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Friedrich Engels
Karl Marx sobre El Capital. Manuscrito de la reseña

para «The Fortnightly Review»

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|[2]| Karl Marx sobre El Capital.*'

I.

El Sr. Thomas Tooke, en sus investigaciones sobre la moneda, señala el hecho de que el dinero, en su función de capital, experimenta un reflujo hacia su punto de emisión, mientras que esto no ocurre con el dinero que desempeña la función de mero medio circulante. Esta distinción (que, sin embargo, ya había sido establecida mucho antes por Sir James Steuart) es utilizada por el Sr. Tooke meramente como un eslabón en su argumentación contra los «Currency men» y sus afirmaciones acerca de la influencia de la emisión de papel moneda sobre los precios de las mercancías. Nuestro autor, por el contrario, convierte esta distinción en el punto de partida de su investigación sobre la naturaleza del capital mismo, y especialmente en lo que respecta a la cuestión: ¿cómo se convierte el dinero, esta forma independiente de existencia del valor, en capital?

Toda clase de hombres de negocios —dice Turgot— tienen esto en común: que compran para vender; sus compras son un adelanto que después les es reembolsado.

Comprar para vender, tal es en efecto la transacción en la que el dinero funciona como capital, y la que hace necesario su retorno a su punto de emisión; en contraposición a vender para comprar, proceso en el cual el dinero puede funcionar únicamente como medio circulante. Así se ve que el diferente orden en que los actos de venta y compra se suceden imprime al dinero dos movimientos de circulación distintos. Para ilustrar estos dos procesos, nuestro autor da las siguientes fórmulas:

*> Das Kapital. Von Karl Marx. Erster Band. Hamburg, Meissner, 1868.

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Friedrich Engels: Karl Marx on Capital. Reseña para «The
Fortnightly Review»

Karl Marx on Capital. Reseña para «The Fortnightly Review»

Vender para comprar: una mercancía M se intercambia por dinero D,
que a su vez se intercambia por otra mercancía M; o: M-D-M. |

|Bl| Comprar para vender: el dinero se intercambia por una mercancía y ésta
se vuelve a intercambiar por dinero: D-M-D.

5 La fórmula M-D-M representa la circulación simple de mercancías,
en la que el dinero funciona como medio de circulación, como medio
circulante. Esta fórmula se analiza en el primer capítulo de nuestro libro,
el cual contiene una nueva y muy sencilla teoría del valor y del dinero,
sumamente interesante desde el punto de vista científico, pero que aquí
10 dejamos de lado por ser, en conjunto, irrelevante para lo que consideramos los puntos vitales de las concepciones del Sr. Marx sobre el capital.

La fórmula D-M-D, por otra parte, representa aquella forma de
circulación en la que el dinero se resuelve en capital.
El proceso de comprar para vender: D-M-D, puede evidentemente

15 resolverse en D-D; es un intercambio indirecto de dinero por dinero.
Supongamos que compro algodón por £ 1.000.- y lo vendo por £ 1.100.-;
entonces, en última instancia, he intercambiado £1.000 por £1.100, dinero por dinero.

Ahora bien, si este proceso hubiera de dar siempre por resultado el
20 retorno de la misma suma de dinero que yo había adelantado, sería |
absurdo. Pero, tanto si el comerciante que adelantó £1.000 realiza £1.100,
como si realiza £1.000, o incluso sólo £900, su dinero ha pasado por una
fase esencialmente diferente de la de la fórmula M-D-M: fórmula que
significa vender para comprar, vender lo que a uno no le hace falta para
25 poder comprar aquello que sí le hace falta. Comparemos las dos fórmulas.

Cada proceso se compone de dos fases o actos, y estos dos actos son
idénticos en ambas fórmulas; pero hay una gran diferencia entre los dos
procesos mismos. En M-D-M, el dinero es meramente el mediador; la
mercancía, valor de uso, constituye el punto de partida y el punto final. En
30 D-M-D, la mercancía es el eslabón intermedio, mientras que el dinero es
el principio y el fin. En M-D-M el dinero se gasta de una vez por todas;
en D-M-D simplemente se adelanta, con la intención de recuperarlo;
retorna a su punto de emisión, y en esto tenemos una primera diferencia
palpable entre la circulación del dinero como medio circulante y la del
35 dinero como capital.

En el proceso de vender para comprar, M-D-M, el dinero puede
retornar a su punto de emisión sólo a condición de que el proceso entero
se repita, de que se venda una nueva cantidad de mercancía. El reflujo,
por tanto, es independiente del proceso mismo. Pero en D-M-D, este
40 reflujo es una necesidad y está previsto desde el principio; si no tiene
lugar, hay un tropiezo en algún punto y el proceso queda incompleto.

Vender para comprar tiene por objeto la adquisición de valor de uso;
comprar para vender, la de valor de cambio.

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En la fórmula M-D-M, los dos extremos son, económicamente hablando, idénticos. Ambos son mercancías; son, además, del mismo
valor cuantitativo, pues toda la teoría del valor implica el supuesto de
que, normalmente, sólo se intercambian equivalentes. Al mismo tiempo,
estos dos extremos M-M son dos valores de uso cualitativamente diferentes, y se intercambian | precisamente por esa razón.—En el proceso de
D-M-D, la operación entera, a primera vista, parece carecer de sentido.
Cambiar £100 por £100, y además mediante un proceso tortuoso, parece
absurdo. Una suma de dinero sólo puede diferir de otra suma de dinero
por su cantidad. Por consiguiente, D-M-D sólo puede tener sentido por
la diferencia cuantitativa de sus extremos. Tiene que extraerse de la circulación más dinero del que se había arrojado a ella. El algodón comprado por
£1.000 se vende por £1.100, = £1.000 + £100; la fórmula que representa el
proceso, por tanto, cambia a D-M-D', donde D' = D + ΔD, D más un
incremento. Este ΔD, este incremento, es lo que el Sr. Marx llama plusvalía.* El valor originariamente adelantado no sólo se conserva, sino que
añade a sí mismo un incremento, engendra valor, y es este proceso el que
transforma el dinero en capital.

En la forma de circulación M-D-M, los extremos pueden, ciertamente, diferir también en valor, pero tal circunstancia sería aquí perfectamente indiferente; la fórmula no se vuelve absurda si ambos extremos son
equivalentes. Por el contrario, el que lo sean es una condición de su carácter
normal.

La repetición de M-D-M está limitada por circunstancias enteramente ajenas al proceso de intercambio mismo: por las exigencias del consumo. Pero en D-M-D, el principio y el fin son idénticos en cuanto a cualidad, y por ese mismo hecho el movimiento es, o puede ser, perpetuo. Sin
duda, D + ΔD difiere en cantidad de D; pero no deja de ser una mera suma
limitada de dinero. Si se la gasta, dejará de ser capital; si se la retira de
la circulación, será un atesoramiento estacionario. Una vez admitido el
incentivo | del proceso de hacer que el valor engendre valor, este incentivo
existe tanto para D' como existía para D; el movimiento del capital se
vuelve perpetuo e interminable, porque al cierre de cada transacción
singular su fin no se ha alcanzado más que antes. La ejecución de este
proceso interminable transforma al poseedor de dinero en capitalista.

Aparentemente, la fórmula D-M-D sólo es aplicable al capital comercial.
Pero el capital del fabricante, también, es dinero que se intercambia por
mercancías y se reintercambia por más dinero. Sin duda, en este

* (nota al pie) Dondequiera que aquí se emplee «valor» sin calificativo, significa siempre valor de cambio.

Karl Marx sobre El Capital. Reseña para «The Fortnightly Review»

caso, entre la compra y la venta intervienen una serie de operaciones,
operaciones que se realizan fuera de la esfera de la mera circulación; pero
ellas no cambian nada en la naturaleza del proceso. Por otra parte, vemos
el mismo proceso en su forma más abreviada en el capital prestado a

5 interés. Aquí la fórmula se reduce a D-D', valor que es, por así decirlo,
mayor que sí mismo.

Pero ¿de dónde surge este incremento de D, esta plusvalía? Nuestras
investigaciones anteriores sobre la naturaleza de la mercancía, del valor,
del dinero y de la circulación misma, no sólo lo dejan sin explicación, sino

10 que parecen incluso excluir cualquier forma de circulación que dé por
resultado algo así como una plusvalía. Toda la diferencia entre la circulación de mercancías (M-D-M) y la circulación del dinero como capital
(D-M-D) parece consistir en una simple inversión del proceso; ¿cómo
podría esta inversión ser capaz de producir un resultado tan extraño?

15 Es más: esta inversión sólo existe para una de las tres partes intervinientes en el proceso. Yo, como capitalista, compro una mercancía a A, y
la vendo de nuevo a B. A y B aparecen como meros vendedores y compradores de mercancías. Yo mismo aparezco, al comprar a A, meramente
como un poseedor de dinero, ||| y al vender a B, como poseedor de una

20 mercancía; pero en ninguna de las dos transacciones aparezco como
capitalista, como representante de algo que es más que dinero o que
mercancía. Para A la transacción comenzó con una venta, para B comenzó
con una compra. Si desde mi punto de vista hay una inversión de la
fórmula M-D-M, no la hay desde el suyo. Además, nada impide que A

25 venda su mercancía a B sin mi intervención, y entonces no habría ocasión
para plusvalía alguna.

Supongamos que A y B compran sus respectivos requerimientos directamente el uno del otro. En lo que respecta al valor de uso, ambos pueden
salir ganando. A puede incluso ser capaz de producir más de su mercancía

30 particular que B en el mismo tiempo, y viceversa, en cuyo caso ambos
ganarían. Pero la cosa es diferente en lo que atañe al valor de cambio. En
este último caso se intercambian cantidades iguales de valor, ya sirva el
dinero como medio o no.

Considerado en abstracto, es decir excluyendo todas las circunstancias

35 que no son deducibles de las leyes inmanentes de la circulación simple de
mercancías, en esta circulación simple, además del hecho de que un valor
de uso es reemplazado por otro, no hay más que un mero cambio de forma
de la mercancía. El mismo valor de cambio, la misma cantidad de trabajo
social fijado en un objeto, permanece en manos del poseedor de la

40 mercancía, ya sea en la forma de esta mercancía misma, ya en la del
dinero por el que se vende, ya en la de la segunda mercancía comprada

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Friedrich Engels

con el dinero. Este cambio de forma no implica en modo alguno cambio
alguno en la cantidad del valor, tan poco como el cambio de un billete de
cinco libras por cinco soberanos. En la medida en que sólo tiene lugar un
cambio en la forma del valor de cambio, tiene que haber intercambio de
equivalentes, al menos siempre que el proceso se desarrolle en su pureza
y bajo condiciones normales. Las mercancías pueden venderse a precios
superiores o inferiores a sus valores, pero si así ocurre, se viola siempre la
ley del intercambio de mercancías. En su forma pura y normal, por tanto,
el intercambio de mercancías no es un medio de crear plusvalía. De ahí
surge el error de todos los economistas que intentan derivar la plusvalía
del intercambio de mercancías, como Condillac.

Supongamos, sin embargo, que el proceso no tiene lugar bajo condiciones normales, y que se intercambian no-equivalentes. Que cada vendedor, por ejemplo, venda su mercancía un diez por ciento | por encima de
su valor. Caeteris paribus, cada cual pierde de nuevo como comprador lo
que había ganado como vendedor. Sería exactamente lo mismo que si el
valor del dinero hubiera caído un 10 %. Lo inverso, con el mismo efecto,
tendría lugar si todos los compradores compraran sus bienes un 10 % por
debajo de su valor. No nos acercamos ni un ápice a la solución suponiendo que cada poseedor de mercancías las vende por encima de su valor en
su calidad de productor y las compra por encima de su valor en su calidad
de consumidor.

Los representantes consecuentes de la ilusión de que la plusvalía surge de un recargo nominal al precio de las mercancías presuponen siempre la existencia de una clase que compra sin vender nunca, que consume sin producir. En esta fase de nuestra investigación, la existencia de tal clase es aún inexplicable. Pero admitámosla. ¿De dónde recibe esa clase el dinero con el que sigue comprando? Evidentemente, de los productores de mercancías —en virtud de cualesquiera títulos jurídicos o coactivos, sin intercambio. Vender a esa clase mercancías por encima de su valor no significa más que recuperar una parte del dinero que se le había dado gratuitamente. Así, las ciudades de Asia Menor, mientras pagaban un tributo a los romanos, recuperaban parte de ese dinero estafando a los romanos en el comercio; pero, al fin y al cabo, esas ciudades eran las que más perdían de los dos. Éste, pues, no es un método para crear plusvalía.

Supongamos el caso del engaño. A vende a B vino por valor de 40 libras esterlinas por trigo por valor de 50. A ha ganado 10 libras y B ha perdido 10 libras, pero entre ambos sólo tienen 90 libras, exactamente como antes. El valor se ha transferido, pero no se ha creado. La clase capitalista entera de un país no puede, estafándose mutuamente, aumentar su riqueza colectiva.

Por tanto: si se intercambian equivalentes, no surge plusvalía alguna, y si se intercambian no equivalentes, tampoco surge plusvalía alguna. La circulación de mercancías no crea ningún valor nuevo. Ésta es la razón por la cual las dos formas más antiguas y más populares del capital, el capital comercial y el capital a interés, quedan aquí enteramente fuera de consideración. Para explicar la plusvalía apropiada por estas dos formas del capital de otro modo que como resultado del mero engaño, se requiere una serie de eslabones intermedios que aún faltan en esta fase de la investigación. Más adelante veremos que ambas son sólo formas secundarias, y rastrearemos también la causa de por qué ambas aparecen, en la historia, mucho antes que el capital moderno.

La plusvalía, pues, no puede surgir de la circulación de mercancías. Pero ¿puede surgir fuera de ella? Fuera de ella, el poseedor de una mercancía es simplemente el productor de esa mercancía, cuyo valor está determinado por la cantidad de su trabajo contenido en ella y medido por una ley social fija. Este valor se expresa en dinero de cuenta, digamos en un precio de 10 libras. Pero este precio de 10 libras no es al mismo tiempo un precio de 11; el trabajo contenido en la mercancía crea valor, pero no un valor que engendre nuevo valor; puede añadir nuevo valor al valor existente, pero sólo añadiendo nuevo trabajo. ¿Cómo, entonces, podría el poseedor de una mercancía, fuera de la esfera de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías —cómo podría producir plusvalía, o en otras palabras, transformar mercancías o dinero en capital?

«El capital, por tanto, no puede surgir de la circulación de mercancías, pero tampoco puede no surgir de ella. Tiene que encontrar su fuente en ella, y sin embargo no en ella. La transformación del dinero en capital tiene que explicarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, formando el intercambio de equivalentes el punto de partida. Nuestro poseedor de dinero, todavía la mera crisálida de un capitalista, tiene que comprar sus mercancías por su valor, venderlas por su valor y, sin embargo, extraer de este proceso más dinero del que invirtió en él. Su desarrollo hasta convertirse en la mariposa capitalista tiene que tener lugar dentro de la esfera de la circulación de mercancías, y sin embargo no dentro de ella. Éstos son los términos del problema. Hic Rhodus, hic salta.»

Y ahora la solución:

«El cambio en el valor del dinero que ha de transformarse en capital no puede tener lugar en ese dinero mismo; pues, como medio de compra y medio de pago, se limita a realizar el precio de la mercancía que compra o por la que paga; mientras que, si permanece en su forma de dinero, sin ser intercambiado, no podría cambiar nunca su valor. Tampoco puede surgir el cambio del segundo acto del proceso, la reventa de la mercancía; porque éste se limita a transformar la mercancía de su forma natural a la forma de dinero. El cambio debe tener lugar con la mercancía que se compra en el primer acto M — D; pero no puede tener lugar en su valor de cambio, porque intercambiamos equivalentes; la mercancía se compra por su valor. El cambio sólo puede surgir de su valor de uso, es decir, del uso que se hace de ella. Para extraer valor de cambio del uso de una mercancía, nuestro poseedor de dinero debe tener la buena suerte de descubrir, dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso esté dotado de la cualidad peculiar de ser una fuente de valor de cambio, cuyo consumo sea la realización de trabajo y, por tanto, la creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajar, la fuerza de trabajo.»

Por capacidad de trabajar, o fuerza de trabajo, entendemos la suma total de las facultades físicas y mentales que existen en la persona viva de un ser humano y que éste pone en movimiento cuando produce valores de uso.

Pero para que el poseedor de dinero pueda encontrar la fuerza de trabajo como una mercancía en el mercado, han de cumplirse varias condiciones. En sí mismo, el intercambio de mercancías no incluye otras relaciones de dependencia que las que surgen de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo sólo puede aparecer como mercancía en el mercado en la medida en que es ofrecida a la venta, o vendida, por su propio poseedor, la persona de quien es la fuerza de trabajo. Para que su poseedor pueda venderla como una mercancía, debe poder disponer de ella, debe ser el libre propietario de su fuerza de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y realizan el negocio como iguales, como poseedores de mercancías libres e independientes, diferenciándose sólo en que uno es el comprador y el otro el vendedor. Esta relación de igualdad ante la ley debe continuar; el poseedor de la fuerza de trabajo sólo puede, por tanto, venderla por un tiempo limitado. Si la vendiera en bloque, de una vez para siempre, se vendería a sí mismo, de hombre libre se transformaría en esclavo, de poseedor de una mercancía en mercancía. [... ] La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo como mercancía en el mercado es ésta: que el poseedor de la fuerza de trabajo, en vez de vender mercancías en las que su trabajo se ha encarnado, se vea obligado a vender ésta, su fuerza de trabajo misma, tal como existe en su propia personalidad.

Ningún productor puede vender mercancías distintas de su propia fuerza de trabajo, a menos que posea medios de producción, materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No puede hacer botas sin cuero. Además, requiere los medios de subsistencia. Nadie puede alimentarse de productos futuros, de valores de uso cuya producción aún no ha terminado; como en el primer día de su aparición en el escenario del mundo, el hombre se ve obligado a consumir antes y mientras produce. Si sus productos se producen como mercancías, tienen que ser vendidos después de la producción, y sólo pueden satisfacer sus necesidades tras la venta. El tiempo de producción se alarga por el tiempo requerido para la venta.

La transformación del dinero en capital requiere, pues, que el poseedor de dinero encuentre en el mercado al obrero libre, libre en ese doble sentido de que, como persona libre, puede disponer de su fuerza de trabajo; y de que, por otra parte, no tiene otras mercancías que vender; de que está enteramente libre de, perfectamente desprovisto de, todas las cosas necesarias para poner en acción su fuerza de trabajo.

La cuestión de por qué este obrero libre se encuentra con él en el mercado carece de interés para el poseedor de dinero. Para él, el mercado de trabajo es sólo uno de los diversos departamentos del mercado general de mercancías. Y, por el momento, tampoco tiene interés para nosotros. Nos atenemos al hecho teóricamente, como él se atiene a él prácticamente. Una cosa, sin embargo, es clara. No es la naturaleza la que produce, de un lado, poseedores de dinero y de mercancías, y del otro, poseedores de nada más que su propia fuerza de trabajo. Esta relación no pertenece a la historia natural; ni es una relación social común a todos los períodos históricos. Es evidentemente el resultado de un largo proceso histórico, el producto de una serie de revoluciones económicas, de la destrucción de toda una serie de estratos más antiguos de la producción social.

Las categorías económicas que hemos analizado anteriormente llevan, de la misma manera, la impronta de su origen histórico. La existencia de un producto en forma de mercancía implica ciertas condiciones históricas. Para convertirse en mercancía, el producto no debe ser producido como medio de subsistencia inmediato del productor. Ahora bien, si hubiéramos indagado: ¿cómo y en qué circunstancias todos los productos, o al menos la gran mayoría de ellos, adoptan la forma de mercancías?, habríamos encontrado que esto ocurre exclusivamente sobre la base de un sistema de producción específico, el modo de producción capitalista. Pero esta indagación era enteramente ajena al análisis de la mercancía. La producción y circulación de mercancías pueden tener lugar mientras la masa abrumadora de productos —producidos para el uso doméstico inmediato— no se transforma nunca en mercancías; mientras, por tanto, el proceso de producción social, en toda su amplitud y profundidad, está aún lejos de ser regido por el valor de cambio. [...] O, al analizar el dinero, encontramos que la existencia de dinero presupone cierto desarrollo de la circulación de mercancías. Las formas peculiares de existencia del dinero, como la forma de simple equivalente, o de medio de circulación, medio de pago, atesoramiento, o dinero universal, según predomine una u otra, apuntan a etapas muy diferentes del proceso de producción social. Sin embargo, la experiencia muestra que un estado relativamente tosco de la circulación de mercancías basta para producir todas estas formas. Pero con el capital ocurre algo muy distinto. Las condiciones históricas necesarias para su existencia están lejos de crearse simultáneamente con la mera circulación de mercancías y dinero. El capital sólo puede surgir cuando el poseedor de los medios de producción y de subsistencia se encuentra en el mercado con el obrero libre que ofrece en venta su fuerza de trabajo, y esta sola condición implica épocas enteras de desarrollo histórico. Así, el capital se anuncia de inmediato como una época específica del proceso de producción social.

Ahora hemos de examinar esta mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. Tiene un valor de cambio, como todas las demás mercancías; este valor se determina de la misma manera que el de todas las demás: por el tiempo de trabajo requerido para su producción, que incluye la reproducción. El valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento de su poseedor en un estado normal de aptitud para el trabajo. Estos medios de subsistencia están regulados por el clima y otras condiciones naturales, y por un estándar históricamente establecido en cada país. Varían, pero para un país dado y una época dada están también dados. Además, incluyen los medios de subsistencia para los sustitutos de los obreros desgastados, para sus hijos, a fin de que esta peculiar especie de poseedores de una mercancía se perpetúe. Incluyen, finalmente, para el trabajo calificado, los gastos de educación.

El límite mínimo del valor de la fuerza de trabajo es el valor de las necesidades vitales físicamente imprescindibles. Si su precio cae a este límite, cae por debajo de su valor, ya que éste implica fuerza de trabajo de calidad normal, no inferior.

La naturaleza del trabajo pone de manifiesto que la fuerza de trabajo se utiliza solo después de cerrada la venta; y en todos los países con modo capitalista de producción, el trabajo se paga una vez realizado. Por tanto, en todas partes, el obrero concede crédito al capitalista. Sobre las consecuencias prácticas de este crédito concedido por el obrero, el señor Marx da algunos ejemplos interesantes extraídos de documentos parlamentarios, a los cuales remitimos al lector al propio libro. —

Al consumir la fuerza de trabajo, su comprador produce de inmediato mercancías y plusvalía, y para examinar esto hemos de abandonar la esfera de la circulación y pasar a la de la producción.

Aquí encontramos de inmediato que el proceso de trabajo tiene una naturaleza doble. Por una parte, es el simple proceso de producción de valor de uso; como tal, puede y debe existir bajo todas las formas históricas de existencia social; por otra parte, es este proceso llevado a cabo bajo las condiciones específicas de la producción capitalista, como ya se ha señalado antes. Estas son las que ahora hemos de investigar.

El proceso de trabajo, sobre una base capitalista, tiene dos peculiaridades. En primer lugar, el obrero trabaja bajo el control del capitalista, quien cuida de que no se produzca desperdicio y de que no se gaste en cada pieza de trabajo más que la cantidad de trabajo socialmente necesaria. En segundo lugar, el producto es propiedad del capitalista, pues el proceso mismo se lleva a cabo entre dos cosas que le pertenecen: la fuerza de trabajo y los medios de trabajo.

Al capitalista no le interesa el valor de uso, excepto en la medida en que es la encarnación del valor de cambio, y sobre todo, de plusvalía. Su objetivo es producir una mercancía cuyo valor sea superior a la suma de los valores invertidos en su producción. ¿Cómo puede lograrse esto?

Tomemos una mercancía determinada, por ejemplo hilaza de algodón, y analicemos la cantidad de trabajo materializado en ella. Supongamos que para producir 10 libras de hilado se requieren 10 libras de algodón, valor 10 chelines (dejando de lado el desperdicio). Se requieren además ciertos medios de trabajo: una máquina de vapor, cardas y otra maquinaria, carbón, lubricantes, etc. Para simplificar, llamamos a todo esto “huso” y suponemos que la parte correspondiente al desgaste, carbón, etc., necesaria para hilar 10 libras de hilado está representada por 2 chelines. Así tenemos: 10 chelines de algodón + 2 chelines de huso = 12 chelines. Si 12 chelines representan el producto de 24 horas de trabajo, es decir, dos jornadas de trabajo, entonces el algodón y el huso en el hilado incorporan dos jornadas de trabajo. Ahora bien, ¿cuánto se añade en el hilado mismo?

Supongamos que el valor diario de la fuerza de trabajo sea de 3 chelines, y que estos 3 chelines representen el trabajo de seis horas. Supongamos además que se requieran seis horas para que un obrero hile 10 libras de hilado. En este caso, el trabajo ha añadido 3 chelines al producto; el valor de las 10 libras de hilado es de 15 chelines, o sea 1 chelín y 6 peniques por libra.

Este proceso es muy sencillo, pero no da por resultado plusvalía alguna. Y no puede darla, porque en la producción capitalista las cosas no se llevan a cabo de esta manera simple.

Hemos supuesto que el valor de la fuerza de trabajo era de 3 chelines por día y que esa suma representaba 6 horas de trabajo. Pero si se requiere medio día de trabajo para mantener a un obrero durante 24 horas, nada impide que ese mismo obrero trabaje una jornada completa. El valor de cambio de la fuerza de trabajo y el valor que ella puede producir son dos magnitudes completamente distintas, y fue esta diferencia en la que el capitalista puso los ojos cuando invirtió su dinero en esa mercancía. El hecho de que tenga la cualidad de producir valor de uso fue una mera conditio sine qua non, por cuanto el trabajo debe invertirse en una forma útil para producir valor. Pero nuestro capitalista miró más allá; lo que le atrajo fue la circunstancia específica de que esta fuerza de trabajo es fuente de valor de cambio, y de más valor de cambio del que ella misma contiene. Este es el “servicio” peculiar que espera de ella. Y al hacerlo, actúa de acuerdo con las leyes eternas del intercambio de mercancías. El vendedor de la fuerza de trabajo realiza su valor de cambio y se desprende de su valor de uso. No puede obtener el uno sin ceder el otro. El valor de uso de la fuerza de trabajo, el trabajo mismo, pertenece a su vendedor tan poco como el valor de uso del aceite vendido pertenece al comerciante de aceite. El capitalista ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo; por lo tanto, a él le pertenece su uso durante el día, una jornada de trabajo. La circunstancia de que el mantenimiento de la fuerza de trabajo durante un día cueste solo medio día de trabajo, aunque se pueda hacer trabajar a esa fuerza de trabajo una jornada entera; que, por consiguiente, el valor creado por su uso durante un día sea el doble de su propio valor diario... esta circunstancia es una buena suerte peculiar para el comprador, pero en modo alguno una injusticia infligida al vendedor.

El obrero, pues, trabaja 12 horas, hila 20 libras de hilado que representan 20 chelines en algodón, 4 chelines en huso, etc., y su trabajo cuesta 3 chelines; total, 27 chelines. Pero si 10 libras de algodón absorbieron 6 horas de trabajo, 20 libras de algodón habrán absorbido 12 horas de trabajo, equivalentes a 6 chelines. Las 20 libras de hilado representan ahora 5 jornadas de trabajo: 4 en forma de algodón y husos, etc., y 1 en forma de trabajo de hilatura; la expresión en dinero de 5 jornadas de trabajo es 30 chelines; por consiguiente, el precio de las 20 libras de hilado es 30 chelines, o sea 1 chelín y 6 peniques por libra, como antes. Pero la suma total del valor de las mercancías invertidas en este proceso era de 27 chelines. El valor del producto ha aumentado por encima del valor de las mercancías invertidas en su producción en 1/9. Así, 27 chelines se han transformado en 30 chelines. Han producido una plusvalía de 3 chelines. El truco ha tenido éxito, al fin. El dinero se ha convertido en capital.

Todas las condiciones del problema se han resuelto, y las leyes del intercambio de mercancías no han sido violadas en modo alguno. Se ha cambiado equivalente por equivalente. El capitalista, como comprador, ha pagado cada mercancía por su valor: algodón, husos, etc., fuerza de trabajo. Después de lo cual ha hecho lo que hace todo comprador de mercancías: ha consumido su valor de uso. El proceso de consumo de la fuerza de trabajo, que es a la vez proceso de producción de la mercancía, ha dado por resultado un producto de 20 libras de hilado, valor 30 chelines. Nuestro capitalista regresa al mercado y vende el hilado a 1 chelín y 6 peniques por libra, ni una fracción por encima ni por debajo de su valor. Y sin embargo, extrae de la circulación 3 chelines más de los que invirtió originalmente en ella. Todo este proceso, la transformación de su dinero en capital, transcurre dentro de la esfera de la circulación y, al mismo tiempo, no dentro de ella. Por mediación de la circulación, porque la compra de la fuerza de trabajo en el mercado era su condición indispensable. No dentro de la esfera de la circulación, porque esta se limita a iniciar el proceso de valor que engendra valor, proceso que se realiza en la esfera de la producción. Y así tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles.

De la demostración del modo en que se produce la plusvalía, pasa el señor Marx a su análisis. De lo que precede se desprende claramente que solo una parte del capital invertido en cualquier empresa productiva contribuye directamente a la producción de plusvalía, y es el capital desembolsado en la compra de fuerza de trabajo. Solo esta parte produce valor nuevo; el capital invertido en maquinaria, materias primas, carbón, etc., reaparece ciertamente en el valor del producto pro tanto, se mantiene y se reproduce, pero de él no puede surgir plusvalía alguna. Esto induce al señor Marx a proponer una nueva subdivisión del capital en capital constante, aquel que simplemente se reproduce —la parte invertida en maquinaria, materias primas y todos los demás accesorios del trabajo—, y capital variable, aquel que no solo se reproduce, sino que es al mismo tiempo la fuente directa de plusvalía —la parte invertida en la compra de fuerza de trabajo, en salarios. De aquí se desprende que por muy necesario que sea el capital constante para la producción de plusvalía, no contribuye directamente a ella; es más, la magnitud del capital constante invertido en cualquier rama no ejerce la menor influencia sobre la cantidad de plusvalía producida en esa rama.* En consecuencia, no debe tomarse en consideración al fijar la tasa de plusvalía. Esta solo puede determinarse comparando la cantidad de plusvalía con la cantidad de capital directamente ocupada en crearla, es decir, la cantidad de capital variable. Por eso el señor Marx determina la tasa de plusvalía por su proporción con respecto al capital variable únicamente: si el precio diario de la fuerza de trabajo es de 3 chelines y la plusvalía creada diariamente es también de 3 chelines, entonces llama a la tasa de plusvalía del 100 por ciento. Los curiosos errores que pueden derivarse de considerar, según la práctica habitual, el capital constante como un factor activo en la producción de plusvalía, quedan de manifiesto en un ejemplo del señor N. W. Senior, «cuando aquel profesor oxoniense, célebre por sus conocimientos científicos y su hermosa dicción, fue invitado, en 1836, a Manchester, para aprender allí economía política (de los hilanderos de algodón) en lugar de enseñarla en Oxford.» —

* Hemos de observar aquí que la plusvalía no es en absoluto idéntica a la ganancia. 

El tiempo de trabajo durante el cual el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo recibe del señor Marx el nombre de “trabajo necesario”; el tiempo trabajado por encima de este, y durante el cual se produce plusvalía, lo denomina “plustrabajo”. Trabajo necesario y plustrabajo combinados forman la “jornada de trabajo”. —

En una jornada de trabajo, el tiempo requerido para el trabajo necesario está dado; pero el tiempo empleado en plustrabajo no está fijado por ninguna ley económica; puede ser más largo o más corto, dentro de ciertos límites. Nunca puede ser cero, porque entonces desaparecería el incentivo del capitalista para emplear fuerza de trabajo; ni puede la duración total de la jornada de trabajo alcanzar jamás las 24 horas, por razones fisiológicas. Sin embargo, entre una jornada de trabajo de, digamos, seis horas, y una de 24, hay muchas etapas intermedias. Las leyes del intercambio de mercancías exigen que la jornada de trabajo tenga una duración que no exceda de la compatible con el desgaste normal del obrero. Pero ¿qué es este desgaste normal? ¿Cuántas horas de trabajo diario son compatibles con él? Aquí las opiniones del capitalista y las del obrero difieren ampliamente, y, como no hay una autoridad superior, la cuestión se resuelve por la fuerza. La historia de la determinación de la duración de la jornada de trabajo es la historia de una lucha por sus límites entre el capitalista colectivo y el obrero colectivo, entre las dos clases de capitalistas y trabajadores.

El capital, como ya se ha dicho antes, no ha inventado el plustrabajo. Dondequiera que una parte de la sociedad posee el monopolio exclusivo de los medios de producción, allí el trabajador, sea esclavo, siervo o libre, tiene que añadir, al trabajo necesario para su propia subsistencia, un incremento de trabajo para producir los medios de subsistencia del propietario de los medios de producción, sea este propietario un καλὸς κἀγαθός ateniense, un teócrata etrusco, un civis Romanus, un barón normando, un esclavista americano, un boyardo valaco, un terrateniente moderno o un capitalista. Es, sin embargo, evidente que en cualquier forma de sociedad donde el valor de uso del producto es más importante que su valor de cambio, el plustrabajo está restringido por la gama más o menos amplia de las necesidades sociales; y que en estas circunstancias no existe necesariamente un deseo de plustrabajo por sí mismo. Así encontramos que en el período clásico el plustrabajo en su forma más extrema, el trabajo hasta la muerte de las personas, existía casi exclusivamente en las minas de oro y plata, donde se producía valor de cambio en su forma independiente de existencia: el dinero. Pero dondequiera que una nación, cuya producción se lleva a cabo en las formas más rudimentarias de esclavitud o servidumbre, vive en medio de un mercado universal dominado por la producción capitalista, y donde, por tanto, la venta de sus productos para la exportación constituye su objetivo principal, allí a las infamias bárbaras de la esclavitud o la servidumbre se añaden las infamias civilizadas del sobretrabajo. Así, en los Estados del Sur de América, el trabajo esclavo conservaba un carácter moderado y patriarcal mientras la producción se dirigía principalmente al consumo doméstico inmediato. Pero en la misma medida en que la exportación de algodón se convirtió en un interés vital para esos estados, el sobretrabajo del negro, en algunos casos incluso el agotamiento de su vida en siete años de trabajo, se convirtió en un elemento de un sistema calculado y calculador... Algo similar ocurrió con las corveas de los siervos en los Principados Danubianos. Aquí la comparación con la producción capitalista se vuelve particularmente interesante porque, en la corvea, el plustrabajo tiene una forma independiente, palpable. Supongamos que el día de trabajo consta de seis horas de trabajo necesario y seis horas de plustrabajo; entonces el trabajador suministra al capitalista 36 horas de plustrabajo a la semana. Bien podría haber trabajado tres días para sí mismo y tres días para el capitalista. Pero esto no es inmediatamente visible. El plustrabajo y el trabajo necesario están más o menos entremezclados. Podría expresar la misma relación diciendo que, en cada minuto, el trabajador trabaja 30 segundos para sí mismo y 30 más para el capitalista. Pero con la corvea de los siervos es diferente. Las dos clases de trabajo están separadas en el espacio. El trabajo que, por ejemplo, un campesino valaco realiza para sí mismo, lo realiza en su propio campo; su plustrabajo para el boyardo lo realiza en la finca del boyardo. Las dos porciones de su trabajo existen independientes una de otra; el plustrabajo, en forma de corvea, está completamente separado del trabajo necesario. Debemos abstenernos de citar las ulteriores e interesantes ilustraciones de la historia social moderna de los Principados Danubianos, con las que el señor Marx prueba que los boyardos de allí, ayudados por la intervención rusa, son extractores de plustrabajo tan hábiles como cualquier capitalista empleador. Pero lo que el règlement organique, mediante el cual el general ruso Kisseleff otorgó a los boyardos un dominio casi ilimitado sobre el trabajo de los campesinos, expresa positivamente, las Factory Acts inglesas lo expresan negativamente. Estas leyes se oponen a la tendencia inherente del capital a una explotación ilimitada —pedimos perdón por introducir este término francés, pero no existe equivalente en inglés— de la fuerza de trabajo, al imponer forzosamente, mediante el poder del Estado, y de un Estado gobernado por terratenientes y capitalistas, un límite a la duración de la jornada laboral. Por no hablar del movimiento de la clase obrera, que día a día cobraba mayores dimensiones, esta limitación del trabajo fabril fue dictada por la misma necesidad que trajo el guano peruano a los campos de Inglaterra. La misma rapacidad ciega que en un caso había agotado el suelo, en el otro atacaba la vitalidad de la nación en su raíz. Las epidemias periódicas hablaban aquí tan claramente como, en Francia y Alemania, la necesidad de reducir constantemente la estatura mínima de los soldados.

Para probar la tendencia del capital a extender la jornada laboral más allá de todos los límites razonables, el señor Marx cita ampliamente los Informes de los Inspectores Fabriles, de la Comisión sobre el Empleo de los Niños, los Informes de Salud Pública y otros Documentos Parlamentarios, y los resume en las siguientes conclusiones:

"¿Qué es un día de trabajo? ¿Cuánto tiempo es aquel durante el cual el capital puede permitirse consumir la fuerza de trabajo, pagando su valor por día? ¿Hasta dónde puede extenderse el día de trabajo más allá del tiempo necesario para reproducir la fuerza de trabajo misma? El capital, como hemos visto, responde: el día de trabajo cuenta con 24 horas completas, exceptuando aquellas pocas horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo se niega absolutamente a reanudar sus servicios. Es natural que el trabajador, durante toda la santa jornada, no sea más que fuerza de trabajo, que todo su tiempo disponible sea tiempo de trabajo y pertenezca al capital que engendra valor... Pero en esta loca carrera ciega tras el plustrabajo, el capital sobrepasa no solo los límites máximos morales, sino también los puramente físicos del día de trabajo... Al capital no le importa la duración de la vida de la fuerza de trabajo... produce su agotamiento y muerte prematuros, efectúa la prolongación del tiempo de trabajo durante un período dado acortando la vida del trabajador."

¿Pero no va esto contra el interés del capital mismo? A la larga, ¿no tiene el capital que reponer el coste de este desgaste excesivo? Teóricamente puede ser el caso. Prácticamente, el organizado tráfico de esclavos en el interior de los Estados del Sur había elevado la práctica de consumir la fuerza de trabajo de los esclavos en siete años a un principio económico reconocido; prácticamente, el capitalista inglés confía en la oferta de trabajadores provenientes de los distritos agrícolas. Él ve una superpoblación constante, es decir, una superpoblación comparada con la capacidad del capital para absorber trabajo vivo, aunque esta superpoblación esté formada por una corriente constante de generaciones de hombres lisiados, rápidamente marchitos, que empujan a sus sucesores y son segados antes de madurar. Ciertamente, para un observador desinteresado, la experiencia mostraría, por otra parte, cuán pronto la producción capitalista, aunque data, históricamente hablando, solo de ayer, ha atacado la raíz vital de la fuerza nacional, cómo la degeneración de la población industrial solo es retardada por la constante absorción de elementos agrícolas, y cómo incluso estos trabajadores agrícolas, a pesar del aire fresco y de ese principio de selección natural tan especialmente poderoso entre ellos, ya han comenzado a declinar. El capital, que tiene tan capitales motivos para negar los sufrimientos de las clases trabajadoras en medio de las cuales existe, se verá tan poco perturbado en su actividad práctica por la perspectiva de la futura degeneración de la raza humana y de la inevitable despoblación final, como por la posible caída de la tierra en el sol. En toda estafa por acciones de responsabilidad limitada, cada participante sabe que la tormenta llegará tarde o temprano, pero cada uno espera que el rayo caiga sobre la cabeza de su vecino, después de que él mismo haya tenido tiempo de recoger la lluvia de oro y guardarla a buen recaudo. Après moi le déluge es el grito de guerra de todo capitalista y de toda nación capitalista. Por tanto, el capital es indiferente a la salud y a la vida del trabajador, a menos que la sociedad lo obligue a actuar de otro modo. Y, en conjunto, esta indiferencia hacia el trabajador no depende de la buena o mala voluntad del capitalista individual. La libre competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista a cada capitalista individual en forma de leyes externas coactivas.

La determinación de la jornada laboral normal es el resultado de muchos siglos de lucha entre empleador y trabajador. Y es curioso observar las dos corrientes opuestas en esta lucha. Al principio, las leyes tienen por fin obligar a los trabajadores a trabajar más horas; desde el primer estatuto de trabajadores de 23. Edward III (1349) hasta el siglo XVIII, las clases dominantes nunca lograron arrancar al trabajador la cantidad total de trabajo posible. Pero con la introducción del vapor y la maquinaria moderna, se invirtieron los papeles. Tan rápidamente la introducción del trabajo de mujeres y niños derribó todas las barreras tradicionales a las horas de trabajo, que el siglo XIX comenzó con un sistema de sobretrabajo sin paralelo en la historia del mundo, y que ya en 1803 obligó a la legislación a promulgar limitaciones de las horas de trabajo. El señor Marx ofrece un relato completo de la historia de la legislación fabril inglesa hasta la Ley de Talleres de 1867, y extrae de ella estas conclusiones:

1) La maquinaria y el vapor causan sobretrabajo, al principio, en aquellas ramas industriales donde se aplican, y las restricciones legislativas se aplican, por tanto, primero a estas ramas; pero posteriormente encontramos que este sistema de sobretrabajo se ha extendido también a casi todos los oficios, incluso donde no se usa maquinaria, o donde continúa en existencia el modo de producción más primitivo. (Véanse los Informes de la Comisión sobre el Empleo de los Niños.)

2) Con la introducción del trabajo de mujeres y niños en las fábricas, el obrero individual "libre" pierde su poder de resistencia frente a las intrusiones del capital y tiene que someterse incondicionalmente. Así queda reducido a la resistencia colectiva; comienza la lucha de clase contra clase, de los obreros colectivos contra los capitalistas colectivos.

Si ahora volvemos la mirada al momento en que supusimos que nuestro obrero "libre" e "igual" entraba en un contrato con el capitalista, encontramos que, bajo el proceso de producción, muchas cosas han cambiado considerablemente. Ese contrato, por parte del obrero, no es un contrato libre. El tiempo diario durante el cual tiene libertad para vender su fuerza de trabajo es el tiempo durante el cual está obligado a venderla; y es meramente la oposición de los obreros, como masa, la que obtiene coactivamente la promulgación de una ley pública para impedirles venderse a sí mismos y a sus hijos, mediante un contrato "libre", hacia la muerte y la esclavitud. "En lugar del grandilocuente catálogo de los derechos inalienables del hombre, no le queda ahora sino la modesta Magna Charta de la Factory Act."

A continuación hemos de analizar la tasa de plusvalía y su relación con la cantidad total de plusvalía producida. En esta investigación, como hemos hecho hasta ahora, suponemos que el valor de la fuerza de trabajo es una cantidad constante determinada.

Bajo este supuesto, la tasa de plusvalía determina al mismo tiempo la cantidad suministrada al capitalista por un solo obrero en un tiempo dado. Si el valor de nuestra fuerza de trabajo es de 3/- al día, representando seis horas de trabajo, y la tasa de plusvalía es del 100 por ciento, entonces el capital variable de 3/- produce cada día una plusvalía de 3/-, o el obrero suministra seis horas de plustrabajo cada día.

Siendo el capital variable la expresión en dinero de toda la fuerza de trabajo empleada simultáneamente por un capitalista, la suma total de la plusvalía producida por la fuerza de trabajo se halla multiplicando ese capital variable por la tasa de plusvalía; en otras palabras, está determinada por la proporción entre el número de fuerzas de trabajo empleadas simultáneamente y el grado de explotación. Cualquiera de estos factores puede variar, de modo que la disminución de uno puede verse compensada por el aumento del otro. Un capital variable requerido para emplear a 100 obreros con una tasa de plusvalía del 50 por ciento (digamos 3 horas de plustrabajo diario) no producirá más plusvalía que la mitad de ese capital variable, que emplea a 50 obreros a una tasa de plusvalía del 100 por ciento (digamos seis horas de plustrabajo diario). Así, bajo ciertas circunstancias y dentro de ciertos límites, la oferta de trabajo de que el capital dispone puede independizarse de la oferta real de obreros.

Existe, no obstante, un límite absoluto para este aumento de la plusvalía mediante el incremento de su tasa. Cualquiera que sea el valor del trabajo, ya esté representado por dos o por diez horas de trabajo necesario, el valor total de la labor realizada, día tras día, por cualquier obrero, jamás puede alcanzar el valor que representan 24 horas de trabajo. Para obtener cantidades iguales de plusvalía, el capital variable puede ser reemplazado por la prolongación de la jornada laboral solo dentro de este límite. Esto será un elemento importante para explicar, más adelante, diversos fenómenos que surgen de las dos tendencias contradictorias del capital: 1) reducir el número de obreros empleados, es decir, la cantidad de capital variable, y 2) producir, no obstante, la mayor cantidad posible de plustrabajo.

Se sigue además: «Dado el valor del trabajo, y siendo igual la tasa de plusvalía, las cantidades de plusvalía producidas por dos capitales diferentes están en proporción directa a las cantidades de capital variable que contienen. Esta ley contradice de plano toda experiencia fundada en la apariencia de los hechos. Todo el mundo sabe que un hilandero de algodón que trabaja con un capital constante relativamente grande y un capital variable relativamente pequeño no obtiene, por ello, una tasa de ganancia menor que un panadero que pone en movimiento relativamente poco capital constante y relativamente mucho capital variable. Para resolver esta contradicción aparente se requieren muchos eslabones intermedios, del mismo modo que, partiendo del álgebra elemental, se necesita un gran número de eslabones intermedios para comprender que 0/0 puede representar una cantidad real.»

Para un país dado y una duración dada de la jornada laboral, la plusvalía solo puede aumentarse incrementando el número de obreros, es decir, mediante un aumento de la población; este aumento constituye el límite matemático para la producción de plusvalía por el capital colectivo de ese país. Por otra parte, si el número de obreros está determinado, este límite queda fijado por la posible prolongación de la jornada laboral. Se verá más adelante que esta ley es válida solo para aquella forma de plusvalía que hasta ahora ha sido analizada.

«En esta etapa de nuestra investigación encontramos que no toda cantidad de dinero es susceptible de convertirse en capital; que existe un mínimo extremo para ello: el costo de una unidad de fuerza de trabajo y de los medios de trabajo necesarios para mantenerla en funcionamiento. Supongamos que la tasa de plusvalía es del 50 por ciento; nuestro capitalista en ciernes necesitaría poder emplear a dos obreros para vivir, él mismo, como vive un obrero. Pero esto le impediría ahorrar nada; y el fin de la producción capitalista no es meramente la conservación, sino también y principalmente el aumento de la riqueza. Para vivir el doble de bien que un obrero común, y para reconvertir en capital la mitad de la plusvalía producida, tendría que poder emplear a ocho obreros. Ciertamente, podría tomar parte del trabajo junto con sus obreros, pero no dejaría de ser un pequeño maestro, un híbrido entre capitalista y obrero. Ahora bien, cierto desarrollo de la producción capitalista hace necesario que el capitalista dedique la totalidad del tiempo durante el cual actúa como capitalista, como capital personificado, a la apropiación y al control del trabajo ajeno, y a la venta de sus productos. Los gremios restrictivos de la Edad Media intentaron frenar la transformación del pequeño maestro en capitalista fijando un máximo muy bajo al número de obreros que a cada cual le estaba permitido emplear. El poseedor de dinero o de mercancías se transforma en capitalista real solo cuando puede adelantar, para los fines de la producción, una suma mínima muy superior a ese máximo medieval. Aquí, al igual que en las ciencias naturales, se demuestra la corrección de la ley descubierta por Hegel de que los meros cambios cuantitativos, en cierto punto, implican una diferencia cualitativa.» La cantidad mínima de valor requerida para convertir a un poseedor de dinero o de mercancías en capitalista varía según las distintas etapas del desarrollo de la producción capitalista, y, para una etapa de desarrollo dada, varía según las distintas ramas industriales.

«Durante el proceso de producción antes detallado, la relación entre capitalista y obrero ha cambiado considerablemente. En primer lugar, el capital se ha desarrollado hasta convertirse en mando sobre el trabajo, es decir, en mando sobre el obrero mismo. El capital personificado, el capitalista, cuida de que el obrero realice su trabajo con regularidad, esmero y con el grado de intensidad requerido. Además, el capital se ha desarrollado hasta convertirse en una relación coactiva que obliga a la clase obrera a realizar más trabajo del que prescribe el estrecho círculo de sus propias necesidades. Y como productor de la industria ajena, como extorsionador de plustrabajo y explotador de la fuerza de trabajo, el capital sobrepasa con mucho en energía, desenfreno y eficacia a todos los sistemas de producción anteriores, aunque estos estuvieran basados en el trabajo forzado directo.

El capital, al principio, toma el mando del trabajo bajo las condiciones tecnológicas que encuentra históricamente establecidas. Por tanto, no cambia necesariamente de inmediato el modo de producción. La producción de plusvalía, en la forma hasta aquí analizada, es decir, mediante la mera prolongación de la jornada laboral, aparecía como independiente de todo cambio en el modo de producción mismo. Era tan eficaz en el primitivo oficio de la panadería como en la moderna hilandería de algodón.

En el proceso de producción considerado como un mero proceso de trabajo, la relación entre el obrero y sus medios de producción no es la del trabajo y el capital, sino la del trabajo y el mero instrumento y materia prima de la acción productiva. En una tenería, por ejemplo, él trata las pieles como un mero objeto de trabajo. No es el capitalista cuya piel curte. Pero las cosas cambian tan pronto como consideramos el proceso de producción como un proceso de creación de plusvalía. Los medios de producción se transforman de inmediato en medios de absorción de trabajo ajeno. Ya no es el obrero quien emplea los medios de producción, son los medios de producción quienes emplean al obrero. No es él quien los consume como elementos materiales de su acción productiva, son ellos los que lo consumen a él como fermento de su propio proceso vital, y el proceso vital del capital no consiste más que en su movimiento progresivo como valor que engendra valor. Los hornos y talleres que han de permanecer inactivos por la noche sin absorber trabajo son 'una pérdida pura' para el capitalista. Por tanto, los hornos y talleres constituyen 'un título legal para el trabajo nocturno de los brazos'. (Véase Informes de la Comisión de Empleo Infantil, 4.° Informe, 1865, páginas 79 a 85.) La mera transformación del dinero en medios de producción convierte a estos últimos en títulos legales y obligatorios sobre el trabajo y el plustrabajo ajenos.»

Existe, no obstante, otra forma de plusvalía. Llegado al límite extremo de la jornada laboral, le queda al capitalista otro medio para aumentar el plustrabajo: incrementando la productividad del trabajo, reduciendo con ello el valor del trabajo y acortando así el período de trabajo necesario. Esta forma de plusvalía será examinada en un segundo artículo.

Samuel Moore.