de la Asociación Internacional de los Trabajadores

El año 1867-68 hace época en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Después de un período de progreso tranquilo, su esfera de acción se hinchó lo bastante como para provocar amargas denuncias por parte de las clases dominantes y persecuciones gubernamentales. Entró en la etapa de la lucha.

El gobierno francés encabezó, naturalmente, la reacción contra la clase obrera. Ya el año anterior habíamos tenido que denunciar algunas maniobras hostiles del mismo: sustracción de cartas, confiscación de nuestros estatutos, interceptación de los documentos del Congreso de Lausana en la frontera francesa. Estos últimos, largo tiempo reclamados inútilmente a París, nos fueron finalmente devueltos sólo bajo la presión oficial de Lord Stanley, el ministro inglés de Asuntos Exteriores.

Este año, sin embargo, el Imperio ha arrojado por completo la máscara. Ha tratado abiertamente de aniquilar a la Asociación Internacional de los Trabajadores mediante su policía y sus tribunales. La dinastía de Diciembre debe su existencia a la lucha de clases, cuya manifestación más grandiosa fue la insurrección de junio de 1848. Por ello, desempeñó necesariamente, de manera alternada, los papeles de salvadora de la burguesía y de protectora patriarcal del proletariado. Tan pronto como el creciente poder de la Asociación Internacional de los Trabajadores se manifestó claramente en las huelgas de Amiens, Roubaix, París, Ginebra, etc., el autoproclamado patrón de los obreros se vio reducido a la alternativa de apoderarse de nuestra sociedad o de suprimirla. Al principio no se pedía mucho. Un manifiesto que los delegados parisinos habían leído en el Congreso de Ginebra (1866) y publicado al año siguiente en Bruselas, había sido confiscado en la frontera francesa. A una pregunta de nuestro Comité de París sobre los motivos de esta medida violenta, el ministro Rouher invitó a un miembro del Comité a una conversación personal. Durante la reunión que siguió, exigió en primer lugar la atenuación y modificación de algunos pasajes del manifiesto. Ante la respuesta negativa, replicó: «Sin embargo, podría llegarse a un entendimiento si insertaran ustedes siquiera unas palabras de agradecimiento al emperador, que tanto ha hecho por la clase obrera.» Esta delicada insinuación de Rouher, el viceemperador, no encontró la comprensión esperada. Desde ese momento, el régimen de Diciembre acechó cualquier pretexto para eliminar violentamente a la Asociación. Su irritación creció a raíz de la agitación antichauvinista de nuestros miembros franceses después de la guerra prusiano-austriaca. Poco después, cuando el pánico feniano alcanzó su punto culminante en Inglaterra, el Consejo General de la A.I.T. dirigió una petición al gobierno británico, en la que calificaba de asesinato judicial la inminente ejecución de los tres mártires de Manchester. Al mismo tiempo, celebramos mítines públicos en Londres para la defensa de los derechos de Irlanda. Siempre ansiosa por ganarse el favor de Inglaterra, el gobierno francés consideró ahora las circunstancias maduras para un golpe contra la A.I.T. a ambos lados del Canal. En plena noche, su policía irrumpió en los domicilios de los miembros de nuestro Comité de París, registró su correspondencia privada y anunció ruidosamente en la prensa inglesa que por fin se había descubierto el centro de la conspiración feniana. ¡Uno de sus órganos principales sería la A.I.T. Mucho ruido y pocas nueces! La investigación judicial, a pesar de la mejor voluntad, no encontró ni la sombra de un corpus delicti. Después de que el intento de transformar a la A.I.T. en una sociedad secreta de conspiración fracasara tan vergonzosamente, se recurrió al primer subterfugio. Se persiguió al Comité de París como sociedad no autorizada de más de 20 miembros. Los jueces franceses, encuadrados en la disciplina imperial, declararon, naturalmente, sin más, disuelta la sociedad y condenaron a los miembros del Comité a multa y prisión. Sin embargo, el tribunal cometió la ingenuidad de proclamar en los considerandos de su sentencia dos cosas: por una parte, el poder creciente de la A.I.T., y por otra, la incompatibilidad del Imperio de Diciembre con la existencia de una sociedad obrera que tratara seriamente la verdad, el derecho y la moral como principios rectores. Las consecuencias de estos hechos se hicieron sentir pronto en los departamentos, donde mezquinas vejaciones de las prefecturas siguieron de cerca a las condenas de París. Sin embargo, en lugar de caer ante estas chicanas gubernamentales, la A.I.T. sacó de ellas nuevas fuerzas vitales. Nada ha fomentado más su influencia en Francia que el hecho de que, por fin, obligara al régimen de Diciembre a una ruptura abierta con la clase obrera.

En Bélgica, nuestra sociedad se ufana de grandes progresos. Los propietarios de minas de la cuenca de Charleroi empujaron a sus mineros del carbón, mediante vejaciones incesantes, a un motín, para luego soltar la fuerza armada sobre la multitud desarmada. En medio de este pánico provocado, la sección belga de la A.I.T. tomó en sus manos la causa de los mineros del carbón, reveló a través de la prensa y en mítines públicos su miserable situación económica, apoyó a las familias de los caídos y heridos, y procuró asistencia judicial para los prisioneros. Todos ellos fueron finalmente absueltos por el jurado. Desde los acontecimientos de Charleroi, nuestro éxito en Bélgica estuvo asegurado. Entretanto, el ministro de Justicia, Jules Bara, denunció a la A.I.T. en la Cámara de Diputados belga e hizo de su existencia el principal pretexto para la renovación de la ley de extranjería. Incluso amenazó con prohibir el Congreso de Bruselas. El gobierno belga debería finalmente comprender que los pequeños Estados ya no tienen en Europa más razón de ser que la de ser asilos de la libertad.

En Italia, la Asociación quedó paralizada por la reacción que siguió a la matanza de Mentana. Una de las consecuencias inmediatas fueron las restricciones policiales del derecho de asociación y reunión. No obstante, nuestra extensa correspondencia prueba que la clase obrera italiana se conquista cada vez más una individualidad independiente de todos los viejos partidos.

En Prusia, la A.I.T. no puede existir legalmente, porque una ley prohíbe toda conexión de las asociaciones obreras prusianas con sociedades extranjeras. Además, el gobierno prusiano repite a pequeña escala la política bonapartista, por ejemplo, en sus vejaciones a la «Allgemeinen deutschen Arbeiterverein». Siempre a punto de irse a las greñas, los gobiernos militares están siempre unidos cuando se trata de una cruzada contra su enemigo común, la clase obrera.

A pesar de todos los obstáculos legales, sin embargo, desde hace tiempo se han agrupado en torno a nuestro Comité de Ginebra pequeñas ramas dispersas por toda Alemania.

En su último Congreso de Hamburgo, la «Allgemeinen deutschen Arbeiterverein», especialmente extendida en el norte de Alemania, decidió actuar en concordancia con la A.I.T., aunque legalmente se halla imposibilitada de adherirse a ella oficialmente. El próximo Congreso de Núremberg, representante de unas 100 asociaciones obreras pertenecientes sobre todo a la Alemania central y meridional, ha puesto en su orden del día la adhesión directa a la A.I.T. A petición de su comité rector, hemos enviado un delegado a Núremberg.

En Austria, el movimiento obrero adquiere un carácter cada vez más marcado. Para principios de septiembre se había convocado en Viena un congreso para la confraternización de los obreros de las distintas nacionalidades del Imperio. Se publicó al mismo tiempo una invitación a ingleses y franceses en la que se proclamaban los principios de la A.I.T. Vuestro Consejo General ya había nombrado un delegado para Viena, cuando el presente gabinete liberal austríaco, a punto de sucumbir a la reacción feudal, tuvo la suficiente clarividencia para ganarse también la enemistad de los obreros mediante la prohibición de su congreso.

En las luchas de los obreros de la construcción en Ginebra se trataba, en cierto modo, de la existencia de la A.I.T. en Suiza. Pues los patronos de la construcción hicieron de la salida de los obreros de la A.I.T. la condición previa para todo compromiso. Los obreros rechazaron resueltamente semejante arrogancia. Gracias a la ayuda que les fue prestada en la propia Suiza, así como, a través de la A.I.T., desde Francia, Inglaterra, Alemania y Bélgica, han conquistado finalmente una reducción de la jornada de trabajo y un aumento del salario. Ya profundamente arraigada en suelo suizo, la A.I.T. se extendió ahora rápidamente. Entre otras cosas, 50 asociaciones alemanas de cultura obrera, quizá las más antiguas de Europa, decidieron el otoño pasado, en su congreso de Neuchâtel, por unanimidad la adhesión a la A.I.T.

En Inglaterra, el movimiento político, la disolución de los viejos partidos y los preparativos para la próxima lucha electoral han absorbido a muchas de nuestras mejores fuerzas y, por ello, han retardado nuestra propaganda. No obstante, entablamos una animada correspondencia con los Trades’ Unions de provincias. Una parte de ellos ha anunciado ya su afiliación. Entre las nuevas ramas ganadas en Londres, los Trades’ Unions de los trabajadores del cuero y de los zapateros de la City, por el número de sus miembros, ocupan el primer rango.

Vuestro Consejo General mantuvo una comunicación constante con la «Nationalen Arbeiterunion der Vereinigten Staaten». En su último Congreso, en agosto de 1867, la Unión americana había votado el envío de un delegado al Congreso de Bruselas de este año, pero por falta de tiempo dejó de tomar las medidas necesarias para ejecutar el acuerdo.

El poder latente de la clase obrera norteamericana resplandece en la introducción legal de la jornada de ocho horas en los talleres públicos del gobierno federal y en la promulgación de una ley general de ocho horas en ocho o nueve estados de la Federación. Sin embargo, la clase obrera americana está librando actualmente, en Nueva York por ejemplo, una lucha desesperada contra el capital rebelde, que trata de frustrar, con todos los grandes medios a su disposición, la aplicación de la ley de las ocho horas. Este hecho prueba que, incluso en las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio de la clase obrera depende de la madurez de la organización que disciplina y concentra sus fuerzas.

E incluso su organización nacional fracasa fácilmente por la falta de organización más allá de las fronteras nacionales, ya que todos los países compiten en el mercado mundial y, por tanto, se influyen mutuamente. Sólo un vínculo internacional de la clase obrera puede asegurar su victoria definitiva. Fue esta necesidad la que creó la Asociación Internacional de los Trabajadores. No es la planta de invernadero de una secta o de una teoría. Es un producto espontáneo del movimiento proletario, el cual, a su vez, brota de las tendencias normales e irresistibles de la sociedad moderna. Profundamente penetrada de la grandeza de su misión, la A.I.T. no se deja intimidar ni extraviar. Su destino está en lo sucesivo inseparablemente entrelazado con el progreso histórico de la clase que en su seno lleva el renacimiento de la humanidad.

Londres, 1 de septiembre de 1868.

Por el Consejo General
Robert Shaw, Presidente
J. George Eccarius, Secretario General