Friedrich Engels

El enfermo de Austria

*New-York Daily Tribune.*  
Nr. 6039, 1.º de septiembre de 1860

El enfermo de Austria.

Al emperador Francisco José de Austria parece habérsele permitido vivir únicamente para demostrar la verdad de la vieja máxima latina: a quienes los dioses quieren perder, primero los enloquecen. Desde principios del año 1859 no ha hecho más que pisotear deliberadamente cada oportunidad que se le ofrecía para salvarse a sí mismo y al Imperio austríaco. El súbito ataque al Piamonte con sólo una parte de sus fuerzas; la sustitución del mariscal Hess en el mando del ejército por el emperador y su camarilla; la irresolución que condujo a la batalla de Solferino; la repentina conclusión de la paz en el preciso momento en que los franceses habían llegado ante sus posiciones más fuertes; la obstinada negativa a toda concesión en la organización interna del Imperio hasta que fue demasiado tarde, forman una serie sin igual de torpes desatinos cometidos por un solo individuo en tan corto tiempo.

Pero, por fortuna para él, a Francisco José se le presentó todavía otra ocasión. El descarado doble juego de Luis Napoleón hizo necesaria aquella alianza entre Prusia y Austria que las humillaciones previas de Austria y sus dificultades, cada día mayores, en el interior y en el exterior, habían hecho posible por primera vez. Las entrevistas de Baden y Teplitz sellaron esa alianza. Prusia, actuando por primera vez como representante del resto de Alemania, prometió su ayuda en caso de que Austria fuera atacada, no sólo por Italia, sino también por Francia; mientras que Austria prometió hacer concesiones a la opinión pública y modificar su política interior. He aquí, en verdad, una esperanza para Francisco José. Una lucha con Italia en solitario no era de temer, incluso en caso de disturbios en Hungría, pues su nueva política había de ser la mejor garantía de seguridad en aquel territorio. Con una Constitución separada, basada en la abolida en 1849, Hungría se habría dado por satisfecha; una Constitución liberal para todo el Imperio habría colmado los deseos actuales del núcleo alemán de la monarquía y contrarrestado en gran medida las tendencias separatistas de las provincias eslavas. Una vez sometidas las finanzas al control popular, el crédito público se habría restablecido, y la misma Austria, hoy débil, pobre, postrada, agotada y presa de divisiones internas, pronto habría recuperado fuerzas bajo la protección de las 700.000 bayonetas que Alemania mantenía dispuestas a defenderla. Para asegurar todo esto, sólo se requerían dos cosas de Austria: llevar adelante en el interior una política auténticamente liberal, sincera y sin reservas, y mantenerse a la defensiva en el Véneto, abandonando el resto de Italia a su suerte.

Pero, según parece, Francisco José no puede ni quiere hacer ni lo uno ni lo otro. No puede arrojar por la borda su poder como monarca absoluto, que cada día se disuelve más y más en vapor, ni puede olvidar esa posición de protector de los pequeños tiranos italianos, que ya ha perdido. Insincero, débil y obstinado a un tiempo, parece huir de sus dificultades internas hacia una guerra agresiva en el exterior y, en lugar de cimentar su Imperio mediante el sacrificio de un poder que se le escurre de las manos, parece haberse arrojado una vez más en brazos de sus compinches personales y estar preparando un descenso sobre Italia que puede acabar con el desmembramiento de la monarquía austríaca.

Puede que se haya enviado o no una nota u otra comunicación de Viena a Turín acerca del desembarco de Garibaldi en Calabria; pero es muy probable que Francisco José haya decidido considerar ese desembarco como un caso que exige su intervención en favor del rey de Nápoles. Si esto es cierto o no, pronto lo veremos. Pero ¿cuál puede ser la causa de este súbito vuelco de la política austríaca? ¿Le habrá hecho perder la cabeza a Francisco José la reciente confraternización con Prusia y Baviera? No es probable; pues, después de todo, aquella confraternización de Teplitz fue una humillación para él, y un triunfo sólo para Prusia. ¿Pretende Francisco José reunir bajo su estandarte los ejércitos del Papa y del rey de Nápoles antes de que Garibaldi los haya hecho añicos e incorporado sus elementos italianos a sus propios seguidores? Sería ése un motivo muy insuficiente. En cualquier campaña, a esas tropas no les faltará nada, mientras que, en la posición en que Austria se colocará con semejante agresión insensata, a ella le faltará todo. No puede haber otra causa que la situación de la política interior austríaca. Y aquí no tenemos que buscar mucho. El Consejo del Imperio, reforzado por algunos de los elementos más conservadores y aristocráticos de las distintas provincias y encargado, en tiempo de paz, del control de las finanzas del país, está a punto de discutir la cuestión de la representación popular y de las constituciones para el Imperio y para cada una de las provincias que lo componen. Las mociones presentadas en este sentido por los miembros húngaros cuentan con una mayoría abrumadora en la comisión y serán aprobadas de manera igualmente triunfal en el Consejo, frente al Gobierno. En una palabra: parece haber comenzado la segunda revolución austríaca. El Consejo del Imperio —débil copia de los Notables franceses—, exactamente igual que aquéllos, se declara incompetente y reclama los Estados Generales. El Gobierno, en dificultades financieras semejantes a las de Luis XVI, y aún más débil por las tendencias divergentes de las diversas nacionalidades que componen el Imperio, no está en condiciones de resistir. A las concesiones arrancadas al Gobierno es seguro que seguirán otras exigencias y demandas. Pronto los Estados Generales se constituirán en Asamblea Nacional. Francisco José siente temblar el suelo bajo sus pies y, para escapar del inminente terremoto, acaso se lance a una guerra.

Si Francisco José cumple su amenaza e inicia una cruzada por la legitimidad en Nápoles y los Estados Pontificios, ¿cuál será el final? No hay una sola potencia ni Estado en Europa que tenga el más mínimo interés en el mantenimiento de los Borbones, y si Francisco José interviene en su favor, tendrá que cargar con las consecuencias. Luis Napoleón no dejará de cruzar los Alpes en defensa de la no intervención; y Austria, con la opinión pública de toda Europa en su contra, con las finanzas arruinadas, con la insurrección en Hungría y con un ejército valiente pero muy inferior en número, resultará terriblemente derrotada. Acaso reciba su golpe de muerte. En cuanto a que Alemania acuda en su ayuda, es algo totalmente fuera de lugar. Los alemanes se negarán de la manera más decidida a combatir ni por el rey de Nápoles ni por el Papa. Cuidarán de que se respete el territorio de la Confederación (a lo que tanto franceses como italianos estarán más que dispuestos a someterse), y si Hungría se subleva, mirarán con toda frialdad. Más aún, las provincias alemanas del Imperio apoyarán, muy probablemente, las demandas de los húngaros, como hicieron en 1848, y exigirán una Constitución para sí mismas. La prensa austríaca, a pesar de las restricciones que le impone el Gobierno, muestra todavía signos inequívocos de la existencia, incluso en Austria, de una amplia simpatía hacia Garibaldi. La corriente de opinión ha cambiado de cauce respecto al año pasado; el Véneto se considera ahora una posesión de muy mala clase, y la lucha de los italianos por la independencia, desde el momento en que se libra sin ayuda francesa, es vista con buenos ojos por el público vienés. Francisco José tendrá una dificultad extrema incluso para hacer que sus propios súbditos alemanes abracen la causa del Borbón de Nápoles, del Papa y de los pequeños duques de Emilia. Un pueblo que está precisamente entrando en una revolución contra el absolutismo no es probable que se empeñe en defender los intereses dinásticos de su gobernante. Los vieneses ya lo han demostrado antes, y es muy posible que el paso del Po por las tropas austríacas se convierta en la señal para que el partido del movimiento, tanto en Viena como en Hungría, recurra a medios más violentos.