Karl Marx

Las cosechas en Europa

New-York Daily Tribune.  
Núm. 6043, 6 de septiembre de 1860

Las cosechas en Europa.

Correspondencia del The N.Y. Tribune.  
Londres, 21 de agosto de 1860.

Cuanto más avanza la estación, tanto más sombrías se tornan las perspectivas de la cosecha y más se desvanecen las esperanzas aún fundadas en un posible retorno del buen tiempo. El carácter del pasado verano fue absolutamente excepcional, no solo en todo el Reino Unido, sino en toda la Europa septentrional, incluidas Francia del Norte, Bélgica y las Provincias Renanas. Con respecto a este país, la estación ha sido descrita justamente con estas palabras: «Tras la fría y tardía primavera, junio resultó tan extremadamente húmedo que en muchos distritos no se pudieron sembrar los nabos, ni escardar la remolacha forrajera, ni realizar ninguna de las operaciones habituales del período. Después, tras unos diez días de buen tiempo, la estación se tornó tan inestable que dos días seguidos sin lluvia han sido más bien una sorpresa. Pero, además del exceso de humedad, el presente, podríamos decir el pasado verano, ha sido notable por la ausencia de sol y la temperatura muy baja que han prevalecido incluso cuando no ha llovido.»

Siendo la precipitación media anual de unas 20 pulgadas, y habiendo alcanzado la precipitación durante los meses de mayo y junio la cifra de 11,17 pulgadas, resulta que estos dos meses han proporcionado más de medio año de suministro de agua. Durante la última semana, a cuyo comienzo parecía inminente un cambio favorable, el tiempo resultó más inestable y borrascoso que nunca, con verdaderos diluvios de lluvia los días 16 y 18 del corriente, acompañados de tormentas eléctricas y temporales del viento del sudoeste. En consecuencia, los precios del trigo en Mark Lane subieron ayer unos dos chelines por quarter respecto a las cotizaciones del mercado del lunes pasado.

La henificación ya ha sido seriamente perturbada y retrasada por el incesante viento, la lluvia y el frío. Habiendo sido la hierba segada y constantemente saturada de agua, se teme que gran parte de su sustancia nutritiva haya sido lavada, de modo que una gran parte no servirá para forraje, sino que habrá de utilizarse como cama de animales, y constituirá así una pérdida muy grave, que aumentará considerablemente el consumo de cereales de primavera. Aún queda mucha por recoger, y mucha se ha perdido irremisiblemente.

«Apenas cabe duda —dice *The Gardeners' Chronicle* del sábado pasado— de que la cosecha de trigo en general está considerablemente dañada. De 140 informes recibidos de otros tantos corresponsales en Inglaterra y Escocia, nada menos que 93 declaran que la cosecha está por debajo del promedio, y si se seleccionan los principales distritos trigueros, se hallará que la proporción de informes desfavorables es igualmente grande. Así, cinco de cada seis informes procedentes de Lincolnshire, tres de cada cinco de Norfolk y Suffolk, y todos los de los condados de Oxford, Gloucestershire, Wilts, Hants y Kent son desfavorables.» Gran parte de la cosecha de trigo se ha podrido en la raíz antes de que el grano madurase, y en muchos distritos ha sido atacada por el tizón y el mildiu. Mientras el trigo es así atacado por la enfermedad, y en muchos distritos en gran escala, la enfermedad de la patata, que comenzó en 1845, continuó con gran virulencia durante los cuatro años subsiguientes y amainó gradualmente desde 1850, ha reaparecido de forma agravada, no solo en Irlanda, sino en muchos distritos de Inglaterra y del continente septentrional.

El *Freeman's Journal* resume así las perspectivas generales de la cosecha en Irlanda: «La cosecha de avena se considera generalmente casi perdida. Salvo en unos cuantos distritos de poca importancia, aún no ha madurado, sino que permanece completamente verde y abatida al suelo por la violencia del tiempo. El trigo promete compartir la calamidad que amenaza en general a las cosechas de cereales. Poco se ha segado todavía, y esta cosecha, cuyo estado inspiraba las más sanguíneas expectativas hace solo unas semanas, está causando ahora a los agricultores la más profunda inquietud. En cuanto a la cosecha de patata, la opinión general es que, si el tiempo actual continúa otro mes, se perderá inevitablemente.» Según el *Wexford Independent*, «la enfermedad de la patata está progresando, y en algunos lugares se halla afectada plenamente una tercera parte del producto, sin distinción de tamaño ni descripción, y en proporción a la época de siembra.»

Esto parece, pues, seguro: la cosecha general se retrasará mucho más allá de su término habitual, y en consecuencia las existencias almacenadas se agotarán. El fracaso parcial del heno, unido a la enfermedad de la patata, ejercerá una presión desacostumbrada sobre los cereales; y el rendimiento de toda clase de granos, especialmente del trigo, quedará muy por debajo del promedio. Hasta ahora, las importaciones del extranjero, en vez de mostrar un exceso sobre las importaciones de los años 1858 y 1859, presentan, al contrario, un marcado descenso comparativo. Por otra parte, los precios de los cereales, aunque en promedio rigen ahora un 26 por ciento más altos que en el mismo período del año pasado, han sido mantenidos bajos hasta ahora por las noticias de las cosechas abundantes en América y el sur de Rusia, por la esperanza de un giro favorable del tiempo y por la extrema cautela que el reciente colapso en el comercio de cueros ha impuesto a todas las transacciones monetarias. La conclusión a la que me lleva una comparación de los precios actuales con los de estaciones similares desde 1815, es que el precio medio del trigo, que ahora puede considerarse que asciende a 58 chelines-59 chelines el quarter, tendrá que subir, al menos en Inglaterra, a 65-70 chelines. El efecto de semejante alza en el precio de los artículos de pan se verá considerablemente agravado por su coincidencia con un declive progresivo en el comercio de exportación del país. De £63.003.159, suma que alcanzaron durante los seis meses que terminan el 30 de junio de 1859, las exportaciones británicas han bajado a £62.019.989 durante el período correspondiente de 1860, y, como he mostrado en una carta anterior, la contracción se debió principalmente a un descenso en la venta de tejidos de algodón e hilados, a consecuencia de la saturación de los mercados de Asia y Australia.

Mientras las exportaciones bajan así, las importaciones han aumentado considerablemente, si se comparan con el período correspondiente de 1859. Encontramos, en efecto, que las importaciones para los cinco meses que terminan el 31 de mayo de 1859 fueron de £44.968.863; para 1860, £57.097.638.

Este exceso de importaciones sobre exportaciones tiene que agravar necesariamente la salida de metálico y el consiguiente estado de perturbación del mercado monetario que caracteriza todos los períodos de malas cosechas y compras extraordinarias de cereales extranjeros. Si en Inglaterra el efecto de la inminente presión monetaria no es probable que se extienda mucho más allá de la esfera de la economía política, muy otra es la cosa en el Continente, donde perturbaciones políticas graves son casi inevitables siempre que una crisis monetaria coincide con una mala cosecha y un gran aumento de la imposición. Ya se abrigan las aprensiones más serias en París, donde el magistrado está justamente ocupado en comprar lotes enteros de casas viejas, para hacerlas demoler y dar así trabajo a los *ouvriers*. Los precios en París del mejor trigo oscilan en este momento a un nivel tan alto, si no algo más alto, que los precios de Londres, a saber, de 60/6 a 61/. Los últimos ardides con que Luis Bonaparte intentó desviar la atención pública, a saber: la expedición a Siria, el ascenso de España a «gran potencia», las transacciones con Prusia y los intentos de interferir en el avance de Garibaldi, habiendo resultado todos fracasos rotundos, forzosamente habrá de enfrentar los peligros de una mala estación, una presión monetaria y un erario exhausto justo en el momento en que su «prestigio» político está evidentemente en considerable descuento. Si se necesitara alguna prueba de esta última afirmación, ¿no está ahí su carta a *«Mon cher Persigny»*?