Karl Marx

Crítica del Programa de Gotha

[Carta a Wilhelm Bracke]

Londres, 5 de mayo del 75

Estimado Bracke.

Las siguientes glosas críticas marginales al programa de coalición tenga la bondad, después de leerlas, de comunicarlas para su conocimiento a Geib y Auer, Bebel y Liebknecht. Notabene. El manuscrito debe volver a sus manos, a fin de que, en caso necesario, esté a mi disposición. Estoy sobrecargado de trabajo y ya tengo que exceder con mucho la medida de trabajo que me ha prescrito el médico. Por consiguiente, no ha sido para mí ningún «placer» escribir un mamotreto tan largo. Pero era necesario, para que más tarde los pasos que yo haya de dar no sean malinterpretados por los amigos del partido a quienes va destinada esta comunicación.

Pues, después de celebrado el congreso de coalición, Engels y yo publicaremos una breve declaración en el sentido de que nos mantenemos totalmente al margen de dicho programa de principios y de que nada tenemos que ver con él.

Esto es indispensable, pues en el extranjero se alberga, alimentada con el mayor esmero por los enemigos del partido, la opinión — opinión completamente errónea — de que nosotros dirigimos en secreto desde aquí el movimiento del llamado partido de Eisenach. Todavía en un escrito ruso aparecido recientemente, Bakunin me hace responsable, por ejemplo, no sólo de todos los programas, etc., de ese partido, sino incluso de cada paso que Liebknecht ha dado desde el día en que empezó a cooperar con el Partido Popular.

Aparte de eso, es mi deber no reconocer, ni siquiera con un silencio diplomático, un programa que, según mi convicción, es absolutamente reprobable y desmoralizador para el partido.

Cada paso de movimiento real es más importante que una docena de programas. Así pues, si no se podía — y las circunstancias del momento no lo permitían — ir más allá del programa de Eisenach, lo que se debía haber hecho era sencillamente concertar un acuerdo para la acción contra el enemigo común. Pero si se hacen programas de principios (en lugar de aplazarlo hasta el momento en que tales cosas hayan sido preparadas por una actividad común más prolongada), se erigen ante el mundo entero hitos por los cuales se mide la altura del movimiento del partido.

Los jefes de los lassalleanos acudieron porque las circunstancias les obligaron a ello. Si se les hubiera declarado desde el primer momento que no se entraba en ningún chalaneo de principios, habrían tenido que contentarse con un programa de acción o un plan de organización para la acción común. En vez de eso, se les permite presentarse armados con mandatos y, por nuestra parte, se reconocen esos mandatos como vinculantes, entregándose así a merced de los necesitados de auxilio. Para coronar la cosa, ellos celebran otra vez un congreso antes del congreso de compromiso, mientras que el propio partido celebra su congreso post festum. Evidentemente, se quería escamotear toda crítica y no dejar que el propio partido entrase en reflexión. Se sabe que el simple hecho de la unificación satisface a los obreros, pero se equivoca quien crea que este éxito momentáneo no se ha comprado demasiado caro.

Por lo demás, el programa no vale nada, aun prescindiendo de la canonización de los artículos de fe lassalleanos.

Le enviaré próximamente los últimos fascículos de la edición francesa de El Capital. La continuación de la imprenta estuvo paralizada durante mucho tiempo por una prohibición del gobierno francés. Esta semana, o a principios de la próxima, la cosa estará terminada. ¿Ha recibido usted los 6 fascículos anteriores? Tenga la bondad de escribirme también la dirección de Bernhard Becker, a quien también he de enviar los últimos fascículos.

La librería del Volksstaat tiene sus propias maneras. Así, por ejemplo, hasta este momento no se me ha hecho llegar ni un solo ejemplar de la reimpresión del proceso de los comunistas de Colonia.

Con el mejor saludo,
suyo, Karl Marx

Karl Marx: Crítica del Programa de Gotha. Página 1.

Glosas marginales al:
Programa del Partido Obrero Alemán.

I.

1) «El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura, y como el trabajo útil sólo es posible en la sociedad y por la sociedad, el producto del trabajo pertenece íntegramente, por igual derecho, a todos los miembros de la sociedad.» Primera parte del párrafo: «El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura».

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es fuente de los valores de uso (¡y de ellos se compone ciertamente la riqueza material!), tanto como el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo humana.

Esa frase se encuentra en todas las cartillas infantiles y es correcta en la medida en que se sobreentiende que el trabajo opera con los objetos y medios correspondientes. Pero un programa socialista no debe permitir que tales locuciones burguesas silencien las condiciones que son las únicas que les confieren un sentido. Sólo en la medida en que el hombre se comporta desde un principio como propietario ante la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como si le perteneciera, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, también de riqueza. Los burgueses tienen muy buenas razones para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural; pues precisamente de la condicionalidad natural del trabajo se desprende que el hombre que no posee otra propiedad que su fuerza de trabajo tiene que ser, en todas las condiciones sociales y culturales, esclavo de los otros hombres que se han erigido en propietarios de las condiciones objetivas de trabajo. Sólo puede trabajar con permiso de éstos, es decir, sólo puede vivir con su permiso.

Dejemos ahora la frase tal como está, o mejor dicho, tal como cojea. ¿Qué conclusión se habría esperado? Evidentemente ésta: «Puesto que el trabajo es la fuente de toda riqueza, nadie en la sociedad puede apropiarse riqueza sino como producto del trabajo. Por consiguiente, si él mismo no trabaja, vive del trabajo ajeno y también se apropia su cultura a costa del trabajo ajeno.»

En lugar de esto, mediante una cláusula retorcida se añade un segundo enunciado para sacar de él, no del primero, una conclusión.

Segunda parte del párrafo.
«El trabajo útil sólo es posible en la sociedad y por la sociedad.»

Según la primera frase, el trabajo era la fuente de toda riqueza y de toda cultura, por lo que tampoco era posible sociedad alguna sin trabajo. Ahora nos enteramos, a la inversa, de que ningún trabajo «útil» es posible sin sociedad.

Con igual razón se podría haber dicho que sólo en la sociedad el trabajo inútil e incluso perjudicial para la comunidad puede convertirse en una rama de actividad lucrativa, que sólo en la sociedad se puede vivir del ocio, etc., etc., en una palabra, se podría haber copiado todo Rousseau.

Y ¿qué es trabajo «útil»? Pues sólo el trabajo que produce el efecto útil al que se aspira. Un salvaje — y el hombre es un salvaje después que ha dejado de ser mono — que abate un animal con una piedra, que recolecta frutos, etc., realiza trabajo «útil».

Tercero: La conclusión: «Y como el trabajo útil sólo es posible en la sociedad y por la sociedad, el producto del trabajo pertenece íntegramente, por igual derecho, a todos los miembros de la sociedad.»

¡Bonita conclusión! Si el trabajo útil sólo es posible en la sociedad y por la sociedad, el producto del trabajo pertenece a la sociedad — y al obrero individual sólo le corresponde de él tanto cuanto no sea necesario para mantener la «condición» del trabajo, la sociedad.

En efecto, este principio ha sido afirmado en todas las épocas por los paladines del estado social de cada momento. Primero vienen las pretensiones del gobierno, con todo lo que a él se adhiere, pues es el órgano social encargado de mantener el orden social; luego vienen las pretensiones de las distintas clases de propietarios privados, pues las distintas clases de propiedad privada son los fundamentos de la sociedad, etc. Como se ve, se pueden manejar y retorcer a gusto esas frases huecas.

La primera y la segunda parte del párrafo sólo tienen un nexo racional en esta redacción: «El trabajo se convierte en fuente de riqueza y de cultura sólo como trabajo social», o, lo que es lo mismo, «en y por la sociedad».

Esta proposición es indiscutiblemente cierta, pues aunque el trabajo aislado (supuestas sus condiciones materiales) pueda crear valores de uso, no puede crear ni riqueza ni cultura.

Pero igualmente indiscutible es esta otra proposición:

«A medida que el trabajo se desarrolla socialmente y, con ello, se convierte en fuente de riqueza y cultura, se desarrollan también la pobreza y el desamparo en el lado del trabajador, y la riqueza y la cultura en el lado del no trabajador.»

Ésta es la ley de toda la historia habida hasta hoy. Por tanto, en vez de hacer frases generales sobre «el trabajo» y «la sociedad», lo que aquí había que demostrar de manera precisa era cómo, en la actual sociedad capitalista, se han creado por fin las condiciones materiales, etc., que capacitan y obligan a los obreros a romper esa maldición histórica.

Pero, en realidad, todo este párrafo, fallido estilística y conceptualmente, sólo está ahí para inscribir la consigna lassalleana del «producto íntegro del trabajo» como divisa en la punta de la bandera del partido. Más adelante volveré sobre el «producto del trabajo», «el derecho igual», etc., pues la misma cosa reaparece en forma algo distinta.

2) «En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de la clase capitalista; la dependencia de la clase obrera, condicionada por ello, es la causa de la miseria y de la servidumbre en todas sus formas.»

Tomada del Estatuto internacional, esta frase, en esta edición «mejorada», es falsa.

En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de los terratenientes (el monopolio de la propiedad territorial es incluso la base del monopolio del capital) y de los capitalistas. El Estatuto internacional, en el pasaje correspondiente, no nombra ni a una ni a otra clase de monopolistas. Habla del «monopolio de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida»; el añadido «fuentes de vida» muestra suficientemente que el suelo y la tierra están incluidos en los medios de trabajo.

La corrección fue introducida porque Lassalle, por razones ahora generalmente conocidas, sólo atacaba a la clase capitalista, no a los terratenientes. En Inglaterra, el capitalista ni siquiera es, la mayoría de las veces, propietario del suelo sobre el que se alza su fábrica.

3) «La liberación del trabajo exige la elevación de los medios de trabajo a bien común de la sociedad y la regulación cooperativa del trabajo colectivo con una distribución justa del producto del trabajo.»

«¡Elevación de los medios de trabajo a bien común!» Querrá decir, sin duda, su «transformación en bien común». Pero esto sea dicho de paso.

¿Qué es «producto del trabajo»? ¿El producto del trabajo o su valor? Y en este último caso, ¿el valor total del producto o sólo la parte de valor que el trabajo ha añadido nuevamente al valor de los medios de producción consumidos?

«Producto del trabajo» es una representación vaga que Lassalle ha puesto en lugar de conceptos económicos determinados.

¿Qué es distribución «justa»?

¿No afirman los burgueses que la distribución actual es «justa»?  
¿Y no es, en realidad, la única distribución «justa» sobre la base del modo de producción actual? ¿Se regulan las relaciones económicas mediante conceptos jurídicos, o no nacen, a la inversa, las relaciones jurídicas de las económicas? ¿No se han formado también los sectarios socialistas las más diversas representaciones acerca de una distribución «justa»?

Para saber lo que hay que imaginarse en esta ocasión bajo la frase «distribución justa», tenemos que relacionar el primer párrafo con éste. Este último supone una sociedad en la que «los medios de trabajo son bien común y el trabajo colectivo está regulado cooperativamente», y del primer párrafo inferimos que «el producto del trabajo pertenece íntegro, con igual derecho, a todos los miembros de la sociedad».

¿«A todos los miembros de la sociedad»? ¿También a los que no trabajan? ¿Dónde queda entonces «el producto íntegro del trabajo»? ¿Sólo a los miembros de la sociedad que trabajan? ¿Dónde queda entonces «el igual derecho» de todos los miembros de la sociedad?

Pero «todos los miembros de la sociedad» y «el igual derecho» son manifiestamente meras frases. El núcleo consiste en que, en esta sociedad comunista, cada obrero debe recibir su «producto íntegro del trabajo» lassalleano. 

|[6]| Tomemos, ante todo, la palabra «producto del trabajo» en el sentido del producto del trabajo; entonces, el producto cooperativo del trabajo es el producto social total.

De él hay que deducir ahora:

Primero: una parte para reposición de los medios de producción consumidos;

Segundo: una parte adicional para la ampliación de la producción;

Tercero: un fondo de reserva o de seguro contra accidentes, perturbaciones por fenómenos naturales, etc.

Estas deducciones del «producto íntegro del trabajo» son una necesidad económica y su magnitud ha de determinarse según los medios y las fuerzas disponibles, en parte mediante el cálculo de probabilidades, pero de ningún modo pueden calcularse a partir de la justicia.

Queda la otra parte del producto total, destinada a servir como medios de consumo.

Antes de que se proceda al reparto individual, se deducen de ella nuevamente:

Primero: los costos generales de administración, no directamente pertenecientes a la producción.

Esta parte se limita desde un principio, de modo muy considerable, en comparación con la sociedad actual, y disminuye en la misma medida en que se desarrolla la nueva sociedad.

Segundo: lo que se destina a la satisfacción colectiva de necesidades, como escuelas, instituciones sanitarias, etc.

Esta parte aumenta desde un principio de modo considerable en comparación con la sociedad actual, y crece en la misma medida en que se desarrolla la nueva sociedad.

Tercero: fondos para los incapacitados para el trabajo, etc., en una palabra, para lo que hoy corresponde a la llamada beneficencia oficial.

Sólo ahora llegamos a la «distribución» que el programa, bajo la influencia de Lassalle, considera de manera estrecha y única, a saber, la parte de los medios de consumo que se reparte entre los productores individuales de la cooperativa.

El «producto íntegro del trabajo» se ha transformado ya subrepticiamente en «producto mermado», aunque lo que se le sustrae al productor en su calidad de individuo privado le beneficia, directa o indirectamente, en su calidad de miembro de la sociedad.

Así como ha desaparecido la frase del «producto íntegro del trabajo», ahora desaparece en absoluto la frase del «producto del trabajo».

Dentro de la sociedad cooperativa, basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no intercambian sus productos; del mismo modo, el trabajo gastado en los productos no aparece aquí como valor de estos productos, como una propiedad material suya, puesto que ahora, a diferencia de la sociedad capitalista, los trabajos individuales ya no existen de manera indirecta, sino de modo inmediato, como partes integrantes del trabajo colectivo. La palabra «producto del trabajo», reprobable hoy día por su ambigüedad, pierde así todo sentido.

Con lo que aquí tenemos que habérnoslas es con una sociedad comunista, no tal como se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, tal como acaba de surgir de la sociedad capitalista; por tanto, en todos los aspectos, económico, moral, espiritual, se halla aún lastrada con las marcas de nacimiento de la vieja ||[7]| sociedad, de cuyas entrañas procede.

En consonancia con esto, el productor individual recibe — después de las deducciones — exactamente lo que él le ha dado. Lo que él le ha dado es su cantidad individual de trabajo. Por ejemplo, la jornada social de trabajo se compone de la suma de las horas individuales de trabajo. El tiempo individual de trabajo del productor singular es la parte de la jornada social de trabajo que él ha aportado, su participación en ella. Recibe de la sociedad un certificado acreditativo de que ha suministrado tal y tal cantidad de trabajo (previa deducción de su trabajo para los fondos comunes), y con ese certificado retira de los depósitos sociales de medios de consumo lo que cuesta una cantidad igual de trabajo. La misma cantidad de trabajo que él ha entregado a la sociedad en una forma, la recibe de vuelta en otra forma.

Aquí impera manifiestamente el mismo principio que regula el intercambio de mercancías, en la medida en que éste es intercambio de equivalentes. Contenido y forma han cambiado, porque, en las circunstancias modificadas, nadie puede dar sino su trabajo y, por otra parte, nada puede pasar a propiedad de los individuos a no ser medios individuales de consumo. Pero, en lo tocante a la distribución de éstos entre los productores individuales, impera el mismo principio que en el intercambio de equivalentes mercantiles: se intercambia una cantidad igual de trabajo en una forma por una cantidad igual de trabajo en otra forma.

El igual derecho sigue siendo aquí, por tanto, según el principio — el derecho burgués, aunque principio y práctica ya no se contradicen, mientras que el intercambio de equivalentes en el intercambio de mercancías sólo existe en promedio, no para el caso singular.

A pesar de este progreso, este igual derecho sigue perpetuamente lastrado por su limitación burguesa. El derecho de los productores es proporcional a sus aportaciones de trabajo; la igualdad consiste en que se mide por un rasero igual, el trabajo. Pero un individuo es física o intelectualmente superior a otro, rinde, pues, más trabajo en el mismo tiempo o puede trabajar durante más tiempo; y el trabajo, para servir de medida, ha de determinarse por su duración o por su intensidad; de lo contrario, dejaría de ser un rasero. Este igual derecho es un derecho desigual para trabajo desigual. No reconoce diferencias de clase, porque todo el mundo es sólo un obrero como cualquier otro, pero tácitamente reconoce la desigual dotación individual y, por tanto, la desigual capacidad de rendimiento de los obreros como privilegios naturales. Es, por tanto, un derecho de la desigualdad, según su contenido, como todo derecho. El derecho, por su naturaleza, no puede consistir más que en la aplicación de un rasero igual; pero los individuos desiguales (y no serían individuos distintos si no fuesen desiguales) sólo pueden medirse por un rasero igual en la medida en que se los coloca bajo un mismo punto de vista, se los toma desde un solo ángulo determinado, por ejemplo, en el caso dado, se los considera sólo como obreros y nada más se ve en ellos, prescindiendo de todo lo demás.

Además: un obrero está casado, otro no; uno tiene más hijos que el ||[8]| otro, etc., etc. Con igual rendimiento de trabajo y, por tanto, igual participación en el fondo social de consumo, uno recibe, de hecho, más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho, en lugar de ser igual, tendría que ser desigual.

Pero estos inconvenientes son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal como acaba de salir de la sociedad capitalista tras los largos dolores del parto. El derecho no puede ser nunca superior a la configuración económica ni al desarrollo cultural por ella condicionado.

En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la supeditación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella también la contraposición entre trabajo intelectual y trabajo manual; cuando el trabajo no sea sólo un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo integral de los individuos, hayan crecido también sus fuerzas productivas y broten con mayor abundancia todos los manantiales de la riqueza cooperativa, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá inscribir en sus banderas: ¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!

He entrado tan prolijamente en el «producto íntegro del trabajo», por un lado, y en «el igual derecho» y «la distribución justa», por otro, para mostrar cuán gravemente se delinque cuando, de un lado, se quieren imponer otra vez a nuestro partido como dogmas concepciones que en cierto momento tuvieron un sentido, pero que ahora se han convertido en frases rancias, y, de otro lado, se desfigura la concepción realista que el partido ha adquirido con tanto esfuerzo, pero que ha echado raíces en él, mediante patrañas ideológicas sobre el derecho y otras, tan familiares a los demócratas y a los socialistas franceses.

Aparte de lo desarrollado hasta aquí, era, en general, erróneo hacer del quid de la llamada distribución el punto esencial y poner en ella el acento principal.

La distribución de los medios de consumo en cada momento es sólo la consecuencia de la distribución de las condiciones mismas de la producción; y esta última distribución es un carácter del modo de producción mismo. El modo capitalista de producción, por ejemplo, se basa en que las condiciones materiales de la producción están asignadas a los no obreros bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras que la masa sólo es propietaria de la condición personal de la producción, de la fuerza de trabajo. Una vez distribuidos así los elementos de la producción, se deriva por sí misma la distribución actual de los medios de consumo. Si las condiciones materiales de la producción son propiedad cooperativa de los obreros mismos, se deriva igualmente una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y, a su vez, una parte de la democracia) ha heredado de los economistas burgueses el considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por consiguiente, presentar el socialismo como girando principalmente en torno a la distribución. Después de que la relación real ha quedado aclarada desde hace mucho tiempo, ¿por qué volver atrás? 

|[9]| 4) «La liberación del *trabajo* debe ser obra de la clase obrera, frente a la cual todas las demás clases son sólo una masa reaccionaria.»

La primera estrofa está tomada de las palabras introductorias de los Estatutos de la Internacional, pero «mejorada». Allí se dice: «La liberación de la *clase obrera* debe ser obra de los obreros mismos»; aquí, en cambio, «la clase obrera» debe liberar — ¿a qué? «al trabajo». Quien pueda entender, que entienda.

A modo de compensación, la segunda estrofa es, en cambio, una cita de Lassalle de la más pura cepa.

«frente a la cual (frente a la clase obrera) todas las demás clases forman sólo una *masa reaccionaria*.»

En el *Manifiesto Comunista* se dice:

De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía,
sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás
clases degeneran y perecen con la gran industria; el proletariado
es su producto más propio.

La burguesía está concebida aquí como clase revolucionaria —como portadora
de la gran industria— frente a los feudales y a las capas medias, que pretenden mantener todas las posiciones sociales que son creación de modos de producción caducos.
Ellas, pues, no forman, junto con la burguesía, una sola masa reaccionaria.

Por otra parte, el proletariado es revolucionario frente a la burguesía
porque, habiendo surgido él mismo sobre la base de la gran industria, aspira a despojar
a la producción del carácter capitalista que la burguesía se empeña en perpetuar. Pero el Manifiesto añade: que las "capas
medias ... se vuelven revolucionarias... en vista de su próximo
pasaje al proletariado".

Desde este punto de vista, pues, es otra vez un disparate que, "junto
con la burguesía" y encima frente a los feudales, ellas formen frente a la clase obrera
"sólo una masa reaccionaria".

¿Acaso en las últimas elecciones se les ha gritado a los artesanos, pequeños industriales, etc.,
y a los campesinos: frente a nosotros, vosotros formáis con burgueses y feudales
sólo una masa reaccionaria?

Lassalle sabía de memoria el Manifiesto Comunista, como sus

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fieles las escrituras sagradas por él compuestas. Si, pues, lo falseó
de modo tan grosero, fue sólo para embellecer su alianza con los adversarios absolutistas y
feudales en contra de la burguesía.

En el párrafo anterior se trae ahora además su sentencia sabia traída por los pelos
y sin conexión alguna con la cita manoseada
del Estatuto de la Internacional. Aquí es, pues, simplemente una impertinencia,
y por cierto en modo alguno desagradable al señor Bismarck, una de esas baratas groserías
de las que hace gala el Marat berlinés.

5) "La clase obrera actúa por su liberación primeramente dentro del marco
del actual Estado nacional, consciente de que el resultado necesario de
su aspiración, que es común a los trabajadores de todos los países civilizados, será
la confraternización internacional de los pueblos."

Lassalle, en oposición al Manifiesto Comunista y a todo
el socialismo anterior, había concebido el movimiento obrero desde el más estrecho punto de vista nacional.
¡Se lo sigue en esto — y ello después de la actuación de la Internacional!

Se entiende de suyo que, para poder luchar,
la clase obrera debe organizarse en su propia casa como clase, y que
el país es el escenario inmediato||[10]|| de su lucha. En esa medida, su
lucha de clases es nacional, no en el contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista,
"en la forma".

Pero el "marco del actual Estado nacional", por ejemplo, del Imperio
alemán, se halla a su vez, económicamente, en el "marco del mercado mundial",
políticamente "en el marco del sistema de Estados". El primer comerciante que llega
sabe que el comercio alemán es a la vez comercio exterior, y
la grandeza del señor Bismarck consiste justamente en su tipo de política internacional.

¿Y a qué reduce la socialdemocracia alemana su internacionalismo?
A la conciencia de que el resultado de su aspiración "será la
confraternización internacional de los pueblos" — una frase tomada de la Liga burguesa de la libertad
y la paz, que se pretende hacer pasar como equivalente de la
confraternización internacional de las clases obreras en la lucha común
contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡Ni una palabra, pues, de las funciones
internacionales de la clase obrera alemana! ¡Y
así se quiere hacer frente a su propia burguesía, ya confraternizada contra ella con los burgueses de todos los demás países,
y a la política conspirativa internacional del señor Bismarck!

En realidad, la confesión internacionalista del programa está aún
infinitamente por debajo de la del partido librecambista. También éste sostiene que
el resultado de su aspiración es "la confraternización internacional de los pueblos".
Pero también hace algo para hacer que el comercio sea internacional, y de ningún modo
se contenta

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con la conciencia — de que todos los pueblos practican el comercio en su propia casa.

La actividad internacional de las clases obreras no depende en modo alguno
de la existencia de la "Asociación Internacional de los Trabajadores". Ésta fue sólo
el primer intento de crear un órgano central para aquella actividad; un intento, que por el impulso que dio tuvo éxito duradero, pero que,
en su primera forma histórica, tras la caída de la Comuna de París,
ya no era realizable por más tiempo.

La "Norddeutsche" de Bismarck tenía toda la razón cuando, para
satisfacción de su maestro, anunciaba que la socialdemocracia alemana
había abjurado del internacionalismo en el nuevo programa.

II.

"Partiendo de estos principios, la socialdemocracia alemana aspira
por todos los medios legales al Estado libre — y — a la sociedad socialista:
la abolición del sistema del salario con la ley de bronce
del salario — y — de la explotación en todas sus formas; la eliminación de toda
desigualdad social y política."

Sobre el Estado "libre" volveré más tarde.

¡Así pues, en el futuro la socialdemocracia alemana ha de creer en la "ley de bronce
del salario" de Lassalle! Para que no se pierda, se comete el
disparate de hablar de "abolición del sistema del salario (debería decirse: sistema del
trabajo asalariado) con la ley de bronce del salario". Si suprimo
el trabajo asalariado, suprimo también, naturalmente, sus leyes, sean de "bronce"
o esponjosas. Pero el combate de Lassalle contra el trabajo asalariado giraba
casi exclusivamente en torno a esta pretendida ley. Por consiguiente, para demostrar que la secta lassalleana ha vencido, hay que abolir
el "sistema del salario con la ley de bronce del salario",
y no sin ella.

||[11]|| De la "ley de bronce del salario" no pertenece a Lassalle, como es sabido, más
que la palabra "bronce", tomada de las "leyes eternas, de bronce, grandiosas" de Goethe.
La palabra bronce es su rúbrica, por la que los ortodoxos
se reconocen. Pero si tomo la ley con el sello de Lassalle, y por tanto en su
sentido, tengo que tomarla también con su fundamentación. ¿Y cuál
es ésta? Como ya mostró Lange poco después de la muerte de Lassalle: la teoría de la población de Malthus (predicada por el propio Lange). Pero si ésta es correcta,
no puedo suprimir la ley aunque suprima cien veces
el trabajo asalariado, porque la ley domina entonces no sólo el sistema del trabajo
asalariado, sino todo sistema social. Basándose precisamente en esto,
los economistas han demostrado desde hace cincuenta años y más

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que el socialismo no puede suprimir la miseria fundada en la naturaleza, sino sólo
generalizarla, distribuirla por igual sobre toda la superficie de la sociedad.

Pero todo esto no es lo principal. Prescindiendo por completo de la falsa
formulación lassalleana de la ley, el retroceso verdaderamente indignante
consiste en lo siguiente:

Desde la muerte de Lassalle se ha abierto paso en nuestro partido la intelección científica
de que

el salario no es lo que parece ser, a saber, el
valor, o respectivamente el precio, del trabajo, sino sólo una forma enmascarada del
valor, o respectivamente del precio, de la fuerza de trabajo. Con ello, toda la anterior concepción burguesa del salario, así como toda la crítica anterior dirigida
contra ella, quedó echada por tierra de una vez por todas y se puso en claro
que el asalariado sólo tiene permiso para trabajar
por su propia vida, es decir, para vivir, en la medida en que trabaja cierto tiempo
gratis para el capitalista (y por tanto también para sus copartícipes en la plusvalía);
que todo el sistema capitalista de producción gira en torno a prolongar este trabajo gratuito
mediante la extensión de la jornada laboral o mediante el desarrollo de la productividad,
mayor tensión de la fuerza de trabajo, etc.; que, por tanto, el sistema
del trabajo asalariado es un sistema de esclavitud, y de una esclavitud
que se vuelve tanto más dura cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas sociales
del trabajo, reciba el obrero mejor o peor pago. Y después de que esta intelección se ha abierto cada vez más paso entre nuestro partido, se vuelve al dogma de Lassalle, aunque ahora
se debía saber que Lassalle no sabía lo que era el salario, sino que, siguiendo a los economistas burgueses, tomó la apariencia por la esencia de la cosa.

Es como si entre esclavos que por fin hubieran descubierto el secreto de la esclavitud
y estallaran en rebelión, un esclavo prisionero de ideas anticuadas
escribiera en el programa de la rebelión: ¡La esclavitud
debe ser abolida, porque en el sistema de la esclavitud el sustento de los esclavos no puede sobrepasar un cierto máximo, bajo! ||[12]||

¡El mero hecho de que los representantes de nuestro partido hayan sido capaces de cometer un atentado tan monstruoso contra la intelección difundida en la masa del partido
demuestra, y no sólo esto, con qué criminal ligereza, con
qué falta de escrúpulos procedieron en la redacción del programa de compromiso!

En lugar de la frase final indeterminada del párrafo "la eliminación
de toda desigualdad social y política", había que decir que con
la abolición de las diferencias de clase desaparece por sí sola toda desigualdad social y política surgida de ellas.

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III.

"La socialdemocracia alemana exige, para abrir el camino a la solución de la cuestión social,
el establecimiento de cooperativas de producción con ayuda estatal
bajo el control democrático del pueblo trabajador. Las cooperativas de
producción han de crearse para la industria y la agricultura en tal escala que
de ellas surja la organización socialista del
trabajo colectivo."

¡Tras la "ley de bronce del salario" lassalleana, el remedio del
profeta! ¡Se "abre el camino" de modo digno! En lugar de la lucha de clases existente
aparece una frase de gacetillero — "la cuestión social",
cuya "solución" se "abre el camino". En vez de surgir del proceso revolucionario de transformación
de la sociedad, la "organización socialista del trabajo colectivo" "surge" de la "ayuda estatal"
que el Estado da a las cooperativas de producción, que él, y no los trabajadores, "crea". Esto es
digno de la imaginación de Lassalle, ¡de que con empréstitos del Estado se puede construir
una nueva sociedad exactamente igual que un nuevo ferrocarril!

Por un resto de vergüenza, se pone "la ayuda estatal" — "bajo
el control democrático del pueblo trabajador".

En primer lugar, "el pueblo trabajador" en Alemania se compone mayoritariamente de
campesinos y no de proletarios.

En segundo lugar, "democrático" significa en alemán "volksherrschaftlich" [de dominio popular]. Pero, ¿qué significa "el control popular del pueblo trabajador"?
¡Y además en un pueblo de trabajadores que, mediante estas exigencias que
dirige al Estado, expresa su plena conciencia de que no ejerce el dominio
ni está maduro para el dominio!

Sobre la crítica de la receta recetada por Buchez bajo Luis Felipe en oposición
a los socialistas franceses y adoptada por los trabajadores reaccionarios
del Atelier, es superfluo entrar aquí. El principal escollo no está tampoco en que se haya inscrito
esta específica panacea milagrosa ||[13]|| en el programa, sino en que en modo alguno
se vuelva del punto de vista del movimiento de clase al punto de vista del movimiento sectario.

Que los obreros quieran establecer las condiciones de la producción cooperativa a escala social y, ante todo, dentro de sí, es decir, a escala nacional, significa únicamente que trabajan en el trastocamiento de las actuales condiciones de producción, y no tiene nada en común con la fundación de sociedades cooperativas con ayuda del Estado. En cuanto a las actuales sociedades cooperativas, sólo tienen valor en la medida en que son creaciones obreras independientes, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses.

Crítica del Programa de Gotha

[IV.]

Paso ahora al apartado democrático.

A.) «Fundamento liberal del Estado».

En primer lugar, según el apartado II, el Partido Obrero Alemán aspira al «Estado libre».

Estado libre: ¿qué es eso?

No es, en modo alguno, el fin de los obreros, que han superado la estrecha mentalidad de súbdito, hacer «libre» al Estado. En el Imperio alemán, el «Estado» es casi tan «libre» como en Rusia. La libertad consiste en transformar el Estado de órgano superpuesto a la sociedad en un órgano enteramente subordinado a ella, y también hoy las formas de Estado son más libres o menos libres en la medida en que limitan la «libertad del Estado».

El Partido Obrero Alemán —al menos si hace suyo el programa— muestra cuán superficialmente arraigadas están en él las ideas socialistas, al tratar al Estado, en vez de tratar a la sociedad existente (y eso vale para cualquier sociedad futura) como «fundamento» del Estado existente (o futuro; para la sociedad futura), como un ser independiente que posee sus propios «fundamentos espirituales, morales y liberales».

¡Y el confuso abuso que el programa hace de las palabras «Estado actual», «sociedad actual», y la confusión aún mayor que crea sobre el Estado al que dirige sus reivindicaciones!

La «sociedad actual» es la sociedad capitalista, que existe en todos los países civilizados, más o menos libre de rezagos medievales, más o menos modificada por el particular desarrollo histórico de cada país, más o menos desarrollada. En cambio, el «Estado actual» varía según la frontera del país. Es diferente en el Imperio prusiano-alemán que en Suiza, diferente en Inglaterra que en los Estados Unidos. «El Estado actual» es, pues, una ficción.

Sin embargo, los diferentes Estados de los diversos países civilizados, a pesar de su abigarrada diversidad de formas, tienen todos en común que se asientan sobre el terreno de la moderna sociedad burguesa, sólo que en un grado de desarrollo capitalista más o menos grande. Comparten, por tanto, también ciertos caracteres esenciales comunes. En este sentido puede hablarse de «organización estatal actual», en contraposición al futuro, en el que su actual raíz, la sociedad burguesa, habrá perecido.

Cabe preguntarse entonces: ¿qué transformación experimentará el sistema estatal en una sociedad comunista? En otras palabras, ¿qué funciones sociales quedarán allí que sean análogas a las actuales funciones del Estado? Esta pregunta sólo puede responderse científicamente, y por más que se combine de mil maneras la palabra pueblo con la palabra Estado, no se acerca uno ni un salto de pulga al problema.

Entre la sociedad capitalista y la comunista se sitúa el período de transformación revolucionaria de la una en la otra. A él le corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser sino la dictadura revolucionaria del proletariado.

Ahora bien, el programa no se ocupa ni de esta última ni del futuro sistema estatal de la sociedad comunista.

Sus reivindicaciones políticas no contienen nada fuera de la letanía democrática conocida por todo el mundo: sufragio universal, legislación directa, derecho popular, milicia popular, etc. No son más que el eco del partido popular burgués, de la Liga de la Paz y la Libertad.

Son puras reivindicaciones que, en la medida en que no han sido exageradas por representaciones fantásticas, ya están realizadas. Sólo que el Estado al que pertenecen no se halla dentro de las fronteras del Imperio alemán, sino en Suiza, los Estados Unidos, etc. Esta especie de «Estado del futuro» es Estado actual, aunque exista fuera «del marco» del Imperio alemán.

Pero se ha olvidado una cosa. Puesto que el Partido Obrero Alemán declara expresamente moverse dentro del «actual Estado nacional», es decir, de su Estado, el Imperio prusiano-alemán —de lo contrario, sus reivindicaciones serían en gran parte carentes de sentido, pues sólo se reivindica lo que aún no se tiene—, no debía haber olvidado lo principal: a saber, que todas aquellas bellas cosillas descansan sobre el reconocimiento de la llamada soberanía popular y que, por tanto, sólo tienen cabida en una república democrática.

Puesto que no se tiene el valor —y sabiamente, pues las circunstancias imponen prudencia— de exigir la república democrática, como hicieron los programas obreros franceses bajo Luis Felipe y bajo Luis Napoleón, no habría que haber recurrido tampoco a la finta, ni «honrada» ni digna, de exigir a un Estado que no es más que un despotismo militar, disfrazado con formas parlamentarias, revuelto con aditamentos feudales y en el cual ya influye la burguesía, administrativamente esculpido a modo burocrático y custodiado por la policía, cosas que sólo tienen sentido en una república democrática, y encima jurarle a este Estado que se cree poder imponérselas «por medios legales».

Incluso la democracia vulgar, que ve en la república democrática el reino milenario y que no tiene idea de que precisamente en esta última forma estatal de la sociedad burguesa la lucha de clases ha de librarse definitivamente, incluso ella está todavía muy por encima de semejante democratismo dentro de los límites de lo policialmente permitido y de lo lógicamente no permitido.

Que, de hecho, por «Estado» se entiende la máquina del gobierno, o el Estado en tanto que constituye un organismo propio, separado de la sociedad por la división del trabajo, lo muestran ya las palabras:

«El Partido Obrero Alemán exige como base económica del Estado: un impuesto único y progresivo sobre la renta, etc.»

Los impuestos son la base económica de la maquinaria gubernamental, y de nada más. En el Estado del futuro existente en Suiza esta reivindicación se halla bastante cumplida. El impuesto sobre la renta presupone las diversas fuentes de renta de las diferentes clases sociales, es decir, la sociedad capitalista. No es, pues, nada sorprendente que los Financial Reformers de Liverpool —burgueses con el hermano de Gladstone a la cabeza— planteen la misma reivindicación que el programa.

B.) «El Partido Obrero Alemán exige como fundamento espiritual y moral del Estado:

1) Educación popular general y uniforme a cargo del Estado. Escolaridad obligatoria general. Instrucción gratuita.»

¿Educación popular igual? ¿Qué se imaginan bajo estas palabras? ¿Se cree que en la sociedad actual (y no se tiene que habérselas sino con ella) la educación puede ser igual para todas las clases? ¿O se exige que también las clases superiores sean reducidas por la fuerza al módico mínimo de educación —la de la escuela popular—, que es lo único compatible con las condiciones económicas no sólo de los obreros asalariados, sino también de los campesinos?

«Escolaridad obligatoria general. Instrucción gratuita.» La primera existe incluso en Alemania; la segunda, en Suiza y los Estados Unidos para las escuelas populares. Si en algunos Estados de este último país ciertas instituciones de enseñanza «superior» también son «gratuitas», ello significa de hecho sólo que las clases superiores sufren sus costes de educación a costa del erario fiscal general. Dicho sea de paso, lo mismo vale para la «justicia gratuita» que se exige en el apartado A. 5). La justicia penal se imparte gratuitamente en todas partes; la justicia civil gira casi exclusivamente en torno a conflictos de propiedad y afecta, por tanto, casi sólo a las clases poseedoras. ¿Deben éstas litigar sus pleitos a costa del erario popular?

El párrafo sobre las escuelas habría debido exigir al menos escuelas técnicas (teóricas y prácticas) vinculadas a la escuela popular.

Es totalmente rechazable una «educación popular por el Estado». Determinar por una ley general los medios de las escuelas populares, la cualificación del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y vigilar, como sucede en los Estados Unidos, mediante inspectores de Estado, el cumplimiento de estas prescripciones legales, es algo muy distinto de nombrar al Estado educador del pueblo. Al contrario, hay que excluir por igual al gobierno y a la iglesia de toda influencia sobre la escuela. En el Imperio prusiano-alemán, y ni siquiera con el socorrido recurso de decir que se habla de un «Estado futuro» (ya hemos visto lo que hay de eso), es el Estado el que necesita, por el contrario, una ruda educación por el pueblo.

Pero todo el programa, a pesar de todo su sonsonete democrático, está apestado de cabo a rabo por la fe de súbdito en el Estado, propia de la secta lassalleana, o, lo que no es mejor, por la fe milagrera democrática, o más bien es un compromiso entre estas dos clases de fe milagrera, ambas igualmente alejadas del socialismo.

2) «Libertad de la ciencia», reza un párrafo de la Constitución prusiana. ¿A qué, pues, aquí?

«¡Libertad de conciencia!» Si en esta época del Kulturkampf se quería recordar al liberalismo sus viejas palabras de orden, sólo podía hacerse en esta forma: cada cual debe poder atender sus necesidades religiosas como sus necesidades corporales, sin que la policía meta la nariz. Pero el Partido Obrero habría debido, en esta ocasión, expresar su convicción de que la «libertad de conciencia» burguesa no es más que la tolerancia de todas las variedades posibles de falta de libertad de conciencia religiosa, y que él aspira, por el contrario, a liberar las conciencias del fantasma religioso. Se prefiere, sin embargo, no rebasar el nivel «burgués».

He llegado ahora al fin, pues el apéndice que sigue en el programa no constituye una parte característica del mismo. He de ser, por tanto, muy breve aquí.

2) «Jornada de trabajo normal». El partido obrero de ningún otro país se ha limitado a una reivindicación tan vaga, sino que ha fijado siempre la duración de la jornada de trabajo que, en las circunstancias dadas, consideraba normal.

3) «Limitación del trabajo de la mujer y prohibición del trabajo infantil».

La reglamentación de la jornada de trabajo ya debe incluir la limitación del trabajo de la mujer en lo que se refiere a duración, pausas, etc., de la jornada; de lo contrario, sólo puede significar la exclusión del trabajo femenino en ramas de trabajo que sean especialmente nocivas para la salud del cuerpo femenino o contrarias a la moral del sexo femenino. Si eso era lo que se quería decir, había que decirlo.

«¡Prohibición del trabajo infantil!» Aquí era absolutamente necesario señalar el límite de edad.

La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de la gran industria, y por tanto, un piadoso deseo vacío.

La realización de la misma —si fuera posible— sería reaccionaria, ya que, con una regulación estricta del tiempo de trabajo según las distintas edades, y otras medidas de precaución para la protección de los niños, la combinación temprana del trabajo productivo con la enseñanza es uno de los más poderosos medios de transformación de la sociedad actual.

4) «Vigilancia estatal de la industria fabril, manufacturera y domiciliaria».

Frente al Estado prusiano-alemán, debía exigirse terminantemente que los inspectores solo fueran destituibles por vía judicial; que cualquier obrero pudiera denunciarlos ante los tribunales por incumplimiento del deber; que debían pertenecer al estamento médico.

5) «Reglamentación del trabajo en las prisiones».

Reivindicación mezquina en un programa obrero general. En todo caso, debía expresarse claramente que no se quiere, por envidia de competencia, que se trate a los criminales comunes como ganado y, sobre todo, que no se les quiera privar de su único medio de enmienda: el trabajo productivo. Esto era lo mínimo que cabía esperar de los socialistas.

6) «Una ley de responsabilidad efectiva».

Había que decir qué se entiende por ley de responsabilidad «efectiva».

Dicho sea de paso, en lo relativo a la jornada normal de trabajo se ha pasado por alto la parte de la legislación fabril que atañe a las medidas de salubridad y a los medios de protección contra peligros, etc. La ley de responsabilidad solo entra en vigor una vez que se han infringido estas prescripciones.

En suma, también este apéndice se distingue por su desaliñada redacción.

Dixi et salvavi animam meam.

Friedrich Engels

Al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Nueva York

Londres, 122 Regents Park Road N.W. 13 de agosto de 1875.

Al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores

Ciudadanos:

Las circulares que me han sido remitidas con carta del secretario Speyer (4 de junio, recibida el 21) han sido puestas en circulación según las instrucciones, y he podido hacer lo siguiente en interés de la causa:

1) Puesto que la asociación obrera de aquí (sección alemana), debido a la fusión con los lassalleanos y a una liberalidad desmesurada en la admisión de miembros —unos 120—, solo se prestaría para comunicaciones confidenciales si se desea que estas se publiquen de inmediato, he entregado las circulares a Lessner y Frankel, quienes estuvieron de acuerdo conmigo en que el contenido no se prestaba para una comunicación oficial en la asociación y que había que limitarse a comunicarlo a personas idóneas y, por lo demás, actuar en silencio en interés del asunto suscitado. Puesto que desde aquí con toda seguridad no se enviará a ningún obrero alemán a Filadelfia, ello no alterará las consecuencias prácticas.

2) Nuestro amigo Mesa, de Madrid, que ahora reside en París, se encontraba precisamente aquí cuando llegó la circular. Acogió el asunto con gran vivacidad; le traduje la circular y, como conoce a miembros del comité que administra en París las suscripciones para el envío de obreros a Filadelfia, con la actividad que se le conoce seguramente podrá conseguir algo. La envía también a España.

3) A Bélgica no pude enviarla porque toda la Internacional belga se inclina por los aliancistas y no es de nuestro interés comunicarles el plan. Para Portugal e Italia no tengo direcciones. La Plebe de Lodi se ha adherido en buena medida a los aliancistas y sería capaz de publicar el asunto de inmediato.

4) Como en las instrucciones no se menciona a Alemania, Austria ni Suiza, y el Consejo General tiene allí suficientes conexiones directas, no he dado ningún paso en esos países para no interferir con lo que quizá se haya hecho directamente desde allí.

5) La circular ha tenido una gran acogida entre todos los que la han visto, y la propuesta de una conferencia se considera de manera general como la única práctica. Pero nos parece imposible llegar a una votación al respecto. Ya he mencionado la asociación de aquí. Las demás secciones de Inglaterra se han dormido todas, y la mayoría de los mejores compañeros se han marchado. En Dinamarca, Francia y España, donde la Internacional está prohibida directamente, no cabe ni hablar de votación. En Alemania jamás se ha votado sobre algo así y, tras la unión con los lassalleanos, ya ha renunciado del todo a la ya de por sí laxa vinculación con la Internacional. En estas circunstancias, los votos americanos deberían bastar para respaldar al Consejo General si eleva la propuesta a acuerdo, tanto más cuanto que por fuente fidedigna sabemos que los aliancistas tampoco celebrarán congreso este año (y probablemente nunca más).

6) ¿No sería bueno que hacia la fecha de la inauguración de la exposición se insertara en los periódicos de partido europeos una breve nota del tenor siguiente:

«Se ruega a los obreros socialistas que visiten la exposición de Filadelfia que se dirijan a... (dirección) donde se les pondrá en contacto con los correligionarios de Filadelfia», o que se creara un «comité para el alojamiento de obreros socialistas y, en su caso, para su protección contra las estafas», publicando su dirección? Esto último, en particular, parecería muy inocente, pero bastarían un par de cartas privadas para difundir suficientemente el verdadero estado de cosas.

Saludo fraternal,
F. Engels

Friedrich Engels

Discurso pronunciado en el mitin celebrado con motivo del aniversario de la insurrección polaca de 1863

Ciudadanos: El papel de Polonia en la historia de las revoluciones de Europa es un papel completamente aparte. Toda revolución de Occidente que no logre arrastrar a Polonia y asegurarle la independencia y la libertad está condenada a la derrota. Tomemos por ejemplo la revolución de 1848. Ocupó un terreno mucho más extenso que cualquier revolución anterior; arrastró a su corriente a Austria, Hungría y Prusia. Pero se detuvo en las fronteras de la Polonia ocupada por los ejércitos de Rusia. Cuando el zar Nicolás recibió la noticia de la revolución de Febrero, dijo a su entorno: Señores, vamos a montar a caballo. Acto seguido movilizó sus tropas y las concentró en Polonia, dispuesto a hacerlas desbordarse, en el momento oportuno, sobre la Europa rebelde. Por su parte, los revolucionarios sabían perfectamente que el terreno donde debía librarse la batalla decisiva era Polonia. El 15 de mayo, el pueblo de París, a los gritos de ¡viva Polonia!, invadió la asamblea nacional para forzarla a la guerra por la independencia polaca. Al mismo tiempo, en la Neue Rheinische Zeitung, Marx y yo pedíamos que Prusia declarara inmediatamente la guerra a Rusia para liberar a Polonia, y éramos apoyados por toda la democracia avanzada de Alemania. Así pues, en Francia y en Alemania se sabía perfectamente dónde estaba el punto decisivo: con Polonia, la revolución estaba asegurada; sin Polonia, debía perderse. Pero en Francia el señor Lamartine, en Prusia Federico Guillermo IV, el cuñado del zar, y su ministro burgués el señor Camphausen, no tenían el menor interés en quebrantar ellos mismos la fuerza de Rusia, en la que veían, con razón, su última salvaguardia contra el desbordamiento revolucionario. Nicolás pudo abstenerse de montar a caballo; sus tropas, por el momento, pudieron limitarse a contener a Polonia y a amenazar a Prusia, Austria y Hungría, hasta el momento en que los progresos de los húngaros insurrectos amenazaron a la reacción austriaca, victoriosa en Viena. Fue entonces cuando esos ejércitos rusos inundaron Hungría y, aplastando la revolución húngara, aseguraron la victoria de la reacción en todo Occidente. Europa estaba a los pies del zar, porque Europa había abandonado a Polonia. En verdad, Polonia no es como cualquier otro país. En materia de revoluciones, es la clave de bóveda del edificio europeo; aquella de las dos, revolución o reacción, que sepa sostenerse en Polonia, acabará por dominar en toda Europa. Y es este carácter enteramente especial el que da a Polonia la importancia que tiene para todos los revolucionarios y el que nos arranca, todavía hoy, el grito de: ¡Viva Polonia!