Karl Marx

La alianza ruso-francesa

New-York Daily Tribune.  
Nr. 6025, 16 de agosto de 1860

La alianza ruso-francesa.

De un corresponsal ocasional.  
Londres, 3 de agosto de 1860.

Las observaciones hechas en mi última carta acerca de la conexión secreta entre las matanzas de Siria y la alianza ruso-francesa han recibido una confirmación inesperada desde el otro lado del Canal, en forma de un panfleto publicado en casa del señor Dentu el martes pasado, titulado “La Syrie et l’Alliance Russe”, y atribuido a la pluma de M. Edmond About.

El señor Dentu, como ustedes saben, es el editor del gobierno francés, que ha publicado todos los panfletos semioficiales que de tiempo en tiempo iniciaban a Europa en los “estudios” que se complacían en hacer en las Tullerías. El panfleto arriba mencionado adquiere un interés peculiar por el hecho de que su publicación siguió de cerca a la carta amorosa dirigida por el Hombre de Diciembre a Persigny, destinada a hipnotizar a John Bull, y de la que lord John Russell, en el mismo momento en que se negaba a presentarla ante la Cámara, remitió una copia a The Times de Londres. Los extractos que siguen contienen la sustancia de La Syrie et l’Alliance Russe:

“Como en tiempos de las Cruzadas, la Europa cristiana se siente conmovida por los horribles crímenes de los que Siria acaba de ser escenario. Setecientos mil cristianos son entregados al fanatismo despiadado de dos millones de musulmanes, y el gobierno turco, con su inexplicable inacción, parece confesarse su cómplice. Ciertamente, Francia habría olvidado todas sus tradiciones si no hubiera reclamado de inmediato el honor de proteger las vidas y las propiedades de aquellos que, en otros tiempos, fueron los soldados de Pedro el Ermitaño y de Felipe Augusto... Es, pues, hora ya de pensar en un remedio para una situación que no podría durar más sin conducir a una gran calamidad: el exterminio total de los súbditos cristianos de la Puerta.

La expedición de la que tanto habla el gobierno turco es totalmente insuficiente para restablecer el orden. Las potencias que tienen correligionarios en Siria y que están justamente alarmadas por su seguridad, deben estar preparadas para intervenir materialmente. Si tardaran, ya no sería tiempo de proteger a las víctimas; su único deber sería vengar a los mártires.

Dos naciones están especialmente interesadas en defender la Cruz en esas lejanas costas: Francia y Rusia. ¿Cuál sería la consecuencia probable de la unión de sus armas, y el resultado en la organización ulterior de Europa? Esto es lo que nos proponemos investigar.

En ciertos períodos de la historia encontramos que, bajo el impulso de ciertas leyes de atracción y aglomeración, los pueblos forman combinaciones políticas desconocidas en el pasado. Estamos ‘asistiendo’ a uno de esos momentos críticos en la vida de la humanidad. La cuestión siria no es más que uno de los nudos de una situación muy complicada. Toda Europa se halla en un estado de expectación y ansiedad, esperando una vasta solución que pueda establecer las bases de una paz duradera tanto en Europa como en Oriente. Ahora bien, ese objetivo solo puede alcanzarse en la medida en que la organización de nuestro continente esté en conformidad con los deseos y las exigencias de las actuales cuestiones de nacionalidades que luchan bajo el yugo. Tendencias religiosas hostiles, incompatibilidad de temperamentos, lenguas radicalmente opuestas entre sí, mantienen en ciertos Estados europeos una corriente subterránea de agitación, que impide el restablecimiento de la confianza y obstaculiza el progreso de la civilización. La paz, ese término último de la ambición de todos los gobiernos, solo puede asegurarse permanentemente cuando las causas permanentes de perturbación que acabamos de indicar hayan desaparecido. Deseamos, por tanto, llegar a un doble resultado:

1. Dondequiera que ello sea posible, favorecer la formación de un Estado homogéneo y nacional, cuya misión sería absorber y concentrar, en una poderosa unidad, a las poblaciones que tienen ideas o tendencias en común.

2. Tratar de llevar a cabo ese principio sin recurrir a las armas.

A primera vista, Francia y Rusia parecen haber realizado el ideal de las monarquías. Aunque 400 leguas las separan, estas dos potencias han llegado por los más diversos caminos a esa unidad que es la única capaz de crear imperios duraderos, no circunscripciones efímeras cuyos límites pueden cambiar cualquier día por la fortuna de la guerra... Los zares, meditando desde hace 135 años sobre el testamento de Pedro el Grande, no han cesado de lanzar miradas codiciosas a la Turquía europea... ¿Debe Francia continuar protestando contra las pretensiones de los zares al decadente imperio del sultán? Creemos que no. Si Rusia nos prestara su cooperación para la reanexión de la frontera del Rin, nos parece que un reino no sería un precio demasiado alto por su alianza.

Gracias a semejante combinación, Francia podría recobrar sus verdaderos límites, tal como los trazó el geógrafo Estrabón hace 18 siglos. (Sigue una cita de Estrabón, enumerando las ventajas de la Galia como asiento de un poderoso imperio). Fácilmente se comprende que Francia quiera reconstruir esa obra divina (supongo que las fronteras de la Galia), frustrada durante tantos siglos por el fraude de los hombres, y esto está tan en la naturaleza de las cosas, que en un período en que no pensábamos en engrandecimiento territorial, Alemania estaba sin embargo sujeta a periódicos accesos de inquietud, y nos lanzaba, como prenda de desafío, la canción patriótica de Becker: ‘Sabemos que no estamos solos en tener planes de engrandecimiento’. Ahora bien, si Rusia mira a Constantinopla del mismo modo que nosotros al Rin, ¿no se pueden poner en cuenta esas pretensiones análogas y forzar a Europa a aceptar una combinación que adjudicaría Turquía a Rusia, y a Francia esa frontera del Rin, que Napoleón I consideró en 1814 como condición sine qua non de su existencia como soberano?

Hay solo dos millones de turcos en Europa, mientras que hay trece millones de griegos, cuyo jefe espiritual es el zar... La insurrección griega, que duró nueve años, no fue más que el preludio del movimiento que las matanzas en Siria pueden hacer estallar como una señal. Los cristianos griegos solo esperan una orden de su Jefe en San Petersburgo, o de su Patriarca en Constantinopla, para levantarse contra los infieles; y hay pocos políticos previsores que no anticipen una solución de la cuestión de Oriente en un sentido favorable a Rusia, y eso en un tiempo no lejano. No es, pues, sorprendente que, al llamamiento de sus correligionarios, y alentados por las predicciones de Stalezanew, los rusos estén preparados para cruzar el Pruth en el primer momento.

Si echamos un vistazo a nuestras fronteras, las consideraciones que justifican nuestras tendencias parecen ser tan importantes como las que mueven a Rusia. Dejemos de lado todos los recuerdos históricos y todos los motivos geográficos, tomemos una por una las provincias encerradas por el Rin y examinemos las razones que militan en favor de su anexión.

Primero nos encontramos con Bélgica. De buena fe, es difícil poner en duda la sorprendente analogía que ha inducido a algunos historiadores a llamar a los belgas los franceses del Norte. De hecho, en todo ese país las clases instruidas no usan otra lengua que el francés, y el dialecto flamenco solo es comprendido por las clases bajas de la población en unas pocas localidades. Es más, Bélgica es toda ella católica, y es a Francia, su hermana por origen, idioma y religión, a quien debe su independencia. No recordaremos el hecho de que Bélgica, conquistada por nuestros ejércitos en 1795, formó nueve departamentos franceses hasta 1814. Sin embargo, parece que nuestro yugo no fue tan pesado; ya que en 1831, no habiendo podido Bélgica obtener de las grandes potencias el permiso de ser anexionada a Francia, ofreció, por voto de las dos Cámaras, la corona belga al duque de Nemours, hijo del rey de los franceses. La negativa de este último los indujo posteriormente a ofrecerla al duque de Sajonia-Coburgo, actual Leopoldo I; pero el precedente al que nos referimos nos parece altamente importante, y lleva a la presunción de que si se consultara a Bélgica no sería menos generosa que Saboya, y probaría una vez más la atracción del prestigio que la grandeza de Francia le hace sentir. La oposición de unos pocos miembros de las clases superiores sería muy pronto ahogada por las aclamaciones populares.

Antes de caer en el mar, el Rin se divide en tres brazos, dos de los cuales corren en direcciones bastante septentrionales: el Yssel, que desemboca en el Zuyderzee, y el Wahl, afluente del Mosa. Si Francia tuviera que trazar de nuevo sus límites, ¿no podría tomar la línea del Rin propiamente dicha, en lugar de la del Wahl o el Yssel, a fin de cercenar lo menos posible del sur de Holanda? Eso es lo que seguramente haría. Por otra parte, no es del lado de Holanda por donde es indispensable rectificar nuestra frontera tomando como base la línea del Rin. Bélgica, con sus fronteras actuales, bastaría para satisfacer la necesidad de extensión que tan ruidosamente ha sido reclamada por la opinión pública en estos últimos tiempos. La línea del Escalda era, por lo demás, la frontera concedida a Francia por el tratado de Lunéville en 1801.”

Sigue un breve pasaje que demuestra, con argumentos similares, la necesidad de anexionar el Gran Ducado de Luxemburgo, “que bajo el imperio formó el Département des Forêts”. Luego, el panfletista procede a mostrar la necesidad de la anexión de la Prusia renana:

“Una vez en nuestro poder Bélgica y Luxemburgo, nuestra tarea no ha terminado... Para completar nuestras fronteras no debemos tomar menos de dos tercios de la Prusia renana, la totalidad de la Baviera renana y alrededor de un tercio del Gran Ducado de Hesse. Todos estos territorios formaron, bajo el Imperio, los departamentos del Roer y del Rin, del Mosela y del Sarre, del Mont Tonnerre y el Gran Ducado de Berg. En 1815, fueron repartidos entre varios poseedores, para hacer más difícil su recuperación por nuestra parte. Un hecho notable es que estas provincias, anexionadas a la monarquía francesa, estuvieron solo unos pocos años en contacto directo con nosotros, y sin embargo, nuestra estancia temporal entre ellas ha dejado las marcas más duraderas. Cuánta simpatía se prodiga al viajero francés en aquellas partes, apelamos de buen grado a quienes han viajado por allí. Desde hace 45 años ni un solo soldado francés ha guarnecido esas ciudades a orillas del Rin, y sin embargo es maravilloso ver la conmovedora acogida que nuestro uniforme encuentra en ellas. Católicos como nosotros, como nosotros son franceses. ¿No fue en Aquisgrán donde nuestro emperador, Carlomagno, tuvo su corte?... Contiguas a Francia, las Provincias Renanas deben convertirse en las dependencias políticas, como lo son ya naturales, de Francia.”

El autor vuelve luego a Rusia, y después de mostrar que la guerra de Crimea no constituye un obstáculo para la alianza entre Francia y Rusia, ya que entonces no habían llegado a un entendimiento, da la siguiente información acerca de uno de los títulos de Francia a la gratitud de Rusia:

“Hay que tener presente que Francia no se prestó a los planes de Inglaterra en el Báltico. No sabemos si un ataque a Cronstadt habría tenido éxito en cualquier caso; no se intentó, gracias, tenemos razones para creerlo, a la oposición de Francia.”

Después de una excursión a la campaña de Italia, el autor no duda de que al final Prusia se unirá a la alianza franco-rusa:

Pero para vincular el Gabinete de Berlín a nuestra política, es preciso sustraerlo de la influencia de Inglaterra. ¿Cómo lograrlo? Haciendo de modo que Prusia deje de ser nuestra vecina en el Rin, y prometiendo apoyar sus legítimas pretensiones de preponderancia en Alemania. El canje de estas provincias renanas hace que Baviera y Prusia obtengan sus compensaciones a costa de Austria. La alianza inglesa solo puede asegurar a Prusia el statu quo; la alianza francesa le abre un horizonte ilimitado.

La alianza entre Francia, Rusia y Prusia, lealmente concertada, como tenemos motivos para esperar que lo sea, trae consigo consecuencias de lo más naturales. ... Hemos demostrado más arriba lo que Estrabón sentó hace 1.800 años como algo indiscutible: que el Rin era la frontera natural de la Francia septentrional. Ahora bien, Prusia es la mayor perjudicada por esta extensión territorial. Durante los últimos 45 años, ha guardado el Rin como el dragón custodiaba el jardín de las Hespérides. Desaparezca esta causa de hostilidad entre Francia y Prusia; vuélvase francesa de nuevo la margen izquierda del Rin; a cambio de sus buenos oficios, Prusia hallaría una compensación en Austria, potencia que sería castigada por su mala fe y su torpeza. Organícese todo para una paz duradera.

Consúltese a las poblaciones, para que no se produzca ninguna anexión violenta. Con Rusia en Constantinopla, Francia en el Rin, Austria disminuida y Prusia preponderando en Alemania, ¿dónde podría hallarse en Europa causa alguna de perturbación o de revolución? ¿Se atrevería Inglaterra a luchar sola contra Rusia, Prusia y Francia? No podemos admitir tal cosa. Si, no obstante, ocurriese, si Gran Bretaña se aventurase a cometer tal imprudencia, podría recibir una severa lección. Gibraltar, Malta, las Islas Jónicas son una garantía de que se mantendrá tranquila; ésos son los puntos débiles de su armadura. Pero aun cuando se vea reducida a una agitación estéril en su isla y obligada a ser espectadora pasiva de lo que acontezca en el continente, apenas se le permitirá emitir su opinión, gracias a los cinco o seis mil hombres que envíe a Siria.

La alianza ruso-francesa

Ha llegado el momento en que nuestra política debe definirse con claridad. Es en Siria donde Francia ha de conquistar pacíficamente la frontera del Rin, cimentando la alianza con Rusia. Pero hemos de cuidarnos de no dar a Rusia una extensión ilimitada. Las provincias al norte del Bósforo deben bastar a su ambición. Asia Menor ha de permanecer terreno neutral. Si, en verdad, fuera posible contemplar un tema práctico bajo una luz poética y práctica a la vez, diríamos que nuestra elección está hecha; acaba de surgir un hombre que parece la encarnación de la idea que desearíamos ver representada en Siria: Abd-el-Kader. Es lo bastante ortodoxo como musulmán para conciliarse a la población musulmana; es lo bastante civilizado para distribuir justicia por igual a todos; está vinculado a Francia por lazos de gratitud; protegería a los cristianos y reduciría a la obediencia a las tribus turbulentas siempre dispuestas a perturbar el reposo de Asia Menor. Hacer de Abd-el-Kader el Emir de Siria sería una noble recompensa por los servicios de nuestro prisionero.