Friedrich Engels

La campaña asiática

New-York Daily Tribune.  
Núm. 4585, 29 de diciembre de 1855

La campaña asiática.

Tan pronto como Omer Pachá, al establecer su cuartel general en Sukum-Kaleh, indicó claramente qué plan de campaña se proponía seguir, dijimos que su avance sobre Tiflis, la principal base de operaciones rusa, era el primer movimiento de esta guerra que poseía un carácter estratégico bien definido, dejando de lado todos los puntos secundarios y dirigiéndose directamente a la fuente misma de todo el poderío ruso al sur del Cáucaso. Este es su mérito; pero, para socorrer Kars, sus efectos decisivos deben manifestarse dentro del plazo en que Kars pueda mantenerse; y esto, a su vez, depende por entero del estado de las provisiones en Kars, acerca del cual teníamos escaso conocimiento.

Así fue como nos expresamos sobre el particular, en el momento en que la prensa británica, encantada de poder relatar una maniobra basada en una idea estratégica correcta, se afanaba en informar al público de que no podía haberse encontrado un plan mejor ni más seguro para socorrer Kars que ese movimiento; que marchar desde Batum sobre Kars habría significado dar a los rusos la certeza de una retirada segura; pero que Omer Pachá, al marchar directamente sobre Tiflis, había asegurado la captura con vida del general Muravieff, de todo su ejército y de cualquier otro ruso que pudiera hallarse aún al sur del Cáucaso. Pues, en efecto, ¿no abandonaría Muravieff el sitio de Kars y regresaría a marchas forzadas a Tiflis en cuanto oyera hablar de esta audaz maniobra? ¿Y quién, por supuesto, había de llevarse el mérito de esa ingeniosa y audaz marcha sino el coronel Simmonds y los demás oficiales británicos del cuartel general de Omer Pachá y, en consecuencia, sobre todo, John Bull, a quien representaban?

Sin embargo, a pesar de la estrategia de los periódicos británicos, Muravieff levantó el bloqueo de Kars, pues sitio no lo había. Por el contrario, hizo todos los preparativos para pasar el invierno ante la ciudad, sin preocuparse de las operaciones de Omer Pachá en Mingrelia ni de los terribles Napoleones ingleses de su estado mayor. Y que al hacerlo procedía con absoluta razón lo demostramos hace unos días con nuestro cálculo aproximado de las fuerzas a disposición del príncipe Bebutoff, comandante en Georgia y Mingrelia. Un general que dispone de dos divisiones rusas de línea, al menos una de la reserva y de veinte a treinta batallones de milicias, no tiene motivo para que Omer Pachá, con un ejército que al principio no pasaba de 30.000 a 40.000 turcos, pueda poner en peligro Tiflis; y el general Muravieff bien podía permanecer tranquilo en su campamento ante Kars. Desde ese momento, pues, la suerte de Kars estaba echada, a menos que el tiempo obligara al ejército bloqueador a retirarse, o que llegara socorro desde Erzeroum. Ahora bien, en cuanto a lo primero, las chozas subterráneas construidas por los rusos demostraban que estaban dispuestos a arrostrar los azares del clima; y en cuanto a la segunda eventualidad, Selim Pachá en Erzeroum nunca podría concentrar más de unos 6.000 regulares y 5.000 irregulares, cuerpo con el que jamás habría tenido valor para emprender siquiera un reconocimiento. Los rusos, demasiado empeñados en aislar a Kars de toda posibilidad de abastecimiento, no se aventuraron a establecerse al oeste del Soghanly Dagh (una cadena de colinas que separa el valle del Kars Cha'i del del Araxes), salvo mediante el destacamento que avanzaba desde el valle del Murad Cha'i hasta Deli Baba. Los oficiales británicos en Erzeroum, viendo que este destacamento se hallaba apostado a unas treinta millas por delante de la posición rusa en el Soghanly Dagh y mal comunicado con ella, propusieron atacarlo; y como el destacamento no podía reunir más de 1.000 hombres, con quizá 2.500 más de reserva, el proyecto era muy factible. Pero Selim Pachá no quiso hacer nada de este tipo. No se realizó movimiento alguno, y los convoyes de provisiones reunidos en Erzeroum, destinados ostensiblemente a Kars, ni siquiera fueron enviados. Así pues, era solo cuestión de provisiones. Tan pronto como faltasen los suministros en Kars, la ciudad tendría que rendirse; y se dice que así ha ocurrido. La guarnición llevaba mucho tiempo con raciones reducidas: primero a la mitad, después a un tercio de la cantidad normal diaria de alimentos; al final todo se agotó. En estas circunstancias, la capitulación de la ciudad parece al menos muy probable. Se informa que el general Kmety (Ismail Pachá) con unos pocos oficiales ha logrado atravesar las líneas rusas —no se ha explicado aún cómo— y ha llevado a Erzeroum la noticia de que el comandante había enviado un parlamentario a Muravieff para negociar la capitulación. Sin embargo, todavía no hemos recibido noticias auténticas sobre el particular.

La defensa de la plaza merece el mayor reconocimiento. No sólo la guarnición, aunque encargada de defender líneas extensas y mal construidas, permaneció alegremente sobre las armas día y noche y, cuando llegó el asalto, lo rechazó con gloria; también soportó las punzadas del hambre con una obstinación digna de la mayor alabanza. Por otra parte, el general Muravieff merece igual reconocimiento por su tenacidad de propósito. Después del ataque del 29 de septiembre, que terminó tan desastrosamente para los rusos, se esperaba por todas partes su retirada de Kars. Pero, en lugar de retirarse, Muravieff restableció el bloqueo con mucho mayor rigor que antes, envió a retaguardia los bagajes innecesarios y se instaló él y su ejército a sus anchas en torno a la ciudad. Tres enemigos le amenazaban, y la fuerza de ninguno de ellos podía calcular fácilmente con algún grado de exactitud: Selim Pachá en Erzeroum, Omer Pachá en Mingrelia y el invierno en las colinas de Araunia. Pero parece haber tenido siempre presente el verdadero estado de la cuestión. El peligro por parte de los ejércitos de Selim Pachá, así como del de Omer Pachá, era remoto e incierto, mientras que la caída de Kars era próxima y segura si se mantenía el bloqueo. Obró, pues, con absoluta razón al despreocuparse de sus enemigos militares. En cuanto a los efectos del invierno, su ejército, tres veces más fuerte que la guarnición de Kars, tenía asegurada, en cualquier circunstancia, una retirada segura a Gumri (Alexandropol), su principal depósito, una de las más sólidas fortalezas de Rusia. Gumri se halla a sólo cuarenta millas de Kars, y por graves que fueran los daños que el clima pudiera infligir a los rusos, jamás podría impedirles llegar de nuevo a esta fortaleza, donde encontrarían todo lo necesario y, además, absoluta seguridad contra cualquier ataque. Así pues, la resolución de Muravieff de esperar el desenlace del bloqueo de Kars estaba plenamente justificada.

La pérdida de Kars no reviste importancia estratégica inmediata para los turcos. La estación está demasiado avanzada para ulteriores operaciones activas en las tierras altas de Armenia. La posesión de Kars asegura a los rusos, es cierto, una franja de territorio de cuarenta millas de anchura por cien de longitud; pero esa franja ha estado prácticamente en su poder durante más de un año. Para ellos lo más importante es que su base inmediata de operaciones se adelanta en cuarenta millas y su próxima línea de ataque queda trasladada del Kars Chai al Araxes. Lo que hagan de esta ventaja depende de las circunstancias en que se abra la campaña de la próxima primavera, y no hay manera alguna de predecirlas. La caída de Kars plantea la cuestión de si Omer Pachá estaba justificado al emprender su excéntrica operación en Mingrelia —excéntrica con respecto a los puntos amenazados de la Turquía asiática—, cuando Kars estaba tan duramente presionada.

Omer Pachá concentró su ejército en Sukum-Kaleh desde mediados de septiembre hasta mediados de octubre. No fue hasta alrededor del 15 o 20 de octubre que estuvo en condiciones de avanzar. Si hubiera hecho de Batum su base marítima de operaciones, no habría podido avanzar un día antes. Ahora bien, tenía que decidir su plan de campaña durante la segunda quincena de septiembre, cuando Kars estaba duramente presionada, se esperaba un asedio en regla y antes de que Muravieff llevara a cabo su asalto. ¿Qué debía hacer? ¿Tomar el único ejército regular que aún le quedaba a Turquía y hacerlo marchar por Ardahan u Olti hacia Kars, una marcha hacia el interior de unas 180 o 200 millas, sin otro objeto que socorrer una plaza que podía caer mucho antes de que él pudiera alcanzarla? Y suponiendo que Kars hubiera caído, ¿qué iba a hacer entonces con sus tropas? ¿Retirarse a Erzeroum y pasar los días en disputas por la precedencia con Selim Pachá, quien es Mushir o mariscal de campo de igual rango que él? Ciertamente no. Mucho mejor dejar Kars a su suerte y avanzar por una línea que, a la larga, amenazaría con toda seguridad el poderío ruso en Transcaucasia más que ninguna otra. A fin de cuentas, Tiflis es el corazón de ese poder, y el camino más corto a Tiflis es el que va de Redout-Kaleh por Kutais y Gori.

Hasta aquí todo bien. Pero ahora llega la ejecución, y aquí reconocemos a cada paso a nuestro viejo amigo Fabius Cunctator, Omer Pachá. Lento pero seguro es su lema, aunque apenas tiene a su alrededor fuerzas hostiles respetables. Es austríaco y recuerda la vieja canción popular alemana: «Trotad tranquilamente, muchachos, trotad despacio para que la milicia austríaca pueda seguiros el paso». De acuerdo con este principio, su cronista semioficial, el Sr. L. Oliphant, ahora del Times, nos informa en la primera frase de su última carta, fechada en Sugdidi el 11 de noviembre: «El día después de una batalla es por lo general día de descanso». ¡Por lo general! ¿Qué habría dicho el viejo Napoleón, o incluso Blucher, de esta nueva regla estratégica? A juzgar por este nuevo principio, nunca se cometieron torpezas como la persecución de los prusianos por Napoleón en 1806, desde Jena hasta Stettin, o aquella con la que Blucher le devolvió el golpe, desde Waterloo hasta París. Pero nosotros llevamos mejor las cosas en el Cáucaso. La persecución es una tontería. Descansamos dos días y, durante los tres siguientes, avanzamos enteramente quince millas hasta Sugdidi. A ese ritmo, con buena suerte, podríamos estar en Kutais en algún momento de enero, a unas cuarenta millas más allá.