Friedrich Engels

Las noticias de la guerra

New-York Daily Tribune.
Nr. 4540, 7 de noviembre de 1855

Las noticias de la guerra.

Las noticias de la guerra traídas por el Arago, a saber, la toma de Kinburn por los aliados, constituyen el paso adelante más importante que han dado desde la caída de la parte sur de Sebastopol. Les proporciona una posición inexpugnable en la península entre el Dniéper y Crimea; una posición que domina la entrada del Limán (estuario) de ese río y amenaza al mismo tiempo las comunicaciones entre Perekop y Cherson. Los periódicos de Viena mencionan el rumor de que los aliados habían desembarcado treinta mil hombres en la flecha de Tendra, una isla larga y estrecha que se extiende a unas pocas millas de distancia a lo largo de la costa meridional de la península de Kinburn. Si el desembarco es un hecho, las cifras son evidentemente exageradas. Pero aun cuando sólo un pequeño destacamento de las tropas aliadas hubiera ocupado esta flecha, ello demostraría su intención de establecerse en la península y de amenazar seriamente las líneas de comunicación rusas. Desde esta posición podrían resultar tan molestos para los convoyes rusos como lo fueron para los convoyes que bajaban de Perekop a Sympheropol los cuerpos de los generales D'Allonville y Paget desde Eupatoria. Podrían incluso, concentrando rápidamente una fuerza considerable en esta península, lanzar un golpe de mano sobre Cherson y quemarlo todo, a excepción de la pequeña ciudadela —a menos, en efecto, que los rusos también hayan fortificado esa ciudad y puedan destacar una fuerte guarnición para defenderla. De todos modos, Kinburn y las largas islas llanas y arenosas a lo largo de la costa del golfo que conduce a Perekop forman una serie de posiciones que los aliados pueden mantener fácilmente con pequeños destacamentos, y cada una de las cuales pueden convertir en cualquier momento en base para operaciones ulteriores y rápidas. Los rusos pueden así, mediante unos pocos batallones, ser obligados a diseminar un gran número de sus tropas para asegurar los puntos más importantes contra irrupciones súbitas; y mientras las flotas aliadas mantengan el dominio del mar, estas posesiones recién adquiridas no pueden ser atacadas por ninguna fuerza terrestre rusa.

Los pocos detalles que se conocen hasta ahora sobre la toma de Kinburn confirman la experiencia de episodios anteriores de esta guerra, al mismo tiempo que tienden nuevamente a probar la inexactitud intencionada de las cartas náuticas rusas. En las mejores cartas náuticas no aparece en ninguna parte, a varias millas de Kinburn, agua de suficiente profundidad para navíos de línea o fragatas pesadas. Sin embargo, cuando las flotas aliadas enviaron cañoneras a sondear dentro del alcance fácil de Kinburn, encontraron perfectamente cuatro brazas y media a mil seiscientas yardas de las murallas —al menos, según parece, por el lado norte, dentro del Limán. Nueve fragatas pesadas de vapor pudieron acercarse hasta esa distancia y bombardear la plaza; y mientras las lanchas mortero hacían lo mismo desde estaciones mucho más próximas, las cañoneras enfilaban las caras de los bastiones, y las baterías flotantes —que debieron de haberse aproximado a unas seiscientas o setecientas yardas, si no más— lograron abrir varias brechas en los muros que daban al mar.

Todavía no podemos discernir con claridad cuál era la naturaleza precisa de las defensas de Kinburn. La pequeña ciudad que se extiende justo a lo ancho de la estrecha lengua de tierra estaba defendida por una especie de terraplén continuo de mampostería, algo así como un pentágono o un cuadrado abaluartados, provisto de cañones que disparaban en barbeta o a través de troneras de mampostería. Los cañones estaban en su mayoría al descubierto, pero en los puntos donde su fuego debía actuar con la mayor fuerza había dos pisos, estando el inferior acasamatado y disparando el superior a través de troneras de mampostería en un muro erigido sobre el techo plano de las casamatas. Como en Bomarsund, la mampostería, tan pronto como se vio expuesta a un fuego enormemente superior desde los buques, se desmoronó, y al parecer las baterías flotantes abrieron tres brechas en seis u ocho horas. Esto se explica por el muy escaso número de cañones en la fortaleza, que sólo tenía setenta; y como el ataque podía esperarse desde cualquier lado, cada frente de la fortaleza tenía que estar artillado, de modo que contra el ataque principal no pudieron oponerse más que de dieciséis a veinte cañones. No es de extrañar que su fuego fuera pronto acallado por el fuego vertical de las lanchas mortero, los disparos enfilados de las cañoneras, la tormenta de granadas de las fragatas de vapor y el fuego frontal de brecha de las baterías flotantes, que pusieron en acción al menos un número de cañones de ocho a diez veces superior. Y como el día era extraordinariamente en calma, el fuego de las baterías flotantes era tan constante como lo hubiera sido desde cualquier batería de tierra; por consiguiente, pudo realmente actuar como fuego de brecha. Estas masas flotantes, pesadas e ingobernables, inermes e inútiles tan pronto como la menor marejada perturba su estabilidad, necesariamente han de ser capaces de causar grandes destrozos con tiempo perfectamente en calma y en situaciones donde los grandes buques pueden aproximarse dentro del alcance y atraer así sobre sí el fuego principal del enemigo. Pero semejantes circunstancias favorables se presentan rara vez; y cuando fortalezas como Cronstadt, Sveaborg o los fuertes marítimos de Sebastopol fuesen el objeto de su ataque, las baterías flotantes resultarían más un estorbo que algo útil. Así, en conjunto, no puede decirse que el lance de Kinburn haya probado nada en favor de estos torpes monstruos marinos.

Las tropas aliadas que desembarcaron al sudeste de Kinburn debieron de ascender a un par de miles: pues sólo de parte de los ingleses había seis batallones a bordo de la flota que sumaban, con la artillería, cerca de cuatro mil hombres, de los cuales, no obstante, sólo se desembarcó una parte; mientras los franceses llevaban otra brigada en sus buques. La participación de las tropas en esta acción fue muy insignificante; enviaron tiradores y cañones de campaña contra la plaza, pero como delante de ella había un ancho foso inundado, los rusos parecen haber tratado esta impotente demostración con soberano desprecio, y ni siquiera abrieron un fuego pesado contra ellos, porque no oímos decir que las tropas aliadas perdieran nada digno de mención. Fue únicamente el fuego abrumador de las flotas el que obligó a la plaza a rendirse, y tan pronto como los cañones de la plaza fueron acallados, las flotas ofrecieron una capitulación, que fue aceptada. La guarnición salió con los honores de la guerra y se entregó prisionera. Entonces se comprobó que la fuerza total en la fortaleza consistía en mil trescientos o mil cuatrocientos hombres; y esto prueba inmediatamente qué clase de fortaleza era Kinburn. En las fortalezas abaluartadas, especialmente en las pequeñas, generalmente se calcula que se necesita un batallón débil, o sea de quinientos a seiscientos hombres, por cada bastión; un cuadrado abaluartado, la fortificación más pequeña posible en el sistema abaluartado, requiere para su defensa de dos mil a dos mil quinientos hombres. Aquí sólo había poco más de la mitad de ese número, y sin embargo tenían que defender no sólo los terraplenes a la intemperie, sino también salvar los cañones en las casamatas. Así pues, o las fortificaciones tenían que ser en verdad muy insignificantes, o bien muy débilmente defendidas; y en cualquiera de los dos casos, el éxito de las flotas aliadas frente a Kinburn no afecta en modo alguno la opinión generalmente admitida de que un cañón en tierra, bien protegido tras terraplenes de tierra, vale más que seis a bordo de un buque que venga a atacarlo.

Una vez forzada por los aliados la entrada al Limán del Dniéper, y habiéndose probado que la pretendida existencia de una barra muy somera en aquel punto era una mera estratagema rusa, todo el Limán queda abierto a la acción de las flotas francesa e inglesa. Se sabe que el interior del Limán tiene una gran profundidad de agua, al menos en el canal central, aunque cerca de las orillas abunda en bancos de arena, ninguno de los cuales, sin embargo, resulta temible para las cañoneras y otras embarcaciones ligeras. Así, Otshakoff, Glubakoye y otros puntos en las orillas del estuario están expuestos a los ataques de los aliados y muy verosímilmente tendrán que sufrirlos.

Que la entrada al Limán no es el canal somero que indican las cartas náuticas bien podrían haberlo deducido los almirantes aliados de la historia de la campaña de 1788. Y aquí se nos permitirá remitirnos de nuevo a esa campaña, no sólo porque nos proporciona una visión clara de cuál es la naturaleza de este estuario en lo tocante a la guerra naval, sino también porque fue entonces el escenario de algunas de las hazañas de nuestro héroe de la Revolución, Paul Jones.

En aquella época, Kinburn y la costa meridional estaban en poder de los rusos, y Otshakoff y la costa septentrional, en manos de los turcos. Los rusos tenían una flota en Glubakoye, entre las desembocaduras del Dniéper y del Bug; sus buques de vela de gran calado estaban mandados por el contraalmirante Paul Jones y consistían en cinco navíos de línea de ochenta cañones y ocho fragatas, mientras que la flotilla de remos, de sesenta y cinco embarcaciones ligeras, estaba bajo las órdenes del príncipe de Nassau-Siegen. Los turcos tenían cerca de Otshakoff, al mando de Hassan-Pasha, diez navíos de línea, seis fragatas y cincuenta y tres buques de poco calado. Una segunda flota turca, de ocho velas de línea, ocho fragatas y veinticuatro buques menores, navegaba mar adentro. Tras algunas escaramuzas preliminares, el 27 de junio Hassan-Pasha entró en el Limán con toda su primera flota, navegó hasta Glubakoye (demostrando así que los navíos de línea, con todo su armamento a bordo, podían llegar hasta allí) y se formó en orden de batalla, en primera línea los grandes buques. Los rusos, por el contrario, cubrieron sus navíos de línea y fragatas con las lanchas de remo. En la mañana del 28 comenzó la batalla. La línea turca avanzó y pronto entró en el alcance de los navíos de línea rusos. En menos de una hora, un navío turco de setenta cañones encalló; pocos momentos después, el buque insignia del almirante, de ochenta cañones, varó también. Dos fragatas de cuarenta cañones acudieron en su socorro, pero una de ellas chocó contra un banco de arena casi de inmediato; mientras los grandes buques de Paul Jones mantenían ocupado al resto de los navíos turcos, las lanchas de remo se aproximaron a los buques encallados, los abordaron y les prendieron fuego. El resto de la flota turca se retiró pronto en un estado nada envidiable; con todo, sus grandes buques presentaron un frente tan audaz que su retirada apenas fue molestada por las cañoneras y galeras rusas.

Pero la medida de su desastre aún no estaba colmada. Hassan-Pasha, después de reunir los restos de su flota en Otshakoff, resolvió unirse a la flota que navegaba en el Mar Negro, y para ello debía doblar la punta de la lengua de tierra de Kinburn. Allí Suvoroff, que mandaba en la península, había construido una batería enmascarada de veinticuatro cañones; y cuando los turcos, en la noche del 30 de junio de 1788, intentaron doblar

En aquel cabo, la batería abrió fuego contra ellos con gran efecto. Antes del amanecer, el fuego de los rusos, favorecido por una brillante luz de luna, había puesto en grave aprieto a la flota turca, cuyos buques tenían que pasar uno tras otro por el estrecho canal, encontrándose todo el tiempo al fácil alcance de la batería. Varias embarcaciones encallaron, otras mostraron señales de zozobra, algunas se hundieron o ardieron en llamas, y al despuntar el día la flota rusa se lanzó sobre ellas. Paul Jones, muy juiciosamente, mantuvo sus grandes buques a retaguardia, pues no había espacio para que maniobraran; y, en efecto, el navío de línea Vladimir, por haberse aventurado demasiado adelante, se perdió en un bajío. Pero la flotilla de remos se trabó en combate con los turcos y destruyó gran número de sus embarcaciones, de manera que antes del mediodía toda la acción había concluido. Tres navíos de línea, cinco fragatas y diecisiete embarcaciones menores fueron destruidos, y un navío de línea y dos fragatas fueron apresados por los rusos. De los dos navíos de línea que lograron salvar los turcos, uno se hundió antes de poder alcanzar Constantinopla, y una fragata se fue a pique tan pronto como hubo llegado a la isla de Peresan. Una parte de la flota turca buscó refugio bajo los cañones de Otschakoff, pero incluso allí los atacó y destruyó el príncipe Nassau-Siegen los días 1 y 2 de agosto.

Esta campaña muestra claramente qué clase de campo de batalla naval es el Limán del Dniéper. Los navíos de línea de menor porte o, al menos, las grandes fragatas de cincuenta y sesenta cañones pueden penetrar en él; pero si serán capaces de maniobrar en él con algún grado de seguridad, aunque sean impulsados por vapor, sigue siendo dudoso. En cambio, que las corbetas, balandras y buques de menor calado, especialmente los vapores, pueden maniobrar fácilmente en esas aguas, mientras los buques mayores, una vez anclados, pueden servir como baterías fijas, es cosa que no admite la menor duda. Y con los medios de guerra naval que poseen ahora los aliados, con la debida actividad deberían poder barrer el Limán desde Otschakoff hasta la desembocadura del Dniéper y del Bug.