The Pall Mall Gazette

Por Friedrich Engels

La situación militar en Francia

The Pall Mall Gazette.
Nr. 1806, 26 de noviembre de 1870

La situación militar en Francia.

Ayer llamábamos la atención sobre el hecho de que, desde la capitulación de Sedán, las perspectivas de Francia habían mejorado considerablemente, y que incluso la caída de Metz, y el dejar libre con ello a unos 150.000 soldados alemanes, no presenta ya el cariz de desastre aplastante que parecía tener al principio. Si volvemos hoy sobre el mismo tema, es para demostrar aún más, mediante algunos detalles militares, la exactitud de este punto de vista.

Las posiciones de los ejércitos alemanes el 24 de noviembre, en la medida en que pueden determinarse, eran las siguientes:

Cercando París: el Tercer Ejército (2.º, 5.º, 6.º y 2.º cuerpo bávaro, la 21.ª división, la de Wurtemberg y la división de la Guardia de la Landwehr) y el Cuarto Ejército (4.º, 12.º y el cuerpo de la Guardia); en total diecisiete divisiones.

Ejército de observación, protegiendo este cerco: al norte, el Primer Ejército (1.º y 8.º cuerpo); al oeste y suroeste, el ejército del Duque de Mecklemburgo (17.ª y 22.ª divisiones y 1.º cuerpo bávaro); al sur, el Segundo Ejército (3.º, 9.º y 10.º cuerpo, y una división de landwehr, un destacamento de la cual fue tan rudamente tratado en Châtillon por Ricciotti Garibaldi); en total quince divisiones.

En servicio especial, en el sureste de Francia, el 14.º cuerpo (el de Werder, compuesto de dos divisiones y media) y el 15.º cuerpo; en Metz y en los alrededores de Thionville, el 7.º cuerpo; en la línea de comunicaciones, al menos una división y media de landwehr; en total ocho divisiones por lo menos.

De estas cuarenta divisiones de infantería, las primeras diecisiete están por el momento plenamente empeñadas ante París; las últimas ocho muestran por su inmovilidad que tienen tanto trabajo por delante como el que pueden abarcar. Quedan disponibles para el campo las quince divisiones que componen los tres ejércitos de observación y que representan, con la caballería y la artillería, una fuerza total de unos 200.000 combatientes a lo sumo.

Ahora bien, antes del 9 de noviembre parecía no haber obstáculo serio que impidiese a esta masa de hombres invadir la mayor parte del centro e incluso del sur de Francia. Pero desde entonces las cosas han cambiado considerablemente. Y no es tanto el hecho de que Von der Tann haya sido batido y obligado a retirarse, o el que D'Aurelle haya mostrado su capacidad para manejar bien sus tropas, lo que nos ha inspirado un mayor respeto por el Ejército del Loira del que confesábamos tener hasta aquel día; son principalmente las enérgicas medidas que Moltke tomó para hacer frente a su prevista marcha sobre París lo que ha hecho aparecer a aquel ejército bajo una luz completamente distinta. No solo halló necesario mantener preparada contra él, incluso a riesgo de levantar de facto el cerco de París, a la mayor parte de las fuerzas bloqueadoras del lado sur de la ciudad, sino que cambió de inmediato la dirección de marcha de los dos ejércitos llegados de Metz, a fin de atraerlos más cerca de París y tener concentrada la totalidad de las fuerzas alemanas en torno a esa ciudad; y ahora oímos que, además, se tomaron medidas para rodear el parque de sitio con obras defensivas. Piensen lo que piensen otros, Moltke evidentemente no considera al Ejército del Loira una chusma armada, sino un ejército real, serio y temible.

La incertidumbre anterior en cuanto al carácter de ese ejército se debía en gran medida a los informes de los corresponsales ingleses en Tours. No parece haber entre ellos un solo militar capaz de distinguir los rasgos que diferencian a un ejército de una turba de hombres armados. Los informes variaban de un día para otro en cuanto a disciplina, pericia en la instrucción, efectivos, armamento, equipo, artillería, transporte —en suma, en cuanto a todo lo esencial para formarse una opinión. Todos conocemos las inmensas dificultades en medio de las cuales hubo de formarse el nuevo ejército; la falta de oficiales, de armas, de caballos, de todo tipo de material, y especialmente la falta de tiempo. Los informes que llegaban se ocupaban principalmente de estas dificultades; y así, el Ejército del Loira fue generalmente subestimado por personas cuyas simpatías no se imponen a su juicio.

Ahora, los mismos corresponsales son unánimes en sus elogios. Se dice que está mejor mandado y mejor disciplinado que los ejércitos que sucumbieron en Sedán y en Metz. Sin duda, esto es así en cierta medida. Hay evidentemente un espíritu mucho mejor que el que jamás se halló en los ejércitos bonapartistas; una determinación de hacer lo mejor por el país, de cooperar, de obedecer las órdenes por ese motivo. Luego, este ejército ha vuelto a aprender algo muy importante que el ejército de Luis Napoleón había olvidado por completo: el servicio de infantería ligera, el arte de proteger los flancos y la retaguardia de las sorpresas, de tantear al enemigo, sorprender sus destacamentos, conseguir información y prisioneros. El corresponsal de The Times con el Duque de Mecklemburgo da pruebas de ello. Ahora son los prusianos quienes no pueden averiguar el paradero de su enemigo y tienen que andar a tientas en la oscuridad; antes sucedía exactamente lo contrario. Un ejército que ha aprendido eso ha aprendido mucho. Con todo, no debemos olvidar que el Ejército del Loira, así como sus hermanos de Occidente y del Norte, aún ha de probar su temple en un combate general y contra algo parecido a fuerzas igualadas en número. Pero, en conjunto, promete bien, y hay circunstancias que hacen probable que incluso una gran derrota no le afecte tan seriamente como tal acontecimiento afecta a la mayoría de los ejércitos jóvenes. El hecho es que las brutalidades y crueldades de los prusianos, en lugar de extinguir la resistencia popular, han redoblado sus energías; tanto es así que los prusianos parecen haber descubierto su error, y esos incendios de aldeas y matanzas de campesinos apenas se oyen ya. Pero este trato ha surtido efecto, y cada día la guerra de guerrillas toma mayores dimensiones. Cuando leemos en The Times los informes sobre el avance de Mecklemburgo hacia Le Mans, sin enemigo a la vista, sin fuerza regular que ofrezca resistencia en el campo, pero con caballería y francotiradores merodeando por los flancos, sin noticias del paradero de las tropas francesas, y las tropas prusianas mantenidas muy juntas en cuerpos bastante grandes, no podemos dejar de recordar las marchas de los mariscales de Napoleón en España o de las tropas de Bazaine en México. Y una vez despertado ese espíritu de resistencia popular, incluso ejércitos de 200.000 hombres no llegan muy lejos en la ocupación de un país hostil. Pronto alcanzan el punto más allá del cual sus destacamentos se tornan más débiles que lo que la defensa puede oponerles; y depende por entero de la energía de la resistencia popular cuán pronto se alcanzará esa línea. Así, incluso un ejército derrotado halla pronto un lugar seguro frente a la persecución del enemigo, con solo que el pueblo del país se levante; y este puede ser el caso ahora en Francia. Y si la población de los distritos ocupados por el enemigo se levanta, o simplemente sus líneas de comunicación son rotas repetidamente, el límite más allá del cual la invasión se torna impotente se contraerá aún más. No nos sorprendería, por ejemplo, que el avance de Mecklemburgo, a menos que sea poderosamente apoyado por el Príncipe Federico Carlos, resulte haber sido llevado demasiado lejos ya ahora.

Por el momento, todo depende, naturalmente, de París. Si París resiste un mes más —y los informes sobre el estado de las provisiones en su interior no excluyen en absoluto esa posibilidad—, Francia podrá tener en el campo un ejército lo bastante grande, con la ayuda de la resistencia popular, para levantar el cerco mediante un ataque victorioso a las comunicaciones prusianas. La maquinaria para organizar ejércitos parece estar funcionando bastante bien en Francia a estas alturas. Hay más hombres de los que se necesitan; gracias a los recursos de la industria moderna y a la rapidez de las comunicaciones modernas, las armas afluyen en cantidades inesperadamente grandes; solo de América han llegado 400.000 fusiles; la artillería se fabrica en Francia con una celeridad hasta ahora completamente desconocida. Incluso se encuentran o se instruyen oficiales, de algún modo. En conjunto, los esfuerzos que Francia ha hecho desde Sedán para reorganizar su defensa nacional carecen de precedentes en la historia, y solo requieren un elemento para un éxito casi seguro: tiempo. Si París resiste solo un mes más, eso contribuirá mucho a ello. Y si París no estuviera aprovisionada para ese lapso, Trochu podría intentar romper las líneas de cerco con aquellas de sus tropas que estén en condiciones para la empresa; y sería osado afirmar, ahora, que no puede de ninguna manera triunfar en ello. Si triunfara, París absorbería aún una guarnición de al menos tres cuerpos de ejército prusianos para mantenerla tranquila, de modo que Trochu habría dejado libres a más franceses de los que la rendición de París dejaría libres a alemanes. Y, cualquier cosa que la fortaleza de París pueda hacer si es defendida por franceses, es evidente que nunca podría ser sostenida con éxito por una fuerza alemana contra sitiadores franceses. Se necesitarían tantos hombres para mantener sojuzgada a la población en el interior como para guarnecer las murallas y rechazar el ataque desde fuera. Así, la caída de París puede, pero no necesariamente, implicar la caída de Francia.

Es un mal momento justo ahora para especular sobre la probabilidad de este o aquel acontecimiento en la guerra. Tenemos un conocimiento aproximado de un solo hecho: la fuerza de los ejércitos prusianos. De otro, la fuerza, numérica e intrínseca, de las fuerzas francesas, sabemos muy poco. Y, además, hay ahora factores morales en juego que están más allá de todo cálculo, y de los cuales solo podemos decir que son todos ellos favorables a Francia y desfavorables a Alemania. Pero esto parece seguro: que las fuerzas contendientes están más equilibradas justo ahora de lo que lo han estado nunca desde Sedán, y que un refuerzo comparativamente débil de tropas instruidas a los franceses podría restablecer el equilibrio por completo.