Friedrich Engels

El progreso de Garibaldi

New-York Daily Tribune.
Nr. 6056, 21 de septiembre de 1860

El progreso de Garibaldi.

A medida que los acontecimientos se desarrollan, empiezan a darnos una idea del plan que Garibaldi había preparado para la liberación de la Italia meridional, y cuanto más lo vemos, más admiramos la vastedad de sus proporciones. Semejante plan no habría podido concebirse, ni intentarse su ejecución, en ningún otro país que no fuera Italia, donde el partido nacional está tan perfectamente organizado y tan completamente bajo el control del hombre único que ha desenvainado la espada con brillante éxito por la causa de la unidad e independencia italianas.

El plan no se limitaba a la liberación del Reino de Nápoles solamente; los Estados Pontificios debían ser atacados simultáneamente, para dar ocupación al ejército de Lamoricière y a los franceses en Roma, así como a las tropas de Bombalino. Hacia el 15 de agosto, 6.000 voluntarios, trasladados gradualmente desde Génova al golfo de los Naranjos (Golfo degli Aranci), en la costa nordeste de la isla de Cerdeña, debían cruzar a la costa pontificia, mientras que al mismo tiempo debía estallar la insurrección en las diversas provincias del continente napolitano, y Garibaldi cruzar el estrecho de Mesina hacia Calabria. Algunas expresiones que se atribuyen a Garibaldi sobre la cobardía de los napolitanos, y la noticia recibida por el último vapor de que había entrado en Nápoles y sido recibido triunfalmente, hacen probable que una insurrección en las calles de esa ciudad, que la huida del rey hizo innecesaria, formara parte del plan.

El desembarco en los Estados Pontificios, como ya se sabe, fue impedido en parte por las representaciones de Victor Emanuel, en parte y principalmente porque Garibaldi se convenció de que aquellos hombres no estaban en condiciones de emprender una campaña independiente. En consecuencia, los llevó a Sicilia, dejó una parte en Palermo y envió el resto alrededor de la isla en dos vapores a Taormina, donde los volveremos a encontrar en breve. Entre tanto, los movimientos napolitanos en las ciudades de provincia se produjeron según lo acordado, y de una manera que demostró tanto lo bien organizado que estaba el partido revolucionario como lo maduro que estaba el país para un levantamiento. El 17 de agosto estalló la insurrección en Foggia, en la Apulia. Los dragones, forzando la guarnición de la ciudad, se unieron al pueblo. El general Flores, comandante del distrito, envió dos compañías del 13.º regimiento, que al llegar hicieron lo mismo. Luego, el general Flores se presentó personalmente, acompañado de su estado mayor; pero no pudo hacer nada y tuvo que retirarse. Este proceder muestra claramente que el propio Flores no deseaba ofrecer una resistencia seria al partido revolucionario. Si hubiera hablado en serio, habría enviado dos batallones en lugar de dos compañías, y al presentarse él mismo, lo habría hecho al frente de la mayor fuerza que pudiera reunir, en vez de venir con unos pocos ayudantes y ordenanzas. De hecho, la sola circunstancia de que los insurrectos le permitieran salir nuevamente de la ciudad basta para demostrar que existía al menos algún entendimiento tácito. Otro movimiento estalló en la provincia de Basilicata. Aquí los insurrectos reunieron sus fuerzas en Carletto Perticara, una aldea a orillas del río Lagni (éste debe ser el lugar que los telegramas llaman Corleto). Desde este distrito montañoso y remoto marcharon hacia Potenza, la capital de la provincia, donde llegaron, en número de 6.000, el día 17. La única resistencia que encontraron fue la que ofrecieron unos 400 gendarmes, quienes, tras un breve combate, se dispersaron y luego se presentaron uno a uno para rendirse. Se formó un gobierno provincial en nombre de Garibaldi y se instaló a un prodictador. Se dice que el Intendente Real (gobernador de la provincia) acepta este cargo, otra señal de cuán desesperada se considera la causa de los Borbones incluso por sus propios órganos. Cuatro compañías del Sexto Regimiento de línea fueron enviadas desde Salerno para sofocar esta insurrección, pero al llegar a Auletta, a unas 23 millas de Potenza, se negaron a seguir avanzando y vitorearon a Garibaldi. Estos son los únicos movimientos de los que nos han llegado detalles. Pero se nos informa además que otras localidades se han sumado a la insurrección; por ejemplo, Avellino, ciudad a menos de 30 millas de Nápoles; Campobasso, en la provincia de Molise (en el Adriático), y Celenza en la Apulia, pues éste debe ser el lugar llamado Cilenta en los telegramas; se encuentra aproximadamente a medio camino entre Campobasso y Foggia; y ahora la misma Nápoles se añade a la lista. Mientras las ciudades de provincia napolitanas cumplían así al menos con la parte que les correspondía de la tarea, Garibaldi no permanecía inactivo. Apenas regresó de su viaje a Cerdeña, hizo los arreglos finales para cruzar al continente. Su ejército constaba ahora de tres divisiones, comandadas por Türr, Cosenz y Medici. Las dos últimas, concentradas en las cercanías de Mesina y el Faro, fueron marchadas hacia la costa septentrional de Sicilia, entre Milazzo y el Faro, como si se pretendiera que se embarcaran allí y desembarcaran en la costa calabresa, al norte del estrecho, en algún lugar cerca de Palmi o Nicotera. De la división de Türr, la brigada Eber estaba acampada cerca de Mesina; la brigada Bixio había sido enviada al interior, a Bronte, para reprimir algunos desórdenes. Ambas recibieron órdenes de dirigirse de inmediato a Taormina, donde, en la tarde del 18 de agosto, la brigada Bixio, junto con los hombres traídos de Cerdeña, se embarcó en los dos vapores, el Torino y el Franklin, y algunos en transportes remolcados.

Unos diez días antes, el mayor Missori, con 300 hombres, había cruzado el estrecho y atravesado sin ser molestado las líneas napolitanas hasta el terreno alto y accidentado del Aspromonte. Aquí se le unieron otros pequeños destacamentos, arrojados al otro lado del estrecho de tanto en tanto, así como insurrectos calabreses, de modo que para entonces mandaba un cuerpo de unos 2.000 hombres. Los napolitanos habían enviado unos 1.800 hombres tras su pequeña partida cuando desembarcó, pero estos 1.800 héroes se las arreglaron para no alcanzar nunca a los garibaldinos.

El 19, al amanecer, la expedición de Garibaldi (pues él iba a bordo personalmente) desembarcó entre Melito y el cabo Sparavento, en el extremo meridional de Calabria.

No encontraron resistencia. Los napolitanos habían sido tan completamente engañados por los movimientos que amenazaban un desembarco al norte del estrecho, que descuidaron por completo el territorio al sur del mismo. De este modo se arrojaron al otro lado 9.000 hombres, además de los 2.000 reunidos por Missori.

Una vez reunido con éstos, Garibaldi marchó directamente sobre Reggio, que estaba ocupada por cuatro compañías de línea y cuatro de cazadores. Sin embargo, esta guarnición debió de recibir algunos refuerzos, ya que se informa de combates muy sangrientos en o frente a Reggio el día 21. Después de que los garibaldinos asaltaran algunas obras exteriores, la artillería del fuerte de Reggio se negó a seguir disparando, y el general Viala capituló. En este combate resultó muerto el coronel Deflotte (diputado republicano por París en la Asamblea Legislativa francesa de 1851).

La flotilla napolitana en el estrecho se distinguió por no hacer nada. Después de que Garibaldi hubo desembarcado, un comandante naval telegrafió a Reggio que era imposible que los barcos ofrecieran resistencia alguna, ya que ¡tenía consigo ocho grandes navíos de guerra y siete transportes! Tampoco se opuso esta flotilla al paso de la división del general Cosenz, que debió de tener lugar el 20 o el 21, en el lugar más angosto del estrecho, entre Escila y Villa San Giovanni, justo en el punto donde tanto los barcos como las tropas de los napolitanos estaban más concentrados. El desembarco de Cosenz estuvo marcado por un éxito rotundo. Las dos brigadas Melendez y Briganti (los napolitanos dicen batallones en lugar de brigadas) y el fuerte de Pezzo (no Pizzo, como dicen algunos telegramas; este lugar está situado mucho más al norte, más allá de Monteleone) se le rindieron, al parecer, sin disparar un tiro. Se dice que esto tuvo lugar el día 21, día en que también Villa San Giovanni fue ocupada tras un breve combate.

Así pues, en tres días Garibaldi se había enseñoreado de toda la costa del Estrecho, incluyendo algunos de los puntos fortificados; los pocos fuertes todavía ocupados por los napolitanos les resultaban ahora inútiles.

Los dos días siguientes parecen haberse dedicado al paso del resto de las tropas y del material; al menos, no tenemos noticia de nuevos combates hasta el 24, cuando se informa de un severo encontronazo en un lugar llamado en el telegrama Piale, que no encontramos en los mapas. Puede ser el nombre de algún torrente de montaña, cuyo barranco podría haber servido de posición defensiva a los napolitanos. Se dice que este combate fue indeciso. Después de algún tiempo, los garibaldinos ofrecieron un armisticio, que el comandante napolitano remitió a su general en jefe en Monteleone. Pero antes de que pudiera llegar una respuesta, los soldados napolitanos parecen haber llegado a la conclusión de que ya habían hecho bastante por su rey, y se dispersaron, abandonando las baterías.

El grueso de los napolitanos, al mando de Bosco, parece haber permanecido tranquilamente en Monteleone durante todo este tiempo, a unas treinta millas del estrecho. No parecían tener mucha prisa por combatir a los invasores, de modo que el general Bosco se dirigió a Nápoles para buscar seis batallones de cazadores, que son, después de la Guardia y las tropas extranjeras, los elementos más fiables del ejército. Queda por ver si estos seis batallones estaban infectados ellos mismos por el espíritu de abatimiento y desmoralización que reinaba en el ejército napolitano. Lo cierto es que ni ellos ni ninguna otra tropa han podido impedir que Garibaldi marchara victoriosamente, y probablemente sin oposición, hasta Nápoles, para encontrar que la familia real había huido y que las puertas de la ciudad estaban abiertas a su entrada triunfal.