The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nr. 12, 24 de noviembre de 1860

Ingenieros voluntarios.

El ejército voluntario cuenta desde hace algún tiempo con una infantería y una artillería en número considerable; posee también un pequeño complemento de caballería; y ahora, la última rama del servicio militar, la de ingenieros, se va incorporando poco a poco. El asunto de los ingenieros voluntarios se discute hoy ampliamente, y merece la atención que se le presta. El cuerpo de Ingenieros Reales es ya demasiado débil para las numerosas obligaciones que tiene que cumplir en la metrópoli y en las colonias. ¿Qué será en caso de guerra y de la temida invasión? Entonces, las numerosas fortificaciones que ahora se están levantando y mediante las cuales los arsenales se ven rodeados de vastos campamentos atrincherados, exigirán para su guarnición un número considerable de oficiales y soldados de ingenieros; y el ejército de campaña, engrosado hasta el doble o el triple de su actual efectivo con el refuerzo de los voluntarios, necesitará también un cierto complemento de ingenieros para desplegar toda su libertad de acción ante el enemigo. Si no se aumenta considerablemente el cuerpo de Ingenieros Reales, las tareas de esta rama del servicio o bien se cumplirán de modo deficiente, o bien deberán ser realizadas por voluntarios formados previamente para ello.

El número de ingenieros que ha de agregarse a un ejército de campaña no es, a fin de cuentas, muy numeroso; tres o cuatro compañías para un cuerpo de ejército de dos divisiones (16 a 24 batallones de infantería, con una proporción adecuada de caballería y artillería) serían más que suficientes. Suponiendo un ejército de campaña compuesto por 40.000 soldados de línea, 20.000 de la milicia y 100.000 voluntarios, en total 160.000, o sea 200 batallones, resultarían de ocho a diez cuerpos de ejército, que exigirían unas treinta compañías de ingenieros. Supongamos que los Ingenieros Reales aporten diez compañías; quedarían veinte compañías que proporcionar mediante el movimiento de voluntarios. Aproximadamente otro tanto más de ingenieros voluntarios bastaría para auxiliar a los reales en la defensa de los arsenales fortificados; de modo que algo así como cuarenta compañías de ingenieros voluntarios parecería un complemento

holgado para la fuerza actual de la infantería y artillería voluntarias. Si el número de voluntarios aumentase hasta el punto de permitirles aparecer en campaña, descontando las guarniciones, con más de 100.000 hombres, un ingeniero más por cada cien fusileros adicionales sería suficiente; lo que daría 200 ingenieros (o tres compañías) por cada cuerpo de ejército de 20.000 hombres.

Por el momento, pues, cuarenta compañías, o unos 3.000 efectivos, constituirían la fuerza máxima de ingenieros que cabría aconsejar crear. Y se requerirá mucha energía para hacer de ellos ingenieros no sólo de nombre, sino también de hecho. Ya vemos ahora que entre los voluntarios de artillería se dedica un montón de tiempo a la instrucción de compañía y de batallón, con la carabina en la mano, aunque todo ese trabajo sirva únicamente para paradas y no les sirva de nada para el servicio activo, ya sea sirviendo piezas de campaña, ya en las fortificaciones. Y nos tememos que con los ingenieros sucederá lo mismo. Deberían, por encima de todo, tener presente que cada hora dedicada a la instrucción de compañía, más allá de lo necesario para darles porte militar, la obediencia pronta e instantánea a las órdenes y la capacidad de moverse ordenadamente en la marcha, es una hora perdida para ellos; que tienen cosas muy distintas que aprender, y que de ésas, no de marchar gallardamente, depende su eficacia. Tendrán que familiarizarse —tanto los soldados como los oficiales— con los rudimentos

de la fortificación de campaña y permanente; tendrán que practicar la construcción de trincheras y baterías, y la apertura y reparación de caminos. Si se pueden obtener los medios, tendrán que construir puentes militares, e incluso excavar minas. Es de temer que algunas de estas ramas sólo puedan enseñarse de manera teórica, pues las fortalezas escasean en Inglaterra, y también los pontones; y no cabe esperar que todos los voluntarios vayan a Portsmouth o a Chatham a estudiar fortificación o a ayudar al tendido de un puente de pontones. Pero hay otras que toda compañía está en condiciones de practicar. Si se formase aquí, en Manchester, una compañía de ingenieros, podríamos mostrarles montones de callejuelas en tan mal estado como las que ha de atravesar una columna en guerra, y cuyos afectados probablemente se alegrarían de permitirles practicar a su gusto la reparación de caminos. No les resultaría muy difícil hallar un terreno en el que construir unas cuantas obras de campaña, cavar trincheras y erigir baterías; tanto más cuanto que semejante terreno ofrecería igualmente a los voluntarios de artillería y de fusileros una oportunidad de practicar aquellas partes de su servicio que de otro modo no se les podría hacer ejecutar. Incluso podrían encontrar parajes donde de vez en cuando se les permitiese tender un pequeño puente de caballetes sobre alguno de esos ríos de márgenes altas de nuestros alrededores, que ofrecen tan magníficas condiciones para este género de puentes allí donde el fondo es firme. Tales cosas, y muchas otras del mismo género, deberían constituir su práctica principal; la instrucción de compañía habría de despacharse

rápidamente al principio, y reanudarse sólo cuando los cuerpos hubiesen avanzado lo bastante en su auténtica labor de ingenieros; entonces, en el segundo invierno, las veladas podrían aprovecharse para la instrucción. Pero si los ingenieros se empeñan, desde el comienzo, en competir con los fusileros en el estilo de desfile y en las evoluciones de batallón, en detrimento de su formación específica; si la atención de los oficiales se orienta más hacia las obligaciones de un oficial de infantería que hacia la formación profesional, entonces los ingenieros voluntarios pueden tener por seguro que en campaña se les empleará mucho más a menudo como infantería que como ingenieros.

No habrá gran dificultad en hallar oficiales muy eficientes, si se los escoge de la única clase apta para el puesto: los ingenieros civiles. Unos pocos meses de estudio teórico y algún viaje ocasional a Chatham, Portsmouth o Aldershot les pondrán pronto al corriente de la mayoría de las ramas de la ingeniería militar, y la formación militar de sus compañías les ayudará a avanzar. Aprenderán enseñando. Su propia profesión les obliga a conocer todos los principios de la ingeniería militar, y puesto que han de ser hombres muy inteligentes y bien formados, la aplicación de esos principios a materias militares les ofrecerá poca dificultad.

Hemos leído en la Army and Navy Gazette una información relativa a una inmensa organización de ingeniería militar que ha de abarcar todas las líneas férreas del país y promete vastos resultados en caso de invasión. Los rasgos principales del plan se reproducen en el Volunteer Journal de la semana pasada. La forma en que ese plan se presenta al público es sumamente vaga; hasta el momento, no vemos las inmensas ventajas que se le atribuyen, y más bien opinamos que se han mezclado dos cosas diferentes. Sin duda es de la mayor importancia estudiar las implicaciones estratégicas de cada línea férrea del reino, así como del conjunto de la red ferroviaria. Esto es tan importante que consideraríamos una grave negligencia si no se hubiese hecho ya hace tiempo, y si no obrasen ahora en los archivos de los Horse Guards, así como en los de los diversos comandantes de distrito, papeles muy extensos que recogieran los resultados de esos estudios. Pero ésa es tarea del estado mayor, no de los ingenieros.

En cuanto a formar con los maquinistas, fogoneros, peones de vía y obreros ferroviarios de cada línea un cuerpo de ingenieros militares, no vemos la gran ventaja de ello. Esos hombres tienen ya, por así decirlo, una organización militar, y están sometidos a una disciplina más estricta que ningún cuerpo de voluntarios del país. Lo que se espera que hagan en su calidad de ingenieros voluntarios, son perfectamente capaces de hacerlo en su actual capacidad. Y como en tiempo de guerra su presencia en sus actuales puestos sería mucho más indispensable que ahora, no hay ninguna razón en el mundo para adiestrarlos en ramas especiales de la ingeniería militar.

Estas observaciones se aplican al plan sólo en la medida en que éste se ha hecho público; si más adelante resultase que contiene otros aspectos, tendremos, claro está, que reservarnos nuestra opinión.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nr. 13, 1 de diciembre de 1860

Ingenieros voluntarios. — Como nota complementaria a nuestro artículo de la semana pasada sobre el valor de los cuerpos de ingenieros voluntarios y su esfera de acción adecuada, se nos permitirá señalar otra ventaja hacia la que puede orientarse la enorme masa de inteligencia ingenieril de este país. La mayoría de los ejércitos cuentan, además de los oficiales adscritos a los zapadores y minadores, con cierto número de oficiales de ingenieros no pertenecientes a compañía alguna y dedicados a misiones especiales. ¿Por qué no dar a los ingenieros civiles de Inglaterra la oportunidad de prepararse para ese servicio? El College of Civil Engineers podría convertirse en el medio para lograr ese fin. Unos pocos cursos de conferencias sobre ingeniería militar y un breve curso práctico con una compañía de ingenieros bastarían para todo lo que se precisa; un examen, limitado estrictamente a materias militares y que en este caso sería absolutamente necesario, podría constituir la prueba principal de admisión en el Cuerpo de Oficiales Ingenieros Voluntarios Supernumerarios; quedando el Gobierno, naturalmente, con la facultad de rechazar a los candidatos que considere no aptos. Tales oficiales prestarían grandes servicios, pues en este caso todo depende de la inteligencia de los oficiales; y en caso de emergencia se las compondrían mejor con unos cuantos fusileros o artilleros voluntarios puestos bajo su mando para ejecutar algún trabajo de ingeniería, que los oficiales de ingenieros regulares con una sección o dos de infantería de línea que se les asignase para el mismo tipo de tarea.

Karl Marx
Declaración
24 de noviembre de 1860

Declaración,

La redacción de la Allgemeine Zeitung tuvo la bondad, a principios de febrero de 1860, de publicar una declaración mía que comenzaba con las siguientes palabras:

«Hago saber por la presente que he dado los pasos preliminares para interponer una querella por difamación contra el Nationalzeitung de Berlín a causa de los editoriales núms. 37 y 41 sobre el panfleto de Vogt: “Mi proceso contra la Allgemeine Zeitung”. Una réplica literaria a Vogt me la reservo para más adelante.»

En el transcurso de febrero de 1860 interpuse en Berlín una querella por difamación contra F. Zabel, redactor responsable del Nationalzeitung. Mi abogado, el señor consejero de justicia Weber, optó primero por el procedimiento de instrucción. Mediante decreto de 18 de abril de 1860, el fiscal se negó a «instruir actuaciones» contra F. Zabel, alegando que «no existía interés público» que lo motivase. El 26 de abril de 1860, su rechazo fue confirmado por el fiscal jefe.

Mi abogado emprendió entonces el procedimiento civil. El Tribunal Municipal Real, mediante providencia del 8 de junio de 1860, prohibió que se procediera con la querella, porque las «expresiones y afirmaciones» realmente injuriosas de F. Zabel «consisten en meras citas de otras personas» y tampoco concurre «la intención de injuriar». Por su parte, el Tribunal de Cámara Real, mediante providencia del 11 de julio de 1860, declaró que la supuesta forma de cita no alteraba en nada la punibilidad de los artículos, pero que los pasajes injuriosos contenidos en ellos no se referían a mi «persona». Además, en «el presente caso» no «cabe suponer» la intención de injuriar. En consecuencia, el Tribunal de Cámara Real confirmó la providencia denegatoria del Tribunal Municipal. El Tribunal Supremo Real, mediante providencia del 5 de octubre de 1860, que no llegó hasta el 23 de octubre del mismo año, encontró que en «el presente caso» no «se revelaba» ningún «error de derecho» por parte del Tribunal de Cámara Real. Así pues, quedó definitivamente en firme la prohibición de querellarse contra F. Zabel, sin que se llegara a una vista pública.

Mi respuesta a Vogt aparecerá en unos días.

Londres, 24 de noviembre de 1860. Karl Marx.