Traducción del inglés

Der Social-Demokrat.
N.º 3, 30 de diciembre de 1864

A Abraham Lincoln,
Presidente de los Estados Unidos
de América.

¡Felicitamos al pueblo americano por su reelección, lograda con gran mayoría! Si la resistencia al poder de los esclavistas fue la divisa mesurada de su primera elección, ¡Muerte a la esclavitud! es el grito de guerra triunfante de su reelección.

Desde el comienzo de la titánica lucha americana, los trabajadores de Europa sintieron instintivamente que en la bandera estrellada pendía el destino de su clase. La lucha por los territorios que abrió la terrible y grandiosa epopeya, ¿no tenía que decidir si el suelo virgen de inmensas extensiones de tierra había de ser desposado con el trabajo del inmigrante, o mancillado por la planta del negrero?

Cuando la oligarquía de los 300 000 esclavistas osó por primera vez en los anales del mundo escribir la palabra esclavitud en la bandera de la rebelión armada; cuando en el mismo suelo del que apenas un siglo antes había brotado por vez primera la idea de una gran república democrática, desde el que partió la primera declaración de los derechos del hombre y se dio el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII; cuando en este mismo suelo la contrarrevolución, con sistemática minuciosidad, se vanagloriaba de derribar “las ideas dominantes en la época de la construcción de la vieja constitución”, y de presentar “la esclavitud como una institución saludable” —sí, como la única solución del gran problema de las “relaciones del trabajo con el capital”—, y proclamaba cínicamente el derecho de propiedad sobre el hombre como la “piedra angular del nuevo edificio”; entonces los trabajadores de Europa comprendieron de inmediato, aun antes de que la fanática toma de partido de las clases superiores por la nobleza confederada se lo advirtiera, que la rebelión de los esclavistas tocaría a rebato para una cruzada general de la propiedad contra el trabajo, y que para los hombres del trabajo, junto con sus esperanzas en el porvenir, también sus conquistas pasadas estaban en juego en esa lucha gigantesca allende el océano. Por eso, soportaron por doquier con paciencia los sufrimientos que les impuso la crisis algodonera, se opusieron con entusiasmo a la intervención en favor de la esclavitud que las clases altas y “cultas” buscaban provocar con tanto celo, y pagaron, desde la mayor parte de Europa, su tributo de sangre por la buena causa.

Mientras los trabajadores, los verdaderos portadores del poder político en el Norte, permitieron que la esclavitud mancillara su propia república; mientras, frente al negro, que sin su consentimiento tenía un amo y era vendido, se vanagloriaban de que el supremo privilegio del trabajador blanco consistía en poder venderse a sí mismo y elegir a su amo —mientras eso duró, fueron incapaces de conquistar la verdadera libertad del trabajo o de apoyar a sus hermanos europeos en su lucha de emancipación. Ese obstáculo al progreso ha sido barrido por el Mar Rojo de la guerra civil.

Los trabajadores de Europa están penetrados de la convicción de que, así como la guerra de independencia americana inauguró una nueva época de despliegue de poder para la clase media, la guerra americana contra la esclavitud inaugurará una nueva época de despliegue de poder para la clase obrera. Consideran como un signo de la época venidera el que a Abraham Lincoln, hijo tenaz y férreo de la clase obrera, le haya cabido la suerte de conducir a su patria a través de la lucha sin par por la redención de una raza esclavizada y por la transformación del mundo social.