La guerra de Crimea.

Se espera hoy aquí el vapor *Baltic*, procedente de Liverpool, con noticias de una semana más recientes, las cuales muy probablemente resulten de gran importancia. Cierto es que, si se hubiera de mantener para siempre la misma lentitud en los movimientos de los aliados, el mariscal Pélissier, con su avanzada edad, apenas podría abrigar la esperanza de alcanzar Perekop a lo largo de su carrera mortal. Pero podemos estar seguros de que este paso tardío dará paso en breve a movimientos más impetuosos; y, entretanto, bien vale la pena examinar con mayor detalle algunos de los rasgos recientes de la campaña a los que antes no habíamos podido prestar toda la atención que merecen.

Ya nos hemos ocupado del combate librado a quince millas de Eupatoria entre la caballería francesa al mando de d’Allonville y la caballería rusa al mando de Korff, en el cual esta última fue derrotada, sufriendo copiosas pérdidas de cañones y carros de munición tomados de su artillería montada. Aún no disponemos de los detalles de este lance; pero sabemos que los rusos mantienen desde hace tiempo un cuerpo considerable de caballería observando Eupatoria, y que esa fuerza haya sido batida de manera tan señalada por unos cuantos regimientos franceses no presagia nada bueno para ellos. Que, en tales circunstancias, hayan perdido tanto más que los franceses no es sorprendente. En una acción de caballería, la pérdida principal la sufre el bando derrotado durante la persecución, una vez que todo orden táctico y con él toda capacidad de resistencia han desaparecido. La artillería montada rusa parece haberse expuesto con gran valentía para reparar el revés infligido a la caballería; de otro modo, apenas se explica la pérdida de casi una batería entera. En cualquier caso, incluso antes de que lleguen los pormenores, creemos poder afirmar que esta primera acción ha demostrado decididamente la superioridad de la caballería francesa sobre la rusa. Por lo demás, en esta arma peculiar el impulso moral lo es todo, y todos los elementos físicos están subordinados. Por tanto, muy probablemente hallaremos que, mientras la caballería aliada atacará en adelante siempre a los rusos con aquel brío e intrepidez que hicieron de la carga de Balaklava una hazaña incluso más grandiosa que estúpida, la caballería rusa será muy reacia a enfrentárseles, y una caballería apocada es peor que ninguna.

En el ala opuesta de la posición aliada, los cautelosos reconocimientos valle arriba del Baïdar y de las alturas que lo circundan han terminado por conducirles, tras muchos tanteos, según explicamos hace poco, a través de la cordillera de colinas que separa las aguas del Chernaya superior de las del Belbek superior. Los aliados han descendido por dos veces al valle del Belbek, pero en ambas se retiraron antes del anochecer a las alturas de Baïdar. Estos hechos los sabemos por el propio Gorchakoff. Ahora bien, una ojeada al mapa muestra que, tan pronto como se traspasa la cadena que separa el valle de Baïdar del valle del Belbek, el flanco de la posición de Inkermann y Mackenzie queda prácticamente envuelto; pues, aunque la singular formación de las montañas de Crimea —invariablemente escarpadas en su pendiente sudoriental y gradualmente descendentes en la noroccidental— y otros accidentes del terreno pudieran favorecer a los rusos al intentar cerrar el valle, con todo, en todos los países montañosos la posición dominante corresponde siempre al bando que desciende desde el terreno más alto, y esta ventaja, con fuerzas suficientes, superará siempre todas las ventajas menores, locales y accidentales. Por consiguiente, si los aliados explotan de inmediato, y con una fuerza adecuada al propósito, las ventajas una vez conquistadas, habrán de conseguir con éxito envolver la actual y fuerte posición de sus adversarios y tornarla insostenible. Cierto es que el valle del Belbek puede estar tan fortificado que todo intento de forzar su curso inferior acarree una pérdida comparable a la de un ataque frontal contra las alturas de Mackenzie; pero, una vez asegurado el Belbek superior, queda abierto el camino hacia el interior de Crimea. De modo que esta ventaja, aparentemente modesta, si se la explota como es debido, brinda a los aliados la certeza de expulsar a los rusos de Crimea en muy breve plazo.

Hay, como hemos mostrado repetidas veces, grandes ventajas en el intento de envolver la posición rusa por la izquierda, ya sea por las alturas de Baïdar o por la costa meridional. Allí puede concentrarse el grueso de los aliados sin conocimiento de los rusos, que ven cada buque que navega hacia Eupatoria; y, llegado el momento oportuno, puede lanzárselos contra ellos de golpe. En ese caso, ni Balaklava ni la meseta del Quersoneso corren peligro, pues los rusos serían atacados de inmediato en su punto más vital; e incluso un revés no puede terminar en desastre, ya que la base de operaciones se halla próxima y la costa meridional se encuentra bajo el dominio de las flotas. Una demostración desde Eupatoria, con el propósito de secundar enérgicamente los primeros síntomas de una retirada que se aproxime en el campamento ruso, resulta muy apropiada; pero el ataque principal debería, a nuestro juicio, efectuarse desde el sudeste contra la izquierda rusa. Parece que Pélissier ha adoptado este plan, aunque quizá demasiado tarde. El tercer cuerpo (el de d’Herbillon), las dos divisiones sardas y la división turca habían ocupado hasta ahora la línea del Chernaya, con la caballería de d’Allonville en el valle de Baïdar. Desde el traslado de d’Allonville a Eupatoria, otros destacamentos de caballería, junto con infantería, han sido enviados a Baïdar; el primer cuerpo francés (de Salles), con cuatro divisiones, ha descendido al Chernaya y, desde entonces, contingentes considerables, extraídos de este ejército recién formado, han ocupado Baïdar y han efectuado reconocimientos hasta el Belbek. Siete divisiones francesas, dos sardas y una turca de infantería, una división inglesa y una turca, además de una brigada francesa y otra sarda de caballería, y la artillería de campaña necesaria, forman un ejército de unos 100.000 hombres, y todos parecen destinados a actuar contra el centro y la izquierda de los rusos. Ahora han asegurado el camino hacia el interior; si lo explotan como es debido, Crimea debería ser suya en una quincena.

Dígase lo que se quiera de la lentitud de los movimientos de Pélissier, hay algo que ha de reconocérsele: ha puesto fin de manera efectiva al reinado de las viejas chismosas que hasta hace muy poco florecía en el campamento aliado. Ha reintroducido cierta disciplina militar entre los oficiales de mando y los generales, no solo de su propio ejército, sino de los demás. A ningún oficial de estado mayor, ni siquiera al comandante en jefe inglés, se le permite ya telegrafiar, para edificación del mundo, noticia alguna sobre los planes, proyectos y movimientos preparatorios acordados en el cuartel general. Lo que sabemos de los movimientos de los aliados lo sabemos por los corresponsales de los periódicos, cuyas cartas tardan una quincena en llegar a Londres, o bien por los despachos de Gorchakoff. Ni Pélissier, ni La Marmora, ni el viejo padre Simpson nos dan pista alguna; para este último personaje esto parece, en verdad, un alivio, a juzgar por sus anteriores despachos. Pero la introducción de este sistema, en todo caso, muestra que a la cabeza del ejército francés se halla un hombre que, por su propia superioridad moral, puede imponer el respeto de los demás generales en jefe, nominalmente sus iguales, y que al mismo tiempo puede permitirse tratar con cierto grado de desprecio el ansia de noticias que exhiben los gobiernos aliados en sus respectivos países. Pélissier parece saber que, desde la caída de Sebastopol, él, y no Luis Bonaparte, es el Emperador en Crimea. Desde aquel acontecimiento, su tono ha cambiado de modo notable; y tiene toda la razón. Todo gobierno convierte cualquier noticia que parezca favorable en un instrumento político, un *moyen de gouvernement*; y si un comandante que está ante el enemigo tiene que habérselas con dos individuos tan temerarios e entrometidos como Luis Bonaparte y lord Palmerston, le sobran razones para darles tantas noticias como pueda evitar. Por otra parte, en lo tocante a informaciones de verdadero interés para el público, Pélissier nos ha dado más que ningún otro de los generales aliados en Crimea. Sus informes, y el del general Niel, sobre la toma de la parte sur, fueron modelos en su género, claros, lúcidos, detallados sin ser excesivamente técnicos; dejan en la sombra incluso aquellos informes rusos cuyo estilo sobrio y práctico hemos tenido ocasión más de una vez de mencionar favorablemente.

A fin de cuentas, Pélissier ha demostrado hasta ahora ser el mejor soldado en Crimea. Si es tan buen estratega, aún ha de demostrarlo.