Friedrich Engels

*Die Zukunft.*  
N.º 254, 30 de octubre de 1867.  
Suplemento

Karl Marx, *El capital*. Primer tomo.  
Hamburgo, Meißner, 1867. 784 páginas, 8.º

Es un hecho lamentable para todo alemán que nosotros, el pueblo de los pensadores, hasta ahora hayamos hecho tan poco en el terreno de la economía política. Nuestras celebridades en esta materia son, en el mejor de los casos, compiladores, como Rau y Roscher, y cuando se ofrece algo original, tenemos proteccionistas como List (quien, por lo demás, se dice que copió a un francés) o socialistas, como Rodbertus y Marx. – Nuestra correcta economía política parece haberse planteado efectivamente la tarea de empujar a todo aquel que tome en serio la ciencia económica en brazos del socialismo. Pues hemos visto cómo toda la economía oficial se ha atrevido, frente a un Lassalle, a renegar de la archiconocida ley sobre la determinación del salario, ¡y cómo se le ha dejado a un Lassalle el defender a hombres como Ricardo frente a Schulze-Delitzsch y otros! Es lamentablemente cierto que ni siquiera con Lassalle pudieron entendérselas científicamente y tuvieron que —por más que sus aspiraciones prácticas merecieran reconocimiento— cargar con el reproche de que toda su ciencia consiste en la dilución de las armonías de un Bastiat, que encubren todas las contradicciones y dificultades. – ¡Bastiat como autoridad y Ricardo renegado: esa es nuestra economía oficial hoy en Alemania!

Pero, por supuesto, ¿cómo podría ser de otro modo? La economía es entre nosotros, por desgracia, un campo por el cual nadie se interesa científicamente; es o bien un pedazo de estudio de oficio para el examen cameralista, o un recurso auxiliar que ha de aprenderse del modo más superficial posible para la agitación política. ¿Tienen la culpa nuestra fragmentación estatal, nuestra industria, desgraciadamente aún demasiado poco desarrollada, o nuestra dependencia tradicional, en esta rama de la ciencia, respecto del extranjero?

En estas circunstancias, siempre es grato tener entre manos un libro como el arriba mencionado, en el que el autor, mientras remite con indignación la economía diluida que hoy circula, o como él la llama muy acertadamente, «economía vulgar», a sus modelos clásicos, hasta Ricardo y Sismondi, adopta ciertamente una actitud crítica frente a los clásicos, pero esforzándose siempre por mantener el curso de una investigación rigurosamente científica. Los escritos anteriores de Marx, especialmente el publicado en 1859 por Duncker en Berlín sobre el sistema monetario, se distinguían ya tanto por un espíritu científico riguroso como por una crítica implacable, y que nosotros sepamos, toda nuestra economía oficial no ha objetado nada contra él hasta ahora. Pero si ya no pudieron con aquel escrito de entonces, ¿cómo les irá ahora con estos 49 pliegos sobre el capital? – Entiéndasenos bien. No decimos que no se pueda objetar nada contra las deducciones de este libro, que Marx haya presentado sus pruebas de manera completa; decimos simplemente que no creemos que entre todos nuestros economistas se encuentre uno solo capaz de refutarlas. – Las investigaciones que se llevan a cabo en este libro son de la más alta sutileza científica. Apelamos sobre todo a la disposición artística, dialéctica del conjunto, a la manera como en el concepto de la mercancía se presenta ya el dinero como existente en sí, como del dinero se desarrolla el capital. Confesamos que consideramos un progreso la categoría de la plusvalía, introducida de nuevo; que no vemos qué puede objetarse cuando se afirma que no es el trabajo, sino la fuerza de trabajo lo que aparece como mercancía en el mercado; que consideramos como absolutamente procedente la corrección a la ley ricardiana de la tasa de ganancia (a saber, que en lugar de ganancia debe ponerse plusvalía). – Hemos de confesar que nos ha impresionado mucho el sentido histórico que recorre todo el libro y que prohíbe al autor considerar las leyes económicas como verdades eternas, como algo distinto de la formulación de las condiciones de existencia de determinados estados sociales transitorios; que la erudición y la perspicacia con que aquí se exponen los diversos estados sociales históricos y sus condiciones de existencia, desgraciadamente se buscarán en vano entre nuestros economistas oficiales. – Investigaciones como las relativas a las condiciones y leyes económicas de la esclavitud, de las diversas formas de la servidumbre y la dependencia personal, y sobre el surgimiento de los trabajadores libres, han sido hasta ahora completamente ajenas a nuestros economistas de oficio.

Nos gustaría también oír la opinión de estos señores sobre los desarrollos que aquí se nos ofrecen acerca de la cooperación, la división del trabajo y la manufactura, la maquinaria y la gran industria, en sus nexos y efectos históricos y económicos; pueden, en todo caso, aprender aquí no pocas cosas nuevas. – Y, sobre todo, ¿qué dirán ante el hecho, que golpea en pleno rostro a todas las teorías tradicionales de la libre concurrencia y que no obstante se comprueba aquí con material oficial, de que en Inglaterra, la patria de la libre concurrencia, apenas existe hoy rama laboral alguna en la que la jornada diaria de trabajo no esté estrictamente prescrita por la intervención del Estado, y en la que el inspector fabril no vigile? ¿Y que, sin embargo, a medida que se limita la jornada laboral, no solo prosperan las ramas industriales particulares, sino que el obrero individual produce en el tiempo más corto más producto que antes en el más largo?

No puede negarse, desgraciadamente, que el tono particularmente acre que el autor emplea contra los economistas oficiales alemanes no es injustificado. Todos ellos pertenecen más o menos a la «economía vulgar»; han prostituido su ciencia en aras de la popularidad del día y han renegado de sus corifeos clásicos. Hablan de «armonías» y se mueven en las contradicciones más triviales. Ojalá que la dura lección que este libro les imparte sirva para despertarlos de su letargo, para recordarles que la economía no es simplemente una vaca nutricia que nos provee de mantequilla, sino una ciencia que exige un culto serio y celoso.