Desde Crimea.

Después de todo, los rusos van a defender Crimea. La orden del día del príncipe Gorchakoff, en la que anuncia esta intención, nos ha llegado por el correo del *Canada*. El Emperador había dejado a su juicio si mantener la posición actual o abandonar la península; y Gorchakoff, en respuesta, proclama su intención de permanecer donde está. Las dos divisiones de granaderos, con su división de artillería, han llegado a Simferópol; se dice que cuentan con veintidós mil hombres y que han traído consigo un convoy de ocho mil carretas de bueyes, que proporciona abundantes víveres para seis u ocho meses. Según algunos informes, Gorchakoff se está preparando incluso para volver a tomar la ofensiva y operar contra Eupatoria.

Que los granaderos puedan reunir alrededor de veintidós mil hombres es muy posible. Pertenecen a aquellas partes del ejército ruso cuyas filas siempre están mejor completadas. Su marcha desde Polonia a Perekop se realizó con bastante lentitud y en la mejor estación del año. Que una división de doce batallones (pues los regimientos de granaderos, como los de la guardia, no tienen más que tres batallones por regimiento) pueda, por tanto, reunir incluso ahora diez mil efectivos, o sea, unos ochocientos treinta hombres por batallón, no es en absoluto inverosímil. Pero no debe pensarse que este número sea un incremento neto para el ejército de Crimea; pues, como hemos mencionado antes, diversas porciones de ese ejército han sido enviadas a Nikoláiev y Jersón, especialmente una parte de los marineros y soldados de infantería de marina (cinco equipajes o batallones) y la decimocuarta división de reserva (ocho batallones de reserva). Calculando estos cuerpos por una cifra muy baja, todavía tenemos que contarlos entre cinco mil y siete mil en total, de modo que el aumento numérico neto ascenderá a unos quince mil. La infantería de línea rusa y los granaderos que hay ahora en Crimea no pueden exceder de ciento cuarenta mil hombres, a los que tal vez se puedan añadir veintiséis mil de reservas, cosacos del Mar Negro, marineros, infantería de marina, milicias y voluntarios; la caballería de línea puede sumar diez mil, la cosaca otros diez mil, la artillería en total quince mil, lo que hace un total de ciento setenta y cinco mil hombres, cifra que, a ojo de buen cubero, creemos que es el máximo de lo que los rusos tienen ahora en Crimea.

Los aliados no son muy superiores en número. Las catorce divisiones de infantería francesa no reunirán más de 100.000 hombres, sus tres divisiones de caballería 6.000, su artillería, etc., 12.000 — en total 118.000 hombres. Los ingleses, según datos semioficiales, cuentan con 56.000, de cuya cifra deben deducirse, sin embargo, unos 5.000 enfermos y heridos, y unos 6.000 de esos no combatientes parásitos que los británicos siempre llevan consigo por encima de los demás ejércitos, de modo que su fuerza real no puede estimarse en más de 45.000 hombres. Los sardos suman algo menos de 10.000, y los turcos en Eupatoria ciertamente no exceden de 20.000 hombres. El total general para los aliados asciende, pues, a unos 190.000 hombres. Considerando que los rusos ocupan una posición central mientras que los aliados están dispersos en tres posiciones distintas sin comunicación terrestre directa entre sí —en Eupatoria, Sebastopol y Kerch—, los rusos, tras la llegada de los granaderos, igualan plenamente a los aliados en fuerza física; pero moralmente deben ser infinitamente inferiores. A pesar de esta inferioridad moral, es muy probable que Gorchakoff se arriesgue a atacar Eupatoria. El terror causado entre sus tropas por la pérdida del sur de Sebastopol debe haberse disipado hace tiempo debido a la incapacidad de los aliados para explotar ese éxito; y la llegada de tropas de élite como los granaderos debe haberles enorgullecido aún más con renovadas esperanzas de éxito. Pero a menos que los aliados se dejen sorprender, lo que con sus recientes procedimientos cautelosos no es muy probable, Gorchakoff enviará muy probablemente a sus granaderos al mismo destino que tuvieron el tercer y el cuarto cuerpo en Inkermann, el segundo cuerpo en el Chernaya y las tropas caucásicas en Kars. Y deberá tener cuidado con lo que hace; pues una derrota más, si se produce tras una lucha obstinada y es bien aprovechada por los vencedores, puede hacer necesaria esa desastrosa retirada a través de las estepas, de la que ya hemos hablado en ocasiones anteriores.

Antes de la llegada de los granaderos, según los datos expuestos arriba, los aliados sumaban 190.000 hombres contra 160.000 rusos, una proporción mucho más favorable para las operaciones activas. El Quersoneso Heracleótico y el valle de Baidar podrían haber sido mantenidos por una fuerza plenamente igual a la que los rusos pudieran oponerles, mientras que del excedente de 30.000 hombres al menos 20.000 podrían haber sido enviados a Eupatoria; de modo que, por la inactividad de los aliados, no solo se ha perdido la estación favorable, sino también la proporción favorable de efectivos. Y como Eupatoria amenazaba las comunicaciones rusas, cada aumento de las fuerzas aliadas allí seguramente atraería a más rusos del frente opuesto al grueso del ejército aliado, liberando así de nuevo tropas frescas para Eupatoria, o haciendo factible un ataque contra algún punto de aquel frente ruso. Pero no se hizo nada, y ahora el invierno se instala y deja todo al azar y a la casualidad.

Antes hemos aludido a las desastrosas consecuencias que un invierno severo puede acarrear sobre este enorme ejército ruso en Crimea, con la mayoría de los regimientos vivaqueando y escasos de leña. Pero parece que John Bull está decidido a darles a los rusos las mismas condiciones. Si ellos tienen que vivaquear, sus propias tropas deben hacer lo mismo. Se espera, como cosa natural, que el ejército británico pierda por enfermedad una proporción de hombres semejante a la de los rusos. Alrededor de un tercio de los británicos van a tener alojamiento en chozas. Los demás tendrán que arreglárselas por sí mismos. Tuvimos Balaklava el invierno pasado, ahora podríamos tener algo peor. Entretanto, el ejército británico se distrae de todos los pensamientos desagradables emborrachándose.

Los soldados reciben 7½ peniques diarios en metálico de su paga, más el «sixpence de la Reina», o asignación diaria a las tropas ante el enemigo, y se les conceden ocho peniques por trabajos en los caminos y similares. Esto suma un chelín, nueve peniques y medio al día, cantidad con la que un hombre puede emborracharse como una cuba en cualquier parte de los dominios de Su Majestad Británica, pero especialmente en Balaklava, donde los aguardientes son tan baratos como fuertes, y donde no se puede comprar nada más aparte de ellos. En consecuencia, los soldados se emborrachan tan pronto y tan a menudo como pueden. La embriaguez es la regla, la sobriedad la excepción; y eso lo admite *The London Times*. Cuáles son las consecuencias de esto sobre la disciplina, la eficacia y la salud del ejército, es fácil de imaginar. Los oficiales se ven impotentes. El gato de nueve colas trabaja día y noche sin resultado alguno. Azótese a un soldado británico una vez por embriaguez, y la próxima vez que esté borracho se presentará él mismo y solicitará que se le anoten otra docena de latigazos. De hecho, como cuerpo disciplinado y organizado, puede decirse que el ejército británico no existe por el momento; su existencia está, por así decirlo, suspendida. ¡Y sin embargo, ningún otro ejército, salvo el ruso, aplica medios tan severos para asegurar la disciplina!

La abundancia de dinero y la imposibilidad de procurarse con él otros artículos útiles y agradables están en la base de todo esto. Ahora bien, nada sería más sencillo para el comandante en jefe que suspender inmediatamente el pago del sixpence de la Reina y suprimir la ridícula gratificación por un trabajo que forma parte integrante del deber del soldado. ¡Pero no! ¡Antes dejaría azotar a regimientos enteros hasta aniquilarlos que emplear semejantes medidas revolucionarias! El Gobierno ha ordenado que el soldado reciba allí mismo su sixpence de la Reina; la gratificación por las cuadrillas de trabajo es costumbre, y ¡antes dejaría que todo el ejército se ahogara en un mar de ginebra y *raki*, que tocar sagrados reglamentos y santificadas costumbres!

Toda idea de un movimiento de avance parece haber sido abandonada por los aliados. No se ocupan más que de los preparativos para el invierno. El gran resultado de los últimos reconocimientos es que ya no hay nada más que hacer. Entretanto, los rusos nos proporcionan alguna información sobre estos misteriosos reconocimientos. Según parece, los franceses avanzaron desde Urkusta, en la cabecera del valle de Baidar, o mejor dicho, del valle superior del Chernaya, a través de las colinas hacia los barrancos que descienden al Alto Belbek. Avanzaron lenta, muy lentamente, unas dos millas por día, retirándose a veces de nuevo durante unos días. Ocuparon Kokuluz y Yansu, y por último intentaron un movimiento combinado por tres caminos; dos columnas francesas penetraron — una por Kokuluz hacia Yenisala; la otra por Uzunju hacia Markul y luego a Yenisala; una columna piamontesa intentó forzar el paso desde el Alto Chulin y Adim Chokrak hacia Karlu. En otras palabras, tres columnas paralelas marcharon a través de las colinas de manera concéntrica hacia Foti-Sala, en el Alto Belbek. La columna piamontesa, que formaba el ala izquierda del movimiento, fue detenida en seco antes de que pudiera cruzar las colinas; se hallaba tan cerca del frente ruso que su avance habría equivalido a una marcha de flanco a lo largo y al alcance de dicho frente, y tuvo que detenerse. Las dos columnas francesas ocuparon Yenisala sin seria resistencia y alcanzaron la línea del Belbek. Incluso penetraron más allá de ella, ocuparon Foti-Sala e intentaron escalar las alturas de su retaguardia. Pero aquí, hacia Airgul, vieron las columnas rusas formadas en la meseta y se replegaron de nuevo a Foti-Sala. Entretanto, los rusos no habían estado ociosos. Mientras sus tropas de Airgul hacían una demostración contra el frente francés, fuertes destacamentos de Kutshuk y Biuk-Sivren, donde el Belbek entra en el frente ruso, remontaron ese río hacia Albat, marchando luego por un valle lateral a su derecha, mediante lo cual flanquearon la izquierda del avance francés. Al mismo tiempo, otras columnas de Ulusala, en el Alto Katsha, cruzaron hacia Tatar Osmankoi, cerca de las fuentes del Belbek, desde donde amenazaron la derecha francesa. Finalmente, las tropas irregulares rusas seguían ocupando la meseta del monte Yaila, que domina por el sur el valle del Alto Chernaya, amenazando así en cierta medida la retaguardia francesa — en todo caso, limitando sus líneas de operaciones a una franja de terreno muy estrecha. Pero antes de que la red se cerrara en torno a ellos, los franceses se retiraron a las alturas sobre Urkusta, donde todavía se encuentran, a menos que se hayan replegado aún más.

Todas estas maniobras fueron emprendidas por los franceses con una fuerza de no menos de cuatro divisiones de infantería, o al menos de 26.000 a 28.000 hombres. Por los detalles suministrados en los informes rusos, juzgaríamos que dos divisiones actuaron mientras las otras dos permanecían en

Ahora bien, semejante fuerza, en la guerra de montaña, es muy considerable y representa aproximadamente el máximo de lo que puede emplearse útilmente en dos caminos convergentes o en el estrecho valle de un río alpino. La fuerza, pues, era ampliamente suficiente para cualquier tarea que se le asignara; pero el conjunto de las maniobras de este cuerpo, al mando, según creemos, del general De Salles, lleva un inconfundible sello de vacilación titubeante y de una completa ausencia de todo propósito definido que perseguir con resolución. En toda guerra de montaña es de suma importancia comenzar, si es posible, por dominar la cresta principal de la que descienden los valles más importantes. Esta cresta era, aquí, la de Ya'ila. La de Ya'ila podía ser fácilmente despejada de rusos, ya que corre paralela y próxima a la costa sur, la cual, a su vez, se halla bajo el fuego de los buques de guerra aliados. La Ya'ila, además, no es un mero saliente rocoso, sino una meseta que ofrece buenos pastos para ovejas y, por consiguiente, al menos durante algún tiempo, también para un número moderado de caballos. En efecto, los rusos la han ocupado con caballería cosaca y, a juzgar por los mapas, el terreno se adapta muy bien a las maniobras de caballería ligera, aunque esté a 2.000 pies sobre el nivel del mar. Antes de intentar descenso alguno al valle del Alto Belbek, dicho valle podría haber sido envuelto completamente por unos pocos escuadrones que se apoderaran de la meseta de Ya'ila y abrieran el camino a una columna de infantería que podría haber descendido, en parte por el Biuk-Uzen y en parte por el Uzen Bash (los dos ríos que, con su confluencia, forman el Belbek). La marcha más larga que habría de hacerse, desde Uzunyu hasta Tatar Osmankoi, no pasa de 24 millas. Todo ello podría hacerse fácilmente en dos días, y las tropas que llevaran provisiones para cuatro días habrían podido emprenderlo con absoluta seguridad. Una vez asegurada la meseta de Ya'ila, la marcha de esta columna de envolvimiento tendría, por supuesto, que ser apoyada por columnas que avanzaran por el terreno por donde De Salles avanzó realmente. Pero entonces ¡en qué posición tan distinta se habría hallado el cuerpo! En lugar de verse amenazado por Tatar Osmankoi, esta importante posición estaría en sus manos y, junto con la posesión de la Ya'ila, le proporcionaría los medios para amenazar incluso el flanco derecho de los rusos sobre el Alto Katsha. Entonces las columnas rusas situadas más arriba de Foti-Sala, cerca de Airgul, se habrían visto a su vez flanqueadas, y la marcha de flanqueo que ahora efectúan los rusos hacia la izquierda francesa habría quedado aislada y sin importancia alguna. Mediante semejante combinación, los franceses no sólo podrían haber obtenido informes mucho más amplios y reconocido una mayor extensión de terreno de lo que ahora han hecho empujando dos columnas aisladas directamente hacia un valle estrecho frente al centro enemigo; podrían incluso haber conseguido algún éxito real y obligado a los rusos a abandonar muchas millas cuadradas de valioso territorio. Por el momento no diremos que el general De Salles pudiera no haber tenido razones, para nosotros desconocidas, que justificaran su preferencia por el modo de operar que adoptó; pero la sorprendente lentitud con que ejecutó su reconocimiento de unas cuatro millas de terreno (le llevó cerca de una semana) y la irresolución y el exceso de precaución que se manifiestan en cada paso que dio, nos inducen a creer que hubo un vicio original como el que hemos tratado de explicar en esta última operación de campo del ejército principal de los Aliados.