Friedrich Engels

Movimientos de Garibaldi

New-York Daily Tribune. Nr. 6031, 23. August 1860

Movimientos de Garibaldi.

De nuestro propio corresponsal.

Londres, 8 de agosto de 1860.

La crisis en el sur de Italia es inminente. Si hemos de dar crédito a los periódicos franceses y sardos, 1.500 garibaldinos han desembarcado en la costa de Calabria y se espera a Garibaldi de un momento a otro. Pero aun cuando esta noticia fuera prematura, no cabe duda de que Garibaldi habrá trasladado el teatro de la guerra a la Italia continental antes de mediados de agosto.

Para comprender los movimientos de los napolitanos, hay que tener presente que en su ejército actúan dos corrientes subterráneas contrapuestas: el partido liberal moderado, oficialmente en el poder y representado por el Ministerio, y la camarilla absolutista, a la que pertenecen la mayoría de los jefes del ejército. Las órdenes del Ministerio son contrarrestadas por las órdenes secretas de la Corte y por las intrigas de los generales. De ahí los movimientos contradictorios y los informes contradictorios. Hoy oímos que todas las tropas reales van a abandonar Sicilia; mañana las encontramos preparando una nueva base de operaciones en Melazzo. Esta situación es inherente a todas las revoluciones a medias; el año 1848 ofrece ejemplos de ella en toda Europa.

Mientras el ministerio ofrecía evacuar la isla, Bosco, que parece ser el único hombre resuelto entre ese montón de viejas que lucen charreteras de generales napolitanos, intentó discretamente convertir el extremo nororiental de la isla en una plaza fuerte desde la que pudiera emprenderse la reconquista, y con ese fin marchó a Melazzo con una fuerza escogida de los mejores hombres disponibles en Messina. Allí se topó con la brigada de Medici, de garibaldinos. No se aventuró, sin embargo, a atacarlos seriamente hasta que se mandó llamar al propio Garibaldi, quien trajo algunos refuerzos.

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Entonces el jefe insurrecto, a su vez, atacó a los realistas y, tras un combate encarnizado de más de doce horas de duración, los derrotó por completo. Las fuerzas empeñadas por cada bando eran aproximadamente iguales, pero la posición que ocupaban los napolitanos era muy fuerte. Sin embargo, ni las posiciones ni los hombres pudieron resistir el ímpetu de los insurrectos, que empujaron a los napolitanos a través de la ciudad hasta la ciudadela. Allí no les quedó sino capitular, y Garibaldi les permitió embarcarse, pero sin armas. Tras esta victoria, marchó de inmediato a Messina, donde el general napolitano consintió en entregar los fuertes exteriores de la ciudad a condición de que no se le molestara en la ciudadela. Como esta ciudadela no puede albergar más que unos pocos miles de hombres, nunca será un obstáculo serio para cualquier operación ofensiva de Garibaldi, y éste hizo muy bien en ahorrar a la ciudad un bombardeo, que inevitablemente habría seguido a todo ataque. Tal como están las cosas, esta serie de capitulaciones en Palermo, Melazzo y Messina contribuirá más a destruir la confianza de las tropas reales en sí mismas y en sus jefes que el doble de victorias. Se ha convertido en cosa corriente que los napolitanos capitulen siempre ante Garibaldi.

A partir de ese momento, fue posible para el Dictador siciliano pensar en desembarcar en el continente. Su marina de vapor no parece ser aún lo bastante grande para justificar un desembarco más al norte, a unas seis u ocho jornadas de Naples, por ejemplo en la Bahía de Policastro. Por tanto, parece haberse decidido a cruzar el Estrecho por donde es más angosto, es decir, en el extremo nordeste de la isla, al norte de Messina. Se dice que en este punto ha concentrado unas 1.000 embarcaciones, probablemente la mayoría faluchos de pesca y cabotaje, como abundan en aquellas costas, y si se confirma el desembarco de los 1.500 hombres al mando de Sacchi, éstos constituirán su avanzada. El punto no es el más favorable para una marcha sobre Naples, pues es la parte de tierra firme más alejada de la Capital; pero si su marina de vapor no puede transportar a unos 10.000 hombres de una sola vez, no puede elegir otro, y entonces tiene al menos la ventaja de que los calabreses se le unirán de inmediato. En cambio, si puede meter unos diez mil hombres a bordo de sus vapores y cuenta con la neutralidad de la marina real (que parece decidida a no combatir contra italianos), podría desembarcar a unos pocos hombres en Calabria como maniobra de distracción y dirigirse él con el grueso de sus fuerzas a la Bahía de Policastro, o incluso a la de Salerno.

Las fuerzas de que dispone actualmente Garibaldi se componen de cinco brigadas de infantería regular, de cuatro batallones cada una, junto con diez batallones de Cacciatori dell'Etna; dos batallones de Cacciatori delle Alpi, la élite de su ejército, un batallón extranjero (ahora italiano) al mando del coronel Dunne, un inglés;

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un batallón de ingenieros; un regimiento y un escuadrón de caballería; y cuatro batallones de artillería de campaña; en total 34 batallones, cuatro escuadrones y

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32 cañones, equivalentes a unos 25.000 hombres en total, de los cuales algo más de la mitad son italianos del norte, el resto italianos. La casi totalidad de estas fuerzas podría emplearse en la invasión de Naples, ya que las nuevas formaciones que ahora se están organizando bastarán pronto para vigilar la ciudadela de Messina y proteger Palermo y las demás ciudades de cualquier ataque. Aun así, esta fuerza parece muy pequeña si se compara con lo que el Gobierno napolitano dispone sobre el papel.

El ejército napolitano se compone de tres regimientos de la guardia, quince de línea, cuatro regimientos extranjeros, cada uno de dos batallones, lo que suma 44 batallones; de 13 batallones de cazadores; de nueve regimientos de caballería y dos de artillería: en total, 57 batallones y 45 escuadrones en pie de paz. Incluyendo los 9.000 gendarmes, organizados también sobre un pie completamente militar, este ejército cuenta en pie de paz 90.000 hombres. Pero durante los dos últimos años ha sido elevado al completo de guerra; se han organizado terceros batallones de los regimientos, los escuadrones de depósito han sido puestos en servicio activo, se ha completado la tropa de guarnición, y este ejército consta ahora, sobre el papel, de más de 150.000 hombres.

¡Pero qué ejército es éste! Exteriormente vistoso para un ordenancista, no hay vida, ni espíritu, ni patriotismo, ni fidelidad en él. Carece de tradiciones militares nacionales. Cuando los napolitanos combatieron como tales, siempre fueron derrotados. Sólo a la zaga de Napoleón estuvieron alguna vez asociados a la victoria. No es un ejército nacional. Es un ejército puramente real. Fue formado y organizado con el propósito expreso y exclusivo de mantener sometido al pueblo. Y ni siquiera para eso parece apto; abundan en él los elementos antirrealistas, y ahora estallan por todas partes. Los sargentos y cabos, especialmente, son liberales casi sin excepción. Regimientos enteros gritan «¡Viva Garibaldi!». Ningún ejército ha sufrido jamás una deshonra como la que éste sufrió desde Calatafimi hasta Palermo; y si las tropas extranjeras y algunos napolitanos combatieron bien en Melazzo, no hay que olvidar que estos hombres escogidos no forman más que una pequeña minoría del ejército.

Así pues, es casi seguro que, si Garibaldi desembarca con una fuerza suficiente para obtener algunos éxitos en el continente, ninguna concentración de masas napolitanas podrá oponérsele con probabilidades de éxito; y pronto podremos esperar oír que prosigue su carrera triunfal, con 15.000 hombres contra una desproporción de diez a uno, desde Scylla hasta Naples.

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