Alocución del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores
a los obreros de Europa y los Estados Unidos

Las matanzas en Bélgica.
A los obreros de Europa y los Estados Unidos.

Apenas pasa una semana en Inglaterra sin huelgas – y huelgas en gran escala. Si en tales ocasiones el Gobierno dejase sueltos a sus soldados contra la clase obrera, esta tierra de las huelgas se convertiría en una tierra de matanzas; pero no por muchas semanas. Después de unos cuantos experimentos de fuerza física, los poderes existentes se quedarían sin sitio alguno. También en los Estados Unidos el número y la escala de las huelgas han seguido aumentando en los últimos años, y a veces han cobrado incluso un carácter tumultuoso. Pero no se ha derramado sangre. En algunos de los grandes Estados militares de la Europa continental, la era de las huelgas puede fecharse a partir del final de la guerra civil americana. Mas tampoco aquí se ha derramado sangre. No existe más que un solo país en el mundo civilizado donde cada huelga es convertida ávidamente y con regocijo en pretexto para la matanza oficial de la clase obrera. ¡Ese país de la bendita singularidad es Bélgica!, el Estado modelo del constitucionalismo continental, el pequeño paraíso bien resguardado, recortado y cómodo del terrateniente, el capitalista y el cura. La tierra no cumple su revolución anual con más seguridad que el Gobierno belga su matanza anual de obreros. La matanza de este año no difiere de la del año pasado sino por el número más espantoso de sus víctimas, la ferocidad más horrenda de un ejército por lo demás ridículo, la algarabía más estruendosa de la prensa clerical y capitalista, y la acentuada frivolidad de los pretextos aducidos por los carniceros gubernamentales.

Ha quedado demostrado, incluso por el testimonio involuntario de la prensa capitalista, que la huelga absolutamente legítima de los pudeladores de la fábrica de hierro Cockerill, en Seraing, no se convirtió en motín sino por el súbito lanzamiento sobre el lugar de un fuerte destacamento de caballería y gendarmería, con el fin de provocar al pueblo. Desde el 9 hasta el 12 de abril, estos esforzados guerreros no solo cargaron temerariamente con sable y bayoneta contra los obreros desarmados, sino que mataron e hirieron indiscriminadamente a transeúntes inofensivos, irrumpieron por la fuerza en domicilios privados, y hasta se divirtieron con repetidos y furiosos asaltos a los viajeros apiñados en la estación de ferrocarril de Seraing. Pasados estos días de horror, empezó a rumorearse que el señor Kamp, alcalde de Seraing, era agente de la sociedad por acciones Cockerill, que el ministro belga del Interior, un tal señor Pirmez, era el mayor accionista de una mina de carbón vecina también en huelga, y que su Alteza Real el Príncipe de Flandes había invertido 1.500.000 francos en la empresa Cockerill. De ahí que la gente saltase a la conclusión verdaderamente extraña de que la matanza de Seraing había sido una especie de golpe de Estado por acciones, tramado tranquilamente entre la firma Cockerill y el ministro belga del Interior, con el simple propósito de infundir terror a sus súbditos desafectos. Esta calumnia, sin embargo, quedó poco después refutada victoriosamente por los sucesos posteriores acaecidos en el Borinage, una cuenca carbonífera donde el ministro belga del Interior, el dicho señor Pirmez, no parece ser un capitalista principal. Habiendo estallado una huelga casi general entre los mineros de esa zona, se concentraron numerosas tropas, que abrieron su campaña en Frameries con una descarga de fusilería que mató a nueve e hirió gravemente a veinte mineros; tras esta pequeña hazaña preliminar, se leyó la ley sobre motines —denominada de manera singular en francés «les sommations préalables»— y luego prosiguió la carnicería.

Algunos políticos remontan estos hechos increíbles a motivos de un sublime patriotismo. Precisamente cuando negociaban con su vecino francés algunos puntos espinosos, el Gobierno belga —dicen— estaba en el deber de hacer alarde del heroísmo de su ejército. De ahí esa científica división de las armas, que exhibía primero el ímpetu irresistible de la caballería belga en Seraing, y luego el vigor firme de la infantería belga en Frameries. Para atemorizar al extranjero, ¿qué medios más infalibles que tales batallas caseras, que no se sabe cómo perder, y tales campos de batalla domésticos, donde los centenares de obreros muertos, mutilados y hechos prisioneros arrojan un brillo tan glorioso sobre esos guerreros invulnerables que, hasta el último hombre, logran poner la piel a salvo?

Otros políticos, por el contrario, sospechan que los ministros belgas están vendidos a las Tullerías y que representan periódicamente estas horribles escenas de una guerra civil de pega con el propósito deliberado de brindar a Luis Bonaparte un pretexto para salvar la sociedad en Bélgica como la ha salvado en Francia. Pero ¿acaso se acusó alguna vez al ex gobernador Eyre de haber organizado la matanza de negros en Jamaica para arrebatar esa isla a Inglaterra y ponerla en manos de los Estados Unidos? Sin duda los ministros belgas son excelentes patriotas al estilo de Eyre. Así como él fue la herramienta sin escrúpulos del plantador antillano, ellos son las herramientas sin escrúpulos del capitalista belga.

El capitalista belga ha ganado merecida fama en el mundo por su pasión excéntrica por lo que él llama «la libertad del trabajo» (la liberté du travail). Tan encariñado está de la libertad de que sus manos trabajen para él todas las horas de su vida, sin excepción de edad o sexo, que siempre ha rechazado indignado toda ley fabril que menoscabara esa libertad. Se estremece ante la sola idea de que un simple obrero sea lo bastante perverso para reclamar un destino más alto que el de enriquecer a su amo y superior natural. Quiere que su obrero no solo siga siendo un esclavo miserable, agotado por el trabajo y mal pagado, sino que, como cualquier otro esclavista, quiere que sea un esclavo servil, rebajado, descorazonado, moralmente postrado, religiosamente humilde. De ahí su furia frenética ante las huelgas. Para él, una huelga es una blasfemia, una revuelta de esclavos, la señal de un cataclismo social. Poned ahora en manos de tales hombres —crueles por pura cobardía— el poder indiviso, incontrolado y absoluto del Estado, como es realmente el caso en Bélgica, y ya no os sorprenderá ver el sable, la bayoneta y el fusil obrando en ese país como instrumentos legítimos y normales para mantener bajos los salarios y acrecentar las ganancias. Pero, de hecho, ¿a qué otro propósito terrenal podría servir un ejército belga? Cuando, por imposición de la Europa oficial, Bélgica fue declarada país neutral, debería habérsele prohibido, como cosa natural, el costoso lujo de un ejército, salvo, quizá, un puñado de soldados, apenas los suficientes para montar la guardia real y desfilar en una función real de títeres. No obstante, en sus 536 leguas cuadradas de territorio, Bélgica alberga un ejército mayor que el del Reino Unido o el de los Estados Unidos. El servicio activo de este ejército neutralizado se computa fatalmente por el número de sus razias contra la clase obrera.

Se comprenderá fácilmente que la Asociación Internacional de los Trabajadores no fuera un huésped bienvenido en Bélgica. Excomulgada por el cura, calumniada por la prensa respetable, pronto llegó a las manos con el Gobierno. Este último se esforzó por librarse de ella haciéndola responsable de las huelgas de las minas de Charleroi de 1867-68, huelgas rematadas, según la invariable regla belga, con matanzas oficiales, seguidas por el procesamiento judicial de las víctimas. No solo fue frustrada esta cábala, sino que la Asociación tomó medidas activas, cuyo resultado fue un veredicto de inculpabilidad para los mineros de Charleroi y, por consiguiente, un veredicto de culpabilidad contra el propio Gobierno. Enfurecidos por esta derrota, los ministros belgas dieron rienda suelta a su mal humor mediante feroces denuncias desde la tribuna de la Cámara de Diputados contra la Asociación Internacional de los Trabajadores, y declararon pomposamente que jamás permitirían que su Congreso General se reuniera en Bruselas. A despecho de sus amenazas, el Congreso se reunió en Bruselas. Pero ahora, por fin, la Internacional va a sucumbir ante las 536 leguas cuadradas de la omnipotencia belga. Su culpable complicidad en los recientes acontecimientos ha quedado probada más allá de toda duda. Los emisarios del Comité Central de Bruselas para Bélgica y de algunos comités locales han sido convictos de varios crímenes flagrantes. En primer término, se esforzaron denodadamente por calmar la excitación de los obreros en huelga y por prevenirles contra las trampas del Gobierno. En algunas localidades impidieron efectivamente la efusión de sangre. Y, por último, pero no por ello menos importante, estos emisarios de mal agüero observaron sobre el terreno, constataron mediante testigos, anotaron cuidadosamente y denunciaron públicamente las sangrientas extravagancias de los defensores del orden. Por el simple procedimiento del encarcelamiento, se los convirtió de acusadores en acusados. Luego se invadieron brutalmente los domicilios de los miembros del Comité de Bruselas, se confiscaron todos sus papeles y algunos de ellos fueron arrestados bajo la acusación de pertenecer a una asociación «fundada con el propósito de atentar contra las vidas y propiedades de los individuos». En otras palabras, se les imputaba pertenecer a una asociación de asesinos, comúnmente llamada Asociación Internacional de los Trabajadores. Azuzado por las delirantes capuchinadas de la prensa clerical y los aullidos salvajes de la prensa capitalista, este gobierno fanfarrón y mezquino está decididamente ansioso por ahogarse en un cenagal de ridículo, después de haberse revolcado en un mar de sangre.

Ya el Comité Central belga en Bruselas ha anunciado su intención de abrir, y publicar después los resultados de, una investigación completa sobre las matanzas de Seraing y el Borinage. Nosotros difundiremos sus revelaciones por todo el mundo, a fin de abrir los ojos del mundo sobre la petulante fanfarronada favorita del capitalista belga: «La liberté, pour faire le tour du monde, n'a pas besoin de passer par ici (la Belgique).»*

Acaso el Gobierno belga se halague con la idea de que, habiendo ganado después de las revoluciones de 1848-49 un respiro vital al convertirse en el agente policial de todos los gobiernos reaccionarios del continente, pueda ahora conjurar de nuevo el peligro inminente haciendo de gendarme del capital contra el trabajo de manera ostensible. Sin embargo, se trata de un grave error. En vez de retrasar la catástrofe, lo único que harán así será precipitarla. Convirtiendo a Bélgica en burla y hazmerreír de las masas populares en todo el mundo, eliminarán el último obstáculo en el camino de los déspotas empeñados en borrar el nombre de ese país del mapa de Europa.

El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores hace un llamamiento a los obreros de Europa y los Estados Unidos para que abran suscripciones monetarias destinadas a aliviar los sufrimientos de las viudas, esposas e hijos de las víctimas belgas, así como para los gastos ocasionados por la defensa legal de los obreros arrestados y la investigación propuesta por el Comité de Bruselas.

Por orden del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores,
R. APPLEGARTH, Presidente
R. SHAW, Secretario para América.
BERNARD, Secretario para Bélgica.
EUGENE DUPONT, Secretario para Francia.
KARL MARX, Secretario para Alemania.
JULES JOHANNARD, Secretario para Italia.
A. ZABICKI, Secretario para Polonia.
H. JUNG, Secretario para Suiza.
COWELL STEPNEY, Tesorero.
J.G. ECCARIUS, Secretario del Consejo General.

Londres, 4 de mayo de 1869.
Todas las contribuciones para las víctimas de la matanza belga deben enviarse a la Oficina del Consejo General, 256, High Holborn, Londres, W.C.

* «La libertad, para dar la vuelta al mundo, no necesita pasar por aquí (Bélgica)».

Manifiesto del Consejo General de Londres

A todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores

No pasa una semana en Inglaterra sin huelgas, y huelgas en gran escala. Si con ocasión de ellas el gobierno lanzara sus soldados contra los proletarios, este país de las huelgas se convertiría en país de las masacres; mas después de algunos experimentos de esta índole, los poderes establecidos habrían desaparecido.

En los Estados Unidos también, las huelgas han seguido extendiéndose durante estos últimos años, y a menudo han llegado incluso a degenerar en manifestaciones turbulentas. Pero no se ha derramado ni una gota de sangre.

En algunos de los grandes Estados militares de la Europa continental, la era de las huelgas data aproximadamente del fin de la guerra civil en América. También aquí transcurren sin efusión de sangre.

No hay más que un solo país en el mundo civilizado donde se aprovecha ávida y gozosamente el pretexto de las huelgas para asesinar a los obreros. Este país único es Bélgica, el país modelo del constitucionalismo continental, el paraíso en pequeño del señor de la tierra, del capitalista y del sacerdote. No cumple la tierra su revolución anual con más seguridad que el gobierno belga su masacre anual. La masacre de este año no se diferencia de la del año pasado más que por el número mayor de víctimas, la licencia más abominable de la soldadesca, el júbilo más estruendoso de la prensa clerical y capitalista, y la frivolidad más desvergonzada de los pretextos aducidos por los carniceros oficiales.

Ahora ha quedado comprobado, y precisamente por las indiscreciones de la prensa burguesa, que la huelga perfectamente legítima de los obreros pudeladores y calentadores de la fábrica de hierro de la Sociedad Cockerill, en Seraing, fue convertida en motín por la caballería, la infantería y la gendarmería, lanzadas pérfidamente sobre ese punto para provocar al pueblo. Desde el 9 hasta el 12 de abril, esos guerreros valientes, armados de pies a cabeza, asesinaban a obreros sin armas, mataban y herían a transeúntes, invadían casas particulares, y hasta se divertían lanzando cargas furiosas contra los viajeros encerrados a cal y canto en la estación del ferrocarril.

Transcurridos esos días de carnicería, se recordó que personajes de alto rango en Bélgica eran accionistas de la sociedad Cockerill, y que ciertas autoridades comunales eran al mismo tiempo agentes de esa misma sociedad. De estos hechos, algunos han querido sacar la conclusión verdaderamente extraña de que la masacre de Seraing habría sido una suerte de golpe de Estado financiero, prudentemente concertado con el simple fin de llevar el terror en medio de los esclavos descontentos. Esta calumnia ha sido, sin embargo, victoriosamente refutada por los acontecimientos ulteriores ocurridos en el distrito del Borinage, donde esos personajes, según parece, no se han dignado colocar su dinero. Habiendo estallado una huelga casi general en este distrito, el gobierno concentró allí sus tropas fieles. Éstas abrieron la campaña en Frameries con una descarga de fusilería, matando a siete obreros mineros e hiriendo gravemente a otros veinte; esta pequeña hazaña preliminar fue seguida de las intimaciones previas, y, tras las intimaciones, la carnicería siguió de nuevo su curso.

Hay también gentes políticas que se obstinan en encontrar motivos de alto patriotismo para estos actos increíbles. Como se estaba en dificultades con el galo, el deber del gobierno belga, dicen, estaba claramente trazado. A toda costa debía dar pruebas incontestables del heroísmo de su ejército. A tal efecto, esa sabia división de las armas desplegó el ímpetu irresistible de la caballería belga en Seraing y el vigor tenaz de la infantería belga en Frameries. Para atemorizar al extranjero, ¿qué medio más infalible que esas grandes batallas... que no se podrían perder, y esos campos de combate donde los centenares de obreros mutilados, muertos o hechos prisioneros, arrojan un lustre tan singular sobre esos guerreros invulnerables, de los cuales ninguno fue muerto, ni siquiera seriamente molestado? ¡Ah!, olvidamos que un guardia rural, que también representa la fuerza pública, sucumbió o estuvo a punto de sucumbir a consecuencia de una bala que no recibió de un huelguista, sino de un soldado.

Hay otras gentes no menos políticas, pero de opinión contraria, que nos dan a entender que bien podría ocurrir que hombres de Estado belgas estuvieran en connivencia con las Tullerías y no hicieran representar periódicamente estas horribles escenas de guerra civil más que para dar a Luis Bonaparte el pretexto de salvar la sociedad en Bélgica, como la ha salvado en Francia. Pero ¿acaso se ha sospechado jamás que el ex gobernador Eyre organizara la masacre de los negros de Jamaica para hacer caer esta isla en manos del yanqui? ¡No cabe duda! Los hombres de Estado belgas son tan excelentes patriotas como el ex gobernador Eyre. Al igual que Eyre era el instrumento despiadado de los plantadores, ellos son el instrumento despiadado del capitalista.

El capitalista belga se ha hecho célebre por su amor exagerado a la libertad del trabajo. Es tan celoso de la libertad de sus obreros para trabajar para él durante todas las horas de su vida, sin excepción de edad o de sexo, que siempre ha rechazado con encono las leyes fabriles que limitan la jornada de trabajo, introducidas hasta en los países más atrasados. Se estremece ante la sola idea de que un obrero vulgar sea bastante perverso para aspirar a un destino más elevado que el de enriquecer a su amo, su superior natural. Según sus miras, el obrero no sólo debe seguir siendo un sufridor de penalidades, agotado por el trabajo y reducido al mínimo de salario; sino que lo quiere además servil, abatido, humilde de corazón, arrastrándose a los pies del amo y del capataz. De ahí su odio feroz contra las huelgas. Para él, una huelga es una blasfemia, la rebelión del esclavo, la señal del cataclismo social. Poned ahora en manos de ese capitalista tembloroso, cruel por cobardía, el manejo indiviso, sin control, absoluto, de los poderes públicos, que es el caso en Bélgica, y dejaréis de asombraros de que en este país el sable, la bayoneta y el fusil funcionen legítima y regularmente como máquinas para bajar los salarios y elevar las ganancias. Y, después de todo, ¿a qué otro fin terrenal podría servir un ejército belga? Cuando la Europa oficial constituyó a Bélgica como país neutral, habría sido de simple sentido común prohibirle el lujo dispendioso de un ejército, a excepción de un puñado de soldados de parada indispensables como juguete real. Pero, en sus 2.500 leguas cuadradas de territorio, Bélgica alberga actualmente un ejército mayor que el de Inglaterra o el de los Estados Unidos. Los servicios de campaña de este ejército neutralizado se cuentan fatalmente por el número de sus expediciones al interior.

Se comprende a primera vista que la Asociación Internacional de los Trabajadores no sea bienvenida en Bélgica. Excomulgada por los sacerdotes, denigrada por la prensa burguesa, pronto entró en conflicto con el gobierno, que trataba de hacerla responsable de las huelgas de los mineros en 1868-69, huelgas que desembocaban, según la regla invariable en este país, en masacres seguidas de persecuciones judiciales. La Asociación desbarató no sólo la intriga gubernamental, sino que su intervención activa se mostró en la absolución de los mineros procesados, y, por consiguiente, en la condena del gobierno belga por un jurado belga. Luego los ministros se dedicaron a invectivar a la Asociación en la Cámara baja y a declarar pomposamente que nunca permitirían la reunión de su Congreso general en Bruselas. A pesar de estas amenazas, el Congreso general se celebró en Bruselas.

Pero, después de todo, la Internacional acabará sucumbiendo ante la omnipotencia de las 2.500 leguas cuadradas. Su culpable complicidad en los acontecimientos recientes queda fuera de duda. Los emisarios del comité central de Bruselas y de otros comités locales han sido sorprendidos en flagrante delito: En primer lugar, hicieron todo lo posible por calmar la excitación de los obreros en huelga y advertirles de las trampas que se les tendían. En algunas localidades han prevenido efectivamente el derramamiento de sangre. Por último, esos emisarios de mal agüero han observado sobre el terreno, verificado mediante testigos, transcrito en los protocolos y denunciado públicamente las enormidades fantásticas de los defensores del orden. Por el simple procedimiento de su detención, el gobierno los ha transformado de acusadores en acusados. Luego, habiendo sido brutalmente invadidos los domicilios de los miembros del comité central de Bruselas y confiscada toda su correspondencia, se ha detenido a algunos «cabecillas», bajo el cargo de «asociación con el fin de atentar contra las personas y las propiedades». En una palabra, ¡se les acusa de pertenecer a una asociación de thugs, es decir, a la Asociación Internacional de los Trabajadores! Aguijoneado por las capuchinadas de la prensa clerical y los aullidos de la prensa capitalista, este gobierno pigmeo va decididamente a ahogarse en el ridículo, después de haber nadado en sangre.

Ya el comité central de Bruselas ha anunciado su resolución de instruir y publicar una investigación completa sobre las masacres de Seraing y del Borinage. Nosotros, por nuestra parte, haremos circular sus revelaciones por todos los países y en todas las lenguas, a fin de abrir los ojos de todo el mundo sobre esta fanfarronada de la burguesía belga: «Para dar la vuelta al mundo, la libertad no necesita pasar por nosotros», es decir, por Bélgica.

El gobierno belga se lisonjea tal vez de que, habiendo obtenido, después de las revoluciones de 1848, una prórroga de vida como el agente de policía de todos los gobiernos reaccionarios, podrá aún escapar a peligros inminentes erigiéndose en gendarme del capital contra el trabajo. Que se desengañe. Va a acelerar su caída en vez de retardarla. Haciendo maldecir el nombre de Bélgica por las masas populares de todos los países, invita a los déspotas de Europa a borrar ese nombre maldito del mapa de Europa.

El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores ruega a todos los miembros de la Asociación, en Europa y en los Estados Unidos, que hagan colectas para aliviar los sufrimientos de las viudas, esposas e hijos de sus obreros masacrados, así como para contribuir a los gastos ya sea de la defensa de los obreros detenidos, ya sea de la investigación propuesta por el comité central de Bruselas.

En nombre del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores:
R. APPLEGARTH, presidente de la sesión.
R. SHAW, secretario para América.
KARL MARX, secretario para Alemania.
BERNARD, secretario para Bélgica.
EUG. DUPONT, secretario para Francia.
JULES JOHANNARD, secretario para Italia.
A. ZABICKI, secretario para Polonia.
H. JUNG, secretario para Suiza.
COWELL STEPNEY, tesorero.
J.G. ECCARIUS, secretario del Consejo General.
Londres, 4 de mayo de 1869.
Oficina del Consejo General: 256, High Holborn. W. C. Londres.
N. B. – Este manifiesto ha sido impreso en inglés en varios millares de ejemplares para Inglaterra y los Estados Unidos. Será traducido a las diferentes lenguas de Europa.

Mi malogrado amigo Joseph Weydemeyer* se proponía publicar, a partir del 1 de enero de 1852, un semanario político en Nueva York. Me invitó a proporcionar para ese semanario la historia del *coup d'état*. Por eso le escribí semanalmente, hasta mediados de febrero, artículos bajo el título: «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte». Entretanto, el plan original de Weydemeyer había fracasado. En su lugar, publicó en la primavera de 1852 una revista mensual: «Die Revolution», cuyo segundo cuaderno está constituido por mi «Dieciocho Brumario». Algunos cientos de ejemplares de la misma encontraron entonces el camino hacia Alemania, sin llegar, empero, al comercio librero propiamente dicho. Un librero alemán que se las daba de extremadamente radical, a quien yo le ofrecí la distribución, respondió con verdadero horror moral ante tan «extemporánea pretensión».

|IV| De estos datos se desprende que el presente escrito surgió bajo la presión inmediata de los acontecimientos y que su material histórico no va más allá del mes de febrero (1852). Su actual reedición se debe en parte a la demanda del comercio librero, en parte a la insistencia de mis amigos en Alemania.

De los escritos que, aproximadamente al mismo tiempo que el mío, trataron el mismo objeto, sólo dos son dignos de mención: «Napoléon le Petit» de Victor Hugo y «Coup d'État» de Proudhon.

Victor Hugo se limita a una invectiva amarga e ingeniosa contra el editor responsable del golpe de Estado. El acontecimiento mismo aparece en él como un rayo caído de cielo sereno. No ve en él sino el acto de violencia de un solo individuo. No advierte que, al atribuirle a este individuo una potencia personal de iniciativa sin ejemplo en la historia mundial, lo engrandece en vez de empequeñecerlo. Proudhon, por su parte, intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico precedente.

* Durante la guerra civil americana, comandante militar del distrito de St. Louis.

Pero, sin darse cuenta, la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica del héroe del mismo. Cae así en el error de nuestros llamados historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases en Francia creó circunstancias y condiciones que hicieron posible que una personaje mediocre y grotesco representase el papel de héroe.

|V| Una refundición del presente escrito lo habría despojado de su colorido peculiar. Por eso me he limitado a la mera corrección de erratas y a la supresión de alusiones que hoy ya no resultarían comprensibles.

La frase final de mi escrito: «Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se precipitará desde lo alto de la columna Vendôme», ya se ha cumplido.

El coronel Charras abrió el ataque contra el culto a Napoleón en su obra sobre la campaña de 1815. Desde entonces, y particularmente en los últimos años, la literatura francesa, con las armas de la investigación histórica, de la crítica, de la sátira y del ingenio, ha dado el golpe de gracia a la leyenda napoleónica. Fuera de Francia, esta ruptura violenta con la fe popular tradicional, esta inmensa revolución espiritual, ha sido poco advertida y aún menos comprendida.

Por último, espero que mi escrito contribuya a eliminar la frase escolar, hoy corriente sobre todo en Alemania, del llamado cesarismo. En esta superficial analogía histórica se olvida lo principal: que en la antigua Roma la lucha de clases sólo se desarrollaba dentro de una minoría privilegiada, entre los ricos libres y los pobres libres, mientras la gran masa productiva de la población, los esclavos, formaba el mero pedestal pasivo de aquellos luchadores. Se olvida la significativa sentencia de Sismondi: el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, mientras la sociedad moderna ||V| vive a costa del proletariado. Con una diferencia tan total entre las condiciones materiales, económicas, de la lucha de clases antigua y de la moderna, sus engendros políticos tampoco pueden tener más en común entre sí que el arzobispo de Canterbury con el sumo sacerdote Samuel.

Londres, 23 de junio de 1869.

Karl Marx.

Karl Marx
Informe del Consejo General de la
Asociación Internacional de los Trabajadores

sobre el derecho de herencia

Informe del Consejo General.

I.— El derecho de herencia sólo tiene importancia social en la medida en que le deja al heredero el poder que el difunto ejerció en vida, a saber, el poder de transferirse a sí mismo, por medio de su propiedad, el producto del trabajo de otras personas. Por ejemplo, la tierra confiere al propietario vivo el

poder de transferirse a sí mismo, bajo el nombre de renta, sin equivalente alguno, el producto del trabajo ajeno. El capital le confiere el poder de hacer lo mismo bajo el nombre de ganancia e interés. La propiedad en fondos públicos le confiere el poder de vivir sin trabajar a costa del trabajo de otros, etc.

La herencia no crea ese poder de transferir el producto del trabajo de un hombre al bolsillo de otro —sólo se refiere al cambio de los individuos que ejercen ese poder. Como toda otra legislación civil, las leyes de la herencia no son la causa, sino el efecto, la consecuencia jurídica de la organización económica existente de la sociedad, basada en la propiedad privada de los medios de producción, es decir, de la tierra, la materia prima, la maquinaria, etc. Del mismo modo, el derecho de herencia sobre el esclavo no es la causa de la esclavitud, sino que, al contrario, la esclavitud es la causa de la herencia sobre los esclavos.

II.— Con lo que tenemos que habérnoslas es con la causa y no con el efecto, con la

base económica —no con su superestructura jurídica. Supóngase que los medios de producción se transforman de propiedad privada en propiedad social, entonces el derecho de herencia —(en la medida en que tenga alguna importancia social)— desaparecería por sí mismo, pues un hombre sólo deja tras su muerte lo que él poseía en vida. Nuestro gran objetivo debe ser, por tanto, abolir aquellas instituciones que confieren a algunas personas, durante su vida, el poder económico de transferirse a sí mismas los frutos del trabajo de la mayoría. Allí donde el estado de la sociedad está suficientemente avanzado, y la clase trabajadora posee

poder suficiente para abrogar tales instituciones, debe hacerlo de manera directa. Por ejemplo, al suprimir la deuda pública, se deshacen, desde luego, al mismo tiempo, de la herencia en fondos públicos. Por otro lado, si no poseen el poder de abolir la deuda pública, sería un intento insensato abolir el derecho de herencia en fondos públicos.

La desaparición del derecho de herencia será el resultado natural de un cambio social que suprima la propiedad privada de los medios de producción; pero la abolición del derecho de herencia no puede ser jamás el punto de partida de semejante transformación social.

3. Uno de los grandes errores cometidos hace unos 40 años por los discípulos de Saint-Simon fue tratar el derecho de herencia no como el efecto jurídico, sino como la causa económica de la organización social presente. Esto no les impidió en absoluto perpetuar en su sistema de sociedad la propiedad privada de la tierra y de los demás medios de producción. Por supuesto, pensaban que podían existir propietarios electivos y vitalicios como han existido reyes electivos.

Proclamar la abolición del derecho de herencia como punto de partida de la revolución social sólo tendería a desviar a la clase trabajadora del verdadero punto de ataque contra la sociedad actual. Sería una cosa tan absurda como abolir las leyes del contrato entre comprador y vendedor, mientras se mantiene el actual estado de intercambio de mercancías.

Sería algo falso en teoría, y reaccionario en la práctica.

4. Al tratar de las leyes de la herencia, suponemos necesariamente que la propiedad privada de los medios de producción continúa existiendo. Si ya no existiera entre los vivos, no podría ser transferida por ellos, ni legada por ellos, tras su muerte. Todas las medidas relativas al derecho de herencia, por consiguiente, sólo pueden referirse a un estado de transición social, donde, por un lado, la actual base económica de la sociedad no está aún transformada, pero donde, por otro lado, las masas trabajadoras han acumulado fuerza suficiente para imponer medidas transitorias destinadas a provocar un cambio radical definitivo de la sociedad.

Consideradas desde este punto de vista, las reformas de las leyes de la herencia forman sólo parte de muchas otras medidas transitorias que tienden al mismo fin.

Estas medidas transitorias, en cuanto a la herencia, sólo pueden ser: —

(a) Extensión de los impuestos sobre la herencia ya existentes en muchos estados, y aplicación de los fondos así obtenidos a fines de emancipación social.

(b) Limitación del derecho testamentario de herencia, el cual —a diferencia del derecho de herencia intestada o familiar— aparece como una exageración arbitraria y supersticiosa incluso de los principios mismos de la propiedad privada.

Karl Marx
Informe del Consejo General al
Cuarto Congreso Anual de la

Asociación Internacional de los Trabajadores

 Informe del Consejo General

Al Cuarto Congreso Anual de la
Asociación Internacional de los Trabajadores.

Ciudadanos,

Los delegados de las distintas secciones os darán informes detallados sobre el progreso de nuestra Asociación en sus respectivos países. El informe de vuestro Consejo General se referirá principalmente a las luchas de guerrillas entre el capital y el trabajo —nos referimos a las huelgas que durante el último año han perturbado el continente europeo, y de las cuales se dijo que no brotaban ni de la miseria del obrero ni del despotismo del capitalista, sino de las intrigas secretas de nuestra Asociación.

Pocas semanas después de la reunión de nuestro último Congreso, tuvo lugar en Basilea una huelga memorable por parte de los cinteros y tintoreros de seda, lugar que hasta nuestros días ha conservado mucho de los rasgos de una ciudad medieval con sus tradiciones locales, sus estrechos prejuicios, su patriciado orgulloso de su bolsa y su dominio patriarcal del patrón sobre el empleado. Aun así, hace pocos años un fabricante de Basilea se jactaba ante un secretario de embajada inglés de que «la posición del amo y del hombre se hallaba aquí sobre un mejor pie que en Inglaterra», de que «en Suiza el obrero que deja a un buen amo por mejores salarios sería despreciado por sus propios compañeros de trabajo», y de que «nuestra ventaja reside principalmente en la duración del tiempo de trabajo y la moderación de los salarios». Ya veis, el patriarcalismo, modificado por las influencias modernas, viene a parar en esto: en que el amo es bueno, y sus salarios son malos; en que el obrero se siente como un vasallo medieval, y es explotado como un esclavo asalariado moderno.

Que ese patriarcalismo se aprecie mejor se desprende de una investigación oficial suiza sobre el empleo de niños en las fábricas y el estado de las

escuelas primarias públicas. Se comprobó que «la atmósfera escolar de Basilea es la peor del mundo, que mientras en el aire libre el ácido carbónico forma sólo 4 partes de 10.000, y en locales cerrados no debería exceder de 10 partes, en las escuelas comunes de Basilea subía a 20-81 partes por la mañana,

y a 53-94 por la tarde». A lo cual un miembro del Gran Consejo de Basilea, el señor Thurneysen, respondió con sangre fría: «No os dejéis asustar. Los padres han pasado por aulas tan malas como las actuales, y sin embargo han salido con el pellejo a salvo.»

Ahora se comprenderá que una revuelta económica de los obreros de Basilea no podía menos de marcar época en la historia social de Suiza. Nada más característico que el punto de partida del movimiento. Existía una vieja costumbre según la cual los tejedores de cintas disfrutaban de unas horas de asueto el día de San Miguel. Cuando los tejedores reclamaron este pequeño privilegio a la hora acostumbrada en la fábrica de los señores Dubary e Hijos, uno de los patronos declaró, con voz áspera y gesto imperioso: «Quien salga de la fábrica será despedido de inmediato y para siempre». Viendo que sus protestas eran en vano, ciento cuatro de los ciento setenta y dos tejedores abandonaron el taller, aunque sin creer en el despido definitivo, ya que patronos y obreros estaban obligados por contrato escrito a dar un preaviso de catorce días. Al regresar a la mañana siguiente encontraron la fábrica rodeada de gendarmes que mantenían a distancia a los rebeldes de la víspera, con quienes todos sus compañeros hicieron ahora causa común. Arrojados de repente al paro, los tejedores y sus familias fueron al mismo tiempo expulsados de las casitas que alquilaban a sus patronos, quienes, además, enviaron cartas circulares a los tenderos para privar a los desalojados de todo crédito para víveres. La lucha así iniciada duró desde el 9 de noviembre de 1868 hasta la primavera de 1869. Los límites de este informe no nos permiten entrar en sus detalles. Basta con señalar que tuvo su origen en un acto caprichoso y rencoroso de despotismo capitalista, en un cruel lock-out que condujo a huelgas, interrumpidas de cuando en cuando por compromisos que una y otra vez fueron rotos por parte de los patronos, y que culminó en el vano intento del «Alto y Honorable Consejo de Estado» de Basilea de intimidar a los trabajadores con medidas militares y un cuasi estado de sitio.

Durante su sedición, los trabajadores fueron apoyados por la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero esto no fue todo. Aquella sociedad, decían los patronos, había introducido primero de contrabando el moderno espíritu de rebelión en la buena y vieja ciudad de Basilea. Desalojar de nuevo de Basilea a ese intruso dañino se convirtió, por tanto, en su gran preocupación. Con ahínco intentaron, aunque en vano, imponer a sus súbditos, como condición de paz, la retirada de ella. Viéndose generalmente derrotados en su guerra con la Internacional, desahogaron su mal humor en extrañas payasadas. Como poseían algunos establecimientos industriales sucursales en Lörrach, en Baden, aquellos republicanos indujeron al funcionario del gran ducado a suprimir la sección de la Internacional en aquel lugar, medida que, no obstante, fue poco después revocada por el Gobierno de Baden. La *Augsburg Allgemeine Zeitung*, un periódico de circulación mundial, se permitió informar sobre los sucesos de Basilea con espíritu imparcial, y los airados dignatarios la amenazaron en insensatas cartas con retirar sus suscripciones. Enviaron expresamente un mensajero a Londres con la fantástica misión de averiguar las dimensiones de la «caja del tesoro» general de la Internacional. Cristianos ortodoxos como son, si hubieran vivido en los tiempos del cristianismo naciente habrían espiado, por encima de todo, las cuentas bancarias de San Pablo en Roma.

Sus procederes torpemente salvajes les atrajeron algunas irónicas lecciones de sabiduría mundana por parte de los órganos capitalistas ginebrinos. Sin embargo, pocos meses después, los toscos fabriqueros de Basilea habrían podido devolver el cumplido con intereses usurarios a los hombres de mundo de Ginebra.

En el mes de marzo estalló en Ginebra una huelga del ramo de la construcción y una huelga de cajistas, estando ambos gremios afiliados a la Internacional. La huelga de los constructores fue provocada por los patronos al dejar de lado un convenio solemnemente pactado con sus trabajadores un año antes. La huelga de cajistas no fue sino el desenlace de una disputa de diez años que los obreros habían tratado en vano de resolver durante todo ese tiempo mediante cinco comisiones consecutivas. Como en Basilea, los patronos transformaron de inmediato sus rencillas privadas con sus obreros en una cruzada estatal contra la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El Consejo de Estado de Ginebra destacó policías a las estaciones de ferrocarril para recibir y secuestrar de todo contacto con los huelguistas a aquellos trabajadores extranjeros que los patronos lograsen atraer con engaños del extranjero. Permitió que la «Jeunesse Dorée», los prometedores holgazanes de «La Jeune Suisse», armados con revólveres, asaltaran en las calles y plazas públicas a trabajadores y trabajadoras. Lanzó a sus propios esbirros de la policía contra los trabajadores en varias ocasiones, y señaladamente el 24 de mayo, cuando representó en Ginebra, en pequeña escala, las escenas parisienses que Raspail ha estigmatizado como «Les orgies infernales des casse-tétes». Cuando los obreros ginebrinos aprobaron en reunión pública un mensaje al Consejo de Estado pidiéndole que investigara aquellas orgías infernales de la policía, el Consejo de Estado respondió con una burlona reprimenda. Evidentemente deseaba, a instancias de sus superiores capitalistas, enfurecer al pueblo de Ginebra hasta provocar un émeute, aplastar ese émeute por la fuerza armada, barrer a la Internacional del suelo suizo y someter a los trabajadores a un régimen decembrino. Este plan fue desbaratado por la enérgica acción y la influencia moderadora de nuestro Comité Federal de Ginebra. Los patronos tuvieron al fin que ceder.

Y ahora escuchad algunos de los improperios de los capitalistas de Ginebra y de su banda de prensa contra la Internacional. En reunión pública aprobaron un mensaje al Consejo de Estado en el que se encuentra la siguiente frase: «El Comité Internacional en Ginebra arruina el cantón de Ginebra mediante decretos enviados desde Londres y París; quiere suprimir aquí toda industria y todo trabajo». Uno de sus diarios afirmó «que los dirigentes de la Internacional eran agentes secretos del Emperador, los cuales, en el momento oportuno, muy probablemente se convertirían en acusadores públicos contra esta pequeña Suiza nuestra».

Y esto por parte de los mismos hombres que acababan de mostrarse tan ansiosos por trasplantar, de un momento a otro, el régimen decembrino al suelo suizo, por parte de magnates financieros, los verdaderos gobernantes de Ginebra y otras ciudades suizas, a quienes toda Europa sabe convertidos desde hace mucho tiempo de ciudadanos de la república suiza en meros feudatarios del *Crédit Mobilier* francés y de otras asociaciones internacionales de estafadores.

Las masacres con que el gobierno belga respondió en abril pasado a las huelgas de los pudeladores de Seraing y de los mineros del carbón del Borinage han sido plenamente expuestas en el mensaje del Consejo General a los trabajadores de Europa y los Estados Unidos. Consideramos este mensaje tanto más urgente cuanto que, con ese gobierno modelo de constitucionalidad, semejantes masacres de trabajadores no son un accidente, sino una institución. Al horrendo drama militar siguió una farsa judicial. En el proceso contra nuestro Comité general belga en Bruselas, cuyos domicilios fueron brutalmente allanados por la policía y muchos de cuyos miembros fueron puestos bajo arresto secreto, el juez de instrucción encuentra la carta de un trabajador pidiendo quinientos «Internationales», y salta inmediatamente a la conclusión de que quinientos hombres de combate iban a ser enviados al escenario de la acción. Los quinientos «Internationales» eran quinientos ejemplares de la *Internationale*, el órgano semanal de nuestro Comité de Bruselas.

Se desempolva un telegrama enviado a París por un miembro de la Internacional encargando cierta cantidad de pólvora. Tras larga búsqueda, se da realmente con la peligrosa sustancia en Bruselas. Es polvo para matar sabandijas. Por último, aunque no menos importante, la policía belga se jactó, en uno de sus registros domiciliarios, de haber dado con aquel tesoro fantasma que obsesiona la gran mente del capitalista continental, a saber: el tesoro de la Internacional, cuyo fondo principal se halla a buen recaudo en Londres, pero cuyas remesas viajan continuamente a todas las sedes continentales de la Asociación. El investigador oficial belga creyó que estaba enterrado en cierta caja fuerte, escondida en un lugar oscuro. La encuentra, la abre a la fuerza, y allí se encontraron... algunos pedazos de carbón. Tal vez, al ser tocado por la mano de la policía, el oro puro de la Internacional se convierte al instante en carbón.

De las huelgas que en diciembre de 1868 infestaron varios distritos algodoneros franceses, la más importante fue la de Sotteville-les-Rouen. Los fabricantes del departamento del Somme se habían reunido no hacía mucho en Amiens para consultar cómo podrían vender por debajo del precio de los fabricantes ingleses en el propio mercado inglés. Habiendo comprobado que, aparte de los derechos protectores, la relativa bajeza de los salarios franceses les había permitido hasta ahora defender a Francia de los algodones ingleses, infirieron naturalmente que una reducción aún mayor de los salarios franceses les permitiría invadir Inglaterra con algodones franceses. Los obreros algodoneros franceses, no lo dudaban, se sentirían orgullosos de sufragar los gastos de una guerra de conquista que sus patronos habían resuelto tan patrióticamente librar al otro lado del canal. Poco después se corrió la voz de que los fabricantes de algodón de Rouen y sus alrededores habían acordado, en cónclave secreto, la misma línea de conducta. Entonces se proclamó de repente una importante reducción de salarios en Sotteville-les-Rouen, y por primera vez los tejedores normandos se alzaron contra los atropellos del capital. Actuaron bajo el impulso del momento. No habían formado antes ningún sindicato ni provisto medio alguno de resistencia. En su apuro recurrieron al comité de la Internacional en Rouen, el cual les procuró alguna ayuda inmediata de los trabajadores de Rouen, de los distritos vecinos y de París. Hacia fines de diciembre de 1868, el Consejo General fue requerido por el Comité de Rouen en un momento de suma penuria en todos los distritos algodoneros ingleses, de miseria sin precedentes en Londres y de depresión general en todas las ramas de la industria británica. Este estado de cosas ha continuado en Inglaterra hasta este momento. A pesar de circunstancias tan desfavorables, el Consejo General pensó que el carácter peculiar del conflicto de Rouen impulsaría a los trabajadores ingleses a la acción. Era una gran oportunidad para mostrar a los capitalistas que su guerra industrial internacional, llevada a cabo bajando los salarios ora en este país, ora en aquél, sería frenada al fin por la unión internacional de las clases trabajadoras. A nuestro llamamiento, los trabajadores ingleses respondieron de inmediato con una primera contribución para Rouen, y el Consejo de Sindicatos de Londres resolvió convocar, de acuerdo con el Consejo General, una gran reunión monstruo metropolitana en favor de sus hermanos normandos. Estas gestiones se vieron interrumpidas por la noticia del cese repentino de la huelga de Sotteville. El fracaso de aquella revuelta económica quedó ampliamente compensado por sus resultados morales. Incorporó a los obreros algodoneros normandos al ejército revolucionario del trabajo, dio origen al nacimiento de sindicatos en Rouen, Elbeuf, Darnetal y los alrededores, y selló de nuevo el vínculo de fraternidad entre las clases trabajadoras inglesa y francesa.

Durante el invierno y la primavera de 1869, la propaganda de nuestra Asociación en Francia quedó paralizada a consecuencia de la violenta disolución de nuestra sección de París en 1868, de las chicanas policiales en los departamentos y del interés absorbente de las elecciones generales francesas.

Una vez pasadas las elecciones, estallaron numerosas huelgas en las cuencas mineras del Loira, en Lyon y en otros muchos lugares. Los hechos económicos

[...] reveladas durante estas luchas entre patronos y obreros, hirieron la mirada pública como otras tantas vistas disolventes de los recargados cuadros fantásticos de la prosperidad de la clase obrera bajo los auspicios del Segundo Imperio. Las reivindicaciones de los trabajadores eran de un carácter tan moderado y de una naturaleza tan urgente que, tras alguna apariencia de airada resistencia, hubieron de ser concedidas, una tras otra. El único rasgo extraño de aquellas huelgas fue su repentina explosión tras una aparente calma y la rápida sucesión con que se sucedieron unas a otras. Sin embargo, la razón de todo ello era simple y palpable. Tras haber probado sus fuerzas con éxito durante las elecciones contra su déspota público, los trabajadores se vieron naturalmente llevados a probarlas, después de las elecciones, contra sus déspotas privados. En una palabra, las elecciones les habían removido la sangre. La prensa gubernamental, pagada como está para tergiversar e interpretar mal los hechos desagradables, atribuyó estos acontecimientos a una consigna secreta del Consejo General de Londres, que, decían, enviaba a sus emisarios de un lugar a otro para enseñar a los obreros franceses, por lo demás sumamente satisfechos, que era malo estar agotados por el trabajo, mal pagados y brutalmente tratados. Un órgano de la policía francesa, publicado en Londres, el "International" —(véase su número del 3 de agosto)— se ha dignado revelar al mundo los motivos secretos de nuestra deletérea actividad. "Lo más extraño", dice, "es que se haya ordenado el estallido de las huelgas en países donde la miseria está lejos de hacerse sentir. Estas explosiones inesperadas, que tan oportunamente se producen para ciertos vecinos nuestros, que primero tuvieron que temer la guerra, hacen que mucha gente se pregunte si estas huelgas no tuvieron lugar a petición de algún Maquiavelo extranjero, que habría sabido ganarse el favor de esta todopoderosa asociación". En el preciso momento en que esa hoja policial francesa nos acusaba de poner en aprietos al gobierno francés con huelgas en casa, para librar al conde Bismarck de la guerra en el extranjero, un periódico prusiano nos acusaba de poner en aprietos a la Confederación de la Alemania del Norte con huelgas, a fin de aplastar la industria alemana en beneficio de las manufacturas extranjeras.

Las relaciones de la Internacional con las huelgas francesas las ilustraremos con dos casos de carácter típico. En el primer caso, la huelga de Saint-Étienne y la masacre subsiguiente en Ricamarie, ni el propio gobierno francés se atreverá ya a pretender que la Internacional tuviera nada que ver con ello. En el caso de Lyon, no fue la Internacional la que arrojó a los trabajadores a las huelgas, sino que, por el contrario, fueron las huelgas las que arrojaron a los trabajadores al seno de la Internacional.

Los mineros de Saint-Étienne, Rive-de-Gier y Firminy habían solicitado calma pero firmemente a los gerentes de las compañías mineras que redujeran la jornada laboral, que sumaba doce horas de duro trabajo subterráneo, y que revisaran la tarifa salarial. Al fracasar en su intento de arreglo conciliatorio, se declararon en huelga el 11 de junio. Para ellos era, por supuesto, una cuestión vital asegurar la cooperación de los mineros que aún no se habían sumado para combinarse con ellos. Para impedirlo, los gerentes de las compañías mineras solicitaron y obtuvieron del prefecto del Loira un bosque de bayonetas. El 12 de junio, los huelguistas encontraron las minas de carbón bajo fuerte guardia militar. Para mayor seguridad del celo de los soldados que así les había prestado el gobierno, las compañías mineras pagaban a cada soldado un franco diario. Los soldados correspondieron a las compañías capturando, el 16 de junio, a unos 60 mineros deseosos de parlamentar con sus hermanos de las minas. Esos prisioneros fueron escoltados esa misma tarde a Saint-Étienne por un destacamento (150 hombres) del cuarto regimiento de línea. Antes de que estos aguerridos guerreros se pusieran en marcha, un ingeniero de las minas Dorian les distribuyó 60 botellas de aguardiente, diciéndoles al mismo tiempo que debían vigilar de cerca a su pandilla de prisioneros, pues estos mineros eran salvajes, bárbaros, presidiarios con permiso. Y entre el aguardiente y el sermón, quedó así preparada una colisión sangrienta. Seguidos en su marcha por una multitud de mineros, con sus mujeres y sus hijos, rodeados por ellos en un estrecho desfiladero en las alturas del Moncel, barrio de Ricamarie, instados a entregar a los prisioneros y, ante su negativa, atacados por una descarga de piedras, los soldados, sin previo aviso, dispararon con sus chassepots a mansalva contra la multitud, matando a 15 personas, entre ellas 2 mujeres y un niño, e hiriendo de gravedad a un número considerable. Las torturas de los heridos fueron horribles. Una de las víctimas fue una pobre niña de 12 años, Jenny Petit, cuyo nombre vivirá inmortal en los anales del martirologio de la clase obrera. Alcanzada por dos balas por la espalda, una de las cuales se alojó en su pierna, mientras la otra le atravesó la espalda, le rompió el brazo y le salió por el hombro derecho. "Le chassepot avait encore fait merveille".

Esta vez, sin embargo, el gobierno no tardó en descubrir que no solo había cometido un crimen, sino una torpeza. No fue aclamado como el salvador de la sociedad por la burguesía. Todo el consejo municipal de Saint-Étienne presentó su dimisión en un documento, denunciando el comportamiento canallesco de las tropas e insistiendo en su retirada de la ciudad. La prensa francesa resonó con gritos de horror. Incluso periódicos tan conservadores como el Moniteur Universel abrieron suscripciones para las víctimas. El gobierno tuvo que retirar al odioso regimiento de Saint-Étienne.

En circunstancias tan difíciles, fue una idea luminosa sacrificar en el altar de la indignación pública a un chivo expiatorio siempre a mano: la Asociación Internacional de los Trabajadores. En el proceso judicial contra los llamados alborotadores, el acta de acusación los dividía en diez categorías, matizando muy ingeniosamente sus respectivos grados de culpabilidad. La primera clase, la más teñida, estaba compuesta por los trabajadores particularmente sospechosos de haber obedecido alguna consigna secreta del extranjero, emitida por la Internacional. Las pruebas eran, por supuesto, abrumadoras, como lo mostrará el siguiente breve extracto de un periódico francés:—"El interrogatorio de los testigos no ha permitido establecer 'netamente' la participación de la Asociación Internacional. Los testigos solo afirman la presencia, a la cabeza de las bandas, de algunas personas desconocidas, vestidas con blusas y gorras blancas. Ninguno de los desconocidos ha sido arrestado ni comparece en el banquillo. A la pregunta: ¿cree usted en la intervención de la Asociación Internacional?, un testigo responde: ¡Lo creo, pero sin prueba alguna!"

Poco después de las masacres de Ricamarie, la danza de las revueltas económicas se abrió en Lyon con las devanadoras de seda, en su mayoría mujeres. En su aflicción apelaron a la Internacional, la cual, principalmente a través de sus miembros en Francia y Suiza, las ayudó a ganar la partida. A pesar de todos los intentos de intimidación policial, proclamaron públicamente su adhesión a nuestra Sociedad y entraron formalmente en ella pagando las cotizaciones estatutarias al Consejo General. En Lyon, como antes en Rouen, las trabajadoras desempeñaron un papel noble y prominente en el movimiento. Otros oficios de Lyon han seguido desde entonces la estela de las devanadoras de seda. Unos 10.000 nuevos miembros ganamos así en pocas semanas entre esa heroica población que hace más de treinta años inscribió en su estandarte la consigna del proletariado moderno: "¡Vivre en travaillant ou mourir en combattant!"

Mientras tanto, el gobierno francés continúa sus mezquinas tribulaciones contra la Internacional. En Marsella se prohibió a nuestros miembros la reunión para la elección de un delegado a Basilea. La misma sucia artimaña se jugó en otras ciudades. Pero los trabajadores del continente, como en todas partes, empiezan por fin a comprender que el camino más seguro para obtener los derechos naturales es ejercerlos bajo el propio riesgo personal.

Los trabajadores austríacos, y especialmente los de Viena, aunque no entraron en su movimiento de clase hasta después de los sucesos de 1866, han ocupado de inmediato una posición ventajosa. Marcharon en el acto bajo las banderas del socialismo y de la Internacional, a la que, por medio de sus delegados en el reciente congreso de Eisenach, se han adherido ahora en masa.

Si en algún sitio ha exhibido la burguesía liberal sus instintos egoístas, su inferioridad mental y su mezquino rencor contra la clase obrera, ha sido en Austria. Su ministerio, viendo el imperio distraído y amenazado por una lucha intestina de razas y nacionalidades, se abalanza sobre los trabajadores, los únicos que proclaman la fraternidad de todas las razas y nacionalidades. La burguesía misma, que no ha ganado su nueva posición por heroísmo propio alguno, sino solo por el desastre señalado del ejército austríaco, apenas capaz como es, y sabiéndose como se sabe, de defender sus nuevas conquistas de los ataques de la dinastía, la aristocracia y el partido clerical, desperdicia no obstante sus mejores energías en el ruin intento de privar a la clase obrera de los derechos de asociación, reunión pública, prensa libre y libre pensamiento. En Austria, como en todos los demás Estados de la Europa continental, la Internacional ha suplantado al ci-devant espectro rojo. Cuando, el 13 de julio, se escenificó una masacre de trabajadores en pequeña escala en Brünn, la Cottonópolis de Moravia, el suceso fue achacado a las secretas instigaciones de la Internacional, cuyos agentes, sin embargo, estaban desgraciadamente investidos con el raro don de hacerse invisibles. Cuando algunos dirigentes de los obreros vieneses comparecieron ante el tribunal, el acusador público los estigmatizó como instrumentos del extranjero. Solo que, para mostrar cuán concienzudamente había estudiado el asunto, cometió el pequeño error de confundir la Liga de la Paz y la Libertad, de la burguesía, con la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Si así fue hostigado el movimiento obrero en la Austria cisleitana, en Hungría ha sido perseguido sin miramientos. Sobre este punto han llegado al Consejo General los informes más fiables de Pest y Presburgo. Un solo ejemplo del trato dispensado a los trabajadores húngaros por las autoridades públicas bastará. El señor von Wenckheim, ministro húngaro del Interior, se hallaba justamente en Viena por negocios públicos. Tras haberles sido prohibidas durante meses las reuniones públicas e incluso las veladas destinadas a recaudar fondos para una sociedad de socorros mutuos, los trabajadores de Presburgo enviaron por fin delegados a Viena para exponer allí y entonces sus agravios al ilustre señor von Wenckheim. Dando resoplidos sobre su cigarro, el ilustre los recibió con la apóstrofe intimidatoria: "¿Sois vosotros trabajadores? ¿Trabajáis duro? De nada más tenéis que preocuparos. No necesitáis clubes públicos; y si os metéis en política, ya sabremos qué medidas tomar contra vosotros. Haré

Informe del Consejo General de la Asociación Internacional
de los Trabajadores al cuarto congreso general
en Basilea

11
Informe del Consejo General de la Asociación Internacional
de los Trabajadores al IV congreso general
en Basilea. |

[B]| Los delegados de las distintas secciones os rendirán informes detallados sobre el progreso de nuestra Asociación en sus respectivos países. El informe de vuestro Consejo General se refiere principalmente a las guerrillas entre el capital y el trabajo, nos referimos a las huelgas que durante el año pasado han agitado el continente europeo y de las cuales se afirma que no han brotado de la miseria del obrero ni del despotismo del capitalista, sino de las secretas intrigas de nuestra Asociación.

Pocas semanas después de la celebración de nuestro último congreso estalló en Basilea, entre los tejedores de cintas y los tintoreros de seda, una huelga memorable. Basilea es un lugar que, hasta nuestros días, ha conservado muchos rasgos de una ciudad medieval, con sus tradiciones locales, sus estrechos prejuicios, sus patricios orgullosos de su bolsa y su relación patriarcal entre patrono y obrero. Todavía hace pocos años, un fabricante de Basilea se jactaba ante un secretario de legación inglés de que «la posición recíproca de maestro y gente es aquí incomparablemente más favorable que en Inglaterra», de que «en Suiza un obrero que abandona a un buen maestro por mejores salarios sería despreciado por sus propios compañeros de trabajo» y de que «nuestra ventaja frente a Inglaterra consiste principalmente en la larga jornada de trabajo y los salarios moderados». Se ve que el régimen patriarcal, en su figura modificada por las influencias modernas, se reduce a que el maestro es bueno y su salario malo, a que el obrero siente como un vasallo medieval y suda como un esclavo asalariado moderno.

146

10

15

20

25

Informe del Consejo General al cuarto congreso general en Basilea

Ese patriarcalismo puede juzgarse además a partir de una investigación oficial suiza sobre el consumo de niños en las fábricas y el estado de las escuelas primarias públicas. Resultó que «la atmósfera escolar de Basilea es la peor del mundo, que, mientras al aire libre el ácido carbónico forma 4 partes sobre 10 000 y en locales cerrados no debería sobrepasar las 10 partes, en las escuelas comunes de Basilea asciende a 20‑81 partes por la mañana y a 53‑94 partes por la tarde». Ante esto, un miembro del Gran Consejo de Basilea, el señor Thurneisen, observó muy fríamente: «No os asustéis. Los padres se han sentado en aulas igual de malas que ahora los niños, y sin embargo han salido con la piel entera.»

Se comprenderá ahora enseguida que una revuelta económica de parte de los obreros de Basilea hace época en la historia social de Suiza. ¡Nada es más característico que el punto de partida de este movimiento! En Basilea, según antigua costumbre, los obreros tienen ¼ de día de asueto el último día de la feria de otoño. Cuando, el 9 de noviembre de 1868, los obreros de la fábrica de cintas Debary e hijos reclamaron ese asueto como de costumbre, uno de los dueños de fábrica les declaró en tono áspero y con ademán imperioso: «Quien se vaya y no siga trabajando queda despedido al instante y para siempre.» Tras algunas protestas vanas, 104 de 172 tejedores abandonaron de inmediato la fábrica. Sin embargo, no creían en el despido definitivo, porque un plazo mutuo de preaviso de catorce días estaba estipulado por contrato escrito. A su regreso a la mañana siguiente, encontraron la fábrica rodeada de gendarmes que cerraban el paso a los rebeldes. También los tejedores que no habían celebrado el ¼ de día se negaron entonces a entrar. La consigna general fue: «Todos o ninguno.»

Así, puestos de repente sin trabajo, los tejedores fueron echados al mismo tiempo con sus familias de las viviendas que alquilaban a sus fabricantes. Estos enviaron a la vez circulares a carniceros, panaderos, tenderos, para cortar a los insurrectos todo crédito de víveres. La lucha así abierta duró del 9 de noviembre de 1868 hasta la primavera de 1869. Los límites de nuestro informe no nos permiten entrar en

...35 más detalles. Basta. El movimiento surgió de un acto de despotismo capitalista, frívolo y cargado de odio, de un lock-out brutal, desembocó en huelgas, interrumpidas de vez en cuando por compromisos, violados una y otra vez por los maestros, y culminó en la vana tentativa del muy poderoso Gran Consejo de Basilea de intimidar a los obreros mediante medidas militares y una especie de estado de sitio.

147

Karl Marx

Durante esta insurrección, los obreros fueron apoyados por la Asociación Internacional de los Trabajadores. En opinión de los maestros, esta sociedad había introducido subrepticiamente el moderno espíritu de rebeldía en la vieja y buena ciudad imperial de Basilea. Expulsar de nuevo de Basilea a ese insolente intruso se convirtió en el blanco de sus afanes. Trataron de imponer a sus súbditos la salida de la Asociación como condición de paz. Pero en vano. Como en la guerra contra la Internacional llevaban en general las de perder, daban rienda suelta a su mal humor en saltos grotescos. Estos republicanos, que poseen fábricas más grandes en Lörrach, población fronteriza badense cercana a Basilea, indujeron al funcionario local a disolver nuestra sección de allí, medida que, sin embargo, fue pronto revocada por el gobierno de Baden. Cuando la _Augsburger Allgemeine Zeitung_ se atrevió a informar imparcialmente sobre los acontecimientos de Basilea, la “gente honorable” amenazó en cartas disparatadas con cancelar las suscripciones. A Londres enviaron un emisario con la fantástica misión de medir las dimensiones de la caja de caudales general de la Internacional. De haber vivido estos buenos cristianos ortodoxos en los primeros tiempos del cristianismo, habrían indagado sobre todo el crédito bancario del apóstol Pablo en Roma.

Su torpe y bárbaro proceder les valió unas cuantas lecciones irónicas de filosofía mundana por parte de los capitalistas ginebrinos. Unos meses después, los filisteos de Basilea tuvieron la satisfacción de poder devolver con creces, con intereses usurarios, el favor a los hombres de mundo de Ginebra.

En el mes de marzo estallaron en Ginebra dos huelgas, la de los obreros de la construcción y la de los cajistas, cuyas respectivas sociedades constituyen secciones de la Internacional. La huelga de los obreros de la construcción fue provocada por los maestros, que rompieron el contrato solemnemente pactado con sus obreros el año anterior. La huelga de los cajistas fue la última palabra de una disputa de diez años, que los obreros habían tratado de zanjar en vano mediante cinco comisiones sucesivas. Como en Basilea, los maestros convirtieron de inmediato su enemistad privada con los obreros en una cruzada del poder estatal contra la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El Consejo de Estado ginebrino empleó agentes de policía para recoger en la estación de ferrocarril a los obreros importados de lejos por los maestros y aislarlos de todo contacto con los huelguistas. Permitió a la _jeunesse dorée_ ginebrina, armada de revólveres, asaltar a obreros y obreras en las calles y otros lugares públicos. Lanzó a sus propios esbirros policíacos contra los obreros en diversas ocasiones, y especialmente el 24 de mayo, en que en Ginebra, en escala reducida, se representaron las escenas parisinas que

148

10

15

20

25

30

35

40

Informe del Consejo General al cuarto congreso general en Basilea

Raspail ha estigmatizado como “les orgies infernales des casse-têtes”. Cuando los obreros ginebrinos acordaron en asamblea pública una petición al Consejo de Estado, en la que se exigía una investigación sobre esas orgías infernales de la policía, el Consejo de Estado rechazó su solicitud con desdén. Se pretendía, evidentemente, incitar a los obreros ginebrinos a un tumulto, aplastar violentamente el tumulto, barrer a los internacionales del suelo suizo y someter a los proletarios a un régimen de diciembre. El plan fue frustrado por las enérgicas medidas y la influencia moderadora de nuestro Comité Federal Suizo. Los maestros tuvieron finalmente que ceder.

¡Escúchense ahora algunas de las invectivas de los capitalistas ginebrinos y de su pandilla de prensa contra los internacionales! En asamblea pública dirigieron un memorial al Consejo de Estado, en el que, entre otras cosas, se dice: “Se está arruinando el Cantón de Ginebra mediante decretos de Londres y París; se quiere suprimir aquí todo trabajo y toda industria”. Y un periódico suizo imprimió que los dirigentes de la Internacional eran “agentes secretos del emperador Napoleón, que en el momento oportuno comparecerán como acusadores públicos contra nuestra pequeña Suiza”.

¡Y esto de parte de los mismos señores que se habían mostrado tan celosos por trasplantar el régimen de diciembre al suelo suizo; de parte de esos agentes financieros que dominan Ginebra como otras ciudades suizas, y de quienes toda Europa sabe que hace tiempo se han convertido, de ciudadanos de la República Suiza, en asalariados del crédit mobilier y de otras asociaciones internacionales de especulación fraudulenta!

Las matanzas con que el gobierno belga respondió en el mes de abril a las huelgas de los pudeladores de Seraing y de los mineros del Borinage fueron detalladamente puestas al descubierto en un manifiesto del Consejo General a los obreros de Europa y de los Estados Unidos. Considerábamos un manifiesto así tanto más urgente cuanto que, en este Estado constitucional modelo, una masacre obrera no es un accidente, sino una institución. Al abominable drama militar siguió de inmediato la farsa judicial. En sus pesquisas contra nuestro Comité General belga en Bruselas, cuyas viviendas fueron brutalmente allanadas por la policía y cuyos miembros fueron en parte arrestados, el juez instructor encontró la carta de un obrero que pide por escrito “500 Internationale”. Concluye de inmediato que se piden 500 rompehuelgas para el campo de batalla. Los 500 Internationale eran 500 ejemplares de L’Internationale, el semanario del comité de Bruselas. Luego descubre un telegrama a París, en el que se pide cierta cantidad de pólvora. Tras un prolongado registro, la peligrosa sustancia es descubierta en Bruselas. Era polvo para ratas. Finalmente, la

149

Karl Marx

policía belga se jacta de haber echado el guante al fantasma del tesoro que ronda en el cerebro de los capitalistas continentales, cuyo principal depósito se encuentra en Londres y cuyos vástagos se expiden constantemente a través del mar a todas las sedes centrales de nuestra sociedad. El investigador oficial belga se lo imagina escondido en una caja de hierro, en un rincón oscuro. Sus esbirros se precipitan sobre la caja, la fuerzan y encuentran... unos cuantos pedazos de carbón. Quizá, al contacto con la mano de la policía, el oro puro de la Internacional se transforma de inmediato en carbón.

De las huelgas que asolaron diversas sedes de la industria algodonera francesa en diciembre de 1868, la más importante fue la de Sotteville-lès-Rouen. Los fabricantes del departamento del Somme habían celebrado poco antes una reunión en Amiens para deliberar cómo podrían vender por debajo del precio (undersell) a sus rivales ingleses en el propio mercado inglés. Se coincidía en que, aparte de los aranceles, la relativa bajeza del salario había protegido a Francia principalmente contra las mercancías inglesas de algodón. Se concluía, naturalmente, que una reducción aún mayor del salario permitiría invadir Inglaterra con mercancías francesas de algodón. No se dudaba ni por un instante que los obreros algodoneros franceses estarían orgullosos de sufragar los costos de una guerra de conquista que sus patriotas maestros habían resuelto librar al otro lado del Canal. Poco después trascendió que los fabricantes de Ruán y sus alrededores habían llegado a un acuerdo similar en cónclave secreto. Al poco tiempo se produjo de repente una importante rebaja de salarios en Sotteville-lès-Rouen, y entonces los tejedores normandos se alzaron por primera vez contra las extralimitaciones del capital. Actuaron en la excitación del momento. No habían formado previamente trades-unions ni se habían provisto de medios de resistencia de ninguna clase. En su apuro apelaron al Comité Internacional de Ruán, que les procuró la primera ayuda necesaria de los obreros de Ruán, de las localidades vecinas y de París. Hacia fines de diciembre, el comité de Ruán se dirigió al Consejo General, en un momento de penuria extrema en las sedes inglesas de la industria algodonera, de miseria sin precedentes en Londres y de depresión general en todos los ramos de la producción. Este estado de cosas perdura en Inglaterra hasta este mismo momento. A pesar de circunstancias tan enteramente desfavorables, el Consejo General creyó que el carácter peculiar del conflicto de Ruán incitaría a los obreros ingleses a esfuerzos especiales. Era esta una gran ocasión para demostrar a los capitalistas que su guerra industrial internacional, librada mediante el rebajamiento del salario, ora en este país, ora en aquel, acabaría por quebrantarse

150

10

15

20

25

30

35

40

Informe del Consejo General al cuarto congreso general en Basilea

en la unión internacional de las clases obreras. Los obreros ingleses respondieron de inmediato a nuestro llamamiento con una primera contribución para Ruán, y el Consejo General de las trades-unions de Londres acordó convocar con nosotros un monstre meeting en favor de los hermanos normandos. La noticia del súbito cese de la huelga de Sotteville impidió proceder más allá.

Del fracaso material de esta revuelta económica compensaron grandes resultados morales. Reclutó a los obreros algodoneros normandos para el ejército revolucionario del trabajo, dio el impulso para la fundación de trades-unions en Ruán, Elbeuf, Darnetal, etc., y selló de nuevo el vínculo fraternal entre las clases obreras inglesa y francesa. Durante el invierno y la primavera de 1869, nuestra propaganda en Francia permaneció paralizada por la supresión de nuestro comité de París, ocurrida en 1868, por las vejaciones policíacas en los departamentos y por el absorbente interés de las elecciones generales.

Apenas transcurridas las elecciones, estallaron numerosas huelgas en los distritos mineros del Loira, en Lyon y en muchos otros lugares. Los recargados cuadros fantásticos de la prosperidad de los obreros bajo el segundo Imperio se desvanecieron como imágenes de niebla ante los hechos económicos que estos combates entre capitalistas y obreros sacaron a luz. Las reivindicaciones de los obreros eran tan modestas e irrebatibles, que después de algunas tentativas de resistencia, a menudo desvergonzadas, tuvieron que ser todas concedidas. No había absolutamente nada de sorprendente en estas huelgas, excepto su repentina explosión tras una aparente calma chicha y la rapidez con que se sucedían golpe tras golpe. Con todo, la causa era palmaria y sencilla. Durante las elecciones, los obreros se habían rebelado con éxito contra su déspota público. ¿Qué más natural que rebelarse después de las elecciones contra sus déspotas privados?

Las elecciones habían puesto los ánimos en movimiento. Es lógico que la prensa gubernamental, pagada como está para falsear los hechos, hallara la clave en las secretas consignas del Consejo General de Londres, el cual enviaba a sus emisarios de lugar en lugar para revelar a los obreros franceses, hasta entonces entera y completamente satisfechos, el terrible secreto de que es una cosa mala trabajar en exceso, estar mal pagado y ser tratado brutalmente. Un órgano de la policía francesa que aparece en Londres, L’International, desvela al mundo en su número del 3 de agosto el móvil secreto de nuestra nefanda actividad.

“Lo más singular”, dice, “es que se ordenó que las huelgas estallaran en países donde la miseria está aún lejos de...

151

Karl Marx

… hacerse sentir. Estas explosiones inesperadas llegaron tan
oportunamente para cierto vecino de Francia, que precisamente
tenía que temer una guerra, que mucha gente se pregunta si estas
huelgas no se produjeron a instancias de un Maquiavelo extranjero que
supo granjearse el favor de esa todopoderosa sociedad.” Al mismo
tiempo que este libelo policíaco francés nos acusaba de importunar en
casa al gobierno francés con huelgas para quitar al conde Bismarck la
carga de una guerra exterior, un periódico fabril de la provincia renana
insinuaba que nosotros sacudíamos la Confederación de la Alemania del
Norte con huelgas para paralizar la industria alemana en beneficio de
fabricantes extranjeros.

Ahora examinaremos las relaciones de la Internacional con las huelgas
francesas a la luz de dos casos de carácter típico.
En uno de ellos, la huelga de St-Étienne y la masacre de Ricamarie
que le siguió, ni siquiera el gobierno francés se atreverá ya
a afirmar intervención alguna de la Internacional.

En los acontecimientos de Lyon no fue la Internacional quien lanzó
a los obreros a las huelgas, sino que, por el contrario, las huelgas
arrojaron a los obreros en brazos de la Internacional.

152

Los mineros del carbón de St-Étienne, Rive-de-Giers y Fumery
habían pedido, con calma pero con firmeza, a los directores de las
compañías mineras una revisión de la tarifa salarial y una limitación
de la jornada de trabajo, que contaba doce horas completas de duro
trabajo subterráneo. Fracasado su intento de un arreglo amistoso,
declararon una huelga el 11 de junio. Para ellos era naturalmente una
cuestión vital asegurar la cooperación de sus camaradas que aún
continuaban trabajando. Para impedirlo, los directores pidieron y
obtuvieron del prefecto del Loira un bosque de bayonetas. El 12 de
junio, los huelguistas encontraron las minas de carbón bajo una fuerte
ocupación militar. Para asegurarse del celo de los soldados que el gobierno
les prestaba, las compañías mineras pagaron a cada soldado un franco
diario por cabeza. Los soldados pagaron a las compañías apresando a
unos 60 mineros que intentaban abrirse paso hacia sus camaradas en las
minas. Esos prisioneros fueron escoltados esa misma tarde a St-Étienne
por 150 hombres del cuarto regimiento de línea. Antes de la partida
de los valientes guerreros, un ingeniero de la compañía Dorian repartió
entre ellos 60 botellas de coñac y les encargó encarecidamente que
vigilaran de cerca a los prisioneros, diciendo que esos mineros eran
salvajes, bárbaros, ex presidiarios liberados. El aguardiente y la
prédica prepararon una colisión sangrienta. En su marcha, seguidos
por una multitud de mineros del carbón con mujeres y

152

niños, y rodeados por ellos en un desfiladero de las alturas del
Moncel, barrio de Ricamarie, al ser instados a entregar a los prisioneros
y, ante su negativa, atacados con una lluvia de piedras, los soldados
dispararon sin previo aviso en medio de la masa apiñada,
matando a 15 personas, entre ellas 2 mujeres y un lactante, e
hiriendo a una gran multitud. Los tormentos de los heridos fueron
espantosos; entre ellos se encontraba una pobre muchacha de 12 años,
Jenny Petit, cuyo nombre vivirá inmortal en la martirología de la clase
obrera. Fue alcanzada por la espalda por dos balas, una de las cuales
se le alojó en la ingle, la otra le atravesó la espalda,
le rompió el brazo y le salió por el hombro derecho. «Les chassepots
avaient encore fait merveille».

153

Esta vez, sin embargo, el gobierno pronto descubrió que no solo
había cometido un crimen, sino un error. No fue saludado por la
clase media como salvador de la sociedad. El consejo municipal de
St-Étienne presentó su renuncia en masa en un documento en el que
tachaba a la soldadesca de inhumanidad y exigía el retiro del regimiento
de la ciudad. La prensa francesa prorrumpió en un grito de horror.
Incluso periódicos tan conservadores como el Moniteur Universel
recolectaron donativos para las víctimas. El gobierno tuvo que
retirar el odiado regimiento de St-Étienne.

En estas difíciles circunstancias, fue una ocurrencia luminosa sacrificar
un chivo expiatorio en el altar de la indignación pública: la Asociación
Internacional de los Trabajadores. En el proceso contra los presuntos
amotinados, el acta de acusación los dividió en 10 categorías, matizando
con mucho arte los grados de su culpabilidad. La primera clase, la más
oscura, se componía de 5 obreros, sobre todo sospechosos de haber
recibido su consigna secreta desde fuera, de la Internacional. Las pruebas
eran naturalmente abrumadoras, como lo muestra el siguiente extracto
de un periódico judicial francés: “La audiencia de testigos no ha permitido
determinar con exactitud la participación de la Asociación Internacional.

Los testigos solo aseguran que a la cabeza de las bandas se hallaban
desconocidos con blusas y gorras blancas. Pero ninguno de estos
desconocidos ha sido arrestado ni se sienta en el banquillo de los
acusados. A la pregunta: ¿cree usted en la intervención de la Asociación
Internacional?, respondió un testigo: Lo creo, pero no tengo absolutamente
ninguna prueba.”

Poco después de la masacre de Ricamarie, comenzó en Lyon la danza
de las revueltas económicas con las torcedoras de seda, en su mayor
parte del sexo femenino. En su miseria, apelaron a la Internacional, que

153

Karl Marx

particularmente a través de sus miembros en Francia y en Suiza las ayudó
a alcanzar la victoria. A pesar de todos los intentos de intimidación
de la policía, declararon públicamente su adhesión a nuestra sociedad
y entraron formalmente en ella mediante el pago de las cotizaciones
estatutarias al Consejo General. Tanto en Lyon como antes en Rouen,
las obreras desempeñaron un papel magnánimo y destacado.

Otros ramos industriales de Lyon siguieron de cerca a las torcedoras
de seda. Así, nuestra sociedad ganó en pocas semanas más de
10.000 nuevos adeptos en esa heroica población que, hace
más de 30 años, escribió en su bandera la consigna del proletariado
moderno: «vivre en travaillant ou mourir en combattant» (vivir trabajando
o morir combatiendo).

Entretanto, el gobierno francés continuó con sus mezquinas
vejaciones contra la Internacional. En Marsella prohibió a nuestros
miembros reunirse para la elección de un delegado al Congreso de
Basilea. La misma jugada se repitió en otras ciudades,
pero los obreros del continente, como en todas partes, empiezan por fin
a comprender que los derechos naturales se conquistan con mayor
seguridad ejerciéndolos sin permiso, cada cual por su cuenta y riesgo.

154

Los trabajadores de Oestreich, y especialmente los de Wien, ocupan ya
el primer plano, aunque no entraron en el movimiento hasta después de
los acontecimientos de 1866. Se agruparon de inmediato bajo la bandera del
socialismo y de la Internacional, en la que ingresaron masivamente mediante
sus delegados en el reciente Congreso de Eisenach. Si en algún lugar ha
puesto de manifiesto la clase media liberal de Oestreich sus instintos egoístas,
su inferioridad intelectual y su mezquino rencor contra la clase obrera,
es aquí. Su ministerio, que ve el imperio desgarrado y amenazado por
la lucha de razas y nacionalidades, ||D| persigue a los obreros, que son
los únicos que proclaman la fraternidad de todas las razas y
nacionalidades. La propia clase media, que debe su nueva posición no a
su propio heroísmo, sino exclusivamente a los desastres del ejército
austríaco, y que apenas es capaz, como ella misma sabe, de defender
sus nuevas conquistas contra los ataques de la dinastía, la aristocracia y
el clero, esa clase media desperdicia sin embargo sus fuerzas en el
miserable intento de excluir a la clase obrera del derecho de coalición,
de reunión pública y de prensa.

En Oestreich, como en todos los demás Estados continentales, la
Internacional ha desplazado al antiguo fantasma rojo. Cuando el 13 de julio
se escenificó una masacre obrera en pequeña escala en Brünn, la capital
algodonera de Mähren, se explicó el suceso por las

154

secretas instigaciones de la Internacional, cuyos agentes, sin embargo, poseen
el manto de niebla que los hace invisibles. Cuando algunos jefes populares
de Wien comparecieron ante los tribunales, el acusador público los
estigmatizó como agentes del extranjero. Para demostrar sus profundos
conocimientos, solo cometió el pequeño error de confundir la Liga burguesa
de la libertad y la paz de Berna con la Internacional proletaria.
Así como en la Oestreich cisleithánica se persigue de ese modo al
movimiento obrero, en Ungarn se le hostiga abierta y desvergonzadamente.
Sobre este punto, el Consejo General posee los informes más fidedignos
de Pesth y Preßburg. Baste un ejemplo del trato que las autoridades dan
a los obreros húngaros. El señor von Wenkheim, ministro real del
Interior en Ungarn, se hallaba precisamente de visita en la delegación
húngara en Wien.
Los obreros de Preßburg, a quienes desde hace meses no se les permite
celebrar reuniones y a quienes incluso se les prohibió organizar una
fiesta cuyo producto líquido debía destinarse al fondo de fundación de
una caja de enfermos, enviaron hace unos días a varios obreros, entre ellos
al conocido agitador Niemtzik, a Wien para presentar sus quejas al señor
ministro del Interior. Costó trabajo obtener acceso al excelso señor, y
cuando por fin se abrió la puerta del despacho ministerial, los obreros
fueron recibidos por el ministro de una manera que pugna con todo decoro:
“¿Son ustedes obreros? ¿Trabajan con aplicación?”, preguntó el ministro,
dándole vueltas al cigarro humeante en la boca; “pues entonces no tienen
ustedes por qué preocuparse de nada más; no necesitan asociaciones, y si
se meten en política, ya sabremos encontrar medios contra ello. ¡No voy a
hacer ||B| nada por ustedes! ¡Qué refunfuñen los obreros cuanto quieran!”
A la pregunta de si, entonces, todo quedaba librado a la arbitrariedad de
las autoridades, respondió el ministro: “Sí, bajo mi responsabilidad.” Tras
largas e infructuosas explicaciones, los obreros abandonaron al fin al
ministro con esta declaración: “Puesto que las condiciones estatales
determinan la situación de los obreros, los obreros tienen que ocuparse
de política, y lo harán.”

155

En Preußen y el resto de Deutschland, el año pasado se distinguió
por la formación de trade-unions en todo el país.
En el reciente congreso de Eisenach, los delegados de
más de 150.000 obreros de la Deutschland propiamente dicha, de Oestreich y
de la Schweiz, fundaron un nuevo partido socialdemócrata con un programa
en el que están incorporados literalmente los principios rectores de nuestros
estatutos. Impedidos por la ley de formar secciones formales de nuestra
Asociación, acordaron solicitar al Consejo General tarjetas de membresía
individual.

Karl Marx

Nuevas ramas de la Asociación se han formado en Neapel, Spanien y
Holland. En Barcelona y Amsterdam se publican órganos semanales.

Los laureles del gobierno belga en los gloriosos campos de batalla de Seraing y Frameries parecen perturbar el sueño de nuestras grandes potencias. Nada tiene de extraño que también Inglaterra pueda ufanarse este año de su matanza de obreros. A los mineros del carbón galeses del Leeswood Great Pit, cerca de Mold, en Denbighshire, se les comunicó de pronto una rebaja del salario por parte del administrador de la mina, a quien odiaban desde hacía mucho tiempo como a un tirano pequeño e incorregible. Reunieron gente de las explotaciones vecinas, lo expulsaron de su casa y arrastraron todos sus muebles a la estación de ferrocarril más próxima. Estos desdichados, en su infantil ignorancia, se imaginaban que de este modo se librarían de él para siempre. El 28 de mayo, dos cabecillas fueron conducidos al tribunal de Mold por la policía y bajo la escolta de un destacamento del 4.° Regimiento de Infantería, «the kings own». En el camino, un grupo de mineros del carbón intentó liberarlos. Ante la resistencia de la policía y los soldados, cayó sobre estos una lluvia de piedras. Sin previo aviso, los soldados respondieron a la lluvia de piedras con una lluvia de balas de sus carabinas de retrocarga. Cinco personas —entre ellas dos mujeres y un niño— fueron muertas y un gran número, heridas. Hasta aquí, existe una gran analogía entre las matanzas de Mold y de Ricamarie; | a partir de aquí, cesa. En Francia, los soldados eran responsables únicamente ante sus comandantes; en Inglaterra, tuvieron que pasar por el purgatorio de un jurado de investigación (Coroner’s jury), pero el coroner era un anciano sordo y medio chocho, a quien las declaraciones de los testigos hubieron de serle introducidas a través de una trompetilla acústica, y el jurado galés era un jurado de clase, mezquino y lleno de prejuicios. Calificaron el asesinato de «homicidio justificado». En Francia, los insurrectos fueron condenados a penas de prisión de tres a dieciocho meses y amnistiados poco después; en Inglaterra, fueron condenados a diez años de trabajos forzados con grilletes.

En toda la prensa francesa, un grito de furor contra las tropas. En Inglaterra, la prensa solo tuvo sonrisitas para los soldados y ceños fruncidos para sus víctimas. Sin embargo, los obreros ingleses han ganado mucho con la pérdida de una grande y peligrosa ilusión. Hasta ahora, se creían más o menos protegidos por la formalidad de las Riot Acts y la subordinación del poder militar a la autoridad civil. Ahora han sido aleccionados de otro modo. El señor Bruce, el liberal ministro del Interior, declaró en la Cámara de los Comunes que todo magistrado, el primer cazador de zorros o cura de misa y olla que se presente, podía hacer abrir fuego sobre grupos que le parecieran sediciosos, sin lectura previa de las Riot Acts. En segundo lugar, que los soldados podían también abrir fuego por cuenta propia, bajo el pretexto de la legítima defensa. El liberal ministro olvidó añadir que, en semejantes circunstancias, todo el mundo habría de ser armado a expensas del Estado con una carabina de retrocarga, para su legítima defensa contra los soldados.

La siguiente resolución fue adoptada el 30 de agosto en el congreso general de las Trade Unions en Birmingham:

«Considerando que la organización local del trabajo ha desaparecido casi por completo ante una organización de carácter nacional; que la extensión del principio del librecambio provoca tal competencia de los capitalistas, que en esta cacería internacional el interés del obrero se pierde de vista y es sacrificado; que la organización obrera debe ser extendida aún más y hacerse internacional; considerando además que la Asociación Internacional de los Trabajadores tiene por objeto la representación común de los intereses obreros y que los intereses de las clases obreras son idénticos en todas partes, este Congreso recomienda cordialmente aquella Asociación al apoyo de los trabajadores del Reino Unido y, en particular, a los cuerpos obreros organizados, y les insta encarecidamente a afiliarse a dicha Asociación. El Congreso está convencido al mismo tiempo de que la realización de los principios de la | Internacional conducirá a la paz duradera entre las naciones de la tierra.»

En mayo último, amenazó la guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra. Vuestro Consejo General envió, por tanto, un mensaje al señor Sylvis, presidente de la National Labour Union americana, en el que exhortaba a la clase obrera norteamericana a imponer la paz frente al clamor bélico de la clase dominante.

La repentina muerte del señor Sylvis, ese valeroso paladín de nuestra causa, autoriza, en recuerdo suyo, a cerrar nuestro informe con su carta de respuesta:

«Filadelfia, 26 de mayo de 1869.

Recibí ayer vuestro mensaje del 12 de mayo. Me siento muy dichoso de recibir tan cordiales palabras de nuestros compañeros de trabajo del otro lado del océano. Nuestra causa es común: es la guerra entre la pobreza y la riqueza. El trabajo ocupa en todas partes la misma posición rebajada, y el capital es el mismo tirano en todas las partes del mundo. Por eso digo: nuestra causa es una causa común. Os tiendo, en nombre de las clases obreras de los Estados Unidos, la mano de la camaradería. Os la tiendo a vosotros, a todos aquellos a quienes representáis y a todos los hijos e hijas de la fatiga, pisoteados y oprimidos, en Europa. Avanzad en la buena obra que habéis emprendido, hasta que el más glorioso éxito corone vuestros esfuerzos. Esta es también nuestra decisión. Nuestra última guerra ha tenido como resultado la edificación de la más infame aristocracia del dinero sobre la faz de la tierra. Este poder del dinero devora la médula del pueblo. Le hemos declarado la guerra y tenemos la certeza de la victoria. Si es posible, queremos vencer por la papeleta electoral; si no, tendremos que recurrir a medios más serios. Una pequeña sangría es a veces necesaria en casos desesperados.»

Por mandato del Consejo General:
Robert Applegarth, Presidente
Cowell Stepney, Tesorero
J. George Eccarius, Secretario General.
Londres, 1 de septiembre de 1869.
Oficina: 256, High Holborn, W.C.

161

Karl Marx

General de la Internacional perdería el manejo de la gran palanca. Si a la acción seria y subterránea prefiriésemos sustituir el brillo de las tablas, tal vez habríamos cometido la falta de responder públicamente a la pregunta de l'Egalité de por qué el Consejo General soporta este «cúmulo tan enojoso» de funciones.

Inglaterra no debe ser tratada simplemente como un país entre los demás países. Debe ser tratada como la metrópoli del capital.

5) Cuestión sobre la Resolución del Consejo General acerca de la amnistía irlandesa.

Si Inglaterra es el baluarte del landlordismo y del capitalismo europeos, el único punto donde se puede asestar el gran golpe contra la Inglaterra oficial es Irlanda. En primer lugar, Irlanda es el baluarte del landlordismo inglés. Si cayera en Irlanda, caería en Inglaterra. En Irlanda la operación es cien veces más fácil, porque la lucha económica se concentra allí exclusivamente en la propiedad territorial, porque esa lucha es al mismo tiempo nacional, y porque el pueblo es allí más revolucionario y más exasperado que en Inglaterra. El landlordismo en Irlanda se mantiene exclusivamente mediante el ejército inglés. Tan pronto como la unión forzosa entre los dos países llegase a cesar, estallaría inmediatamente una revolución social, aunque en formas atrasadas. El landlordismo inglés no perdería solamente una gran fuente de sus riquezas, sino también su mayor fuerza moral, es decir, la de representar la dominación de Inglaterra sobre Irlanda. Por otro lado, manteniendo el poder de sus landlords en Irlanda, el proletariado inglés los hace invulnerables en la propia Inglaterra.

En segundo lugar, la burguesía inglesa no ha | solamente explotado la miseria irlandesa para rebajar, mediante la inmigración forzosa de los irlandeses pobres, a la clase obrera en Inglaterra, sino que además ha dividido al proletariado en dos campos hostiles. El fuego revolucionario del obrero celta no se combina con la naturaleza sólida, pero lenta, del obrero anglosajón; al contrario, en todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario irlandés y el proletario inglés. El obrero inglés vulgar trata al obrero irlandés como a un competidor que deprime los salarios y el standard of life. Siente hacia él antipatías nacionales y religiosas. Lo mira poco más o menos como los poor whites de los Estados meridionales de América del Norte miraban a los esclavos negros. Este antagonismo entre los proletarios de Inglaterra es artificialmente alimentado y mantenido por la burguesía. Ella sabe que esta escisión es el verdadero secreto del mantenimiento de su poder.

162

Circular del Consejo General al Consejo Federal de la Suiza Romanda

Además, este antagonismo se reproduce al otro lado del Atlántico. Los irlandeses, expulsados de su suelo natal por bueyes y ovejas, se encuentran de nuevo en América del Norte, donde constituyen una porción formidable y en continuo crecimiento de la población.

Su único pensamiento, su única pasión, es el odio a Inglaterra. El gobierno inglés y el gobierno americano (es decir, las clases que representan) alimentan esas pasiones para eternizar la lucha subterránea entre los Estados Unidos | e Inglaterra; es así como impiden la alianza sincera y seria, y por consiguiente, la emancipación de las clases obreras de ambos lados del Atlántico.

Además, Irlanda es el único pretexto del gobierno inglés para mantener un gran ejército permanente que, en caso necesario, como se ha visto, se lanza sobre los obreros ingleses después de haber hecho su aprendizaje de soldado en Irlanda.

Por último, lo que nos mostró la antigua Roma en una escala monstruosa, se repite hoy en Inglaterra. El pueblo que subyuga a otro pueblo se forja sus propias cadenas.

Así pues, la posición de la Asociación Internacional respecto a la cuestión irlandesa es muy clara. Su primera necesidad es impulsar la | revolución social en Inglaterra. A tal efecto, hay que asestar el gran golpe en Irlanda.

Las resoluciones del Consejo General sobre la amnistía irlandesa no sirven sino para introducir otras resoluciones que afirmarán que, hecha abstracción de toda justicia internacional, es una condición preliminar de la emancipación de la clase obrera inglesa transformar la actual Unión forzosa (es decir, la esclavitud de Irlanda) en Confederación igual y libre, si es posible, en Separación completa, si es necesario. /

|[22]| Las dificultades e incluso los peligros personales que corre el Consejo General al situarse en este terreno, pueden apreciarse por las maniobras del Bee Hive. Este periódico ha suprimido en la reseña de nuestras sesiones nuestras resoluciones e incluso el hecho mismo de que nos ocupábamos de la cuestión irlandesa. De ahí que el Consejo se haya visto obligado a hacer imprimir esas resoluciones para enviarlas a todas las trades unions. |

/18/ Por lo demás, las doctrinas | ingenuas de l'Egalité y del Progrès sobre la conexión o, mejor dicho, la no conexión entre el movimiento social y el movimiento político, jamás, que sepamos, han sido canonizadas por ninguno de nuestros Congresos Internacionales. Son contrarias a nuestros estatutos. En ellos se lee: «That the economical emancipation of the working classes is therefore the great end to which every political movement ought to be subordinate as a means.»

163

Karl Marx

Estas palabras — «as a means», «como medio» — fueron suprimidas en la traducción francesa hecha en 1864 por el comité de París. Interpelado por el Consejo General, el comité de París se excusó por las | miserias de su situación política. /

|[21]| Hay otras mutilaciones del texto auténtico. El primer considerando de los estatutos reza así: «The struggle for the emancipation of the working classes means ... a struggle ... for equal rights and duties, and the abolition of all class rule.»

La traducción parisina reproduce los «derechos y deberes iguales», es decir, la frase general que se encuentra más o menos en todos los manifiestos democráticos desde hace un siglo y que tiene un sentido diferente en boca de las distintas clases, pero suprime lo concreto, «the abolition of all class rule» (la abolición de las clases).

Asimismo, en el segundo considerando de los estatutos se lee: «That the economical subjection of the man of labour to the monopoliser of the means of labour, that is the sources of life etc.»

La traducción parisina pone «capital» en lugar de «the means of labour, that is the sources of life», expresión que incluye tanto la tierra como los demás medios de trabajo.

Por lo demás, el texto primitivo y auténtico ha sido restaurado en la traducción francesa publicada en Bruselas por La Rive Gauche (1866) e impresa como folleto. /

/20/ 6) Cuestión Liebknecht-Schweitzer.

L'Egalité dice:

«Estos dos grupos son de la Internacional.»

Es falso. El grupo de Eisenach (que el Progrès y l'Egalité se complacen en convertir en grupo del ciudadano Liebknecht) pertenece a la Internacional. El grupo de Schweitzer no pertenece a ella. \

/[21]/ Schweitzer ha explicado incluso extensamente en su periódico (el Social-Démocrat) por qué la organización lassalleana no podría englobarse en la Internacional sin destruirse a sí misma — sin saberlo, ha dicho la verdad. Su organización artificial de secta se opone a la organización histórica y espontánea de la clase obrera.

El Progrès y l'Egalité han conminado al Consejo General a dar públicamente su «opinión» sobre las diferencias personales entre Liebknecht y Schweitzer. Dado que el ciudadano Johann Philipp Becker (tan calumniado en el periódico de Schweitzer como Liebknecht) es miembro del comité de redacción de l'Egalité, resulta realmente extraño que sus editores no están mejor informados de los hechos. Deberían saber que Liebknecht, en el Volksstaat, ha invitado públicamente a Schweitzer a tomar al Consejo General como árbitro de sus diferencias, y que Schweitzer, no menos públicamente, ha repudiado la autoridad del Consejo General.

164

Circular del Consejo General al Consejo Federal de la Suiza Romanda

El Consejo General, por su parte, no ha omitido nada para poner fin a este escándalo. Encargó a su secretario para Alemania mantener correspondencia con Schweitzer, cosa que se hizo durante dos años; pero todas las tentativas del Consejo han fracasado gracias a la firme resolución de Schweitzer de conservar a toda costa, con la organización de secta, su poder autocrático. Corresponde al Consejo General determinar el momento favorable en que su intervención pública en esta querella sea más útil que perjudicial.

7) Puesto que las acusaciones de l'Egalité son públicas y podrían ser consideradas como emanadas del Comité Romando de Ginebra, el Consejo General comunicará esta respuesta a todos los comités que mantienen correspondencia con él.

Por orden del Consejo General. |

165