Por fin también en Italia el movimiento socialista se ha asentado sobre terreno firme y promete un rápido y victorioso desarrollo. Pero para que los lectores comprendan plenamente el cambio que se ha operado, tenemos que remontarnos a la historia del origen del socialismo italiano.

Los comienzos del movimiento en Italia se remontan a las influencias bakuninistas. Mientras entre las masas trabajadoras predominaba un odio de clase apasionado pero sumamente confuso contra sus explotadores, un tropel de jóvenes abogados, doctores, literatos, escribientes, etc., bajo el mando personal de Bakunin, se apoderó de la dirección en todos los lugares donde surgió un elemento obrero revolucionario. Todos ellos eran miembros, en diversos grados de iniciación, de la secreta “Alianza” bakuninista, que tenía por objeto someter todo el movimiento obrero europeo a su dirección y adjudicarse así fraudulentamente el dominio, para la secta bakuninista, en la revolución social venidera. Los detalles al respecto se encuentran extensamente expuestos en el escrito: “Un complot contra la Internacional” (Brunswick, editorial Bracke).

Mientras el movimiento se hallaba aún en proceso de formación entre los propios obreros, esto marchaba espléndidamente. Las disparatadas frases revolucionarias bakuninistas despertaban por doquier los aplausos deseados; incluso los elementos procedentes de los anteriores movimientos político-revolucionarios fueron arrastrados por la corriente, y, junto a España, Italia se convirtió, según la propia expresión de Bakunin, en «el país más revolucionario de Europa». Revolucionario en el sentido del mucho griterío y la poca lana. En contraposición a la lucha esencialmente política que había hecho grande y poderosa al movimiento obrero inglés, después al francés y por último al alemán, aquí toda actividad política era condenada porque entrañaba el reconocimiento del “Estado”, y “el Estado” era la encarnación de todo mal. En consecuencia: prohibición de formar un partido obrero; prohibición de conquistar cualquier medida protectora contra la explotación, tal como la jornada normal de trabajo, la limitación del trabajo de las mujeres y los niños; prohibición, sobre todo, de participar en todas las elecciones. En cambio, mandato de agitación, organización y conspiración para la revolución futura, la cual, tan pronto como cayese llovida del cielo, había de ser llevada a cabo sin ningún gobierno provisional, mediante la destrucción completa de todas las instituciones estatales y de cuantas recordaran al Estado, por la mera iniciativa de las masas trabajadoras (dirigida secretamente por la Alianza)… «¡pero no me preguntéis cómo!».

Mientras el movimiento, como queda dicho, se hallaba en su infancia, todo esto atraía magníficamente. La gran mayoría de las ciudades italianas siguen todavía bastante al margen del comercio mundial, que sólo conocen en la forma del turismo. Estas ciudades abastecen a los campesinos de los alrededores con productos artesanales y sirven de intermediarias para la venta de los productos agrícolas en círculos más amplios; además, en ellas reside la nobleza terrateniente y consume allí sus rentas; por último, los numerosos extranjeros traen a ellas su dinero. En estas ciudades, los elementos proletarios son poco numerosos y aún menos desarrollados; a lo que se suma una fuerte mezcla de gentes sin ocupación regular o permanente, como las que favorecen el turismo y el clima templado. Aquí, la frase altamente revolucionaria, que en voz baja quizá cuchicheaba sobre puñal y veneno, encontró primero un terreno fértil. Pero Italia tiene también ciudades industriales, sobre todo en el Norte, y tan pronto como el movimiento arraigó entre las masas proletarias propiamente dichas de esas ciudades, un alimento tan nebuloso ya no pudo bastar, y esos obreros tampoco podían tolerar a la larga que los tutelasen aquellos jóvenes burgueses fracasados que se habían lanzado al socialismo porque, en palabras de Bakunin, se hallaban en una «carrera sin salida».

Así sucedió. El descontento de los obreros de la Alta Italia con la prohibición de toda actividad política, es decir, de toda actividad real que fuese más allá de la charlatanería vacía y de las patrañas conspirativas, crecía día a día. Los triunfos electorales alemanes de 1874 y sus consecuencias, que condujeron a la unión de los socialistas alemanes, no quedaron desconocidos tampoco en Italia. Los elementos procedentes del viejo movimiento republicano, que sólo a disgusto se habían plegado al griterío «anárquico», encontraban cada vez más ocasión de subrayar la necesidad de la lucha política y daban expresión a la oposición que despertaba en el periódico «La Plebe». Este semanario, republicano en los primeros años de su existencia, no tardó en sumarse al movimiento socialista, manteniéndose al margen de toda secta «anárquica» todo el tiempo posible. Cuando por fin en la Alta Italia las masas obreras desbordaron a sus entrometidos líderes y pusieron un movimiento real en lugar de uno fantástico, se les ofreció en «La Plebe» un órgano dispuesto, que de vez en cuando se dejaba oír con alusiones heréticas acerca de la necesidad de la lucha política.

Si Bakunin hubiera seguido con vida, habría combatido esta herejía en su manera acostumbrada. Habría achacado a los hombres de «La Plebe» «autoritarismo», ansia de dominio, ambición, etc., habría elevado contra ellos toda clase de mezquinas quejas personales y lo habría hecho repetir una y otra vez por todos los órganos de la «Alianza» en Suiza, Italia y España. Sólo en segundo término habría demostrado luego que todos estos crímenes no eran sino consecuencias inevitables de aquel pecado original, la herejía del reconocimiento de la acción política; pues la acción política sería reconocimiento del Estado, y el Estado, la encarnación del autoritarismo, del dominio, y, por consiguiente, todo aquel que quiera la acción política de la clase obrera, tiene que querer, en consecuencia lógica, el dominio político para sí mismo, por tanto, es un enemigo de la clase obrera: ¡apedreadle! En este método, aprendido del difunto Maximilien Robespierre, poseía Bakunin una gran habilidad, sólo que lo aplicaba de manera demasiado regular y demasiado monótona. Y sin embargo, este método era el único que, al menos, prometía un éxito momentáneo.

Pero Bakunin había muerto, y con ello el secreto gobierno mundial había pasado a manos del señor James Guillaume, de Neuchâtel, en Suiza. Al hombre de mundo, baqueteado en muchas aguas, lo sustituyó un pedante de espíritu estrecho, que aplicaba el fanatismo del calvinista suizo a la doctrina de la anarquía. La verdadera fe debía imponerse a toda costa, y el limitado maestro de escuela de Neuchâtel debía ser reconocido sin discusión como el Papa de esta verdadera fe. El «Boletín de la Federación del Jura» —que cuenta, según su propia declaración, con apenas 200 miembros frente a los 5.000 de la Federación Obrera Suiza— fue nombrado gaceta oficial de la secta y empezó simplemente a «regañar» a los que flaqueaban en la fe. Pero los obreros lombardos, que se habían constituido como «Federación de la Alta Italia», ya no estaban dispuestos a aguantar esas amonestaciones. Y cuando el otoño pasado el Boletín del Jura se atrevió a querer ordenar a «La Plebe» que suprimiese a un corresponsal de París mal visto por el señor Guillaume, la amistad se acabó. El Boletín prosiguió con sus anatemas contra «La Plebe» y los de la Alta Italia. Pero éstos sabían ya a qué atenerse; sabían que detrás de la prédica de la anarquía y de la autocracia se ocultaba la pretensión de unos pocos intrigantes de dirigir dictatorialmente todo el movimiento obrero. «Cuatro pequeñas y muy tranquilas líneas de observación han hecho montar en cólera al Boletín del Jura, y éste hace como si nosotros nos enfureciéramos contra él, cuando lo único que ha hecho es edificarnos. En verdad, habría que ser muy infantil para picar en el anzuelo de gentes que, enfermas de envidia, llaman a todas las puertas para mendigar, mediante la calumnia, un poco de maldad contra nosotros y los nuestros. — La mano que desde hace tiempo ronda, sembrando cizaña y discordia, es bastante conocida como para que sus maquinaciones jesuíticas (lojolescas) puedan engañar aún.» («La Plebe», 21 de enero de 1877.) Y en el número del 26 de febrero se califica a esas mismas gentes de «unas cuantas cabezas limitadas anárquicas y —contradicción monstruosa— al mismo tiempo dictatoriales»; la mejor prueba de que estos señores en Milán están completamente desenmascarados y ya no causarán allí ningún otro perjuicio.

Las elecciones alemanas del 10 de enero y, ligado a ellas, el viraje en el movimiento belga —la supresión de la anterior política de abstención política y su sustitución por la agitación en pro del sufragio universal y de una ley de fábricas— dieron el resto. El 17 y 18 de febrero la Federación de la Alta Italia celebró su Congreso en Milán. Las resoluciones se abstienen de toda hostilidad innecesaria e inoportuna contra los grupos bakuninistas de la Internacional italiana. Declaran también la disposición a participar en el Congreso convocado en Bruselas, que ha de intentar una unión de las distintas fracciones del movimiento obrero europeo. Pero al mismo tiempo formulan con la mayor precisión tres puntos que son de la más decidida importancia para el movimiento italiano:

1) Que para promover el movimiento hay que emplear todos los medios que se ofrezcan — por tanto, también los medios políticos;
2) Que los obreros socialistas tienen que constituirse como un partido socialista, independiente de cualquier otro partido político o religioso, y
3) Que la Federación de la Alta Italia, bajo reserva de su propia autonomía y sobre la base de los estatutos originarios de la Internacional, se considera miembro de esa gran asociación, y ello con independencia de todas las demás federaciones italianas, a las cuales, no obstante, seguirá dando, como hasta ahora, pruebas de su solidaridad.

Por tanto: lucha política, organización como partido político y separación de los anarquistas. Con estas resoluciones, la Federación de la Alta Italia se ha desligado definitivamente de la secta bakuninista y se ha situado en el terreno común del gran movimiento obrero europeo. Y como abarca la parte más industrial de Italia —Lombardía, Piamonte, Véneto— no pueden faltarle los éxitos. Frente a la aplicación de los mismos medios racionales de agitación, probados por la experiencia de todos los demás países, los tejemanejes de los curanderos bakuninistas pondrán de manifiesto con harta rapidez su impotencia, y el proletariado italiano, también en el sur del país, se sacudirá pronto el yugo de unas gentes que derivan su vocación de dirección del movimiento obrero de su condición de burgueses venidos a menos.