Karl Marx. El Capital. Reseña en el «Beobachter»

Der Beobachter.  
Núm. 303, 27 de diciembre de 1867

Karl Marx. El Capital.  
Crítica de la economía política.  
Tomo primero.  
Hamburgo, Meißner 1867.

Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre la tendencia del presente libro, creemos poder afirmar que pertenece a aquellas obras que honran al espíritu alemán. Es significativo que el autor sea ciertamente prusiano, pero prusiano renano; hasta hace poco, éstos gustaban de calificarse de «prusianos a la fuerza»; un prusiano, además, que ha pasado los últimos decenios lejos de Prusia, en el exilio. La misma Prusia ha dejado de ser desde hace mucho tiempo el país de alguna iniciativa científica; especialmente en el terreno histórico, político o social, sería allí imposible. Más bien puede decirse de ella que representa el espíritu ruso, no el alemán.

Por lo que respecta al libro mismo, hay que distinguir muy bien dos partes muy dispares en él: primero, los sólidos desarrollos positivos que contiene, y segundo, las conclusiones tendenciosas que el autor extrae de ellos.

Las primeras constituyen en gran parte un enriquecimiento directo de la ciencia. El autor trata en ellas las relaciones económicas con un método completamente nuevo, materialista, histórico-natural. Así, la exposición del dinero, y la detallada y muy competente demostración de cómo las diversas formas sucesivas de la producción industrial —aquí la cooperación, la división del trabajo y, con ella, la manufactura en sentido estricto, y, por último, la maquinaria, la gran industria y las combinaciones y relaciones sociales que a ella corresponden— se desarrollan unas de otras de manera natural, espontáneamente.

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En cuanto a la tendencia del autor, también en ella podemos distinguir una doble orientación. En la medida en que se esfuerza por demostrar que la sociedad actual, considerada económicamente, está preñada de otra forma social superior, en esa misma medida se limita a erigir en ley, en el terreno social, el mismo proceso gradual de transformación que Darwin ha demostrado en el de la historia natural. Tal cambio gradual ha venido verificándose, en efecto, hasta ahora en las relaciones sociales, desde la antigüedad, pasando por la Edad Media, hasta nuestros días, y, que sepamos, nunca se ha afirmado seriamente desde ningún sector científico que Adam Smith y Ricardo hubieran dicho la última palabra con respecto al ulterior desarrollo de la sociedad actual. Por el contrario, la doctrina liberal del progreso incluye también el progreso en el terreno social, y forma parte de las arrogantes paradojas de los llamados socialistas el actuar como si tuvieran el monopolio del progreso social. Frente a los socialistas vulgares, hay que reconocer a Marx el mérito de señalar un progreso incluso allí donde el desarrollo extremadamente unilateral de las condiciones actuales va acompañado de consecuencias inmediatamente repulsivas. Así, por doquier, en la descripción de los extremos de riqueza y miseria, etc., resultantes del sistema fabril a gran escala. Precisamente por esta concepción crítica del objeto, el autor —con seguridad contra su voluntad— ha suministrado los argumentos más sólidos contra todo socialismo de oficio.

Cosa muy distinta ocurre con la tendencia, con las conclusiones subjetivas del autor, con la manera como se representa a sí mismo y a los demás el resultado final del actual proceso de desarrollo social. Éstas nada tienen que ver con lo que llamamos la parte positiva del libro; más aún, si el espacio nos lo permitiera, podría tal vez mostrarse que esos caprichos subjetivos suyos quedan refutados por su propia exposición objetiva.

Si todo el socialismo de Lassalle consistió en insultar a los capitalistas y adular a los junkers prusianos amantes de la col, encontramos aquí exactamente lo contrario. El señor Marx demuestra expresamente la necesidad histórica del modo capitalista de producción, como él llama a la actual fase social, y también la superfluidad de la nobleza terrateniente, meramente consuntiva. Si Lassalle se hacía grandes ilusiones acerca de la vocación de Bismarck para introducir el reino milenario socialista, el señor Marx desautoriza a su discípulo descarriado de manera bastante explícita. No sólo declara expresamente no tener nada que ver con el «socialismo gubernamental real prusiano»,

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Friedrich Engels

sino que dice además, en la página 762 y siguientes, con toda franqueza, que el sistema actualmente imperante en Francia y Prusia acarreará, en breve plazo, el dominio del knut ruso sobre Europa, si no se le pone coto a tiempo.

Observamos, por último, que en lo que antecede sólo hemos podido tener en cuenta los rasgos principales del voluminoso tomo; en cuanto a los detalles, todavía habría mucho que señalar, pero tenemos que pasarlo por alto aquí; para ello existen ya bastantes revistas especializadas, que sin duda se ocuparán de este fenómeno, en todo caso muy digno de atención.