Friedrich Engels  
Defensas británicas  

New-York Daily Tribune.  
Núm. 6020, 10 de agosto de 1860  

Defensas británicas.  

El plan para las defensas nacionales de Inglaterra, recién presentado al Parlamento, se propone limitar todo el gasto a la fortificación de los arsenales, junto con algunas obras menores, apenas suficientes para proteger los puertos más grandes del país de los ultrajes de pequeñas escuadras hostiles, y a la construcción de fuertes extensos y vigorosos en Dover y Portland, con el fin de asegurar fondeaderos protegidos a las flotas y a los buques sueltos. La totalidad del dinero ha de gastarse en la periferia del país, en la línea de costa accesible a la flota enemiga; y, como es imposible defender todo el litoral, se escogen unos cuantos puntos importantes, especialmente los arsenales navales. El interior del país habrá de abandonarse por completo a sus propios recursos.

Ahora bien, cuando Inglaterra confiesa que sus murallas de madera ya no la protegen y que ha de recurrir a la fortificación como medio de defensa nacional, es de razón que ponga a salvo ante todo, de un ataque, sus arsenales navales —cunas de su flota—. Nadie dudará de que Portsmouth, Plymouth, Pembroke, Sheerness y Woolwich (o el lugar que se elija en su lugar) deban hacerse tan fuertes que puedan rechazar todo ataque por mar y resistir durante un tiempo razonable un asedio regular por tierra. Pero es perfectamente ridículo llamar a la previsión de este peligro un sistema de defensa nacional. De hecho, para elevar el proyecto a tal dignidad, parece haber sido necesario hacerlo mucho más complicado y costoso de lo requerido para la mera protección de los arsenales.

Un país como Francia o España, expuesto a invasiones por su frontera terrestre tanto como a ataques navales y desembarcos en sus costas, está obligado a convertir sus depósitos navales en fortalezas de primer orden. Tolón, Cartagena, Génova, incluso Cherburgo, pueden verse sometidos al ataque combinado que destruyó los arsenales y astilleros de Sebastopol. Deben tener, por tanto, un frente terrestre muy fuerte, con fuertes destacados, para mantener los arsenales fuera del alcance de un bombardeo. Pero esto no es aplicable a Inglaterra. Suponiendo incluso que una derrota naval pusiera momentáneamente en duda la supremacía marítima de Inglaterra, aun así un ejército invasor, desembarcado en suelo británico, nunca podría contar con la libertad de sus comunicaciones y, por tanto, tendría que actuar con rapidez y decisión. Ese ejército invasor no estaría en condiciones de emprender un asedio regular; y, si lo estuviera, nadie en su sano juicio esperaría que el invasor se instalara tranquilamente frente a Portsmouth y desperdiciara sus recursos en un asedio prolongado, en lugar de marchar directamente sobre Londres y provocar de inmediato una decisión sobre la cuestión principal mientras su ascendiente moral y material se halla en su punto álgido. Si se llega al extremo de que tropas y material puedan desembarcarse sin peligro en Inglaterra en cantidad suficiente para atacar Londres y, al mismo tiempo, sitiar Portsmouth, entonces Inglaterra está al borde de la ruina y ningún fuerte terrestre en torno a Portsmouth podrá salvarla. Lo mismo que con Portsmouth ocurre con los demás arsenales navales. Refuércense todo lo posible los frentes marítimos; pero en los frentes terrestres, todo lo que vaya más allá de mantener al enemigo lo bastante alejado para proteger el arsenal del bombardeo y asegurarlo contra un asedio regular de quince días es superfluo. Mas si hemos de juzgar por los presupuestos y por algunos planos relativos a las defensas propuestas para Portsmouth que han aparecido en The London Times, se va a producir un enorme derroche de ladrillos y argamasa, de fosos y parapetos, de dinero y, en caso de guerra, también de hombres. El cuerpo de ingenieros parece deleitarse por completo en este lujo de proyectar fortificaciones, que durante tanto tiempo ha sido para ellos un placer prohibido. Inglaterra está amenazada con una vegetación de fuertes y baterías que brotan tan rápidos como setas y tan lozanos como las enredaderas de una selva tropical. El Gobierno parece empeñarse en que el dinero invertido tenga algo que mostrar; mas ése será el principal uso de todas estas espléndidas estructuras.

Mientras los arsenales no estén a salvo de un coup de main, podrán emprenderse invasiones con el único propósito de destruir uno de ellos para retirarse luego. Así sirven, por así decirlo, de válvulas de seguridad para Londres. Pero en cuanto queden asegurados contra un ataque por la fuerza, e incluso contra un ataque regular, durante catorce días —y esto es evidentemente necesario—, no quedará otro objetivo para una invasión que Londres. Todos los fines secundarios quedan asegurados; las invasiones locales ya no sirven para nada; una invasión ha de arriesgarse a la posibilidad de aniquilar a Inglaterra o sufrir a su vez el aniquilamiento. Así, el mero hecho de fortificar los arsenales debilita Londres. Obliga a la potencia invasora a concentrar todas sus fuerzas en el ataque directo e inmediato contra Londres. Londres, nos dice Lord Palmerston, debe ser defendida en campo abierto. Aceptemos que así sea; cuanto más fuerte sea el ejército, más segura estará Londres. Mas, ¿de dónde ha de salir ese fuerte ejército, si Portsmouth, Plymouth, Chatham y Sheerness y, tal vez, Pembroke, son convertidas en fortalezas de primer orden del tamaño de Cherburgo, Génova, Coblenza o Colonia, que requieren guarniciones de 15.000 a 20.000 hombres para defenderlas? Así pues, cuanto más se refuerzan los arsenales, tanto más se debilita a Londres y al país. ¡Y a esto llamáis defensas nacionales!

En todo caso, una sola batalla perdida decidiría la suerte de Londres; y, considerando la inmensa centralización comercial del país y el punto muerto al que la ocupación de Londres llevaría todo el mecanismo industrial y comercial de Inglaterra, no cabe duda de que una sola batalla decidiría la suerte de todo el reino. Y así, mientras se propone gastar doce millones en asegurar los arsenales, ¡el corazón mismo del país quedará desprotegido y abandonado al albur del resultado de una sola batalla!

No sirve de nada andarse con paños calientes. Fortifíquense de una vez por todas los arsenales de manera racional, lo cual podría hacerse por menos de la mitad del dinero que ahora se propone despilfarrar en ellos; pero si se quieren defensas nacionales, empréndase sin demora la fortificación de Londres. De nada sirve decir, como hace Palmerston, que esto es imposible. Es el mismo discurso que se oyó cuando se iba a fortificar París. La superficie encerrada por la muralla continua alrededor de París no es mucho menor que la que ocupa Londres; la línea de fuertes que circunvala París tiene una extensión de 27 millas, y un círculo alrededor de Londres a seis millas de Charing Cross daría un perímetro de 37 millas. Este círculo bien podría representar la distancia media de los fuertes al centro; y diez millas más no harán la línea demasiado larga, si un adecuado sistema de comunicación ferroviaria radial y circular facilita los rápidos movimientos de las reservas. Por supuesto, Londres no puede defenderse de la manera improvisada que propone la Cornhill Magazine, donde seis grandes fuertes han de hacerlo todo; el número de fuertes debe ser, cuando menos, de veinte; mas, por otra parte, Londres no necesita ser fortificada al estilo pedante de París, pues jamás tendrá que sostener un asedio. Defenderla contra un coup de main, contra los recursos que un ejército invasor pueda lanzar contra ella dentro de los quince días siguientes al desembarco, es todo cuanto se requiere. Se puede prescindir del recinto continuo; las aldeas y grupos de casas de las afueras pueden cumplir su función de manera bastante eficaz, si el plan de defensa se prepara adecuadamente con antelación.

Con Londres así fortificada, y los arsenales reforzados en sus frentes marítimos y protegidos en los terrestres contra un ataque violento e irregular, e incluso contra un breve asedio, Inglaterra podría desafiar cualquier invasión, y todo ello podría realizarse por algo así como quince millones de libras esterlinas. Los arsenales no absorberían, en total, más de 70.000 regulares y 15.000 voluntarios; mientras que todo el resto del ejército de línea, la milicia y los voluntarios —digamos 80.000 de línea y milicia y 100.000 voluntarios— defenderían el campamento atrincherado en torno a Londres, o aceptarían batalla frente a él; y mientras, todo el país al norte de Londres quedaría en plena libertad para organizar nuevos cuerpos de voluntarios y depósitos para el ejército de línea y la milicia. El enemigo se vería en todos los casos obligado a actuar; no podría, aunque quisiera, escapar entonces a la atracción del gran campamento atrincherado de Londres, y no le quedaría más opción que atacarlo y ser derrotado, o esperar, con lo cual aumentaría cada día las dificultades de su posición.

En lugar de esto, el plan gubernamental de defensas nacionales llevaría las cosas al extremo de que, si las fuerzas de Inglaterra consistieran en 90.000 hombres de línea y milicia y 115.000 voluntarios, las guarniciones absorberían, por lo menos, 25.000 regulares y 35.000 voluntarios, dejando para la defensa en campaña de Londres 65.000 regulares y 80.000 voluntarios, mientras que 35.000 hombres, que podrían hacer muchísima falta el día de la batalla, estarían sentados tranquilamente y sin ser amenazados tras muros de piedra que a nadie se le habría ocurrido atacar. Pero no sólo se debilitaría este ejército en 35.000 hombres, sino que se vería privado de una posición fortificada de la que no pudiera ser desalojado sino mediante un asedio regular; se vería obligado a exponer a sus 80.000 voluntarios, mal mandados e inexpertos, a un combate en campo abierto, y combatiría, por tanto, en circunstancias mucho menos favorables que el ejército dispuesto como se ha descrito más arriba.