Una revista de cazadores voluntarios ingleses
Allgemeine Militär-Zeitung.
Nr. 36, 8 de septiembre de 1860

Una revista
de cazadores voluntarios ingleses.

(Corresponsalía desde Manchester.)

Al igual que Alemania, Inglaterra se arma para defenderse de las apetencias agresivas bonapartistas; los Volunteer Riflemen ingleses surgieron de la misma causa que la duplicación del número de batallones de línea prusianos. Por ello, al público militar alemán le interesará conocer algo más exacto sobre el estado actual y la aptitud para la guerra del nuevo ejército de voluntarios inglés, pues este ejército, por todo su origen e idea fundamental, es un enemigo del bonapartismo, un aliado de Alemania.

Con excepción de unos pocos batallones, este ejército de voluntarios data de la segunda mitad del año pasado; la gran masa no lleva aún un año de vestir uniforme y hacer ejercicio. En este momento su fuerza asciende, sobre el papel, a 120.000 hombres; pero si nos es lícito colegir del estado de las cosas en determinados distritos lo que sucede en el conjunto, apenas podrá contarse con 80.000 hombres realmente instruidos; el resto no tiene ningún interés en la causa y lo mejor sería tacharlo de las listas.

La organización es muy sencilla. Allí donde se reúnen en una localidad de 60 a 100 voluntarios (en artillería, de 50 a 80), pueden, con la aprobación del Lord Teniente del condado, formar una compañía. Eligen candidatos a oficiales (1 capitán, 1 teniente, 1 alférez o subteniente), a los que el Lord Teniente nombra, por regla general, para los respectivos empleos, aunque algunos de ellos han sido rechazados. Varias compañías pueden constituirse en batallón, y entonces el Lord Teniente nombra, casi siempre de acuerdo con los deseos del cuerpo de oficiales o según la antigüedad de los capitanes, al mayor y al teniente coronel (en Inglaterra, el verdadero jefe del batallón). De esta manera existen cuerpos de una a ocho compañías, numerados en cada condado según el orden de su formación; pero sólo un batallón completo de 8 compañías recibe un teniente coronel. Los oficiales pueden, en su totalidad, ser nombrados de entre los propios voluntarios y no necesitan pasar exámenes. Únicamente el ayudante ha de ser un oficial de línea o de milicia con servicio anterior, y sólo él recibe sueldo fijo.* Los voluntarios se visten por cuenta propia, aunque el gobierno entrega a solicitud, en préstamo, fusil con bayoneta común. Cada cuerpo elige por sí mismo el color, corte, etc. del uniforme y del correaje, con la aprobación del gobierno, es decir, del Lord Teniente del condado. De los campos de ejercicio y de tiro, municiones, instructores y música han de cuidar los cuerpos, por lo general, también por sí mismos.

* Al subsidio de sueldo de 180 libras concedido por el gobierno, la mayoría de los batallones añade aún una suma considerable; conozco ayudantes, tenientes de línea, que perciben 300 libras o 2.000 táleros, y aún más de paga.

Los uniformes de los distintos cuerpos de infantería o de cazadores son en su mayoría verde oscuro, gris claro u oscuro, o pardo grisáceo; el corte oscila entre el francés y el inglés; el tocado predominante es el quepis francés, el gorro de oficial francés o inglés. La artillería viste, según reglamento, uniforme azul oscuro, y, al parecer, ha adoptado para el tocado la poco práctica gorra de piel de la artillería montada inglesa. Los pocos cazadores montados se adhieren en su uniforme al de la caballería inglesa; por lo demás, son un puro artículo de lujo.

Cuando comenzó la agitación para la formación de estos cuerpos de cazadores y se constituyeron las primeras compañías, la cosa tenía un marcado regusto a guardia nacional o milicia ciudadana; había en ello mucho juego a los soldados, el compadreo en las elecciones de oficiales, la cómica actitud y el desamparo en el servicio de los nuevos oficiales tenían mucho de regocijante. Como es comprensible, las elecciones no recayeron en modo alguno siempre en los más capacitados, ni siquiera en aquellos que mayor amor tenían a la causa. En los primeros seis meses de su existencia, casi todas las compañías y batallones daban la impresión de nuestra bienaventurada milicia ciudadana del año 1848.

Tal era el material que se entregó a los instructores suboficiales para que hicieran de él tropas de campaña utilizables. Se ejercitaba, por lo común, por la tarde, de 7 a 9, por secciones, en locales cerrados y con luz artificial, dos o tres veces por semana, y cuando era posible se hacía el sábado por la tarde una pequeña marcha de práctica y se ejercitaban las compañías. Los instructores eran suboficiales de línea, de milicia o semiinválidos (Pensioners). La costumbre y la ley prohibían utilizar el domingo. Los instructores de instrucción hubieron de hacerlo todo también para la formación de los oficiales. Entretanto, el suboficial inglés es en su género del todo excelente. En el ejército inglés se maldice e insulta menos durante el servicio, se habla con mucha mayor calma que en cualquier otro, pero, en cambio, se castiga con tanta mayor seguridad. El suboficial imita al oficial y se acostumbra a un tono que es muy superior al que reina entre nuestros suboficiales alemanes. Además, no sirve por la perspectiva de un retiro civil ulterior; se ha alistado voluntariamente por 12 años, y el ascenso hasta sargento, ya en cada nuevo escalón, le sitúa considerablemente mejor que antes; en cada batallón, una o dos plazas de oficial (ayudante y encargado de la contabilidad) se nutren casi siempre de antiguos suboficiales; en la guerra, el suboficial puede, por distinción ante el enemigo, obtener la estrella de oro en el cuello. Los instructores de instrucción surgidos de estos suboficiales han hecho, a grandes rasgos, lo posible en el tiempo que se les ha concedido, y no sólo han instruido por completo a las compañías, sino que también han adiestrado a duras penas a los oficiales.

Mientras tanto, al menos en las ciudades más grandes, las compañías aisladas se constituían en batallones y recibían ayudantes procedentes de las tropas regulares. El oficial subalterno inglés, como el austriaco, tiene una formación teórica mucho menor que la del norte de Alemania; pero cuando tiene afición a su oficio, conoce, como el austriaco, su servicio de manera del todo excelente. Entre los ayudantes que han pasado a los batallones de voluntarios hay personas que no pueden ser mejores instructores; y los resultados que han alcanzado en muy poco tiempo con sus batallones son en verdad sorprendentes. Sin embargo, hasta ahora la gran mayoría de los voluntarios no se han agrupado en batallones, y por eso las compañías que subsisten aisladas se hallan muy por detrás de los batallones.

El 11 de agosto, los voluntarios de Lancashire y Cheshire organizaron una revista en Newton, a medio camino entre Manchester y Liverpool; el teniente general al mando del distrito, Sir George Wetherall, asumió el mando supremo. Eran los voluntarios de los distritos fabriles de los alrededores de Manchester los que aquí se daban cita; pues tanto de Liverpool como de los distritos agrícolas limítrofes de Cheshire habían acudido pocos. Si hubiésemos de juzgar por nuestras experiencias alemanas de reclutamiento, tendríamos que considerar a estos cuerpos, en el aspecto físico, como situados por debajo del promedio; pero no ha de olvidarse que la clase trabajadora forma, con mucho, la minoría entre los voluntarios.

El terreno del hipódromo de Newton, ya de por sí esponjoso, estaba considerablemente reblandecido por las lluvias persistentes, muy irregular y arcilloso; por un lado corre un arroyo, cerca del cual hay aquí y allá matorrales espesos. Para una plaza de parada de jóvenes voluntarios, el suelo era justo el adecuado; estaban casi todos con el barro y el agua hasta los tobillos, y los caballos de los oficiales se hundían a menudo hasta el menudillo en el barro.

Los 57 cuerpos que se habían anunciado estaban divididos en cuatro brigadas, la primera de cuatro, las otras de tres batallones, cada batallón de 8 compañías; tenientes coroneles de línea mandaban las brigadas, oficiales de voluntarios los batallones. La primera brigada tenía desplegados tres batallones, el cuarto en columna detrás del centro. En segunda línea se hallaban las otras tres brigadas, nueve columnas de batallón una al lado de otra. Todas las columnas con frente de compañía, distancia de un cuarto entre las compañías y marchando por la derecha.

Después de recibir el general a las tropas, debía efectuarse un cambio de frente hacia la izquierda; el batallón que estaba en columna detrás de la primera línea debía desplegarse en guerrilla para cubrir este movimiento. A tal fin, pasó por el hueco que formaron las dos compañías centrales del batallón que tenía delante, girando a derecha e izquierda, y luego giró en columna a la izquierda, tras lo cual cuatro compañías se desplegaron en guerrilla a lo largo del arroyo y las otras cuatro formaron los apoyos. Con el suelo mojado y los matorrales, naturalmente no cabía pensar en una correcta utilización del terreno; por lo demás, la mayoría de los batallones de voluntarios están todavía ocupados con el abecé del tiro y del servicio de campaña, de modo que no sería justo aplicar aquí una medida severa. Entre tanto, la línea desplegada giró en torno al centro del batallón central como pivote; las dos compañías centrales de este batallón giraron, una hacia adelante, la otra hacia atrás, un cuarto de círculo, tras lo cual las restantes compañías entraron en el nuevo alineamiento. Los dos batallones de los flancos se pusieron en columna con distancia de un cuarto (la columna más cerrada que conocen los ingleses), marcharon igualmente al alineamiento y desplegaron. Se comprende cuánto tiempo absorbió esta pesada maniobra. Al mismo tiempo, el batallón del flanco derecho de la segunda línea o línea de columnas avanzó de frente hasta situarse detrás del nuevo flanco derecho de la primera línea; los demás batallones siguieron con un giro a la derecha (en doble fila) hasta el lugar donde había estado el batallón del flanco derecho; una vez allí, cada batallón dio frente y siguió a los batallones precedentes. Tan pronto como la última columna de batallón llegó de este modo al nuevo alineamiento, cada batallón giró separadamente a la izquierda y restableció así el frente de la línea de columnas.

Ahora avanzó la tercera brigada desde el centro de esta línea de columnas;

A doscientos pasos detrás de la primera línea desplegada, las tres columnas de batallón se abren a distancia de despliegue y, a su vez, despliegan. Como entretanto la cadena de tiradores ha ganado un terreno considerable, ambas líneas desplegadas avanzan unos cientos de pasos, tras lo cual la primera línea es relevada por la segunda. Esto se realiza haciendo que las dos líneas formen en columnas dobles con un giro a la derecha; en la primera línea, la cabeza de cada compañía da media vuelta a la derecha; en la segunda, la cabeza de cada compañía da media vuelta a la izquierda, y así ambas líneas se entrecruzan, tras lo cual se da el frente y se vuelve a formar en línea. Es ésta una de esas maniobras de patio de ejercicios que, allí donde son ejecutables, resultan superfluas, y donde serían necesarias, lamentablemente no lo son. A continuación, las cuatro brigadas se reunieron de nuevo, de manera semejante y conforme a la táctica de línea, en una gran columna, y las tropas desfilaron en frente de compañía (25-35 filas) y en columna abierta ante el general.

No queremos perder ni una palabra más sobre esta especie de táctica elemental, que a nuestros lectores sin duda les parecerá ya bastante anticuada; se ve de antemano que un reglamento semejante, cualquiera que sea el valor o desvalor que pueda tener para una tropa de línea con doce años de servicio, es en cualquier caso lo menos adecuado del mundo para voluntarios que sólo se ejercitan en sus horas libres. Lo único que aquí nos interesa es la manera en que los voluntarios ejecutan estos movimientos; y a este respecto hemos de decir que, aunque hubo aquí y allá algunos tropiezos, en conjunto todas las evoluciones se realizaron con calma y sin confusión. Lo más defectuoso fue el giro en columnas y el despliegue, este último casi siempre muy lento; en ambos movimientos se hizo sentir la falta de formación completa y de seguridad de los oficiales. En cambio, la marcha de frente de las líneas desplegadas, esa maniobra principal de la táctica inglesa, fue muy superior a toda expectativa; es éste un movimiento para el que los ingleses tienen en general una disposición excepcional y que parecen aprender con notable facilidad. El desfile se desarrolló también, para gran regocijo nuestro y bajo un tremendo aguacero, en conjunto bastante bien, aunque se produjeron diversos y cándidos atentados contra la bastante complicada etiqueta militar inglesa. Sólo de la distancia no se volvió a hablar, por culpa de los oficiales.

Prescindiendo de una maniobra con adversario organizada en Londres por algunos exaltados comandantes de voluntarios, en la que las cosas marcharon de manera bastante disparatada, ésta era la primera vez que masas mayores de voluntarios realizaban evoluciones que apuntaban a algo más que el simple desfile. Si se considera que la gran masa de las tropas presentes estaba compuesta por cuerpos que cuentan con sólo una, dos o a lo sumo tres compañías, que no se hallan en ninguna clase de unión de batallón, que carecen de oficiales veteranos, que han sido instruidos únicamente por suboficiales veteranos y que sólo en ocasiones aisladas han sido reunidos en batallones, se admitirá que se ha hecho lo posible y que los voluntarios ingleses ya no se encuentran al nivel de las milicias ciudadanas. Por lo demás, se comprende que aquellos cuerpos que forman batallones completos y están bajo las órdenes de ayudantes veteranos (pues éstos son de facto los jefes de batallón) maniobraron también en la revista mucho mejor que los demás.

El aspecto de la gente era en general bueno. Ciertamente, algunas compañías eran de una pequeñez francesa; otras, en cambio, superaban en estatura el promedio de la actual línea inglesa. Sin embargo, en su mayoría, la tropa era de talla y perímetro torácico muy mezclados. La palidez urbana de la mayoría produce un efecto desagradablemente poco marcial, aunque desaparecería ya con ocho días de servicio en campamento. Los uniformes, aquí y allá recargados, producían en conjunto un efecto muy bueno.

El primer año ha llevado ahora a los voluntarios, en el abecé de la instrucción, hasta el punto de que se puede pasar a las prácticas de tiradores y a los ejercicios de tiro. Para ambas cosas se mostrarán mucho más hábiles que la línea inglesa, de modo que para el verano del próximo año constituirían un cuerpo realmente útil si — tan sólo los oficiales fueran mejores.

Aquí reside, sin embargo, el punto débil de toda la formación. Los oficiales no pueden formarse en el mismo tiempo y con los mismos medios que los soldados rasos. Hasta ahora se ha demostrado que se puede contar con el celo de la masa hasta el punto de que cada uno resulte suficientemente instruido para el fin. Pero en los oficiales eso no basta. Como vemos, incluso para las evoluciones simples en el batallón —giro en columna, despliegue, mantenimiento de las distancias (algo que en la táctica lineal inglesa es tan importante)— la instrucción de los oficiales dista mucho de ser suficiente. ¿Cómo irán las cosas, entonces, en el servicio de campaña y en las prácticas de tiradores, donde el enjuiciamiento del terreno lo es todo y donde se presentan cosas mucho más difíciles? ¿Cómo se puede confiar a tales personas el servicio de seguridad? El gobierno ha obligado a todo oficial voluntario a acudir por lo menos tres semanas a la escuela de tiro de Hythe. Esto ya está muy bien, pero con ello no aprende ni a dirigir patrullas ni a comandar guardias de campaña. ¡Y es que los voluntarios deben emplearse, ante todo, en el servicio ligero, es decir, en el servicio para el que necesitan a los oficiales más diestros y seguros!

Aquí, sin embargo, ha de intervenir el Estado si se quiere que salga algo de la cosa. Las compañías que aún vegetan por su cuenta, aisladas, de dos en dos o de tres en tres, deberían ser obligadas a agruparse en batallones y a tomar ayudantes veteranos; estos ayudantes deberían impartir regularmente a la totalidad de los oficiales instrucción sobre táctica elemental, servicio de campaña y servicio interior en el batallón; además de la escuela de tiro, los oficiales deberían ser obligados a prestar servicio por lo menos tres semanas en un campamento junto a un regimiento de línea; y, después de todo ello, se les debería someter a un examen en el que demostrasen haber aprendido al menos lo más indispensable. Semejante examen de los oficiales, y luego una revisión médica de la tropa para eliminar a los no aptos para el servicio (de los que se ha colado una multitud), así como una revisión anual de las listas para eliminar a los que no acuden al servicio, hacen sólo el papel de soldados y no aprenden nada — entonces se tendría, ciertamente, una reducción muy considerable de los 120.000 hombres que ahora figuran en el papel, pero se tendría una tropa que valdría tres veces más de lo que ahora está sobre el papel.

En lugar de eso, se dice que el Ministerio de la Guerra se ocupa de la importante cuestión de si no convendría, en la primera ocasión, vestir a la totalidad de los voluntarios con el tan práctico rojo ladrillo de la línea.

movimientos de compañía. Instruirse los domingos estaba prohibido tanto por la ley como por la costumbre. Los instructores eran sargentos y cabos de tropa de línea, de la milicia o retirados; y ellos, a su vez, tenían que formar a los oficiales. Pero el suboficial inglés es un hombre excelente en su género. En el ejército inglés hay, durante el servicio, menos insultos y lenguaje grosero que en ningún otro; en cambio, el castigo se aplica con tanta mayor seguridad. El suboficial imita al oficial comisionado, y ha adoptado así maneras muy superiores a las de nuestros sargentos alemanes. Además, no sirve porque se le haya puesto en perspectiva algún empleíllo en la administración civil, como ocurre entre nosotros; se ha alistado voluntariamente por doce años, y el ascenso, incluso hasta el grado de sargento mayor, le ofrece considerables ventajas nuevas a cada paso;

en cada batallón se reservan, por lo general, uno o dos empleos de oficial (ayudante y habilitado) para antiguos suboficiales; y, en servicio activo, todo sargento puede prender la estrella dorada en su cuello por haberse distinguido frente al enemigo. Los sargentos instructores pertenecientes a esta clase de hombres han hecho, en conjunto, de los voluntarios lo que era posible hacer de ellos en tan corto tiempo; no sólo los han adiestrado en los movimientos de compañía, sino que han puesto en forma a los oficiales.

Entretanto, las compañías sueltas, al menos en las grandes ciudades, se constituyeron en batallones y recibieron ayudantes de las tropas regulares. De modo semejante al austríaco, el subalterno inglés posee mucha menos formación teórica que el del norte de Alemania; pero, al igual que el austríaco, si le gusta su profesión, conoce su deber sumamente bien. Entre los ayudantes que han pasado de la línea a los voluntarios, hay hombres que, como instructores, no podrían ser mejores; y los resultados que han obtenido en muy poco tiempo en sus batallones son ciertamente sorprendentes. Sin embargo, hasta ahora sólo una minoría de los voluntarios ha sido organizada en batallones permanentes, y, como es natural, éstos son considerablemente superiores a la masa de compañías que no lo han sido.

Los voluntarios de Lancashire y Cheshire habían organizado una Revista en Newton, a medio camino entre Manchester y Liverpool, para el 11 de agosto, tomando el mando el general comandante del distrito, Sir George Wetherall. Los voluntarios que allí se reunieron eran los contingentes de los distritos manufactureros de los alrededores de Manchester; no había muchos presentes ni de Liverpool ni de los distritos agrícolas vecinos de Cheshire. A juzgar por nuestra propia experiencia alemana en materia de reclutamiento, estos cuerpos debían de estar físicamente por debajo del promedio; pero no hay que olvidar que, con mucho, la minoría de los voluntarios pertenece a las clases trabajadoras.

El terreno del hipódromo de Newton, ya de por sí bastante esponjoso, había sido reblandecido considerablemente por las lluvias continuas; era muy desigual y muy pegajoso. A un lado corre un pequeño arroyo, con espesas aulagas aquí y allá en sus orillas. El terreno era justo el apropiado para una parada de jóvenes voluntarios; la mayoría de ellos estaban metidos en agua y barro hasta el tobillo, y los caballos de los oficiales se hundían a menudo en el barro hasta más arriba del menudillo.

Los 57 cuerpos que habían presentado su adhesión fueron divididos en cuatro brigadas ―la primera de cuatro batallones, las restantes de tres batallones cada una―; cada batallón constaba de ocho compañías. Tenientes coroneles de línea mandaban las brigadas; se nombró a oficiales de voluntarios para los batallones. La primera brigada tenía tres batallones desplegados, el cuarto en columna detrás del centro. Las tres brigadas restantes se situaron en segunda línea, nueve batallones en columnas contiguas de compañías a cuarta distancia, directamente al frente.

Después de saludar al general, debía efectuarse un cambio de frente a la izquierda, al amparo del batallón que estaba en columna detrás de la primera línea. Para realizarlo, las dos compañías del centro del batallón desplegado frente a él dieron un cuarto de conversión hacia afuera, tras lo cual la columna pasó a través de la abertura así formada, y luego se extendió a lo largo del curso de agua ―cuatro compañías en guerrilla y cuatro formando los apoyos―. El terreno y las aulagas estaban tan mojados que no cabía esperar que los hombres aprovechasen correctamente el terreno; además, la mayoría de los batallones de voluntarios todavía se ocupan sólo del abecé de la instrucción de guerrilla y del servicio de puestos avanzados, de modo que no sería justo medirlos con un estandar demasiado alto a este respecto. Entretanto, la línea desplegada efectuó su cambio de frente alrededor de su propio centro como pivote; las dos compañías del centro del batallón central dieron un cuarto de conversión ―la una hacia delante, la otra hacia atrás―, tras lo cual las restantes compañías tomaron la nueva alineación. Los dos batallones en las alas de la primera línea formaron columnas a cuarta distancia, marcharon a la alineación y se desplegaron de nuevo. Puede imaginarse el tiempo que ocupó esta complicada y bastante torpe maniobra. Al mismo tiempo, el batallón de la derecha de la línea de columnas avanzó directamente hasta ser detenido detrás de la nueva ala derecha de la primera línea; los demás batallones dieron frente a la derecha y siguieron en filas dobles (de a cuatro a la derecha), girando cada batallón al frente y siguiendo al batallón de la derecha en cuanto llegaban al lugar que este batallón ocupaba originalmente. Cuando la última columna hubo llegado así a la nueva alineación, cada columna giró independientemente a la izquierda, restableciendo así el frente de la línea de columnas.

La tercera brigada avanzó entonces desde el centro de esta línea de columnas; una vez llegada a unas doscientas varas detrás de la primera línea, o línea desplegada, los tres batallones se abrieron a distancia de despliegue y se desplegaron a su vez. Habiendo ganado entretanto un terreno considerable la cadena de tiradores, ambas líneas desplegadas avanzaron un par de cientos de varas, tras lo cual la primera línea fue relevada por la segunda. Esto se efectúa formando la primera línea de a cuatro a la derecha, y desprendiéndose la cabeza de cada compañía y girando a la derecha; las filas de la segunda línea ceden, dejando espacio para que pase la primera; después, las compañías forman frente y giran en línea. Éste es uno de esos movimientos de campo de instrucción que son superfluos allí donde son factibles, y que no son factibles allí donde serían necesarios. Después de esto, las cuatro brigadas se reagruparon en una masa de columnas, y las tropas desfilaron ante el general en columna abierta de compañías (de 25 a 35 filas de frente).

No intentaremos criticar este sistema de evoluciones que, sin duda, parecerá bastante anticuado a nuestros lectores. Es evidente que, sea cual fuere su valor en un ejército de línea con doce años de servicio, es ciertamente menos adecuado que ningún otro para voluntarios que sólo pueden dedicar unas pocas horas libres a la semana a su instrucción. Lo que más nos interesa en esta ocasión es la manera en que estos movimientos fueron ejecutados por los voluntarios; y aquí debemos decir que, aunque hubo algún que otro tropiezo aquí y allá, en conjunto estas evoluciones se realizaron con firmeza y sin confusión. Las partes más defectuosas fueron los giros en columna y los despliegues, estos últimos hechos muy lentamente; en ambas evoluciones se veía que los oficiales no estaban suficientemente formados ni familiarizados aún con su deber. Pero, por otro lado, el avance en línea, ese movimiento capital y fundamental de la táctica británica, resultó bueno por encima de toda expectativa; los ingleses parecen, en efecto, tener un talento excepcional para este movimiento y aprenderlo con una rapidez poco común. El desfile también salió, en conjunto, muy bien, y lo que fue más divertido, salió bajo un chaparrón empapador. Hubo unos cuantos errores contra la etiqueta militar británica, y además, por culpa de los oficiales, las distancias se mantuvieron muy mal.

Aparte de un simulacro de combate organizado en Londres, por algunos comandantes de voluntarios excesivamente optimistas, y llevado a cabo con bastante desorden, ésta era la primera vez que un cuerpo mayor de voluntarios ejecutaba evoluciones que tenían algo más a la vista que el eventual desfile. Si consideramos que la gran masa de tropas presentes en Newton se componía de cuerpos que, contando una, dos o a lo sumo tres compañías, no están constituidos en batallones permanentes, no tienen oficiales procedentes de los regulares, han sido instruidos sólo por sargentos instructores y sólo de vez en cuando se han reunido en un batallón, tendremos que conceder que los voluntarios han hecho todo lo que era posible, y que ya no están al mismo nivel que nuestras guardias cívicas. Como es natural, los cuerpos que forman batallones permanentes y están dirigidos por ayudantes de la línea (pues los ayudantes, hasta ahora, son los comandantes virtuales de los batallones) fueron también los que realizaron sus evoluciones con mayor firmeza en la revista.

Los hombres, en conjunto, tenían buen aspecto. Había, ciertamente, algunas compañías tan canijas como franceses, pero otras sobrepasaban en estatura el promedio de la actual línea británica. En su mayoría, sin embargo, eran muy desiguales en talla y anchura de pecho. La palidez propia de los habitantes de las ciudades daba a la mayoría de ellos un aspecto desagradablemente poco marcial, pero ocho días de acampada acabarían pronto con eso. Los uniformes, algunos un poco excesivamente ornamentados, producían muy buen efecto en masa.

La instrucción del primer año ha enseñado a los voluntarios lo bastante de los movimientos elementales como para que ahora puedan pasar a la práctica de guerrilla y de tiro con fusil. Serán mucho más diestros en ambas clases de trabajo que el soldado de línea inglés, de modo que para el verano de 1861 formarían un ejército muy útil, con tal de que sus oficiales supieran más de su oficio.

Éste es el punto débil de toda la formación. Los oficiales no pueden fabricarse en el mismo tiempo y con los mismos medios que los soldados rasos. Hasta ahora se ha probado que se puede contar con la disposición y el celo de la masa, en la medida necesaria para hacer de cada hombre un soldado en lo indispensable. Pero esto no basta para los oficiales. Como hemos visto, incluso para simples movimientos de batallón –giros en columna, despliegues, mantenimiento de las distancias (tan importante en el sistema inglés de evoluciones, donde se emplean con mucha frecuencia las columnas abiertas)– los oficiales no están, ni con mucho, suficientemente formados. ¿Qué será de ellos en el servicio de puestos avanzados y de guerrilla, donde el juicio del terreno lo es todo y donde han de tomarse en consideración tantas otras cuestiones difíciles? ¿Cómo puede confiarse a tales hombres el cuidado de la seguridad de un ejército en marcha? El Gobierno ha hecho obligatorio para todo oficial de voluntarios acudir a Hythe durante tres semanas, por lo menos. Hasta aquí, bien; pero eso no le enseñará ni a conducir una patrulla ni a mandar un puesto avanzado. Y, sin embargo, los voluntarios han de emplearse principalmente para el servicio de infantería ligera, para ese mismo tipo de servicio que requiere a los oficiales más hábiles y fiables.

Si todo este movimiento ha de conducir a algo, éste es el punto en el que el Gobierno tendrá que intervenir. Todas las compañías que aún existen...

de uno en uno o en grupos de dos o tres, —deberían ser obligados a combinarse en batallones permanentes, a contratar ayudantes de los regulares. Estos ayudantes deberían estar obligados a impartir a todos los oficiales de sus respectivos batallones un curso regular de instrucción en táctica elemental, en el servicio de infantería ligera en todas sus ramas y en los reglamentos que afectan a la rutina interna del servicio en un batallón. Los oficiales deberían estar obligados, además de asistir a Hythe, a prestar servicio, durante al menos tres semanas, con un regimiento de la línea o de la milicia en algún campamento; y, finalmente, al cabo de cierto tiempo, se les debería hacer pasar a todos un examen que demostrase que han aprendido al menos la parte más indispensable de su oficio. Tal curso de instrucción y examen de los oficiales; además, un reconocimiento médico de los soldados, a fin de eliminar a aquellos que no son aptos físicamente para el servicio en campaña (y no son pocos); y una revisión anual de las listas de compañía, para expulsar a aquellos hombres que no asisten a la instrucción, que solo juegan a los soldados y no quieren aprender su deber... si esto se hiciera, los 120.000 hombres que ahora existen sobre el papel se verían reducidos considerablemente, pero se tendría un ejército que valdría tres veces lo que el que ahora cuenta con 120.000 hombres sobre el papel.

En lugar de eso, se informa de que las autoridades militares están ocupadas discutiendo la importante cuestión de si no sería deseable vestir, en la primera oportunidad, a todos los voluntarios de los rifles con el tan deseable color ladrillo de la línea.