Karl Marx

New-York Daily Tribune.  
Nr. 5932, 28 de abril de 1860

Sentir público en Berlín.  
De nuestro corresponsal.  
Berlín, 10 de abril de 1860.

Si un extranjero inteligente que hubiera visitado Berlín hace apenas dos meses y luego se hubiera marchado regresara hoy a la «metrópoli de la inteligencia», el cambio completo en la fisonomía, el tono y el temple de «meiner lieben Berliner» (mis queridos berlineses) no podría dejar de impresionar su mirada interior. Aun así, hace algunos meses la charla superficial imperaba en todos los estamentos de la sociedad metropolitana. La gente se felicitaba, en tonos apagados, de que la pesadilla de una reacción decenal hubiera dejado por fin de oprimirles el cerebro; de que lo peor había pasado. Este tema insensato se entonaba en todos los tonos, con la inevitable reflexión ulterior de que el cambio no se había producido por ningún esfuerzo vigoroso y sano de los súbditos prusianos, sino más bien por la enfermiza afección de la cabeza del rey de Prusia; que el cambio era, por tanto, obra de la naturaleza y no acción del hombre. Esta incómoda segunda intención falseaba incluso los primeros regocijos de la nueva era, anunciada triunfalmente por las plumas torpe y mortalmente aburridas de la prensa diaria berlinesa. Tal era la pusilanimidad reinante que, para no espantar al príncipe regente de su liberalismo de nuevo cuño, todos los candidatos en las elecciones generales a la Segunda Cámara fueron sometidos a esta sencilla prueba: ¿profesaban confianza en el gabinete Hohenzollern instaurado por el príncipe regente? ¿No desagradaban sus nombres, de ninguna manera, al suave liberalismo del nuevo gobierno? En lugar de hombres que hicieran suyas las quejas del país, se buscaban segundos de boxeo con votos ya cortados para el gabinete. El hecho de que el nuevo gabinete no tocase realmente los grilletes burocráticos y policiales forjados por sus predecesores, al tiempo que sus propias declaraciones de fe se caracterizaban por una débil doblez, una tímida reserva y un equívoco retraimiento: estos hechos se disimulaban; y se proclamaba además un deber patriótico disimularlos. Todos los periódicos de oposición, se calificaran de constitucionales o democráticos, se volvieron completamente ministeriales. Tras la paz de Villafranca, cuando el señor von Schleinitz, ministro prusiano de Asuntos Exteriores, publicó una especie de Libro Azul sobre la guerra de Italia, cuando sus despachos, verdaderos modelos de verbosidad pusilánime, lo mostraban como el digno sucesor de los hombres que, en el siglo anterior, habían concertado la paz de Basilea y, en el presente siglo, habían preparado la catástrofe de Jena; cuando lo veíamos recibir humildemente lecciones de constitucionalismo de parte de «Little Johnny», el factótum británico, arrastrarse por el polvo ante el príncipe Gorchakoff, intercambiar billetes amorosos con el Hombre de Diciembre, fruncir el ceño con altanería a su colega austríaco, para ser finalmente pateado por todos sus corresponsales…, incluso entonces la prensa prusiana y nuestros liberales berlineses se entusiasmaban realmente con la sabiduría sobrehumana demostrada por el gobierno prusiano, el cual, no contento con no hacer nada, había logrado impedir que Alemania actuase en absoluto. Poco después tuvo lugar en Breslau una reunión entre el zar ruso y Gorchakoff, por un lado, y el príncipe regente con sus satélites ministeriales, por el otro. Se firmó debidamente una nueva acta de enfeudación de Prusia a su vecina moscovita: primer resultado, pero necesario, de la paz de Villafranca. Incluso en 1844 un acontecimiento así habría desatado una tormenta de oposición en todo el país. Ahora se ensalzaba como una prueba de arte de gobierno previsor. El nihilismo de la política exterior del príncipe regente, unido a la persistencia del viejo sistema reaccionario de mezcla de feudalismo y burocratismo, abandonado solo de nombre, parecían a nuestros amigos, los liberales berlineses, y a la prensa prusiana de todos los colores, salvo los órganos especiales de la vieja camarilla, razones suficientes para reclamar la corona imperial de la pequeña Alemania (es decir, Alemania menos la Austria alemana) para el representante de la dinastía prusiana. Es difícil encontrar en los anales de la historia un caso semejante de ceguera judicial, pero recordamos que, después de la batalla de Austerlitz, Prusia también cacareó durante algunos días sobre su propio estercolero, como si todo hubiera salido bien. Después de la terminación de la guerra italiana, fue un espectáculo tan lamentable como repugnante oír a la prensa prusiana, con los periódicos berlineses a la cabeza, en lugar de aventurar la más leve crítica a la estúpida diplomacia de sus gobernantes nativos; en lugar de desafiar audazmente al Ministerio «liberal» a salvar por fin, en los asuntos internos, el ancho abismo entre lo nominal y lo real; en lugar de denunciar las silenciosas pero tenaces usurpaciones de la libertad civil que se atrevía a cometer la hueste de funcionarios de Manteuffel, todavía cómodamente atrincherados en sus viejas fortalezas; en lugar de todo eso, oírles cantar panegíricos sobre el esplendor de una Prusia renovada; verles lanzar sus dardos sin punta contra la humillada Austria; verles tender sus manos sin nervio hacia la corona imperial alemana y, para asombro total de Europa, comportarse como dementes en un paraíso de tontos. En suma, parecía como si el gran drama internacional que ahora se representaba en el escenario europeo solo concerniese a nuestros amigos berlineses como espectadores que, desde la galería o el patio de butacas, deben aplaudir o abuchear, pero no actuar.

Todo esto ha cambiado ahora como por un golpe de varita mágica. Berlín es en este momento, con la excepción quizá de Palermo y Viena, la ciudad más revolucionaria de Europa. La efervescencia invade todas las clases y parece más intensa que en los días de marzo de 1848. ¿Cómo se ha producido este fenómeno, y además tan de repente? Por una combinación de acontecimientos en cuyo vértice figuran, por un lado, las últimas hazañas de Luis Bonaparte y, por el otro, las nuevas reformas militares propuestas por el gobierno liberal. Luego, por supuesto, el estado de confianza y de ilusión voluntaria no podía durar eternamente. Además, los incidentes por los cuales el ministerio se ha visto obligado a destituir a Stieber, el director de policía, el vil criminal que, junto con su amo, el difunto Hinkeldey, había ejercido el poder supremo en Prusia desde 1852; y, por último pero no menos importante, la publicación de la correspondencia de Humboldt con Varnhagen von Ense han hecho el resto. El paraíso de los tontos ha desaparecido ante el soplo de ultratumba.