The Volunteer journal, for Lancashire and Cheshire.  

Friedrich Engels  
La infantería ligera francesa  

The Volunteer journal,  
for Lancashire and Cheshire.  
núm. 3, 21 de septiembre de 1860  

La infantería ligera francesa.  

Si alguna vez nuestros voluntarios hubieran de intercambiar balas con un enemigo, ese enemigo será —todo el mundo lo sabe— la infantería francesa; y el tipo más acabado, el *beau idéal* de un soldado de infantería francés, es el soldado de infantería ligera, especialmente el *chasseur*.  

El *chasseur* francés no es sólo el modelo para su propio ejército; los franceses dan la ley, hasta cierto punto, a todos los ejércitos europeos en lo relativo al servicio de infantería ligera; así, el *chasseur* se convierte, en cierto sentido, en modelo para toda la infantería ligera europea.  

En ambas cualidades, como posible adversario y como, hasta ahora, el espécimen más perfecto de soldado de infantería ligera, el *chasseur* francés es un tema de gran interés para el voluntario británico. Cuanto antes lo conozca nuestro voluntario, tanto mejor.  

I.  

Hasta 1838, no había un fusil de ánima rayada en uso en el ejército francés. El viejo fusil, con su bala de ajuste ceñido, que había que introducir a martillazos y que hacía de la carga una operación difícil y lenta, no era un arma para los franceses. Cuando Napoleón examinó una vez los fusiles de un batallón alemán de tiradores, exclamó: «Ciertamente, ésta es el arma más desdichada que puede ponerse en manos de un soldado». El viejo fusil era, desde luego, inadecuado para la gran masa de la infantería. En Alemania y Suiza se armaba siempre con él a unos cuantos batallones selectos, pero éstos se empleaban exclusivamente como tiradores de primera, para abatir oficiales, disparar contra los zapadores que construían un puente, etc.; y se ponía gran cuidado en formar estos cuerpos con hijos de guardabosques, u otros jóvenes que habían sido adiestrados en el manejo del fusil mucho antes de ingresar en el ejército. Los cazadores de gamuzas de los Alpes, los guardas de los grandes bosques de ciervos del norte de Alemania, constituían un material excelente para estos batallones, y ellos también fueron el modelo para los rifles de la línea inglesa.  

Lo que los franceses antes llamaban infantería ligera eran hombres equipados e instruidos exactamente como los regimientos de línea; en consecuencia, en 1854, un decreto de Luis Napoleón privó a estos 25 regimientos del nombre de infantería ligera y los incorporó a la línea, donde ahora forman del 76 al 100 regimiento.  

Había, desde luego, en cada batallón de infantería una compañía de *voltigeurs*, formada por los mejores soldados y los más inteligentes de pequeña estatura; la élite de los hombres más altos se constituía en la compañía de granaderos. Ellos son los primeros en desplegarse en guerrilla cuando se necesitan tiradores, pero en todos los demás aspectos están armados e instruidos como el resto del batallón.  

Tras la conquista de Argel, en 1830, los franceses se encontraron cara a cara con un enemigo armado con el mosquete largo, común a la mayoría de las naciones orientales. Los mosquetes de ánima lisa de los franceses les eran inferiores en alcance. Las columnas francesas, en marcha, se veían rodeadas por todos lados por beduinos montados en las llanuras, por guerrilleros cabilas en las montañas; las balas de estos enemigos hacían blanco en las columnas, mientras que ellos mismos estaban fuera del alcance eficaz del fuego francés. Los tiradores, en las llanuras, no podían alejarse mucho de sus columnas por temor a ser sorprendidos y acuchillados por los veloces jinetes árabes.  

Cuando el ejército inglés entró en Afganistán, trabó conocimiento con estos mismos mosquetes largos. Las balas afganas —aunque sólo de fusiles de mecha— causaron una mortandad terrible en las filas inglesas, tanto en el campamento de Kabul como durante la retirada a través de las colinas, a distancias absolutamente inalcanzables para la pobre vieja Brown Bess. La lección fue severa; la guerra debía reanudarse; eran de esperar conflictos prolongados con las tribus de la frontera nororiental de la India británica; y, sin embargo, nada se hizo para armar a los soldados ingleses enviados a esa frontera con un arma capaz de medirse a larga distancia con el fusil de mecha oriental.  

No así los franceses. Apenas se descubrió el defecto, se tomaron medidas para subsanarlo. El duque de Orleans, hijo de Luis Felipe, en su viaje matrimonial por Alemania en 1837, aprovechó la ocasión para estudiar la organización de los dos batallones de tiradores de la guardia prusiana. Vio de inmediato que aquí había un punto de partida, a partir del cual podría lograr formar la clase misma de tropas que se necesitaba para Argelia. Se ocupó en el acto del tema. El viejo prejuicio francés contra el fusil de ánima rayada le opuso muchos obstáculos. Afortunadamente, las invenciones de Delvigne y Pontchara, en su propio país, vinieron en su ayuda; habían producido un fusil que podía cargarse casi con tanta rapidez y facilidad como el mosquete de ánima lisa, mientras que lo superaba con mucho en alcance y precisión. En 1838, el duque obtuvo permiso para formar una compañía según sus propias ideas; en el mismo año, esta compañía se amplió a un batallón completo; en 1840, fue enviada a Argelia para probar lo que podía hacer en la guerra real; y soportó la prueba tan bien, que en el mismo año se formaron nueve batallones más de *chasseurs*. Finalmente, en 1853, se organizaron otros diez batallones, de modo que toda la fuerza de *chasseurs* del ejército francés se compone ahora de veinte batallones.  

Las peculiares cualidades militares de los beduinos y cabilas, que eran indudablemente modelos de jinetes ligeros y de tiradores de infantería, indujeron muy pronto a los franceses a intentar el alistamiento de indígenas y a conquistar Argelia enfrentando a unos árabes contra otros. Esta idea dio origen, entre otros, al cuerpo de los zuavos. Se formaron, principalmente con indígenas, ya en 1830, y siguieron siendo un cuerpo mayoritariamente árabe hasta 1839, cuando desertaron en masa al campamento de Abd-el-Kader, que acababa de levantar el estandarte de la guerra santa. Quedaron entonces únicamente los cuadros y los doce soldados franceses de cada compañía, además de las dos compañías exclusivamente francesas agregadas a cada batallón. Las vacantes hubieron de ser cubiertas con franceses, y desde entonces los zuavos han seguido siendo un cuerpo exclusivamente francés, destinado a guarnecer permanentemente África. Pero la cepa original de los antiguos zuavos franceses había adoptado tanto del carácter indígena, que todo el cuerpo ha conservado desde entonces, en todo su espíritu y costumbres, un carácter especialmente argelino, dotado de una nacionalidad propia, y bien distinto del resto del ejército francés. Se reclutan sobre todo entre sustitutos, y por eso son en su mayoría soldados profesionales de por vida. También ellos pertenecen esencialmente a la infantería ligera del ejército y, por tanto, hace ya tiempo que están provistos de fusiles de ánima rayada. Ahora hay tres regimientos o nueve batallones de ellos en África, y un regimiento (dos batallones) de zuavos de la Guardia.  

Desde 1841 se hicieron nuevos intentos de alistar a argelinos nativos para el ejército local. Se formaron tres batallones, pero permanecieron débiles e incompletos hasta 1852, cuando se dio más estímulo al alistamiento de indígenas; y esto tuvo tanto éxito que, en 1855, pudieron formarse tres regimientos, o nueve batallones. Éstos son los turcos o *Tirailleurs indigènes*, de los que tanto hemos oído hablar durante las guerras de Crimea e Italia.  

Así, sin contar la legión extranjera (disuelta ahora, pero según todas las apariencias en reconstitución) y los tres batallones disciplinarios, el ejército francés cuenta con 38 batallones especialmente formados y adiestrados para el servicio ligero. De ellos, los *chasseurs*, los zuavos y los turcos tienen cada uno sus características distintivas. Tropas como las dos últimas clases tienen un carácter local demasiado marcado para llegar a ejercer una gran influencia sobre la masa del ejército francés; con todo, su furiosa embestida —durante la cual, como se ha comprobado en Italia, permanecen perfectamente en mano e incluso se anticipan por su propio tacto militar a las órdenes de su jefe—, seguirá siendo siempre un brillante ejemplo para el resto de las tropas. Es también un hecho que los franceses, en su práctica del detalle de la guerrilla y en su modo de aprovechar el terreno, han adoptado mucho de los árabes. Pero la clase de infantería ligera que ha seguido siendo esencialmente francesa, y que por ello se ha convertido, como hemos dicho antes, en modelo para el ejército, son los *chasseurs*, de los que hablaremos más en nuestro próximo número.  

The Volunteer Journal,  
for Lancashire and Cheshire.  
núm. 5, 5 de octubre de 1860  

II.  
Los chasseurs.  

La primera página misma del Reglamento de instrucción francés de 1831 prueba de qué hombres tan pequeños se compone el ejército francés.  

Paso lento, cada paso de 65 centímetros (25 pulgadas), y 76 pasos por minuto.  

Paso acelerado, la misma longitud de paso, y 100 pasos por minuto.  

Paso de carga (*pas de charge*), la misma longitud de paso, y 130 pasos por minuto.  

El paso de 25 pulgadas es indudablemente el más corto, y la celeridad de 100 pasos por minuto la más lenta adoptada en ejército alguno para los movimientos en campaña. Mientras un batallón francés recorre 208 pies de terreno en un minuto, un batallón inglés, prusiano o austríaco recorrería 270 pies, o sea un treinta por ciento más. Nuestro paso largo de 30 pulgadas sería excesivo para las piernas cortas de los franceses. Lo mismo ocurre en la carga: los franceses avanzan, en un minuto, 271 pies, o sea lo mismo que los ingleses a paso acelerado simple, mientras que los ingleses, a su paso doble de 36 pulgadas y 150 pasos por minuto, recorrerían 450 pies, un sesenta por ciento más. Este solo hecho demuestra que la talla media de los hombres no puede rebajarse más allá de cierto límite sin afectar a la eficacia y movilidad de un ejército.  

Con piernas tan cortas, pasos cortos y tiempo de marcha lento, no podía formarse infantería ligera alguna. Cuando se organizaron por primera vez los *chasseurs*, se puso cuidado desde el principio en seleccionar el mejor material de infantería del país; eran todos hombres bien formados, anchos de espaldas, activos, de 5 pies 4 pulgadas a 5 pies 8 pulgadas de estatura, y escogidos en su mayoría de las partes montañosas del país. Según el reglamento para la instrucción y evoluciones de los *chasseurs* (publicado en 1845), se conservó la longitud de paso para la marcha rápida, pero la cadencia se aumentó a 110 por minuto; el paso doble (*pas gymnastique*) se fijó en 33 pulgadas (83 centímetros) cada paso, y 165 por minuto; pero para los despliegues, formación en cuadro u otras ocasiones urgentes su cadencia debe aumentarse a 180 por minuto. Incluso a este último ritmo, el *chasseur* recorrería sólo 45 pies más de terreno por minuto que el soldado inglés a su paso doble. Pero no es tanto por una rapidez extraordinaria de movimiento por lo que se alcanzan resultados extraordinarios, como por el tiempo que los *chasseurs* pueden mantener este movimiento acelerado; además, en casos de gran urgencia, reagrupamiento, etc., se les ordena correr todo lo que puedan.

El paso doble es lo principal que se practica en los batallones de cazadores. A los hombres se les enseña primero a marcar el paso a 165 y 180 por minuto, durante lo cual gritan: «¡Uno!¡Dos!» o «¡Derecha!¡Izquierda!», lo que, según se supone, regula la acción de los pulmones y previene las inflamaciones. Luego se les hace marchar hacia adelante a ese mismo ritmo, y la distancia se va aumentando gradualmente hasta que pueden recorrer una legua francesa de 4.000 metros (dos millas y media) en veintisiete minutos. Si algunos de los reclutas resultan demasiado débiles de resuello y de piernas para semejante ejercicio, se les devuelve a la infantería de línea. El siguiente paso es la práctica del salto y de la carrera, en la cual, para esta última, ha de alcanzarse la mayor rapidez posible en distancias cortas, practicándose tanto el paso gimnástico como la carrera primero en el campo de instrucción llano o en el camino, y después a campo traviesa, saltando vallas y cunetas. Sólo tras esta preparación se confían las armas a los soldados, y entonces se vuelve a recorrer todo el programa de paso doble, carrera y salto con el fusil en la mano y en orden de marcha con equipo completo, la mochila y la cartuchera lastradas al mismo peso que en campaña; y de este modo se les hace continuar durante una hora entera al paso gimnástico, debiendo cubrir durante ese tiempo al menos cinco millas de terreno. En cierta ocasión, un oficial extranjero vestido de paisano intentó seguir el paso de un batallón de cazadores con equipo de campaña; mas, por no estar adiestrado, apenas pudo aguantar una hora; los cazadores siguieron marchando, alternativamente a paso rápido y al paso gimnástico, y aquel día recorrieron más de 22 millas de terreno.

Todos los movimientos y evoluciones en campaña han de ejecutarse al paso doble: el avance en línea, la formación de columna y cuadro, las conversiones, los despliegues y todo lo demás, de modo que los hombres mantengan sus puestos con tanta firmeza a este paso como al paso rápido ordinario. La cadencia para todas las evoluciones es de 165 por minuto; sólo en los despliegues y conversiones se acelera a 180.

La guerra de Argelia puso de manifiesto ante las autoridades militares francesas la inmensa superioridad de una infantería adiestrada en esta carrera prolongada. Desde 1853 se debatió la cuestión de si este sistema debía aplicarse al conjunto del ejército. El general de Lourmel (muerto ante Sebastopol el 5 de noviembre de 1854) había llamado la atención de Luis Napoleón especialmente sobre ello. Poco después de la guerra de Crimea, el paso gimnástico se introdujo en todos los regimientos de infantería franceses. La cadencia es, ciertamente, más lenta, y probablemente también el paso es más corto que en los cazadores; además, las prolongadas carreras de los cazadores quedan muy reducidas en la línea. Ello fue una necesidad; la desigual fuerza corporal y estatura de la línea hizo que las capacidades de los hombres más débiles y pequeños se convirtieran en la pauta para el rendimiento del conjunto. Pero, con todo, el antiguo y pesado ritmo de marcha puede ahora superarse en caso de emergencia; de vez en cuando puede trotarse una milla o más y, sobre todo, la aptitud de los soldados para realizar sus evoluciones al paso doble permite esa carga a la carrera a lo largo de unas seiscientas u ochocientas yardas que llevó a los franceses, el año pasado, en pocos instantes, a cruzar aquellas mismas distancias en las que los excelentes fusiles austríacos resultaban más peligrosos. El paso gimnástico ha contribuido en gran medida a la victoria de Palestro, Magenta y Solferino. La carrera misma infunde un vigoroso impulso moral a los soldados; un batallón que carga puede vacilar cuando marcha a paso rápido, pero el mismo batallón, adiestrado de modo que no llegue sin aliento, en la mayoría de los casos avanzará sin miedo, llegará comparativamente indemne y causará con toda seguridad una impresión moral mucho mayor sobre un enemigo que lo espera a pie firme si carga a la carrera.

La extrema perfección de los cazadores en la carrera puede valer para un arma especial como la suya, pero sería impracticable e inútil para la masa de la infantería de línea. No obstante, la línea inglesa, con su mejor material humano, podría fácilmente superar con mucho a la francesa en este aspecto y, como todo ejercicio saludable, ello tendría un efecto capital sobre los soldados, tanto física como moralmente. Una infantería que no pueda alternar, durante un par de horas, la carrera de una milla con la marcha de una milla, pronto será considerada torpe. En cuanto a los voluntarios, la gran diferencia de edad y fuerza física existente en sus filas haría difícil alcanzar siquiera este resultado, pero no cabe duda de que un adiestramiento gradual para el paso doble, en distancias de media milla a una milla, no perjudicaría la salud de nadie y mejoraría notablemente su eficacia en campaña.

La infantería ligera francesa — 111.

The Volunteer Journal,
for Lancashire and Cheshire.
N.º 7, 20 de octubre de 1860

MI.

En Francia no se descuida nada para desarrollar las facultades físicas, mentales y morales de cada recluta, y en especial de cada cazador, de manera que se forme en él el soldado más perfecto posible. Se atiende a todo cuanto pueda hacerlo fuerte, activo y ágil; a todo cuanto pueda darle una rápida mirada para aprovechar las ventajas del terreno o prontitud de decisión en situaciones difíciles; a todo cuanto aumente su confianza en sí mismo, en sus camaradas, en sus armas. El ejercicio, por tanto, no es más que una pequeña parte de los deberes del soldado en Francia; y, según nuestras ideas, un batallón francés en el campo de instrucción marcha, hace conversiones y ejecuta el manejo de las armas de una manera sorprendentemente descuidada. Pero esto parece ser consecuencia del carácter nacional y, hasta ahora, no ha acarreado malos resultados. Las tropas inglesas o alemanas parecen preferir, por sí mismas, un sistema de instrucción más estricto; obedecen la voz de mando de manera más instantánea y, tras una cierta cantidad de instrucción, siempre mostrarán más precisión en todos sus movimientos de la que jamás alcanzarán los franceses. Por lo demás, el sistema de movimientos tácticos para el campo de instrucción es casi el mismo en Francia que en Inglaterra, aunque es muy distinto en el campo de batalla.

Una de las principales ocupaciones del soldado francés es el ejercicio gimnástico. Existe en París un gimnasio militar central que forma a los instructores para todo el ejército. Acuden a él de quince a veinte oficiales de diferentes regimientos y, además, un sargento por cada regimiento de línea o batallón de cazadores, que permanecen seis meses y luego son relevados por otros. El curso de ejercicios que se sigue no difiere mucho de lo que se practica en otros países; sólo parece haber un ejercicio original, la escalada de muros, bien metiendo pies y manos en agujeros producidos por balas de cañón, bien mediante un palo apoyado contra el muro, o bien por medio de una cuerda con un garfio lanzado por encima. Este tipo de ejercicio es indudablemente de valor práctico y contribuirá en gran medida a que los soldados confíen en el uso de sus manos y pies. En esta escuela se enseña también el ejercicio de bayoneta; pero se limita a la práctica de los diversos golpes y paradas; nunca se hace que los hombres se defiendan realmente unos contra otros o contra la caballería.

Toda guarnición, en Francia, posee las instalaciones necesarias para el ejercicio gimnástico. Para empezar, se destina un terreno a los ejercicios gimnásticos más comunes, con todos los aparatos necesarios; a él se conduce por turnos a todos los soldados, los cuales han de pasar por un curso regular

las masas enemigas y perturbarlas con un fuego bien sostenido; y, en los pequeños encuentros, la posibilidad de decidirlos sin recurrir en absoluto a las masas. Para ellos, la sorpresa y la emboscada constituyen la esencia misma de la guerrilla. No utilizan la protección del terreno simplemente para abrir fuego desde una posición relativamente cubierta; la utilizan principalmente para arrastrarse, sin ser vistos, hasta acercarse a los tiradores enemigos, levantarse de repente y desalojarlos en desorden; la utilizan para ganar los flancos de sus adversarios y aparecer allí inesperadamente en un enjambre espeso, cortando parte de su línea, o para tender una emboscada a la cual atraen a los tiradores enemigos si estos los siguen con demasiada rapidez en su retirada simulada. En las acciones decisivas, tales ardides serán aplicables en las numerosas pausas que se producen entre los grandes esfuerzos para alcanzar la decisión; pero en la guerra de partidas pequeñas, en la guerra de destacamentos y puestos avanzados, al recoger información sobre el enemigo o al asegurar el descanso del propio ejército, semejantes cualidades son de la mayor importancia. Un ejemplo mostrará lo que son los zuavos. En el servicio de avanzadas, en todos los ejércitos, la regla es que, sobre todo durante la noche, los centinelas no deben sentarse, y mucho menos tenderse, y han de hacer fuego en cuanto el enemigo se acerque, para alarmar a los piquetes. Léase ahora la descripción que el duque de Aumale hace de un campamento de zuavos (Revue des Deux Mondes, 15 de marzo de 1855): «Por la noche, incluso el solitario zuavo apostado al borde de aquella colina, dominando la llanura que se extiende más allá, ha sido retirado. No se ven vigías; pero esperad a que el oficial pase su ronda, y lo encontraréis hablando con un zuavo tendido en el suelo justo detrás del borde, atento a todo; veis aquel grupo de arbustos; no me sorprendería nada que, al examinarlo, encontrarais allí emboscadas unas cuantas parejas de zuavos; en caso de que un beduino se arrastre hasta esos arbustos para espiar lo que ocurre en el campamento, no harán fuego, sino que lo despacharán silenciosamente a la bayoneta, para no cerrar la trampa.» ¿Qué son los soldados que han aprendido su servicio de avanzadas sólo en guarniciones de paz, y en quienes no se puede confiar que se mantengan despiertos si no están de pie o andando, en comparación con hombres adiestrados en una guerra de astucias y estratagemas, contra beduinos y cabilas? Y con todas estas desviaciones del sistema prescrito, los zuavos sólo han sido sorprendidos una vez por sus cautelosos enemigos.

Inglaterra tiene, en la frontera noroeste de la India, un distrito muy similar, en sus rasgos militares, a Argelia. El clima es casi el mismo, la naturaleza del terreno también, así como la población fronteriza. Allí se producen frecuentes correrías y encuentros hostiles; y ese distrito ha formado a algunos de los mejores hombres del servicio británico. Pero que estos largos y altamente instructivos encuentros no hayan ejercido influencia duradera alguna sobre el modo en que se lleva a cabo todo tipo de servicio ligero en el ejército británico; que tras veinte y más años de guerra con afganos y beluchíes, esa parte del servicio haya resultado tan deficiente que hubo que imitar apresuradamente los ejemplos franceses para poner a la infantería, en este aspecto, en estado de eficiencia; esto es, ciertamente, extraño.

Los cazadores franceses han introducido en el ejército francés: 1. El nuevo sistema de vestuario y equipo: la guerrera, el schacó ligero, los cinturones a la cintura en lugar de los correajes cruzados. 2. El fusil rayado y la ciencia de su uso: la moderna escuela de tiro. 3. La aplicación prolongada del paso doble y su empleo en las evoluciones. 4. El ejercicio de bayoneta. 5. La gimnasia; y, 6. Junto con los zuavos, el moderno sistema de guerrilla. Y si hemos de ser sinceros, ¿cuánto de todo esto, en la medida en que existe en el ejército británico, no debemos a los franceses?

Todavía queda mucho margen para mejorar. ¿Por qué no habría de beneficiarse también el ejército británico? ¿Por qué no habría de formar la frontera noroeste de la India, incluso ahora, con las tropas allí empleadas, un cuerpo capaz de hacer por el ejército inglés lo que los cazadores y zuavos han hecho por el francés?

Por último, los propios siervos preferían la fórmula más simple de la cuestión de la emancipación. Lo que entendían por ella era el viejo estado de cosas, menos sus viejos señores. En esta lucha mutua, donde el gobierno, pese a amenazas y halagos, naufragaba ante la oposición de los nobles y los campesinos —la aristocracia, ante la oposición del gobierno y de sus posesiones humanas; los campesinos, ante la oposición combinada de su señor central y sus señores locales—, se ha llegado a un entendimiento, como es usual en tales transacciones, entre los poderes existentes a costa de la clase oprimida. El gobierno y la aristocracia han acordado entre sí aplazar por ahora la cuestión de la emancipación y probar suerte de nuevo en aventuras en el exterior. De ahí el entendimiento secreto con Louis Bonaparte en 1859 y el congreso oficial en Warsaw con los príncipes alemanes en 1860.

La guerra italiana había quebrantado suficientemente la confianza en sí misma de Austria para transformarla de un estorbo en una herramienta de los designios rusos de política exterior, y Prusia, que había hecho el ridículo al combinar, mientras duró la guerra, aires de pérfida ambición con una nulidad absoluta de acción, no puede, amenazada como está por Francia en sus fronteras renanas, sino seguir la estela de Austria. Fue uno de los grandes engaños del partido de Gotha imaginar que los golpes que con toda probabilidad recibiría Austria de parte de Francia la disolverían en sus partes constitutivas, de modo que la Alemania austríaca, desligada de sus ataduras con Italia, Polonia y Hungría, pudiera entrar fácilmente en la formación de un gran imperio alemán. Una larga experiencia histórica nos ha mostrado que cada guerra que Austria pudiera tener que librar con Francia o Rusia no liberaría a Alemania de su peso, sino que solo la haría sumisa a los designios de Francia o Rusia. Despedazarla en sus partes constitutivas de un solo gran golpe sería mala política por parte de esas potencias, si es que poseyeran la fuerza para asestarlo; pero debilitar a Austria, para poner su influencia restante al servicio de sus propios intereses, era y debe seguir siendo siempre el principal objetivo de sus operaciones diplomáticas y militares. Nada, salvo una revolución alemana, con uno de sus centros en Viena y el otro en Berlín, podría hacer añicos el imperio de los Hapsburg, sin poner en peligro la integridad de Alemania y sin someter sus dominios no alemanes al control francés o ruso.

El inminente Congreso de Warsaw fortalecería inmensamente la posición de Louis Bonaparte en Francia, si la perspectiva de un conflicto en Italia entre el partido verdaderamente nacional y el partido francés no le malograra la oportunidad.

Así las cosas, cabe esperar que el Congreso de Warsaw abra por fin los ojos de Alemania y le enseñe que, ya sea para resistir las usurpaciones desde fuera o para realizar la unidad y la libertad en el interior, debe limpiar su propia casa de sus señores dinásticos.