Karl Marx

Acontecimientos en Siria—Sesión del Parlamento Británico—El estado del comercio británico

New-York Daily Tribune.
Núm. 6021, 11 de agosto de 1860

De un corresponsal ocasional.
Londres, 28 de julio de 1860.

El Libro Azul sobre los disturbios sirios acaba de publicarse, y como Lord Stratford de Redcliffe ha anunciado para el próximo martes su interpelación sobre los asuntos de Siria, aplazo entrar en este asunto trascendental y me limito a advertir a sus lectores que no se dejen llevar por las declamaciones sentimentales de la prensa decembrista, por los sentimientos de horror ante las atrocidades de las tribus salvajes y por la simpatía natural que se siente por los que sufren. Pero hay algunos puntos en los que conviene fijarse con firmeza.

En primer lugar, el Imperio ruso, a consecuencia de las colisiones internas surgidas del movimiento de emancipación de los siervos y del estado ruinoso de las finanzas, se encuentra en un aprieto del que el actual gobierno no sabe cómo salir airoso mediante una guerra en gran escala. La guerra les parece el único medio de desviar la revolución inminente tan seguramente predicha en *La vérité sur la Russie* del príncipe Dolgorukow.

En consecuencia, hace unos tres meses el príncipe Gorchakoff intentó reabrir la cuestión oriental publicando su circular sobre los agravios de los cristianos en Turquía, pero su llamamiento, al que solo se hizo eco una voz solitaria desde las Tullerías, cayó en oídos sordos en Europa. Ya desde entonces, los agentes rusos y franceses se afanaban por provocar un tumulto político-religioso —los primeros en la costa dálmata, los segundos en la siria—, movimientos ambos que se apoyaban mutuamente, pues las turbulencias en Montenegro y Herzegovina obligaron a la Puerta a retirar casi todo el ejército turco estacionado en Siria, dejando así el campo libre al antagonismo exacerbado de los clanes bárbaros del Líbano.

El Emperador de los franceses se vio colocado en la misma necesidad que el ortodoxo Zar, de buscar alguna cruzada novedosa y emocionante, para sumergir de nuevo a su imperio en el Leteo de las alucinaciones guerreras. El movimiento italiano, sustrayéndose de sus andaderas y tomando un rumbo contrario a la dirección que él quería imprimirle, se había convertido, como se insinuó delicadamente en el *Constitutionnel*, en una molestia para la opinión de París. Sus intentos de engatusar al Príncipe Regente de Prusia para llevarlo a una violenta «consolidación de Alemania», que se pagaría con una «compensación moral» para Francia en forma de las provincias renanas, resultaron un fracaso señalado e incluso arrojaron cierto ridículo sobre el empresario del ardid de la emancipación de las nacionalidades. El conflicto en que Luis Napoleón se vio envuelto con el Papa dañó el puntal sobre el que descansa su influencia sobre el campesinado: el clero católico de Francia.

El erario imperial se vio reducido durante algún tiempo, y sigue en un estado de, agotamiento, que en vano ha tratado de remediar lanzando la insinuación de la conveniencia de un *emprunt de la paix* (un empréstito de paz). Esto fue demasiado incluso para la Francia decembrista. Completar un empréstito contratado con el pretexto de la guerra con otro empréstito posterior contratado con el pretexto de la paz era una presunción aborrecible incluso para los agiotistas de París. Alguna voz débil en la prensa parisina emasculada se atrevió a insinuar que las bendiciones del segundo Imperio eran tan grandes como costosas, pues la nación las había comprado con un aumento de la deuda pública del cincuenta por ciento. El proyecto de un empréstito de paz de 500.000.000 de francos fue abandonado en consecuencia, una retirada que solo animó al Sr. Favre a disertar en el Corps Législatif sobre el inminente «desplome financiero» y a desgarrar la gasa florida con que el trapacero presupuestario imperial había cubierto las arcas del Estado. Las críticas en el Corps Législatif entre los *«chiens savants»* (los perros sabios) de la representación fingida, aventuradas por el Sr. Favre y el Sr. Ollivier sobre los rasgos característicos del régimen decembrista, así como la furiosa embestida contra las intrigas de los «viejos partidos» de que están plagadas la prensa oficial, semioficial y oficiosa de París, coincidían en atestiguar el hecho severo de que el espíritu rebelde de la Galia se está reavivando de sus cenizas, y de que la continuidad del dominio del usurpador depende nuevamente de la puesta en escena de un gran espectáculo bélico, como ocurrió dos años después del golpe de Estado, y otra vez dos años después de la conclusión del episodio de Crimea.

Es evidente que el Autócrata de Francia y el Autócrata de Rusia, acuciados ambos por la misma necesidad urgente de hacer sonar la trompeta guerrera, actúan de común acuerdo. Mientras los folletos semioficiales bonapartistas ofrecían al Príncipe Regente de Prusia la «Unión Alemana», respaldada por una «compensación moral» para Francia, el Emperador Alejandro, según se acaba de declarar públicamente, sin desmentido por parte de la prensa gubernamental de Berlín, en las publicaciones de la «Asociación Nacional» alemana, proponía abiertamente a su tío la anexión a Prusia de toda la Alemania del Norte hasta el Meno, a condición de la cesión a Francia de las provincias renanas y de la connivencia con el avance de Rusia hacia el Danubio. Es este hecho, lanzado simultáneamente por ambos Autócratas, lo que ha provocado la cita de Teplitz entre el Emperador de Austria y el Príncipe Regente. Los conspiradores de Petersburgo y de París tenían, sin embargo, reservado, en caso de que sus tentaciones a Prusia fracasaran, el emocionante incidente de las matanzas sirias, al que seguiría una intervención francesa que, como no convendría entrar por la puerta principal, abriría la puerta trasera de una guerra general europea.

En lo que respecta a Inglaterra, solo añadiré que en 1841 Lord Palmerston proveyó de armas a los drusos, que ellos conservaron desde entonces, y que en 1846, mediante una convención con el zar Nicolás, abolió de hecho el dominio turco que reprimía a las tribus salvajes del Líbano, y estipuló para ellas una cuasiindependencia que, con el correr del tiempo y bajo la adecuada dirección de tramadores extranjeros, no podía sino engendrar una cosecha de sangre.

Ustedes saben que la presente sesión parlamentaria no tiene parangón por una alarmante sucesión de fracasos gubernamentales. Aparte del aborto del Sr. Gladstone en materia de derechos protectores, no se ha aprobado ni una sola medida importante. Pero mientras el Gobierno retiraba proyecto tras proyecto, se las había arreglado para hacer pasar de contrabando en segunda lectura una pequeña resolución, consistente en una única y pequeña cláusula, que, de haberse aprobado, habría acarreado el mayor cambio constitucional visto en Inglaterra desde 1689. Dicha resolución proponía simplemente la abolición del ejército local inglés en la India, su absorción en el ejército británico y, en consecuencia, la transferencia del mando supremo del Gobernador General en Calcuta a los Horse Guards de Londres, alias el duque de Cambridge. Prescindiendo de las demás graves consecuencias que un cambio así habría de acarrear, sacaría a una parte del ejército del control del Parlamento y, en la mayor escala posible, aumentaría el patronazgo real. Parece ser que algunos miembros del Consejo de la India, que se opusieron unánimemente al proyecto gubernamental pero que, en virtud de la Ley de la India de 1858, no pueden ocupar escaños en la Cámara de los Comunes, susurraron sus protestas al oído de algunos diputados, y así ocurrió que, cuando el Gobierno ya consideraba seguro su ardid, un repentino motín parlamentario, encabezado por el Sr. Horsman, desbarató su intriga en el momento justo. Es un espectáculo verdaderamente ridículo, esta perplejidad de un Gabinete descubierto de improviso, y el desconcierto de una Cámara de los Comunes inquieta por las trampas tendidas a su propia y profunda ignorancia.

El valor declarado de las exportaciones del mes pasado muestra el avance del movimiento descendente del comercio británico. He señalado en una carta anterior que, comparadas con las exportaciones de junio de 1859, hay una disminución de cerca de un millón y medio de libras esterlinas para junio de 1860.

Los datos del mes de junio en los tres últimos años son los siguientes:

1858: 10.241.433 £
1859: 10.665.891 £
1860: 9.286.454 £

Para el semestre que termina el 30 de junio, el valor declarado de las exportaciones es inferior en un millón al de los mismos seis meses del año pasado:

1858: 53.467.804 £
1859: 63.003.159 £
1860: 62.019.989 £

La disminución del último mes se distribuye entre los ramos del algodón, el hilado de algodón, el lino, la quincallería y cuchillería, el hierro y la estambre. Incluso en las exportaciones de artículos manufacturados de lana, ramo que hasta ahora había mostrado una prosperidad constantemente creciente, con la excepción de este mes, el «hilado de lana y estambre» muestra un descenso. La exportación de artículos de algodón para los seis meses con destino a la India británica ha disminuido de 6.094.430 £ en el primer semestre de 1859 a 4.738.440 £ en el primer semestre de 1860, es decir, en 1.360.000 £ en valor de mercancías.

En cuanto a las importaciones, el rasgo más llamativo es el enorme volumen de las entradas de algodón. En junio de 1860 se recibieron 2.102.048 quintales (cwt.), frente a 1.665.306 quintales en junio del año pasado y 1.339.108 quintales en junio de 1858. El aumento en los seis meses no es inferior a tres millones de quintales; de modo que las recepciones del semestre son superiores en más del 60 por ciento. El algodón importado en el mes de mayo de 1860 vale 1.800.000 £ más que la importación en 1859. En los primeros cinco meses de 1860 se han gastado en algodón en rama nada menos que seis millones y medio de libras esterlinas más de lo que se gastó en el mismo período del año anterior.

Si se compara la rápida disminución en la exportación de artículos e hilados de algodón con el aumento, aún más decidido, de las importaciones de algodón, se comprenderá que se aproxima alguna crisis algodonera, tanto más cuanto que las nuevas llegadas de la materia prima caen sobre almacenes de algodón inusitadamente repletos.