The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire.

Friedrich Engels  
Historia del fusil  

The Volunteer Journal,  
for Lancashire and Cheshire.  
N.º 9, 3 de noviembre de 1860  

Historia del fusil.  

Por el autor de «A German Account of the Newton Review».  

I.  

El fusil es un invento alemán, que se remonta a fines del siglo XV. Los primeros fusiles se fabricaron sin más objeto, al parecer, que facilitar la carga del arma con una bala que ajustaba casi por completo en el ánima. A este fin, las estrías se hicieron rectas, sin torsión espiral alguna, y servían simplemente para disminuir la fricción de la bala en el ánima. La bala misma iba envuelta en un pedazo de paño de lana o lino engrasado (el emplasto), y se la hacía bajar así a golpes de baqueta sin demasiada dificultad. Estos fusiles, con todo lo primitivos que eran, debieron de dar resultados mucho mejores que las armas de mano de ánima lisa de la época, con sus balas de diámetro considerablemente menor que el del ánima.  

Más tarde, el carácter del arma se transformó por completo al darse a las estrías un giro espiral, que convirtió el ánima del cañón en una especie de tuerca; la bala, obligada por el emplasto ajustado a seguir las estrías, tomaba también el giro espiral, conservando así una rotación espiral en torno a su línea de vuelo. Pronto se comprobó que este modo de fijar la rotación de la bala aumentaba enormemente tanto el alcance como la precisión del arma, y así las estrías espirales muy pronto suplantaron a las rectas.  

Éste fue, pues, el tipo de fusil que permaneció en uso general durante más de doscientos años. Si exceptuamos los disparadores de pelo y las miras más cuidadosamente trabajadas, apenas experimentó mejora alguna hasta 1828. Era muy superior al mosquete de ánima lisa en precisión, mas no tanto en alcance; más allá de 300 o 500 yardas no era de fiar. Al mismo tiempo, era comparativamente difícil de cargar; el martilleo para hacer bajar la bala era una operación muy tediosa; la pólvora y la bala emplastada tenían que introducirse por separado en el cañón, y no se podía disparar más de un tiro por minuto. Estos inconvenientes lo hacían inadecuado para la generalidad de un ejército, sobre todo en una época como el siglo XVIII, en que todas las batallas se decidían por la rapidez de fuego de las líneas desplegadas. Con semejante táctica, el viejo mosquete de ánima lisa, con todos sus defectos manifiestos, era todavía un arma muy preferible. Así, hallamos que el fusil siguió siendo el utensilio favorito del cazador de ciervos y de rebecos, y que fue usado como arma de guerra excepcional, para unos pocos batallones de tiradores, sólo en aquellos ejércitos que podían reclutar estos batallones entre un número suficiente de cazadores adiestrados de la población.  

Las guerras de la Revolución norteamericana y de la Revolución francesa produjeron un gran cambio en la táctica. A partir de entonces, el orden disperso se introdujo en todo combate; la combinación de los tiradores con las líneas o columnas se convirtió en la característica esencial de la lucha moderna. A las masas, durante la mayor parte del día, se las mantiene a retaguardia; se las tiene en reserva o se las emplea en maniobrar para concentrarlas sobre el punto débil del enemigo; sólo se las lanza en los momentos decisivos; pero, mientras tanto, los tiradores y sus apoyos inmediatos están constantemente empeñados. Ellos gastan el grueso de la munición, y los objetos sobre los que disparan raras veces son más anchos que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, tienen que disparar contra hombres aislados, bien ocultos tras objetos cubridores. Y, sin embargo, el efecto de su fuego es de la mayor importancia; pues todo ataque es, a la vez, preparado y, en primera instancia, recibido por él; se espera de ellos que debiliten la resistencia de los destacamentos que ocupan casas de campo o aldeas, así como que quiten el ímpetu al ataque de una línea que carga. Ahora bien, con el viejo «Brown Bess», nada de esto podía hacerse con eficacia. Nadie que haya estado bajo el fuego de tiradores armados con mosquetes de ánima lisa puede haber dejado de llevarse a casa un absoluto desprecio por su eficacia a distancias medias. Sin embargo, el fusil en su forma antigua no era adecuado para la masa de los tiradores. El viejo fusil, a fin de facilitar el empuje forzado de la bala, debía ser corto, tan corto que constituía una mala empuñadura para la bayoneta; en consecuencia, los fusileros se utilizaban sólo en aquellas posiciones en que estaban a salvo de un ataque a la bayoneta o por la caballería.  

En estas circunstancias, el problema se planteó de inmediato: inventar un arma que combine el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y facilidad de carga, y con la longitud de cañón del mosquete de ánima lisa; un arma que sea a la vez fusil y un arma de guerra manejable, apta para ser puesta en manos de cada soldado de infantería.  

Así vemos que, con la introducción misma de la guerrilla en la táctica moderna, surgió la demanda de un arma de guerra perfeccionada semejante. En el siglo XIX, cuando surge una demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que será satisfecha. Y lo fue en este caso. Casi todas las mejoras introducidas en las armas de mano desde 1828 tendieron a satisfacerla.  

Antes, empero, de intentar dar cuenta de aquellas mejoras que han producido cambios tan grandes y numerosos en las armas de fuego rayadas, al abandonar el viejo sistema de forzar la bala hasta su sitio, se nos permitirá echar una ojeada a los intentos hechos para mejorar el fusil manteniendo el antiguo método de carga.  

El fusil de ánima oval que se conoce en Inglaterra como el fusil Lancaster ha estado en uso en el continente por más de cuarenta años. Lo hallamos mencionado en un libro militar alemán impreso en 1818. En Brunswick, el coronel Berner lo mejoró e hizo que toda la infantería de aquel ducado se armara con él en 1832. La ovalidad era sólo ligera, y la bala oval se introducía a la fuerza al viejo estilo. Esta bala oval, sin embargo, debía usarse sólo en guerrilla. Para las descargas cerradas, se proveía a los hombres de balas esféricas de menor calibre, que rodaban cañón abajo tan fácilmente como cualquier bala de mosquete. Aun así, los inconvenientes de este sistema son obvios. Es meramente notable como el primer caso en que se dotó de mosquetes rayados a toda la infantería de un ejército cualquiera.  

En Suiza, un ingeniero civil y oficial de fusileros, M. Wild, mejoró el fusil considerablemente. Su bala era menor en proporción al ánima que de costumbre, y se la hacía tomar el rayado sólo por medio del emplasto; un disco en la baqueta impedía que ésta entrara demasiado en el ánima, y que así empujara la bala tan cerca de la carga que la pólvora resultaba aplastada; se redujo la espiralidad de las estrías y se aumentó la carga. El fusil de Wild daba muy buenos resultados hasta más de 500 yardas, con una trayectoria muy tensa; además, permitía disparar más de 100 tiros sin ensuciarse. Fue adoptado en Suiza, Wurtemberg y Baden, pero ahora está, naturalmente, anticuado y superado.  

El más moderno y el mejor fusil construido según el principio de forzamiento es el nuevo fusil reglamentario suizo para tiradores. Esta arma ha adoptado el principio americano de un calibre muy pequeño; su ánima no tiene más de 10,50 milímetros, o 0,42 de pulgada. El cañón mide sólo 28 pulgadas de largo, y tiene ocho estrías planas (una vuelta en 34 pulgadas). La baqueta está provista del disco introducido por Wild. La bala es cilindro-ojival, y muy larga; se la hace bajar a fuerza por medio de un emplasto engrasado. La carga es comparativamente fuerte, y de una pólvora de grano muy grueso. Esta arma ha mostrado los efectos más asombrosos; y en la prueba de varios fusiles hecha recientemente por el gobierno holandés, se halló que su alcance, precisión y tensión de trayectoria eran inigualados. En efecto, a una distancia de 600 yardas, el punto más alto de su trayectoria es sólo de 8 pies y 6 pulgadas, de modo que todo el vuelo, a esa distancia, es espacio peligroso para la caballería, y que incluso para la infantería las últimas 100 yardas de la trayectoria son espacio peligroso; en otras palabras, un error en la apreciación de la distancia de 100 yardas, a 600 yardas de alcance, no impediría que la bala alcanzara un objeto de seis pies de alto. Éste es un resultado que sobrepasa con mucho al de cualquier otro mosquete rayado; los mejores de ellos requieren una elevación que eleva los puntos más altos de la trayectoria, para 600 yardas, a 13 o 20 pies, y reduce el espacio peligroso a entre 60 y 25 yardas. Esta extraordinaria tensión de trayectoria es producto del pequeño calibre del arma, que admite un proyectil muy alargado en forma de perno, y una carga comparativamente potente; con un ánima pequeña, el fusil puede hacerse muy fuerte sin ser tosco, el proyectil puede ser largo sin ser pesado, y la carga puede ser potente, relativamente, sin producir un retroceso demasiado violento. Es cierto que la carga forzada nada tiene que ver con el admirable disparo del arma; en verdad, constituye su único inconveniente, y le impide ser usada como arma general de la infantería. Los suizos, por tanto, la han restringido a sus compañías de tiradores, en cuyas manos, sin duda, responderá extraordinariamente bien.  

En el próximo artículo mostraremos cómo el fusil llegó a convertirse en un arma apta para ser puesta en manos de cada soldado de infantería.  

The Volunteer Journal,  
for Lancashire and Cheshire.  
N.º 11, 17 de noviembre de 1860  

II.  

Delvigne, un oficial francés, fue el iniciador del primer intento de hacer del fusil un arma apta para el uso general de la infantería. Veía claramente que, para lograrlo, la bala debía deslizarse cañón abajo tan fácilmente, o casi tan fácilmente, como la bala de un mosquete de ánima lisa, y, después, debía cambiar de forma para penetrar en las estrías.  

Para obtener este fin, construyó, ya en 1828, un fusil con una recámara en la culata; es decir, que el extremo del ánima en la culata, donde reposa la pólvora, se hizo de un diámetro considerablemente menor que el resto del cañón. Esta recámara fue tomada de los obuses y morteros, que siempre se habían construido así; pero mientras que, en la artillería, servía meramente para mantener bien reunidas las pequeñas cargas usadas para morteros y obuses, respondía a un propósito muy diferente en el fusil de Delvigne. Tras dejar caer la pólvora en la recámara, la bala, más pequeña que el ánima, se hacía rodar tras ella; pero, al llegar al borde de la recámara, no podía pasar más allá, y quedaba apoyada en él; y unos pocos golpes vivos con la baqueta bastaban para forzar el plomo blando de la bala lateralmente hacia las estrías, y para aumentar su diámetro de modo que ajustara apretadamente en el cañón.  

El mayor inconveniente de este sistema era que la bala perdía su forma esférica y quedaba algo aplastada, a consecuencia de lo cual era propensa a perder la rotación lateral que le imprimían las estrías, cosa que perjudicaba considerablemente su precisión. Para remediarlo, Delvigne inventó las balas alargadas...

proyectil alargado (cilindrocónico), y aunque los experimentos con esta clase de proyectiles no fueron al principio muy exitosos en Francia, dieron muy buen resultado en Bélgica, Austria y Cerdeña, países en los cuales el fusil Delvigne, con diversas mejoras, fue entregado a los batallones de cazadores en sustitución del antiguo rifle. Aunque su fusil está hoy día casi en todas partes superado, las mejoras de Delvigne abarcan los dos grandes principios en los que han tenido que apoyarse todos los inventores posteriores. En primer lugar, que en los fusiles de avancarga el proyectil debe bajar con cierta holgura, a fin de permitir una carga fácil, y debe cambiar de forma para entrar en las rayas sólo después de haber sido atacado a fondo con la baqueta; y en segundo lugar, que los proyectiles alargados son los únicos apropiados para los fusiles rayados modernos. Delvigne colocó así de golpe la cuestión sobre sus bases adecuadas, y merece plenamente el nombre de padre del fusil rayado moderno.

Las ventajas del proyectil alargado sobre la bala esférica son numerosas, siempre que se le pueda asegurar su rotación lateral (alrededor de su eje longitudinal), lo cual se logra de manera satisfactoria en casi todos los fusiles rayados modernos. El proyectil alargado ofrece a la resistencia de la atmósfera una sección mucho menor, en proporción a su peso, que la bala esférica. Su punta puede conformarse de modo que reduzca esa resistencia al mínimo. Como un perno o una flecha, hasta cierto punto es sustentado por el aire que tiene debajo. La consecuencia es que pierde mucho menos de su velocidad inicial por la resistencia del aire y que, por consiguiente, alcanza una distancia dada con una trayectoria mucho más rasa (es decir, con una línea de vuelo mucho más peligrosa para el enemigo) que cualquier bala redonda del mismo diámetro.

Otra ventaja consiste en que el proyectil alargado presenta una superficie de contacto mucho mayor a las paredes del cañón que la bala redonda. Esto hace que aquél tome el rayado mucho mejor y, por tanto, permite un paso del rayado más reducido lo mismo que una menor profundidad de las rayas. Ambas circunstancias facilitan la limpieza del arma y al mismo tiempo permiten el empleo de cargas completas sin aumentar el retroceso del fusil.

Y, en fin, como el peso del proyectil alargado es mucho mayor que el de la bala redonda, se sigue de ahí que el calibre, o diámetro del ánima, del fusil puede reducirse considerablemente, permaneciendo todavía capaz de disparar un proyectil de igual peso que la antigua bala redonda. Ahora bien, si se considera el peso del antiguo mosquete de ánima lisa y el de su bala como los pesos normales, un fusil para proyectil alargado de este peso puede hacerse más fuerte que el antiguo mosquete en la misma proporción en que se haya reducido el ánima, y no excederá, sin embargo, el peso del antiguo mosquete. Siendo el fusil más fuerte, soportará tanto mejor la carga; tendrá menos retroceso y, en consecuencia, el ánima reducida admitirá cargas relativamente más fuertes, con lo que se asegurará una mayor velocidad inicial y, por tanto, una línea de vuelo más rasa.

La siguiente mejora fue realizada por otro oficial francés, el coronel Thouvenin. Él percibió claramente el inconveniente de dejar el proyectil, mientras era empujado a golpes dentro de las rayas, apoyado en un resalte circular que tocaba sus bordes. Por lo tanto, suprimió los bordes de la recámara, mandrinando toda el ánima a un diámetro uniforme como hasta entonces. En el centro del tornillo que cierra la recámara, fijó una corta y fuerte espiga o tetón de acero que penetraba en el ánima y alrededor del cual debía caer la pólvora; sobre la parte superior roma de este tetón debía apoyarse el proyectil mientras la baqueta lo martilleaba introduciéndolo en las rayas. Las ventajas de este sistema eran considerables. La expansión del proyectil, por los golpes de la baqueta, era mucho más regular que en los fusiles Delvigne. El arma podía permitirse una holgura mayor, lo que facilitaba la carga. Los resultados obtenidos con él fueron tan satisfactorios que ya en 1846 los cazadores a pie franceses fueron armados con fusiles Thouvenin; siguieron los zuavos y demás infantería ligera de África; y como se comprobó que los viejos mosquetes de ánima lisa podían, con poco gasto, transformarse en fusiles Thouvenin, todas las carabinas de la artillería de a pie francesa fueron modificadas de acuerdo con ello. Los fusileros prusianos se armaron con el fusil Thouvenin en 1847; los de Baviera en 1848; y la mayoría de los pequeños Estados del norte de Alemania siguieron el ejemplo, armando en algunos casos incluso a partes de la infantería de línea con esta excelente arma. En todos estos fusiles se advierte una cierta aproximación a la unidad de sistema, pese a todas sus variaciones en cuanto a calibre, etc.; el número de rayas se reduce (por lo común a 4) y el paso de las mismas va, en general, de media vuelta a una vuelta completa en toda la longitud del cañón.

Sin embargo, el fusil Thouvenin tenía sus inconvenientes. La fuerza necesaria para introducir lateralmente, a golpes repetidos, el plomo del proyectil en las rayas era incompatible con la longitud de cañón que el mosquete común de la infantería de línea debe poseer siempre como mango efectivo para la bayoneta. Era, además, muy difícil para los tiradores, arrastrándose o arrodillados, aplicar esa fuerza. La resistencia que oponía a la fuerza explosiva el proyectil, encajado a la fuerza en las rayas justo delante de la pólvora, aumenta el retroceso, y con ello restringe el fusil a una carga relativamente pequeña. Finalmente, el tetón constituye siempre una complicación indeseable del arma; hace que la limpieza del espacio que lo rodea sea muy difícil y es propenso a desajustarse.

Así, el principio de comprimir el proyectil por golpes de la baqueta daba, para aquel momento, resultados muy satisfactorios en el sistema de Delvigne, y resultados mejores, a su vez, en el de Thouvenin. Sin embargo, no pudo afirmar su superioridad, como arma para el uso general de la infantería, sobre el antiguo fusil de ánima lisa. Había que recurrir a otros principios antes de que pudiera producirse un fusil apto para las manos de cualquier soldado; y de ellos hablaremos en un artículo sucesivo.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nr. 14, 8. Dezember 1860

MI.

Delvigne, cuyo fusil describimos en el artículo precedente, encontró aconsejable ahuecar sus balas alargadas por la base, a fin de reducir su peso hasta algo semejante al de la antigua bala esférica. Aunque pronto descubrió que este proyectil hueco era incompatible con el sistema de expandir la bala por medio de golpes mecánicos, sus experimentos bastaron para probarle que el gas desarrollado por la explosión, al entrar en la cavidad formada en la bala, tenía tendencia a expandir las paredes de esta porción hueca, de modo que la bala se ajustara exactamente al cañón y tomara el rayado.

Fue este descubrimiento el que retomó en 1849 el entonces capitán Minié. Suprimió por completo el tetón o pilar del fondo del ánima y devolvió al fusil la sencillez que había poseído antes de Delvigne y Thouvenin, confiando por entero en la acción expansiva de la explosión sobre la porción hueca de su bala. Esta bala era cilindro-ojival, con dos acanaladuras anulares alrededor de la parte cilíndrica,* y estaba ahuecada cónicamente por la base; un tapón de hierro hueco en forma de copa (culot) cerraba la porción hueca, y era empujado dentro de ella por la fuerza de la explosión, expandiendo así eficazmente el plomo. La bala tenía la holgura suficiente para bajar con facilidad, incluso envuelta en el cartucho de papel engrasado.

Aquí tenemos, pues, al fin un fusil y una bala construidos sobre principios que permiten dar esta arma a todo soldado de infantería. La nueva arma se carga con la misma facilidad que el mosquete de ánima lisa y produce un efecto muy superior al del antiguo rifle, al que iguala en precisión pero excede con mucho en alcance. El fusil con bala de expansión es indudablemente —de todas las armas de avancarga— la mejor para uso general, así como para tiradores de primera, y debe a esta circunstancia su gran éxito, su adopción en tantos servicios y los numerosos intentos que se han hecho para mejorar la forma del proyectil o el rayado del fusil. La bala Minié, a consecuencia de su ahuecamiento, puede hacerse poco más pesada que la antigua bala redonda del mismo calibre; al estar la bala suelta sobre la pólvora, y expandiéndose sólo gradualmente al pasar por el cañón, el retroceso es mucho menor que con el fusil antiguo o con los fusiles Delvigne y Thouvenin, en todos los cuales el proyectil queda fuertemente encajado en el cañón, y tiene que ser expulsado por toda la fuerza de la explosión; en consecuencia, el fusil Minié puede emplear una carga relativamente más fuerte. Las rayas tienen que hacerse muy superficiales, lo que facilita la limpieza del cañón; la longitud de eje en que se completa una vuelta entera de las rayas tiene que ser bastante grande, por lo cual el número de rotaciones, y también el rozamiento con el aire (que tiene lugar a cada rotación), disminuye, con lo que se conserva mejor la velocidad inicial. La base hueca del proyectil desplaza además su centro de gravedad más hacia adelante; y todas estas circunstancias se combinan para producir una trayectoria comparativamente rasa.

La adopción general del fusil Minié se debió, en realidad, a otra circunstancia: a que, mediante un procedimiento muy sencillo, todos los viejos mosquetes de ánima lisa podían ser transformados en fusiles rayados aptos para balas Minié. Cuando la guerra de Crimea hizo deseable en Prusia que toda la infantería fuese armada de inmediato con mosquetes rayados, y aún no se había fabricado el número necesario de fusiles de aguja, 300.000 viejos mosquetes fueron rayados y puestos en condiciones de usar munición Minié en menos de un año.

El Gobierno francés fue el primero en armar algunos batallones con los fusiles Minié; pero las rayas eran progresivas, es decir, eran más profundas en la recámara que en la boca, de modo que todo el plomo que había entrado en las rayas en la recámara volvía a ser comprimido por el estrechamiento progresivo de las rayas durante su recorrido por el cañón, mientras al mismo tiempo continuaba actuando desde dentro la fuerza expansiva de la pólvora. Así se creaba una fricción tal que muy a menudo la punta sólida del proyectil se desgarraba y salía del cañón mientras la base hueca permanecía encajada en las rayas. Este y otros defectos indujeron al Gobierno a renunciar a todo nuevo intento de introducir el fusil Minié.

En Inglaterra, ya en 1851, se construyeron 28.000 de estos fusiles, semejantes a los ensayados en Francia; las balas eran ligeramente cónicas, con punta ojival, con un tapón hueco redondo y sin acanaladuras, pues se pensaba comprimirlas. Los resultados fueron muy insatisfactorios, principalmente a causa de la forma de la bala; hasta que en 1852 se hicieron nuevos experimentos de los cuales, finalmente, surgieron el fusil y las balas Enfield, a los que se aludirá de nuevo más adelante. El fusil Enfield no es más que una de las modificaciones del Minié. Desde 1854 ha sustituido definitivamente a todos los mosquetes de ánima lisa en el ejército británico.

En Bélgica, el fusil Minié, con ligeras modificaciones, ha sido adoptado desde 1854 para los cazadores, y últimamente también para la línea.

En España, en 1853, los fusiles recibieron el Minié, el cual desde entonces se ha dado también a la línea.

En Prusia, en 1855-56, el fusil Minié fue dado provisionalmente a la línea, como se ha dicho antes. Ha sido desde entonces completamente sustituido por el fusil de aguja.

* Estas acanaladuras (cannelures) habían sido inventadas por Tamisier, otro oficial francés. Además de reducir el peso de la bala y el rozamiento en el cañón, se comprobó que estabilizaban el proyectil en el aire, de modo semejante a las aletas de una flecha, y reducían así la trayectoria.

En los Estados alemanes más pequeños se adoptó asimismo el fusil Minié, con muy pocas excepciones.

En Suiza, el fusil Prélat, destinado a armar a toda la infantería, con excepción de los cazadores, no es sino una modificación del Minié.

Y en Rusia, por último, el gobierno se ocupa ahora mismo en reemplazar los viejos mosquetes de ánima lisa por fusiles Minié de un modelo muy bueno.

En casi todos estos países el número, la profundidad y el paso de las estrías, así como la forma de la bala, han experimentado diversas modificaciones de detalle, de las cuales describiremos las más importantes en nuestro próximo artículo.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nº 15, 15 de diciembre de 1860

IV.

Recapitulemos nuevamente el principio del sistema Minié: Un mosquete rayado, de estrías poco profundas, se carga con una bala alargada, cuyo diámetro es tanto menor que el del ánima, que se desliza con facilidad. Esta bala está ahuecada por su base, es decir, por el extremo que apoya sobre la pólvora. Al disparar, el gas súbitamente producido por la explosión penetra en esa parte hueca y, mediante su presión contra las paredes comparativamente delgadas, expande el plomo hasta hacerlo ajustar al ánima e incrustarse en las estrías; la bala, por tanto, tiene que seguir el giro de esas estrías y conservar la rotación lateral característica de todas las balas de fusil rayado. Tal es el principio, la parte esencial, en todos los diferentes fusiles que disparan balas de expansión; y es común a todos ellos. Pero en las cuestiones de detalle, diversos inventores han introducido numerosas modificaciones.

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Friedrich Engels

Historia del fusil – V.

El propio Minié adoptó el tapón. Tal tapón era un pequeño trozo redondo de chapa de hierro, en forma de cubeta, introducido a presión en la boca de la parte hueca de la bala. Se pretendía que la explosión lo empujara más profundamente en la oquedad y contribuyera así a hacer más segura la expansión del proyectil. Pronto se advirtió, sin embargo, que este tapón en forma de cubeta presentaba graves inconvenientes. Se separaba muy a menudo de la bala al salir por la boca del cañón y, en su irregular trayectoria, hería a veces levemente a tropas de la propia partida de tiradores situadas un poco más adelante, a los lados. En ocasiones, al ser introducido a presión en el plomo, se volcaba, provocando una expansión irregular y con ello una desviación del disparo respecto de la línea de mira. Una vez probado que la expansión del proyectil podía obtenerse sin tapón alguno, se hicieron experimentos para fijar la forma más adecuada de una bala de expansión sin tapón. Parece haber sido el capitán prusiano Neindorff el primero en proponer semejante bala (en 1852). La oquedad de este proyectil es cilíndrica, pero ensanchada hacia la base en forma de embudo. Esta bala dio muy buenos resultados en alcance y precisión; pronto se constató, sin embargo, que el tapón cumplía otro fin, además del de expansión: preservaba las delgadas paredes de la bala hueca de aplastarse durante el transporte y las manipulaciones bruscas; las balas de Neindorff, en cambio, se deformaban durante el transporte y daban entonces resultados muy malos. Por eso, en la mayoría de los ejércitos alemanes se mantuvo el tapón hueco de hierro, pero se le dio una forma alargada y puntiaguda, de pan de azúcar, y después respondió muy bien, sin volcarse nunca y casi sin desprenderse de la bala de plomo. La bala Enfield, como es sabido, lleva un tapón de madera maciza.

En algunos Estados, sin embargo, prosiguieron los experimentos con balas sin tapón y se adoptaron tales balas para el servicio. Fue el caso en Bélgica, Francia, Suiza y Baviera. El objetivo principal de todos estos ensayos era fijar una forma para la parte hueca de la bala que impidiera el aplastamiento sin impedir la expansión. Así, la oquedad se configuró en forma de campana (Timmerhans, en Bélgica), de prisma triangular (Nessler, en Francia), con sección en cruz (Ploennies, en Darmstadt), etc. Pero parece casi imposible reunir los dos elementos, solidez y capacidad de expansión, en cualquier modificación de un proyectil de expansión sin tapón. El nuevo proyectil bávaro (del comandante Podewils), que tiene una oquedad cilíndrica lisa y paredes muy robustas, parece ser, hasta ahora, el que mejor responde.

En los países donde los antiguos mosquetes de ánima lisa fueron rayados para utilizar balas Minié, el gran calibre del viejo mosquete se convirtió, naturalmente, en forzoso. Pero allí donde se dotó al ejército de fusiles enteramente nuevos, el calibre se redujo considerablemente, por consideraciones a las que aludimos en un artículo anterior. El fusil inglés Enfield tiene un calibre de 14,68 milímetros; el fusil de la Alemania del Sur (adoptado en Wurtemberg, Baviera, Baden y Hesse-Darmstadt) de 13,9 mm. Solamente los franceses, en sus fusiles para la guardia, conservaron el calibre de sus mosquetes de ánima lisa (17,80 mm).

El fusil Enfield es un ejemplar muy aceptable del sistema de expansión. Su calibre es lo bastante pequeño como para admitir una bala de doble longitud que su diámetro y, aun así, no más pesada que la vieja bala redonda de mosquete. Su manufactura es muy buena, superior a la de casi todos los fusiles que se entregan a las tropas continentales. La bala tiene muy buenas proporciones; contra el tapón de madera se objeta que puede hincharse, aumentando el diámetro del proyectil, o contraerse y entonces caerse; pero entendemos que esas objeciones son fútiles. Si la hinchazón del tapón presentase algún inconveniente, se habría advertido hace tiempo; y en caso de contracción, la confección del cartucho impide que se caiga. Los resultados obtenidos con el fusil Enfield están más o menos a la par con los de los mejores fusiles de expansión continentales.

Las objeciones contra el Enfield, en cuanto fusil de balas de expansión, son estas: que el calibre podría ser aún menor, dando una bala más larga para el mismo peso y un cañón más resistente con igual peso; que está probado que cinco estrías son mejores que tres; que el cañón del Enfield largo, por lo menos, es demasiado delicado hacia la boca para ser utilizado como soporte de una bayoneta; y que la bala, al carecer de acanaladuras anulares, tiene que sufrir una enorme cantidad de fricción dentro del cañón, corriendo con ello el riesgo de que la punta maciza se desgarre mientras la parte anular hueca se atasca en las estrías.

Cambiar el calibre es asunto muy serio; y sin ello resultará muy difícil dar más solidez al extremo de la boca del cañón. Esta nos parece la objeción más grave. Todas las demás objeciones parecen de poca monta; el número de estrías y la forma de la bala pueden alterarse en cualquier momento sin inconveniente; y aun tal como está, el Enfield se ha mostrado como un arma de guerra muy útil.

Por ahora, solo hemos comparado el Enfield con aquellos fusiles que emplean balas de expansión; la comparación con fusiles basados en principios diferentes debemos reservarla para ocasión futura, cuando hayamos examinado las otras diversas construcciones hoy en uso.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nº 17, 29 de diciembre de 1860

V.

En 1852, un armero inglés, míster Wilkinson, y un oficial de artillería austriaco, el capitán Lorenz, simultánea pero independientemente uno del otro, inventaron otro método para que una bala alargada de ajuste holgado aumentase su diámetro por la fuerza de la explosión, a fin de ajustarse estrechamente al ánima y seguir el giro de las estrías. Este método consistía en hacer que la explosión comprimiera la bala longitudinalmente, en vez de expandirla.

Tómese una pelota blanda o elástica, colóquese sobre una mesa y hágase saltar con un golpe seco de la mano. El primer efecto del golpe, incluso antes de que la pelota se ponga en movimiento, será una alteración de su forma. Por ligera que sea, el peso de la pelota ofrece resistencia bastante para achatarse por el lado donde recibe el golpe; se comprime en una dirección y, en consecuencia, su tamaño tiene que aumentar en otra dirección, de modo parecido a lo que ocurre cuando se la aplana por completo. Tal como el golpe actúa sobre la pelota elástica, así se esperaba que la explosión de la pólvora actuase sobre la bala de compresión de Lorenz y Wilkinson. El peso, la vis inertiae de la bala, se convierte en el medio mediante el cual, por su resistencia a la fuerza de la explosión, la bala se comprime longitudinalmente y se hace así más gruesa lateralmente; cuando el proyectil sale, es más corto y más grueso que cuando se introdujo.

Una bala alargada de plomo macizo, para ofrecer resistencia suficiente y, por tanto, para ser lo bastante comprimida como para tomar las estrías, tendría que ser muy pesada; en otras palabras, muy larga en proporción a su grueso. Incluso con un calibre pequeño, semejante bala resultaría demasiado pesada para la guerra, pues los hombres irían sobrecargados de munición si llevaran el número habitual de cartuchos. Para remediarlo se practican dos profundas acanaladuras anulares en la parte cilíndrica de la bala. Tómese una bala Enfield, quítesele el tapón, llénese la cavidad con plomo fundido y, una vez frío, córtense estas dos acanaladuras, próximas entre sí y próximas al extremo plano, en la parte cilíndrica del proyectil, dejando los tres restantes segmentos de la bala ensartados, por así decirlo, en un eje común de plomo macizo. La bala se compondrá entonces de dos conos truncados muy chatos, con la punta hacia adelante, y de la pesada punta maciza, todos ellos sólidamente unidos entre sí. Esta bala servirá como bala de compresión. La resistencia contra la explosión la ofrecerá la parte anterior pesada o punta de la bala; la cabeza del cono trasero será empujada, por la fuerza de la pólvora, contra la base del cono situado delante de él, cuya cabeza, a su vez, será empujada contra el extremo posterior de la punta; y de este modo, el proyectil, acortado y comprimido en la dirección de su longitud, se volverá tanto más grueso que cerrará por todos lados contra el ánima y tomará el rayado.

De esto se desprende que la punta maciza es la porción principal de la bala de compresión. Cuanto más larga y pesada sea, mayor resistencia ofrecerá y, en consecuencia, más seguro será el efecto de compresión de la explosión. Mientras el calibre del fusil sea pequeño, digamos más bien menor que el del Enfield, será posible hacer balas de compresión que no sean más pesadas de metal que las balas de expansión; pero con el calibre crece la superficie de la base de la bala, o, en otras palabras, la superficie expuesta a la acción inmediata de la pólvora; y esta es la causa de que, con calibres grandes, las balas de compresión resulten por siempre demasiado pesadas para servicio alguno; de lo contrario, la fuerza de la explosión, al vencer la resistencia de la bala, la arrojaría fuera del cañón antes de que tuviera tiempo de comprimirse correctamente. Los mosquetes de gran calibre y ánima lisa pueden, por tanto, transformarse en fusiles rayados para bala de expansión, pero nunca servirán para balas de compresión.

Con calibres pequeños y estrías planas, el sistema de compresión da excelentes resultados. La posición adelantada del centro de gravedad favorece mucho una trayectoria tensa. La bala de compresión tiene todas las ventajas del sistema de expansión en lo que respecta a la facilidad y rapidez de carga y a la pequeñez del retroceso. La bala es maciza y soporta bastante bien el transporte y el trato rudo; su forma permite que se la prense en vez de colarla. El único inconveniente es que exige un huelgo muy pequeño, de no más de 0,01 pulgadas aproximadamente, y una gran regularidad tanto en el calibre de los ánimas como en el de las balas, pues es evidente que el efecto compresivo no aumenta la circunferencia del proyectil ni con mucho tanto como el efecto expansivo; por consiguiente, con un huelgo mayor o con cañones viejos, sería dudoso que la bala se comprimiera lo suficiente para tomar las estrías. Pero este huelgo pequeño no es un gran inconveniente, ya que muchos fusiles con bala de expansión no tienen mayor huelgo (también el Enfield, por ejemplo, tiene sólo 0,01 pulgadas), y hoy no hay dificultad en construir tanto cañones como balas de dimensiones muy exactas y regulares.

El ejército austriaco ha adoptado la bala de compresión para toda la infantería. El calibre es pequeño: 13,9 milímetros, o 0,546 pulgadas (0,031 menos que el Enfield); el cañón tiene cuatro estrías muy planas (un número par de estrías, aunque decididamente objetable en los fusiles de expansión, da mejor resultado en los de compresión que un número impar), con una vuelta en unos seis pies y seis pulgadas (casi lo mismo que el Enfield). La bala pesa alrededor de 480 grains (50 grains menos que el Enfield) y la carga es 1/6 de su peso (en el Enfield, aproximadamente 1/8 del peso de la bala). Esta arma hizo sus pruebas en la campaña de Italia de 1859, y el gran número de soldados franceses, y especialmente de oficiales, que sucumbieron a ella, atestigua su excelencia. Tiene una trayectoria considerablemente más tensa que el Enfield, lo que se debe a la carga proporcionalmente más fuerte, al menor calibre que produce un proyectil más alargado y, tal vez, a la acción de las dos hendiduras anulares.

Sajonia, Hannover y uno o dos pequeños Estados alemanes han adoptado también, para su infantería ligera, fusiles que disparan balas de compresión construidas según el principio de Lorenz.

En Suiza, además del fusil de tirador mencionado antes, se ha adoptado un fusil del mismo calibre (10,51 milímetros o 0,413 pulgadas, 0,164 menor que el Enfield) para bala de compresión. Este fusil es usado por las compañías ligeras de los batallones de infantería. La bala es del modelo de Lorenz, y los resultados que da este fusil en tensión de la trayectoria, alcance y precisión lo sitúan sólo por debajo del fusil de tiradores suizos arriba aludido, cuya bala, encajada a la antigua usanza, tiene la trayectoria más tensa de cuantos fusiles se conocen. A 500 yardas, la bala de compresión suiza disparada con este fusil proporciona un espacio peligroso de 130 yardas!*

Hasta ahora, no cabe duda de que el sistema de compresión ha dado mejores resultados que el sistema de expansión, ya que hasta el momento ha producido ciertamente la trayectoria más tensa. Sin embargo, es igualmente indudable que esto no se debe al sistema en sí, sino a otras causas, entre las cuales la pequeñez del calibre es la principal. Con un calibre igualmente pequeño, la bala de expansión debe producir una línea de vuelo tan tensa como la de su competidor, hasta ahora más exitoso. Esto se hará pronto evidente. Los fusiles de los cuatro Estados del sudoeste de Alemania (Baviera, etc.) tienen el mismo calibre que los de Austria, de modo que en caso necesario pueden emplear munición austriaca, y viceversa. Pero, al adoptar el mismo diámetro de ánima, todos ellos han adoptado balas de expansión; y las tablas de ejercicios de ambas clases de proyectiles ofrecerán así una prueba imparcial de los méritos de cada una. Si, como esperamos, la bala de expansión diera entonces resultados tan buenos como su competidora, merecería la preferencia; porque —1º— está más segura de tomar las estrías en cualquier circunstancia; —2º— puede hacerse más ligera, a igualdad de calibre, que la bala de compresión; y —3º— resulta menos afectada por el ensanchamiento del ánima que se produce en todos los cañones de fusil después de haber estado en uso cierto tiempo.

* Por espacio peligroso se entiende aquella parte de la trayectoria de una bala en la cual ésta nunca pasa de la altura de un hombre, digamos seis pies. Así, en este ejemplo, un disparo apuntado a la base de un blanco de seis pies de alto, situado a 500 yardas, alcanzaría cualquier objeto de seis pies de altura que se encontrase en la línea de mira a una distancia entre 370 y 500 yardas del tirador. En otras palabras, con el alza para 500 yardas, se puede cometer un error de 130 yardas al estimar la distancia del objeto, y el objeto será alcanzado, siempre que se haya tomado bien la línea de mira.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Nr. 18, 5. Januar 1861

VI.

Todos los fusiles que hemos descrito hasta ahora eran de avancarga. Sin embargo, ha habido en tiempos pasados gran cantidad de armas de fuego que se cargaban por la recámara. La carga por la recámara en los cañones precedió a la avancarga; y la mayoría de las viejas armerías contienen fusiles y pistolas de dos o trescientos años de antigüedad con una recámara movible, en la cual se podía introducir la carga sin hacerla pasar por el cañón con la baqueta. La gran dificultad consistió siempre en unir la recámara movible al cañón de tal modo que pudiera separarse y volverse a montar con facilidad, y que el modo de asegurarla fuera bastante sólido para resistir la explosión. Con los deficientes recursos mecánicos de aquellas épocas, no era de extrañar que estos dos requisitos no pudieran combinarse. O las piezas que fijaban la recámara al cañón carecían de solidez y durabilidad, o el proceso de quitarla y volver a colocarla era terriblemente lento. No es de extrañar, pues, que estas armas fueran desechadas, que la avancarga hiciera su trabajo con más rapidez y que la baqueta reinara soberana.

Cuando en los tiempos modernos los militares y los armeros se empeñaron en construir un arma de fuego que combinara la carga rápida y fácil del antiguo mosquete con el alcance y la precisión del fusil rayado, era natural que se volviera a prestar atención a la carga por la recámara. Con un sistema adecuado de fijar la recámara, todas las dificultades quedaban superadas. El proyectil, un poco mayor en diámetro que el ánima, podía colocarse entonces, junto con la carga, en la recámara, y al ser impulsado por la explosión se comprimiría a lo largo del ánima, llenaría las estrías con el sobrante de plomo, tomaría el rayado y excluiría toda posibilidad de huelgo. La única dificultad era el modo de fijar la recámara. Pero lo que era imposible en los siglos XVI y XVII no tiene por qué ser desesperado ahora.

Las grandes ventajas de un arma de retrocarga, suponiendo superada esa dificultad, saltan a la vista. El tiempo necesario para la carga se reduce considerablemente. Nada de sacar, dar vuelta y volver a meter la baqueta. Un movimiento abre la recámara, otro coloca el cartucho en su sitio, un tercero cierra de nuevo la recámara. Un fuego rápido de guerrillas o una rápida sucesión de descargas, tan importantes en muchas circunstancias decisivas, quedan así garantizados en un grado que ninguna arma de avancarga puede igualar.

Con todas las armas de avancarga, el arte de cargar se dificulta en cuanto el soldado, en guerrilla, se arrodilla o se tiende detrás de algún objeto cubriente. Si permanece al abrigo, no puede mantener el fusil en posición vertical, y gran parte de la carga se pegará a las paredes del ánima al bajar; si mantiene el fusil derecho, tiene que exponerse. Con un arma de retrocarga puede cargar en cualquier posición, incluso sin apartar la vista del enemigo, pues puede cargar sin mirar el fusil. En línea puede cargar mientras avanza; lanzar descarga tras descarga durante el avance y llegar aún sobre el enemigo con el fusil siempre cargado. La bala puede ser de la construcción más sencilla, perfectamente maciza, y nunca correrá ninguno de los riesgos por los cuales tanto las balas de compresión como las de expansión dejan de tomar las estrías o experimentan otros accidentes desagradables. La limpieza del fusil queda extraordinariamente facilitada. La recámara, o sea la parte donde se alojan la pólvora y la bala, que es la que más expuesta está a la suciedad, queda aquí completamente al descubierto, y el cañón o tubo, abierto por ambos extremos, puede ser inspeccionado y limpiado a la perfección con facilidad. Las piezas de la recámara, al tener que ser necesariamente muy pesadas —pues de lo contrario no resistirían la explosión—, acercan el centro de gravedad del fusil al hombro, facilitando así una puntería firme.

Hemos visto que la única dificultad consistía en el cierre adecuado de la recámara. No puede caber duda de que esta dificultad ha sido completamente superada. El número de armas de retrocarga aparecidas en los últimos veinte años es asombroso, y algunas de ellas, por lo menos, satisfacen todas las expectativas razonables, tanto en cuanto a la eficacia y solidez del mecanismo de retrocarga, como en cuanto a la facilidad y rapidez con que la recámara puede ajustarse y desajustarse. Sin embargo, como armas de guerra hay actualmente en uso sólo tres sistemas diferentes.

El primero es el fusil que ahora utiliza la infantería en Suecia y Noruega. El mecanismo de retrocarga parece ser suficientemente manuable y sólido. La carga se inflama mediante una cápsula fulminante, y tanto el martillo como el pistón están situados en la parte inferior de la pieza de la recámara. De los resultados prácticos de este fusil no hemos podido obtener pormenores.

El segundo es el revólver. El revólver, lo mismo que el fusil, es un invento alemán muy antiguo. Hace siglos ya se fabricaban pistolas con varios cañones, provistas de un mecanismo giratorio que, después de cada disparo, hacía girar un nuevo cañón hasta la posición requerida para la acción de la llave sobre él. En América, el coronel Colt retomó la idea. Separó las recámaras de los cañones, de modo que un solo cañón servía para todas las recámaras giratorias, haciendo así el arma de retrocarga. Como la mayoría de nuestros lectores habrán manejado una de estas pistolas de Colt, será innecesario describirlas; además, la naturaleza complicada del mecanismo haría imposible cualquier descripción detallada sin diagramas. Esta arma se dispara con cápsulas fulminantes; y la bala redonda, algo mayor que el ánima del cañón, toma las estrías al ser comprimida a través de él. Al popularizarse el invento de Colt, se inventaron gran número de armas giratorias pequeñas, pero sólo Deane y Adams lo han simplificado y mejorado realmente como arma de guerra. A pesar de todo, el conjunto es extremadamente complicado y aplicable, para fines de guerra, únicamente a pistolas. Pero, con algunas mejoras, este revólver se convertirá en artículo de primera necesidad para toda la caballería y para los marineros en los abordajes, mientras que para la artillería será mucho más útil que cualquier carabina. Tal como es ahora, sus efectos a corta distancia son terribles; y no sólo la caballería americana ha sido dotada de ellos, sino que también han sido introducidos en las marinas británica, americana, francesa, rusa y otras.

El fusil sueco, así como el revólver, se disparan desde fuera mediante cápsulas fulminantes comunes. La tercera clase de armas de retrocarga, el tan cacareado fusil de aguja prusiano, prescinde enteramente incluso de ellas; la carga se inflama desde dentro.

El fusil de aguja fue inventado por un civil, el Sr. Dreyse, de Sommerda, en Prussia. Después de haber inventado primero el método de disparar un fusil mediante una aguja que penetra súbitamente en una materia explosiva fijada en el cartucho, completó su invento ya en 1835 construyendo un arma de retrocarga dotada de este mecanismo de disparo por aguja. El Gobierno prusiano compró al punto el secreto y logró guardarlo para sí hasta 1848, en que se hizo público; entretanto, decidió entregar esta arma, en caso de guerra, a toda su infantería, y empezó a fabricar fusiles de aguja. En la actualidad, toda la infantería de línea y la mayor parte de la Landwehr están armadas con él, y toda la caballería ligera está recibiendo en este momento carabinas de aguja de retrocarga.

Del mecanismo de retrocarga diremos solamente que parece el más sencillo, manejable y duradero de todos los que hasta ahora se han propuesto. Se viene probando desde hace años, y el único defecto que se le puede encontrar es que no dura tanto y no aguanta tantos disparos como la recámara fija de un fusil de avancarga. Pero este es un defecto que parece inevitable en todas las armas de retrocarga, y la necesidad de renovar, un poco antes que con las armas antiguas, unas cuantas piezas de la recámara, no puede en modo alguno menoscabar los grandes méritos del arma.

El cartucho contiene bala, pólvora y la composición explosiva, y se introduce, sin abrir, en la recámara, que es ligeramente más ancha que el cañón rayado. Un simple movimiento de la mano cierra la recámara y, al mismo tiempo, arma el fusil. Sin embargo, no hay martillo externo. Detrás de la carga, en un cilindro hueco de hierro, reposa una fuerte aguja de acero puntiaguda, accionada por un muelle espiral. El amartillado consiste simplemente en retraer, comprimir y sujetar este muelle; al tirar del disparador, el muelle se suelta, enviando de inmediato la aguja hacia adelante contra el cartucho, que perfora, haciendo explotar instantáneamente la composición explosiva y disparando así la carga. De este modo, cargar y disparar con este fusil se compone de cinco movimientos únicamente: abrir la recámara, colocar el cartucho en ella, cerrar la recámara, apuntar y disparar. No es extraño que con un fusil así se puedan hacer cinco disparos bien dirigidos por minuto.

Los proyectiles que se emplearon al principio para el fusil de aguja tenían una forma muy desfavorable y producían, por consiguiente, una trayectoria muy elevada. Este defecto ha sido corregido recientemente con mucho éxito. La bala es ahora mucho más larga y tiene la forma de una bellota sacada de su cúpula. Su diámetro es considerablemente menor que el del ánima; su extremo posterior va encajado en una especie de cazoleta de un material blando, para darle el espesor necesario. Esta cazoleta se adhiere a la bala mientras está en el cañón, toma el rayado y confiere así al proyectil la rotación lateral, al mismo tiempo que reduce considerablemente el rozamiento en el cañón y suprime todo huelgo. La práctica del fusil ha mejorado tanto con esto que la misma alza que antes servía para 600 pasos (500 yardas), sirve ahora para 900 (750 yardas); una reducción enorme de la trayectoria, ciertamente.

Nada más lejos de la verdad que el fusil de aguja sea de construcción muy complicada. Las piezas que componen el aparato de retrocarga y la llave de aguja no sólo son mucho menos numerosas, sino también mucho más sólidas que las que constituyen una llave de percusión común, que nadie considera demasiado intrincada para la guerra y el uso rudo. Además, mientras que desarmar una llave de percusión común es un asunto que requiere bastante tiempo y diversos instrumentos, una llave de aguja puede desarmarse y volverse a armar en un tiempo increíblemente corto y sin más instrumentos que los diez dedos del soldado. La única pieza susceptible de romperse es la aguja misma. Pero cada soldado lleva una aguja de repuesto, que puede colocar en la llave inmediatamente, sin necesidad de desarmarla, e incluso durante un combate. También se nos informa de que el Sr. Dreyse ha hecho muy improbable que se rompa la aguja mediante un perfeccionamiento de la llave que hace que la aguja vuelva a su posición protegida tan pronto como ha cumplido su labor de inflamar la carga.

La trayectoria del actual fusil de aguja prusiano será aproximadamente la misma que la del fusil Enfield; su calibre es un poco mayor que el del Enfield. Con una reducción del calibre al del fusil austriaco o, mejor aún, al del fusil de los tiradores suizos, no hay duda de que igualaría a cualquiera de estas armas en alcance, precisión y tensión de la trayectoria, manteniendo todas sus demás enormes ventajas. El mecanismo de retrocarga podría incluso hacerse mucho más sólido que ahora, y el centro de gravedad del fusil quedaría más cerca aún del hombro del soldado que apunta.

La introducción en un ejército de un arma capaz de un fuego tan rápido dará lugar necesariamente a muchas especulaciones sobre los cambios tácticos que ello producirá, especialmente entre gentes tan inclinadas a las especulaciones como los alemanes del Norte. Han sido interminables las controversias sobre la supuesta revolución en la táctica que iba a producir el fusil de aguja. La mayoría del público militar, en Prussia, llegó por fin a la conclusión de que ninguna carga podía hacerse contra un batallón que disparase descargas de fusil de aguja en rápida sucesión, y que, por consiguiente, la bayoneta había pasado a la historia. De haber prevalecido esta necia idea, el fusil de aguja habría acarreado a los prusianos más de una severa derrota. Afortunadamente, la guerra de Italia demostró a todo el que pudo ver que el fuego de los fusiles modernos no es forzosamente tan peligroso para un batallón que carga con denuedo, y el príncipe Frederic Charles of Prussia ha aprovechado la ocasión para recordar a sus camaradas que la defensa pasiva, por bien armada que esté, tiene siempre asegurada la derrota. La marea de la opinión militar ha cambiado. Se vuelve a comprender que son los hombres, y no los mosquetones, quienes han de ganar las batallas; y si la nueva arma ha de introducir algún verdadero cambio en la táctica, será un retorno a un mayor empleo de las líneas desplegadas (allí donde el terreno lo permita), e incluso a esa carga en línea que, después de haber ganado la mayoría de las batallas de Frederic the Great, casi había caído en el olvido para la infantería prusiana.

The Volunteer Journal,  
for Lancashire and Cheshire.  
Nr. 19,12. Januar 1861  

VIL.

Habiendo pasado revista a los diferentes sistemas conforme a los cuales se construyen los diversos fusiles actualmente en uso en los ejércitos europeos, no podemos despedirnos del tema sin decir algunas palabras acerca de un fusil que, aunque no ha sido introducido en ningún servicio, goza de una popularidad bien merecida por su asombrosa precisión a largas distancias. Nos referimos, naturalmente, al fusil Whitworth.

Mr. Whitworth, si no estamos equivocados, reivindica como originales dos principios en la construcción de sus armas de fuego: el ánima hexagonal y el ajuste mecánico del proyectil en el ánima. El ánima, en lugar de tener una sección circular, la tiene hexagonal en toda su longitud, con un paso o vuelta muy pronunciado, como se muestra en la superficie de uno de los proyectiles hexagonales. La bala misma es de un metal duro, se ajusta al ánima lo más perfectamente posible y no se espera que modifique su forma a consecuencia de la explosión, pues sus seis aristas la hacen seguir el giro de las estrías con certeza infalible. Para evitar el huelgo y lubricar el ánima, se coloca una torta o culote de materia grasa entre la pólvora y el proyectil; esta grasa se funde con el calor de la explosión, mientras se desplaza, detrás de la bala, hacia la boca.

Ahora bien, a pesar de los resultados innegablemente excelentes que Mr. Whitworth ha obtenido con su fusil, creemos que este principio es inferior al de la expansión, al de la compresión, o al de la retrocarga con una bala de mayor diámetro que el ánima. Es decir, creemos que un fusil de bala de expansión, o uno de bala de compresión, o uno construido conforme al sistema del fusil de aguja prusiano, batiría a un fusil Whitworth si la mano de obra fuera igualmente buena, el calibre igualmente pequeño y todas las demás circunstancias semejantes. Por muy preciso que sea el ajuste mecánico de Mr. Whitworth, no puede hacerlo tan estrecho como lo hace la modificación de la forma de la bala durante y después de la explosión. En sus fusiles con balas duras existe siempre aquello que un fusil está destinado a evitar radicalmente, a saber: el huelgo y la consiguiente fuga de gas; ni siquiera la grasa que se derrite puede eliminarlo por completo, especialmente en un fusil que, por el uso prolongado, se ha convertido en un fusil de ánima mayor. Hay un límite muy preciso para todo ajuste mecánico en tales casos, y es que el ajuste debe ser lo bastante holgado para que la bala baje fácil y rápidamente, incluso después de un par de docenas de disparos. La consecuencia es que estas balas hexagonales ajustan, en efecto, de manera holgada, y aunque no sabemos exactamente cuál es el volumen del huelgo, el hecho de que bajen con gran facilidad sin grasa alguna y envueltas en un trozo de papel hace probable que no sea mucho menor (si acaso lo es) que el de la bala Enfield, que es de una centésima de pulgada. Mr. Whitworth, al idear este fusil, parece haber tenido principalmente dos ideas rectoras: en primer lugar, eliminar toda posibilidad de que las estrías se carguen; y, en segundo lugar, suprimir todos los accidentes que pueden impedir que una bala cilíndrica tome el rayado —porque impiden que tenga lugar la expansión o la compresión—, adaptando de antemano la forma del ánima y la del proyectil una a otra. La obstrucción de las estrías por partículas de plomo arrancadas de la bala puede presentarse en todos los fusiles con balas de plomo blando; los accidentes que impiden que una bala tome las estrías de la manera correcta pueden presentarse tanto en los fusiles de compresión como en los de expansión, pero no en los de retrocarga basados en el principio prusiano. Pero ninguno de estos inconvenientes es tan grande que no pueda superarse y que, para evitarlos, haya que sacrificar el primer principio en la fabricación de fusiles, a saber: que la bala tome el rayado sin dejar huelgo alguno.

Al decir esto, nos apoyamos en una excelente autoridad, a saber, el propio Mr. Whitworth. Se nos informa de que Mr. Whitworth ha abandonado su principio del ajuste mecánico en lo que se refiere a su fusil, y es indudable que en la actualidad la mayoría de la gente no dispara con su fusil una bala hexagonal dura y maciza, sino una bala cilíndrica de plomo blando. Esta bala está ahuecada en su base de manera similar a la bala Enfield, pero carece de tetón; es muy larga (la una, de 480 grains, tres veces más larga que su diámetro; la otra, de 530 grains, tres veces y media su diámetro) y toma el rayado por efecto de la explosión. Aquí tenemos, pues, que el principio del ajuste mecánico de Mr. Whitworth ha sido por completo abandonado en favor del de la expansión, y el fusil Whitworth se ha convertido en una subespecie del género Minié, tanto como lo fue siempre el Enfield. Queda el ánima hexagonal; ¿y cómo responderá ésta para un fusil de expansión?

El ánima hexagonal tiene, como es natural, seis estrías, y hemos visto que un número par de estrías ha resultado no responder tan bien para las balas de expansión como uno impar, toda vez que no es deseable que dos estrías queden diametralmente opuestas entre sí. Además, las estrías en la mayoría de los fusiles de expan-

Las estrías de los rifles de expansión son muy poco profundas —en el Enfield, por ejemplo, apenas visibles. En el hexágono, la diferencia entre el diámetro del círculo interior (que representa el ánima en general) y el del círculo exterior (trazado a través de las seis esquinas) es de unos 2/13, o poco menos de una sexta parte del primero; o, en otras palabras, el plomo tiene que expandirse casi una sexta parte de su diámetro antes de que pueda ajustarse bien a las esquinas del ánima hexagonal. De aquí se deduciría que el ánima hexagonal, aunque sumamente ingeniosa para el sistema de ajuste mecánico, es quizás la menos apropiada para el sistema de expansión.

Sin embargo, funciona, como lo demuestran los resultados de casi todos los concursos de tiro. ¿Cómo es esto posible, si el Sr. Whitworth ha abandonado el punto esencial de su principio y ahora aplica uno para el cual su rifle no está adaptado?

En primer lugar, está la excelencia de la mano de obra. Es bien sabido que, en lo que respecta a la precisión en los detalles más minuciosos e incluso micrométricos, el Sr. Whitworth no tiene rival. Como sus herramientas de ingeniería, así son sus fusiles: modelos perfectos en la construcción de sus detalles. ¡Contemplad la mira en la boca de sus fusiles y la de cualquier otra clase! No hay punto de comparación: y en fusiles que disparan a 1.000 yardas de distancia, esto constituye una ventaja inmensa.

En segundo lugar, y principalmente: el calibre del fusil Whitworth es de 0,451 pulgadas de ánima mínima (lo que hemos llamado el círculo interior). El Enfield tiene 0,577; el fusil de tiradores suizos, que hemos mencionado más de una vez como el de trayectoria más tensa conocida, tiene 0,413. Ahora fijaos en la diferencia de forma de la bala. La bala de expansión Whitworth de 530 grains es unas tres octavas partes de pulgada más larga que la bala Enfield del mismo peso; mientras que la primera mide aproximadamente tres veces y media su propio diámetro de longitud, la segunda apenas alcanza el doble de su diámetro. Es evidente que una bala del mismo peso y con la misma carga cortará mejor el aire, es decir, dará una trayectoria más tensa si es delgada y larga que si es corta y gruesa. Además, la carga del Enfield es de 68 grains de pólvora; para el Whitworth se utilizan cargas de 60, 70 y 80 grains, pero buenos tiradores que acostumbran a usar este fusil nos han dicho que se requieren 80 grains para que la bala se expanda bien y dé buenos resultados a largas distancias. Tenemos así una carga para el Whitworth que es totalmente una sexta parte más fuerte que para el Enfield, y esa carga actuaría mejor (incluso con el mismo peso), ya que explosiona en un espacio más reducido y actúa sobre una superficie mucho menor de la bala.

Aquí tenemos, pues, otra muestra de la inmensa ventaja de un ánima pequeña, que produce un proyectil largo, delgado y en forma de dardo. Quienquiera de mis lectores que haya seguido atentamente nuestras indagaciones sobre las ventajas de los distintos fusiles, habrá llegado hace tiempo a la conclusión de que la forma de la bala es mucho más importante que el sistema sobre el cual se diseñan el proyectil o el fusil; y que para tener una bala de infante portátil de la mejor forma, necesitamos un ánima pequeña. Esta es la lección que el fusil Whitworth nos enseña una vez más.

También podemos aprender de él que, con un ánima pequeña, la larga y pesada punta de la bala ofrece resistencia suficiente para que la cola hueca se expanda con certeza, sin necesidad de un taco. La bala Whitworth tiene solo una pequeña cavidad en su base y carece de taco; tiene que expandirse al menos tres veces más que cualquier otra bala de expansión; y sin embargo, con 80 grains de pólvora (que el fusil soporta sin demasiado retroceso), toma el rayado de manera más que suficiente.

Que el fusil del Sr. Whitworth llegue a ser algún día un arma de guerra, lo dudamos mucho; es más, creemos que el ánima hexagonal desaparecerá pronto por completo. Si voluntarios que se han convencido prácticamente de la superioridad de tiro del fusil Whitworth en comparación con el actual Enfield han propuesto que se les arme con aquel, ciertamente han exagerado mucho la nota. Consideramos completamente injusto comparar las dos clases de armas. El Whitworth es un arma de lujo, que cuesta al menos el doble de producir que el Enfield. En su estado actual es un arma demasiado delicada para ser puesta en manos de cualquier soldado; pero tomemos, por ejemplo, la delicada mira de la boca, reemplazándola por una apta para el uso rudo, y su precisión a largas distancias se verá considerablemente disminuida. Para armar tanto al ejército como a los voluntarios con el Whitworth, hay que hacer una de dos cosas: o bien el calibre de las armas de porte reglamentarias debe seguir siendo el mismo que ahora, y entonces un Whitworth con el ánima del actual Enfield daría resultados mucho peores que el actual Whitworth, o bien hay que reducir el ánima, digamos a la del actual Whitworth, y entonces es probable que un Enfield con ese ánima reducida, en cuya fabricación se hubiera gastado tanto como en un Whitworth, diera resultados iguales o mejores.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
Núm. 20, 19 de enero de 1861

VIII.

Concluimos con una breve recapitulación de los diferentes sistemas de fusiles hoy en uso y de los principios que podemos considerar establecidos respecto a este arma.

Los diferentes sistemas de fusiles son los siguientes:—

1. El sistema de carga forzada, en el que la bala ajustada y el emplasto son martillados a golpes fuertes de baqueta. Este es el plan más antiguo para hacer que una bala tome el rayado. Hoy se ha abandonado casi universalmente para las armas de guerra; la principal y muy notable excepción es el nuevo fusil de tiradores suizos, que tiene un calibre muy pequeño y un proyectil largo, en forma de dardo, y que proporciona, de todos los fusiles actualmente en uso, la trayectoria más tensa. No está destinado a ser un arma para la masa de la infantería, sino solo para cuerpos selectos, y requiere una carga cuidadosa para dar los altamente favorables resultados que lo distinguen sobre todos los demás fusiles conocidos.

2. El sistema de aplastar la bala de ajuste holgado contra algún obstáculo en el fondo de la recámara (ya sea el reborde de una recámara que se estrecha –Delvigne– o una espiga colocada en el centro de la recámara –Thouvenin) y empujarla así contra las estrías. Este plan, muy favorecido durante un tiempo, está siendo ahora más o menos superado por los sistemas siguientes. Observemos, al mismo tiempo, que requiere un calibre bastante grande, pues de lo contrario la recámara se vuelve demasiado estrecha.

3. El sistema de expansión, en el que el proyectil alargado, de ajuste holgado, está hueco por la base y el gas generado por la explosión penetra en la cavidad y la hincha, por así decirlo, en un grado suficiente para que la bala ajuste al ánima y tome el rayado. Este sistema goza ahora de favor general y aún es susceptible de grandes perfeccionamientos, como lo ha demostrado últimamente el excelente resultado obtenido por el Sr. Whitworth con su fusil desde que adoptó el principio de expansión.

4. El sistema de compresión, en el cual el mismo resultado se obtiene dotando a las balas de profundas escotaduras circulares que permiten que la fuerza explosiva, contrarrestada por el peso de la pesada parte delantera del proyectil, lo comprima longitudinalmente y le dé así el aumento de diámetro requerido. Este plan, aunque evidentemente menos seguro que el principio de expansión, ha dado excelentes resultados con calibres pequeños, como se ha comprobado en Austria y Suiza. Sin embargo, la bala de compresión disparada desde el fusil de tiradores suizos antes mencionado no da resultados tan buenos como la bala con emplasto, de ajuste firme, disparada desde la misma arma.

5. El sistema de retrocarga, que tiene ventajas propias sobre todos los demás sistemas de fusiles en el modo de cargar y disparar, ofrece al mismo tiempo la mayor certeza de que la bala tome el rayado, ya que la recámara y la bala pueden hacerse ligeramente mayores que el resto del ánima, y así la bala no puede llegar a la boca sin verse presionada contra las estrías. Este sistema, en efecto, parece estar destinado a superar gradualmente a todos los demás sistemas.

No contamos el sistema de ajuste mecánico del Sr. Whitworth, al haber sido abandonado, al menos en lo que respecta a las armas de fuego portátiles; y solo de estas nos ocupamos ahora.

Si clasificamos los diversos sistemas según sus méritos intrínsecos, diríamos que el fusil de aguja de retrocarga ocupa el lugar más alto; le sigue el sistema de expansión; luego el de compresión. Los dos primeros sistemas pueden considerarse superados; pues, incluso si la carga forzada, en Suiza, da hasta ahora mejores resultados, a igualdad de calibre, que la compresión, no estaríamos en absoluto inclinados a atribuir al sistema el mérito de estos resultados sin un examen muy detenido; y, además, la bala emplastada de los tiradores suizos está reconocida como inadecuada para la masa de la infantería.

Al mismo tiempo, hemos visto que desde la introducción de las balas alargadas, el sistema según el cual se construye el fusil o el proyectil tiene solo una importancia secundaria para obtener gran alcance, trayectoria tensa y precisión en el vuelo. Mientras las balas fueron redondas, el sistema de rayado tenía mayor importancia, porque entonces todas las balas se enfrentaban a la resistencia del aire en condiciones casi iguales, y las influencias de un paso de rayado más fuerte, de estrías más profundas o más numerosas, etc., eran comparativamente mucho más importantes que ahora. Pero con el proyectil alargado aparece un elemento nuevo en escena. La bala puede hacerse más larga o más corta, dentro de límites bastante amplios, y ahora la cuestión es: ¿qué forma de bala es la más ventajosa? En teoría es claro que la misma masa de plomo, lanzada con la misma velocidad inicial, conservará mejor esa velocidad si su forma es larga y delgada que si es corta y gruesa; suponiendo siempre que la rotación lateral que le imprime el fusil esté allí para impedir que dé vueltas de cabeza. La resistencia del aire es la fuerza retardatriz; disminuye gradualmente la velocidad original impartida a la bala por la pólvora, y da así a la fuerza de gravedad, siempre en aumento por así decirlo, un mayor dominio sobre el proyectil. La velocidad inicial depende de la carga y, en cierta medida, de la construcción del arma; podemos, por tanto, considerarla fija; la fuerza de gravedad también es fija, una cantidad dada; queda como variable la forma de la bala para permitirle atravesar el aire con la menor resistencia posible; y para evadir la resistencia atmosférica, como hemos dicho, un proyectil largo y delgado es mucho más adecuado que uno corto y grueso del mismo peso.

Ahora bien, el peso máximo de la bala para fines militares es también una cantidad dada. Un hombre debe poder llevar al menos sesenta cartuchos además de su armamento y equipo. Por consiguiente, para obtener la bala de mejor forma a partir de este peso dado de plomo (digamos 530 grains), es necesario aumentar la longitud y disminuir el grosor; en otras palabras, el ánima del fusil debe hacerse menor. Hasta cierto punto, esto se cumplirá sin excepción. Mirad los 530 grains del Enfield y el mismo peso en la bala Whitworth: una sola ojeada explica por qué esta última tiene una trayectoria mucho más tensa (es decir, conserva mucho mejor su velocidad inicial) y, por tanto, acertará en un blanco a 1.000 yardas con facilidad, mientras que el Enfield no es de fiar a esa distancia. Y sin embargo, ambas son balas de expansión, y la construcción general del Whitworth no es ciertamente la mejor adaptada.

*Historia del fusil. – VII.*

para la expansión. O considérese el rifle de tirador suizo, con un ánima aún menor que la del Whitworth, que da resultados todavía mejores y una trayectoria aún más baja, ya se ataque la bala con un parche, o se la deje caer suelta y sea comprimida por la explosión. O tómese el fusil de aguja prusiano: al reducir el diámetro y aumentar la longitud de la bala, y guiarla en el ánima ancha mediante un culote o taco, la misma alza que antes marcaba el alcance de 600 yardas lleva ahora la bala a 900 yardas. Podemos, por tanto, considerar con bastante seguridad como un hecho establecido que, en general, la eficacia de los rifles, cualquiera que sea el sistema con que estén construidos, estará en razón inversa de los diámetros de sus ánimas. Cuanto menor sea el ánima, mejor será el rifle, y viceversa.

Con estas observaciones nos despedimos de un tema que a muchos de nuestros lectores habrá parecido bastante árido. Sin embargo, su importancia es muy grande. Ningún soldado inteligente debe ignorar los principios en que se basan la construcción y el funcionamiento de sus armas. Lo que aquí hemos intentado exponer, se espera que lo conozcan los suboficiales de la mayoría de los ejércitos continentales; y, ciertamente, la mayoría de los voluntarios, «la inteligencia del país», ¡debería estar tan al corriente del conocimiento de sus armas de fuego como ellos!