Karl Marx  
Los asuntos de Francia  

New-York Daily Tribune.  
N.º 5862, 7 de febrero de 1860  

Los asuntos de Francia.  

De un corresponsal ocasional.  
París, 17 de enero de 1860.  

Luis Napoleón se ha convertido al librecambio y está a punto de inaugurar una nueva era de paz. Difícilmente dejará de ser inscrito como miembro de la Sociedad de los Amigos, y el año 1860 se inscribirá en los anales de Europa como el año I del Milenio. Esta extraordinaria noticia, que recorre la prensa londinense, tiene su origen en una carta de Luis Bonaparte publicada en el *Moniteur*, fechada el 15 de enero de 1860 y dirigida al Sr. Fould, Ministro de Estado. El primer efecto de la carta fue hacer bajar los fondos en París y subirlos en Londres.

Ahora bien, antes que nada, parece necesario examinar de cerca el *corpus delicti* —es decir, la carta imperial— sobre el cual está a punto de erigirse toda la superestructura de la nueva era. Luis Bonaparte informa al Sr. Fould que «ha llegado el momento de aplicarnos a los medios de dar un mayor desarrollo a los distintos ramos de la riqueza nacional». Un anuncio casi idéntico apareció en el *Moniteur* de enero de 1852, cuando el golpe de Estado inauguró la era del *Crédit Mobilier*, del *Crédit Foncier* y de otros *crédits ambulants*. Y esto no es todo. Desde aquella época memorable, cada boletín financiero anual publicado bajo los auspicios del autócrata francés ha puesto todo su énfasis y ha demostrado, con un impresionante despliegue de cifras oficiales, que el Imperio había cumplido su palabra y que, bajo su benéfica tutela, todos los ramos de la industria nacional habían experimentado un inmenso desarrollo.

Así, uno se encuentra en un aprieto. O bien las proclamas del golpe de Estado fueron inoportunas y los boletines financieros publicados después de él eran espurios, o bien la proclama actual no es más que un engaño.

En todo caso, resulta incontrovertible, a juzgar por el propio nuevo manifiesto imperial, que los beneficios económicos que la sociedad francesa debía obtener de la resurrección del bonapartismo no pertenecen al pasado, sino al tiempo futuro. Veamos, pues, mediante qué nuevo artilugio se va a realizar el feliz cambio económico.

En primer lugar, Luis Bonaparte le dice al Sr. Fould —quien debió de quedar algo sorprendido ante el profundo descubrimiento de su amo— que «nuestro comercio exterior debe desarrollarse mediante el intercambio de productos», una perogrullada formidable, ciertamente. Consistiendo el comercio exterior en el intercambio de productos nacionales por productos extranjeros, no cabe negar que, para desarrollar el comercio exterior francés, es necesario desarrollar el intercambio de productos franceses. El principal resultado que Luis Bonaparte espera del nuevo desarrollo del comercio exterior francés que se propone impulsar es «difundir la prosperidad entre las clases trabajadoras», las cuales, como lo confiesa implícitamente el hombre del golpe de Estado y como lo demuestran recientes escritores franceses (véanse, por ejemplo, las obras del difunto Sr. Colins), han decaído visiblemente en el curso de los últimos diez años. Por desgracia, hay un hecho notable que salta a la vista incluso del observador más superficial. De 1848 a 1860, el comercio exterior francés ha dado pasos de gigante. En 1848 ascendía a unos 875 millones de francos, y en 1859 había alcanzado más del doble de esa suma. Un aumento del comercio de más del ciento por ciento en el breve lapso de diez años es algo casi sin precedentes. Las causas que han producido ese aumento hay que buscarlas en California, Australia, los Estados Unidos, etc., pero ciertamente no en los archivos de las Tullerías. Resulta, pues, que a pesar del inmenso incremento del comercio exterior francés en los últimos diez años —incremento que se debe a revoluciones en los mercados mundiales que escapan por completo al mezquino control de la policía francesa—, la situación de la masa del pueblo francés no ha mejorado. Por consiguiente, ha debido de actuar algún factor lo bastante poderoso para frustrar los resultados naturales del progreso comercial. Si el desarrollo del comercio exterior francés explica la aparente facilidad con que al segundo Imperio se le ha permitido entregarse a sus costosas extravagancias, la postración de la nación, pese a sus exportaciones duplicadas, revela el precio al que se compra esa tranquilidad imperial. Si el Imperio no hubiera podido subsistir sin ese desarrollo del comercio exterior francés, ese progreso comercial no ha logrado, con el Imperio, dar sus frutos legítimos.

El Emperador de Austria ha desterrado el déficit de sus Estados a fuerza de decretos imperiales; ¿por qué Luis Bonaparte, a fuerza de otro decreto, no habría de ordenar el incremento del comercio exterior francés? No obstante, recela algún tropiezo en su camino. «Ante todo —dice— debemos mejorar nuestra agricultura y liberar a nuestra industria de todos los obstáculos interiores que la colocan en una posición de inferioridad.» Que la agricultura francesa tiene gran necesidad de mejoras es el tema constante de los economistas franceses; pero ¿cómo va a conseguirlo Luis Bonaparte? En primer lugar, concederá préstamos a la agricultura a un interés «módico». La agricultura francesa es, cosa sabida, el negocio de más de dos tercios de la nación francesa. ¿Impondrá Luis Bonaparte impuestos al tercio restante para conceder préstamos «a un tipo módico» a la mayoría de la nación? La idea es, en realidad, demasiado absurda para insistir en ella. Por otra parte, era el objetivo confeso de sus *Crédits Fonciers* dirigir capitales prestables hacia la tierra. Lo único en que han demostrado eficacia no ha sido en mejorar la agricultura, sino en arruinar a los pequeños propietarios libres y acelerar la concentración de la propiedad territorial. Después de todo, volvemos a tener aquí la vieja panacea desgastada: las instituciones de crédito. Nadie negará que el segundo Imperio señala una época en el desarrollo del crédito francés, pero que ha ido demasiado lejos y que, con su propio crédito, su influencia fomentadora del crédito ha ido a la ruina. La única novedad parece ser que, habiendo sido estirada y forzada al máximo la maquinaria semioficial de crédito, Luis Bonaparte sueña ahora con convertir al Gobierno mismo en una casa de préstamos directa. Aunque semejante intento está preñado de inmensos peligros, se derrumbaría tan inevitablemente como sus graneros, destinados a elevar los precios del grano. Desecar, regar y limpiar las tierras son cosas muy buenas en sus respectivos ámbitos, pero su único efecto posible es multiplicar los productos agrícolas. No pueden subir, ni se pretende que suban, los precios de esos productos. Entonces, aun si Luis Bonaparte encontrara por algún método milagroso los medios necesarios para esas mejoras en escala nacional, ¿cómo iban a remediar la depreciación de los productos agrícolas que el campesino francés viene padeciendo desde hace cinco años? Pero entonces, Luis Napoleón se pondrá a realizar una mejora consecutiva de las vías de comunicación. La frescura con que se hace esta propuesta supera incluso la impudicia bonapartista. Basta con mirar el desarrollo de los ferrocarriles franceses desde 1850. El gasto anual en estas «vías de comunicación» ascendió, de 1845 a 1847, a unos 175.000.000 de francos; de 1848 a 1851, a cerca de 125.000.000; de 1852 a 1854, a casi 250.000.000 (el doble del gasto de 1848-1851); de 1854 a 1856, a cerca de 550.000.000; de 1857 a 1859, a unos 500.000.000. En 1857, cuando la crisis general estalló sobre el mundo comercial, el Gobierno francés quedó horrorizado ante las sumas inmensas que aún hacían falta para los ferrocarriles en construcción o ya concedidos. Prohibió a las compañías ferroviarias obtener, mediante títulos, obligaciones, etc., más de 212.500.000 francos anuales, vedó la formación de nuevas compañías y circunscribió dentro de límites fijos las obras que anualmente se emprenderían. Y, después de todo esto, ¡Luis Bonaparte habla como si los ferrocarriles, canales, etc., acabaran de inventarse! Una reducción forzosa de los derechos de canal, a la que alude, es, por supuesto, una operación que implica la ruptura de contratos públicos, que asusta al capital invertido en esas empresas y que ciertamente no está calculada para atraer nuevos capitales hacia los mismos canales.

Por último, para encontrar mercado a los productos agrícolas, se ha de estimular la industria manufacturera. Sin embargo, como ya hemos dicho, la industria manufacturera ha dado pasos de gigante durante el segundo Imperio, pero a pesar de todo ello, con el aumento sin precedentes de las exportaciones, con el inmenso desarrollo de los ferrocarriles y otros medios de comunicación, con la exageración de un sistema de crédito antes desconocido en Francia, la agricultura francesa languidece y el campesinado francés decae. ¿Cómo explicar este extraño fenómeno? El hecho de que cada año se añadan 255.000.000 de francos a la deuda consolidada, sin hablar del impuesto de sangre para el ejército y la marina, ofrece una respuesta suficiente. El Imperio mismo es el gran íncubo cuyo peso crece en mayor proporción que las fuerzas productivas de la nación francesa.

Las recetas de Luis Bonaparte para la industria francesa, si descontamos todo lo que es mera fraseología o aún se vislumbra en el futuro, son simplemente estas: supresión de los derechos sobre la lana y el algodón, y reducciones sucesivas sobre el azúcar y el café. Ahora bien, esto está muy bien, pero hace falta toda la credulidad de los librecambistas ingleses para calificar de librecambio tales medidas. Quien esté familiarizado con la economía política sabe perfectamente que la abolición de los derechos sobre las materias primas agrícolas constituye un punto central en la doctrina de la escuela mercantilista del siglo XVIII. Estos «obstáculos interiores» que agobian a la producción francesa no son nada en comparación con los *octrois* (impuestos de consumos municipales), que dividen a Francia en tantos condados independientes como ciudades hay, paralizan el intercambio interior y obstaculizan la creación de riqueza al mutilar su consumo. Esos *octrois*, sin embargo, han aumentado bajo el régimen imperial y seguirán aumentando. La disminución de los derechos sobre la lana y el algodón se ha de compensar suprimiendo el fondo de amortización, de modo que el último freno al crecimiento de la deuda pública, aunque meramente nominal, quedará eliminado.

Por otra parte, se desbrozarán los bosques, se allanarán las colinas y se desecarán los páramos empleando a esos fines los 160.000.000 de francos que, según se dice, constituyen el remanente disponible de los últimos empréstitos de guerra, en tres plazos anuales, lo que arrojará menos de 54.000.000 de francos por año en promedio. ¡Pero si sólo el endicamiento del Loira, tan pomposamente anunciado por el Cagliostro imperial hace unos cinco años y luego del cual ya no se volvió a hablar, absorbería toda la suma en menos de tres meses! ¡Qué queda, pues, del manifiesto! «La inauguración de una era de paz», como si esa era no hubiera sido proclamada hace ya mucho en Burdeos. «*L'Empire c'est la paix*.»