Los francotiradores prusianos

The Pall Mail Gazette.  
N.º 1817, 9 de diciembre de 1870

Los francotiradores prusianos.

Desde hacía algún tiempo, los informes sobre quema de aldeas por los prusianos en Francia habían desaparecido casi por completo de la prensa. Empezábamos a esperar que las autoridades prusianas hubieran descubierto su error y cesado en tales procedimientos en interés de sus propias tropas. Nos equivocamos. Los periódicos vuelven a abundar en noticias sobre fusilamientos de prisioneros y destrucción de aldeas. El *Berlin Börsen Courier* informa, con fecha de Versalles, 20 de noviembre: —

«Ayer llegaron los primeros heridos y prisioneros de la acción cerca de Dreux del 17. Con los francotiradores se hizo tabla rasa y se dio un escarmiento; se les puso en fila, y uno tras otro recibieron una bala en la cabeza. Se ha publicado una orden general para todo el ejército, que prohíbe terminantemente hacerles prisioneros y ordena fusilarlos mediante juicio sumarísimo dondequiera que se presenten. Contra estos bandidos y desharrapados (*Lumpengesindel*), vergonzosamente cobardes, tal proceder se ha convertido en necesidad absoluta.»

Asimismo, la *Tagespresse* de Viena dice, con la misma fecha: —«En el bosque de Villeneuve se habría podido ver, durante la última semana, a cuatro francotiradores colgados por haber disparado contra nuestros ulanos desde la espesura.»

Un parte oficial fechado en Versalles, el 26 de noviembre, afirma que la gente del campo de toda la comarca alrededor de Orleans, instigada a combatir por los curas, a quienes ha ordenado el obispo Dupanloup predicar una cruzada, han iniciado una guerra de guerrillas contra los alemanes; se dispara contra las patrullas, los oficiales que llevan órdenes son abatidos por jornaleros que aparentaban trabajar en el campo: para vengar estos asesinatos, todos los que no sean soldados y lleven armas son ejecutados de inmediato. No pocos curas esperan ahora juicio: setenta y siete.

Estos no son más que unos pocos ejemplos, que podrían multiplicarse casi hasta el infinito, de tal modo que parece un propósito decidido de los prusianos continuar con estas brutalidades hasta el final de la guerra. En estas circunstancias, tal vez convenga llamar una vez más su atención sobre algunos hechos de la moderna historia prusiana.

El actual rey de Prusia puede recordar perfectamente la época de la más profunda degradación de su país, la batalla de Jena, la larga huida hasta el Óder, las capitulaciones sucesivas de casi todas las tropas prusianas, la retirada del resto al otro lado del Vístula, el desmoronamiento completo de todo el sistema militar y político del país. Fue entonces cuando, al amparo de una fortaleza de la costa pomerana, la iniciativa privada, el patriotismo privado, iniciaron una nueva resistencia activa contra el enemigo. Un simple corneta de dragones, Schill, empezó en Kolberg a formar un cuerpo libre (en francés, francotiradores), con el cual, ayudado por los habitantes, sorprendió patrullas, destacamentos y puestos de campaña, se apoderó de caudales públicos, provisiones, material de guerra, tomó prisionero al general francés Victor, preparó una insurrección general de la comarca en la retaguardia de los franceses y sobre su línea de comunicaciones y, en general, hizo todo aquello de que ahora se acusa a los francotiradores franceses y que los prusianos castigan con los calificativos de bandidos y desharrapados y con una «bala en la cabeza» a prisioneros desarmados. Pero el padre del actual rey de Prusia lo sancionó expresamente y promovió a Schill.

Es bien sabido que ese mismo Schill, en 1809, cuando Prusia estaba en paz pero Austria en guerra con Francia, condujo a su regimiento a una campaña por su cuenta contra Napoleón, muy al estilo de Garibaldi; que fue muerto en Stralsund y sus hombres hechos prisioneros. De estos, a todos los cuales Napoleón, según las reglas de guerra prusianas, tenía perfecto derecho a fusilar, solo hizo fusilar a once oficiales en Wesel. Sobre las tumbas de estos once francotiradores, el padre del actual rey de Prusia, muy contra su voluntad, pero forzado por el sentimiento público dentro del ejército y fuera de él, tuvo que erigir un monumento en su honor.

Tan pronto como hubo un comienzo práctico de la guerra de francotiradores entre los prusianos, ellos, como corresponde a una nación de pensadores, procedieron a sistematizar la cosa y elaborar su teoría. El teórico de la guerra de francotiradores, el gran francotirador filosófico entre ellos, no fue otro que Anton Neithardt von Gneisenau, en su día mariscal de campo al servicio de Su Majestad prusiana. Gneisenau había defendido Colberg en 1807; había tenido bajo su mando a algunos de los francotiradores de Schill; había sido asistido enérgicamente en su defensa por los habitantes del lugar, quienes ni siquiera podían reclamar el título de guardias nacionales, móviles o sedentarios, y que por lo tanto, según las recientes nociones prusianas, claramente merecían ser «ejecutados de inmediato». Pero Gneisenau quedó tan impresionado por la grandeza de los recursos que poseía un país invadido en una enérgica resistencia popular, que dedicó muchos años a estudiar la mejor manera de organizar esa resistencia. La guerra de guerrillas en España, el levantamiento de los campesinos rusos en la línea de retirada de los franceses desde Moscú, le proporcionaron nuevos ejemplos; y en 1813 pudo proceder a poner en práctica su teoría.

Ya en agosto de 1811, Gneisenau había formado un plan para la preparación de una insurrección popular. Se debía organizar una milicia que no tuviera más uniforme que una gorra militar (en francés, quepis) y un cinturón negro y blanco, tal vez un capote militar; en resumen, lo más parecido posible al uniforme de los actuales francotiradores franceses. «Si el enemigo se presentase con fuerzas superiores, las armas, las gorras y el cinturón se ocultan y los milicianos aparecen como simples habitantes de la comarca.» Precisamente lo que los prusianos consideran ahora un crimen que debe castigarse con una bala o una cuerda. Estas tropas de milicia deben hostigar al enemigo, interrumpir sus comunicaciones, capturar o destruir sus convoyes de abastecimientos, evitar ataques regulares y retirarse a los bosques o pantanos ante masas de tropas regulares. «Se debe ordenar al clero de todas las confesiones, tan pronto como estalle la guerra, que predique la insurrección, que pinte la opresión francesa con los más negros colores, que recuerde al pueblo a los judíos bajo los Macabeos y los exhorte a seguir su ejemplo... Cada clérigo debe tomar juramento a sus feligreses de que no entregarán ningún suministro, armas, etc., al enemigo a menos que se vean obligados por la fuerza real»; en realidad, deben predicar la misma cruzada que el obispo de Orleans ha ordenado predicar a sus curas, y por la cual no pocos curas franceses esperan ahora su juicio.

Quien tome el segundo volumen de la «Vida de Gneisenau» del profesor Pertz encontrará, frente a la portada del segundo volumen, una reproducción de parte de este pasaje como facsímil de la letra de Gneisenau. Frente a él se halla el facsímil de la nota marginal del rey Federico Guillermo: —«En cuanto haya sido fusilado un clérigo, esto se acabará.» Evidentemente, el rey no tenía mucha fe en el heroísmo de su clero. Pero esto no le impidió sancionar expresamente los planes de Gneisenau; ni impidió que, unos años más tarde, cuando los mismos hombres que habían expulsado a los franceses fueron detenidos y procesados como «demagogos», uno de los inteligentes cazadores de demagogos de la época, a cuyas manos había ido a parar el documento original, iniciase diligencias contra el autor desconocido de este intento de excitar al pueblo al fusilamiento del clero.

Hasta 1813, Gneisenau no se cansó de preparar no solo el ejército regular, sino también la insurrección popular como medio para sacudir el yugo francés. Cuando al fin llegó la guerra, esta vino acompañada inmediatamente de insurrección, resistencia campesina y francotiradores. La comarca entre el Weser y el Elba tomó las armas en abril; un poco después se sublevó la gente de los alrededores de Magdeburgo; el mismo Gneisenau escribió a amigos en Franconia —la carta está publicada por Pertz— exhortándolos a levantarse sobre la línea de comunicaciones del enemigo. Entonces, al fin, vino el reconocimiento oficial de esta guerra popular, la *Landsturm-Ordnung* del 21 de abril de 1813 (publicada solo en julio), en la cual todo hombre apto que no esté en las filas del ejército de línea ni de la *landwehr* está llamado a unirse a su batallón de *landsturm*, a prepararse para la sagrada lucha de autodefensa que sanciona todos los medios. El *landsturm* debe hostigar tanto el avance como la retirada del enemigo, mantenerlo constantemente en alerta, caer sobre sus convoyes de municiones y víveres, sus correos, reclutas y hospitales, sorprenderlo por la noche, aniquilar a sus rezagados y destacamentos, paralizar y sembrar la inseguridad en todos sus movimientos; por otra parte, ayudar al ejército prusiano, escoltar dinero, provisiones, municiones, prisioneros, etc. De hecho, esta ley puede llamarse un completo vademécum para el francotirador y, redactada como está por un estratega nada mediocre, es tan aplicable hoy en Francia como lo fue en aquella época en Alemania.

Afortunadamente para Napoleón, fue puesta en práctica de manera muy imperfecta. El rey se asustó de su propia obra. Permitir al pueblo luchar por sí mismo, sin orden del rey, era demasiado antiprusiano. Así, el *landsturm* quedó suspendido hasta que el rey lo convocara, cosa que nunca hizo. Gneisenau se irritó, pero al fin logró arreglárselas sin el *landsturm*. Si estuviese vivo hoy, con todas sus experiencias prusianas posteriores, tal vez vería su ideal de resistencia popular alcanzado, si no realizado, en los francotiradores franceses. Pues Gneisenau era un hombre... y un hombre de genio.