Friedrich Engels
La guerra de Marruecos
18 de enero de 1860

La guerra de Marruecos.

La campaña de Marruecos ha comenzado por fin en firme, y con este comienzo desaparecen todos los tintes románticos con que la prensa española y el entusiasmo popular habían revestido a O'Donnell, quien se reduce a un general medianamente pasable; en lugar de la caballería de Castilla y León, tenemos a los Húsares de la Princesa, y en lugar de las espadas toledanas, cañones rayados y proyectiles cilindro-cónicos hacen el trabajo.

Hacia el 20 de diciembre, los españoles empezaron a construir un camino, transitable para la artillería y los carruajes, que había de conducir a través del terreno quebrado al sur del campamento delante de Ceuta. Los moros nunca intentaron destruir el camino; atacaron, unas veces, al general Prim, cuya división cubría a los destacamentos de trabajo, y otras el campamento; pero siempre sin éxito. Ninguno de estos encuentros superó las proporciones de escaramuzas de vanguardia; y en el más serio de ellos, el 27 de diciembre, la pérdida española no excedió de 6 muertos y 30 heridos. Antes de fin de año, el camino, que en sí no tenía más de dos millas de largo, quedó terminado; pero una nueva irrupción de temporales y lluvias impidió que el ejército se moviera. Mientras tanto, como si se tratase de avisar al campamento moro de los movimientos inminentes del ejército, una escuadra española compuesta de un navío de vela de línea, 3 fragatas de hélice, 3 vapores de ruedas, en total 246 cañones, se dirigió a la desembocadura del río Tetuán y bombardeó, el 29 de diciembre, los fuertes de su boca. Estos fueron silenciados y las obras de tierra destruidas en unas tres horas; no hay que olvidar que eran los mismos fuertes que los franceses habían bombardeado alrededor de un mes antes con una fuerza muy inferior.

Habiendo mejorado el tiempo el 29, el ejército español empezó por fin a moverse el 1 de enero. El Primer Cuerpo, de dos divisiones, al mando de Echagüe, que había sido el primero en desembarcar en África, permaneció en las líneas delante de Ceuta. Aunque había sufrido mucho por las enfermedades en las primeras semanas, ahora estaba bastante aclimatado y, con los refuerzos recibidos después, contaba con 10.000 hombres, considerablemente más que el Segundo o el Tercer Cuerpo. Estos dos cuerpos, comandados el Segundo por Zabala y el Tercero por Ros de Olano, junto con la división de reserva de Prim, en total de 21.000 a 22.000 hombres, marcharon el primer día del año nuevo. Cada hombre llevaba raciones para seis días, mientras que un millón de raciones, o sea, un mes de provisiones para el ejército, se embarcaron en transportes para acompañarlo. Con Prim como vanguardia, apoyado por Zabala, y Ros de Olano cerrando la retaguardia, se franqueó el altozano al sur de Ceuta. El nuevo camino conducía hacia abajo, hacia el Mediterráneo, a dos millas del campamento. Allí se extendía, a cierta distancia, una llanura semicircular, cuya cuerda la formaba el mar y la periferia un terreno quebrado que se elevaba gradualmente hacia montañas escarpadas. Apenas la división de Prim hubo salido del campamento, comenzaron las escaramuzas. La infantería ligera española rechazó fácilmente a los moros hacia la llanura, y de allí a las colinas y matorrales que flanqueaban su línea de marcha. Aquí fue donde, por un malentendido, dos débiles escuadrones de Húsares de la Princesa fueron llevados a la carga, y lo hicieron con tal ímpetu que atravesaron la línea mora hasta su campamento; pero tropezando por todas partes con terreno quebrado y no encontrando en ninguna parte ni caballería ni infantería en terreno practicable contra la que cargar, tuvieron que volverse con una pérdida de siete, es decir, de casi todos sus oficiales, además de soldados. Hasta aquí, el combate había sido llevado principalmente por la infantería en orden de guerrilla, y una o dos baterías de artillería de montaña, apoyadas aquí y allá por el efecto —más moral que físico— del fuego de unas cuantas cañoneras y vapores. Parece que O'Donnell tenía intención de detenerse en la llanura, sin ocupar aún permanentemente la cresta que formaba el límite sur de dicha llanura. Sin embargo, para asegurar su posición durante la noche, ordenó a Prim desalojar a los tiradores moros de la pendiente septentrional de la cresta y luego replegarse al anochecer. Pero Prim, que es el hombre más batallador del ejército español, se empeñó en un encuentro serio, que terminó por apoderarse de toda la cima de la cresta, aunque no sin graves pérdidas. Su vanguardia acampó en la cresta y levantó obras de campaña en su frente. La pérdida española ascendió aquel día a 73 muertos y 481 heridos. La posición ganada ese día fue la conocida con el nombre de Castillejos, por dos edificios blancos, uno en la pendiente interior, cerca de la llanura, y el otro en la cresta conquistada por la tarde por Prim. La designación oficial de este campamento, sin embargo, parece ser Campamento de la Condesa. El mismo día, los moros habían intentado una ligera diversión contra el campamento delante de Ceuta, atacando a la vez el reducto del extremo derecho y el intervalo entre los dos reductos del extremo izquierdo. Fueron, sin embargo, fácilmente rechazados por la infantería y el fuego de artillería de Echagüe.

El ejército activo permaneció tres días en el Campamento de la Condesa. La artillería de campaña y una batería de cohetes, así como el resto de la caballería (toda la brigada de caballería se compone de ocho escuadrones de húsares, cuatro de coraceros sin coraza y cuatro de lanceros, en total 1.200 hombres), llegaron al campamento. Sólo el tren de sitio (entre el que se contaba una batería de cañones rayados de a 12 libras) seguía rezagado. El día 3, O'Donnell reconoció hacia Monte Negro, la siguiente cadena de montañas al sur. El tiempo continuó bueno, caluroso al mediodía y con rocíos muy intensos por la noche. El cólera seguía haciendo estragos en una o dos divisiones, y algunos cuerpos habían sufrido gravemente por las enfermedades. Los dos batallones de ingenieros, por ejemplo, que habían trabajado muy duramente, se habían reducido de 135 hombres a 90 por compañía.

Hasta aquí, tenemos relatos detallados; para lo que sigue, quedamos reducidos a telegramas escasos y no del todo coherentes. El día 5, el ejército avanzó. El día 6, estaba acampado “al norte del valle del Negro, habiendo atravesado los desfiladeros sin oposición”. Si esto significa que la cresta de Monte Negro había sido franqueada y el ejército acampaba en su vertiente sur, es muy incierto. El día 9 se nos dice que el ejército estaba a una legua de Tetuán y que un ataque de los moros había sido rechazado. El día 13, todas las posiciones de Cabo Negro fueron tomadas, se obtuvo una victoria completa y el ejército se hallaba ante Tetuán; tan pronto como pudiera traerse la artillería, se atacaría la ciudad. El día 14, la división del general Ríos, con diez batallones, que había sido concentrada en Málaga, desembarcó en la desembocadura del río Tetuán y ocupó los fuertes destruidos por la flota quince días antes. El día 16 se nos informa de que el ejército estaba a punto de cruzar el río y atacar Tetuán.

Para explicar esto, podemos señalar que hay cuatro crestas de colinas distintas que franquear entre Ceuta y Tetuán. La primera, inmediatamente al sur del campamento, que conduce a la llanura de Castillejos; la segunda, que cierra esa llanura por el sur. Estas dos fueron tomadas por los españoles el día 1. Más al sur, y discurriendo perpendicularmente a la costa mediterránea, se encuentra la cresta de Montenegro, y paralela a esta cadena, pero aún más al sur, viene otra cresta más alta que termina en la costa, en el cabo llamado Cabo Negro, al sur del cual fluye el río Tetuán. Los moros, después de hostigar los flancos del ejército invasor durante el día 1, cambiaron de táctica, se retiraron más al sur e intentaron cerrar el camino a Tetuán por el frente. Se esperaba que el combate decisivo por la posesión de este camino tendría lugar en los desfiladeros de la última cresta, o cresta de Cabo Negro, y tal parece haber sido el caso el día 13.

El orden táctico de estos combates no parece muy honroso para ninguna de las partes. De los moros no podemos esperar sino una lucha irregular, llevada a cabo con la bravura y la astucia propias de los semi-salvajes. Pero incluso en esto parecen deficientes. No muestran ese fanatismo con que los cabilas de las crestas costeras argelinas, e incluso del Rif, se han opuesto a los franceses; el largo e infructuoso tiroteo delante de los reductos cerca de Ceuta parece haber quebrado el primer ardor y la energía de la mayoría de las tribus. Además, en sus disposiciones estratégicas no llegan al ejemplo de los argelinos. Después del primer día, abandonan su verdadero plan, que era hostigar el flanco y la retaguardia de la columna que avanzaba e interrumpir o amenazar su comunicación con Ceuta; en lugar de ello, se afanan por ganarles la delantera a los españoles y cerrarles el camino a Tetuán por el frente, provocando así lo que debieran evitar: una batalla campal. Tal vez aprendan todavía que, con hombres como ellos y en un país como el suyo, la guerra de guerrillas es el modo adecuado de desgastar a un enemigo que, sea cual sea su superioridad en disciplina y armamento, se ve estorbado en todos sus movimientos por un inmenso impedimenta que ellos desconocen y que no es fácil mover en un país sin caminos y inhóspito.

Los españoles han continuado como empezaron. Después de estar dos meses ociosos en Ceuta, han marchado veintiún millas en dieciséis días, ¡avanzando a razón de cinco millas en cuatro días! Aun haciendo todas las concesiones debidas a las dificultades de los caminos, éste es un grado de lentitud inaudito en la guerra moderna. La costumbre de manejar grandes masas de tropas, de preparar operaciones extensas, de hacer marchar un ejército que, después de todo, apenas iguala en fuerza a uno de los cuerpos de ejército franceses de la última campaña de Italia, parece haberse perdido por completo entre los generales españoles. De otro modo, ¿cómo podrían producirse tales retrasos? El 2 de enero O'Donnell tenía toda su artillería en Castillejos, a excepción del tren de sitio, y sin embargo esperó dos días más y no avanzó hasta el 5. La marcha de la columna en sí parece bastante bien dispuesta, pero con marchas tan cortas difícilmente podría ser de otro modo. Cuando están bajo el fuego, los españoles parecen combatir con ese desprecio hacia su enemigo que una disciplina superior y una serie de triunfos combativos no pueden dejar de infundir; pero queda por ver si esta seguridad en la victoria se mantendrá cuando el clima y las fatigas de una campaña, que sin duda terminará en una guerra de guerrillas agotadora, hayan mermado tanto la moral como el físico del ejército. En cuanto a la dirección, poco podemos decir hasta ahora, pues los detalles de todos los combates excepto el primer encuentro en el campo son todavía insuficientes. Este primer combate, sin embargo, revela dos errores conspicuos: la carga de la caballería y el avance del general Prim más allá de sus órdenes; y si estas cosas resultaran ser rasgos habituales del ejército español, tanto peor para ellos.

La defensa de Tetuán será muy probablemente corta pero obstinada. Las obras son sin duda malas, pero los moros son soldados excelentes detrás de murallas, como se ha demostrado en Constantina y en muchas otras ciudades argelinas. El próximo correo puede traernos la noticia de que ha sido tomada por asalto. De ser así, podemos esperar una pausa en la campaña, pues los españoles necesitarán tiempo para mejorar el camino entre Tetuán y Ceuta, para convertir Tetuán en una segunda base de operaciones y para esperar refuerzos. Luego, el siguiente movimiento será sobre Larache o Tánger.