Friedrich Engels

Karl Marx. El Capital. Reseña en la

„Düsseldorfer Zeitung“

Düsseldorfer Zeitung.
Núm. 316, 16 de noviembre de 1867

* Karl Marx. El Capital. Crítica de la
economía política. Primer tomo.
Hamburgo, Meißner. 1867.

Este libro decepcionará a más de un lector. Durante años, desde ciertos círculos, se ha venido señalando su aparición. Aquí debían revelarse por fin la verdadera doctrina secreta socialista y la panacea, y más de uno se habrá imaginado, al verlo al fin anunciado, que ahora iba a enterarse de cómo sería realmente el reino milenario comunista. Quien se haya hecho ilusiones con ese placer, se ha equivocado de medio a medio. Ciertamente, aquí se entera de cómo no deben ser las cosas, y esto se le expone con una crudeza muy clara y a lo largo de 784 páginas, y quien tenga ojos para ver, ve aquí formulada con suficiente claridad la exigencia de una revolución social. No se trata aquí de asociaciones obreras con capital estatal como en el difunto Lassalle, aquí se trata de la abolición del capital en general.

Marx es y sigue siendo el mismo revolucionario que siempre ha sido, y en un escrito científico habría sido el último en velar sus opiniones a este respecto. Pero lo que luego ha de resultar tras la subversión social —sobre ello nos da sólo indicios muy oscuros. Nos enteramos de que la gran industria «madura las contradicciones y antagonismos de la forma capitalista del proceso de producción y, por tanto, al mismo tiempo, los elementos constitutivos de una nueva y los elementos revolucionarios de la vieja sociedad», y además, que la abolición de la forma capitalista de producción «restablece la propiedad individual, pero sobre la base de la conquista de la era capitalista: la cooperación de trabajadores libres y su propiedad común sobre la tierra y sobre los medios de producción producidos por el trabajo mismo».

Hemos de contentarnos con esto, y a juzgar por lo que tenemos delante, el segundo y el tercer tomo, anunciados, de esta obra tampoco nos ofrecerán gran cosa sobre este interesante punto. Por esta vez tendremos que contentarnos con la «Crítica de la economía política», y con ello entramos, ciertamente, en un campo muy vasto. Aquí no podemos, naturalmente, entrar en la consideración científica de las detalladas deducciones que se desarrollan en este voluminoso libro, ni siquiera podemos reproducir brevemente las tesis principales en él formuladas. Las doctrinas fundamentales, más o menos conocidas, de la teoría socialista se reducen todas a que, en la sociedad actual, el obrero no recibe, como retribución, el valor íntegro de su producto del trabajo. Esta proposición constituye también el hilo rojo del presente libro, solo que está formulada de un modo mucho más preciso, perseguida en todas sus consecuencias de manera más consecuente y entretejida más estrechamente con las tesis fundamentales de la economía política, o puesta en oposición más directa a ellas, de lo que se había hecho hasta ahora. Esta parte del escrito se distingue muy ventajosamente, por su intento de rigurosa cientificidad, de todos los escritos análogos anteriores que conocemos, y se ve que el autor toma en serio no sólo su teoría, sino también la ciencia en general.

Lo que nos ha llamado especialmente la atención en este libro es esto: que el autor concibe las tesis de la economía política no, como suele hacerse, como verdades eternamente válidas, sino como resultados de determinados desarrollos históricos. Mientras que incluso la ciencia natural se va transformando más y más en una ciencia histórica —compárese la teoría astronómica de Laplace, toda la geología y los escritos de Darwin—, la economía política era hasta ahora una ciencia tan abstracta y de validez general como las matemáticas. Cualquiera que sea el destino de las demás afirmaciones de este libro, consideramos un mérito permanente de Marx el haber puesto fin a esta concepción limitada. Después de este escrito, ya no será posible, por ejemplo, meter en el mismo saco económico el trabajo esclavo, el trabajo de prestación personal y el trabajo asalariado libre, o aplicar sin más las leyes que rigen para la gran industria actual, determinada por la libre competencia, a las condiciones de la Antigüedad o a los gremios de la Edad Media, o, cuando estas leyes modernas no encajan en las viejas condiciones, declarar sencillamente que las viejas condiciones son heréticas. De todas las naciones, los alemanes son los que más, y casi los únicos que poseen sentido histórico, y así es del todo natural que sea de nuevo un alemán quien demuestre las conexiones históricas también en el dominio de la economía política.