Friedrich Engels
Declaración de Giuseppe Garibaldi y sus efectos
sobre las clases trabajadoras en Italia

The Eastern Post. Nr. 163,
11. November 1871

Las noticias de Italia eran de un interés singular; se recibieron cartas de varias ciudades italianas, entre ellas Turín, Milán, Ravena y Girgenti. Confirmaban en todos los sentidos los inmensos avances que la Asociación estaba haciendo en Italia. Las clases trabajadoras, al menos en las ciudades, abandonaban rápidamente a Mazzini, cuyas denuncias contra la Internacional no producían efecto alguno sobre las masas. Pero las denuncias de Mazzini habían surtido un buen efecto: habían llevado a Garibaldi, no solo a pronunciarse completamente a favor de nuestra Asociación, sino también, sobre esta misma cuestión, a romper abiertamente con Mazzini. En una larga carta dirigida a M. Petroni, un abogado sardo que desde entonces ha sido elegido presidente del Congreso de los Trabajadores Italianos, actualmente reunido en Roma, Garibaldi expresa su indignación porque los mazzinianos se atreven a hablar de él como de un viejo tonto, que siempre ha hecho lo que los hombres que lo rodeaban, sus satélites y aduladores, le han persuadido a hacer. ¿Quiénes eran esos satélites?, pregunta. ¿Acaso los hombres de su estado mayor que lo acompañaron desde Sudamérica en 1848, los que encontró en Roma en 1849, o los de su estado mayor de 1859 y 1860, o los que combatieron con él recientemente contra los prusianos? Si es así, sostiene, eran hombres cuyos nombres vivirán para siempre en la memoria de la Italia agradecida. Pero que vuelvan a desenterrar eso de los satélites y aduladores. «Repito que no tenéis siquiera el mérito de la originalidad cuando volvéis a desenterrar la cantinela de que mis satélites y aduladores han llevado siempre de la nariz a ese bebé canoso de Niza. Y mientras tú, Petroni, sufrías durante dieciocho años en las cárceles de la Inquisición, los hombres de tu secta (los mazzinianos) eran precisamente aquellos a quienes los realistas acusaban de ser mis satélites y seguidores. Leed toda la basura dinástica publicada, sobre todo desde 1860, y allí encontraréis que Garibaldi podría servir para algo si no tuviera la desgracia de ser conducido por Mazzini y de estar rodeado de mazzinianos. Todo esto es falso, y podéis preguntar a quienes me han conocido más de cerca y más íntimamente si alguna vez hallaron a un hombre más obstinado que yo cuando había tomado la decisión de hacer algo que reconocía como justo. Preguntad al propio Mazzini si me ha encontrado fácil de persuadir siempre que intentaba ganarme para alguna de sus realidades irrealizables. Preguntad a Mazzini si el origen de nuestro desacuerdo no está en que, en 1848, le dije que obraba mal reteniendo en la ciudad, con un pretexto u otro, a los jóvenes de Milán, mientras nuestro ejército combatía al enemigo en el Mincio. Y Mazzini es un hombre que nunca perdona que nadie ponga en duda su infalibilidad.»

Garibaldi afirma luego que Mazzini, en 1860, hizo todo lo que estaba en su poder para frustrar y hacer abortar la expedición del general a Sicilia, que terminó en la unificación de Italia; que cuando Mazzini supo del éxito de Garibaldi, insistió en que éste proclamara la República en Italia, cosa absurda y completamente disparatada en aquellas circunstancias, y finalmente reprocha al «gran exiliado, de quien todo el mundo sabía que estaba en Italia», su mezquindad al denigrar a los caídos de París, los únicos hombres que en esta época de tiranía, de mentira, de cobardía y de degradación han enarbolado en alto, aun al morir, la bandera sagrada del derecho y la justicia. Prosigue: «Gritáis anatema sobre París porque París destruyó la Columna Vendôme y la casa de Thiers. ¿Habéis visto jamás un pueblo entero destruido por las llamas por haber dado refugio a un voluntario o a un francotirador? Y eso no solo en Francia, lo mismo en Lombardía, en el Véneto. En cuanto a los palacios incendiados en París con petróleo, que pregunten a los curas —que, por su íntimo conocimiento del fuego del infierno que predican, deberían ser buenos jueces— qué diferencia hay entre los incendios de petróleo y aquellos incendios que los austríacos provocaron para quemar las aldeas en Lombardía y el Véneto, cuando aquellos países estaban aún bajo el yugo de los hombres que fusilaron a Ugo Bassi, a Ciceruacchio y a sus dos hijos, y a miles de italianos que cometieron el sacrilegio de pedir una Roma libre y una Italia libre.

»Cuando la luz del día haya disipado por fin las tinieblas que cubren París, espero que tú, amigo mío, seas más indulgente con los actos causados por la situación desesperada de un pueblo que, ciertamente, fue mal conducido, como suele ocurrir a las naciones que se dejan seducir por la fraseología de los doctrinarios, pero que, en el fondo, luchó heroicamente por sus derechos. Los detractores de París podrán decir lo que quieran, nunca conseguirán probar que unos cuantos malvados y extranjeros —como dijeron de nosotros en Roma en 1849— hayan resistido durante tres meses contra un gran ejército, apoyado como estaba por los más potentes ejércitos de Prusia.»

«¿Y la Internacional? ¿Qué necesidad hay de atacar a una Asociación casi sin conocerla? ¿No es esa Asociación una emanación del estado anormal de la sociedad en todo el mundo? Una sociedad en la que los muchos tienen que trabajar como esclavos para ganar el mero sustento, y en la que los pocos, por medio de mentiras y de la fuerza, se apropian la mayor parte del producto de los muchos, sin haberlo ganado con el sudor de su frente, ¿no ha de suscitar tal sociedad el descontento y la venganza de las masas sufrientes?»

«Deseo que a la Internacional no le suceda lo que al pueblo de París —es decir, dejarse engañar por los urdidores de doctrinas que la empujarían a exageraciones y, finalmente, al ridículo—; sino que estudie bien, antes de fiarse de ellos, el carácter de los hombres que han de guiarla por la senda del mejoramiento moral y material.»

Vuelve un momento a Mazzini: «Mazzini y yo, ambos somos viejos; pero nadie habla de reconciliación entre él y yo. Los infalibles mueren, pero no se doblegan. ¿Reconciliación con Mazzini? Solo hay un camino posible para ello: obedecerle; y de eso no me siento capaz.»

Y, por último, el viejo soldado demuestra, refiriéndose a su pasado, que siempre ha sido un verdadero internacional, que ha combatido por la libertad en todas partes y en cualquier lugar, primero en Sudamérica, luego ofreciendo sus servicios al Papa (sí, incluso al Papa, cuando se las daba de liberal), después bajo Víctor Manuel y, por último, en Francia, bajo Trochu y Julio Favre; y concluye: «Yo y la juventud de Italia estamos dispuestos a servir a Italia, también codo a codo con vosotros, los mazzinianos, si fuera necesario.»

Esta carta culminante de Garibaldi, que llega tras otras varias en las que ha expresado claramente sus simpatías por la Internacional, pero en las que se había abstenido de hablar con franqueza respecto a Mazzini, ha producido un inmenso efecto en Italia e inducirá a muchos reclutas a agruparse en torno a nuestra bandera.

Se anunció también que en la próxima reunión del Consejo se presentaría un informe completo del Congreso de los trabajadores de Roma.