Friedrich Engels
La derrota rusa en Kars

New-York Daily Tribune.
Nr. 4568, 10 de diciembre de 1855

La derrota rusa en Kars.

Por fin hemos recibido una colección completa de documentos acerca de la batalla de Kars. Del lado turco tenemos, aparte del informe del general Williams, las cartas de varios corresponsales de prensa en Kars o Erzeroum, pero lo que añaden al parte oficial es de naturaleza tan confusa y contradictoria que apenas merece consideración. El lado ruso está representado por unas cuantas cartas de oficiales más empeñados en describir el carácter obstinado de la lucha que en dar detalles precisos de la posición, detalles que los directamente empeñados en la acción debieron de perder muy pronto toda facultad y oportunidad de observar, y por el informe del general Muravieff, que llena trece columnas del Invalide Russe. Éste fue bastante difícil de conseguir in extenso, ya que ni la prensa británica ni la francesa se han dignado dar de él más que extractos; sin embargo, algunos periódicos alemanes lo tienen completo, y así estamos en condiciones de comparar los dos partes oficiales entre sí.

La total carencia de mapas y planos precisos del terreno hace, por supuesto, imposible emitir una opinión decidida sobre la mayoría de los detalles tácticos del combate. Además, faltan otros detalles necesarios para formarse un juicio correcto sobre muchos de sus episodios. Pero lo que tenemos es suficiente para dar una idea bastante clara del escenario y de los principales rasgos de la acción; y, dicho sea en honor de los turcos, su defensa no pierde su carácter glorioso bajo un examen detenido.

La ciudad de Kars está situada en la orilla derecha, o sudoriental, del Kars-chai, en un recodo de ese río. Al sudeste de ella, en la misma orilla del río, se extiende una llanura; pero en el lado septentrional (en la orilla izquierda) una cadena de alturas se aproxima estrechamente al río, y se continúa al otro lado del barranco por el que el río corre debajo de la ciudad, mediante otra cadena, el Karadagh. Estas alturas dominan completamente la ciudad, y desde aquí los rusos, en 1828, empujaron sus trincheras contra ella. Pero estas mismas alturas forman también una posición admirable para la defensa. Rodeando todo el recodo del río antes mencionado, se extienden por el lado occidental y por encima de Kars, hasta otro de sus recodos, por lo que una buena parte del frente meridional de defensa se hace inaccesible. Desde este recodo superior del río comienza el frente noroccidental de defensa, llamado por el general Williams el frente de Tahmas. Está protegido por tres grandes obras denominadas, desde el recodo hacia arriba, o de izquierda a derecha: 1. Tahmas Tabia (reducto). 2. Yuksh Tabia. 3. Líneas Rennison. Las dos primeras son reductos cerrados, la tercera es una gran obra irregular, abierta por la gola. Todas estas obras se flanquean mutuamente y están más o menos conectadas por parapetos sueltos levantados más atrás en los intervalos. Se encuentran a unas 2½ millas de Kars. A continuación de las Líneas Rennison viene la obra mayor y más importante de este lado, Fuerte Lake, una especie de ciudadela erigida en el punto más dominante de toda la cadena, y capaz de contener varios batallones. Desde Fuerte Lake hasta donde, más abajo, el río rompe a través de la cadena de colinas, corre el frente nororiental de defensa; aquí se habían construido cuatro pequeñas lunetas, abiertas por la gola, y se las denominó las obras inglesas (Ingliz Tabias). También éstas tenían líneas de parapetos detrás de sus intervalos. El general Williams, encontrando que estas construcciones eran de escala demasiado pequeña para ofrecer resistencia seria, hizo levantar en su retaguardia una obra cerrada de mayores dimensiones, que se llamó Tabia de Williams. Al otro lado del río, en el punto más cercano del Karadagh, se construyeron dos obras, las Tabias Árabe y Karadagh, cada una de las cuales podía tomar de flanco un asalto a la más cercana de las obras inglesas. Finalmente, en el lado sudoriental de la ciudad, la llanura estaba cerrada por una triple línea de atrincheramientos, los más importantes de los cuales eran Hafiz Pasha Tabia en el flanco oriental o izquierdo, y Kanly Tabia en el flanco occidental o derecho; esta última cerca del punto donde la línea vuelve a unirse al río aguas arriba de Kars. Así, toda la línea de defensa quedaba dividida por el río en dos grandes divisiones: desde Tahmas hasta las obras inglesas en la orilla izquierda, desde Karadagh hasta Kanly Tabia en la orilla derecha.

Después de amenazar este frente sudoriental durante algún tiempo, los rusos se habían dirigido al sudoeste hacia la aldea de Kanly, donde acamparon. Hacia mediados de septiembre se dispusieron a pasar con el grueso de sus fuerzas a la orilla izquierda del río, y atacar el frente noroccidental o de Tahmas con las divisiones de infantería 18.ª y 21.ª, mientras que la 13.ª división se concentraba en la aldea de Chakmak, al nordeste de la ciudad, para atacar el frente inglés. Así, la totalidad de las líneas al oeste del río iban a ser asaltadas a la vez.

A juzgar por el estado del terreno, esta porción de las líneas era por naturaleza con mucho la más fuerte, pero sus defensas artificiales parecen haber sido más bien descuidadas al principio. Parece que el general Williams pensó durante mucho tiempo que el Fuerte Lake era suficiente para cubrir la ciudad por este lado, aunque no podía esperarse que la artillería de esa obra dominase una cadena de colinas que se extendía tres millas a la derecha y otras tantas a la izquierda. Él mismo admite que las tres obras del frente de Tahmas, con sus parapetos de unión, no se construyeron hasta que tuvo lugar el movimiento de los rusos hacia Kanly, a saber, en julio. Estas obras al principio eran meras lunetas abiertas por la gola, pero al demorar los rusos su ataque, las obras de Tahmas y Yuksh se transformaron en reductos cerrados. En cuanto al tiempo en que se construyeron las Tabias inglesas, el general Williams no nos da ninguna información; pero nos da a entender claramente que la única obra realmente importante de ese grupo, la Tabia de Williams, que servía de ciudadela y réduit a las cuatro lunetas avanzadas, no se levantó sino unos pocos días antes del ataque real. Además, de su informe se desprende que muchas obras de menor extensión se construyeron durante los últimos días allí donde pareciera probable que reforzaran una porción débil de la línea. Así, no puede decirse que Williams y su ingeniero, el teniente coronel Lake, tuvieran prisa por completar las defensas de la ciudad, y considerando el estrecho escape que han tenido incluso ahora, apenas podemos dudar de que los rusos habrían tomado Kars si no hubieran malgastado cuatro meses, o si la hubieran asaltado en agosto o en los primeros días de septiembre con las mismas fuerzas que tenían el 29 de septiembre.

Que los atrincheramientos no fueron concebidos y construidos con arreglo a un único plan fijo, está claro por lo que acabamos de exponer. ¿Qué unidad puede haber en un sistema de atrincheramientos al que, día tras día, se añaden nuevas obras cuya necesidad no se había reconocido el día anterior? Las descripciones que leemos nos muestran, en efecto, una acumulación de obras de campaña tan incongruente como quepa imaginar. Las defensas de los puntos más importantes se descuidan al principio, y luego, poco a poco, se recargan; baterías, redientes, lunetas, reductos, espaldones, se levantan a diestro y siniestro en la periferia de un círculo de unas diez millas de circunferencia. Lake, el ingeniero, estaba seguro de no encontrar nunca fin a los nuevos emplazamientos para nuevas obras, y Williams, el artillero, parece haber sido justo el hombre para construir baterías dondequiera que un cañón pudiera enfilar cualquier posible aproximación del enemigo. El número de tropas disponibles para la defensa de estas complicadas y extensas obras no parece haber entrado nunca en sus cálculos; y cuando llegó el día de la acción, el general Williams tuvo, como era natural, que confesar que sus líneas estaban «sin los hombres suficientes». Si no hubiera olvidado su calidad de jefe de estado mayor y comandante en jefe virtual en su otra calidad de artillero, no habría tenido que quejarse de esta circunstancia.

El sistema de obras de campaña que formaba la línea principal de defensa parece haber sido el de lunetas o reductos, detrás de cuyos intervalos espaldones para infantería, y en algunos lugares también para artillería, formaban una especie de cortinas, de modo que se establecía una especie de frentes abaluartados, flojamente conectados, con aberturas lo bastante grandes como para admitir columnas que salieran de las líneas para atacar al enemigo en un momento favorable. Este método, más bien anticuado, no se le habría ocurrido a ningún ingeniero que tuviera que construir un campamento atrincherado para un ejército europeo; reductos cerrados por la gola se considerarían suficientes, y los espaldones se levantarían con el único propósito de proteger a las reservas del fuego de artillería. Pero aquí estos espaldones debían defenderse como parte integrante del sistema; su fuego, de hecho, tenía que apoyar a los reductos. La consecuencia fue un gran despilfarro de combatientes al comienzo de la acción, lo que debe de haber contribuido a la «falta de hombres» en la totalidad de las líneas, y que debe de haber debilitado a las reservas en un grado considerable. Pero el general Williams tenía una muy buena razón para adoptar este método inusitado en Kars. Contaba con buen número de montañeses lazios y kurdos, bashi-bazuks, aparte de unos mil voluntarios de la ciudad; todas tropas completamente inútiles en campo abierto, y no suficientemente fiables como para confiarles la defensa incluso de un puesto atrincherado importante; pero para una defensa tenaz de parapetos eran muy útiles, particularmente si esos parapetos no estaban directamente expuestos al primer embate del enemigo. Por consiguiente, fue para estos irregulares para quienes Williams levantó sus largas líneas; y en este caso creemos que tenía toda la razón, aunque evidentemente podría habérselas arreglado mucho mejor en el trazado de estas obras. Lo que consideramos, sin embargo, imperdonable es el levantamiento de tantos pequeños redientes o flechas delante de sus reductos, con lo que se vio obligado a debilitar aún más su fuerza de reserva realmente disponible. Parece sentir su error, pues habla de ellos lo menos que puede, y si no fuera por el informe ruso, hasta hoy ignoraríamos incluso la existencia de estas flechas delante de los reductos de Tahmas, que los rusos tomaron en el primer asalto.

El 29 de septiembre, antes de amanecer, Muravieff lanzó cuatro columnas contra el frente de Tahmas. El general Maidel, con la 21.ª división, atacó el reducto de Tahmas con una columna, mientras la otra intentaba pasar entre esa obra y el río que fluía a su izquierda (derecha rusa). Al mismo tiempo, el general Kovalevski, con la 18.ª división, atacó Yuksh Tabia con una columna y las líneas Rennison con otra. Los rusos, según reconocimiento general, avanzaron con la

la mayor firmeza y valentía. Penetraron sin dificultad en las «flèches» exteriores de los turcos y se lanzaron sobre los ángulos salientes de los reductos. Pero allí toparon con una resistencia desesperada. El general Kmety (Ismail Pachá), al mando del frente de Tahmas, había tomado sus disposiciones tan acertadamente e infundido tal confianza a sus soldados —él mismo se hallaba en el reducto de Yuksh— que, apenas la cabeza de una columna rusa lograba penetrar en los fosos o incluso en las obras mismas, era inmediatamente despedazada. Cada una de las columnas rusas avanzaba en tres cuerpos sucesivos; el segundo, o cuerpo principal, debía asegurar las ventajas conseguidas por la vanguardia, mientras que el tercero, o reserva, había de dar el golpe decisivo y precaverse contra cualquier accidente imprevisto. Pero cuando el cuerpo principal llegaba, la vanguardia se hallaba por lo general en desorden, y este desorden se comunicaba en seguida a todas las tropas frescas que acudían. En las líneas de Rennison, los rusos tuvieron que correr el baño de fuego cruzado del Fuerte Lake, a la derecha, y de un par de baterías, a retaguardia izquierda de dichas líneas, aparte de ser aplastados por el certero fuego de frente de un batallón de fusileros apostado en las obras que tenían delante. Allí cayeron el general Kovalevski, todo su estado mayor y la mayoría de los jefes de regimiento y batallón, y la columna quedó rota antes de alcanzar el foso de la obra.

El ataque degeneró, como de costumbre, en un fusileo y cañoneo desordenados, durante los cuales los mandos rusos trataban de restablecer el orden e intentar nuevas maniobras. Pero habían empeñado de una vez demasiadas tropas. Llevarlas al fuego era bastante fácil; retirarlas, o incluso controlarlas, era más de lo que podía hacerse. En efecto, este obstinado tiroteo, interrumpido de cuando en cuando por débiles tentativas de una carga renovada, llenó el largo espacio de seis horas subsiguientes a la primera hora de lucha verdaderamente decisiva, y esto explica la desproporción tremenda entre las pérdidas de los turcos, que combatían a cubierto, y de los rusos, que se exponían temerariamente a los disparos del enemigo.

En medio de esta lucha, la columna de la extrema derecha de los rusos aparece a retaguardia de Tahmas Tabia, sobre la meseta. Ha llevado consigo una batería que rompe el fuego sobre Tahmas Tabia, enfilando dos de sus caras y tomando por la espalda la tercera. El momento es decisivo. Si esa columna gana terreno, los espolones, atacados por la retaguardia, tendrán que ser abandonados; los reductos, expuestos al fuego desde todos lados, no tardarán en caer. Pero la ayuda está a mano. Llegan al mismo tiempo tres batallones, dos de la reserva general y uno del Fuerte Lake; el camino, que corre por la ladera de la colina hacia el río, los oculta a la vista de los rusos hasta que se hallan bien situados sobre su flanco; una arremetida, y el enemigo es puesto en fuga.

Fue aquel el segundo momento decisivo, y nadie más ansioso por asirlo que el general Kmety. Con verdadero instinto militar se lanzó al frente de sus hombres, desde Yuksh Tabia, sobre los batallones que se le oponían directamente; las guarniciones de los reductos contiguos siguen su ejemplo, y las dos divisiones rusas completas, ya quebrantadas por repetidos rechazos y por un fuego intenso, son precipitadas colina abajo por unos pocos batallones turcos. Tal fue el golpe maestro de la batalla, y su honor corresponde exclusivamente a Kmety. Después ya no hubo combate serio en aquel lado de Kars; el tiroteo continuó algún tiempo más, pero la batalla había terminado a todos los efectos.

Al mismo tiempo, el general Bazin había atacado desde Chakmak el frente nordeste, los Tabias ingleses, con la mayor parte de la decimotercera división. Sus tropas hallaron esas pequeñas «flèches» guarnecidas tan solo por unas cuantas compañías de irregulares y se apoderaron de ellas al primer embate. Los irregulares, reforzados por los que estaban detrás de los espolones de enlace y por cierto número de habitantes de la ciudad, cayeron en un fusileo tan desordenado como el de los rusos en el frente de Tahmas; pero los jefes lograron echar al grueso de ellos al interior del Fuerte Williams, donde pudieron ofrecer una resistencia más eficaz, mientras los cañones del Fuerte Lake, a la izquierda, y de Arab Tabia y Karadagh Tabia, a la derecha, vomitaban bala rasa y metralla entre los rusos. A continuación llegaron dos batallones de Karadagh, que tomaron la cabeza de una nueva carga contra los rusos. Estos fueron expulsados de los pequeños Tabias ingleses, todos los cuales, abiertos por la retaguardia, eran inapropiados para la defensa en aquella dirección; y con esto terminó también la batalla en aquel lado.

La manera en que el general Williams dirigió la defensa merece todo encomio. Ciertamente no tenía 20.000 hombres en Kars, todo incluido; se veía obligado a guarnecer el frente meridional con cierto número de tropas, y fue atacado por más de 30.000 rusos. Sin embargo, en el momento más decisivo, el avance de apenas cinco batallones de la reserva bastó para restablecer la superioridad de las suyas en todo el campo de batalla. Pero el héroe de la jornada fue ciertamente Kmety. No solo le correspondió hacer las disposiciones tácticas inmediatas en el frente duramente atacado —y fueron muy buenas—, sino también decidir la acción asiendo el momento oportuno para un golpe por respuesta. Ya hemos visto cuán bien supo asir el momento. Los rusos conservaban aún un nutrido cuerpo en reserva; Muravieff había enviado al general Brummer con una parte de él al campo de batalla para renovar, si había ocasión, el asalto, o bien para retirar las tropas empeñadas si no la había. Cuando Brummer llegó, halló a las columnas rusas precipitándose colina abajo en desorden ante la vigorosa carga de Kmety; de no haber sido por esa circunstancia, muy probablemente habría intentado un nuevo ataque, que habría podido tener al menos algunos resultados parciales. Los turcos no tenían ya reservas, a pesar de la desesperada valentía que los animaba, y otro ataque de tropas frescas habría podido desalojarlos de los tres reductos del frente de Tahmas, y desde aquella posición los rusos habrían podido bombardear la ciudad y los almacenes turcos. Fue Kmety solo, con su bien calculado movimiento ofensivo, quien cortó de raíz toda posibilidad de tal intento; en consecuencia, Brummer retiró las tropas empeñadas y abandonó el campo. Que Kmety pudiera emprender semejante movimiento con tropas que habían soportado cinco o seis horas de lucha contra fuerzas superiores en número, es más de lo que nadie habría esperado del cuerpo de ejército de Arabistán, de donde procedían estos soldados; pues la defensa turca de líneas fortificadas era hasta entonces conocida casi exclusivamente por su carácter meramente defensivo.

El ataque ruso estaba planeado como sorpresa y, en consecuencia, se emprendió de una vez con grandes masas; pero como la sorpresa fracasó por completo, los asaltantes se hallaron bajo la desventaja de tener demasiadas tropas empeñadas a la vez en un terreno que ofrecía escaso o ningún abrigo. El fuego turco diezmó sus filas con la mayor eficacia; y, como suele ocurrir en tales casos, sus tropas recurrieron a ese fuego desordenado que siempre sigue a las cargas rechazadas y que hace casi imposible volver a formar la tropa para un nuevo asalto. Al mismo tiempo, parece que los destacamentos segundo y tercero de las columnas rusas en el frente de Tahmas se vieron envueltos demasiado pronto, y sin objetivo definido, en el desordenado fusileo; de modo que después del primer asalto no pudo organizarse un segundo ataque general. La ineptitud de los rusos para el servicio de infantería ligera vuelve a manifestarse aquí. En cualquier otro ejército, una vez que el primer rechazo se hiciera irremediable, se habría desplegado una línea de hostigadores contra las obras enemigas, a cuyo abrigo se habrían reordenado las tropas restantes; pero aquí las columnas rusas, convertidas en informes montones de hombres que se apiñaban tenazmente, reacios a retirarse y sin embargo incapaces de maniobrar hacia delante, parecen haber permanecido pacientemente a corta distancia de los turcos, dejándose matar por miles. Solo así puede explicarse la enorme pérdida de los rusos. Fue igual que en Inkerman y el Chernaya; valentía de sobra, pero de la especie más estúpida que conoce la historia.

Muravieff parece haber perdido el juicio por completo; más aún, se dice que después se volvió loco. O bien debió adelantar antes sus reservas y renovar con ellas el asalto, o bien debió romper el combate a partir de la segunda hora, al menos en el lado de Tahmas. En lugar de eso, se mostró como el digno pendant de sus colegas de Crimea, quienes no se distinguen por nada tanto como por la temeraria obstinación con que sacrifican a sus soldados.