De un corresponsal ocasional.
Londres, 11 de febrero de 1860.

La última fue una gran noche, en el sentido parlamentario de la palabra. El señor Gladstone, en un discurso inmenso, desveló simultáneamente los misterios de su presupuesto y del tratado comercial, vinculando cuidadosamente ambos y apuntalando la fragilidad del uno con la audacia del otro. En cuanto al tratado, expuesto ahora al mundo con todos sus detalles, verá usted que el esbozo que le di hace muchas semanas era bastante correcto y, de hecho, nada tengo que añadir a la crítica general que me atreví a hacer en aquel momento. Por consiguiente, me propongo considerar el presupuesto del señor Gladstone como una simple operación de las finanzas inglesas, tratamiento del tema tanto más necesario cuanto que los inminentes debates parlamentarios no dejarán de ilustrarnos, de paso, sobre la corriente diplomática subyacente a los hechos y cifras del señor Gladstone.

Ahora bien, cualesquiera que sean las incongruencias que puedan rastrearse en los detalles del presupuesto; cualesquiera que sean las objeciones políticas que puedan plantearse contra la prudencia de responder a un déficit de más del 14 por ciento sobre los ingresos totales, y a un vasto incremento del gasto, con una barrida completa de muchos derechos existentes, parte de los cuales apenas pesaban sobre la masa del pueblo; no obstante, la equidad común me obliga a decir que el presupuesto del señor Gladstone es un golpe de ingenio financiero grande y audaz, y que, una vez aceptadas las doctrinas librecambistas británicas —dejando a un lado algunas incongruencias flagrantes impuestas por el tratado con Francia, así como por la ternura que todo Canciller del Exchequer británico prodigará siempre a las rentas territoriales de los 50.000 terratenientes predominantes—, es un presupuesto justo. La posición del señor Gladstone estaba cargada de dificultades creadas por él mismo. Él fue el hombre que en 1853, en su llamado presupuesto normal, que se extendía prospectivamente a lo largo de siete años, se había comprometido a eliminar definitivamente el impuesto sobre la renta en 1860-61. Él, de nuevo, en un presupuesto suplementario, llamado a la vida por la guerra rusa, había prometido abolir, en fecha no lejana, el derecho de guerra sobre el té y el azúcar. El mismo hombre, ahora que sus pagarés han vencido, se presenta con un plan en el que se mantiene este último derecho, mientras que el impuesto sobre la renta se eleva de 9 peniques a 10 peniques por libra; es decir, un 11 1/9 por ciento. Pero recordará usted que, en mis críticas a su presupuesto de 1853, intenté demostrar que, si la legislación financiera del librecambio significaba algo, significaba el desplazamiento de la imposición indirecta por la imposición directa. Me detuve entonces en la incompatibilidad entre la promesa del señor Gladstone de proseguir con la eliminación de los derechos de aduana e impuestos sobre el consumo, y su simultánea promesa de borrar por completo el impuesto sobre la renta de la lista del recaudador de impuestos. El impuesto sobre la renta, sólo que se aplica de manera parcial, injusta y hasta estúpida, es la mejor partida de la legislación financiera inglesa. Que el señor Gladstone, en lugar de gravar seriamente la propiedad territorial, mantenga un derecho de guerra sobre artículos de primera necesidad como el té y el azúcar, es una cobardía debida mucho más a la estructura aristocrática del Parlamento que a ninguna estrechez de miras por su parte. Si se hubiera atrevido a poner las manos sobre las rentas territoriales, el Gabinete, cuyas perspectivas de vida son ya bastante precarias, habría ido a parar al suelo en un instante. Es viejo el proverbio de que el vientre no tiene oídos, pero no es menos cierto que las rentas territoriales no tienen conciencia.

Antes de ofrecer una declaración sucinta de las modificaciones contempladas por el señor Gladstone, llamaré primero la atención del lector sobre algunas observaciones incidentales que dejó caer en el curso de su discurso. Primero, pues, el Canciller del Exchequer admitió que la opinión común de que el librecambio está encarnado en el sistema financiero inglés era mera jerga. Segundo, admitió que Inglaterra no tenía ningún comercio digno de mención con Francia, mientras que Francia, por el contrario, tenía un comercio muy extenso y en expansión con Inglaterra. Tercero, no pudo evitar confesar que la política palmerstoniana, al embarcarse en «expediciones amistosas» a espaldas del Parlamento, había inclinado la balanza y paralizado el incremento que afluía al Exchequer por la extensión del comercio y la industria británicos. Por último, aunque dorando la píldora amarga con una envoltura dulce y presentándola en una forma tan cómoda como las que acostumbran usar los boticarios franceses para presentarle a uno los más abominables preparados farmacéuticos, no pudo sino reconocer que el mismo querido aliado, a quien Gran Bretaña está a punto de sacrificar cerca de dos millones de renta, es el resorte principal de que el gasto militar y naval británico se haya hinchado, para el año 1860-61, hasta la estupenda suma de 30 millones. Dieciocho millones, hay que consignarlo, fue el máximo de gasto bélico que el Duque de Hierro, veinticuatro años atrás, rogó al racionalismo inglés que tragara. Tras estas observaciones preliminares, paso a los cambios propuestos por el señor Gladstone.

Se dividen en dos categorías, una derivada del tratado con Francia, la otra abarcando cambios subsidiarios que el señor Gladstone se vio obligado a introducir para librar a su presupuesto del reproche de ser una concesión arrancada por una potencia despótica extranjera, y para conferirle el color más aceptable de ser una reforma general del arancel vigente.

Los cambios introducidos por el tratado comercial con Francia son éstos: De inmediato se barrerán, absoluta y enteramente, los artículos manufacturados del arancel británico, con la excepción, por un período limitado, de sólo tres artículos, a saber: corcho, guantes y otro artículo insignificante. El derecho sobre el aguardiente se reducirá de 15 chelines por galón al nivel del derecho colonial de 8 chelines. El derecho sobre todos los vinos extranjeros se disminuirá inmediatamente de cerca de 5 chelines 10 peniques por galón a 3 chelines por galón. Inglaterra se compromete además a reducir el derecho, a partir del 1 de abril de 1861, a una escala proporcional a la cantidad de alcohol contenida en el vino. Todos los derechos sobre artículos extranjeros que también se producen en Inglaterra, y que allí están sujetos a un impuesto sobre el consumo, se reducirán al nivel del impuesto interior. Tal es la médula de la primera serie de cambios a introducir.

Las modificaciones que, independientemente del tratado con Francia, han de dar al presente presupuesto el carácter de una reforma general de la legislación financiera británica, son éstas:

Se abolirán inmediata y totalmente los derechos sobre la mantequilla, el sebo, el queso, las naranjas, los limones, los huevos, la nuez moscada, la pimienta, el regaliz y otros varios artículos, cuyos derechos suman en total unas £382.000 al año. Se efectuarán reducciones en el actual derecho sobre la madera, de 7/ y 7/6 al tipo colonial de 1/ y 1/6. Sobre las pasas de Corinto, de 15/9 a 7/; sobre las uvas pasas y los higos, de 10/ a 7/; sobre el lúpulo, de 45/ a 15/. Por último, se abolirá el impuesto sobre el consumo de papel.

La cuenta del año financiero 1860 queda así:

Gastos.

Deuda consolidada y no consolidada ......... £26.200.000
Cargas del Fondo Consolidado ............ 2.000.000
Ejército y milicia ................... 15.800.000
Armada y servicio de paquebotes ......... 13.900.000
Servicios varios y civiles .............. 7.500.000
Departamento de Ingresos ................. 4.700.000

Total ............................ £70.100.000

Ingresos

Aduanas ............................. £22.700.000
Impuestos sobre el consumo .............. 19.170.000
Timbre ............................... 8.000.000
Otros impuestos ....................... 3.250.000

[Ingresos.]
Impuesto sobre la renta ................. 2.400.000
Correos .............................. 3.400.000
Tierras de la Corona ................... 280.000
Ingresos varios ....................... 1.500.000

Total ............................ £60.700.000

Ahora bien, comparando los gastos con los ingresos, se verá que se reconoce un déficit por un importe de cerca de £10.000.000 esterlinas, que el señor Gladstone, como ya se ha dicho, piensa cubrir con el aumento del impuesto sobre la renta de 9 peniques a 10 peniques y con el mantenimiento de los derechos de guerra sobre el té y el azúcar. En las modificaciones menores, con las que se propone obtener un penique aquí y otro penique allá, no es necesario detenerse en esta reseña general del presupuesto británico para 1860-61.