Friedrich Engels

La suerte de Metz

The Pall Mall Gazette.
Núm. 1771, 17 de octubre de 1870

La suerte de Metz.

Si hemos de creer las noticias de Berlín, el estado mayor prusiano parece anticipar que París será conquistada antes que Metz. Pero esta opinión se funda evidentemente tanto en razonamientos políticos como militares. Los disturbios en París que el conde Bismarck ha estado esperando aún no han comenzado; pero se espera que la discordia y la guerra civil estallen sin falta tan pronto como los grandes cañones de los sitiadores empiecen a tronar sobre la ciudad. Hasta ahora, los parisienses han desmentido la opinión que de ellos se tenía en el cuartel general alemán, y pueden seguir haciéndolo hasta el final. De ser así, la idea de que París será tomada para finales de este mes resultará casi con toda certeza ilusoria, y puede que Metz tenga que rendirse antes que París.

Metz, como mera fortaleza, es infinitamente más fuerte que París. Esta última ciudad está fortificada bajo el supuesto de que el ejército francés derrotado, en su totalidad o por lo menos en su mayor parte, se replegará sobre ella y llevará a cabo la defensa mediante ataques constantes al enemigo, cuyos intentos de investir la plaza lo debilitan necesariamente en cada punto de la larga línea que ha de ocupar. La fuerza defensiva de las obras, por lo tanto, no es muy grande, y con toda razón es así. Prever un caso como el que ahora se ha producido por los errores de la estrategia bonapartista habría elevado el coste de las fortificaciones a una suma inmensa; y el tiempo en que la defensa podría así prolongarse apenas alcanzaría a quince días. Además, las obras de tierra erigidas durante o antes del asedio pueden reforzar considerablemente las obras. Con Metz el caso es muy distinto.

Metz fue legada a la generación actual por Cormontaigne y otros grandes ingenieros del siglo pasado como una fortaleza muy sólida, sólida en sus obras defensivas. El Segundo Imperio ha añadido a éstas un círculo de siete fuertes destacados muy grandes, a distancias de entre dos millas y media y tres millas del centro de la ciudad, para ponerla a salvo del bombardeo incluso con cañones de ánima rayada, y para convertir todo en un gran campo atrincherado sólo superado por París. Un asedio de Metz, por lo tanto, sería una operación muy larga incluso si la ciudad sólo contase con su guarnición de guerra normal. Pero un asedio frente a los 100.000 hombres que ahora se hallan a cubierto bajo sus fuertes sería casi imposible. La esfera dentro de la cual los franceses siguen siendo dueños se extiende a dos millas completas más allá de la línea de fuertes; para hacerlos retroceder hasta la línea de fuertes, de modo de conquistar el terreno donde habrían de excavarse las trincheras, sería necesaria una serie de combates cuerpo a cuerpo como sólo se vieron ante Sebastopol; y suponiendo que la guarnición no se desmoralice por esos combates constantes o que los sitiadores no se cansen de tal sacrificio de vidas, la lucha podría durar muchos meses. Por consiguiente, los alemanes nunca han intentado un asedio regular, sino que tratan de rendir la plaza por hambre. Un ejército de 100.000 hombres, sumado a una población de cerca de 60.000 y a las masas de campesinos que han buscado refugio tras los fuertes, agotará tarde o temprano las existencias de víveres si se mantiene rigurosamente el bloqueo; e, incluso antes de que ello ocurra, lo más probable es que la desmoralización de la guarnición fuerce la rendición. Una vez que un ejército se halla completamente cercado, inútiles todos sus intentos de romper el cerco y cortada toda esperanza de socorro exterior, incluso el mejor ejército irá perdiendo gradualmente su disciplina y cohesión bajo padecimientos, privaciones, fatigas y peligros que no parecen servir a otro propósito que el de preservar el honor de la bandera.

En vano hemos estado aguardando desde hace algún tiempo síntomas de esta desmoralización. Las existencias de víveres dentro de la ciudad han sido mucho más considerables de lo que se suponía, por lo que el ejército de Metz la ha pasado bastante bien. Pero los depósitos, si abundantes, deben de haber estado mal surtidos; lo cual es muy natural, pues se trataba de suministros sueltos para el ejército, abandonados accidentalmente en la ciudad y jamás destinados al fin que ahora han de cumplir. La consecuencia es que la dieta de los soldados, a la larga, no sólo se torna diferente de aquella a la que están acostumbrados, sino positivamente anormal, y produce enfermedades de distintas clases y de una gravedad que aumenta a diario, operando las causas de estas enfermedades con fuerza cada vez mayor día a día. Parece que esta fase del bloqueo se ha alcanzado ya. Entre los artículos de que Metz está escasa se cuentan el pan, el principal alimento habitual del campesinado francés, y la sal. Esta última es absolutamente indispensable para conservar la salud; y, como el pan es casi la única forma en que los franceses ingieren almidón para los alimentos productores de grasa, lo mismo puede decirse en este caso respecto del primero. La necesidad de alimentar a los soldados y habitantes principalmente con carne ha producido, según se dice, disentería y escorbuto. Sin confiar demasiado en los informes de los desertores, que por lo general dicen lo que creen que agradará a sus captores, podemos aún así creer que tales son los hechos, pues es justamente lo que forzosamente ha de ocurrir en estas circunstancias. Que las probabilidades de desmoralización deben por ello aumentar rápidamente es cosa de cajón.

El muy capaz corresponsal del Daily News ante Metz afirma, en su descripción de la salida de Bazaine del 7 de octubre, que tras haberse establecido los franceses en las aldeas al norte del Fuerte Saint-Eloy (al norte de Metz, en el valle del Mosela), se formó una masa de por lo menos 30.000 de ellos más a su derecha, junto al río, y avanzó contra los alemanes. Esta columna, o grupo de columnas, estaba manifiestamente destinada a romper el círculo de inversión. Esa tarea exigía la mayor determinación. Tendrían que marchar directamente hacia un semicírculo de tropas y baterías que concentrarían su fuego sobre ellos; la intensidad de ese fuego aumentaría hasta el momento del contacto efectivo con las masas enemigas, y si lograban desbaratarlas, disminuiría de inmediato considerablemente, mientras que, si tenían que retirarse, sufrirían por segunda vez el mismo fuego cruzado. Los hombres tenían forzosamente que saberlo; y, además, Bazaine emplearía para este supremo esfuerzo a sus mejores tropas. Sin embargo, se nos dice que ni siquiera llegaron a ponerse a tiro de fusil de las masas alemanas. Antes de llegar al punto crítico, el fuego de la artillería y de la línea de tiradores en guerrilla había disuelto su cohesión: «las densas columnas vacilaron primero y luego se deshicieron».

Ésta es la primera vez en esta guerra que oímos cosa semejante de los hombres que supieron afrontar bastante bien el acero frío y el fuego abrasador en Vionville, Gravelotte y en las últimas salidas. Esta incapacidad incluso para intentar a fondo la tarea que les fue encomendada parece demostrar que el ejército de Metz ya no es lo que era. Parece indicar, no todavía desmoralización, sino desánimo y desesperanza: el sentimiento de que de nada vale intentarlo. De ahí a la desmoralización positiva no hay muchos pasos, sobre todo tratándose de soldados franceses. Y aunque sería prematuro predecir por estos indicios la pronta caída de Metz, será sorprendente que no descubramos pronto más síntomas que anuncien que la defensa está decayendo.

La rendición de Metz ejercería sobre el curso de la guerra una influencia moral mucho menor, pero material mucho mayor, que la caída de París. Si París es tomada, Francia puede ceder, pero no está obligada a hacerlo más que ahora. Pues la parte con mucho mayor de las tropas que hoy asedian París sería necesaria para mantener la ciudad y sus alrededores, y es más que dudoso que pudiera destacarse un número suficiente de hombres para avanzar hasta Burdeos. Pero, si Metz capitulase, más de 200.000 alemanes quedarían en libertad, y un ejército así, en el estado actual de las fuerzas francesas en campaña, sería más que suficiente para ir a donde quisiera a campo abierto y hacer allí lo que quisiera. El avance de la ocupación, detenido por los dos grandes campos atrincherados, empezaría de nuevo de inmediato, y cualquier intento de guerra de guerrillas, que ahora podría ser muy eficaz, sería rápidamente aplastado.