrera. Con su colaboración, los jefes de la burguesía liberal renana, Camphausen, Hansemann, etc., habían fundado en Colonia la "Rheinische Zeitung", y Marx, cuya crítica de las deliberaciones de la Dieta provincial renana había causado la mayor sensación, fue llamado a ponerse al frente del periódico en otoño de 1842. La "Rheinische Zeitung" aparecía naturalmente bajo la censura, pero la censura no podía con ella.*) La "Rheinische Zeitung" casi siempre conseguía hacer pasar los artículos que importaban; primero se echaba al censor forraje de menor cuantía para que lo tachase, hasta que él mismo cedía o se veía obligado a ceder por la amenaza de que, de lo contrario, el periódico no aparecería al día siguiente. Diez periódicos que hubieran tenido el mismo valor que la "Rheinische" y cuyos editores hubieran gastado unos cientos de táleros más en costos de composición — y la censura ya habría sido imposible en Alemania en 1843. Pero los propietarios de periódicos alemanes eran pequeños burgueses mezquinos y medrosos, y la "Rheinische Zeitung" sostuvo la lucha sola. Agotó un censor tras otro; por último, fue sometida a doble censura, de modo que, después de la primera censura, el presidente del gobierno volvía a censurarla de manera definitiva. Tampoco esto sirvió de nada. A principios

*) El primer censor de la Rheinische Zeitung era el consejero de policía Dolleschall, el mismo que un día tachó en la Kölnische Zeitung el anuncio de la traducción de la Divina Comedia de Dante por Filaleteo (el posterior rey Juan de Sajonia), con la observación: "Con las cosas divinas no se debe hacer comedia".

de 1843, el gobierno declaró que no se podía acabar con este periódico y lo suprimió sin más trámite.

Marx, que entretanto se había casado con la hermana del futuro ministro reaccionario von Westphalen, se trasladó a París, y allí publicó con A. Ruge los "Deutsch-französischen Jahrbücher", en los que inició la serie de sus escritos socialistas con una crítica de la Filosofía del derecho de Hegel. Además, junto con F. Engels: "La Sagrada Familia. Contra Bruno Bauer y consortes", una crítica satírica de una de las últimas formas en que había ido a desembocar el idealismo filosófico alemán de aquella época.

El estudio de la economía política y de la historia de la gran Revolución Francesa le dejaba aún tiempo a Marx para ataques ocasionales contra el gobierno prusiano; éste se vengó, consiguiendo en la primavera de 1845, ante el ministerio Guizot — se dice que el señor Alexander von Humboldt hizo de intermediario —, su expulsión de Francia. Marx trasladó su domicilio a Bruselas y publicó allí en francés, en 1846, un Discours sur le libre-échange (Discurso sobre el librecambio) y en 1847: Misère de la Philosophie, una crítica de la Philosophie de la Misère (Filosofía de la miseria) de Proudhon. Al mismo tiempo, encontró ocasión de fundar en Bruselas una asociación obrera alemana y entró así en la agitación práctica. Ésta adquirió para él aún mayor importancia desde que él y sus amigos políticos ingresaron en 1847 en la secreta "Liga de los Comunistas", que existía desde hacía años. Toda la organización fue entonces transformada; la asociación, hasta entonces más o menos conspirativa, se convirtió en una organización simple, secreta sólo por necesidad, de propaganda comunista, la primera organización del partido socialdemócrata alemán. La Liga existía dondequiera que hubiera asociaciones obreras alemanas; en casi todas estas asociaciones de Inglaterra, Bélgica, Francia y Suiza, y en muchísimas asociaciones de Alemania, los miembros dirigentes pertenecían a la Liga, y la participación de la Liga en el naciente movimiento obrero alemán fue muy importante. Pero nuestra Liga fue, además, la primera en destacar el carácter internacional de todo el movimiento obrero y en ponerlo en práctica también, teniendo como miembros a ingleses, belgas, húngaros, polacos, etc., y organizando, sobre todo en Londres, asambleas obreras internacionales.

La transformación de la Liga se llevó a cabo en dos congresos celebrados en 1847, de los cuales el segundo acordó la redacción y publicación de los principios del partido en un manifiesto que debían redactar Marx y Engels. Así surgió el "Manifiesto del Partido Comunista", que apareció por primera vez en 1848, poco antes de la Revolución de Febrero, y que desde entonces ha sido traducido a casi todas las lenguas europeas.

La Deutsche Brüsseler Zeitung, en la que Marx colaboraba y que desenmascaraba sin piedad la beatitud policial patriótica, había inducido nuevamente al gobierno prusiano a gestionar la expulsión de Marx, aunque en vano. Pero cuando la Revolución de Febrero trajo consigo también movimientos populares en Bruselas y parecía avecinarse un vuelco en Bélgica, el gobierno belga arrestó a Marx sin más y lo expulsó. Entretanto, el gobierno provisional francés, por medio de Flocon, lo había invitado a volver a París, y él siguió este llamamiento.

En París se opuso ante todo a la farsa que se había propagado entre los alemanes allí residentes, que pretendía formar en Francia a los obreros alemanes en legiones armadas para introducir así en Alemania la revolución y la república. Por una parte, Alemania tenía que hacer su revolución por sí misma, y por otra, toda legión revolucionaria extranjera que se formase en Francia era, de antemano, traicionada por los Lamartine del gobierno provisional ante el gobierno que se quería derribar, como también ocurrió en Bélgica y en Baden.

Después de la Revolución de Marzo, Marx se trasladó a Colonia y fundó allí la Neue Rheinische Zeitung, que existió desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849, el único periódico que dentro del movimiento democrático de entonces representaba el punto de vista del proletariado, ya desde luego por su toma de partido incondicional en favor de los insurrectos parisinos de junio de 1848, lo que le enajenó a casi todos sus accionistas. En vano la Kreuzzeitung señaló la "insolencia del Chimborazo" con que la Neue Rheinische Zeitung atacaba todo lo sagrado, desde el rey y el vicario del Imperio hasta el gendarme, y ello en una fortaleza prusiana con una guarnición de 8.000 hombres entonces; en vano se indignó el filisteísmo renano, liberal de pronto y luego reaccionario; en vano el estado de sitio de Colonia en otoño de 1848 suspendió el periódico por largo tiempo; en vano el ministerio de Justicia del Imperio en Francfort denunció ante el fiscal de Colonia un artículo tras otro para su persecución judicial; el periódico, a la vista de la guardia principal, seguía redactándose e imprimiéndose tranquilamente, y su difusión y renombre crecían con la virulencia de los ataques al gobierno y a la burguesía. Cuando se produjo el golpe de Estado prusiano en noviembre de 1848, la Neue Rheinische Zeitung exhortaba al pueblo, a la cabeza de cada número, a negar los impuestos y a oponer la violencia a la violencia. Llevada por ello, así como por otro artículo, ante los jurados en la primavera de 1849, fue absuelta en ambas ocasiones. Por último, cuando las insurrecciones de mayo de 1849 en Dresde y en la provincia renana fueron sofocadas y se inició la campaña prusiana contra la insurrección de Baden-Palatinado mediante la concentración y movilización de importantes masas de tropas, el gobierno se creyó lo bastante fuerte para suprimir por la fuerza la Neue Rheinische Zeitung. El último número — impreso en rojo — apareció el 19 de mayo.

Marx volvió a París, pero pocas semanas después de la manifestación del 13 de junio de 1849, el gobierno francés le puso ante la disyuntiva de trasladar su residencia a Bretaña o abandonar Francia. Optó por esto último y se trasladó a Londres, donde ha vivido ininterrumpidamente desde entonces.

Un intento de seguir publicando la Neue Rheinische Zeitung en forma de revista (en Hamburgo, 1850) tuvo que abandonarse al cabo de algún tiempo ante la reacción, cada vez más violenta. Inmediatamente después del golpe de Estado en Francia, en diciembre de 1851, Marx publicó: "El 18 Brumario de Luis Bonaparte" (Boston 1852, segunda edición, Hamburgo 1869, poco antes de la guerra). En 1853 escribió: "Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia" (publicado primero en Boston, luego en Basilea, y recientemente de nuevo en Leipzig).

Después de la condena de los miembros de la Liga de los Comunistas en Colonia, Marx se retiró de la agitación política y se consagró, por una parte, durante diez años, a investigar los ricos tesoros que la biblioteca del Museo Británico ofrecía en el campo de la economía política, y por otra, a colaborar en el New-York Tribune, que hasta el estallido de la guerra civil americana publicó no sólo las correspondencias firmadas por él, sino también numerosos artículos de fondo sobre asuntos europeos y asiáticos salidos de su pluma. Sus ataques contra Lord Palmerston, basados en un estudio minucioso de los documentos oficiales ingleses, fueron reimpresos en Londres en forma de folletos.

Como primer fruto de sus largos estudios económicos apareció en 1859: "Contribución a la crítica de la economía política", primer fascículo (Berlín, Duncker). Este escrito contiene la primera exposición sistemática de la teoría del valor de Marx, incluida la doctrina del dinero. Durante la guerra de Italia, Marx combatió en el periódico alemán "Das Volk", que aparecía en Londres, al bonapartismo, que entonces se teñía de liberal y se hacía pasar por libertador de las nacionalidades oprimidas, así como a la política prusiana de entonces, que bajo el manto de la neutralidad pretendía pescar a río revuelto. Con este motivo, tuvo que atacar también al señor Karl Vogt, que entonces hacía agitación por encargo del príncipe Napoleón (Plon-Plon) y a sueldo de Luis Napoleón en favor de la neutralidad, e incluso de la simpatía de Alemania. Colmado por Vogt con las infamias más calumniosas, conscientemente inventadas, Marx respondió en: "Herr Vogt", Londres 1860, donde Vogt y los demás señores de la banda imperialista de falsos demócratas son desenmascarados y se demuestra, por razones externas e internas, que Vogt fue sobornado por el Imperio de Diciembre. Exactamente diez años después llegó la confirmación: en la lista de los mercenarios bonapartistas hallada en las Tullerías en 1870 y publicada por el gobierno de Septiembre, se encontraba bajo la letra V: "Vogt — en agosto de 1859 se le remitieron... Fr. 40.000." —

Por último, en 1867 apareció en Hamburgo: "El Capital. Crítica de la economía política. Tomo primero", la obra principal de Marx, que expone los fundamentos de sus concepciones económico-socialistas y los rasgos esenciales de su crítica de la sociedad existente, del modo de producción capitalista y de sus consecuencias. La segunda edición de esta obra que hace época apareció en 1872; el autor se ocupa actualmente de la elaboración del segundo tomo.

Mientras tanto, el movimiento obrero en varios países de Europa había vuelto a fortalecerse lo suficiente como para que Marx pudiera pensar en llevar a cabo un deseo largamente acariciado: la fundación de una Asociación Obrera que abarcara los países más avanzados de Europa y América, la cual debía presentar, por así decirlo, de manera corpórea el carácter internacional del movimiento socialista, tanto a los propios obreros como a los burgueses y a los gobiernos — para aliento y fortalecimiento del proletariado, para terror de sus enemigos. Una asamblea popular en favor de Polonia, recién nuevamente aplastada por Rusia, celebrada el 28 de septiembre de 1864 en St. Martin's Hall de Londres, dio la ocasión para plantear el asunto, que fue acogido con entusiasmo. Quedó fundada la Asociación Internacional de los Trabajadores; en la asamblea se eligió un Consejo General provisional con sede en Londres, y el alma de éste, así como de todos los Consejos Generales posteriores hasta el Congreso de La Haya, fue Marx. De él procede la redacción de casi todos los documentos emitidos por el Consejo General de la Internacional, desde el Manifiesto Inaugural de 1864 hasta el Manifiesto sobre la Guerra Civil en Francia de 1871. Describir la actividad de Marx en la Internacional equivaldría a escribir la historia misma de esta Asociación, que, por lo demás, aún pervive en la memoria de los obreros europeos.

La caída de la Comuna de París colocó a la Internacional en una situación imposible. Se la empujó al primer plano de la historia europea en un momento en que en todas partes se le cortaba la posibilidad de toda acción práctica exitosa. Los acontecimientos que la elevaron a la séptima gran potencia le prohibieron al mismo tiempo movilizar y emplear activamente sus fuerzas de combate, so pena de una derrota infalible y del retroceso del movimiento obrero por decenios. A ello se sumó que, desde distintos lados, se abalanzaron elementos que intentaban explotar la reputación tan súbitamente acrecentada de la Asociación con fines de vanidad personal o de ambición personal, sin comprender la situación real de la Internacional o sin tomarla en consideración. Hubo que tomar una decisión heroica, y fue de nuevo Marx quien la tomó y la hizo ejecutar en el Congreso de La Haya. Mediante un solemne acuerdo, la Internacional se desligó de toda responsabilidad por las maniobras de los bakunistas, que constituían el núcleo de aquellos elementos insensatos e impuros; después, ante la imposibilidad de responder — frente a la reacción general — también a las exigencias acrecentadas que se le planteaban y de mantener su plena eficacia más que mediante una serie de sacrificios en los que el movimiento obrero habría tenido que desangrarse — ante esta situación, la Internacional se retiró provisionalmente del escenario, trasladando el Consejo General a América. Las consecuencias demostraron cuán acertada fue esta decisión — entonces y después a menudo censurada. Por un lado, se frustraron y quedaron definitivamente truncados todos los intentos de organizar golpes inútiles a nombre de la Internacional, y por otro, el continuo y estrecho trato entre los partidos obreros socialistas de los diversos países demostró que la conciencia de la comunidad de intereses y de la solidaridad del proletariado de todos los países, despertada por la Internacional, sabe hacerse valer incluso sin el vínculo de una asociación internacional formal, que por el momento se había convertido en un grillete.

Después del Congreso de La Haya, Marx encontró por fin de nuevo la calma y el sosiego para reanudar sus trabajos teóricos, y es de esperar que, en un tiempo no demasiado largo, pueda entregar a la imprenta el segundo tomo de «El Capital».

De los muchos descubrimientos importantes con los que Marx ha inscrito su nombre en la historia de la ciencia, aquí solo podemos destacar dos.

El primero es la revolución por él realizada en toda la concepción de la historia universal. Toda la concepción histórica anterior se basaba en la idea de que las causas últimas de todos los cambios históricos han de buscarse en las ideas cambiantes de los hombres, y que, de todos los cambios históricos, los políticos son los más importantes, los que dominan toda la historia. Pero de dónde les vienen las ideas a los hombres, y cuáles son las causas impulsoras de los cambios políticos, eso no se había preguntado. Solo a la escuela más reciente de los historiógrafos franceses y, en parte, también ingleses se les había impuesto la convicción de que, al menos desde la Edad Media, la fuerza impulsora en la historia europea es la lucha de la burguesía en desarrollo con la nobleza feudal por el dominio social y político. Marx demostró ahora que toda la historia anterior es una historia de luchas de clases, que en todas las múltiples y complicadas luchas políticas se trata únicamente del dominio social y político de clases sociales, del mantenimiento del dominio por parte de las clases más viejas, de la conquista del dominio por parte de clases nuevamente ascendentes.

¿Pero por qué surgen y existen a su vez estas clases? Por las condiciones materiales, toscas y palpables, bajo las cuales la sociedad produce e intercambia sus medios de subsistencia en un momento dado. La dominación feudal de la Edad Media se basaba en la economía autosuficiente, que producía por sí misma casi todas sus necesidades y carecía casi de intercambio, de pequeñas comunidades campesinas, a las que la nobleza guerrera proporcionaba protección hacia el exterior y cohesión nacional o, al menos, política; cuando surgieron las ciudades y con ellas una industria artesanal separada y un tráfico comercial primero interior y después internacional, se desarrolló la burguesía urbana y conquistó para sí, en lucha con la nobleza, aún durante la Edad Media, su inserción como estamento igualmente privilegiado en el orden feudal. Pero con el descubrimiento de las tierras extraeuropeas a partir de mediados del siglo XV, esta burguesía obtuvo un ámbito comercial mucho más amplio y con ello un nuevo acicate para su industria; la artesanía fue desplazada en las ramas más importantes por la manufactura, ya fabril, y esta a su vez por la gran industria, posible gracias a los inventos del siglo anterior, en especial la máquina de vapor, la cual reaccionó a su vez sobre el comercio, desplazando en los países atrasados la vieja labor manual y creando en los más desarrollados los nuevos medios de comunicación actuales: barcos de vapor, ferrocarriles, telégrafos eléctricos. Así, la burguesía fue concentrando cada vez más en sus manos las riquezas sociales y el poder social, mientras durante largo tiempo permaneció excluida del poder político, que seguía en manos de la nobleza y de la monarquía apoyada en la nobleza. Pero en cierto grado — en Francia desde la gran Revolución — conquistó también este, y se convirtió a su vez en clase dominante frente al proletariado y los pequeños campesinos. Desde este punto de vista, todos los fenómenos históricos — con suficiente conocimiento de la respectiva situación económico-social, cosa que ciertamente les falta por completo a nuestros historiógrafos de oficio — se explican de la manera más sencilla, e igualmente se explican de manera muy sencilla las representaciones e ideas de cada período histórico a partir de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de dicho período, condicionadas a su vez por aquellas. Por primera vez se puso la historia sobre su base real; el hecho palpable, pero hasta entonces totalmente pasado por alto, de que los hombres, ante todo, necesitan comer, beber, habitar y vestirse, es decir, trabajar, antes de poder luchar por el dominio, cultivar la política, la religión, la filosofía, etc. — este hecho palpable alcanzó ahora por fin su derecho histórico.

Pero para la concepción socialista, esta nueva interpretación de la historia tenía la máxima importancia. Demostró que toda la historia anterior se mueve en contraposiciones de clase y luchas de clases, que siempre ha habido clases dominantes y dominadas, explotadoras y explotadas, y que la gran mayoría de los seres humanos ha estado siempre condenada al duro trabajo y al escaso disfrute. ¿Por qué? Sencillamente porque en todas las fases anteriores del desarrollo de la humanidad la producción se hallaba aún tan poco desarrollada que el desarrollo histórico solo podía realizarse bajo esta forma antagónica, que el progreso histórico, en conjunto y en lo fundamental, quedaba encomendado a la actividad de una pequeña minoría privilegiada, mientras que la gran masa permanecía condenada a producir para sí un sustento mezquino y, además, el sustento cada vez más abundante de los privilegiados. Pero la misma investigación de la historia que, de este modo, explica de manera natural y racional el dominio de clase anterior — que de otro modo solo podría explicarse por la maldad de los hombres — conduce también a la comprensión de que, como consecuencia de las tan colosalmente acrecentadas fuerzas productivas de la época actual, incluso el último pretexto para una división de los hombres en dominantes y dominados, explotadores y explotados, ha desaparecido, al menos en los países más avanzados; que la gran burguesía dominante ha cumplido su misión histórica, que ya no está a la altura de la dirección de la sociedad y se ha convertido incluso en un obstáculo para el desarrollo de la producción, como lo demuestran las crisis comerciales y, sobre todo, el último gran crac y la situación deprimida de la industria en todos los países; que la dirección histórica ha pasado al proletariado, una clase que, por toda su situación social, solo puede liberarse suprimiendo todo dominio de clase, toda servidumbre y toda explotación en general; y que las fuerzas productivas sociales, que han escapado de las manos de la burguesía, solo esperan la toma de posesión por el proletariado asociado para instaurar un estado de cosas que permita a cada miembro de la sociedad participar no solo en la creación, sino también en la distribución y administración de las riquezas sociales, y que, mediante la explotación planificada de toda la producción, acreciente las fuerzas productivas sociales y sus rendimientos de tal modo que quede asegurada, en medida siempre creciente, la satisfacción de todas las necesidades racionales de cada uno.

El segundo descubrimiento importante de Marx es la definitiva dilucidación de la relación entre capital y trabajo, en otras palabras, la demostración de cómo, dentro de la sociedad actual, en el modo de producción capitalista existente, se realiza la explotación del obrero por el capitalista. Desde que la economía política había establecido la proposición de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y de todo valor, se había vuelto inevitable la pregunta: ¿cómo es entonces compatible que el asalariado no reciba la suma íntegra del valor creado por su trabajo, sino que deba ceder una parte de ella al capitalista? Tanto los economistas burgueses como los socialistas se esforzaron en vano por dar a esta cuestión una respuesta científicamente sólida, hasta que por fin Marx presentó la solución. Esta solución es la siguiente: La

El actual modo de producción capitalista tiene por premisa la existencia
de dos clases sociales: de un lado, los capitalistas, que se hallan en posesión
de los medios de producción y de vida, y de otro, los proletarios, que,
excluidos de esa posesión, no tienen más que una sola mercancía que vender:
su fuerza de trabajo; y que, por tanto, han de vender esa fuerza de trabajo
para llegar a poseer medios de vida. El valor de una mercancía está determinado
por la cantidad de trabajo socialmente necesario materializado en su producción,
es decir, también en su reproducción; por consiguiente, el valor de la fuerza
de trabajo de un hombre medio durante un día, un mes, un año, está determinado
por la cantidad de trabajo materializado en la cantidad de medios de vida
necesaria para conservar esa fuerza de trabajo durante un día, un mes, un año.
Supongamos que los medios de vida del obrero para un día exijan seis horas
de trabajo para su producción o, lo que es lo mismo, que el trabajo contenido
en ellos represente una cantidad de trabajo de seis horas; entonces el valor
de la fuerza de trabajo para un día se expresará en una suma de dinero que
encierre en sí misma, a su vez, seis horas de trabajo. Supongamos, además,
que el capitalista que emplea a nuestro obrero le paga esa suma, es decir,
el valor íntegro de su fuerza de trabajo. Si el obrero trabaja ahora seis horas
al día para el capitalista, le habrá restituido íntegramente sus desembolsos:
seis horas de trabajo por seis horas de trabajo. Con eso, ciertamente, no
resultaría nada para el capitalista, y éste, por eso, concibe la cosa de un
modo muy distinto: yo he comprado, dice, la fuerza de trabajo de este obrero
no por seis horas, sino por todo un día, y en consecuencia hace trabajar al
obrero, según las circunstancias, 8, 10, 12, 14 y más horas, de manera
que el producto de la séptima, octava y siguientes horas es un producto de
trabajo no retribuido y va a parar, de momento, al bolsillo del capitalista.
Así, el obrero, al servicio del capitalista, no sólo reproduce el valor de su
fuerza de trabajo, que recibe como pago, sino que produce además una plusvalía,
que, apropiada de inmediato por el capitalista, se distribuye luego, con arreglo
a determinadas leyes económicas, entre toda la clase capitalista, y constituye
el fondo del que surgen la renta del suelo, el beneficio, la acumulación de
capital, en suma, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases
no trabajadoras. Con esto quedaba demostrado, empero, que la adquisición de
riquezas por los capitalistas de hoy consiste, ni más ni menos, en la apropiación
de trabajo ajeno no retribuido, exactamente igual que la de los esclavistas
o la de los señores feudales que explotaban la prestación personal, y que todas
estas formas de explotación sólo se distinguen por la distinta manera como se
apropia el trabajo no retribuido. Pero con esto se quitaba también todo
fundamento a las hipócritas frases de las clases poseedoras, según las cuales
en el orden social actual reinan el derecho y la justicia, la igualdad de
derechos y deberes y la armonía general de intereses; y la moderna sociedad
burguesa, no menos que sus predecesoras, quedaba desenmascarada como un
grandioso instituto para la explotación de la inmensa mayoría del pueblo
por una escasa y cada vez más reducida minoría.

En estos dos hechos importantes se funda el socialismo moderno, científico.
En el segundo tomo de El Capital se desarrollan más ampliamente éstos y otros
descubrimientos científicos no menos importantes del sistema social capitalista,
y con ello se someten también a una completa revolución los aspectos de la
economía política no tocados en el primer tomo. ¡Ojalá le sea permitido a Marx
entregarlo pronto a la imprenta!

Karl Marx: A la redacción de las «Otechestvennye Zapiski». Página 1.

Karl Marx
A la redacción de las «Otechestvennye Zapiski»

[Señor redactor:

El artículo «Karl Marx ante el tribunal del Sr. Zhukovski»]

El autor del artículo sobre el Sr. Zhukovski es evidentemente un hombre de
talento, y si hubiera encontrado en mi exposición de la «acumulación
originaria» un solo pasaje que apoyara sus conclusiones, lo habría citado.
A falta de tal pasaje, se ve obligado a echar mano de una digresión, de
una salida polémica contra un «belletrista» ruso, impresa en el apéndice
de la primera edición alemana de El Capital. ¿Qué reprocho yo a ese
escritor? Que ha descubierto el comunismo «ruso» no en Rusia, sino en el
libro de Haxthausen, consejero del gobierno prusiano, y que en sus manos
la comuna rusa no sirve sino de argumento para demostrar que la vieja y
putrefacta Europa debe regenerarse mediante la victoria del paneslavismo.
Mi valoración de ese escritor puede ser justa, puede ser falsa, pero en
ningún caso puede ofrecer la clave de mis opiniones sobre los esfuerzos
de «los rusos por encontrar para su patria una vía de desarrollo distinta
de la que ha seguido y sigue Europa Occidental, etc.». En el epílogo de la
segunda edición alemana de El Capital —que el autor del artículo sobre
el Sr. Zhukovski conoce, pues lo cita—, hablo de un «gran sabio y crítico
ruso», con la alta consideración que merece. Éste ha tratado en artículos
notables la cuestión de si Rusia debe empezar por destruir, como quieren
sus economistas liberales, la comuna rural para pasar al régimen capitalista,
o si, por el contrario, sin sufrir la tortura de ese régimen, puede apropiarse
todos sus frutos desarrollando sus propios datos históricos. Se pronuncia
en el sentido de esta última solución. Y mi honorable crítico habría tenido
como mínimo tanto fundamento para inferir de mi consideración hacia ese
«gran sabio y crítico ruso» que yo compartía sus puntos de vista sobre esa
cuestión, como para deducir de mi polémica contra el «belletrista» y
paneslavista ruso que los rechazaba.

Por último, como no me gusta dejar «algo que adivinar», hablaré sin
rodeos. Para poder juzgar con conocimiento de causa el desarrollo económico
de la Rusia contemporánea, aprendí el ruso y luego estudié durante largos
años las publicaciones oficiales y otras concernientes a este objeto. He
llegado a este resultado: si Rusia continúa marchando por la senda seguida
desde 1861, perderá la más hermosa ocasión que la historia haya ofrecido
jamás a un pueblo, para sufrir todas las peripecias fatales del régimen
capitalista.

El capítulo sobre la acumulación originaria no pretende sino trazar la
vía por la cual, en Europa Occidental, el orden económico capitalista ha
salido de las entrañas del orden económico feudal. Expone, pues, el
movimiento histórico que, haciendo divorciar a los productores de sus
medios de producción, convierte a los primeros en asalariados (proletarios
en el sentido moderno de la palabra) y a los detentadores de los últimos en
capitalistas. En esa historia, «toda revolución hace época que sirve de palanca
al avance de la clase capitalista en vías de formación, sobre todo aquellas
que, despojando a grandes masas de sus tradicionales medios de producción
y de existencia, las arrojan de improviso al mercado de trabajo. Pero la base
de toda esta evolución es la expropiación de los cultivadores. No se ha
consumado aún de manera radical más que en Inglaterra… Pero todos los
países de Europa Occidental recorren el mismo movimiento, etc.» (Ed.
francesa de El Capital, p. 315). Al final del capítulo, la tendencia histórica
de la producción capitalista queda reducida a esto: que ella «engendra su
propia negación con la fatalidad que preside a las metamorfosis de la
naturaleza», que ella misma ha creado los elementos de un nuevo orden
económico, dando al mismo tiempo el mayor impulso a las fuerzas productivas
del trabajo social y al desarrollo integral de todo productor individual,
y que la propiedad capitalista, que descansa de hecho ya sobre un modo
de producción colectivo, no puede menos que convertirse en propiedad
social.

No aporto aquí ninguna prueba de ello, por la sencilla razón de que esa
afirmación misma no es sino el resumen sumario de los amplios desarrollos
expuestos anteriormente en los capítulos sobre la producción capitalista.

Ahora bien, ¿qué aplicación a Rusia podía hacer mi crítico de este esbozo
histórico? Solamente ésta: si Rusia tiende a convertirse en una nación
capitalista al modo de las naciones de Europa Occidental —y en los últimos
años se ha afanado mucho en ese sentido—, no lo conseguirá sin haber
transformado previamente a una buena parte de sus campesinos en proletarios;
y, una vez traída al regazo del régimen capitalista, sufrirá sus leyes
implacables, como otros pueblos profanos. ¡Eso es todo! Pero es demasiado
poco para mi crítico. Necesita absolutamente metamorfosear mi esbozo
histórico de la génesis del capitalismo en Europa Occidental en una teoría
histórico-filosófica de la marcha general fatalmente impuesta a todos los
pueblos, sean cuales fueren las circunstancias históricas en que se encuentren
situados, para llegar finalmente a esa formación económica que, junto con
el mayor impulso de las fuerzas productivas del trabajo social, asegura el
desarrollo más integral de cada productor individual. Pero le pido perdón.
(Es hacerme al mismo tiempo demasiado honor y demasiado agravio.)
Tomemos un ejemplo. En diferentes lugares de El Capital, yo he

alude al destino que alcanzó a los plebeyos de la antigua Roma.
Eran originariamente campesinos libres que cultivaban, cada cual por su cuenta,
sus propias parcelas. En el curso de la historia romana fueron
expropiados. El mismo movimiento que los separó de sus medios de
producción y de subsistencia implicó no sólo la formación de la
gran propiedad territorial, sino también la de grandes capitales dinerarios.
Así, una buena mañana, había de un lado hombres libres, despojados de todo
salvo su fuerza de trabajo, y del otro, para explotar ese trabajo, los detentores
de todas las riquezas adquiridas. ¿Qué ocurrió? Los proletarios
romanos no se convirtieron en trabajadores asalariados, sino en un "mob" haragán,
más abyecto que los otrora "poor whites" de los países meridionales de los Estados
Unidos, y a su lado se desplegó un modo de producción no capitalista, sino
esclavista. Así, acontecimientos de una analogía sorprendente, pero que se producían
en medios históricos diferentes, condujeron a resultados
completamente dispares. Estudiando cada una de estas evoluciones por separado y
comparándolas luego, se encontrará fácilmente la clave de este fenómeno,
pero nunca se llegará a ella con la llave maestra de una teoría histórico-filosófica general
cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica.

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Karl Marx
A una Redacción

119 Dic. 1877.
41, Maitland Park
Road. N.W.

Estimada Redacción:

Adjunto una carta que he recibido de Breslau para hacerla llegar a ustedes.
El remitente, Horovitz, me es desconocido, pero me escribe que
es miembro de la sección de Breslau del Partido Socialdemócrata.
Con un cordial saludo
Karl Marx

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