Friedrich Engels

New-York Daily Tribune.
Nr.5979, 22 de junio de 1860

Garibaldi en Sicilia.

Tras numerosas informaciones de lo más contradictorias, recibimos al fin algo así como noticias fidedignas de los detalles de la asombrosa marcha de Garibaldi desde Marsala a Palermo. Constituye, en verdad, una de las hazañas militares más prodigiosas del siglo, y sería casi inexplicable si no fuera por el prestigio que precede la marcha de un general revolucionario triunfante. El éxito de Garibaldi demuestra que las tropas realistas de Nápoles aún temen al hombre que ha enarbolado la bandera de la revolución italiana frente a batallones franceses, napolitanos y austríacos, y que el pueblo de Sicilia no ha perdido la fe en él ni en la causa nacional.

El 6 de mayo, dos vapores zarpan de la costa de Génova con unos 1.400 hombres armados, organizados en siete compañías, cada una de las cuales, evidentemente, destinada a convertirse en el núcleo de un batallón que habría de reclutarse entre los insurrectos. El día 8 desembarcan en Talamone, en la costa toscana, y persuaden al comandante del fuerte de allí, mediante cierta clase de argumento u otro, de que les proporcione carbón, municiones y cuatro piezas de campaña. El día 10 entran en el puerto de Marsala, en el extremo occidental de Sicilia, y desembarcan con todo su material, a pesar de la llegada de dos navíos de guerra napolitanos, impotentes, en el momento oportuno, para impedírselo; la historia de la interferencia británica en favor de los invasores ha resultado falsa, y ahora es abandonada incluso por los propios napolitanos. El día 12, la pequeña banda había marchado a Salemi, a 18 millas tierra adentro, camino de Palermo. Allí parece que los dirigentes del partido revolucionario se reunieron con Garibaldi, consultaron con él y concentraron refuerzos insurreccionales que ascendían a unos 4.000 hombres; mientras se organizaba a estos, la insurrección, reprimida pero no sofocada pocas semanas antes, se encendió de nuevo por todas las montañas de Sicilia occidental, y, como se demostró el día 16, no sin efecto. El 15, Garibaldi, con sus 1.400 voluntarios organizados y 4.000 campesinos armados, avanza hacia el norte a través de las colinas sobre Calatafimi, donde el camino vecinal de Marsala se une con la carretera principal de Trapani a Marsala. Los desfiladeros que conducen a Calatafimi, a través de una estribación del elevado Monte Cerrara, llamado Monte di Pianto Romano, estaban defendidos por tres batallones de tropas reales, con caballería y artillería, al mando del general Landi. Garibaldi atacó inmediatamente esta posición, que al principio fue defendida con obstinación; pero aunque en este ataque Garibaldi no pudo emplear contra los 3.000 o 3.500 napolitanos más que a sus voluntarios y una parte muy pequeña de los insurrectos sicilianos, los realistas fueron desalojados sucesivamente de cinco sólidas posiciones, con pérdida de un cañón de montaña y numerosos muertos y heridos. Las bajas de los garibaldinos, según su propio parte, ascienden a 18 muertos y 128 heridos. Los napolitanos afirman haber conquistado una de las banderas de Garibaldi en este combate; pero, como encontraron una bandera abandonada a bordo de uno de los vapores dejados en Marsala, son muy capaces de haber exhibido esa misma bandera en Nápoles como prueba de su fingida victoria. Su derrota en Calatafimi, sin embargo, no les obligó a abandonar la ciudad aquella misma noche. La evacuaron sólo a la mañana siguiente, y a partir de entonces parece que no ofrecieron resistencia alguna a Garibaldi hasta llegar a Palermo. Llegaron a ella, pero en un terrible estado de disolución y desorden. La certeza de haber sucumbido frente a meros «filibusteros y populacho armado» reprodujo en sus mentes de repente la terrible imagen de aquel Garibaldi que, mientras defendía Roma contra los franceses, todavía encontraba tiempo para marchar sobre Velletri y poner en fuga a la vanguardia de todo el ejército napolitano, y que desde entonces había vencido, en las laderas de los Alpes, a guerreros de temple muy superior a cuantos produce Nápoles. La retirada precipitada, sin siquiera una apariencia de ulterior resistencia, tiene que haber aumentado aún su desánimo y la tendencia a la deserción que ya existía en sus filas; y cuando de pronto se vieron rodeados y hostigados por aquella insurrección que se había preparado en la reunión de Salemi, perdieron por completo la cohesión; de la brigada de Landi no regresó a Palermo sino una turba desordenada y desmoralizada, muy reducida en número, en pequeñas bandas sucesivas.

Garibaldi entró en Calatafimi el mismo día en que Landi la había evacuado —el 16—; marchó el 17 a Alcamo (10 millas), el 18 a Partenico (10 millas) y, más allá de este lugar, hacia Palermo. El día 19, incesantes torrentes de lluvia impidieron a las tropas moverse.

Entretanto, Garibaldi se había cerciorado de que los napolitanos estaban levantando trincheras alrededor de Palermo y reforzando las viejas y deterioradas murallas de la ciudad en el lado que mira al camino de Partenico. Seguían siendo al menos 22.000 hombres, con mucho superiores a cualesquiera fuerzas que él pudiera oponerles. Pero estaban desmoralizados; su disciplina se había relajado; muchos de ellos empezaban a pensar en pasarse a los insurrectos; en tanto que sus generales eran tenidos, tanto por sus propios soldados como por el enemigo, por imbéciles. Las únicas tropas de confianza entre ellos eran los dos batallones extranjeros. En la situación en que se hallaban las cosas, Garibaldi no podía arriesgarse a un ataque frontal directo contra la ciudad, mientras que los napolitanos no podían emprender nada decisivo contra él, aunque sus tropas estuvieran en condiciones de hacerlo, puesto que siempre tenían que dejar una fuerte guarnición en la ciudad y no alejarse nunca demasiado de ella. Con un general del tipo corriente en lugar de Garibaldi, este estado de cosas habría conducido a una serie de combates desultorios e indecisos, en los cuales habría podido adiestrar a una parte de sus reclutas para la guerra, pero en los que también las tropas reales habrían recuperado muy pronto buena parte de su confianza y disciplina perdidas, pues forzosamente habían de salir victoriosas en alguno de ellos. Pero semejante tipo de guerra no se adecuaba ni a una insurrección ni a un Garibaldi. Una ofensiva audaz era el único sistema táctico que se le permite a una revolución; un éxito resonante, tal como la liberación de Palermo, se convertía en una necesidad tan pronto como los insurrectos habían llegado a la vista de la ciudad.

Pero, ¿cómo lograrlo? Fue aquí donde Garibaldi demostró brillantemente ser un general apto no sólo para la pequeña guerra de partidas, sino también para operaciones de mayor envergadura.

El día 20 y los siguientes, Garibaldi atacó los puestos avanzados y posiciones napolitanas en las cercanías de Monreale y Parco, en los caminos que conducen a Palermo desde Trapani y Corleone, haciendo así creer al enemigo que su ataque tendría lugar principalmente contra el flanco sudoccidental de la ciudad y que allí estaban concentradas sus fuerzas principales. Mediante una hábil combinación de ataques y retiradas fingidas, indujo al general napolitano a enviar cada vez más tropas fuera de la ciudad en esa dirección, hasta que, el día 24, unos 10.000 napolitanos aparecieron extramuros, hacia Parco. Esto era lo que Garibaldi se proponía. Inmediatamente los trabó combate con parte de sus fuerzas, y retrocedió lentamente ante ellos para alejarlos cada vez más de la ciudad, y cuando los hubo llevado hasta Piana, al otro lado de la cadena principal de colinas que atraviesa Sicilia y que allí separa la Conca d'Oro (la concha de oro, el valle de Palermo) del valle de Corleone, lanzó de inmediato el grueso de sus tropas a través de otra parte de la misma cadena, hacia el valle de Misilmeri, que se abre al mar, cerca de Palermo. El 25 estableció su cuartel general en Misilmeri, a ocho millas de la capital. Lo que hizo después con los 10.000 hombres enredados en una sola línea de mal camino en las montañas no se nos informa, pero podemos estar seguros de que los mantuvo bien ocupados con algunas nuevas y aparentes victorias, a fin de asegurarse de que no regresaran demasiado pronto a Palermo. Habiendo reducido así a los defensores de la ciudad en casi la mitad, y trasladado su línea de ataque del camino de Trapani al de Catania, podía proceder al gran asalto. Si la insurrección en la ciudad precedió al asalto de Garibaldi o si fue provocada por sus golpes a las puertas, los despachos contradictorios lo dejan sin decidir; lo cierto es que en la mañana del 27 todo Palermo se alzó en armas y Garibaldi tronó en la Porta Termini, en el flanco suroriental de la ciudad, donde ningún napolitano lo esperaba. El resto es sabido: la progresiva limpieza de la ciudad de tropas, salvo las baterías, la ciudadela y el palacio real; el subsiguiente bombardeo, el armisticio, la capitulación. Aún faltan detalles auténticos de todos estos acontecimientos; pero los hechos principales son bastante seguros.

Entretanto, hemos de declarar que las maniobras de Garibaldi preparatorias del ataque a Palermo lo acreditan de inmediato como un general de muy alto rango. Hasta ahora lo conocíamos sólo como un jefe guerrillero muy hábil y muy afortunado; incluso en el sitio de Roma, su modo de defender la ciudad mediante constantes salidas apenas le dio ocasión de elevarse por encima de ese nivel. Pero aquí lo tenemos en un terreno estratégico regular, y sale de la prueba como un consumado maestro de su arte. Su manera de inducir al comandante napolitano al error de enviar la mitad de sus tropas fuera de su alcance, su súbita marcha de flanco y reaparición ante Palermo, por el lado donde menos se le esperaba, y su enérgico ataque mientras la guarnición estaba debilitada, son operaciones mucho más impregnadas del sello del genio militar que cuanto ocurrió durante la guerra italiana de 1859. La insurrección siciliana ha encontrado un jefe militar de primer orden; esperemos que el político Garibaldi, que pronto tendrá que aparecer en escena, mantenga inmaculada la gloria del general.