Friedrich Engels

Perspectivas de Crimea.

Más allá de una imperfecta lista de los oficiales británicos muertos y heridos, los periódicos traídos por el vapor America —y los hemos examinado con cuidado— apenas añaden nada a nuestro conocimiento previo de las circunstancias que rodearon la toma del lado sur de Sevastopol. Es cierto que abundan las conjeturas tanto sobre las causas como sobre las consecuencias del repentino abandono, por parte de Gorchakoff, de una plaza tan larga y desesperadamente defendida; y entre esas conjeturas, las de nuestros corresponsales en Londres y París son eminentemente dignas de atención. Pero hay algunos puntos de vista y algunas consideraciones en los que ninguno de estos autores, por opuestas que sean sus opiniones, parece haberse detenido con el cuidado necesario, o haberles concedido la debida importancia.

Precisamente, el giro que tomen ahora los acontecimientos en Crimea depende en gran medida de las causas que indujeron a los rusos a abandonar el lado sur. Es evidente que motivos puramente tácticos y estratégicos fueron completamente ajenos a esta repentina resolución. Si Gorchakoff hubiera considerado insostenible el lado sur, e incluso la Karabelnaya, tan pronto como cayera el Malakoff, no habría levantado tantas defensas interiores en aquel arrabal. Aunque el éxito final del asedio pudiera considerarse asegurado con la toma de aquel punto dominante, sin embargo, se habría podido ganar un respiro de cuatro a seis semanas mediante una defensa obstinada, primero de las obras interiores del arrabal y luego de la ciudad propiamente dicha. A juzgar por los mejores mapas, planos y maquetas, no había necesidad alguna, desde un punto de vista meramente táctico o estratégico, de abandonar tan precipitadamente lo que se había defendido con tal tenacidad. La ciencia militar por sí sola no puede dar cuenta de un paso que, sin embargo, difícilmente puede atribuirse a la confusión y el pánico causados por una derrota inesperada y decisiva. Necesidades de otra naturaleza deben haber estado en juego para obligar a Gorchakoff a dar un paso que compromete tan seriamente su posición y su carrera militar.

Sólo hay dos posibilidades. O bien la moral de los soldados rusos estaba tan completamente quebrantada que habría sido imposible reagruparlos en un orden siquiera aproximado detrás de la línea interior de defensa para continuar la lucha, o bien habían comenzado a escasear los víveres, no sólo dentro de Sevastopol, sino en el campamento exterior. La serie casi ininterrumpida de derrotas a que había estado expuesto el ejército ruso, desde Oltenitza y Tshetate hasta el Chernaya, y el asalto del 8 de septiembre, seguramente han debido destruir por completo el ánimo de los defensores de Sevastopol; y tanto más cuanto que éstos se componían principalmente de las mismas tropas que fueron batidas en el Danubio y más tarde en Inkermann. Los rusos tienen sentimientos morales bastante embotados y pueden soportar las derrotas durante más tiempo que la mayoría de las tropas; pero no hay ejército en el mundo que pueda mantenerse unido eternamente cuando es batido por todos los enemigos con que tropieza, y cuando a una larga lista de derrotas no puede oponer nada más que la satisfacción negativa de su tenaz y prolongada resistencia, y un solitario ejemplo de defensa activa coronada por el éxito, como la del 18 de junio. Pero semejante resistencia en una plaza sitiada es de por sí desmoralizadora a la larga. Implica penalidades, falta de descanso, enfermedades y la presencia, no de ese peligro agudo que tonifica, sino de ese peligro crónico que acaba por relajar la mente. Las derrotas rápidamente sucesivas en el Chernaya y en el Malakoff deben de haber completado la desmoralización, y es más que probable que las tropas de Gorchakoff en la ciudad ya no estuvieran en condiciones de ser conducidas contra el enemigo. Y como el Malakoff dominaba el puente hacia la otra orilla, y los cañones franceses podían haberlo destruido cualquier día, el socorro se tornaba imposible, mientras que la retirada podía al menos salvar a las tropas. No es asombroso que esta desmoralización se apoderara por fin de la guarnición; lo asombroso es que no lo hubiera hecho mucho antes.

Hay también algunos indicios muy fuertes de que la escasez de víveres para el ejército en general tuvo mucho que ver con la repentina retirada del príncipe Gorchakoff. La interrupción de la navegación rusa en el mar de Azoff, aunque no tuvo el efecto inmediato que la prensa británica y francesa, tan necesitada entonces de algún éxito, esperaba que tuviera, no obstante, a la larga, resultaría gravosa para los rusos, ya que los confinaba a una sola línea de operaciones y con ello limitaba sus suministros. La inmensa dificultad de transportar víveres, municiones y forraje desde Kherson a través de una región esteparia escasamente poblada debió de aumentar enormemente cuando este camino se convirtió en el único por el que el ejército podía ser abastecido. Los medios de transporte, reunidos por requisa en Ucrania y las provincias del Don, deben de haberse agotado finalmente; caballos y bueyes de tiro deben de haberse sacrificado en gran número, tanto por el exceso de trabajo como por la escasez de forraje; y una vez esquilmadas las provincias más cercanas, se tornó cada vez más difícil reponer el parque necesario. Esta escasez de suministros se manifestaría al principio, no tanto en Sevastopol, donde debían de haberse mantenido almacenes de reserva para el caso de que la plaza fuera sitiada también por el lado norte, como en el campamento situado encima de Inkermann, en Bakshiserai y en la línea de marcha de los refuerzos. Los informes de los comandantes aliados habían aludido más de una vez a que éste era el caso; pero otras circunstancias indican también que así debió de ser. Sólo por esta imposibilidad de alimentar incluso a las tropas que se hallan actualmente en Crimea podemos explicar por qué las dos divisiones de granaderos, que llevan tanto tiempo en marcha y de las que se dice que se encuentran ahora cerca de Perekop, no recibieron autorización para avanzar y tomar parte en la batalla del Chernaya, y por qué, a pesar de que así se retenía a la mejor mitad de las tropas que avanzaban para socorrer a Sevastopol, se arriesgó sin embargo aquella batalla, aunque con una fuerza ridículamente pequeña en proporción a la tarea que de ella se esperaba.

Así pues, todos los indicios apuntan a que tanto la desmoralización de la mayor parte de las tropas rusas como la escasez de suministros para el ejército de campaña indujeron a Gortchakoff a no arriesgar demasiado al retrasar, por unos pocos días, la caída de una fortaleza que se había tornado insostenible. Aprovechó la última oportunidad de salvar a la guarnición, y parece haber obrado acertadamente; pues, según todas las apariencias, habría tenido que abandonarla a su suerte, reunir a su ejército de campaña y retirarse al interior de Crimea, si no hasta Perekop. En ese caso, la guarnición del lado sur se habría visto pronto obligada o bien a pasar subrepticiamente al lado norte o bien a capitular; y el lado norte, una vez privado de toda posibilidad de ser socorrido nunca y guarnecido por tropas desmoralizadas, habría sido rendido por hambre.

Mientras los rusos tuvieron la posibilidad no sólo de mantener en Crimea un ejército que se aproximara a una fuerza equivalente a la de los aliados, sino que incluso esperaban refuerzos que le darían una superioridad numérica muy grande sobre sus adversarios, el lado norte de Sevastopol fue una posición de inmensa importancia. Mantener el lado norte con una guarnición mientras el ejército de campaña se situaba donde lo hizo hasta las últimas noticias recibidas, equivalía a retener al ejército aliado en la meseta del Quersoneso Heracleótico. Significaba excluir a sus buques de la bahía de Sevastopol y privarles de una base naval de operaciones adecuada más cercana que el Bósforo, pues ni Kamiesh ni Balaklava pueden pasar por tal cosa. Mientras los rusos fueron capaces de mantener el campo en Crimea, el lado norte era la clave de toda Crimea y de lo que confiere a todo el país su importancia militar y naval, tanto como lo era el Malakoff para el lado sur. Pero desde el momento en que los rusos son incapaces de mantener el campo, el lado norte deja de tener gran importancia. Es una posición fortificada de cierta fuerza, pero que, si es regularmente sitiada por fuerzas suficientes, está condenada a caer, pues entonces no puede haber socorro alguno.

Esto puede parecer asombroso después de la gran importancia que se le ha atribuido, y con razón, al lado norte. Y sin embargo, es completamente correcto. Toda esta guerra ha sido, en apariencia, una guerra de fortificaciones y asedios, y ha aniquilado por completo, a los ojos de los observadores superficiales, los progresos realizados por la maniobra rápida napoleónica, retrotrayendo así el arte de la guerra a los tiempos de la Guerra de los Siete Años. Pero en realidad nada más contrario a los hechos. Las fortalezas y los grupos de fortalezas no tienen hoy día otra importancia que la de ser puntos fijos en los que un ejército de campaña se apoya en sus movimientos. Así, el campamento de Kalafat era una cabeza de puente que permitía a Omer Pasha amenazar a los rusos por el flanco; así, Silistria, Rustchuk, Varna, Shumla, eran los cuatro ángulos salientes, por así decirlo, de un gran campamento fortificado al que siempre podía retirarse, y donde no se le podía seguir a menos que al menos dos de aquellos ángulos salientes fueran tomados o neutralizados. Así, Sevastopol constituía el pivote del ejército ruso en Crimea, y cada vez que ese ejército se veía superado en número o era contenido de otro modo, Sevastopol le concedía un respiro hasta que llegaran nuevos refuerzos. Para los aliados, Sevastopol era un centro naval ruso que destruir, una base naval de operaciones que conquistar; para los rusos era la posesión de Crimea, porque era la única posición que se podía mantener frente a fuerzas muy superiores hasta ser socorrida. Así, la decisión final residía siempre en los ejércitos de campaña, y la importancia de las fortalezas dependía, no de su fuerza natural o artificial ni de su valor intrínseco, sino de la protección y el apoyo (appui) que podían prestar al ejército de campaña. Su valor se ha vuelto relativo. Ya no son factores independientes en el juego de la guerra, sino meramente posiciones valiosas que puede ser o no conveniente defender por todos los medios y hasta el último extremo. Y esto lo demuestra el asunto de Sevastopol más que ningún acontecimiento anterior. Sevastopol, como todas las fortalezas realmente modernas, ocupa el lugar de un campamento permanentemente fortificado. Mientras la fuerza disponible sea suficiente para defender ese campamento, mientras los suministros abunden, las comunicaciones con la base principal de operaciones estén seguras y, sobre todo, mientras ese campamento, mantenido por un ejército fuerte, impida al enemigo rebasarlo sin exponer su propia seguridad, ese campamento es de importancia de primer orden y puede desconcertar al enemigo durante toda una campaña. Pero si tal no es ya el caso; si la fuerza defensora sufre revés tras revés, se queda corta de víveres, corre el riesgo de que le corten las comunicaciones y de verse reducida a la suerte de los austriacos en Ulm en 1805, entonces es hora ya de anteponer la seguridad del ejército al valor abstracto de la posición y retirarse de inmediato a otro lugar que ofrezca mayores ventajas.

Ésta parece ser ahora la situación de los rusos. La mayor parte de su ejército activo original —catorce divisiones de veinticuatro— está empeñada y ha sido en parte destruida en Crimea, y lo que tienen de reservas y milicias, u otras formaciones nuevas, no admite comparación alguna con las tropas que han perdido. Harían bien, ciertamente, en no enviar más hombres a esa peligrosa península, y aun en abandonarla tan pronto como puedan. Los aliados les son muy superiores en número y, sobre todo, en espíritu. Con el ejército actual de Gorchakoff, arriesgar una batalla en campo abierto equivaldría a solicitar la derrota. Puede ser envuelto ya sea por la costa sur y el valle del Salghir, ya sea por Eupatoria. Cualquiera de las dos operaciones

...lo forzaría a renunciar a sus comunicaciones con la orilla norte, para no recuperarla nunca más, pues la superioridad numérica de los Aliados aumenta cada día. Parecería que lo mejor que puede hacer es presentar un frente tan audaz como sea posible, mientras lo apresta todo para volar los fuertes del norte, y ganarles una o dos marchas a sus adversarios. Cuanto antes llegue a Perekop, tanto mejor. Esto es especialmente válido si el rumor que nos llega de París es cierto, según el cual los Aliados comenzaron a enviar un ejército a Eupatoria inmediatamente después de apoderarse de Sebastopol. Si actúan con vigor, sea en esa dirección o a lo largo de la costa sur y los pasos del Chatyr Dagh, la campaña debe cerrarse rápidamente, dejándoles en posesión de Crimea. Por lo que alcanzamos a ver, los únicos errores que ahora están en su mano son un serio ataque frontal a la posición rusa por encima de Inkerman, o una semana de inacción. El próximo vapor, que se espera aquí mañana por la noche, difícilmente dejará de zanjar la cuestión de qué se proponen hacer.