Karl Marx  
Otra revelación británica  

New-York Daily Tribune.  
Nr. 4502, 24 de septiembre de 1855  

Otra revelación británica.  

Con la única excepción de los papeles póstumos de Sir A. Burnes, publicados por su padre a fin de limpiar su memoria de la falsa imputación que le dirigiera Lord Palmerston, de haber iniciado la infame y desdichada guerra afgana, y probando hasta la evidencia que los llamados despachos de Sir A. Burnes, tal como los presentó al Parlamento Lord Palmerston, no solo fueron mutilados pervirtiendo por completo su sentido original, sino realmente falseados e interpolados con pasajes fraguados con el propósito expreso de engañar a la opinión pública —con esta sola excepción, quizá nunca ha aparecido una serie de documentos más perjudiciales para la reputación del Gobierno británico y de la casta que disfruta de una posesión hereditaria de los cargos en ese país, que la correspondencia entre Sir James Graham y Sir Charles Napier, recién publicada por el viejo almirante con el objeto de reivindicar su propio carácter.

En esta controversia, Sir James Graham posee una gran ventaja sobre su adversario: ninguna revelación, por comprometedora que sea, es capaz de rebajar su carácter ante el juicio del mundo. El hombre que se jactó a voz en cuello de haber sido cómplice en el asesinato de los Bandiera; que ha quedado convicto de haber abierto y manipulado sistemáticamente cartas privadas en la Oficina de Correos de Londres en mero beneficio de la Santa Alianza; que, como un perro faldero, lamía las manos del emperador Nicolás cuando este desembarcó en la costa inglesa; que incluso exageró la crueldad atroz de las nuevas Leyes de Pobres inglesas con su peculiar método de administrarlas; y que hace apenas unos meses intentó en vano, en una Cámara llena, arrojar sobre el señor Layard el oprobio de las injurias que él mismo había infligido al pobre capitán Christie —un hombre así puede considerarse, con razón, a prueba de carácter. Hay algo misterioso en su carrera pública. Sin poseer ni los talentos poco comunes que permiten a Lord Palmerston no pertenecer a partido alguno, ni la influencia hereditaria de partido que permite a Lord John Russell prescindir de aquellos, ha logrado, sin embargo, representar un papel destacado entre los estadistas británicos. La clave de este enigma se encuentra, no en los anales de la historia del mundo, sino en los anales del *Punch*. En ese instructivo periódico aparece, año tras año, un dibujo tomado del natural y adornado con la lacónica inscripción: «El muchacho sucio de Sir Robert Peel». Sir Robert Peel era un hombre honesto, aunque no un gran hombre; pero, sobre todo, era un estadista británico, un jefe de partido, forzado por las propias exigencias de su posición a realizar mucho trabajo sucio, al que era bastante renuente. Así, Sir James resultó un verdadero regalo del cielo para él, y de ese modo Sir James llegó a convertirse en un hombre inevitable, y hasta en un gran hombre.

Sir Charles Napier pertenece a una familia igualmente distinguida por sus dotes y sus excentricidades. Los Napier, en medio de la actual raza domesticada de hombres, causan la impresión de alguna tribu primitiva, capacitada por su genio natural para adquirir las artes de la civilización, pero no para inclinarse ante sus convencionalismos, respetar su etiqueta o someterse a su disciplina. Si los Napier han prestado siempre buenos servicios al pueblo inglés, también siempre han reñido y se han rebelado contra su gobierno. Si poseen el valor de héroes homéricos, también son algo dados a sus bravatas. Ahí estaba el difunto general Sir Charles Napier —sin duda el soldado más ingenioso que ha tenido Inglaterra desde los tiempos de Marlborough, pero no menos célebre por su conquista del Sind que por sus querellas con la Compañía de las Indias Orientales, prolongadas más allá de la tumba por parte de su familia. Ahí está el general Sir W. Napier, el primer escritor de la literatura militar de Inglaterra, pero no menos famoso por sus eternas disputas con el Ministerio de la Guerra británico —cuya estima por los estrechos prejuicios de sus compatriotas es tan escasa que, al principio, su celebrada historia de la Guerra Peninsular fue unánimemente denunciada por las revistas británicas como «el mejor relato francés que jamás se haya hecho de aquella guerra». Ahí está también el antagonista de Sir James Graham, el viejo almirante Napier, que labró su fama desobedeciendo las órdenes de sus superiores. En cuanto a este último y fornido vástago de los Napier, Sir James imaginó haberlo envuelto en anillos de boa constrictora, pero al final resultan ser meras telarañas convencionales.

Sir James Graham, como Primer Lord del Almirantazgo, despojó a Sir Charles Napier, a su regreso a Inglaterra, de su mando; en la Cámara de los Comunes lo señaló como el autor responsable del fracaso del Báltico, en prueba de lo cual citó algunos pasajes de sus cartas privadas; lo acusó de haberse acobardado ante la ejecución de las audaces órdenes que había recibido de la Junta del Almirantazgo; expresó su esperanza de que ningún otro Lord del Almirantazgo fuese en el futuro tan desconsiderado como para izar la bandera de Sir Charles Napier; y lo ridiculizó en los periódicos que estaban a su disposición llamándolo «Fighting Charley», quien, como el mitológico rey de Francia, «subió la colina con veinte mil hombres y luego volvió a bajar». Sir Charles, por emplear sus propias palabras, «exigió una investigación sobre su conducta, que le fue denegada; apeló al Gabinete, pero no recibió respuesta, y finalmente a la Cámara de los Comunes. Se le negaron los documentos, alegando que sería perjudicial para el servicio de Su Majestad». Tras el bombardeo de Sveaborg, ese pretexto, desde luego, dejó de tener validez.

Sir James consideraba su juego tanto más seguro cuanto que había tomado la precaución de marcar como «privadas» todas las cartas que pudieran exponerlo a él y vindicar a su víctima prevista. En cuanto al significado de esa palabra sacramental, «privado», el propio Sir James, al prestar declaración ante el Comité de Sebastopol, afirmó que un Primer Lord del Almirantazgo británico suele calificar de «privadas» las instrucciones públicas siempre que tiene buenas razones para ocultarlas no solo al público, sino incluso al Parlamento.

En un hombre como Sir James, que se cree con derecho a convertir cartas privadas en públicas, es muy natural que convierta documentos públicos en propiedad privada. Pero esta vez hizo cuentas sin la huéspeda. Sir Charles Napier, al romper audazmente los grilletes de las «instrucciones privadas», queda quizá expuesto al riesgo de ser borrado de la lista de la Marina británica y probablemente se ha incapacitado para volver a izar su bandera; pero, al mismo tiempo, no solo ha cerrado al Almirantazgo el paso de Sir James, sino que también ha mostrado al pueblo inglés que su marina está tan podrida como su ejército. Cuando la campaña de Crimea despojó al ejército británico de su reputación secular, los defensores del antiguo régimen se declararon inocentes alegando el plausible argumento de que Inglaterra nunca había pretendido ser una potencia militar de primer orden. Sin embargo, no se atreverán a afirmar que Gran Bretaña no haya reclamado el título de primera potencia naval del mundo. Este es el rasgo redentor de la guerra: somete a prueba a una nación. Así como la exposición a la atmósfera reduce todas las momias a una disolución instantánea, la guerra pronuncia un juicio supremo sobre las organizaciones sociales que han sobrevivido a su vitalidad.

Esta correspondencia entre Sir James Graham y el almirante Napier, que se extiende del 24 de febrero al 6 de noviembre de 1854, y a la que solo su gran extensión impide dar cabida íntegra en nuestras columnas, puede resumirse muy brevemente. Hasta finales de agosto, cuando la temporada del Báltico, como es bien sabido, toca a su fin, todo marchó sobre ruedas —aunque Sir Charles Napier, desde el comienzo mismo de la expedición, había comunicado a Sir James su opinión de que «los medios que el Almirantazgo había proporcionado para equipar y tripular la flota del mar del Norte eran insuficientes para la ocasión y desiguales para un encuentro con los rusos en condiciones justas». Durante todo ese tiempo, Sir James, en sus cartas, no hace sino sonreír a su «Querido Sir Charles». El 12 de marzo lo «felicita» por el «orden» con que la flota ha abandonado las costas inglesas; el 5 de abril se muestra «satisfecho con sus movimientos»; el 10 de abril se declara «enteramente satisfecho con sus procedimientos»; el 20 de junio lo llama «un consumado Comandante en Jefe»; el 4 de julio está «seguro de que cuanto un hombre pueda hacer, lo hará Sir Charles»; el 22 de agosto lo «felicita sinceramente por el éxito de sus operaciones ante Bomarsund»; y el 25 de agosto, presa de una especie de arrobamiento poético, prorrumpe: «Estoy más que satisfecho con sus procedimientos; estoy encantado con la prudencia y el sano juicio que ha demostrado». Durante todo este tiempo, Sir James solo siente la ansiedad de que Sir Charles, «en el ansioso deseo de realizar una gran hazaña y de satisfacer los salvajes anhelos de una multitud impaciente, ceda a algún impulso temerario y falte al cumplimiento de uno de los deberes más nobles —el valor moral de hacer lo que se sabe que es justo, a riesgo de ser acusado de haber obrado mal». Ya el 1 de mayo de 1854, dice a Sir Charles: «Creo que tanto Sveaborg como Cronstadt son casi inexpugnables desde el mar —Sveaborg muy especialmente— y que solo un ejército muy numeroso podría operar por tierra con eficacia en presencia de una fuerza tan grande como la que Rusia podría concentrar rápidamente para las cercanías inmediatas de su capital». Cuando Sir Charles le dice el 12 de junio que «la única manera acertada de atacar Sveaborg que él percibe, tras la más madura reflexión, asistido por el almirante Chads, es pertrechando un gran número de cañoneras», Sir James le responde el 11 de julio: «Con 50.000 hombres y 200 cañoneras aún podría usted hacer algo grande y decisivo antes de finales de septiembre». Pero apenas el invierno se hubo instalado, la escuadra y el ejército franceses zarparon y los fuertes temporales equinocciales comenzaron a rizar las olas del Báltico; apenas Sir Charles hubo informado de que «nuestros barcos ya han estado rompiendo sus amarras; el Dragón quedó reducido a una sola ancla, y el Impérieuse y el Basilisk perdieron una cada uno la otra noche; la Magicienne se vio obligada a fondear en medio de la niebla, y al levar anclas durante la noche frente a Nargen se encontró forzada a fondear frente al faro de Renskar, tras haber ido a la deriva entre las rocas; y el Euryalus había encallado en las rocas, y fue una suerte que no se perdiera» —apenas hubo informado de esto, Sir James descubrió de repente que «la guerra no se conduce sin riesgos y peligros», y que por tanto ¡Sveaborg debía ser tomada sin un solo soldado, sin una sola cañonera ni lancha mortero! En verdad, no podemos sino repetir con el viejo almirante: «Si el emperador de Rusia hubiera sido Primer Lord del Almirantazgo, habría escrito justamente tales cartas».

En la Junta del Almirantazgo, como esta correspondencia muestra claramente, reinaba una anarquía tan soberana como en el Ministerio de la Guerra. Sir James aprobó el movimiento de Napier dentro del Belt, mientras que la Junta lo desaprobó. En agosto, Sir James le escribe para que se prepare para una retirada temprana del Báltico, mientras la Junta envía despachos en sentido contrario. Sir James sostiene una opinión sobre el informe del general Niel, y la Junta, la opuesta. Pero el punto más interesante que presenta la correspondencia es, quizá, la nueva luz que arroja sobre la Alianza anglo-francesa. El almirante francés mostró a Sir Charles sus órdenes de retirada el 13 de agosto.

El ejército francés zarpó el 4 de septiembre y el resto de la flota francesa partió el 19; mientras que Sir James Graham comunica a Sir Charles que él sólo tuvo conocimiento de su retirada el 25 de septiembre. Sir James, por tanto, supuso erróneamente que «las decisiones se habían tomado in situ, con el consentimiento de Napier», pero, como añade enfáticamente: «sin referencia alguna al Gobierno inglés». Por otra parte, parece que Niel, general francés de ingenieros y amigo íntimo de Luis Bonaparte, aconsejó «destruir Sweaborg en dos horas con navíos de línea». Esto parecería mostrar claramente que pretendía incitar a la flota inglesa a un ataque desesperado, en el que destrozarían inútilmente sus cabezas contra los fuertes y las rocas sumergidas de las defensas rusas.

Friedrich Engels/Karl Marx

La caída de Sebastopol

New-York Daily Tribune.
Nr. 4506, 28. September 1855

La caída de Sebastopol.

Tras un año de suerte variable y terribles sufrimientos, la campaña de Crimea ha llegado por fin a su punto de inflexión. Desde el 1 hasta el 8 del corriente, los partes telegráficos rusos admiten que se habían causado daños considerables a las líneas de Sebastopol por el fuego aliado y que esos daños se habían reparado «en lo posible», y no más. Finalmente, el 8 hacia el mediodía, los aliados asaltaron cuatro de los bastiones: fueron derrotados en uno, tomaron dos, pero se vieron obligados a abandonarlos de nuevo, aunque al fin lograron mantenerse en el cuarto y, lo que era más importante, en la colina de Malakoff. La pérdida de este punto obligó a los rusos, el día 9, a marchar con sus tropas del lado sur al lado norte y a abandonar así la ciudad de Sebastopol, tras haber volado sus polvorines, derribado los edificios, arruinado las obras defensivas haciendo estallar minas debajo de ellas y convertido, para usar las palabras del general Pélissier, todo el lugar en un inmenso horno en llamas; también quemaron sus vapores, hundieron sus últimos buques de guerra y, por último, rompieron el puente cerca del Fuerte Paul.

La llegada de considerables refuerzos después de la batalla del Chernaia debió de liberar a los generales aliados de toda aprensión en cuanto al ejército ruso de Inkerman; pues, aunque incluso el resto de las 4.ª y 6.ª divisiones rusas, además de las dos divisiones de granaderos, se habían unido a dicho ejército, los aliados se hallaban ahora en condiciones de oponerse con éxito a cualquier número de hombres que los rusos pudieran lanzar al otro lado del Chernaia, al tiempo que quedaban suficientes tropas aliadas para continuar el asedio e incluso para intentar un asalto. Hay que confesar que el Gobierno francés se ha mostrado ahora sumamente rápido en enviar a Crimea un número de tropas plenamente adecuado a los refuerzos rusos ya presentes o en marcha desde Polonia y Volinia; pues la cifra de fuerzas francesas despachadas a Oriente desde comienzos de julio debe de ascender por lo menos a 50.000 hombres.

En estas circunstancias, hallándose en buen estado de funcionamiento las baterías avanzadas de mortero inglesas y francesas, las trincheras fueron empujadas hasta el foso, bajo la protección de un fuego vigoroso. Aún no sabemos a qué distancia se establecieron las trincheras avanzadas ni si se logró coronar completamente el glacis, secundum artem. El fuego fue asumiendo cada vez más el carácter de un bombardeo regular, y se empleó con éxito el fuego vertical para hacer insostenible el lugar para grandes masas de tropas, hasta que por fin se ordenó el asalto.

En el Mamelon, los rusos habían construido la primavera pasada una serie de compartimentos a prueba de fuego y de bombas, con ayuda de traviesas y blindajes. Estos artificios brindaban excelente protección contra el fuego enemigo, pero cuando se realizó el asalto se comprobó que no se había dejado espacio para concentrar un número suficiente de tropas para la defensa de la obra. Compartimento tras compartimento, defendido sólo por unos pocos hombres, fue tomado por los franceses, que de inmediato se hicieron con un alojamiento ya listo. El mismo error parece haberse cometido al completar las defensas del Malakoff. Se había exagerado la obra, y una vez que los franceses se apoderaron del punto dominante de la colina, las propias obras rusas debieron de ofrecerles protección contra el fuego ruso.

El Redan (Bastión n.º 3) y el Redan de la bahía de Careening (Bastión n.º 1 de los rusos) estaban situados en terreno más llano y no permitían las baterías en terrazas ni las complicadas defensas aplicables al Malakoff. Aquí, por tanto, parece haberse efectuado una simple coupure en el interior del bastión, aislando el ángulo saliente y exponiendo su interior a un fuego abrumador. De este modo, las tropas para su defensa podían situarse más a retaguardia y el interior de la obra protegerse mediante salidas desde la coupure. A consecuencia de este dispositivo, que era del tipo generalmente adoptado en tales casos, las líneas inglesas y las columnas francesas encargadas del asalto de estas posiciones pudieron, ciertamente, franquear el muro exterior casi abandonado; pero una vez allí, cara a cara con la coupure, fueron aplastadas por sus descargas de metralla y fusilería y tuvieron que renunciar al asalto.

En cuanto fue tomado el Malakoff, el general de Salles, en el ataque de la izquierda francesa, intentó establecerse en el bastión Central (n.º 5, entre los bastiones de la Asta de Bandera y de la Cuarentena). Fue rechazado. No se nos informa si este asalto fue emprendido por iniciativa propia o si formaba parte del plan original. Tampoco conocemos hasta qué punto la proximidad de las trincheras francesas al bastión justificaba una tentativa aislada y tan arriesgada.

El hecho de que fuera tomada la colina de Malakoff constituyó de inmediato el punto de inflexión de la lucha. Por todos los acontecimientos precedentes de este notable asedio, cabía prever que los franceses, si se mantenían convenientemente atentos a su tarea, no corrían el más mínimo peligro de ser expulsados de su nueva posición. El Malakoff domina por completo la Karabélnaya y la ladera oriental de la colina sobre la que se alzaba la ciudad de Sebastopol. Tomando por la espalda los fuertes marítimos del lado sur del puerto, hacía insostenible para los buques de guerra rusos todo el puerto interior y la mayor parte del puerto exterior. Con la caída del Malakoff, la continuidad de las líneas defensivas de Sebastopol quedó interrumpida precisamente en aquel punto del que dependía la seguridad del conjunto. La posesión del Malakoff, por tanto, significaba la posesión de la Karabélnaya, la destrucción de la ciudad mediante bombardeo, la toma por el flanco y la espalda del bastión de la Asta de Bandera y la desaparición de la última posibilidad de que la ciudad resistiese. Hasta entonces, Sebastopol había sido un campamento fortificado para un gran ejército, como lo son, en efecto, todas las fortalezas modernas. Con la conquista del Malakoff, quedó reducida al rango de una mera cabeza de puente para la guarnición rusa del lado norte y, más aún, de una cabeza de puente sin puente. Fue, pues, sensato abandonarla. Es cierto que habíamos oído hablar mucho de nuevas obras construidas en la pendiente interior del Malakoff con el fin de mantener la defensa de la Karabélnaya tras la pérdida de aquella fortificación; pero no parece que revistieran valor suficiente para inducir al príncipe Gorchakov a prolongar la defensa. Pronto conoceremos, no obstante, cuál era su verdadera naturaleza.

Algunos buques rusos ya habían sido incendiados en el puerto por las granadas de las baterías aliadas. Una vez que el Malakoff se artillase con cañones franceses, habría sido difícil para los buques rusos restantes encontrar un fondeadero seguro, salvo a los mismos pies de los fuertes Nicolás y Alejandro, y allí no hay espacio para muchos; de ahí la quema y el hundimiento del resto de la flota.

Estando por completo en manos de los aliados el lado de la Karabélnaya, éstos se hallan en condiciones de emprender operaciones en campaña. Aunque no podrán establecer muchas baterías ni muchas tropas en ese arrabal, debido al fuego procedente de la orilla septentrional del puerto, han logrado reducir la porción rusa de Sebastopol a menos de la mitad de su extensión anterior al 8 del corriente y a una fortaleza capaz de albergar sólo un número limitado de defensores. No sólo está completamente aplastada la capacidad ofensiva de la guarnición, sino que su fuerza defensiva se ha visto grandemente reducida. Un número mucho menor de hombres bastará para continuar el asedio, y las tropas así liberadas, junto con los refuerzos que están ahora en camino o en el campamento de Maslake, estarán disponibles para una expedición a Eupatoria.

Cuanto más examinamos la posición relativa de rusos y aliados en el Chernaia, más evidente resulta que ninguna de las partes puede expulsar a la otra de allí sin una gran superioridad y enormes sacrificios. La opinión en el campo aliado parece ser que deberían enviarse entre 60.000 y 70.000 hombres a Eupatoria, con el fin de marchar sobre las comunicaciones de los rusos en Simferópol. Suponiendo que los rusos tengan 200.000 hombres en Crimea (cosa que ciertamente no tienen), se necesitarían 80.000 para la defensa de los Fuertes del Norte, 60.000 para la posición del Chernaia y 60.000 para hacer frente al ejército aliado de Eupatoria. Dado el espíritu actual de las fuerzas aliadas, es seguro que, con igual número y en un terreno igualmente dividido, derrotarán a los rusos; y como, al ocupar una posición sobre la línea rusa de comunicaciones, pueden forzarlos a presentar batalla, no parece haber riesgo alguno en semejante empresa. Por el contrario, es probable que los rusos, a lo sumo, sólo pudieran oponer 60.000 hombres a este ejército expedicionario. Ahora bien, cuanto antes se emprenda tal movimiento, mejor para los aliados, y si actúan con vigor pueden esperar grandes resultados. Tienen ahora superioridad tanto moral como numérica, y no dudamos que sacarán provecho de ella antes de que otro invierno en la meseta haya reducido su número y apagado su espíritu. De hecho, el último parte indica que el día 13 ya habían zarpado 25.000 hombres hacia Eupatoria, y sin duda oiremos hablar de una fuerza aún mayor que los seguirá.

De estos importantes acontecimientos no tenemos todavía más que la escasa información transmitida por los despachos telegráficos. Cuando nos lleguen detalles más completos, volveremos a ocuparnos del tema.