Friedrich Engels
La guerra de Marruecos
De fines de febrero al 1 de marzo de 1860

New-York Daily Tribune.
Nr. 5896, 17. marzo 1860

La guerra de Marruecos.

Dado que el primer acto —y posiblemente al mismo tiempo el último— de la guerra española en Marruecos ha sido ahora llevado a su término, y que han llegado todos los informes oficiales detallados, podemos volver una vez más al asunto.

El primero de enero, el ejército español abandonó las líneas de Ceuta para avanzar sobre Tetuán, que dista solo 21 millas. Aunque sin ser nunca seriamente atacado ni detenido por el enemigo, al mariscal O'Donnell no le llevó menos de un mes poner sus tropas a la vista de dicha ciudad. La falta de caminos y la necesaria cautela no son motivos suficientes para esta lentitud de marcha sin parangón; y es evidente que el dominio del mar que poseían los españoles no fue aprovechado en toda su amplitud. Tampoco sirve de excusa que hubiera que construir un camino para la artillería pesada y las provisiones. Unas y otras debieron haber sido transportadas principalmente por los barcos, mientras que el ejército, provisto con víveres para una semana y sin más cañones que la artillería de montaña (cargada a lomos de mulas), habría podido alcanzar a lo sumo en cinco días las alturas sobre Tetuán y aguardar allí a la división de Ríos, a la que entonces —como tres semanas después— no se le habría podido impedir desembarcar en la desembocadura del Wahad el Jelu. La batalla del 4 de febrero habría podido librarse, y probablemente en condiciones aún más favorables para los españoles, el 6 o el 7 de enero; así se habrían ahorrado los miles de hombres perdidos por la enfermedad, y para el 8 de enero Tetuán habría podido ser tomada.

Esto parecerá una afirmación audaz. Sin duda, O'Donnell estaba tan impaciente por llegar a Tetuán como cualquiera de sus soldados; ha demostrado valor, circunspección, sangre fría y demás cualidades militares. Si le llevó un mes llegar ante ella, ¿cómo habría podido hacer lo mismo en una semana? O'Donnell tenía ante sí dos caminos para hacer avanzar sus tropas. El primero, apoyarse principalmente en la comunicación por tierra y usar los barcos meramente como auxiliares. Eso es lo que hizo. Organizó un transporte terrestre regular para sus provisiones y municiones, y llevó consigo una numerosa artillería de campaña de a 12 libras. Su ejército debía ser enteramente independiente de los barcos en caso necesario; los barcos solo debían servir como segunda línea de comunicación con Ceuta, útil pero de ningún modo indispensable. Este plan, por supuesto, implicaba la organización de un inmenso tren de carruajes, y dicho tren exigía la construcción de un camino. Así se perdió una semana hasta construir el camino desde las líneas hasta la playa; y a casi cada paso, toda la columna —ejército, tren y todo lo demás— se detenía hasta que se construía otro trecho de camino para el avance del día siguiente. De este modo, la duración de la marcha estaba medida por las millas de camino que los ingenieros españoles podían construir día a día; y esto parece haberse hecho a razón de media milla diaria aproximadamente. Así, los propios medios elegidos para transportar las provisiones hicieron necesario un inmenso aumento del tren, pues cuanto más tiempo permanecía el ejército en marcha, más consumía naturalmente. Aun así, cuando, hacia el 18 de enero, un temporal alejó los vapores de la costa, el ejército estaba hambriento, y eso a la vista de su depósito en Ceuta; otro día de tormenta, y un tercio del ejército habría tenido que marchar de regreso para buscar provisiones para los otros dos. Fue así como el mariscal O'Donnell se las arregló para pasear a 18.000 españoles a lo largo de la costa africana durante todo un mes, a razón de dos tercios de milla por día. Una vez adoptado este sistema de aprovisionamiento del ejército, ninguna potencia del mundo habría podido acortar sustancialmente la duración de esta marcha sin parangón; pero, ¿no fue un error adoptarlo en absoluto?

Si Tetuán hubiera sido una ciudad del interior, situada a veintiuna millas de la costa en lugar de a cuatro, no cabe duda de que no habría habido otra opción. Los franceses, en sus expediciones al interior de Argelia, hallaron las mismas dificultades y las superaron del mismo modo, aunque con mayor energía y rapidez. Los ingleses en la India y en Afganistán se ahorraron este problema por la relativa facilidad para encontrar bestias de carga y forraje para ellas en esos países; su artillería era ligera y no requería buenos caminos, pues las campañas se realizaban solo en la estación seca, cuando los ejércitos pueden marchar directamente campo a través. Pero estaba reservado a los españoles y al mariscal O'Donnell hacer marchar a un ejército por la orilla del mar durante todo un mes y cubrir en ese tiempo la inmensa distancia de veintiuna millas.

De esto se desprende claramente que tanto los medios como las ideas en el ejército español tienen un carácter muy anticuado. Con una flota de vapores y transportes a vela siempre a la vista, esta marcha es perfectamente ridícula, y los hombres inutilizados durante ella por el cólera y la disentería fueron sacrificados al prejuicio y a la incapacidad. El camino construido por los ingenieros no constituía una verdadera comunicación con Ceuta, pues no pertenecía a los españoles en ningún punto, salvo donde acertaban a acampar. Hacia la retaguardia, los moros podían hacerlo impracticable cualquier día. Para llevar un mensaje o escoltar un convoy de regreso a Ceuta se requería por lo menos una división de 5.000 hombres. Durante toda la marcha, la comunicación con aquella plaza se mantuvo solo mediante los vapores. Y aun con todo eso, las provisiones que acompañaban al ejército eran tan insuficientes que antes de veinte días el ejército estuvo al borde de la inanición, y solo lo salvaron los pertrechos de la flota. ¿Para qué construir entonces el camino? ¿Para la artillería? Los españoles debían saber con certeza que los moros no tenían artillería de campaña y que sus propios cañones de montaña rayados eran superiores a cuanto el enemigo pudiera oponerles. ¿Para qué arrastrar entonces toda esa artillería consigo, cuando en un par de horas toda ella podía ser transportada por mar desde Ceuta hasta San Martín (en la desembocadura del Wahad el Jelu o río de Tetuán)? Para un caso extremo, una sola batería de cañones de campaña habría podido acompañar al ejército, y la artillería española debe ser muy torpe si no pudiera hacerla marchar por cualquier terreno del mundo a un ritmo de cinco millas diarias.

Los españoles disponían de suficiente transporte marítimo para llevar al menos una división cada vez, como lo probó el desembarco de la división de Ríos en San Martín. Si el ataque lo hubieran ejecutado tropas inglesas o francesas, no cabe duda de que esta división habría desembarcado directamente en San Martín, tras unas cuantas demostraciones desde Ceuta para atraer a los moros hacia ese punto. Una división semejante, de 5.000 hombres, atrincherada tras ligeras obras de campaña como las que pueden levantarse en una sola noche, habría podido aguardar sin temor el ataque de cualquier número de moros. Y se habría podido desembarcar una división cada día, si el tiempo era favorable, con lo que el ejército habría podido concentrarse a la vista de Tetuán en seis u ocho días. Cabe dudar, sin embargo, de si a O'Donnell le habría gustado exponer a una de sus divisiones a un ataque aislado durante posiblemente tres o cuatro días: sus tropas eran bisoñas y no estaban acostumbradas a la guerra. No se le puede culpar por no haber adoptado este proceder.

Pero lo que indudablemente habría podido hacer es esto. Con cada hombre cargando provisiones para una semana, con toda su artillería de montaña —acaso una batería de campaña— y tantos pertrechos como pudiera cargar a lomos de mulas y caballos, habría podido ponerse en marcha desde Ceuta y aproximarse a Tetuán lo más rápidamente posible. Teniendo en cuenta todas las dificultades, ocho millas al día es ciertamente bien poco. Pero supongamos cinco; eso daría cuatro días de marcha. Pongamos dos días para combates, aunque malas victorias serán aquellas que no supongan una ganancia de cinco millas de terreno. Esto daría en total seis días, e incluiría todas las demoras causadas por el tiempo atmosférico, pues un ejército sin tren puede ciertamente avanzar cuatro o cinco millas al día en casi cualquier clima. Así, el ejército llegaría a la llanura de Tetuán antes de consumir las provisiones que llevaba consigo; en caso necesario, los vapores estaban allí para desembarcar suministros frescos durante la marcha, como de hecho lo hicieron. Marruecos no es peor país, ni por el terreno ni por el clima, que Argelia, y los franceses han hecho allá mucho más en pleno invierno y muy lejos, en las colinas además, sin vapores que los apoyaran y abastecieran. Una vez llegado a las alturas de los Montes Negros y dueño del paso hacia Tetuán, la comunicación con la flota en la rada de San Martín quedaba segura, y el mar constituía la base de operaciones. Así pues, con un poco de audacia, el período durante el cual el ejército no tuvo más base de operaciones que él mismo se habría acortado de un mes a una semana, y el plan más audaz era, por consiguiente, el más seguro de los dos; pues cuanto más formidables fueran los moros, tanto más peligrosa se tornaba la marcha lenta de O'Donnell. Y si el ejército hubiera sido derrotado en el camino hacia Tetuán, su retirada habría sido mucho más fácil que si hubiese estado embarazado con bagajes y artillería de campaña.

El avance de O'Donnell desde los Montes Negros, que franqueó casi sin oposición, estuvo muy en consonancia con su anterior lentitud. De nuevo hubo que levantar y reforzar reductos, como si hubiera tenido enfrente al ejército mejor organizado. Se perdió así una semana, aunque contra semejantes adversarios habrían bastado simples obras de campaña; no podía esperar ser atacado por artillería alguna equiparable a seis de sus cañones de montaña, y para la construcción de tal campamento uno o dos días debieron haber sido suficientes. Al fin, el día 4, atacó el campo atrincherado de sus oponentes. Los españoles parecen haberse comportado muy bien durante esta acción; sobre los méritos de las disposiciones tácticas no podemos juzgar, pues los escasos corresponsales en el campamento español omiten todos los detalles militares secos en favor de un buen pintoresquismo y un entusiasmo exagerado. Como dice el corresponsal de The London Times: ¡de qué sirve describirle a usted un terreno que usted debería ver para juzgar su naturaleza! Los moros fueron completamente derrotados, y al día siguiente Tetuán se rindió.

Esto cierra el primer acto de la campaña, y si el Emperador de Marruecos no se muestra demasiado obstinado, muy probablemente cerrará toda la guerra. No obstante, las dificultades sufridas hasta ahora por los españoles —dificultades acrecentadas por el sistema con que han conducido la guerra— muestran que, si Marruecos resiste, España hallará que es una tarea muy dura. No es la resistencia efectiva de los irregulares moros —que nunca derrotará a tropas disciplinadas mientras estas se mantengan cohesionadas y puedan ser alimentadas—; es el carácter inculto del país, la imposibilidad de conquistar otra cosa que las ciudades y de obtener siquiera de ellas los suministros; es la necesidad de dispersar al ejército en un gran número de pequeños puestos que, a fin de cuentas, no bastan para mantener abierta una comunicación regular entre las ciudades conquistadas y que no pueden ser avituallados a menos que se envíe la mayor parte de la fuerza a escoltar convoyes de pertrechos a través de un país sin caminos y entre nubes constantemente renacientes de hostigadores moros. Bien se sabe lo que fue para los franceses, durante los primeros cinco o seis años de su conquista africana, reavituallar siquiera Blidah y Medeah, por no hablar de puestos más alejados de la costa. Con el rápido desgaste de los ejércitos europeos en aquel clima, seis o doce meses de semejante guerra no serán ninguna broma para un país como España.

El primer objetivo de ataque, si la guerra continúa, será naturalmente Tánger.  
El camino de Tetuán a Tánger atraviesa un paso de montaña y desciende luego por el valle de un río. Todo es obra de tierra adentro —sin vapores cerca que suministren pertrechos, y sin caminos. La distancia es de unas 26 millas. ¿Cuánto tardará el mariscal O’Donnell en recorrer esa distancia y cuántos hombres tendrá que dejar en Tetuán? Se dice que ha afirmado que se necesitarán 20.000 hombres para conservarla, pero esto es a todas luces exagerado. Con 10.000 hombres en la ciudad y una brigada local en un campamento atrincherado en San Martín, la plaza debería estar suficientemente segura; una fuerza así siempre podría salir al campo con potencia bastante para dispersar cualquier ataque moro. Tánger podría ser tomada por bombardeo desde el mar, y la guarnición, llevada allí también por mar. Lo mismo ocurriría con Larache, Salé y Mogador. Pero si los españoles se proponían actuar de este modo, ¿a qué viene la larga marcha hasta Tetuán? Una cosa es cierta: a los españoles aún les queda mucho que aprender en la guerra antes de poder forzar a Marruecos a la paz, si Marruecos resiste un año.