Karl Marx

Austria y la guerra

New-York Daily Tribune.  
Nr. 4493, 13 de septiembre de 1855

Austria y la guerra.

Comunicamos a nuestros lectores, en otra página, el relato de un oficial austriaco acerca de una gira de inspección del ejército de Galitzia recientemente realizada por el emperador Francisco José. El autor, al narrar los sucesos de esa gira y al indicar la dislocación de las fuerzas imperiales, confirma la opinión que en anteriores ocasiones nos hemos cuidado de exponer: a saber, que en los preparativos bélicos que el año pasado hizo, Austria no estaba en modo alguno representando una comedia para engañar a las potencias occidentales. Ciertamente, jamás habría podido hacer tales sacrificios meramente para arrojar polvo a los ojos del mundo.

Es cierto que solo la más extrema necesidad la indujo a armarse contra Rusia; y, en efecto, mientras fue posible procrastinar, Austria se aferró al hilo de telaraña de una paz prospectiva que la diplomacia rusa le tendía como cebo. Al fin, sin embargo, se agotó su paciencia, y San Petersburgo supo con sorpresa, no exenta de terror, que las columnas austriacas estaban desplegadas a lo largo de la frontera galitziana. Hasta entonces ni siquiera se había admitido la mera posibilidad de semejante armamento; y concentrar un ejército de igual fuerza en el lado ruso, en un tiempo igualmente breve, estaba por completo fuera de cuestión. Hubo, pues, que recurrir de nuevo a las artes de la diplomacia. De qué manera y con qué éxito se hizo esto, no es necesario repetirlo. La totalidad del inmenso ejército recientemente reunido en las fronteras de Galitzia se disolvió de golpe, y las aprensiones de Rusia en aquel sector quedaron en parte aplacadas. Decimos en parte, porque con aquel ejército surgieron dos elementos importantes que no se disuelven con él. Son estos las fortificaciones y los ferrocarriles erigidos, renovados o completados durante la permanencia del ejército en Galitzia.

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Mientras en todas las demás partes del Imperio el Gobierno se guiaba por el principio de abandonar las empresas ferroviarias a los especuladores privados, mientras el Ferrocarril Occidental, destinado a unir Viena con Múnich, era incluso llamativamente descuidado, el barón Hess, comandante en jefe en Galitzia, empleaba a miles de soldados en la construcción de una línea cuyas ventajas comerciales, por grande que sea su valor estratégico, son cuestionables, al menos por ahora —una línea, además, que de otro modo habría podido permanecer en los escritorios de los ingenieros privados durante los próximos treinta años. Nada más desagradable para Rusia que la construcción de estos ferrocarriles, mediante los cuales Austria está ahora en condiciones de reconcentrar el ejército recién disuelto en menos de la quinta parte del tiempo que necesita Rusia para hacer comparecer un ejército similar. Quien se tome el trabajo de indagar en las estadísticas de las empresas ferroviarias austriacas y comparar lo que se ha hecho en el este para satisfacer miras puramente políticas con la escasa atención prestada a los intereses del comercio en el oeste, no podrá menos que descartar la idea de que esos ferrocarriles galitzianos fuesen empujados a una existencia prematura con el mero engaño al mundo. De hecho, es evidente que tal propósito se habría logrado mucho mejor con la pronta conclusión de las líneas occidentales que conectan Austria con Baviera.

Nuestra opinión queda confirmada en grado aún mayor por las recientes y extensas mejoras y adiciones en las fortificaciones de las provincias orientales de Austria. Si los ferrocarriles pueden o no construirse por consideraciones estratégicas, la erección y el perfeccionamiento de un sistema de fortificaciones, y el gasto improductivo ocasionado por tales obras, ciertamente no admiten otra explicación que las necesidades inmediatas del caso. Lo que hemos dicho acerca del alcance comparativo de las obras ferroviarias en el este y en el oeste de Austria se aplica con mucha mayor fuerza a estas fortificaciones. De las treinta y seis fortalezas del Imperio austriaco, siete pertenecen directamente y nueve indirectamente a la línea oriental de defensa, y la mayoría de ellas han sido elevadas solo recientemente a un alto grado de perfección —como, por ejemplo, Cracovia, Przemysl y Zaleszczyk. Las dos primeras, junto con Lemberg, que por su situación no puede hacerse muy fuerte, dominan el camino a Varsovia; la última se halla en el extremo más oriental de Galitzia, frente a la importante fortaleza rusa de Chotin. Cracovia ha sido convertida en fortaleza de primer orden, y todas las obras tanto de esta como de las demás fortificaciones galitzianas han sido puestas en completo estado de guerra. En otro tiempo era costumbre en el ejército austriaco dar el mando de las fortalezas a viejos generales desgastados, como una especie de retiro honorable; y tales puestos eran considerados como una suerte de destierro para los oficiales en desgracia ante la Corte; mas ahora encontramos en todo el este y nordeste a hombres realmente eficaces, generales de mérito y distinguidos oficiales de Estado Mayor al mando de las fortalezas. Cracovia está mandada por el mariscal de campo Wolter; Przemysl, por el mayor general Ebner; Zaleszczyk, por el mayor general Gläser; Carlsburg, en Transilvania, por el mariscal de campo Sedlmayer; y Olmütz, en el flanco noroccidental, por el general Von Böhm.

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Al mismo tiempo, el estado de cosas en el oeste es exactamente lo contrario: hombres y cosas, poco menos que ruinas tranquilamente entregadas a una decadencia ulterior. ¡Cuán diferente sería el aspecto allí si las Potencias Occidentales pudieran siquiera pretender calificar de ambigua la política de Austria! ¡Con qué prisa se apresurarían las autoridades austriacas a restaurar Linz con sus cuarenta torres Maximilianas, hoy apenas tratada como fortaleza, y Salzburgo, antaño una plaza fuerte de primer orden! En lugar de esto, ¿qué contemplamos? —quietud muerta y ausencia perfecta de toda preparación militar. Los propios soldados que regresan del Este, donde esperaban cosechar laureles, son licenciados por invalidez tan rápido como se acercan a la frontera bávara.

Siendo estos hechos que hablan por sí mismos, queda solo una cuestión por resolver: a saber, ¿por culpa de quién se frustró la política de Austria y se cargó a ese país con una enorme deuda adicional, sin ventaja inmediata alguna ni para sí ni para sus ostensibles aliados? Sabemos que es una opinión corriente en Viena y que encuentra eco en toda Alemania, la de que Austria retrocedió por miedo a crearse un segundo adversario en Prusia, y porque una guerra emprendida sin el auxilio de Alemania no ofrecía garantía de una terminación tan rápida como la requiere la posición excepcional del Imperio. Hemos de insistir, sin embargo, en la opinión contraria. Nuestro juicio es que si Austria hubiese atacado con audacia al ejército ruso, Prusia y el resto de Alemania se habrían visto compelidas a seguir, más o menos lenta y renuentemente, su estela.

¿A quién cabe, pues, hacer responsable de la actual política austriaca? —A Inglaterra, bajo la guía de ese brillante malabarista y locuaz charlatán, Lord Palmerston. Para demostrar esta proposición es necesario abandonar el campo militar y adentrarse en el laberinto diplomático. El 23 de julio, el señor Disraeli preguntó a Lord John Russell qué autoridad respaldaba su afirmación de que «una de las causas principales de la expedición a Crimea fue la negativa de Austria a cruzar el río Pruth». Lord John no podía recordar —es decir, dijo que su «autoridad era su recuerdo general». El señor Disraeli planteó entonces la cuestión a Lord Palmerston, quien «no respondería a preguntas como esas, entresacadas poco a poco de un largo curso de negociaciones entre el Gobierno de Su Majestad y el Gobierno de uno de los soberanos aliados en cierto grado con Su Majestad. Todo lo que podía decir con respecto a sí mismo era que siempre había pensado que Crimea era el lugar donde se podía asestar el golpe más eficaz a la preponderancia de Rusia en el Mar Negro; y si no hubiese habido otra razón, esa habría sido, en su ánimo, ampliamente suficiente para la expedición. Mi opinión —declaró— era que la expedición a Crimea era el mejor paso que podía darse.»

Así nos enteramos, por boca de Lord Palmerston, de que la campaña de Crimea no se originó con Austria ni con Bonaparte, sino con él mismo. El 26 de junio, Lord Lyndhurst, en una violenta embestida contra Austria, manifestó que «a principios de junio resolvió hacer una exigencia a Rusia de que evacuase los Principados. Tal exigencia fue formulada en términos muy enérgicos, con algo así como una intimación de que, si no se cumplía, Austria recurriría a medios coactivos para asegurar ese objetivo.» Tras algunas observaciones históricas, el docto lord prosiguió diciendo: «¿Llevó entonces Austria inmediatamente a efecto algún ataque contra Rusia? ¿Intentó penetrar en los Principados? —Lejos de ello. Se abstuvo de hacer nada por espacio de varias semanas, hasta el momento en que hubo sido levantado el sitio de Silistria y el ejército ruso estaba en retirada, y cuando la misma Rusia había notificado que en plazo determinado abandonaría los Principados y se retiraría detrás del Pruth.» Lord Lyndhurst reprocha así a Austria el decir una cosa y hacer otra. En el debate le siguió Lord Clarendon, y por él podemos formarnos una idea del genio que transformó a la Austria de mayo y junio en la Austria de julio y agosto. Dice que «cuando Austria contrajo aquellos sucesivos compromisos con Inglaterra y Francia, y cuando hizo aquellos vastos y costosos preparativos de guerra —cuando, además, propuso con urgencia que Francia e Inglaterra enviasen comisiones militares al cuartel general del general Hess—, no tengo duda de que ella pretendía y esperaba la guerra. Pero también esperaba que mucho antes de que comenzase la estación de las operaciones militares, los ejércitos aliados habrían obtenido victorias decisivas en Crimea —que estarían libres y podrían emprender otras operaciones en concierto con sus propias fuerzas. Eso, desgraciadamente, no ocurrió; y si Austria, a invitación nuestra, hubiese declarado la guerra, con toda probabilidad habría tenido que sostenerla en solitario.» La explicación de Lord John Russell se halla, pues, en oposición directa a la afirmación de Lord Clarendon. Lord John dijo que la expedición a Crimea zarpó porque Austria se negó a cruzar el Pruth —es decir, a tomar parte contra Rusia—. Lord Clarendon nos dice que Austria no pudo tomar parte contra Rusia a causa de la expedición a Crimea.

A continuación, podemos consultar con provecho una declaración incontestada de Lord Ellenborough: «Antes de que se despachara la expedición a Crimea, Austria propuso comunicarse con las potencias aliadas sobre el tema de las futuras operaciones militares; obrando, sin embargo, sobre la base de opiniones preconcebidas,

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los aliados enviaron esa expedición, y entonces Austria dijo de inmediato que no podía enfrentarse a los rusos en solitario y que la expedición a Crimea le imponía la necesidad de adoptar un curso de acción diferente. En un período ulterior, justo al comienzo de las Conferencias de Viena, cuando era de la mayor importancia posible que Austria actuase con nosotros —en ese momento, siempre atentos únicamente al éxito de vuestras operaciones en Crimea—, retirasteis de la inmediata vecindad de Austria 50.000 buenas tropas turcas, privando así a Austria de la única ayuda con que podía contar en el caso de una expedición militar contra Rusia. Es claro, por tanto, señores, y también por las declaraciones del noble conde, que es nuestra mal aconsejada expedición a Crimea la que ha paralizado la política de Austria y la que la ha reducido a una posición de tal dificultad que le impide adoptar de inmediato un curso que es esencial para su honor, su dignidad y su interés. Antes de que esa expedición partiese hacia Crimea me aventuré a

aconsejar al Gobierno sobre cuáles serían sus consecuencias necesarias. Les aconsejé sobre el efecto que aquella expedición produciría en la política de Austria.

No se hizo caso del consejo de lord Ellenborough. Palmerston envió la expedición de Sebastopol en el momento mismo en que su partida estaba mejor calculada para impedir y evitar las hostilidades austriacas contra Rusia. Casi parece como si hubiera querido prestar auxilio al gran enemigo de Inglaterra, y como si hubiera arrastrado a propósito a Austria a su actual posición ambigua en los Principados, la hubiera entregado a la diplomacia rusa y la hubiera empujado aún más hacia el borde de ese abismo en el que a la postre ha de hundirse. En este asunto, como en tantos otros durante su larga y deshonrosa carrera, Palmerston ha logrado brillantemente, cualquiera que haya sido su propósito real, servir sólo los intereses de Rusia.