Londres, 24 de enero de 1865.  
Muy señor mío:

Ayer recibí una carta en la que usted me pide un juicio detallado sobre Proudhon. La falta de tiempo no me permite satisfacer su deseo. Además, no tengo aquí a mano ninguno de sus escritos. Para mostrarle, sin embargo, mi buena voluntad, le esbozo rápidamente un breve bosquejo. Usted podrá luego completarlo, añadir, corregir, en suma, hacer con él lo que le parezca.

De los primeros ensayos de Proudhon ya no me acuerdo. Su trabajo escolar sobre la «Langue universelle» muestra con qué desparpajo se lanzaba a problemas para cuya solución le faltaban incluso los primeros conocimientos previos.

Su primera obra: «Qu’est ce que la Propriété?» es indiscutiblemente su mejor obra. Hace época, si no por el contenido nuevo, sí por la manera nueva y audaz de decir lo viejo. En las obras de los socialistas y comunistas franceses que él conocía, naturalmente la «propriété» no sólo había sido criticada de múltiples formas, sino también «superada» utópicamente. En ese escrito, Proudhon se comporta respecto a Saint-Simon y Fourier aproximadamente como Feuerbach se comportó respecto a Hegel. Comparado con Hegel, Feuerbach es sumamente pobre. Sin embargo, hizo época después de Hegel, porque puso el acento en ciertos puntos desagradables para la conciencia cristiana e importantes para el progreso de la crítica, que Hegel había dejado en un místico claroscuro.

Si puedo expresarme así, en ese escrito de Proudhon reina todavía una fuerte musculatura del estilo. Y yo considero el estilo de la misma como su principal mérito. Se ve que, incluso allí donde sólo se reproduce lo viejo, Proudhon encuentra de manera independiente; que lo que dice era nuevo para él mismo y vale como nuevo. Un desafiante atrevimiento que ataca el «sanctasanctórum» económico, una paradoja ingeniosa con la que se burla del común entendimiento burgués, un juicio desgarrador, una ironía amarga, y aquí y allá un sentimiento profundo y verdadero de indignación ante la infamia de lo existente, una seriedad revolucionaria: todo esto electrizó «Qu’est ce que la Propriété?» y dio un gran impulso en su primera aparición. En una historia estrictamente científica de la economía política, ese escrito apenas sería digno de mención. Pero tales escritos sensacionales desempeñan su papel en las ciencias tan bien como en la literatura novelística. Tómese, por ejemplo, el escrito de Malthus sobre «Population». En su primera edición no es más que un «sensational pamphlet», y además un plagio de principio a fin. Y sin embargo, ¡cuánto impulso dio este libelo contra el género humano!

Si tuviera ante mí el escrito de Proudhon, sería fácil demostrar con algunos ejemplos su primera manera. En los párrafos que él mismo consideraba los más importantes, imita el tratamiento kantiano de las antinomias —era éste el único filósofo alemán que conocía entonces por traducciones— y deja la fuerte impresión de que, para él, como para Kant, la solución de las antinomias pasa por algo que cae «más allá» del entendimiento humano, es decir, algo sobre lo que su propio entendimiento permanece en la oscuridad.

A pesar de toda la aparente tempestad de asaltar el cielo, ya en «Qu’est ce que la Propriété?» se encuentra la contradicción de que Proudhon, por un lado, critica la sociedad desde el punto de vista y con los ojos de un campesino parcelario francés (más tarde, pequeño burgués) y, por otro, aplica la medida que le han legado los socialistas.

La insuficiencia del escrito estaba ya indicada en su título. La pregunta estaba tan mal planteada que no podía ser respondida correctamente. Las antiguas «relaciones de propiedad» habían sucumbido en las feudales, las feudales en las «burguesas». La historia misma había ejercido así su crítica sobre las relaciones de propiedad pasadas. Aquello de lo que realmente se trataba para Proudhon era la propiedad moderna burguesa existente. A la pregunta de qué es ésta, sólo se podía responder mediante un análisis crítico de la «economía política», que abarcase el conjunto de esas relaciones de propiedad no en su expresión jurídica como relaciones de voluntad, sino en su figura real, es decir, como relaciones de producción. Pero al entrelazar Proudhon la totalidad de estas relaciones económicas en la representación jurídica general «la propiedad», «la propriété», no pudo tampoco ir más allá de la respuesta que Brissot, con las mismas palabras, había dado ya en un escrito similar antes de 1789: «La Propriété, c’est le vol.»

En el mejor de los casos, de ahí sólo resulta que las representaciones jurídicas burguesas del «robo» convienen también al «honrado» lucro del propio burgués. Por otra parte, Proudhon, puesto que el «robo» como violación violenta de la propiedad presupone la propiedad, se enredó en toda clase de quimeras, para él mismo oscuras, sobre la verdadera propiedad burguesa.

Durante mi estancia en París, en 1844, entré en relación personal con Proudhon. Menciono esto aquí porque, en cierta medida, soy corresponsable de su ... «sophistication», como los ingleses llaman a la adulteración de un artículo comercial. Durante largos debates, que a menudo duraban hasta bien entrada la noche, le infecté, para su gran perjuicio, de hegelianismo, que él, por su desconocimiento de la lengua alemana, no podía estudiar debidamente. Lo que yo comencé, lo continuó después de mi expulsión de París el señor Karl Grün. Éste, como profesor de filosofía alemana, tenía sobre mí la ventaja de que él mismo no entendía nada de ella.

Poco antes de la aparición de su segunda obra importante: «Philosophie de la Misère etc.», el propio Proudhon me la anunció en una carta muy detallada, en la que, entre otras cosas, se deslizan las palabras: «J’attends votre férule critique.» Sin embargo, ésta cayó pronto sobre él de una manera (en mi escrito: «Misère de la Philosophie etc.», París 1847) que puso fin para siempre a nuestra amistad.

De lo aquí dicho deducirá usted que la «Philosophie de la Misère ou système des contradictions économiques» de Proudhon contenía propiamente, en realidad, la respuesta a la pregunta: «Qu’est ce que la Propriété?» De hecho, sólo después de la aparición de este escrito había comenzado él sus estudios económicos; había descubierto que la pregunta por él planteada no podía responderse con una invectiva, sino únicamente mediante el análisis de la moderna «economía política». Al mismo tiempo, intentó exponer dialécticamente el sistema de las categorías económicas. En lugar de las insolubles «antinomias» de Kant debía aparecer la «contradicción» hegeliana como medio de desarrollo.

Para juzgar su obra en dos volúmenes, voluminosa, debo remitirle a mi escrito contrario. Mostré en él, entre otras cosas, lo poco que había penetrado en el secreto de la dialéctica científica; cómo, por otra parte, comparte las ilusiones de la filosofía especulativa al concebir las categorías económicas, en lugar de entenderlas como expresiones teóricas de relaciones de producción históricas, correspondientes a un determinado estadio de desarrollo de la producción material, como ideas preexistentes y eternas, y cómo, por este rodeo, vuelve a parar al punto de vista de la economía burguesa.*)

Muestro además cuán deficiente y, en parte, incluso escolar es su conocimiento de la «economía política», cuya crítica había emprendido, y cómo, con los utopistas, sale a la caza de una supuesta «ciencia», mediante la cual se pretende deducir a priori una fórmula para la «solución de la cuestión social», en vez de extraer la ciencia del conocimiento crítico del movimiento histórico, un movimiento que produce él mismo las condiciones materiales de la emancipación. Pero, sobre todo, se muestra cómo Proudhon permanece en la oscuridad, lo falso y lo a medias respecto a la base del todo, el valor de cambio, e incluso toma la interpretación utópica de la teoría del valor de Ricardo por fundamento de una nueva ciencia. Sobre su punto de vista general, juzgo resumidamente como sigue:

«Cada relación económica tiene un lado bueno y un lado malo: es el único punto en que el señor Proudhon no se desmiente. El lado bueno, lo ve expuesto por los economistas; el lado malo, lo ve denunciado por los socialistas. Toma de los economistas la necesidad de las relaciones eternas; toma de los socialistas la ilusión de no ver en la miseria más que la miseria (en lugar de ver en ella el lado revolucionario, subversivo, que derrocará la sociedad antigua). Está de acuerdo con unos y otros en querer remitirse a la autoridad de la ciencia. La ciencia, para él, se reduce a las mezquinas proporciones de una fórmula científica; es el hombre a la caza de fórmulas. Así se jacta el señor Proudhon de haber dado la crítica tanto de la economía política como del comunismo: está por debajo de una y otro. Por debajo de los economistas, puesto que como filósofo, que tiene a mano una fórmula mágica, ha creído poder dispensarse de entrar en detalles puramente económicos; por debajo de los socialistas, porque no tiene ni el valor ni la inteligencia suficientes para elevarse —aunque sólo fuera especulativamente— por encima del horizonte burgués. Quiere planear como héroe de la ciencia por encima de burgueses y proletarios — no es más que el pequeño burgués, constantemente zarandeado entre el capital y el trabajo, entre la economía política y el comunismo.»*)

*) «Diciendo que las relaciones actuales —las relaciones de la producción burguesa— son naturales, los economistas dan a entender que son relaciones en las que se crea la riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas conforme a las leyes de la naturaleza. Por tanto, estas relaciones son ellas mismas leyes naturales independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. Así ha habido historia, pero ya no la hay.» (p. 113 de mi escrito.) (Al decir los economistas que las relaciones actuales —las relaciones de la producción burguesa— son naturales, pretenden afirmar que son relaciones dentro de las cuales la riqueza se genera y las fuerzas productivas se desarrollan según las leyes de la naturaleza. En consecuencia, estas relaciones mismas son leyes naturales y, como tales, independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que tienen que dominar siempre la sociedad. Por tanto, ha habido historia, pero ya no la hay.)

(«Toda relación económica tiene un lado bueno y un lado malo: éste es el único punto en que el señor Proudhon no se abofetea a sí mismo. El lado bueno lo ve destacado por los economistas nacionales. El lado malo lo ve denunciado por los socialistas. Toma de los economistas nacionales la necesidad de las relaciones eternas; toma de los socialistas la ilusión de no ver en la miseria más que la miseria (en vez de descubrir en ella el lado revolucionario, destructor, que derrocará a la vieja sociedad). Coincide con unos y con otros, remitiéndose para ello a la autoridad de la ciencia. La ciencia se le reduce a las proporciones minúsculas de una fórmula científica: es el hombre a la caza de fórmulas. De este modo cree el señor Proudhon haber dado la crítica tanto de la economía nacional como del comunismo – pero está por debajo de la una, como del otro. Por debajo de los economistas nacionales, porque, como filósofo que tiene entre manos una fórmula mágica, se cree dispensado de la molestia de entrar en los detalles puramente económicos; por debajo de los socialistas, porque no tiene ni el valor ni la clarividencia de espíritu para elevarse – aunque sólo fuera especulativamente – por encima del horizonte burgués. Quiere flotar como héroe de la ciencia por encima de la burguesía y de los proletarios – y no es más que el pequeño burgués, constantemente zarandeado entre el capital y el trabajo, entre la economía nacional y el comunismo.»)

Por duro que suene el juicio precedente, aún hoy debo suscribir cada una de sus palabras. Pero téngase en cuenta al mismo tiempo que, en la época en que yo declaraba el libro de Proudhon como el código del socialismo del *petit bourgeois* y lo demostraba teóricamente, Proudhon era todavía execrado como ultra-archirrevolucionario tanto por los economistas políticos como por los socialistas. Por eso, más tarde, nunca me sumé al griterío sobre su «traición» a la revolución. No fue culpa suya si, malentendido originariamente por otros como por sí mismo, no colmó esperanzas injustificadas.

En la «Philosophie de la Misère» resaltan, en contraste con «Qu'est ce que la Propriété?», de modo muy desfavorable todos los defectos del modo de exposición proudhoniano. El estilo es a menudo lo que los franceses llaman *ampoulé*. Una jerigonza especulativa altisonante, que pretende ser filosófico-alemana, aparece de manera invariable allí donde le falla la gálica agudeza de entendimiento. Un tono charlatanesco, de autobombo, jactancioso, en particular el siempre tan desagradable ungüento palabrero sobre la «ciencia» y el falso alardeo con ella, golpea el oído sin cesar. En vez del calor auténtico que traspasaba el primer escrito, aquí se declama, en ciertos pasajes, sistemáticamente, calentándose hasta un ardor ficticio. A ello se suma el torpe y repelente dárselas de sabio del autodidacta, cuyo orgullo natural por el pensar propio y original ya está quebrado, y que ahora, como advenedizo de la ciencia, cree tener que pavonearse con lo que no es y con lo que no tiene. Luego, el talante del pequeño burgués que ataca, indecorosamente brutal –sin agudeza ni profundidad, ni siquiera con acierto–, a un hombre como Cabet, respetable por su posición práctica respecto al proletariado francés, mientras que, en cambio, se muestra gentil con un Dunoyer (ciertamente «consejero de Estado»), aun cuando toda la significación de ese Dunoyer consistió en la cómica seriedad con que predicó, a lo largo de tres gruesos, insoportablemente aburridos volúmenes, el rigorismo que Helvetius caracteriza así: *«On veut que les malheureux soient parfaits.»* (Se exige que los desdichados sean perfectos.)

La revolución de febrero vino, en verdad, muy a desmano para Proudhon, puesto que justamente pocas semanas antes había demostrado de manera irrefutable que «la era de las revoluciones» había pasado para siempre. Su actuación en la Asamblea Nacional, por poca comprensión que demostrase de las circunstancias existentes, merece todo elogio. Después de la insurrección de junio fue un acto de gran valor. Tuvo, además, la favorable consecuencia de que el señor Thiers, en su réplica contra las propuestas de Proudhon, publicada luego como escrito aparte, demostró a toda Europa sobre qué pedestal de catecismo para párvulos se erguía el pilar espiritual de la burguesía francesa. Frente al señor Thiers, Proudhon se hinchó en verdad hasta convertirse en un coloso antediluviano.

El descubrimiento de Proudhon del «crédito gratuito» y el «banco del pueblo» (*banque du peuple*) basado en él fueron sus últimas «hazañas» económicas. En mi escrito «Contribución a la Crítica de la Economía Política. Cuaderno 1.º», Berlín 1859 (pp. 59-64), se encuentra la prueba de que la base teórica de su concepción brota de un desconocimiento de los primeros elementos de la «economía política» burguesa, a saber, de la relación de las mercancías con el dinero, mientras que la superestructura práctica no era sino la mera reproducción de planes mucho más antiguos y mucho mejor elaborados. Que el sistema de crédito, así como sirvió, por ejemplo, a comienzos del siglo XVIII y luego otra vez en el XIX en Inglaterra para transferir el patrimonio de una clase a otra, pueda servir, bajo determinadas circunstancias económicas y políticas, para acelerar la emancipación de la clase trabajadora, no está sujeto a la menor duda, es algo que se sobreentiende. Pero considerar el capital que rinde interés como la *forma principal* del capital, pero querer hacer de una aplicación particular del sistema de crédito, de la supuesta abolición del interés, la base de la transformación de la sociedad, es una fantasía enteramente filistea. Por eso esta fantasía, ampliada luego, se encuentra ya, en efecto, en los portavoces económicos de la pequeña burguesía inglesa del siglo XVII. La polémica de Proudhon con Bastiat (1850) acerca del capital que rinde interés está muy por debajo de la «Philosophie de la Misère». Logra el prodigio de ser batido incluso por Bastiat y prorrumpe en un estrépito burlesco cuando su adversario le hace violencia.

Hace pocos años, Proudhon escribió un ensayo de concurso –creo que promovido por el gobierno de Lausana– sobre los «Impuestos». Aquí se extingue también el último rastro de genialidad. No queda nada más que el *petit bourgeois tout pur*.

En lo que respecta a los escritos políticos y filosóficos de Proudhon, en todos se muestra el mismo carácter contradictorio, dual, que en los trabajos económicos. Tienen, además, sólo un valor local-francés. Sus ataques contra la religión, la Iglesia, etc., poseen sin embargo un gran mérito local en una época en que los socialistas franceses tenían a bien sobrepujar al volterianismo burgués del siglo XVIII y a la ateísmo alemán del siglo XIX mediante la religiosidad. Si Pedro el Grande derribó la barbarie rusa mediante la barbarie, Proudhon hizo todo lo posible por abatir la fraseología francesa mediante la frase.

Como no sólo escritos malos, sino como vilezas, aunque vilezas correspondientes al punto de vista del pequeño burgués, hay que calificar su escrito sobre el golpe de Estado, en el que coquetea con L. Bonaparte y se esfuerza en verdad por hacerlo aceptable a los obreros franceses, y su último escrito contra Polonia, en el cual, en honor del zar, practica un cinismo cretinoide.

A menudo se ha comparado a Proudhon con Rousseau. Nada puede ser más falso. Más bien tiene semejanza con Nic. Linguet, cuya «Théorie des Lois Civiles» es, por lo demás, un libro muy genial.

Proudhon se inclinaba por naturaleza a la dialéctica. Pero como nunca comprendió la dialéctica realmente científica, no pasó de la sofística. En verdad, esto se relacionaba con su punto de vista pequeñoburgués. El pequeño burgués se compone, como el historiógrafo Raumer, de Por un Lado y Por Otro Lado. Así en sus intereses económicos, y por tanto en su política, en sus concepciones religiosas, científicas y artísticas. Así en su moral, así en *everything*. Es la contradicción viviente. Si, como Proudhon, es un hombre ingenioso, pronto aprenderá a jugar con sus propias contradicciones y a elaborarlas, según las circunstancias, en paradojas llamativas, ruidosas, a veces escandalosas, a veces brillantes. El charlatanismo científico y la acomodación política son inseparables de semejante punto de vista. Sólo queda un motivo impulsor, la vanidad del sujeto, y ya no se trata, como en todos los vanidosos, más que del éxito del momento, del sensacionalismo del día. Así se extingue necesariamente el simple tacto moral que, por ejemplo, mantuvo siempre alejado a un Rousseau de todo compromiso aparente con los poderes existentes.

Quizás la posteridad caracterice la más reciente fase del ser francés diciendo que Luis Bonaparte fue su Napoleón y Proudhon su Rousseau-Voltaire.

Debe usted ahora asumir la responsabilidad de que, tan pronto tras la muerte del hombre, me haya cargado usted con el papel de juez de los muertos.

Su más devoto
Karl Marx.