La caída de Metz

The Pall Mall Gazette.

Nº. 1782, 29 de octubre de 1870

La caída de Metz.

La guerra actual es una guerra de capitulaciones, cada una de las cuales parece destinada a superar en magnitud a sus predecesoras. Primero llegaron los 84.000 hombres que depusieron las armas en Sedán, un acontecimiento semejante al cual, o siquiera algo que se le aproxime, no se había visto en ninguna guerra anterior, ni siquiera en las de Austria. Ahora llega la capitulación de 170.000 hombres, junto con la fortaleza de Metz, superando a Sedán tanto como Sedán superó todas las capitulaciones anteriores. ¿Será París, a su vez, quien supere a Metz? Si la guerra continúa, apenas cabe duda de que así será.

Los tres errores radicales que llevaron a Napoleón del 2 de agosto al 2 de septiembre, de Saarbrücken a Sedán, y que virtualmente privaron a Francia de la totalidad de sus ejércitos, fueron: primero, haber recibido el ataque enemigo en una posición que permitió a los alemanes victoriosos introducirse entre los cuerpos dispersos del ejército francés y dividirlo así en dos cuerpos distintos, ninguno de los cuales podía reunirse con el otro ni siquiera actuar concertadamente con él; segundo, la demora del ejército de Bazaine en Metz, que hizo que quedara allí irremediablemente encerrado; y tercero, la marcha en socorro de Bazaine con fuerzas y por una ruta que positivamente invitaba al enemigo a tomar prisionero a todo el ejército de socorro. Los efectos del primer error fueron patentes a lo largo de toda la campaña. Los del tercero culminaron en Sedán; los del segundo acabamos de presenciarlos en Metz. La totalidad de ese «Ejército del Rin», al que Napoleón prometió una ardua campaña en un país lleno de fortalezas, se encuentra ahora en esas mismas fortalezas, o en camino hacia ellas, como prisionero de guerra, y Francia no sólo está virtual, sino positivamente, privada de casi todas sus tropas regulares.

La pérdida de los hombres mismos y del material rendido junto con Metz, que ha de ser enorme, es un golpe bastante duro. Pero no es el más duro. Lo peor para Francia es que, con estos hombres y este material, se ve privada de esa organización militar de la que está más necesitada que de ninguna otra cosa. De hombres hay en abundancia; incluso de hombres instruidos, entre veinticinco y treinta y cinco años, debe de haber por lo menos 300.000. El material puede reponerse con los arsenales y fábricas del país y mediante el comercio exterior. En circunstancias como éstas, todos los buenos fusiles de retrocarga son útiles, sin importar el modelo conforme al cual estén construidos ni si la munición de uno sirve para los otros modelos. Dándose la bienvenida a todo lo que sirva, con un uso adecuado de telégrafos y vapores, podría haber ahora a disposición del gobierno más armas y cartuchos de los que pudieran utilizarse. Incluso la artillería de campaña podría haberse suministrado a estas alturas. Pero lo que más falta hace es esa sólida organización capaz de hacer un ejército con todos estos hombres armados. Esta organización está personificada en los oficiales y suboficiales del ejército regular, y deja de estar disponible definitivamente con su rendición. El número de oficiales que han sido retirados del servicio activo de Francia, por bajas en el campo de batalla y por capitulaciones, no puede ser ahora inferior a diez o doce mil, y el de suboficiales es casi el triple. Al retirarse de golpe de la defensa nacional semejantes fuerzas organizadoras, se hace sumamente difícil convertir masas de hombres en compañías y batallones de soldados. Quien haya visto levas populares en el campo de instrucción o bajo el fuego —sean los Freischaaren de Baden, los yanquis de Bull Run, los Mobiles franceses o los voluntarios británicos— habrá advertido de inmediato que la causa principal de la impotencia y la inestabilidad de estas tropas reside en que los oficiales no conocen su deber; y en el caso actual de Francia, ¿quién hay para enseñarles su deber? Los pocos oficiales retirados a media paga o inválidos no son suficientemente numerosos para hacerlo; no pueden estar en todas partes; la enseñanza no ha de ser sólo teórica, sino también práctica; no sólo de palabra, sino mediante el acto y el ejemplo. Unos pocos oficiales jóvenes o sargentos recién ascendidos en un batallón se adaptarán muy pronto a su trabajo mediante la constante observación de lo que hacen los oficiales veteranos; pero ¿qué hacer cuando los oficiales son casi todos nuevos, y ni siquiera se dispone de muchos sargentos veteranos a los que ascender a oficiales? Esos mismos hombres que ahora se muestran, en casi todo encuentro, incapaces de actuar en masas a campo abierto, habrían aprendido pronto a combatir si hubiera sido posible encuadrarlos en los viejos batallones de Bazaine; es más, si hubieran tenido siquiera la oportunidad de estar mandados por los oficiales y sargentos de Bazaine. Y con esta pérdida definitiva para la presente campaña de casi el último vestigio de su organización militar, es por lo que Francia sufre más con la capitulación de Metz.

Será el momento de formarse una opinión decidida sobre la conducción de la defensa cuando hayamos oído lo que los defensores tengan que decir en su descargo. Pero si es un hecho que 170.000 hombres capaces de empuñar las armas se han rendido, entonces la presunción es que la defensa no ha estado a la altura de lo requerido. En ningún momento desde finales de agosto ha sido el ejército sitiador el doble de fuerte que el sitiado. Debe de haber oscilado entre 200.000 y 230.000 hombres, desplegados en un círculo de por lo menos veintisiete millas de perímetro, y esto sólo en la primera línea; lo que equivale a decir que el círculo ocupado por las masas debe de haber tenido por lo menos de treinta y seis a cuarenta millas de perímetro. Este círculo estaba, además, partido en dos por el río Mosela, infranqueable salvo por puentes situados a cierta distancia a retaguardia de la primera línea. Si un ejército de 170.000 hombres no pudo arreglárselas para ser superior en fuerza en un punto cualquiera de este círculo y romperlo antes de que pudieran traerse refuerzos suficientes, hay que concluir o bien que las disposiciones de las tropas sitiadoras estaban por encima de todo elogio, o bien que los intentos de atravesarlas no se hicieron nunca como debieran haberse hecho. Probablemente sabremos que aquí, como en toda esta guerra, consideraciones políticas han lisiado la acción militar.

Si no se concluye ahora la paz, las consecuencias de este nuevo desastre se harán sentir pronto en Francia. Suponemos que las dos divisiones de la Landwehr se quedarán de guarnición en Metz. El II Cuerpo está ya en camino hacia París, lo cual no implica absolutamente que se tenga la intención de que tome parte en el cerco de la capital. Pero suponiendo que así fuera, quedarían seis cuerpos, o por lo menos de 130.000 a 140.000 hombres, a los que Moltke puede enviar adonde quiera. Las comunicaciones del ejército con Alemania se mantuvieron sin gran participación de las tropas del príncipe Federico Carlos; para este fin tendrá que destacar pocos hombres, si es que ha de destacar alguno. El resto está disponible para la invasión del oeste y del sur de Francia. No habrá necesidad de mantenerlos a todos juntos. Probablemente se dividirán en dos o tres agrupaciones que, junto con el cuerpo de Von der Tann, formarán en total por lo menos 150.000 hombres, y recibirán la orden de avanzar hacia las partes de Francia hasta ahora no ocupadas por los alemanes. Un cuerpo ocupará casi con toda seguridad las ricas provincias de Normandía y Le Maine hasta el Loira, con Le Mans, donde confluyen cinco ferrocarriles, como centro. Otro avanzará en dirección a Burdeos, después de haber despejado la línea del Loira desde Tours hasta Nevers, y ocupado o destruido los arsenales y fábricas militares de Bourges. Este cuerpo podría marchar desde Metz por Chaumont y Auxerre, donde la comarca aún no ha sido devorada por las requisas. Un tercer cuerpo podría ir directamente al sur, para abrir comunicaciones con el general Von Werder. Dado que el interior de Francia está casi completamente desprovisto de fortalezas que merezcan ese nombre, no habrá más resistencia que la fugaz de las nuevas levas y la más pasiva, pero también más tenaz, de las poblaciones. Si con semejantes ejércitos liberados de golpe, Moltke intentará el sitio de más fortalezas, o incluso la reducción de un puerto naval fortificado como Cherburgo, está por verse; ya no necesita reducir más fortalezas, excepto Phalsburg y Belfort, que bloquean líneas principales de ferrocarril y, por supuesto, París.