Friedrich Engels

Sobre el cañón rayado

I.

Los primeros intentos de aumentar el alcance y la precisión de la artillería rayendo el ánima y, con ello, dando al proyectil una rotación perpendicular a la línea de propulsión, se remontan al siglo XVII. En Múnich hay un pequeño cañón rayado, fabricado en Núremberg en 1694; tiene ocho estrías y un ánima de unas dos pulgadas de diámetro. A lo largo de todo el siglo XVIII se realizaron experimentos, tanto en Alemania como en Inglaterra, con cañones rayados, algunos de ellos de retrocarga. Aunque los calibres eran pequeños, los resultados obtenidos fueron muy satisfactorios; los cañones ingleses de a dos libras, en 1776, a un alcance de 1.300 yardas, daban una desviación lateral de solo dos pies, un grado de precisión que ningún otro cañón de la época podía siquiera aproximar. En ese mismo año, estos cañones rayados se utilizaron por primera vez para disparar proyectiles oblongos.

Estos experimentos, sin embargo, quedaron durante mucho tiempo sin resultados prácticos. La corriente de opinión militar de la época era totalmente contraria a las armas rayadas. El fusil rayado mismo era entonces un instrumento muy torpe; su carga era una operación lenta y tediosa, que requería considerable destreza. Era un arma inadecuada para la guerra general en un período en que el fuego rápido, ya fuera de líneas desplegadas, de cabezas de columnas o de tiradores, constituía uno de los principales desiderata del combate. Napoleón no quiso fusiles rayados en su ejército; en Inglaterra y Alemania solo unos pocos batallones estaban equipados con ellos; únicamente en América y Suiza el fusil rayado siguió siendo el arma nacional.

La guerra de Argelia fue la ocasión para que el fusil rayado recuperase crédito y para provocar mejoras en su construcción que no fueron sino el comienzo de esa colosal revolución en todo el sistema de armas de fuego, que aún hoy dista mucho de haber concluido. Los mosquetes de ánima lisa de los franceses no podían competir con las largas espingardas de los árabes; su mayor longitud y mejor material, que permitían una carga más pesada, capacitaban a los cabilas y beduinos para disparar contra los franceses a distancias a las que el mosquete reglamentario resultaba completamente ineficaz. El duque de Orleans, habiendo visto y admirado a los cazadores prusianos y austriacos, organizó a los cazadores franceses según su modelo, quienes pronto, por armamento, equipo y táctica, se convirtieron en las primeras tropas de su clase en el mundo. El fusil rayado con que fueron armados era muy superior al antiguo fusil rayado, y pronto experimentó nuevas modificaciones, que desembocaron finalmente en la introducción general de los fusiles rayados en toda la infantería de Europa.

Al haberse aumentado así el alcance del fuego de infantería de 300 a 800, e incluso 1.000 yardas, surgió la cuestión de si la artillería de campaña, que hasta entonces dominaba todas las distancias desde 300 hasta 1.500 yardas, podría todavía sostenerse frente a las nuevas armas portátiles. El hecho era que la mayor eficacia de los cañones de campaña corrientes residía precisamente en aquella zona de alcance que ahora le disputaba el fusil rayado; la metralla apenas era eficaz más allá de las 600 o 700 yardas; la bala redonda, con el cañón de a seis o de a nueve, no daba resultados muy satisfactorios más allá de las 1.000 yardas; y el shrapnel (bote de metralla esférico), para ser muy temible, exigía una sangre fría y una estimación correcta de las distancias que no siempre se encuentran en el campo de batalla cuando el enemigo avanza; mientras que la práctica de tiro con granadas de los viejos obuses contra tropas era todo menos satisfactoria. Los ejércitos que tenían el cañón de a nueve como su calibre más pequeño, como los ingleses, eran los que estaban en mejor situación; el cañón francés de a ocho, y más aún el alemán de a seis, se volvieron casi inútiles. Para obviar esto, los franceses introdujeron, hacia el comienzo de la guerra de Crimea, la pretendida invención de Luis Napoleón, el cañón obús ligero de a doce, con el cual se dispararía tanto bala sólida —con una carga de pólvora de un cuarto de su peso en lugar de un tercio— como granada. Este cañón era un mero plagio del cañón ligero inglés de a doce, que ya había sido abandonado de nuevo por los ingleses; el sistema de disparar granadas desde cañones largos se practicaba desde hacía tiempo en Alemania; de modo que en esta supuesta mejora no había absolutamente nada nuevo. Con todo, equipar a toda la artillería francesa con cañones de a doce, aun de alcance reducido, le habría dado una superioridad decidida sobre los viejos cañones de a 6 y de a 8; y para contrarrestarlo, el gobierno prusiano decidió en 1859 dotar a todas sus baterías a pie de pesados cañones de a doce. Éste fue el último movimiento en favor del cañón de ánima lisa; demostró que el asunto estaba agotado y que se había llevado a los defensores del ánima lisa al absurdo. Nada, en efecto, podía haber más absurdo que armar toda la artillería de un ejército con esos cañones prusianos de a doce, pesados y atascados en el barro, y ello en un momento en que la movilidad y la rapidez de maniobra son el mayor desiderátum de todos. Teniendo el cañón ligero francés de a doce una superioridad solo relativa frente a otras artillerías, y ninguna en absoluto frente a las nuevas armas portátiles, y siendo el pesado cañón prusiano de a doce un absurdo palpable, no quedaba sino abandonar por completo la artillería de campaña o adoptar el cañón rayado.

Entretanto, en diversos países se venían realizando continuamente experimentos con cañones rayados. En Alemania, el teniente coronel bávaro Reichenbach experimentó ya en 1816 con un pequeño cañón rayado y proyectiles cilindro-cónicos. Los resultados fueron muy satisfactorios en cuanto a alcance y precisión, pero las dificultades de carga y otros obstáculos accesorios impidieron que se prosiguiera el asunto. En 1846, el mayor piamontés Cavalli construyó un cañón rayado de retrocarga que atrajo considerable atención. Su primer cañón era de a treinta libras, cargado con un proyectil hueco cilindro-cónico de 64 libras de peso y 5 libras de pólvora; con una elevación de 14½ grados obtuvo un alcance (en la primera medición) de 3.050 metros, o 3.400 yardas. Sus experimentos (continuados hasta los períodos más recientes, en parte en Suecia y en parte en Piamonte) tuvieron el importante resultado de conducir al descubrimiento de la desviación lateral regular de todos los proyectiles disparados por piezas rayadas, desviación causada por el paso de las estrías y que se produce siempre en la dirección hacia la cual giran éstas; una vez comprobado esto, Cavalli inventó también su corrección mediante lo que se denomina alza lateral u horizontal de tangente. Los resultados de sus experimentos fueron sumamente satisfactorios. En Turín, en 1854, su cañón de a treinta libras, con cargas de 8 libras y proyectil de 64 libras, dio los resultados siguientes:

                       Desviación lateral
Elevación.   Alcance.      irregular.
10°       2.806 metros   2,81 metros
15°       3.785 metros   3,21 metros
20°       4.511 metros   3,72 metros
25°       5.103 metros   4,77 metros

¡dando un alcance, a 25 grados, de más de tres millas, con una desviación lateral respecto de la línea de mira (corregida por el alza de tangente horizontal) de menos de 16 pies! El mayor obús de campaña francés, a un alcance de 2.400 metros, equivalente a 2.650 yardas, daba desviaciones laterales que alcanzaban por término medio 47 metros, o 155 pies; diez veces mayores que las del cañón rayado al doble de distancia. Otro sistema de artillería rayada que llamó la atención, poco después de los primeros experimentos de Cavalli, fue el del barón sueco Wahrendorff. Su cañón era también de retrocarga, y su proyectil, cilindro-cónico. La diferencia en cuanto al proyectil consistía, sin embargo, en que mientras el de Cavalli era de metal duro y llevaba aletas para encajar en las estrías, el de Wahrendorff estaba recubierto de una fina capa de plomo y era ligeramente mayor en diámetro que el ánima de la parte rayada del cañón. Una vez introducido en la recámara, lo bastante grande para albergarlo, la explosión impulsaba el proyectil hacia el ánima rayada, y el plomo, prensado eficazmente en las estrías, eliminaba todo viento e impedía el escape de cualquier porción de los gases formados por la explosión. Los resultados obtenidos con estos cañones en Suecia y en otros lugares fueron muy satisfactorios, y si los cañones de Cavalli se introdujeron en el armamento de Génova, los de Wahrendorff figuran en las casamatas de Wegholm, en Suecia, de Portsmouth, en Inglaterra, y en algunas fortalezas prusianas. Así, había comenzado la introducción en el uso práctico de la artillería rayada, aunque solo para fortalezas. No faltaba sino el paso de introducirla en la artillería de campaña, y esto se ha hecho en Francia y se está haciendo ahora en todas las artillerías europeas. Los diversos sistemas según los cuales se lleva o puede llevarse a cabo provechosamente el rayado de las piezas de campaña formarán el tema de un segundo artículo.

II.

Los franceses fueron, como dijimos en nuestro artículo anterior, los primeros en introducir el cañón rayado en la guerra práctica. Desde hacía cinco o seis años, dos oficiales, el coronel Tamisier y el teniente coronel (hoy coronel) Treuille de Beaulieu, habían estado experimentando sobre el asunto por orden del Gobierno, y los resultados a que se llegó fueron considerados lo bastante satisfactorios para servir de base a una reorganización de la artillería francesa inmediatamente antes de estallar la última guerra de Italia. Sin entrar en la historia de los experimentos, pasaremos en seguida a la descripción del sistema adoptado actualmente en la artillería francesa.

De acuerdo con ese afán de unidad tan característico de los franceses, adoptaron un solo calibre para la artillería de campaña (el antiguo ánima francesa de a cuatro libras, de 85½ milímetros, es decir, cerca de 3½ pulgadas) y uno para la artillería de sitio (el antiguo de a doce libras, de 120 milímetros, o 4½ pulgadas). Todos los demás cañones, excepto los morteros, han de ser suprimidos. El material elegido es, por lo general, el bronce ordinario para cañones, aunque en algunos casos también el acero fundido. Las piezas son de avancarga, pues los experimentos franceses con retrocarga no dieron resultado satisfactorio. Cada cañón tiene seis estrías, de 5 milímetros de profundidad y 16 mm. de anchura, de forma redondeada; el paso del rayado parece ser pequeño, pero no se conocen detalles al respecto. El viento sobre el cuerpo del proyectil es de ½ a 1 mm. aproximadamente; el que afecta a las aletas o tetones que penetran en las estrías es algo menor de 1 mm. El proyectil es cilindro-ojival y hueco, y pesa unas 12 libras cuando va cargado; tiene seis aletas, una para cada estría, tres colocadas cerca de la punta y tres cerca de la base; son muy cortas, unos 15 mm. de largo. El orificio de la espoleta desciende desde la punta y se cierra con una espoleta o con un pistón provisto de una cápsula fulminante, para los proyectiles cargados con pólvora, y con un tornillo de hierro cuando el proyectil no ha de estallar; en este último caso se rellena con una mezcla de serrín y arena para darle el mismo peso que cuando va cargado de pólvora. La longitud del ánima del cañón es de 1.385 mm., es decir, 16 veces su diámetro; el peso del cañón de bronce es de solo 237 kilogramos (518 libras). Para regular la línea de mira según la desviación (deflección lateral) del proyectil en la dirección del paso del rayado —desviación común a todos los proyectiles lanzados por cañones rayados—, el muñón derecho lleva lo que se denomina un alza de tangente horizontal. Se dice que tanto el cañón como su cureña son de fabricación muy elegante y que, por su reducido tamaño y pulcritud, tienen más aspecto de modelo que de verdadero ingenio de guerra.

Armada con este cañón, la artillería francesa entró en la campaña de Italia, donde ciertamente asombró a los austriacos por su gran alcance, pero en modo alguno por la precisión de sus disparos. Los cañones se pasaban del blanco muy a menudo, en realidad por lo general, y resultaban más peligrosos para las reservas que para las primeras líneas; en otras palabras, allí donde acertaban mejor que los cañones corrientes, acertaban a la gente.

...contra quienes no iban dirigidos en absoluto. Esta es, ciertamente, una ventaja muy cuestionable, pues en nueve de cada diez casos implica que los objetos a los que apuntaban los cañones no fueron alcanzados. La artillería austriaca, con un material tan tosco como el que más en Europa, hizo un papel muy decente al enfrentarse a ellos y llegó a corta distancia (es decir, a 500 o 600 yardas) de estos formidables adversarios, entrando en batería bajo su fuego más eficaz. No cabe duda de que, por grande que sea la superioridad de los nuevos cañones franceses sobre sus viejos cañones de ánima lisa, no rindieron nada parecido a lo que se esperaba de ellos. Su alcance práctico extremo era de 4.000 metros (4.400 yardas), y fue sin duda una descarada exageración bonapartista cuando se dijo que podían fácilmente acertar a un jinete aislado a 3.300 yardas.

Las razones de estos resultados insatisfactorios en la guerra real son muy sencillas. La construcción de estos cañones es de lo más imperfecta, y si los franceses se aferran a ella, en dos o tres años su artillería poseerá el peor material de Europa. El primer principio en las armas rayadas es que no debe haber viento; de lo contrario, el proyectil, rodando holgadamente dentro del ánima y las estrías, no girará alrededor de su propio eje longitudinal, sino que girará, en una línea espiral de vuelo, alrededor de una línea imaginaria, cuya dirección viene determinada por la posición accidental del proyectil al salir de la boca, y las vueltas de la espiral aumentarán de diámetro con la distancia. Ahora bien, los cañones franceses tienen un viento considerable, y no pueden prescindir de él en tanto se confíe en que la explosión de la carga encienda la espoleta de la granada. Esta es, pues, una circunstancia que explica la falta de precisión. La segunda es la irregularidad de la fuerza propulsora creada por la mayor o menor fuga de gas a través del viento durante la explosión de la carga. La tercera es la mayor elevación, con la misma carga, que este viento hace necesaria; es de razón que donde ningún gas puede escapar entre el proyectil y el ánima, la misma carga propulsa más lejos que donde parte del gas se escapa. Ahora bien, los cañones franceses parecen requerir no sólo una carga muy grande para cañones rayados (una quinta parte del peso del proyectil), sino también una elevación bastante alta. El mayor alcance que se obtiene con las ánimas rayadas respecto a las lisas, incluso con cargas menores, se consigue principalmente por la ausencia de viento y la certeza de que toda la fuerza explosiva de la carga se aplica a la expulsión del proyectil. Al admitir el viento, los franceses sacrifican parte de la fuerza propulsora y tienen que reemplazarla con cargas aumentadas hasta un grado limitado, y con mayor elevación más allá de eso. Ahora bien, nada hay tan contrario a la precisión a cualquier distancia como una gran elevación. En tanto la línea de vuelo del proyectil no exceda en mucho, en su punto más alto, la altura del objeto apuntado, un error al estimar la distancia tiene poca importancia; pero a largo alcance, el proyectil efectúa un vuelo muy alto y desciende bajo un ángulo que es por término medio dos veces mayor que aquel bajo el cual inició su vuelo (esto, por supuesto, se limita a elevaciones de hasta unos 15 grados). De este modo, cuanto mayor es la elevación, la línea en que el proyectil golpea el suelo se aproxima más a la vertical; y un error al estimar la distancia de no más de diez o veinte yardas puede imposibilitar por completo el hacer blanco. A distancias que exceden incluso las 400 o 500 yardas, tales errores son inevitables, y la consecuencia es la asombrosa diferencia entre el magnífico tiro en el campo de prácticas, con distancias medidas, y la ejecrable práctica en el campo de batalla, donde las distancias son desconocidas, los objetos están en movimiento y los momentos para la reflexión son muy breves. Así, con los nuevos fusiles, la probabilidad de hacer blanco a más de trescientas yardas en el campo de batalla es muy pequeña, mientras que por debajo de las trescientas yardas, debido al vuelo rasante de la bala, es muy grande; en consecuencia, la carga a la bayoneta se convierte en el medio más eficaz para desalojar a un enemigo, tan pronto como la tropa atacante ha llegado a esa distancia. Supóngase que un ejército porta fusiles que a 400 yardas no den una trayectoria más elevada que la que los fusiles de sus adversarios dan a 300 yardas, el primero tendrá la ventaja de iniciar un fuego eficaz a una distancia mayor en 100 yardas, y como sólo se requieren tres o cuatro minutos para cargar a través de 400 yardas, esta ventaja no es nada despreciable en el momento decisivo de una batalla. Lo mismo ocurre con los cañones. Sir Howard Douglas declaró, hace diez años, que es con mucho el mejor aquel cañón que da el mayor alcance con la menor elevación. Con los cañones rayados la importancia de este punto es aún mayor, ya que la probabilidad de error al estimar la distancia aumenta con el mayor alcance, y no se puede confiar en los rebotes de otros proyectiles que no sean los esféricos. Esta es una de las desventajas de los cañones rayados: deben acertar con el primer impacto, si es que han de acertar del todo, mientras que la bala rasa, si cae corta, rebotará y continuará su vuelo en casi su misma dirección original. Aquí, pues, una trayectoria rasante es de la más alta importancia, ya que cada grado más de elevación reduce la probabilidad de acertar con el primer impacto en una proporción creciente y, por lo tanto, la alta línea de vuelo producida por los cañones franceses es uno de sus más graves defectos.

Pero todas las deficiencias de estos cañones se ven coronadas y agravadas por un defecto, que basta por sí solo para sellar todo el sistema. Se producen con la maquinaria y según los principios que antaño servían para la fabricación de los viejos cañones de ánima lisa. Con el grandísimo viento de estos viejos cañones y los pesos y diámetros variables de los proyectiles, la precisión matemática en la fabricación era sólo una consideración secundaria. La fabricación de armas de fuego, hasta hace muy pocos años, era la rama más atrasada de la industria moderna. Había demasiado trabajo manual y demasiada poca maquinaria. Para las viejas armas de ánima lisa esto podía ser admisible; pero cuando se iban a fabricar armas de las que se esperaba gran precisión a largas distancias, este sistema se volvió intolerable. Para asegurar la certeza de que cada fusil disparase perfectamente igual a 600, 800 y 1.000 yardas, y cada cañón a 2.000, 4.000 y 6.000 yardas, se hizo necesario que cada parte de cada operación fuese ejecutada por la más perfecta maquinaria automática, de modo que se produjese un arma que fuera la contrapartida matemática de la otra. Las desviaciones de la precisión matemática, inapreciables bajo el viejo sistema, se convirtieron ahora en defectos que inutilizaban el arma entera. Los franceses no han mejorado su vieja maquinaria en medida apreciable, y de ahí las irregularidades en su fuego. ¿Cómo puede lograrse que los cañones den el mismo alcance con la misma elevación, en circunstancias iguales en todo lo demás, cuando ninguno de ellos es idéntico al otro en cada detalle? Pero irregularidades en la fabricación que a 800 yardas producen diferencias de una yarda, a 4.000 producirán diferencias de cien yardas en el alcance. ¿Cómo, entonces, puede esperarse que tales cañones sean precisos a largas distancias?
Recapitulando: los cañones rayados franceses son malos, porque deben tener viento; porque requieren, comparativamente, grandes elevaciones, y porque su factura no está en absoluto a la altura de los requerimientos de los cañones rayados de largo alcance. Deberán ser pronto sustituidos por construcciones diferentes, o reducirán la práctica de la artillería francesa a la peor de Europa.

Hemos examinado adrede estos cañones con algún detalle, pues nos brindaron así la oportunidad de exponer los principios fundamentales de la artillería rayada. En un artículo final consideraremos los dos sistemas propuestos que en Inglaterra luchan ahora por la supremacía —sistemas ambos que se basan en la carga por la culata, la ausencia de viento y la factura perfecta— el sistema Armstrong y el de Whitworth.

MI.

Llegamos ahora a la descripción de los dos tipos de cañones rayados de retrocarga que en el momento actual se disputan la supremacía en Inglaterra y que, inventados ambos por civiles, superan ciertamente en eficacia a todo lo producido hasta ahora por artilleros profesionales: el cañón Armstrong y el cañón Whitworth.

El cañón de Sir William Armstrong tuvo la ventaja de la prioridad y de ser alabado por toda la prensa y el mundo oficial de Inglaterra. Es, sin duda, una máquina de guerra sumamente eficaz, y muy superior al cañón rayado francés; pero si puede vencer al cañón de Whitworth es cosa que bien puede ponerse en duda.

Sir Wm. Armstrong construye su cañón enrollando, alrededor de un tubo de acero fundido, dos capas de tubos de hierro forjado en forma espiral, colocada la capa superior en dirección opuesta a la inferior, del mismo modo que se fabrican los cañones de fusil con capas de alambre. Este sistema proporciona un material muy fuerte y tenaz, aunque muy costoso. El ánima está rayada con numerosas estrías estrechas, una junto a la otra, y con una vuelta completa en la longitud del cañón. El proyectil oblongo —cilíndrico-ojival— es de hierro fundido, pero recubierto con una camisa de plomo, que le da un diámetro algo mayor que el del ánima; este proyectil, junto con la carga, se introduce por la culata en una recámara lo suficientemente ancha para recibirlo; la explosión impulsa el proyectil hacia el ánima estrecha, donde el blando plomo se prensa en las estrías, eliminando así todo viento al tiempo que confiere al proyectil la rotación espiral indicada por el paso de las mismas. Este modo de prensar el proyectil en las estrías y el revestimiento de material blando que requiere son los rasgos característicos del sistema de Armstrong; y si el lector remite a los principios de la artillería rayada, tal como los desarrollamos en nuestros artículos precedentes, convendrá en que, en principio, Armstrong está decididamente en lo cierto. Siendo el proyectil de mayor diámetro que el ánima, el cañón es necesariamente de retrocarga, lo que, para nosotros, también parece una característica necesaria en toda la artillería rayada. El mecanismo de retrocarga en sí, sin embargo, no tiene nada que ver con el principio de ningún sistema particular de rayado, sino que puede transferirse de uno a otro; por tanto, lo dejamos enteramente fuera de nuestra consideración.

El alcance y la precisión logrados con este nuevo cañón son algo asombroso

El proyectil fue lanzado a unas 8 500 yardas, o casi cinco millas, y la certeza con que se daba en el blanco a 2 000 o 3 000 yardas superaba con mucho la que los viejos cañones de ánima lisa podían mostrar a un tercio de esas distancias.

No obstante, pese a todas las alharacas de la prensa inglesa, los detalles científicamente interesantes de todos estos experimentos se mantuvieron cuidadosamente en secreto. Nunca se indicó con qué elevación y carga se obtuvieron esos alcances; nunca se detallaron el peso del proyectil y el del propio cañón, las desviaciones laterales y longitudinales exactas, etc.

Ahora, por fin, cuando el cañón Whitworth ha hecho su aparición, conocemos al menos algunos detalles de una serie de experimentos. El Sr. Sidney Herbert, Secretario de Guerra, ha declarado en el Parlamento que un cañón de a 12 libras que pesaba 8 quintales, con una carga de 1 libra y 8 onzas de pólvora, dio un alcance de 2 460 yardas, a 7 grados de elevación, con una desviación lateral extrema de tres yardas y una desviación longitudinal extrema de 65 yardas. A ocho grados de elevación, el alcance fue de 2 797 yardas; a nueve, por encima de 3 000 yardas; manteniéndose las desviaciones casi iguales.

Ahora bien, una elevación de siete a nueve grados es algo desconocido en la práctica de la artillería de campaña de ánima lisa. Las tablas oficiales, por ejemplo, no pasan de los cuatro grados de elevación, a los cuales el de a 12 libras y el de a 9 libras dan un alcance de 1 400 yardas. Cualquier elevación mayor en los cañones de campaña sería inútil, por dar una trayectoria demasiado alta y, con ello, reducir enormemente las probabilidades de dar en el blanco.

Pero contamos con algunos experimentos (citados en la *Artillería Naval* de Sir Howard Douglas) con cañones pesados de barco de ánima lisa a elevaciones más altas. El largo cañón inglés de a 32 libras, en Deal, en 1839, dio alcances, a 7 grados, de 2 231 a 2 318; a 9 grados, de 2 498 a 2 682 yardas. El cañón francés de a 36 libras en 1846 y 1847 dio alcances, a 7 grados, de 2 270; a 9 grados, de 2 636 yardas. Esto muestra que, a igual elevación, los alcances de los cañones rayados no son tan sumamente superiores a los de los cañones de ánima lisa.

El cañón Whitworth, en casi todos los aspectos, es lo contrario del cañón Armstrong. Su ánima no es circular, sino hexagonal; el paso de su rayado es casi el doble del del cañón Armstrong; el proyectil es de un material muy duro, sin forro alguno de plomo; y si es de retrocarga, no lo es necesariamente, sino tan solo por mor de conveniencia y de moda.

Este cañón está hecho de un material recientemente patentado, llamado «hierro homogéneo», de gran resistencia, elasticidad y tenacidad; el proyectil encaja con exactitud matemática en el ánima, y por lo tanto no puede introducirse sin lubricar el ánima. Esto se consigue insertando una mezcla de cera y grasa entre la carga y el proyectil, lo que al mismo tiempo tiende a disminuir cualquier viento que pudiera quedar. El material del cañón es tan tenaz que resiste fácilmente 3 000 disparos sin daño alguno en el ánima.

El cañón Whitworth se presentó al público en febrero pasado, cuando se realizó una serie de experimentos con él en Southport, en la costa de Lancashire. Había tres cañones: uno de a 3, uno de a 12 y uno de a 80 libras; de los largos informes seleccionamos el de a 12 libras como ilustración. Este cañón medía 7 pies y 9 pulgadas de largo y pesaba 8 quintales. El común de a 12 libras, para proyectiles esféricos, mide 6 pies y 6 pulgadas de largo y pesa 18 quintales.

Los alcances obtenidos con el cañón Whitworth fueron los siguientes: A 2 grados de elevación (donde el viejo de a 12 libras da 1 000 yardas), con una carga de 1 1/2 libras, el alcance varió entre 1 208 y 1 281 yardas. A 5 grados (donde el viejo de a 32 libras da 1 940 yardas), osciló entre 2 298 y 2 342 yardas. A 10 grados (alcance del viejo de a 32 libras, 2 800 yardas), promedió 4 000 yardas. Para elevaciones más altas se empleó un cañón de a 3 libras, con carga de 8 onzas; con 20 grados, varió de 6 300 a 6 800; con 33 y 35 grados, de 9 400 a 9 700 yardas. El viejo cañón de a 56 libras, de ánima lisa, da, a 20 grados, un alcance de 4 381 yardas; a 32 grados, de 5 680 yardas. La precisión obtenida por el cañón Whitworth fue muy satisfactoria y, al menos, tan buena como la del cañón Armstrong en la desviación lateral; en cuanto a las variaciones longitudinales, los experimentos no permiten una conclusión satisfactoria.

IV.

El cañón Whitworth está construido sobre el principio de reducir el viento al mínimo máximo, mediante un ajuste matemático del proyectil al ánima, y eliminando lo poco que pudiera quedar por el efecto de la composición lubricante. En este respecto es inferior al cañón Armstrong, que no tiene viento alguno; y éste consideramos que es su principal defecto. El ánima poligonal, sin embargo, sería imposible sin este defecto, y de todos modos merece reconocerse que con un sistema originalmente tan defectuoso se hayan obtenido tan grandes resultados. Whitworth ha llevado indudablemente a su más alta perfección el sistema que da proyectiles duros e inflexibles y permite el viento. Su cañón es inmensamente superior al tosco empirismo de la artillería rayada francesa. Pero mientras que el cañón Armstrong, y otros cañones que dependen de proyectiles con forro blando para ser forzados en las rayas por la presión, pueden perfeccionarse hasta el infinito, el cañón Whitworth no tendrá tal futuro; ya ha alcanzado la más alta perfección compatible con sus principios fundamentales.

Para recapitular:

Encontramos que, a la elevación practicable de la artillería de campaña, los mejores cañones rayados conocidos dan un alcance muy poco superior al del viejo cañón de ánima lisa. Hay, sin embargo, alguna ventaja, y ésta sigue siendo un punto a su favor.

Pero las grandes ventajas de la artillería rayada para la artillería de campaña son éstas:

1. El mismo peso de proyectil puede ser lanzado por un cañón de mucho menor calibre y con una carga mucho menor que con el viejo cañón de ánima lisa, que sólo servía para proyectiles esféricos. Como consecuencia, el peso del cañón se reduce considerablemente. El viejo de a 12 libras tenía un calibre de unas 4 1/2 pulgadas y pesaba 18 quintales; su carga era de cuatro libras de pólvora. El nuevo de a 12 libras tiene un calibre de unas 3 1/2 pulgadas, o sea, casi el del viejo de a 9 libras; su peso, 8 quintales; carga, de 1 1/2 a 1 3/4 libras. El nuevo cañón francés de a 12 libras, con el calibre del viejo de a 4, es aún más ligero. Esto es una ventaja inmensa. Da al cañón de campaña una movilidad hasta ahora desconocida y lo hace casi tan apto para ir por cualquier terreno como la infantería. En adelante, más de cuatro caballos por cañón será inútil.

2. A las distancias hasta ahora practicables para la artillería de campaña, ofrece una probabilidad mucho mayor de dar en el blanco; rebaja la trayectoria y reduce al mínimo tanto las desviaciones laterales como las longitudinales. En un intercambio de proyectiles esféricos y granadas con espoletas de percusión, una batería rayada siempre batirá a una de ánima lisa de igual peso de proyectil.

En cuanto a la artillería pesada, será todopoderosa contra los muros de piedra, especialmente por la práctica de granadas con espoletas de percusión. Esto ya ha sido probado por la experimentación, tanto en Francia como en Alemania. Dará a los buques y a las baterías de sitio la posibilidad de bombardear ciudades a distancias de 4 000 a 9 000 yardas. En todos los demás respectos, no alterará materialmente las relaciones hasta ahora existentes entre sitiadores y sitiados, y de los buques contra las baterías en tierra.

Por otra parte, las desventajas de la artillería rayada son:

1. La metralla común se vuelve imposible o ineficaz debido a la trayectoria irregular que la rotación en espiral imprime a las balas.

2. El disparo de granadas con espoleta de tiempo (y de proyectiles shrapnel con lo mismo) se vuelve casi impracticable, ya que la falta de reducción del viento impide que la llama de la explosión comunique con la espoleta que necesariamente debe estar en la punta del proyectil alargado.

A pesar de estos inconvenientes, la artillería rayada se ha convertido hoy en una necesidad para todo ejército. La cuestión ahora es sólo cómo pueden obviarse estos inconvenientes. Que lo serán no cabe la menor duda. Pero es seguro que en la artillería rayada rigen las mismas reglas que regulan la construcción y el uso de las armas pequeñas rayadas. Las ideas exageradas de alcances de cinco millas en la una son tan ridículas como la noción de acertar a un hombre con los nuevos rifles a 800 o 1 000 yardas; y aun así, las ventajas que confieren los calibres rayados en ambos casos son tan grandes que es imperioso para todo ejército que alguna vez pueda ser llamado a combatir con enemigos civilizados deshacerse de todos los cañones de ánima lisa, tanto en las armas pequeñas como en la artillería.