Karl Marx

El emperador Napoleón III y Prusia

New-York Daily Tribune.
Nr. 5986, 30. junio 1860

El emperador Napoleón III y Prusia.

Berlín, 12 de junio de 1860.

A continuación se ofrecen extractos del reciente folleto del señor About, que se publicará en París dentro de pocos días:

«Sepa Alemania que la amistad de Francia tiene su valor. ¿No se precipitaron acaso nuestros soldados al Mar Negro para salvar al Imperio otomano de la destrucción? ¿No se ha logrado la emancipación de los moldovalacos únicamente por nuestra influencia, sin derramamiento de sangre? Italia ha entrado en la senda de la independencia y la unidad bajo nuestros auspicios; nuestros ejércitos allanaron el camino por el que hoy marcha, guiada por el Piamonte; y si el cielo permite que esta gran obra se consume y que una nación de 26 millones de almas se organice a nuestras puertas, Francia no se sentirá ofendida, pues sabe bien que no puede establecerse orden en Europa mientras existan nacionalidades oprimidas y reyes insoportables para sus súbditos.

Nunca fue tan grande esa noble nación (Alemania) como de 1813 a 1815, porque jamás estuvo tan unida. Cuando un francés habla con admiración de las campañas que tan terribles fueron para Francia, su testimonio merece atención. El sentimiento del honor y la independencia alemanes, alzándose contra la conquista, obró milagros. Alemania no tenía más que una pasión, un solo corazón. Se levantó como un solo hombre, y la derrota de nuestros incomparables ejércitos demostró lo que Alemania unida podía hacer.

Pues bien, que Alemania vuelva a estar unida. Francia lo desea ardientemente, pues ama a la nación germánica con afecto desinteresado. Si nos devorara esa ambición brutal que ciertos príncipes nos atribuyen, no impulsaríamos a Alemania a la unidad. Que Alemania se una y forme un cuerpo tan compacto que haga imposible toda invasión. Francia ve sin temor cómo se alza en su frontera meridional una Italia de 26 millones de almas; tampoco temería ver a 32 millones de alemanes en sus confines orientales.

Los alemanes empiezan a comprender la locura de mantener 37 gobiernos distintos y están resueltos a unirse.

Prusia será su núcleo, porque Prusia representa la libertad de comercio y de pensamiento, mientras que Austria representa la prohibición, el despotismo y todos los horrores engendrados por su Concordato. Por eso se agruparán en torno a Prusia. Pero Prusia debe elegir entre el derecho divino y los derechos del pueblo. Mientras unos príncipes se aferran a una falsa legitimidad, se están fundando imperios verdaderamente legítimos sobre la base del sufragio universal. El rey de Nápoles afirma que sus súbditos le pertenecen, y ellos le oponen un repudio armado de tales pretensiones. El emperador de los franceses y el rey de Cerdeña declaran, con la filosofía moderna, que los pueblos se pertenecen sólo a sí mismos, y dos grandes naciones, casi por unanimidad, los eligen como jefes. ¿Se pronunciará el príncipe de Prusia por el derecho divino o por los derechos del pueblo? Tanto más necesario es que haga esta declaración cuanto que, en 1849, una Asamblea Nacional, surgida del sufragio universal, llevó una corona legítima al rey a su palacio. ¿Qué hizo él? Se declaró por el derecho divino frente al derecho popular; no quiso aceptar la corona a menos que le fuera ofrecida por los príncipes, y los palurdos prusianos aplaudieron diciendo: “No queremos un trono sobre el que haya escupido la democracia”. Sajonia y Baden habían destituido a sus soberanos. Dos ejércitos prusianos marcharon en nombre del derecho divino e invadieron Sajonia y Baden. El rey de Sajonia fue repuesto en su trono, así como el duque de Baden; y después de que todo quedara así arreglado, y el ejército democrático de Baden buscara refugio en Suiza, los prusianos fusilaron a sangre fría a 26 patriotas alemanes.

Hace poco un demócrata prusiano escribió al pueblo de Wurtemberg: “¿Por qué no os unís a nosotros?”. Y le respondieron: “Si fuéramos prusianos, estaríamos todos desterrados, con el poeta Uhland a la cabeza”.

Nada hay más extraño ni más cierto que esta afirmación. Desde 1848, todos los príncipes de Europa, incluido el Papa, han concedido amnistías. La amnistía prusiana todavía no ha aparecido. Si el Regente quiere hacerse acreedor al bien de su patria, que haga volver a los desterrados y se convierta en ejecutor testamentario del Parlamento de 1849, ¡así como los Napoleones son los ejecutores testamentarios de la Revolución Francesa!

Permítasenos rectificar aquí ciertas ideas erróneas que circulan por Alemania. Se figuran, haciendo caso de ciertos periódicos feudales, que el Imperio francés se halla en estado de esclavitud; que el poder imperial ha amordazado el pensamiento, suprimido la representación nacional y echado a los perros nuestras libertades. Los prusianos se creen más libres y felices que nosotros bajo su liberal y parlamentario Gobierno. Verdad es que el emperador de los franceses labora la grandeza y la prosperidad de Francia con un poder dictatorial; pero éste es esencialmente democrático, pues el pueblo se lo ha confiado. Mas ¿acaso no campa el feudalismo por sus fueros en Prusia? El ejército francés es devoto del emperador, pero no le pertenece a él, sino a la nación. ¿El ejército prusiano pertenece al rey o a la nación? “Al rey”, dijo el otro día el primer ministro Hohenzollern, “los diputados de la nación nada tienen que ver con los asuntos del ejército”.

Verdad es que entre nosotros la libertad de prensa está sometida a severas restricciones, pero el derecho a imprimir y publicar no está confiscado; sólo queda en suspenso. La nación consiente en guardar silencio en torno a un príncipe que hace grandes cosas, así como los amigos de un filósofo o un gran escritor guardan silencio en su gabinete. En cuanto al derecho, permanece intacto, y los franceses tendrán el derecho de reclamarlo, en el momento y lugar oportunos, si el emperador olvidara (!) restituírselo. Los escritores de Berlín son más libres, quizá, a pesar de sus impuestos, fianza, etc., pero ¿quién les garantiza la duración de ese privilegio? La mano que dio puede quitar. La diferencia entre nosotros y ellos es que nosotros prestamos nuestras libertades al emperador, en tanto que ellos toman prestadas las suyas del regente.

Los alemanes se imaginan que nos hemos dejado despojar de nuestro régimen parlamentario. Cierto. Nuestro Parlamento ha cambiado desde 1848. Ya no es una camarilla que representa a 400.000 o 500.000 personas; es la nación entera la que envía sus diputados al Cuerpo Legislativo. Esta Asamblea, elegida, como el propio emperador, por sufragio universal, ya no goza del ridículo privilegio (!) de interrumpir la marcha de los asuntos públicos, de sustituir la acción por discursos, la unión por coaliciones, el interés público por la vanidad privada, el progreso serio de un gran pueblo por la adulación de alguna mezquina ambición oratoria; pero goza del inestimable derecho de votar todos los impuestos y todas las leyes del Imperio. ¿Tenemos algún motivo para envidiar la Constitución prusiana? ¿Se aplica en Prusia el principio de la responsabilidad ministerial? Todavía no. ¿Tienen las Cámaras el derecho reconocido de negarse a votar los impuestos? No. Y ¿qué son las Cámaras prusianas? Aquella que corresponde a nuestro Cuerpo Legislativo, o (!) a la Cámara de los Comunes, se forma mediante un mecanismo más ingenioso que democrático. Se asigna un distrito que paga 300.000 francos de contribuciones directas. Los contribuyentes se dividen en tres escuadrones: los 15 o 20 grandes propietarios que pagan 100.000 francos forman la primera clase de electores; la segunda clase se compone de 200 o 300 que pagan otros 100.000 francos, y la tercera, de los 2.000 o 3.000 que pagan el resto. Cada una de estas clases elige seis electores, y estos dieciocho electores eligen un diputado. De ahí que las clases medias nunca puedan estar representadas, y por eso el señor de Vincke, que se sentaba en el lado conservador del Parlamento de Fráncfort, es hoy, sin haber cambiado de opiniones, el demócrata más avanzado de las Cámaras prusianas. ¿Puede la Alemania liberal hacer mucho con semejante Cámara? Y aun cuando muestra algún deseo de progreso, ¿no se ve coartada y rechazada por la Cámara Alta? —una Asamblea compuesta de nobles con escaño por derecho o por nacimiento, y de miembros escogidos por el rey entre candidatos presentados por la nobleza, las universidades y las grandes ciudades—, por un lado el derecho de nacimiento, por otro la elección del soberano. No se recluta de otras fuentes, por lo que se opone a toda medida liberal. Recientemente rechazó, por gran mayoría, el principio del matrimonio civil. Por poco provoca una insurrección contra el ministro que propuso que se obligara a los nobles a pagar impuestos como las demás clases de ciudadanos.

Esta Constitución no es perfecta. Harán bien en modificarla, si Alemania decide echarse en brazos de Prusia.

Es muy deseable que Prusia muestre un poco más de ecuanimidad hacia los gobiernos fundados en el sufragio universal. No reprochamos a la Corte de Berlín la violencia de la prensa alemana, ni esperamos que el príncipe regente amordace a sus súbditos aun cuando nos insulten; pero se nos ha de permitir observar que si Le Siècle y L'Opinion Nationale se expresan en términos ofensivos contra un soberano que no es enemigo de Francia, Le Moniteur, o al menos los periódicos semioficiales, se apresuran a reparar la injuria administrando una severa reprimenda.

También sería sumamente deseable que los hombres políticos de Prusia se abstuvieran de fulminar, en el parlamento prusiano, ataques abiertamente dirigidos contra Francia. Cuando el señor de Vincke habla en la Cámara de Diputados de Prusia de reconquistarnos Alsacia y Lorena, la nación francesa no se exalta lo bastante con esta frivolidad como para tomar las armas; pero se complace en declarar que tales imprudencias nunca se cometen en Francia. Desde el advenimiento de Napoleón III, y sobre todo desde la anexión de Niza y Saboya, los escritores alemanes y tal vez incluso los príncipes alemanes han manifestado en voz un tanto alta una desconfianza injusta hacia la política francesa. Se empeñan en atribuirnos el proyecto de anexionarnos las provincias renanas y de invadir el suelo de Alemania. Esta alarma infundada se expresa en voz tan alta y con tal obstinación que bien podría inspirarnos malos pensamientos si fuéramos menos ecuánimes. Lo cierto es que, si uno aborda en la calle al hombre más apacible e inofensivo y le dice: “Señor, usted piensa abofetearme; jure cuanto quiera que no tiene usted esa intención, pero yo sé que piensa usted abofetearme. No me creeré aunque lo jure, porque sé que sí piensa usted abofetearme. Pero soy más fuerte que usted. No le temo. Le aplastaré como a una mosca, y lo desafío a que me abofetee”. ¿No encontraría el más apacible e inofensivo hombre buenas razones para hacer lo que se le pedía, y no le asestaría la bofetada a su provocador?

Pero ninguna provocación hará que Francia se aparte de la línea que se ha trazado. Tenemos demasiado sentido de justicia para pensar en conquistar el territorio de una nacionalidad extranjera. ¡Ojalá la Confederación Germánica estuviera animada por las mismas ideas! No habría tomado el Ducado de Posen, ni atacado el norte de Schleswig, ni declarado Trieste ciudad alemana. En cuanto a nosotros, no tememos afirmar que Lorena y Alsacia son francesas, porque ellas mismas lo han probado frente a los alemanes. Conservamos lo que nos pertenece. ¡Nada más pedimos! Creemos que todas las fronteras naturales, todos los ríos de Europa, no valen ni la mitad, para la defensa de nuestro territorio, que un regimiento de zuavos o de cazadores a pie con las bayonetas caladas.

¿Se nos permitirá añadir un consejo más a estos amistosos consejos?»

Karl Marx

El emperador Napoleón III y Prusia

Pondrá de manifiesto cuán profundamente nos interesan la unidad alemana y el futuro de Prusia.

Por mucho que el nombre de Prusia, su Constitución, la persona de su augusto regente despierten las simpatías de Alemania, más aún, quizá, inspira su burocracia sentimientos de aborrecimiento, no solo en Alemania, sino entre los hombres honrados de todos los países. El 12 de mayo de 1860, un rayo de luz cayó sobre las maniobras de la policía prusiana y reveló la más singular mezcla de torpeza e inmoralidad, de celo e imprudencia, de provocación incendiaria y de un maquiavelismo de brocha gorda.

He aquí los hechos tal como han sido expuestos al Parlamento prusiano por un honorable diputado del Gran Ducado de Posen, el señor Niegolewski. Tres burócratas prusianos, M. de Puttkammer, presidente de la provincia de Posen, M. de Baerensprung, presidente de la policía, y el señor Post, secretario-intérprete, buscaban algún medio por el cual pudieran poner de manifiesto su celo y hacerse acreedores a la gratitud del gobierno. M. de Puttkammer es un gran personaje, algo más que un prefecto, algo menos que un ministro; M. de Baerensprung es un hombre de nota e importancia. Post es un pobre diablo de poca monta.

El primero piensa, el segundo dicta, el tercero escribe. Estos tres dignos sujetos, a fuerza de cavilar con sus cerebros burocráticos, conciben la gran idea de urdir una insurrección en Posen, para tener el honor y la gloria de reprimirla. El papel de agente provocador, ante el cual incluso Vidocq retrocedió, no les inspiró repugnancia alguna. Se disfrazan de polacos descontentos con el dominio prusiano. Establecen en sus oficinas un falso comité democrático y se ponen en comunicación con el Comité Central que reside en Londres. «Enviadnos —escriben—, enviadnos emisarios, proclamas, armas». Por otra parte, envían dinero a Londres, el dinero del presupuesto, los táleros arrancados a los desdichados contribuyentes. ¡He aquí impuestos bien empleados! El tesorero de la empresa era M. Stolzenberg, el secretario de policía. Las cartas debían dirigirse a Madame Ruch, esposa de un consejero del Tribunal Supremo.

El Comité de Londres no mordió el anzuelo con mucha facilidad. Vaciló, desconfió. Parecía olfatear la traición. Pero el trío burocrático imploró con tal humildad que se les enviaran algunas cartas y circulares; habló con tal admiración del general Mazzini; con tanta emoción de la prosa de Félix Pyat, el verdadero pan de vida, que algunos hombres revolucionarios de Londres, incluido el propio Mazzini, entablaron correspondencia con ellos. Este pérfido juego se representó durante tres años, y se habría seguido representando hasta hoy, si no lo hubiera interrumpido de repente un rayo lanzado por el señor Niegolewski.

El elocuente orador de Posen presentó sobre la mesa el texto original de 24 cartas, escritas por el señor Post, dictadas por M. de Baerensprung e inspiradas por el señor Puttkammer. La primera está fechada el 19 de agosto de 1858; la última, en abril de 1860. Nadie, ni siquiera el ministro del Interior, M. de Schwerin, se atrevió a poner en duda la autenticidad de estos documentos. Los hemos hecho traducir por un intérprete jurado. Prueban que la policía prusiana incitó al Comité de Londres a enviar proclamas incendiarias al Gran Ducado de Posen; que pagó los gastos de su impresión en Londres y las hizo distribuir a personas sospechosas, para que después pudieran ser confiscadas y la policía diera muestras de su celo en perjuicio de algunos súbditos del rey de Prusia; que Puttkammer, Baerensprung y sus cómplices, por medio de súplicas y promesas, indujeron al Comité de Londres a enviarles un emisario, de nombre Rewitt, a quien ellos (la policía) proveyeron de pasaporte; que le permitieron circular libremente para que comprometiera al mayor número posible de personas; que luego lo arrestaron y lo hicieron condenar a dos años de prisión. Después de esta bella hazaña, M. de Baerensprung, el salvador del orden que él mismo había perturbado, se presentó como candidato al Parlamento y fue rechazado. Pero continuó su correspondencia con Mazzini y el Comité de Londres, jurándoles que Rewitt había sido traicionado por la nobleza polaca (carta del 5 de julio de 1859) y que numerosos nobles estaban en la policía. (Carta del 19 de julio de 1859.)

Estos funcionarios, en sus cartas, exponían a la nobleza y al clero, incluido el príncipe Czartoryski, a la execración del Comité de Londres. Hablan de confiscar las propiedades de los nobles y repartirlas entre el pueblo. El 27 de marzo de 1859, ven que el Emperador de los franceses está a punto de hacer un generoso esfuerzo en favor de la independencia italiana. Escriben al Comité de Londres para anticipársele. Ruegan a Mazzini que subleve el país antes de la llegada del ejército francés. Le ruegan que ice la bandera roja antes de que Napoleón pueda mezclarse en los asuntos italianos. El 21 de mayo, agradecen al Comité de Londres haberles enviado la «receta para fabricar las bombas de Orsini». No hace falta ser un espíritu para saber con qué fin obtuvieron esa receta. Sabemos que estos señores pertenecían a la policía, por lo tanto no podían ser conspiradores; sus intenciones debían de ser puras. Sin duda pretendían advertir al Emperador contra el peligro, y ésta fue la razón por la que pusieron una posdata en su carta: «¿Hasta cuándo tardarán los demócratas franceses en hacer otro atentado contra Napoleón?». Después de Villafranca, se habría podido suponer que todo alemán se alegraría de que Venecia fuera conservada a Austria; pero ellos escribían a Mazzini: «La revolución estallará en Italia, Hungría, Alemania, Prusia, y tal vez en Francia, e incluso en Polonia. Los ojos del mundo se han abierto a la perfidia de Napoleón, y todas las naciones oprimidas se alegrarán de deshacerse de él». Y más adelante, estos agentes de la policía prusiana escriben: «¿Qué pasa en Francia? ¿No surgirá un segundo Orsini? ¿Es que los republicanos no piensan hacer nada para derrocar al tirano?» (20 de agosto de 1859.)

No queremos cargar demasiado las tintas sobre la responsabilidad de estas imprudencias. La policía ha sido más torpe que culpable, pues no ha tenido el tacto de ocultar sus papeles más secretos a la mirada de los hombres honrados. Pero el Gobierno prusiano debería sacar a su policía de estos caminos tortuosos; siempre es un error aconsejar el crimen, incluso como medio para probar de qué pasta están hechos los hombres.

Todo el mundo sabe que si Orsini hubiera logrado su criminal intento, habría asesinado al futuro libertador de Italia y habría causado a su patria más daño que provecho. Podemos añadir también que si esta policía prusiana, sin ninguna mala intención y simplemente por un celo estúpido, hubiera organizado otro Orsini, habría privado a Prusia de un aliado útil, que todavía está dispuesto a prestarle buenos servicios, siempre que ella se ayude a sí misma.