Friedrich Engels  
La lucha en Francia  

The Pall Mall Gazette.  
Nr. 1793, 11 de noviembre de 1870  

La lucha en Francia.  

Durante las primeras seis semanas de la guerra, mientras las victorias alemanas se sucedían con rapidez, mientras la fuerza expansiva de los invasores estaba todavía lejos de haberse agotado por completo y mientras aún había ejércitos franceses en campaña para oponérseles, la lucha, en términos generales, siguió siendo una lucha entre ejércitos. La población de los distritos invadidos apenas tomó parte en la lucha. Cierto es que hubo una docena, o cosa así, de campesinos alsacianos sometidos a consejo de guerra y fusilados por haber participado en combates o por mutilar a los heridos; pero una tragedia como la de Bazeilles fue del todo excepcional. Nada lo prueba mejor que la enorme impresión que causó y la viva controversia que sostuvo la prensa sobre hasta qué punto el trato dado a aquella aldea era o no justificable. Si fuera conveniente reabrir aquella controversia, podríamos probar, con el testimonio de testigos presenciales intachables, que los habitantes de Bazeilles se echaron sobre los heridos bávaros, los maltrataron y los arrojaron a las llamas de casas incendiadas por granadas; y que, a consecuencia de ello, el general Von der Tann dio la estúpida y bárbara orden de destruir todo el lugar —estúpida y bárbara, sobre todo, porque significaba prender fuego a casas en las que yacían sus propios heridos por centenares. Pero, en todo caso, Bazeilles fue destruida en el fragor de la batalla y en una contienda de las más exasperantes —la de los combates casa por casa y calle por calle, donde hay que actuar sobre la base de informes y tomar decisiones al instante, y donde la gente no tiene tiempo de sopesar pruebas ni de oír los argumentos de ambas partes.

Durante las últimas seis semanas, el carácter de la guerra ha experimentado un cambio notable. Los ejércitos regulares de Francia han desaparecido; la lucha la sostienen levas cuya misma impericia las hace más o menos irregulares. Allí donde intentan presentarse en masas en campo abierto, son fácilmente derrotadas; allí donde combaten al amparo de pueblos y ciudades atrincheradas y aspilleradas, descubren que pueden ofrecer una resistencia seria. Se les alienta a este tipo de lucha, a las sorpresas nocturnas y a otros golpes de guerra de guerrillas, mediante proclamas y órdenes del gobierno, quien también ordena a la población del distrito en que operan que los apoye en todos los sentidos. Esta resistencia sería fácilmente sofocada si el enemigo dispusiera de fuerzas suficientes para la ocupación de todo el país. Pero no dispuso de ellas hasta la rendición de Metz. La fuerza de los invasores se había agotado antes de que pudieran alcanzar, por un lado, Amiens, Rouen, Le Mans, Blois, Tours y Bourges, y por el otro, Besançon y Lyon. Y que esa fuerza se agotara tan pronto se debe en no poca medida a esa mayor condensación del medio resistente. Los eternos «cuatro ulanos» ya no pueden cabalgar hasta una aldea o ciudad muy por fuera de sus propias líneas e imponer sumisión absoluta a sus órdenes sin riesgo de ser capturados o muertos. Las columnas de requisa tienen que ir acompañadas de una fuerza imponente, y las compañías o escuadrones aislados tienen que guardarse bien de las sorpresas nocturnas cuando se acantonan en un pueblo, y de las emboscadas cuando están en marcha. Hay un cinturón de terreno disputado alrededor de todas las posiciones alemanas, y es precisamente allí donde más severamente se siente la resistencia popular. Y para sofocar esta resistencia popular los alemanes están recurriendo a un código de guerra tan anticuado como bárbaro. Se atienen a la regla de que toda ciudad o aldea en que uno o más de sus habitantes tomen parte en la defensa, disparen contra sus tropas o, en general, ayuden a los franceses, debe ser incendiada; que todo hombre capturado con las armas en la mano que no sea, según su criterio, un soldado regular, debe ser fusilado de inmediato; y que cuando hay razones para creer que una parte considerable de la población de una ciudad ha sido culpable de alguna de esas ofensas, todos los hombres válidos deben ser pasados a cuchillo en el acto. Este sistema se ha llevado a cabo sin piedad durante cerca de seis semanas y sigue aún en pleno vigor. No se puede abrir un periódico alemán sin tropezar con media docena de informes de tales ejecuciones militares, que allí se consideran como la cosa más natural, como simples actuaciones de la justicia militar llevadas a cabo con saludable severidad por «honrados soldados» contra «cobardes asesinos y bandidos». No hay desorden de ningún tipo, ni saqueo indiscriminado, ni violación de mujeres, ni irregularidad. Nada de eso. Todo se hace sistemáticamente y por orden; la aldea condenada es rodeada, los habitantes desalojados, los víveres asegurados y las casas incendiadas, mientras que los verdaderos o presuntos culpables son llevados ante un consejo de guerra, donde les aguardan una breve confesión y media docena de balas con certeza infalible. En Ablis, un pueblo de 900 habitantes, camino de Chartres, un escuadrón de los húsares 16.º (Schleswig-Holstein) fue sorprendido de noche por irregulares franceses, y perdió la mitad de sus hombres; para castigar ese acto de insolencia, toda la brigada de caballería marchó a Ablis e incendió el lugar entero; y dos informes distintos, ambos de actores del drama, aseguran que todos los hombres válidos fueron sacados de entre los habitantes y fusilados o despedazados sin excepción. Este no es más que uno entre muchísimos casos. Un oficial bávaro en las cercanías de Orléans escribe que su destacamento ha incendiado cinco aldeas en doce días; y no es exageración decir que, por donde pasan las columnas volantes alemanas en el centro de Francia, su camino queda demasiado a menudo marcado por el fuego y la sangre.

Ahora bien, en 1870 apenas bastará decir que ésta es una guerra legítima, y que la injerencia de civiles o de cualquiera que no esté debidamente reconocido como soldado equivale a bandolerismo, y puede ser reprimida a sangre y fuego. Todo esto podía valer en tiempos de Luis XIV y Federico II, cuando no había otras contiendas que las de los ejércitos. Pero desde la guerra de independencia norteamericana hasta la guerra de secesión americana, tanto en Europa como en América, la participación de las poblaciones en la guerra ha llegado a ser, no la excepción, sino la regla. Allí donde un pueblo se ha dejado someter meramente porque sus ejércitos se habían vuelto incapaces de resistir, ha sido expuesto al desprecio universal como una nación de cobardes; y allí donde un pueblo ha llevado a cabo con energía esta resistencia irregular, los invasores muy pronto han encontrado imposible aplicar el anticuado código de sangre y fuego. Los ingleses en América, los franceses bajo Napoleón en España, los austriacos en 1848 en Italia y Hungría, se vieron muy pronto obligados a tratar la resistencia popular como perfectamente legítima, por temor a represalias contra sus propios prisioneros. Ni siquiera los prusianos en Baden, en 1849, ni el Papa después de Mentana, tuvieron el valor de fusilar indiscriminadamente a sus prisioneros de guerra, aunque fueran irregulares y «rebeldes». Sólo existen dos ejemplos modernos de la aplicación despiadada de este código anticuado de «exterminio»: la represión del motín de los cipayos por los ingleses en la India, y los procedimientos de Bazaine y sus franceses en México.

De todos los ejércitos del mundo, el último que debería renovar tales prácticas es el prusiano. En 1806, Prusia se derrumbó simplemente porque no había en ninguna parte del país el menor rastro de ese espíritu de resistencia nacional. Después de 1807, los reorganizadores de la administración y del ejército hicieron todo lo posible por reavivarlo. En aquel tiempo, España dio el glorioso ejemplo de cómo una nación puede resistir a un ejército invasor. Todos los jefes militares de Prusia señalaron este ejemplo a sus compatriotas como modelo que debía seguirse. Scharnhorst, Gneisenau, Clausewitz estaban todos de acuerdo en este aspecto; Gneisenau incluso fue a España personalmente a luchar contra Napoleón. Todo el nuevo sistema militar inaugurado entonces en Prusia fue un intento de organizar la resistencia popular contra el enemigo, al menos en la medida en que ello era posible en una monarquía absoluta. No sólo todo hombre apto para el servicio debía pasar por el ejército y servir en la Landwehr hasta los cuarenta años; los muchachos entre diecisiete y veinte y los hombres entre cuarenta y sesenta debían formar parte del Landsturm o leva en masa, el cual debía levantarse en la retaguardia y en los flancos del enemigo, hostigar sus movimientos, interceptar sus suministros y correos, emplear todas las armas que pudiera encontrar, utilizar indistintamente cuantos medios tuviera a mano para molestar al invasor —«cuanto más eficaces, mejor»— y, sobre todo, «no vestir uniforme de ninguna clase, para que los landsturmistas pudieran en cualquier momento recobrar su carácter de civiles y seguir siendo desconocidos para el enemigo». Toda esa «Landsturm Ordnung», como se llama la ley de 1813 relativa a ella, está redactada —y su autor no es otro que Scharnhorst, el organizador del ejército prusiano— en ese espíritu de resistencia nacional sin concesiones, para la cual todos los medios son legítimos y los más eficaces son los mejores. Pero todo esto debían hacerlo los prusianos contra los franceses, y si los franceses actúan del mismo modo hacia los prusianos, eso es ya cosa muy distinta. Lo que en un caso era patriotismo, en el otro se convierte en bandolerismo y cobarde asesinato.

El hecho es que el actual gobierno prusiano se avergüenza de esa vieja y semirrevolucionaria Landsturm Ordnung, y trata de hacerla olvidar con sus actuaciones en Francia. Pero cada acto de crueldad gratuita que cometen en Francia la traerá cada vez más al recuerdo; y las justificaciones que se dan para un modo tan innoble de hacer la guerra no tenderán sino a demostrar que, si el ejército prusiano ha mejorado inmensamente desde Jena, el gobierno prusiano está madurando rápidamente ese mismo estado de cosas que hizo posible Jena.