La campaña de Crimea. 30 de noviembre de 1855

La campaña de Crimea.

Según todas nuestras noticias llegadas por el último vapor, las posiciones relativas de los ejércitos aliado y ruso en Crimea permanecen sin cambios. Nada había ocurrido en el Chernaya, donde, en efecto, los aliados, a pesar de su jactanciosa superioridad, parecen tener más miedo a un ataque enemigo que los rusos. El fuego esporádico continuaba a través de la bahía de Sebastopol, sin otro resultado que impedir que los aliados acuartelasen en la ciudad medio en ruinas y obligar a sus partidas de trabajo a extremar la precaución en la ciudad. En Kertch se habían producido algunas escaramuzas, pero sin la menor importancia. En Eupatoria, la caballería turca, al mando de Alí Pachá, acompañada de cuatro escuadrones anglo-franceses y apoyada por fuertes reservas en su flanco y retaguardia, había llevado a cabo una sorpresa exitosa contra la aldea de Chotai, quince millas más al norte, y capturado unos tres mil animales, principalmente ovejas, reunidos allí por los rusos. No se habían producido otros acontecimientos bélicos; por el contrario, el regreso de la división de la guardia francesa a Francia —a donde la seguirá otra división—, junto con el traslado gradual de toda la caballería, tanto francesa como inglesa, de Sebastopol al Bósforo, da la impresión de que se ha abandonado para esta temporada toda idea de un avance ofensivo hacia Mackenzie y el Alto Belbek. La guardia ha sido reemplazada, es verdad, por la división recién llegada a las órdenes de Chasseloup-Laubat; pero si el mariscal Pélissier hubiese tenido intención de atacar, la presencia de una división suplementaria, mientras la guardia aún se encontraba allí, le habría ofrecido una oportunidad que ciertamente no habría desaprovechado. De igual manera, las nuevas llegadas británicas —una brigada alemana y otra suiza, junto con los grandes reemplazos procedentes de los depósitos de regimientos cuyos batallones de servicio se encuentran en Crimea, y varios regimientos de las estaciones del Mediterráneo— se están concentrando en Malta, Scutari y Esmirna.

Así, puede decirse que la campaña ha terminado por lo que respecta a los comandantes aliados en Sebastopol; pero estos señores no parecen estar convencidos de que haya terminado también para los rusos. Hasta las últimas fechas, el temor a un ataque nocturno ruso, una repetición de Inkerman y Traktir, era tan vivo en el cuartel general que se había aplazado una expedición proyectada a Kaffa. La brigada del general Spencer, de regreso de Kinburn y destinada a formar parte de esta expedición, fue retenida a causa de ese esperado ataque ruso; pero con una sabiduría que parece peculiar de los comandantes británicos, fue mantenida a bordo en Kamiesh, de modo que, en caso de producirse el ataque, pudiera resultar tan inútil como si la hubieran enviado a Kaffa.

Esta última expedición habría estado acompañada ciertamente de resultados importantes si se hubiera emprendido con fuerzas suficientes. Kaffa no es más defendible por el lado del mar de lo que lo era Kertch, si es que no lo es menos. No hay más duda de que la flota aliada puede tomar Kaffa que de que las tropas aliadas pueden mantenerla una vez establecidas allí. Una vez tomada Kaffa, las tropas en Kertch, ahora reforzadas por 15.000 hombres del contingente anglo-turco, estarían en condiciones de avanzar con seguridad; pues todas las tropas que el general Wrangel, que manda a los rusos allí, pueda tener en la península de Kertch (entre esa ciudad, Kaffa y Arabat), tendrían que retirarse o ser copadas. Ahora bien, mientras las flotas aliadas pueden navegar en una sola noche desde Kamiesh y Balaklava hasta Kaffa, los rusos tienen que recorrer setenta millas desde su punto más próximo, Simferopol —digamos tres días completos de marcha— a través de un terreno difícil, y debe transcurrir al menos un día más antes de que las tropas destinadas al socorro de Kaffa puedan recibir las órdenes necesarias. Así, los aliados tendrían cuatro días netos de ventaja, si el secreto se guardaba y si tan sólo el rumbo de los vapores, una vez en marcha, traicionaba su intención. En tal caso, apenas cabe dudar de que el general Wrangel sufriría una derrota antes de que pudieran llegar sus refuerzos, y de que esa derrota decidiría también la suerte del pequeño fuerte de Arabat. Pero con Kaffa, Arabat y Kertch, toda la península de Kertch pertenecería a los aliados, y se habría ganado una nueva base de operaciones, tan importante en muchos aspectos como la de Eupatoria. Antes de que la campaña en el Chernaya y el Alto Belbek hubiese terminado, cabía objetar contra una expedición así que habría apartado una fuerza valiosa, por un objetivo secundario, del lugar donde más se la necesitaba; pero, una vez adoptada la resolución de mantenerse a la defensiva en el Chernaya, este argumento desaparece por completo.

Los rusos tienen ahora en Crimea catorce divisiones de infantería regular (dos de granaderos, tres del segundo, tres del tercero, dos del cuarto, dos del quinto, dos del sexto cuerpo de ejército), que suman un total, a lo sumo, de 125.000 infantes. A éstos hay que añadir unos 20.000 milicianos, a estas alturas probablemente incorporados a las tropas de línea, un cuerpo de caballería que ciertamente no pasa de 15.000 hombres, y pongamos 15.000 de artillería y zapadores; en total, entre 165.000 y 175.000 hombres. Los aliados tienen ahora en Crimea, en total, unos 150.000 infantes, 14.000 artilleros y una fuerza de caballería que se reduce cada día a causa del traslado de esta arma al Bósforo, pero que, durante el invierno, puede sumar por término medio 9.000, incluidos los bashi-bazuk; en total, digamos 170.000 hombres. Así, las fuerzas de ambos bandos parecen bastante igualadas en número, pero los rusos tienen la posición central y, por lo tanto, pueden concentrar en cualquier momento el grueso de sus tropas hacia un punto dado, mientras que los aliados ocupan tres puntos inconexos en la periferia de un gran círculo. En este caso concreto, sin embargo, esas ventajas teóricas equivalen a menos que nada. La posición central, en operaciones de campaña libradas por dos ejércitos de fuerza aproximadamente igual, es ciertamente la más favorable, pues asegura las distancias más cortas de un punto a otro y, con ello, la mayor rapidez de movimiento. Asegura la ventaja de atacar a una parte del enemigo con fuerzas superiores, y con ello dos tercios de las probabilidades de victoria. Pero donde puntos fuertemente fortificados, como Eupatoria, y posiciones de gran solidez natural, como el Chernaya, ofrecen los medios a una fuerza incluso muy inferior de resistir un tiempo considerable frente a un ataque poderoso, tales ventajas quedan temporalmente anuladas. Y, sobre todo cuando una poderosa flota de vapores, como en este caso, permite a los aliados, en la periferia del círculo, mover sus tropas por mar con más rapidez que los rusos por tierra, entonces se invierten los papeles. Los aliados, aunque aparentemente en la periferia, ocupan en realidad el centro; mientras que los rusos, aunque aparentemente situados en el centro, padecen todas las desventajas de la situación contraria. Por el momento, los generales aliados, habiendo renunciado a toda idea de movimientos ofensivos, no pueden aprovechar gran cosa estas ventajas. Pero esta consideración muestra cuán gravemente descuidaron su deber cuando, después de la toma de la parte sur —siendo entonces los rusos de 25.000 a 35.000 hombres más débiles de lo que son ahora—, extendieron cautelosos tanteos, primero en una dirección y luego en otra, en lugar de asestar un golpe rápido y contundente desde Eupatoria sobre la retaguardia del enemigo desmoralizado y debilitado.