Friedrich Engels
El estado de la guerra.

Los salones diplomáticos y las bolsas de Europa vuelven a estar, como a comienzos del invierno pasado, ocupados por rumores de paz. Suecia se ha sumado a la Alianza Occidental, Austria ha preparado un ultimátum satisfactorio para los aliados, Prusia se afana celosamente en el negocio de hacer la paz, Luis Bonaparte está muy dispuesto a concertar un tratado en condiciones razonables, los viejos Cuatro Puntos de Viena son de nuevo desenterrados de sus tumbas, y los fondos adoptan en todas partes una tendencia alcista.

Todo el mundo parece estar de acuerdo con todo el mundo, y todo iría muy bien si no se hubiera dejado completamente al margen de la cuestión a la parte principal: Rusia. Ahora bien, cualquiera que sea la condición interna de Rusia, y suponiendo incluso que todas las historias de la prensa europea sobre la postración, el agotamiento de los recursos, la miseria y el descontento entre todas las clases de la población de Rusia sean ciertas, hemos de admitir ciertamente que no da muestra alguna de inclinarse a ceder. Las órdenes del día del Emperador durante su reciente gira acaban de publicarse, y por los hechos que indican, así como por los consignados en el diario de su viaje y en otras fuentes de información, debemos concluir que Rusia se está preparando, no para la paz, sino para una nueva campaña en la más grandiosa de las escalas.

Y en verdad no puede negarse que la posición militar que ocupan los rusos es con mucho más favorable de lo que tenían derecho a esperar después de sus repetidos desastres. En Asia, mantienen el bloqueo de Kars a pesar de su reciente y severa derrota, y todas las tropas turcas del Asia Menor no bastan para hacerlos retroceder. Más aún, llevan a cabo, sin encontrar resistencia, movimientos ofensivos en el valle del Murad Chai (Eufrates sudoriental), amenazando los valles superiores del Kars Chai, el Aras (Araxes) y el Frat (Eufrates noroccidental). Omer Pachá ha invadido efectivamente Mingrelia, pero el éxito de sus ulteriores movimientos se presenta ahora, por lo menos, muy dudoso, aun en el caso de que Muravieff permaneciese donde está. En el Cáucaso, hasta el presente, no ha habido insurrección seria alguna de las tribus montañesas, y mucho menos una general, y más bien parece que están aún más tranquilas que antes de estallar la guerra. En Crimea ya apenas puede caber duda de que se proponen mantener su terreno, es decir, toda la Península a excepción de unas cuantas millas cuadradas; y si, a estas alturas, se proponen mantenerla durante el invierno, tienen que haber hallado un medio de resolver la mayor dificultad: el abastecimiento de víveres. Pues que su posición, en un sentido meramente táctico y estratégico, es plenamente sostenible, no cabe duda alguna; los generales aliados les han dejado tiempo para fortificar los puntos accesibles y hacer avanzar sus refuerzos. Por el momento no nos proponemos indagar cuánto de todo ello se debe a la habilidad de los rusos y cuánto a la negligencia, timidez y errores de los generales aliados; pero el hecho es que los rusos, después de la pérdida del mar de Azov, la interrupción de su comunicación por la lengua de Arabat, la derrota del Chernaya y el asalto al sur de Sebastopol, se creen todavía en situación de mantenerse en Crimea durante el invierno. Y no solo eso: hay indicios muy fuertes de que se prepara un ataque contra Kerch y Yenikale tan pronto como las heladas hayan expulsado a las naves aliadas del mar de Azov y del estrecho. De modo que el terreno efectivamente perdido por los rusos en dos campañas se reduce a esto: la Dobrudja, la costa circasiana, el sur de Sebastopol, Eupatoria y Kerch; mientras que los esfuerzos concentrados de los aliados han sido incapaces hasta ahora de expulsarlos de la Turquía asiática ni de arrancar Crimea de sus manos.

Cierto es que todos estos son resultados negativos, ¡y qué sacrificios ha tenido que sufrir Rusia para asegurarse incluso esto! De las 29 ¹⁄₂ divisiones de infantería de que dispone Rusia, 19 ¹⁄₂ han estado activamente empeñadas —algunas durante tres campañas, la mayoría durante dos y solo una pequeña parte durante una sola campaña. Todas estas 19 ¹⁄₂ divisiones han sufrido severamente, tanto que en muchas de ellas los terceros y cuartos batallones se han fundido, o se están fundiendo, con los primeros y segundos; y esto a pesar de la llegada constante de nuevos reclutas. De las diez divisiones restantes, por el momento no se puede prescindir de ninguna. Miríadas de hombres se han perdido durante las largas marchas forzadas, sobre todo en invierno. Las brigadas de reserva están o incorporadas a la línea o empleadas como cuerpos independientes. Incluso los depósitos regimentales han tenido que hacer levas cuatro veces más fuertes que en tiempo de paz —repetidas ya durante tres años consecutivos— y, sin embargo, no han podido mantener completas las filas del ejército. La milicia, reclutada mediante otra leva que exige de una vez tantos hombres como el ejército regular en ocho años de paz, está siendo incorporada ahora a la línea. Una nueva leva, que se realiza en este momento, llama a filas cuatro veces el número requerido en circunstancias ordinarias. Todo esto es muy cierto. Es cierto incluso que, a excepción de las diez divisiones intactas y de alrededor del mismo número de brigadas de reserva, el ejército regular ruso, tal como existía antes de la guerra, pertenece a las cosas del pasado. Los mismos regimientos están ahí, y con cuadros bastante bien llenados tras la incorporación de la milicia, pero ya no son los mismos soldados. La inmensa mayoría son reclutas bisoños, mal instruidos, y el ruso es tardo en aprender el oficio de soldado. Lo repetimos, todo esto es perfectamente cierto; pero, con tan tremendos esfuerzos, no puede caber la menor duda de que el número de hombres armados al servicio de Rusia ha de exceder de cuantos haya podido mantener en pie en cualquier período anterior. El mero temor de los generales aliados —tan absurdo como es— a ser atacados en el Chernaya lo prueba; los resultados de todos los reconocimientos desde Eupatoria o Kerch prueban que a poca distancia de esos lugares los rusos se encontraban siempre en condiciones de reunir fuerzas superiores. Cualesquiera que sean las exageraciones en las órdenes del día del Emperador Alejandro (y no pueden ser muy grandes, pues tales llamamientos buscan actuar tanto sobre el propio ejército como sobre Europa), sigue siendo cierto que el ejército de Crimea es lo bastante fuerte para resistir cualquier ataque contra sus posiciones principales; que está plenamente preparado para invernar en Crimea; que durante octubre y noviembre ha fluido hacia Perekop una marea ininterrumpida de refuerzos, en parte para fortalecer el ejército de Crimea y en parte para formar, por así decirlo, un ejército de reserva, encargado al mismo tiempo de la defensa de Nikoláiev y Jersón; que, a diferencia del otoño pasado, las necesarias concentraciones de tropas han tenido lugar antes de que se iniciara la mala estación; que, por tanto, no es preciso repetir las desastrosas marchas a través de la estepa cubierta de nieve; y que, finalmente, los rusos pueden abrir la próxima campaña con una superioridad manifiesta, a no ser que sufran infortunios extraordinarios (como los británicos el invierno pasado) o que los aliados desplieguen la mayor actividad trayendo tropas frescas antes de la primavera.